lunes, 25 de mayo de 2015

Los campos de Machado (Cuaderno de viaje a Soria)

Monumento a Machado y Leonor (Mirador de los Cuatro Vientos, Soria)


Sé todo
Y aún no me canso
de correr tras tus lunas

Abdul Hadi Sadoun


DÁRSENA cósmica de la avenida América. Una mañana subterránea, abajo el mundo es solamente humano, en el intercambiador con infinitas departures hacia confines territoriales lejanos. Primeras incursiones en el metro, a primera hora, donde las gentes rumian el amanecer con un sesgo de obligatoriedad. Nunca encontrarás una sonrisa plena entre las soledades del itinerario suburbano: el camino al bus está repleto de signos, retales y desmemorias ajenas.


LLUEVE en Madrid. Agua torrencial metropolitana. Los contagios de ébola han abierto una herida imposible de cicatrizar para el común de los mortales. Hay quien lleva máscaras en su trayecto a la luz. Se mira al tipo de al lado con la interrogante fundamental sobre su grado de peligrosidad. El contacto es impossible. Para la psicología popular el metro se ha convertido en una metáfora del silencio de los ataúdes.


SIEMPRE hay recursos íntimos para la sobreprotección lírica en los momentos más desagradables de un viaje. Llevar consigo un libro de Machado, por ejemplo ahora mismo, un jugo de melocotón y sandwich mixto como sustentos en la excursión deseante hacia los otros afueras. El campo de Castilla soñado en las primeras lecturas de juventud. Aquellos chopos, casi entrevistos, a cien kilómetros por hora. Pienso entonces en las casas que desaparecen de sopetón en la orilla contraria. Su huella fugaz en mi retina, la trasmemoria de cualquier otro viajero.


ADORO las oficinas de correos. En las cartas, sellos y postales sobrevive una dosis real de la historia de los viajes frente a la digitalidad global reinante. Los ojos verdes de la empleada del mostrador son un bálsamo para el visitante ávido de lujurias sensitivas. Vamos y venimos para su ángulo de visión igual que las cartas de amor anónimas de estas primeras décadas del siglo online.


LA MEDICIÓN exacta de una distancia nada tiene que ver con la longitud. Al menos en el poema. Tan cerca y tan lejos se puede estar de Soria aun viniendo realmente de unas islas afroatlánticas. Hay que reivindicar las cercanías de toda confesión. Y también lo remoto una vez que se aproxima el tiempo de las lecturas pasajeras. Ahora que estaré en la ciudad machadiana, por cuestión de horas, vislumbro una familiaridad crucial con su predestinación vital. Lo cotidiano cosmológico de sus azules otoñales.


AUTOTRANS. Un camión gigantesco en el carril derecho marcha a su antojo con vehículos para el desguace final. Las vidas de los coches tienen un punto de tragedia doméstica que apenan -todavía más- al contemplarse en su conjunto. La realidad evolutiva de sus carrocerías. Su materialidad espuria. Van al límite de su existencia, sin ocasión para la redención posible. Es su último viernes a paseo.


NO cruzarás las altas estepas de Castilla sin encontrar gentes que hablen de ultramar. Lo dijo Machado. Y este que pasa ahora soy yo mismo. Veo a lo lejos también de lo que se habla en las ínsulas interiores, las castillas viejas en ruina y los molinos futuristas en pleno siglo veintiuno. Al igual que el poeta iraquí Abdul Hadi Sadoun, persigo las pistas del poeta, sus contrafugas, todo aquello que hace de conglomerado visual a su memoria extraviada.


EN UN VIAJE se puede escoger el tipo de música al gusto. Con los auriculares del bus es posible el autoexilio minimalista. Aunque el silencio cómplice, los bullicios intermedios, las letanías fonético sociales del tránsito ambiental son las mejores condimentaciones para la memoria del travel. Es el archivo sonoro de la travesía permanente lo que constituye la no ciudad.


AUTOVÍA del nordeste. Alrededor bulle el rastro de amarillos tubulares, los azulinos metálicos, los verdes aceitunados que abren el apetito espiritual. La odisea se asemeja a aquel sueño de Kurosawa dentro de los óleos de Van Gogh. Me pregunto entonces por el nombre de cada uno de estos parajes, la fecha en que fueron lugar de paso, por primera vez, y cuando volvieron exactamente a ser tan anónimos después del poeta.


CASTILLA la vieja. Aledaños intrínsecos de Medinaceli y Burgo del Olmo que se constituyen como epicentros históricos de mi viaje en un absoluto plis plas. La vida en sus adentros es dispersa y contingente, puro caos sin orden aparente. La esencia es su negativo en la memoria. No hay ocasión real para la pausa. Y recuerdo entonces los desiertos de Arizona en las Warner productions. El coyote y el correcaminos a la gresca permanente: un símil perfecto de la política bipartidista oficial.


