miércoles, 25 de febrero de 2015

Del caníbal al turista (Suely Rolnik y la posmodernidad tardocapitalista)


Martin Parr (Last resort serie, 1983)


Hay un poema del escritor brasileño Lêdo Ivo (1924-2013) que da cuenta de forma sugestiva y elocuente del papel del turista contemporáneo en el orden de los acontecimientos cotidianos de una ciudad europea.

Un Arco del Triunfo.
            Pero ¿de qué triunfo, si todo
            es derrota y naufragio?
            Los pasados perdidos
            se escurren de la boca
            de los leones ultrajados
            y de las fosas de granito.
            Rodeados de palomas
            los turistas arrullan
            los idiomas de la muerte.
            Y una hora amarilla
            llevada por el viento
            en el aire ligero del otoño
            es cuanto resta
            de la pasada grandeza.
                                              
(De Rumor nocturno, Vaso Roto ediciones, 2009)


Esta mirada del poeta, con cierta ironía contenida y un grado de realismo apesadumbrado en torno a los turistas rodeados de palomas entre los idiomas de la muerte, tiene una relevancia notoria como documento de referencia a la hora de poder establecer un diagnóstico aproximativo, parcialmente inicial,  sobre los procesos de socialización y los estadios de desarrollo predominantes que se han implantado genéricamente en el decurso de la tardomodernidad.

Precisamente, desde Brasil pueden establecerse algunas consideraciones fundamentales en el plano del pensamiento crítico y la reflexión filosófica acerca del influjo de lo foráneo en la conformación de las identidades locales. Y no es otro el comienzo del que parte la autora Suely Rolnik en su ensayo Antropofagia zombie, cuando acomete un vistazo retrospectivo a los sucesos de antropofagia que supusieron el origen de la interrelación étnica y social de la sociedad brasileña. 

Del trato recibido por los colonizadores a manos de los caníbales Tupinambá a los recientes Mundiales de fútbol, acalorados por la conflictividad social, han transcurrido siglos de historia que dejan tras de sí un rastro muy interesante para la comprensión de lo que la autora denomina el reality show global. Un escenario masivo de hiperrealidad, posmodernismo a ultranza en su combinación más dañina, que lleva nuevamente a pensar en el ángel mesiánico de Benjamin que es arrastrado hacia el futuro bajo una mirada de espanto. 

Desde Brasil, aquellos capítulos históricos entre indios y colonos en la génesis de la historia oficial de las Américas, nos sugieren a la postre una referencia fundacional, que puede asumirse desde la literatura y el arte como hechos constitutivos del devenir en las sociedades modernas, siendo un espacio documental de máximo atractivo para la forja de una visión panorámica en torno a las estructuras antropogenéticas del propio ser humano.

 Suely Rolnik sorprende en su artículo sobre la antropofagia zombie al extraer del suceso de agresión caníbal, una modalidad de interpretación sobre los procesos de subjetivación, siendo por ello bastante determinante a la hora de resolver la cuestión del punto de partida para cualquier investigación sobre la naturaleza social del individuo humano. Merece especial atención el triángulo de estigmas que caracterizan al imperio transnacional del capitalismo: la hibridación de culturas, la disolución de jerarquías culturales y la imposibilidad de establecimiento de cualquier ilusión de identidad.

Siendo el turismo global uno de los vectores más atractivos para el estudio de las nuevas formas de expresión, este punto de arranque reflexivo en torno al encuentro originario de identidades en Brasil, aparece como un espacio prolijo de pensamiento crítico ante las derivas del imaginario tardío con la eclosión de los paisajes terminales, la conformación de conductas consumistas irreversibles a lo largo de espacios geográficos que expandieron- de un manera transfronteriza- la urbanidad cosmopolita proveniente de los ideales de progreso en la modernidad.

