viernes, 22 de agosto de 2014

Un paraguas vermelho (Cuaderno de viaje a Lisboa, II)

Amadeo de Souza Cardoso, Maquina de escrever (1917)

O meu país através dos teus olhos

Cristina Rodrigues (Mosteiro dos Jerónimos)


LISBOA CAKE. En este lugar se puede observar un buen tajo de paissagem urbano. Igual que si cortase a cuchillo un gran trozo de pastel. Desde los raíles finiseculares a las balconadas estratosféricas. Pessoa recomienda a los turistas visitar el mercado, contemplar los monumentos del Rossío y andarse hasta el Elevador de Santa Justa. Antigüedad de las panorámicas.

RUTA DE LOS CASTELOS. Asiento individual en el eléctrico nacional 12. Suben a bordo una tropa de japoneses con cámaras de última tecnología.El monoraíl arranca en cada cruce por combustión. Sube a la zona alta desde donde el Tajo es un mar océano. Los japoneses apenas musitan, intercalan palabras, mínimas intraducibles. Un mapa de los sonidos en el eléctrico como sutil inmersión en la temporalidad turistórica de la cidade.

HAY PARAGUAS en las esquinas, en las papeleras, en los soportales. Su utilidad pasó a la leyenda de la lluvia lisboeta. 

RUMBO A BELEM. 11º grados en el termómetro digital. Tomo un café por cincuenta céntimos en el bar más próximo para huir de los turistas. Alcanzar después la plaza igual que si fuera una revelación instantánea, de lágrima súbita, ¿cómo no venirse a vivir a Belém?.

UNA POSTAL de la gesta portuguesa. Un barco de época en la mochila rememorando a Vasco de Gama & cía. Por sorpresa cruzo la autovía de Belém para asomarme al Tajo. Hallazgo fortuito: la próxima salida del cruzeiro hacia Porto Brandâo será en media hora. Otro signo que anima en volandas la idea lezamiana del azar concurrente.

CRISTO REI como imagen reinante al otro lado del puerto. Esta cidade rinde un culto iconoclasta a sus héroes y mártires. Desde el monumento de Pedro IV  a la figura del propio Pessoa en la esquina de la Brasileira. Siempre el varón como prototipo dominante. Las ninfas, las gárgolas, los arcángeles tienen un papel secundario para todas las oficialidades.

SUBIDA AL BARCO. Son las 2 en punto, los marineros del buque hacen su corrillo a la entrada con risotadas típicas del gremio. Para ellos también debe ser la festa natal. Curiosamente, ni un solo turista europeo a bordo. Inaudita travesía personal.

EL SOL por fin de lleno a través del cristal, el balanceo del barco remueve los adentros en ayunas. De lejos tierra firme lisboeta: cornisas, cúspides, fachadas. Un faro escueto donde sobrevuelan las gaviotas. Los azulejos vistos en masa jamás resplandecen bajo el sol. Es increíble que por apenas 3 euros un visitante pueda cruzar el río Tajo en completa soledad.

ESTA CIDADE cuantas más ruinas, tanto más europea. El viejo continente que fue campo de batalla, tiene la llave de su futuro en la capacidad de conservar, por los siglos de los siglos, la memoria de sus derrotas.

EL PC portugués cuelga cartelones a favor de tasar las grandes fortunas. Me gusta el rojo intenso de la proclama. Pienso en Estoril, con sus majestades de España exiliados, en los dictadores que se hicieron fuertes a costa del sufrimiento ajeno.  Los claveles de esta nación atlántica sureuropea son inmarchitables.

PORTO BRANDÂO visto de repente como una ilha. Un sitio, un lugar, una estadía donde venir para la resistencia personal. He dejado mi correo al dueño de un restaurante para que envíe una oferta de alquiler en el enclave marinero. La universidad está a 2 kilómetros según el señor de la compañía naviera. Él sonríe. Ahora me pregunto si tendré cojones de cruzar a solas y sin retorno el puente 25 de abril algún día.

SAUDADE. Camila. Tortuga. Nora Nora. Dominó. Las pequeñas embarcaciones deportivas que hacen historia en el muelle de Belém.

EL MONUMENTO Os caminhos do mar es pura biopolítica. Y también el hecho tangible de los turistas que pisotean desapercibidos la Rosa dos ventos.

UN RASTAFARI tocando el clarinete bajo el subterráneo que conecta el muelle con el Centro Cultural de Belém. Atravieso un Paseo Saramago vacío y desangelado por la lluvia. Solo hay un chaval en monopatín que juega a la espera de sus padres. Me quedo refugiado mientras cesa el goteo vespertino. La única salida será la primera iglesia a la vista. Últimas horas de la natividad.


