viernes, 5 de septiembre de 2014

Livros, comboios, saudades (Cuaderno de viaje a Lisboa, III)

Colher de Jardineiro (2001), Claes Oldenburg

Se nao havia nada
como é que surgiu alguna coisa?

Um caderno de trabalho de M. Wallestein


BEM VINDO. Aeroporto Sá Carneiro. Los mismos pasajeros, las mismas cosas que Madrid. Aires de un país en la primera hora. Sonoridades lusitanas. Los niños observan con igual indiferencia cada parada del comboio. Una relación antiturística de la primera infancia, la de todos estos niños, en su viaje a Oporto.

EU ESCOLHO de olhos fechados dice un cartelón digital publicitario. Me detengo ante las indicaciones orientativas do aeroporto para daltónicos. Somos seres lingüísticos, necesitados del signo, del symbol, de la marca que nos saque de las tinieblas reales de cada día.

LOS TÚNELES del metro se acompañan de chirridos sincrónicos, mensajes estándar de voz femenina. A la salida los verdes extracapitalinos resisten con sus edades imposibles.

SALIDA del hotel con destino a la Ribeira. Dois plátanos como sustento para la odisea. Cruce de la plaça da Liberdade. Catedral de Porto con bautizos multitudinarios. Turistas en peregrinación hacia el Duero de los cruzeiros. Gaviotas desleyendo el horizonte.

LA SEÑORA Cremilda pela cebollas en el escondinho do Barredo. A fuego lento las viandas obsequian sus frugalidades. Los turistas siempre. Pasan al comedor con suprema devoción: vinos verdes, croquetas de bacalao, exquisiteces patrias. Y la señora Cremilda deshoja las lechugas con la misma sofisticación de cada mañana.

EL PEQUEÑO Duarte en la tienda de antigüedades. Al fondo busca los livros de poesia que alguna vez fueron escritos. Para el pequeño Duarte todo cuanto hay a su alrededor es viejo y pasado. El muchacho de gafas prominentes y mirada esquiva ofrece todo lo que puede con educación. Su madre le mira con gracia. La suerte del pequeño Duarte está en los livros que no están, en la república que todavía no entiende, en las extrañas novedades de su infancia.

LIBRERIA LELLO. Escaleras hiperfotografidas. Verticalidad diáfana, recovecos de luz, reclamo cinematográfico. Entre las repisas de Lello algunos livros de poesia acantonados: los clientes suben y bajan imitando el juego de sus ángeles difuntos.

LA IGLESIA de las Carmelitas. Vitrales de plata con solemnidad nacional. Algo hay en la ostentosidad clerical que imanta los flashes de los visitantes, las nuevas curiosidades de la historia postfeligresa.

CERVEZA a buches en las lindes del Museu de arte. La tarde del Douro intuida a lo lejos. Las marejadas burbujeantes de una cerveza muy particular.

ANOCHECE la noche porteña. Un vaso de absenta entre manos. El tumulto seco y ardiente en la garganta. Las chispas que abducen el vientre. La risa, el desmayo, lo eufórico acrecentado con cada pestañeo. Y aquella chica turca, de Estambul, que me pregunta- a solas- mi lugar de procedencia. Final del cuento.

MÁS ALLÁ de las doce. Los chicos del hostel vociferan en la lejanía más próxima. Gaviotas que dan su último revuelo proceloso sobre los tejados. Solo para ellas, las noites de Oporto, son iguales a sus días. 

NEBLINA matinal a través de la janela. Un sueño espeso, contagioso y cargante sobre la almohada del hostel. Bolachas de sabor fresa y leite en brick de As Azores. El destino es una ducha de agua caliente irreversible. Los vapores del baño parecen la fiel continuación de las primeras luces en la Ribeira.

LOS DOMINGOS son horriblemente anónimos. En la parada de Aliados una pareja de españoles conversa con una paisana sobre los pormenores para llegar al Castillo con su bono bus. Todos acabamos en el mismo número con rumbo al Museu. La misma instantánea de todos los domingos en la parada de Aliados.

EL PODER evocativo del arte. Su enigma atrayente, los colores que insuflan realidades. Me gustó la escultura de Oldenburg en el museo Serralves. Y especialmente la obra del artista sirio Marwan con sus autorretratos irreverentes. Y también los trabajos de dos libaneses sobre la historia real de un piloto refugiado y las primeras expresiones canónicas del abstraccionismo árabe. Los siento como propios, de mi país también.

PORTO DO FOZ. El agua atlántica relumbra sus azules al compás de una procesión. Feliz coincidencia de la llegada. Desde un farallón íntimo el frío del agua acontece bien adentro. El chapuzón arreglatodo, la conmoción humedecente con los trasfondos salinos. Las uvas blanquidulces contrarrestan la ebullición de algas abisales alrededor.

BUS con destino a los interiores desconocidos de Portugal. La salida kilométrica brinda una panorámica inédita: agora Oporto, tan propia, de nadie más.

COIMBRA. Otra cidade para una vida nueva. Llegar a ella un domingo por la tarde, pisotear sus adoquines con una vaga sensación de ligereza. Cruzar el puente del río Mongarde, como quien hace suyo un traje que será decisivo.

UNA UNIVERSIDAD siempre cerca. Una atracción total. La facultad da letras con sus columnatas históricas. Las pintadas en los soportales de una rua en pendiente. Os corsarios das ilhas. Seguir la intuición con bocanadas hirientes, cada rua incrementando la emoción del viaje venidero. La certeza consciente, el sacrificio necesario, las saudades futuras.

LOS FADOS se parecen, igual o tanto, a las estrellas de Coimbra.

LIVRERIA Minerva. Un tropiezo fortuito, la noite parece que no acaba de terminar. Muchos gatos, las últimas mesas de la Praça do Comercio dejan el sitio a sus fantasmas. Y una bandera de Brasil incita al sueño delirante. Sé que volveré a estas coordenadas. Es una promesa y un deber. Coimbra mi nueva cidade adoptiva.

RÍO Mondego. Río Mondego. Río Mondego. Río Mondego. Río Mondego. Río Modengo.

PONTE de Santa Clara. Su agua bendita abajo. Tan negra como las nieves de la memoria.

FOTOGRAFIAS antiguas en mosaico colgadas en la pared frontal de la cafeteria Briosa. ¿Qué historias mínimas, fundamentales, tiene esta cidade que visito -ya para siempre- por primera vez?.

LAS LUCES en Coimbra deben ser muy silenciosas. Después de los fados trasnochados del weekend pocos esperan encontrarse a los estudiantes de capa negra un lunes cualquiera por la mañana. Sin embargo, la musicalidad de sus ruas, las sinergias arquitectónicas, la dulce serenata del río Mondego es intensa, soterrada y apabullante.

DICE el pintor entre sorbos de café, que el propio Cezanne pintó la montaña de Santa Victoria tropecientas mil veces, interpretándola como solo él quizo. Si había que quitar un árbol del natural, se quedaba fuera. Todos los matices son distintos. Abstraer muchas cosas. Así es la obra de arte.


EN BUS con las señoras mayores de Coimbra. Llevan sus bolsas del mercado, hablan de una amiga que se la llevaron en ambulancia y, así de repente, se detuvo el coraçao. La doña me sonríe, jubilosa y muy abuela, cuando le pregunto por el agua del Mondego. Muito frío, muito frío, para el coraçao.



Samir Delgado, Cuadernos de viaje (2014)

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