lunes, 19 de mayo de 2014

Atardece en Port Bou (Otro ensayo tardío sobre Walter Benjamin)


Cuanto más nos alejamos del centro,
tanto más política se hace la atmósfera,
las afueras conforman el estado de emergencia de la ciudad”

Walter Benjamin


WALTER BENJAMIN nunca será un clásico en los típicos manuales de historia, aunque la efervescencia bibliográfica del medio siglo pasado generada por la recepción internacional de su legado filosófico indicará, a todas luces, una estadía permanente en el panorama de la actualidad. Y más aún, cuando la recurrente originalidad de sus escritos hacen justicia ante los continuos reveses padecidos en la propia vida del filósofo berlinés, cuyo maletín extraviado en la frontera catalana ocupó todas las pesquisas filosóficas que anhelaban uno de los diagnósticos más originales sobre la génesis de la modernidad.

LA riqueza temática de su dispersa producción literaria ha radicado en la condición fragmentaria de una obra singular, cuyo desarrollo camina de la mano a un mismo tiempo que su itinerario biográfico, repleto de tropiezos existenciales, una vida exasperada por su condición de intelectual judío alemán en un período histórico marcado indefectiblemente por la convulsión bélica mundial y el auge del nazismo en toda Europa.

EN el rico legado filosófico de Walter Benjamin encontramos una fuente documental inagotable por su mixtura temática y un referente ineludible para afrontar con solvencia un acercamiento crítico a las derivas estéticas de las expresiones contemporáneas y los procesos sociales de la tardomodernidad.

Y precisamente, merece la pena advertir que, justo entre los márgenes geográficos que determinaron la galaxia narrativa de su itinerario filosófico, surgirá el imaginario de la isla mediterránea por medio de su larga correspondencia personal durante los años que pasó en Ibiza, revelando para la posteridad su condición fugitiva con una extravagancia intelectual avezada bajo la ruda experiencia del aislamiento donde cifrará el advenimiento del turismo de masas en su fase germinal.

EN este sentido, el itinerario filosófico trazado por Walter Benjamin a lo largo del siglo en el tablero de ajedrez europeo, tendrá una dimensión testimonial de un enorme calado simbólico, al quedar registrada por su peculiar mirada dialéctica tanto la incipiente cultura de masas en la modernidad, como el desarrollo de las obras de arte en la era industrial, la aportación de su teoría sobre la mimesis y una visión materialista de la historia con una clarividente vocación mesiánica que tendrá el sello propio y distintivo entre las filas de la Escuela de Francfurt.

SI consideramos la historia de la Escuela de Francfurt promocionada desde el ensayo primordial de Martin Jay, titulado “La imaginación dialéctica” puede rastrearse la relación de Benjamin con los demás miembros del grupo.Ya Adorno observó agudamente en la caracterización póstuma del universo benjaminiano como su personal concreción filosófica ofrecía una visión sobre las constelaciones históricas que anticipaban simbólicamente la decadencia cultural y la fantasmagoría del capitalismo, en un tiempo crucial donde estaban germinando los designios de la racionalidad tecnoindustrial.

LA promesa de felicidad que brotaba a raudales por la fuente narrativa de Benjamin quedaba ataviada por un toque mesiánico heredado por su cercanía a la tradición teológica judaica y la madurez de su análisis marxista sobre la realidad social, que nunca emparentó con la terminología de la ortodoxia soviética, más aún cuando los años de su influencia juvenil tuvieron un sello romántico proveniente de la Jugendbewegung, tal como se desprende de su participación en la Asociación de Estudiantes Libres que acumulaba en su devenir histórico el espíritu libre de la renovación pedagógica en la tradición universitaria alemana.

DE igual forma, Adorno desde su preocupación dialéctica por los derroteros de una subjetividad lacerada por los arbitrios de la racionalidad instrumental y los influjos duraderos de la metafísica que han obviado la propia historicidad de cada sujeto en su génesis social- donde sus potencialidades emancipatorias han quedado mermadas por la ratio científica-, aludirá en paralelo a su reconciliación con lo no idéntico a la promesa de felicidad que encontrará su latencia en la novela de Proust.

LA impregnación romántica juvenil y la referencia teológica judía han sido dos constantes reseñadas por Scholem a través de su relectura de la correspondencia mantenida por toda una vida con Benjamin. Así con todo, Benjamin representaría, a la postre, y mejor que nadie entre las filas del Institut a la figura del intelectual comprometido con ideales de renovación filosófica, alejándose él mismo de las corrientes positivistas que se hacían fuertes en el escenario del nuevo siglo, junto a la tradición fenomenológica que se erigía como la cúspide del pensamiento alemán heredero del subjetivismo postkantiano, si bien la analítica existencial de Heidegger y su reclamo de la poesía de Hölderlin como vehículo de la esencia del hombre para su retorno a las estancias paganas de la Grecia clásica, sobresaldría en adelante como el bastión oficial de la Alemania nazi en los turbios tiempos del Benjamin exiliado.