PLAÇA FIGUEIRA. Cae la tarde en el número 17 de vuelta. Un edificio de frente luce el cartel del Consulado General de Angola. Y la Casa de América Latina en la otra esquina. Estas son las lejanas proximidades idiomáticas del sur.

CIRCO DE LUZ en la Plaça do Comercio. Suena de fondo y en alto volumen el Welcome to Tijuana de Manu Chao. Las consignas del Subcomandante Marcos en plena Navidad. Y los personajes luminosos corretean, hacen chifladuras, volteretas imaginarias, fugitivos por unas horas del Jardim zoológico.

INTERFACE comboio metropolitano de Lisboa. Linhas: azul, marela, verde, vermelha.

APRENDER portugués como un deber poético. As ilhas: espacio íntimo creativo. Ampliar el horizonte comunicacional a todos los archipiélagos requiere un hábitat compartido de las lenguas marítimas insulares. Un deber macaronésico: aprender portugués.

CONEXIÓN Baixa-Chiado con Sete ríos, linha azul. 19 horas. Confluencia de multitud de viajeros que retornan a la normalidad en expresos nacionales. A poco de comenzar el viaje de vuelta tropiezo con visitantes españoles. Pienso entonces en la dulce condición de la extranjeridad, asumir en cualquier lado una misma pulsión de migrante, de por vida cruzar los continentes del mundo bajo la extrañeza de un insulario anónimo.

LUCES de Lisboa en la lejanía. Se intuyen vértices, cuadraturas, ángulos sobre la oscuridad alucinante. Por la vía contraria, los coches que retornan a la cidade. La peregrinación constante de las autopistas. El asidero futuro de unas vidas que se cruzan a toda velocidad sin conciencia del otro.

LA NOCHE en la región de Iberia, solo de noche se hace posible. Lo dijo Saramago en algún lugar. El futuro de Hispania y Lusitania es común denominador. Y paradójicamente, cuanto más adentro, más cerca del mar.

SON BELLAS las fronteras. Todas las diferencias enriquecen, las distancias crean vínculos necesarios para una convivencia consciente. Igual que cuando una persona habla en varias lenguas y disfruta cada mundo en particular, las fronteras posibilitan los encuentros. No deben ser medidas por la separación que provocan entre los territorios físicos, sino por el grado de extensión con el que amplifican los hallazgos del otro.

ESTACIÓN SUR de Madrid con saudade. La impresión, entre el frío y el murmullo, de que ha sucedido la apocalipsis. Un grupo numeroso de rumanos ocupa buena parte de las sillas de espera. Hay gentes de todos los lugares pendientes de sus itinerarios. Todos los estados ofrecen en sus estaciones de tránsito un mismo trato al otro. Este modelo neoliberal iguala en políticas despiadadas a todos los gobiernos. Toda Europa es un torreón para quienes venimos de afuera. En la cafetería, con un café solo largo, presencio el beso largo y bello de una pareja que se encuentra a primera hora de la mañana. Otro viaje que comienza bajo algún otro paraguas vermelho.

Samir Delgado, Cuadernos de viaje (2013)


martes, 12 de agosto de 2014

Un paraguas vermelho.Cuaderno de viaje a Lisboa (I)

Almada Negreiros "Retrato de Fernando Pessoa" (1964)

Desce ao fundo do mar
onde nascem as ilhas

Saramago

EL SABOR de una torrija a primera hora en el Pombalina. Suena la radio oficial con un portugués intraducible. Apenas distingo palabras sueltas. Bom día dicen las señoras con paraguas empapados. Afuera la calle con raíles tiene un aire secular muy del XIX, no tardé en tropezar con la placa turística donde Pessoa aparece con rostro broncíneo.De momento la cidade sobrecoge por su sencillez, el lado atlántico de esta península, mi torrija a punto de la extinción en el plato.


HOTEL BORGES CHIADO. Una habitación individual con desayuno incluido, al borde mismo de la insólita nochebuena portuguesa. Deshecha la maleta. Lo primero de todo es buscar el mar, el río, el agua toda bajo una lluvia tímida decorosa. Ya perdí un guante, la pista del viajero, tenía que suceder tarde o temprano. Vino a ser Lisboa para mi guante, recién llegado en un bus nocturno que atravesó de un tajo el mapa del tiempo en mi memoria soñolienta. Hasta en los viajes uno siente la imperdurable oscuridad de la noche. Su velo es siempre íntimo, propio, lo concebimos desde nuestros párpados subjetivos. Las noches esencialmente transfronterizas.


UN MAR desconsolado, apremiante, impertérrito. Ante la vista de los paseantes anónimos. Una estatua heroica con edificios institucionales, la bandera nacional estirada hacia los oestes. Un mar histórico, colonial trasnochado en el malecón lisboeta que recorro yo: para mi solo.