El periplo de este espíritu de conversión del mundo en mercancía, confluye en el establecimiento de un marco de relaciones de poder que atestigua consecuentes ámbitos de interpretación de valor histórico, literario y artístico en los que subyacen los maridajes estructurales de las ciudades genéricas del futuro, sin pasado y a base de avalanchas, como las refiere el arquitecto holandés Rem Koolhas:     

“Pese a su ausencia, la historia es la principal preocupación, la principal industria, de la Ciudad Genérica. En los terrenos liberados, alrededor de las casuchas resturadas, se construyen más hoteles para acoger a turistas adicionales en proporción directa a la eliminación del pasado. Su desaparición no tiene influencia alguna de sus cifras, o tal vez se trata sólo de una avalancha de última hora. El turismo es ahora independiente del destino” (Rem Koolhaas,1997. La ciudad genérica, GG Mínima, 2008, pg.38)

Ya desde la antropología, en sus diferentes enfoques, tuvo un interés fundamental la relación nativa con el visitante, la fascinación de ambos por lo extraño y desconocido en el mutuo reconocimiento, incluyendo además la propia reflexión metodológica sobre cuales eran los rudimentos normativos  que debían reforzar los análisis descriptivos bajo una óptica de cientificidad. 

La autora Suely Rolnik nos brinda un andamiaje que posibilita repensar las formas de estar en el mundo, desde un punto de vista constructivista que deja atrás y para bien, las etiquetas clásicas de la naturaleza buena roussoniana y otras versiones del acontecer humano que gravitan en idealismos de todo tipo, viciadas por métodos caducos y sin los pies en la tierra. 

Desde el diagrama de sensaciones en la política de cognición a la cartografías de representaciones, que constituyen la propia subjetividad y la experiencia viva del otro, encontramos en la postura de Suely Rolnik un audaz utillaje conceptual, que amplifica las posibilidades de teorización para la indagación de las particulares condiciones de práctica artística y política en resistencia bajo el peso gravitacional del espectáculo total que gobierna el establishment. 

El sentimiento de asombro y miedo obliga a la expresión de una nueva configuración de existencia, a una nueva figuración de uno mismo, del mundo y de las relaciones entre estos; es eso lo que moviliza el poder de creación (el efecto artístico)"  (S. Rolnik. Antropofagia zombie, pág. 187)


En este sentido, del “self-nómada” que habilita para sí los marcos de focalización sobre la realidad, puede extraerse un vínculo interesante en torno al prototipo de turista que ha sobrevenido en las nuevas formas de instantaneidad temporal, minituarización del mundo y retracción del espacio, desmemoria generalizada y programación individual de los destinos, tal como los refieren representantes del pensamiento contemporáneo como Marc Augé, para quien “el turismo es una de las formas más espectaculares de la ideología del presente” (El tiempo en ruinas, Gedisa, 2003, pág 83).

El advenimiento de la clase turista como un elemento invasivo sobre los espacios locales y globales, evidencia un hilo conductor que va del conquistador tradicional al mutante consumista que es teledirigido en las relaciones de intercambio sobre el mapamundi global. Esto es así, de tal modo que la propia dinámica de socialización que genera la industria económica de mayor impacto en el planeta resulta de primera magnitud en el momento en el que se pretendan visibilizar las coordenadas de la tardomodernidad, donde quien toma fotografías de la realidad la hace suya. Valga una referencia de la filósofa Susan Sontag sobre los turistas japoneses y norteamericanos para tener en cuenta esta dinámica de apropiación, extroversión y mutilación de la vida cotidiana entre el común de los mortales bajo el imperio del turismo:

    “Los pueblos despojados de su pasado parecen los entusiastas más fervientes de la fotografía, en su país y en el exterior. Casi todos los integrantes de una sociedad industrializada son obligados paulatinamente a renunciar al pasado, pero en ciertos países, como los Estados Unidos y Japón, la ruptura con el pasado ha sido especialmente traumática. A principios de los años 70, la fábula del impetuoso turista norteamericano de las décadas del 50 y del 60, rico en dólares y vulgaridad, fue reemplazada por el enigma del gregario turista japonés, nuevamente liberados de su isla-prisión por el milagro de la sobrevaloración del yen y generalmente armado con dos cámaras, una en cada cadera”.          
           Susan Sontag, En la caverna platónica. Sobre la fotografía. 1973
                  (Edhasa, 1996, págs. 19- 20)

.
Así mismo, prosiguiendo en adelante con la autora Suely Rolnik, resulta palpable el hecho de que pretenda con su bagaje analítico sobre las políticas de relación y los movimientos internos de conformación identitaria, fortalecer una referencialidad histórica que sirva de apoyatura a la puesta en común de una necesaria problematización de la subjetividad en tiempos de  incertidumbre en los que el terrorismo fundamentalista y la guerra inteligente juegan al escondite. 