EN sus primeros escritos, Benjamin tendría el halo melancólico que resaltaría en los anales filosóficos del siglo XX como su peculiar sello estilístico, acrecentado por su apego personal al mundo del coleccionismo, y una visión del pasado totalmente ajena a los postulados historicistas que emanaban de la tradición alemana con Ranke a la cabeza. Una oposición a la idea de progreso que latirá en su “Tesis sobre filosofía de la historia” bajo la homogeneidad del tiempo histórico, que se vería dinamitado por una ruptura revolucionaria a través de matices redentores, ya que para Benjamin “existe una cita secreta entre las generaciones que fueron y la nuestra, nos ha sido dada una flaca fuerza mesiánica sobre la que el pasado exige derechos”.

CON el ensayo de Adorno titulado “La jerga de la autenticidad”, quedarán matizadas las distancias abismales entre los parámetros filosóficos conservadores de Heidegger y los demás miembros de la Escuela de Franckfurt. Siguiendo de cerca los términos interpretativos del crítico Stephan Moses en su libro sobre “El Ángel de la historia”, la profunda visión de la historia que atravesaba el corpus benjaminiano poseía un tinte materialista que no restaba potencialidad a las imágenes alegóricas, como la propia identificación sobre un cuadro de Paul Klee, donde el ángel se verá desplazado por el flujo lineal del tiempo progresivo hacia un futuro incierto donde el pasado aparece en un descomunal estado de ruinas.

EN efecto, durante el decurso filosófico de Benjamin habrá una maduración intelectual hacia una mirada dialéctica de impronta materialista, que tendría como referencias fundamentales a la época de su idilio amoroso con la activista Asja Lacis y el acercamiento a la poética proletaria de Brecht, ambos factores decisivos en su conformación ideológica, aunque también la influencia romántica de Goethe con la fascinación por las formas eternas que persisten en la historia tendrá su anclaje metafísico, dándole a Benjamin una personalidad singular entre quienes resistían ante el auge de la barbarie bélica y los desmanes de la industria de la cultura.

EN uno de sus escritos póstumos con mayor alcance de miras contemporáneo, titulado “El capitalismo como religión”, Benjamin predice de forma provocativa el alcance antropológico del fenómeno de la globalización económica donde el fetichismo de las mercancías alcanzará niveles alucinantes mediante la sacralización de los bancos como depositarios del capital financiero. Para él, “hay que ver en el capitalismo una religión. Es decir, el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, penas e inquietudes a las que daban antiguamente respuesta las denominadas religiones".

POR otro lado, la visión de Benjamin sobre las obras artísticas en los años iniciales de la reproducción masiva quedaría esbozada bajo la preocupación por la pérdida del aura originaria y un optimismo prudencial ante las posibilidades utópicas aparejadas a la universalización del arte popular mediante las nuevas herramientas de la difusión industrial. Esta incursión problematizadora sobre el terreno de la estética supondrá una avanzadilla que ofrecerá notables espacios de referencia para los estudios sobre las vanguardias históricas y la teoría crítica de la cultura de masas en los umbrales de la posmodernidad.

ASÍ muchas veces las citas del propio Benjamin serán tomadas como anticipo justificativo de los postulados más radicales sobre la sociedad espectacular en Guy Debord y las teorías del simulacro por boca de Baudrillard, aunque el crítico español Antonio Méndez Rubio será muy concluyente sobre la originalidad de los augurios del filósofo berlinés ante las nuevas coordenadas históricas.

A decir verdad, para Benjamin el creciente empobrecimiento de la propia experiencia, provocado por las técnicas de comunicación masiva, vendría de la mano de una modalidad de narración que recluye en una soledad total al receptor que ha perdido la dimensión temporal, y la constitución de una comunidad sin el medium de la experiencia sobre una realidad absorbida totalmente por el fetichismo de las noticias instantáneas por el cariz de su reproducción técnica.

DE este modo, Benjamin anticipará de forma crítica los peligros concernientes a la estetización de la política, la construcción mediática de la realidad mediante formas técnicamente mediadas de percepción y la propia reproducción ideológica enmascarada en la cultura oficial dominante.Esta perversión sería diagnosticada con gran lucidez por Adorno y Horkheimer, pues los estudios interdisciplinares sobre la violencia, la familia tradicional y el capitalismo monopolista darían pistas suficientes sobre el modelamiento ideológico de las masas bajo el auge del fascismo en Alemania.