UNA hora entera en el Pombalina con sus vecinos habituales. Turistas españoles, el tipo del café, el de los dulces. Siempre la circulación de mercancías como eje de los mecanismos sociales. Y qué decir de los camareros portugueses que podrían ser tan insulares a su manera. En la atención hostelera hay un mismo modo de entender la vida. Más allá de las nacionalidades. Quien sirve el café de todos los días obtiene una imagen del mundo privilegiada. Y el que escribe, en la mesa de cualquier Pombalina mundial, también.


UN PARAGUAS vermelho milagroso que salva de la lluvia navideña. Rojo intenso comunista. Otra forma de protegerse ante las inclemencias del tiempo. Dejarse llevar por el azar más incalculable. Así encontré extrañas chaquetas en oferta seductora, una boina negra de pana y un libro de Pessoa sobre lo que debe saber un turista durante su estancia en Lisboa.


TODO CERRADO por Navidad. La fundación Saramago, el museo de arte Calouste Gulbenkian, y tantos lugares más en víspera festiva. Estuve al menos en el mercado de Figueiras, contemplando de cerca los productos locales. Sus cafés, sus frutas, sus vinos. Otra forma accesible y completa de acercarse a una cultura por medio de sus sabores. A la espera de la cena, persigo las callejuelas lisboetas con un apetito desbordante.

ES DIFÍCIL acostumbrarse en pocas horas a otro idioma. La sonoridad del portugués resulta atractiva, sus gentes componen una masa genética variada con mucha influencia de africanidad. Tras el colonialismo del pasado hay una deuda impagable con aquellos territorios. Así ocurre que los hijos de los hijos del expolio habitan el país de una forma simbólica. Más que la integración, los ciudadanos de procedencia lusoafricana representan el arco iris futuro.

A SINTRA en una escapada por tren, a primera hora de la tarde. Es la mejor manera de tomar un pulso a esta otra península atlántica. Durante la travesía una llovizna impertinente estuvo empañando los cristales sin dejar que el paisaje tuviese lugar. He visto edificios, muchos edificios del extrarradio en Benfica. Y las mismas caras de jóvenes portugueses que hablan dialectos africanos, que visten a lo neoyorkino, que se mueven por las estaciones en un tiovivo imparable.


SIN TELÉFONO durante toda la estadía lisboeta. Tampoco fotografías. Simplemente el merodeo táctico, un voyeurismo autosuficiente, paladeante y meditativo. De que forma llegar a la capital de un país con unas pocas horas de luz y extraerle su esencia empírica. Solamente ca-mi-nan-do-la. Siguiendo los puntos cardinales de su universo subterráneo.


FRÍO en los pies, en cada hueso un frío nuevo, que va calando profundamente sin remedio en los pies. Cuando estamos de viaje hay que saber atenerse a las circunstancias, no vale retirarse a casa con excusas. Me ocurrió que la lluvia se hizo sitio en todo mi cuerpo durante Sintra, a torrentes, ella sola conmigo, el paraguas vermelho y la lluvia, cuando apenas daban las tres. Ese frío lo he sentido muchas veces, hay que hacerle poco caso, seguir adelante como si nada. Incluso, sacarle partido al agua, haciendo suya el frío.

VER los paisajes exteriores de Lisboa a través de los comboios, a todas horas distintos según la estación de parada. Una luz variopinta, con sus escalas de grises. El agua dinamiza las formas, hace que la realidad se vea disimuladamente mejor. En cualquier instante puede llegar el comboio a la parada de Sete Ríos. Máxima atención al viajero.


UN EJEMPLAR de los poemas portugueses de Charles Tomlinson sobre la cama. Lo compré en vísperas de navidad en Sintra. Todavía deben seguir allí la señora mayor y el joven de gafas vetustas que me atendieron gustosamente en un portuñol hiperbásico. Los poemas traducidos al portugués del autor británico son buenísimos. Ya tengo muchas ganas de escribir algo también, aunque sea del frío en Sintra, de esta pensión caboverdiana que incluye en su cuarta planta un servicio privado de mezquita.

GAVIOTAS al borde de mi balcón en la Praça da Figueira. Una luz densa, invernal, escurrida por la humedad de la noche lluvialenta. Sin levantarme de la cama, reconté las campanadas lejanas para saber la hora exacta. Escuchar los ruidos anónimos de una ciudad en su trasiego matinal festivo vale como forma primordial de recuerdo. Vuelvo a caer en la cuenta de que no he sacado una sola fotografía del viaje. Saldré a la rua tras una ducha caliente, el afeitado convencional y el paraguas vermelho como salvoconducto lisboeta.

(...)

Samir Delgado, Cuadernos de viaje, 2013