jueves, 21 de marzo de 2019

“Cada palabra es un sitio para mirarte” Notas desde el trópico en memoria del poeta mexicano José Carlos Becerra

El poeta tabasqueño José Carlos Becerra (1936-1970)

Acabo de regresar del trópico. Todavía palpo de memoria los colores de un paisaje nuevo, la potencia convocante del río y el aire y la luz de aquellas tierras me siguen desde adentro. He leído a José Carlos Becerra a posta en la habitación del hotel, después de saber por boca de mis nuevos amigos tabasqueños que ese era el poeta. Villahermosa es una ciudad del sur con encanto: alejada de las postales turísticas y los reclamos para extranjeros. El malecón del río Grijalba se puede amar fácilmente con sosiego matinal, aunque peligroso en la noche. Me asomé a la casa del poeta Carlos Pellicer para comprobar que allí persisten las lentes y las guayaberas y los huaraches del cantor del Usumacinta. No muy lejos de su casa hay un parque que fundó para la posteridad. En Centla tomé pozol y supe de tambores y flautas que se bailan en otra frontera a este lado del planeta. Ocurre en el trópico lo que no se espera, esta luz embriaga los sentidos y la alegría de sus gentes tiene el don de la permanencia. He vuelto a leer a José Carlos Becerra con la miel en los labios. Ya sí tomo la pluma y anoto para comenzar estas notas de mi diario con un verso suyo: cada palabra es un sitio para mirarte. He querido regresar al trópico en las horas posteriores del aterrizaje del avión en Ciudad de México, algo de mí quedó en la arena de la playa del bosque donde divisé al fin las aguas del Golfo mexicano. El sentido de pertenencia a una isla hace que los pantanos del trópico se conviertan en acantilados mínimos para llegar a casa también. Hace apenas unos días pude mirar a los ojos a una escultura olmeca. Su profundidad revivía a pesar del breve trecho que me separaba de ella. Hay en la pervivencia del pasado un aura íntima que nos reclama y convoca: nos hace sentir más vivos gracias a la conciencia de su lejanía. Es un milagro esta luz del trópico pensé, puede tocarse en la mano. Hay en la luminosidad tabasqueña un calor distinto, perlado, mixtificador. Caminar las calles de la ciudad de Villahermosa tiene algo esencialmente panamericano. El sur parece un país sin fronteras, hay una esperanza que la tiñe con temperatura universal. Vuelvo entonces al libro de José Carlos Becerra y conozco de inmediato la tragedia de su accidente mortal en Brindisi, con 33 años el poeta se dirigía a Grecia. Una curva fatídica sembró en la primavera de 1970 una de las peores noticias que podían llegar al trópico. Suya es la Fotografía junto a un tulipán, narración que acompaña a los diferentes poemarios del autor tabasqueño nacido en 1936, otro año de fatalidades. Releo su Fiesta en invierno y los poemas de Como retrasar la aparición de las hormigas. En el volumen hay cartas del poeta mexicano dirigidas a Lezama Lima en el 67. Me parece descubrir la posible convergencia de la luz del trópico con la pesada escultura olmeca, es una relación de infinitos que se tocan. El poeta escribió en el texto Sentado en una piedra que no estaba preparado para llorar ni tampoco para los hombres, y que volverá a surgir el día en que rompa los vidrios de su propia muerte y esa vez no será posible el accidente. Cierro el libro del Otoño que recorre las islas, habrá un después siempre para volver a él. Realmente un viaje a otra ciudad no siempre implica la movilidad en el reglamento de los mapas. Acabo de regresar del trópico y solamente quiero recuperar aunque de lejos el instante preciso de aquella luz vista a través de la ventana sobre las aguas del río por primera vez. Estoy seguro de que era la eternidad


Samir Delgado, 2019              

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