EN su celebrado ensayo sobre “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, Benjamin hará una aproximación a los nuevas formas de arte visual que han generado una transformación estructural de la propia obra de arte en cuanto a su recepción perceptiva, y es que, el auge industrial del capitalismo ha dado una nueva función social al arte, que verá transformado el estatuto de su propia naturaleza, configurándose así como una extensión técnica dirigida a las masas mediante la industria incipiente del género cinematográfico y el impacto de la radio en la vida cotidiana.

A pesar del predominio del aparato sobre las personas y la reducción del potencial crítico durante el efecto contemplativo de la experiencia artística, las nuevas corrientes experimentales como el expresionismo alemán y el surrealismo francés estaban provocando una gran quiebra en el mundo del arte. Benjamin recobrará el sentido socialmente emancipatorio durante su análisis de la pérdida ineludible del aura en las obras artísticas, mediante la radical apelación a la dimensión reflexiva y mesiánica de la experiencia estética que se podría ver enriquecida racionalmente por la politización del arte:“por primera vez en la historia universal, la reproductibilidad técnica emancipa a la obra artística de su existencia parasitaria en un ritual. La obra de arte reproducida se convierte, en medida siempre creciente, en reproducción de una obra artística dispuesta para ser reproducida”.

DE igual forma, la gestación de la teoría del lenguaje benjaminiano tendrá un desarrollo cronológico bajo la influencia de su trasiego por Europa, partiendo de las notas “Sobre el programa de la filosofía futura”donde aplicará una prolongación del concepto kantiano de la experiencia más allá de su limitación a las ciencias, que han llevado históricamente una orientación positivista alejada de la veta idealista con que Benjamin impregnará su versión adánica del lenguaje. Y por otro lado, la violencia revelada como una suerte de elemento fundante de las relaciones sociales de derecho que constituirá la propia historia, vista además como el extremo opuesto a la armonía articulada en la dimensión mimética del lenguaje.

EN efecto, con sus decisivos apuntes filosóficos “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres”quedaría desarrollada una teoría de la experiencia cognitiva y hasta un programa estético donde barrunta una crítica de la concepción instrumental del lenguaje, al que otorga una dimensión medial en la comunicación universal de los seres espirituales, aludiendo al Génesis como aquel espacio idílico del pasado donde la armonía entre el lenguaje de las cosas y el lenguaje de los humanos sufrirá la pérdida indefectible.

EL propio Stephan Moses, reconocerá en la imagen del tiempo de los hombres de Babel y su transfiguración en los magistrales relatos de Kafka una especie de alegoría sobre la concepción moderna de la temporalidad histórica donde quedan a la vista las contradicciones de la idea de historia emanada desde la Ilustración.

ASÍ con todo, en su libro crucial sobre “El origen del drama barroco alemán” encontrará Benjamin un desarrollo de su teoría del conocimiento en que el lenguaje primordial de la humanidad se verá perfilado como el paisaje original de la verdad, dando pie a su anámnesis acústica con el peculiar rescate de la armonía extraviada por medio de la palabra, un camino que recorrerá mediante el análisis histórico de la Trauerspiel, acercándolo además al universo de las metáforas ontológicas donde se funden la filosofía del lenguaje y su particular cosmovisión teológica que camina junto a otras figuras del pensamiento judío como Rosenzweig.

UNA vez que Benjamin encuentre un callejón sin salida tras el fracaso de su tesis de habilitación para la docencia universitaria, con el esfuerzo de erudición volcado sobre “El concepto de la crítica de arte en el romanticismo alemán” donde figura una síntesis sobre el universo romántico y el tratamiento crítico de la tradición bajo la proyección del destino y el papel de la subjetividad creadora, sería publicado de una forma más que providencial su libro-revista “Einbahnstrasse”.Un texto determinante que servirá de auténtico revulsivo en la narrativa benjaminiana, ya que dará un vuelco definitivo hacia el trasunto de la urbanidad y la toma de contacto con su tempo vivencial.

EL propio Habermas durante su tentativa por salvaguardar a toda costa una modernidad que se verá asfixiada bajo los peligros de la irracionalidad nuclear y el grave advenimiento del posthumanismo con la liquidación total de la subjetividad autónoma, junto al proceso de mercantilización del arte y las problemáticas suscitadas por la racionalización burocrática y la división social del trabajo en el capitalismo tardío, aludirá a Benjamin cuando trata las contradicciones de una época registrada por el ritmo frenético de la ciudad en los versos de Baudelaire.