Y ella misma, a fin de cuentas, nos ofrece un antivirus en los quehaceres artísticos disonantes, de forma parecida a las zonas de resistencia que desde la literatura y el arte defiende Marc Augé. Para ambos, la subjetividad dominante y anclada en el poder de consumo deviene en una forma de nomadismo mutante que no parece muy alejado del turista global, cuando la insensibilidad generalizada hacia otras realidades, de un mundo-escaparate que soporta consigo la pérdida total de horizontes, parece al borde del cataclismo ecológico.  

Tal como se tiene en consideración hoy en día, los aspectos más pesimistas del advenimiento de la sociedad informacional del espectáculo, el capitalismo cognitivo y las secuelas profundas de su implantación a escala planetaria, muestran una preocupante realidad plagada por el incremento permanente de la violencia estatal, la pérdida de memoria histórica, el empobrecimiento del sur y la creciente banalización de la cultura, como algunos de los rasgos más reconocibles, mereciendo especial atención esa dimensión que adquiere el turista como un tipo de sujeto caníbal devenido en las relaciones de poder que se fraguan tanto a nivel económico, de movilidad y de fuerza de impacto sobre la naturaleza. Así los define el filósofo Santiago Alba Rico, cuando establece un paralelismo entre el poder del turista que es capaz de consumir de igual forma y con la misma rapidez, tanto una manzana como una catedral.

En este orden de cosas, las esculturas de Duane Hanson con la pareja típica de clase media norteamericana, las fotografías de Martin Parr en las que aparecen escenarios masificados por turistas angloamericanos o poemas diversos como los facturados por autores de la talla de Michel Houellebcq en los que turistas nórdicos comen carne, vagan enfermizos y a su suerte por las costas de una isla afroatlántica, parecen evidenciar a través del arte y la literatura la hegemonía de una clase turista cuyo designio futuro revela las mismas derivas catastróficas que Suely Rolnik desentraña en su genealogía de los zombies hiperactivos del capitalismo total: “Los cuerpos tienden a ser creados sólo en base a imágenes de los mundos listos-para-usar propuestos por el capital al reactivar la ilusión de una unidad individual” (Antropofgia zombie, pág, 201)


Y es que, desde un posicionamiento crítico en torno a las estructuras de poder predominantes en la actual globalización y un marco de pensamiento que deja a la vista en su compromiso investigador los anhelos intrínsecos de una búsqueda de alternativas a los modelos de individuación, el campo de análisis que se descubre desde los parámetros de la crítica de arte y el estudio de la cultura, a partir de las vanguardias artísticas brasileñas que asumieron la antropofagia como una vía de sobrevivencia, progreso y renovación de lo propio, resultan a todas luces un fértil universo de representación imaginaria para los desafíos que plantea nuestro tiempo acelerado, instantáneo y virtual, siguiendo algunas de las características básicas de la era de la sociedad del espectáculo.

Los turistas, tal como los describe el poeta Lêdo Ivo, en un paréntesis de su estadía pasajera en la ciudad eterna, parecen haber capitalizado a gran escala el rol de extranjeridad, que ha servido en las diferentes disciplinas humanísticas como un factor de consideración incuestionable, especialmente sobre los procesos de génesis, reproducción y transformación de las identidades.

La sociedad globalizada, en la que Suely Rolnik advierte sobre la existencia de una implantación de mundos-imagen correlativos al mercado expansivo del capitalismo, con su propia promesa de redención paradisíaca a la carta para las subjetividades mutantes, pone de relieve un enriquecedor campo de pruebas para la investigación artística y la exploración hermenéutica que todavía mantenga su vocación liberadora, frente al desencantamiento terminal del mundo, únicamente contestable a través de la creatividad artístico literaria.

El turista, zombie, caníbal de identidades y souvenires, durante su trasiego mundial como foráneo estándar, visitante en masa de los escenarios históricos y paisajísticos, refleja una demostración de lo que vendría a considerarse como un ejemplo de biopolítica, más allá de las máquinas deseantes y esquizoides que Deleuze y Guattari preconizaban en los estadios previos del imperio capitalista transnacional del viaje.