UNA ALAMEDA verdinosa de bosque castellano a la entrada de Soria. Altorrelieves de luz a 1087 metros sobre el nivel del mar. Esta incursión postmachadiana a contrapelo ha sido literalmente una escalada cuesta arriba milenaria. Primer vistazo a la ciudad con los frenos puestos. Casuchas adosadas, vallas de publicidad, acueductos con soñarrera secular y una promesa personal de Río Duero, tan pronto como sea posible.


UN MERCADILLO medieval. Escudos de época en la calle Collado como carta de presentación para el visitante neófito. Dulces, velas, cerámicas: todo es artesanía por doquier. Caminar sus calles igual que si fueran las propias, las de siempre, Soria in my dreams.


AYUNTAMIENTO. El edificio consistorial a todas luces es el centro metaurbano. Sus ventanas medio cerradas para evitar la pérdida de tiempo libre. Alcaldía, biblioteca, seguridad, Más que un símbolo de la democracia se debería hablar de lo que pudo ser y todavía nunca fue. Una caverna, un pozo, una prisión del aire social.


LA CASA de los poetas. Un cartelón pende de la fachada, adentro las biografías, de puño y letra, de Machado, Bécquer y Gerardo Diego. Todos al amparo de un hogar cierto. Las ciudades con poetas son inmemoriales. Los poetas sin ciudad también. La intemperie del difumino total acusa a las ciudades y a sus poetas cuando no hay casas para la poesía.


TEMPLO en ruinas de San Nicolás. Pintura mural en capilla lateral que representa el asesinato de Tomás de Canterbury en 1170 por orden del rey inglés Enrique II, padre de Leonor de Plantagenet y suegro de Alfonso VIII. Incluye cripta, inscripción de eclipse solar en el tímpano sur. Belleza de los capiteles de las jambas y los arquillos cruzados de las arquivoltas interiores. Acristalamiento museístico. Silenciosidad unánime. Poetología del instante.


PUENTECILLO al borde del río Duero. Calma absoluta excepto por los automóviles rutilantes de cada momento. Pajarillos y paces del entorno acuífero inmediato. El reflejo en el agua de los chopos. A lo lejos el claustro de San Pedro con los últimos difuntos. Y del otro lado la ermita de San Saturio donde también parece que la vida de la ciudad encuentra su acabose predilecto. Ya por suerte nadie abona el pontazgo municipal. Tajamares. La curva de ballesta del Duero.


LOS ARCOS de San Juan de Duero por un euro. Ejemplo paradigmático de la arquitectura cristiana medieval. A cielo abierto con espacio en césped virginal. Para mí todo su silencio boscoso. Media tarde total. Me detengo ante sus musgos pétreos, las telarañas supervivientes, un mirlo que planea en sus alturas. Los turistas dentro del presbiterio románico, entre los aires de liturgia oriental y las sombras de los Caballeros Hospitalarios. Figuraciones y motivos vegetales a mi alcance. Monacalidad del estar.


FABULOSO mediodía frente  piezas deslumbrantes de lo antiquísimo sucedido: una talla de madera de nogal con la virgen de la Estrella del siglo XIII. ¿Por qué en el museo laico y no un altar sacro?. Y el hueso con alfabetos del siglo X en grafías musulmanas destinadas a la didáctica de los colegios. Y también el epitafio de Abraham Satabi con un fragmento de lápida de arenisca con la inscripción de cuando “en aquel momento la visión cesó”. Y todavía más: capiteles alucinatorios, mamposterías fantasmagóricas, aluvión de dragones, sacrificios mortales, animales alegóricos, psicopompos y nacimientos del niño rey.


LOS GATOS siempre. La compañía de sus ausencias tácticas, su dispersión variada y trashumante del silencio. Hasta las ruinas llegan con su gateo inmemorial: siempre huidizos y camaleónicos, fuera de la fotografía oficial.


CORPÚSCULOS de materia solar. Nubosidad del viento, la claridad es diáfana siempre. Si hay centros de algún modo, tienen que ser vacíos, abiertos, enarbolados como este mismo patio románico. Judios, árabes y cristianos in memoriam.


UN PÁJARO carpintero entre las arboledas que sobresalen del claustro. Dos chicas-lesbianas- se fotografían entre risas, besucones y carantoñas. Yo contemplo en absoluta soledad, frente a ellas, sus poses con un no sé qué de esoterismo hipertardío.