De ahí que, el propio Marc Augé advierta en uno de sus textos más lúcidos, Por una antropología de la movilidad, que “el turista es un consumidor de exotismos de arena, de mar, de sol y de paisajes, pero, aunque se encuentre en otro lugar, siempre seguirá estando en su país” (Gedisa, 63-64). 
De este modo, el trasunto geopolítico de la transformación de la ciudadanía en un conglomerado de turistas en su propio territorio de origen, renueva las sospechas de que las identidades juegan un papel fundamental tanto para la resistencia al poder del turista invasor como el aumento del interés del mismo hacia lo distinto y singular. Nuevas formas de antropofagia parecen ir cuajando a la orden del día en territorios masificados, puertas adentro en los museos, en los restaurantes de comida típica, en playas y piscinas, la atracción por la ingesta del otro no parece repercutir solo en grandes mejoras para la sociedad receptora, tal como se desprende de las tesis antropofagicas brasileñas, sino también en la eclosión de la clase turista mundial que prevalece como una nueva incursión exploradora para la compra de stocks, souvenires y feelings del tiempo mercancía.   

Ante semejante escenario, resulta de interés otro poeta brasileño, Oswald de Andrade (1890-1954), que en su obra desmitifica el paraíso nacional que ha sido lugar de hibridación entre lo extranjero y lo propio, habiendo en su escritura un nivel de conciencia crítica, con un grado de nostalgia hacia lo irrecuperable del pasado y las maravillas agonizantes del porvenir que lo sustituyen mediante la venta del paisaje y el mercadeo cotidiano en su país.

En el poema Guararapes, desvela el crisol de la ciudadanía en pleno auge y despegue de la futura era turística brasileña:

Japoneses
Turcos
Migueles
Los hoteles parecen ropas alquiladas
Negros como en compendio de historia patria
Pero qué tipo rubio

(Pau Brasil, Fundación Juan March, 2009).  

La sexualidad como lugar común de la frotación de los cuerpos, con el chance erótico en una ambientación interracial, entre los complejos hoteleros y las estampas coloristas del paisaje brasileño, sugieren un tipo de banquete generalizado en el que trasunta de forma soterrada la conflictividad social y las mecánicas de confrontación de clase, que dan cuerpo a la vorágine autofágica y de deglución del sistema económico neoliberal predominante en todo el planeta.

A decir verdad, el hecho de la antropofagia referido en la sociedad brasileña, contiene un sesgo de contrariedad sumamente interesante, desde el punto de vista de la reflexión sobre la conformación civilizatoria y los retornos a la barbarie que supone todo tipo de canibalismo social, asesinato del otro o consumación de las diferencias.

En la propia obra Dialéctica de la Ilustración, los autores Adorno y Horkheimer muestran aquella escisión consustancial a la subjetividad que la aleja de la naturaleza a través de una separación de la racionalidad. De hecho, la antropofagia se nos aparece como una expresión sumaria de la biopolítica esencial, del choque de partículas, que tiene presencia notoria en el patrimonio general de referencias culturales, políticas y artísticas en muchas sociedades y en las teorías más avanzadas de la reflexión filosófica de hoy.

Cuando Suely Rolnik plantea en su mirada sobre las políticas de subjetivación las vertientes elásticas y contextuales, desplazadas y existenciales o del lado transformativas, vemos un interesantísimo cuadro de interpretación equivalente a los posicionamientos materialistas de raigambre neomarxista y postfeminista que resultan necesariamente visitables para entender buena parte de la literatura especializada.

En otros autores, salvando las distancias estilísticas y de carácter ideológico, como por ejemplo Giorgio Agamben o el propio Michel Foucault, se ha indagado en el complejo mundo de la identidad del yo, la conformación de la subjetividad en los diferentes momentos de la historia y el entrecruzamiento de lo animal y lo humano en las fuerzas del deseo que constituyen la personalidad del sujeto viviente.

El turista vendría a ser un eslabón más de la historia evolutiva en el plano simbólico, que está llamado a la conquista, absorción y engullimiento de buena parte de las identidades restantes.  Desde este ángulo de visión, centrado en las mecánicas de configuración de la identidad, podemos evidenciar la astucia clarividente con la que Suely Rolnik interconecta la problematización de la política de la subjetividad junto a la búsqueda de alternativas en el arte: los éxodos vitales hacia otras experiencias del mundo libres de la mercantilización total donde habita el turista zombie.
                                  
                                                                      Samir Delgado, febrero 2015