CITA de Andrey Bell de 1924: “al otro lado del río está la iglesia de San Juan de Duero, una ruina con claustro maravilloso y en verdad único, medio románico, medio bizantino, con un gran arco de herradura mora, un estilo híbrido quizás debido a los Caballeros Hospitalarios”.



ESTAMPAS peregrinas. Fuentecilla solitaria en el camino al Monte de las Ánimas. Soria a lo lejos, intermedios del atardecer. Tres señoras cruzan el puente moderno del Duero. Se escucha de fondo una sierra eléctrica. ¿Naturlyrik o Shi Jing?.


JUNCOS de lago. Malvaviscos. Salicarias. Adelfillas. Platanarias. Lúpulos. Hiedras. Zarzamoras. Tomatillos del diablo. Nutrias. Cormoranes. Alimoches. Buitres leonados. Encinas y carrascas. Colirojos. Saucos. Lavanderas. Abejarucos. Corzos. Lagartos y ardillas. Fauna y flora para un panteísmo del Duero.


OCEANILLA. Villaciervos. Ciria. Almazul. Almalvez. Bordecorex. Valdenebro. Cabrejas del Pinar. Molinos de Razón. Rioseco de Soria. Ambrona. Tardajos. Noviercas. Trévago. ¿Un ensayo de toponimia postmachadiana?


CALLE COLLADO. Una multitud sigue la marisma comercial con un movimiento uniforme hacia el final de la tarde. Crisoles de luz soriana. En el casino los socios visionan el deporte, las abuelas arrullan a sus nietos en el parque y las parejas se dan la mano en el supermarket. La misma ciudad en todos lados.


ABANDONAR Soria en la noche. Como un evento irrefrenable. Cada plaza de bus tiene una historia propia. Quienes fueron a su destino y quienes volvieron al origen. La ciudad que ya amo como propia, desaparece de nuestra vida instantáneamente. Y entonces pasa a formar parte de los retales memorísticos en donde permanecen las huellas viajeras. La vuelta podría ser pura intrascendencia social, cuyos márgenes incompletos y finitos, adquieren un dolor inmenso cuando pensamos en el poeta, su exilio y su martirio.



Samir Delgado (Cuadernos de viaje, 2014)

lunes, 11 de mayo de 2015

Rilke, Ronda, Renfe (Un viaje en tren anarco-romántico)







El más leve canto de un pájaro
me reclama y me concierne

Rainer Maria Rilke


TREN con destino a Ronda. Mediodía azaroso entre las estaciones de guardias impertérritos con sombrero y silbato. Una pareja de chicas asiáticas escuchan música en los auriculares y chatean en su lengua con algún remoto interlocutor. Cien años después, el camino del poeta Rainer Maria Rilke por delante, sin premeditación, tras su huella por las lindes de mi diario.


LLEGADA  a las 16:45 horas. Salida en tromba de los pasajeros. Flechas urbanas que señalan hacia el centro monumental. Tarde semi-invernal, casi es imposible escapar del grupo de turistas japoneses. Entre manos las cartas que Rilke firmó en 1912 para Marie von Thurn und Taxis. En ellas confiesa de Ronda que fue una ciudad evocada en sueños.


PRIMERAS indicaciones de un vecino sobre el camino a seguir para alcanzar el centro, lo antiguo, lo trascendental. Una leve sensación de cosquilleo íntimo ante el desbordamiento de los sentidos. Hay que preparar el caudal anímico, el derroche acelerado de colores, siluetas, contornos. Al fin una soledad pormenorizada en los espacios abiertos que la ciudad brinda con plenitud diáfana. Un parque en el desvío, una pasarela de arena: el mirador.


EL MIRADOR. Una terracita arrimada al abismo de una pared rocosa vertical: insondable. Abajo el sigilo acuático de una cascada, el Tajo en su minúscula substancia, verdes sobre verdes, Ronda a tiro de piedra, en la doblez del tiempo funesto. El paseo de los ingleses continúa en sí mismo hacia un sin retorno previsible, indeterminado, decoroso para los transeúntes ocasionales. El sol apenas divisible. Toda luz proviene de muy lejos.


LA ESENCIA empírica de la ciudad reside en la relación temporal entre el landscape y la mirada. Los peldaños gigantescos son territorio de las grajas, los cuervos, las aves rapaces del aire: bestiario antiquísimo y ajeno para el resto de criaturas que las divisan a ras de suelo. La totalidad de Ronda pertenece a los dioses sin nombre que un día adoró el habitante primitivo. El acceso a esa terrible vacuidad es el desafío al que se ve sometido el poeta. Contemporaneidad del mito.


CALLES iguales de comercios y mercaderías. Al través todos los pasadizos llevan siempre hacia los turistas nipones del futuro que circulan sobre el puente nuevo con devoción fotogénica. Nada escapa a sus teleobjetivos: los charcos naturales que humedecen los adoquines, los remansos de luz sobre los paredones inaccesibles, las esquinas inauditas en cada cruce de destinos vecinales. En los hoteles donde pernoctan ya no permanece el hechizo rilkeano.


A CONTRARRELOJ. La caminata a destiempo, el rumbo inverosímil hacia las vértebras de la ciudad. El Tajo de Ronda quedó fijo sobre la postal turística, su emanación edénica, monacal, ecolírica. Todo aquello que forma parte del ideario bohemio a la carta en los siglos postreros: 0´30 céntimos de euro para la conservación de lo esencial. El río desde sí mismo con una pesada losa de humanidad encima. La pureza angelical es lo anónimo, sin belleza rescatable, lo inasible que se intuye en la ocultez matérica del cuadro. El no-ser municipal.


RILKE pasa de puntillas por lo religioso. A pesar de coleccionar estampitas de santos, su anticristianismo le llevó a coquetear con un viaje al país de los moros y leer a ratos el Corán. De Córdoba o Toledo quedaron a su mano las riquezas envolventes de las otras civilizaciones. El Greco como el pintor confidente, griego extrañísimo, de las fisonomías alucinatorias y los cromatismos totales.    Precisamente el poeta cosmopolita de la europeidad transfronteriza intuyó las posibilidades estéticas, de búsqueda y de proceso, para el hallazgo de otras experiencias del ser, en la ruina, el cuadro y el silencio.


CUENTA ATRÁS para el retorno inmediato a la letanía de los raíles ferroviarios, la ciudad de Ronda cuaja a la vista entre los conglomerados urbanos, en los letreros que señalan el tráfico de lo que es, la rutina diaria en la que sus ciudadanos sobreviven al cuadro postal. Entre unas sombras tenues la medina musulmana rebasada en unos pocos escalones pedregosos que llevan al desvío incongruente, al césped indeterminado, a los prados insustanciales. Un bazar de souvenirs como el único apeadero físico, la circunvalación tangible de los escaparates frente al observador extenuado, el pasajero contranatura, que será apenas una sombra indeleble en la memoria digitalizada de los turistas.


LA CIUDAD y su dificultad aurática entre los pliegues luminosos, naturísticos, biomórficos de la nada social. El paisaje que fue revelación en el poeta y ahora es rastro, despojo, yesca. Durante el tránsito laberíntico no hay salida, el encontronazo estético brinda una cata prismática, un caleidoscopio con muchedumbres, un juego al escondite inglés con el magma del atardecer.


SIN PAUSA, sin tregua, sin conmiseración: el retorno al tren es impostergable, las sombras que fueron son en la recámara del viajero. Tal vez un revuelo más, unas campanas breves, sutilísimas, para el empuje anarco-romántico de un viaje que alcanza su hora punta para el regreso. Apenas unas horas al pairo de la eternidad.


AN DEN ENGEL (Al Ángel) fue uno de los poemas que Rilke remite de puño y letra por carta a Lou Andreas-Salomé. En él reconoce el trato con lo ínfimo que está predestinado al ser humano, nuestro trato con lo entenebrecido, en pugna con todo aquello sublime que secunda al vuelo del ser divino. Imagino al poeta en su estancia del Hotel Reina Victoria, construido por los ingleses para el disfrute de huéspedes extranjeros, solo él consigo mismo, ante un candelabro volcado en el hipertrance creativo, saliendo a duras penas del atasco sufrido durante su travesía prebélica. Los abismos del Tajo de Ronda haciendo mella.


LA EDAD de las cosas forma parte intrínseca de la ciudad. Cuando el poeta visitó Ronda era el tiempo de los epistolarios, la lentitud protomoderna, de las posadas y los carruajes. De ahí que el abismo todavía conservaba su absoluta finitud, a cuenta del viajero que caía preso de la ensoñación. Al concluir esta pesquisa poetológica, esta inusual y trepidante visita al Tajo de Ronda, se alcanza una breve síntesis de lo real dominante donde la prisa del acontecer, la aceleración instantánea del entorno codifica toda forma de conocimiento. En las ranuras incoloras de lo percibido abunda una extraña nostalgia, un destino mistérico por averiguar a posteriori del viaje. Así entre los párrafos del poeta que confiesa su delirio también se encontrará el compás, el ritmo, la cadencia de sus edades.


10º-C. 19:30 h. 115 km/h. Coche 3. Butaca 151.



Samir Delgado, Cuadernos de viaje, 2014