DE igual modo, Hans Robert Jauss por medio del seguimiento exhaustivo que realiza sobre los documentos literarios que ofrecen una visión panorámica sobre elpulso histórico con el que se irá consolidando lo moderno, aludirá directamente a la significación que tendrá la estética de Baudelaire para la materialización del canon del arte que caracteriza a la modernidad. En su libro “La literatura como provocación”, Jauss planteará interrogantes sugerentes ante la capital lectura benjaminiana sobre la poesía de Baudelaire en aquel París finisecular de las galerías comerciales, una experiencia estética marcada por el flâneur arrojado a las aguas turbulentas de lo efímero, como un sujeto alienado bajo la aplastante irrupción de la vorágine publicitaria y la masa anónima circulando por la ciudad, donde el poeta exhibirá con excentricidad el spleen de su hastío ante una realidad ya fantasmagórica que ha perturbado la auténtica experiencia y rebajado a mercancía su propio arte.

TAMBIÉN, en el completo estudio de la autora norteamericana Susan Buck Morss, se abordará con maestría interpretativa el proyecto de la Obra de los Pasajes, dando evidencias del auténtico giro copernicano para la forma de escribir historia, ya que Benjamin reunirá una colección monumental de referencias visuales y citas literarias que servirán como una serie de pliegos documentales sobre la génesis de la industria cultural, ofreciendo una pedagogía materialista que da cuenta al lector mediante su propio despliegue histórico de los signos ideológicos que subyacen a la trama civilizatoria en el momento crucial de la Exposición Universal de 1900.

DE igual forma, Susan Buck Morss pondrá sobre la mesa los puntos cardinales que configuran el discurrir narrativo de Benjamin, sugiriendo una especie de mapa cartográfico sobre las propias etapas de la obra del filósofo berlinés, quedando al sur los apuntes de viaje sobre la Nápoles mediterránea, que sería desvelada por Benjamin como un enclave mítico de la infancia de la civilización. Seguidamente, del lado norte encontraríamos el libro “Infancia en Berlín hacia 1900”, donde la biografía personal acompaña al sentimiento de familiaridad y extrañeza bajo el cielo de la propia ciudad de pertenencia. Al este, el “Diario de Moscú” que sobresaldría en la bibliografía de Benjamin como una auténtica incursión sobre el escenario irrepetible donde tuvo lugar la experiencia de la ruptura histórica de la revolución rusa.

Y, finalmente, la esperada mirada dialéctica tendida a occidente sobre la París de Haussman, la ciudad donde habitó Baudelaire, que sería aprehendida mediante la acumulación de archivos tipo Konvolut en una vasta tarea científica que bordea toda una vida, un proyecto de laboratorio objetivo benjaminiano que acabó inconcluso aún insinuando una obra cúspide sobre la prehistoria de la modernidad.

CON un mismo énfasis aproximativo hacia los detonantes filosóficos que dieron pie al desarrollo de la Obra de los Pasajes, el profesor argentino Martin Kohan aludirá al itinerario seguido por la narrativa de Benjamin a lo largo de la zona urbana imaginaria, con unos referentes espaciales europeos por donde planean las miradas sobre la ciudad, un viajero itinerante que “irá pasando de ciudad en ciudad, siempre en peligro, sin poder permanecer en ninguna.”

SOBRE el conglomerado de influencias estéticas que atraviesan la pulsión de Benjamin, Kohan hace mención expresa al empleo del montaje como método para el proyecto de los pasajes de París extraído de la novela surrealista de Aragon, así como la búsqueda hermenéutica por los callejeros urbanos emanaría de los recorridos de Franz Hesse por las calles de Berlín, una experiencia que remite a las incursiones aleatorias del método psicogeográfico propugnado por el movimiento situacionista en los días del Mayo francés.

PERO, sin lugar a dudas, la recepción de la poesía de Baudelaire ha sido el mayor hallazgo de Benjamin, aún quedando patente a ojos del especialista que será la reclusión en la Biblioteca Nacional de París donde Benjamin ejecutará su peculiar hermenéutica del poeta maldito, en la más absoluta soledad, en la apaciguada tranquilidad de la biblioteca convertida en una ciudad ideal atravesada por el Sena.

YA hemos visto, finalmente, que el crítico Hans Robert Jauss había llamado la atención sobre la paradoja existente en la interpretación de Benjamin sobre el perfil de Baudelaire, donde quedaba sacrificada la interpretación de las Fleurs du Mal bajo el acomodo de la posición trascendental del poeta a las premisas del materialismo dialéctico, no viéndose en el posicionamiento de la subjetividad lírica de Baudelaire más que el estado emergente de alienación histórica, aún siendo para Jauss una muestra de la fuerza productiva emanada de las nuevas condiciones del hombre en la emergente era industrial que podría lograr un estado de emancipación en base a una aureola creada por la vie moderne.

AHORA bien, en este punto crucial de la subjetividad itinerante de Benjamin que ha marcado una función paradigmática dentro de su legado filosófico para las exploraciones de cualquier ciudad del mundo, merecen tomarse las consideraciones del poeta neerlandés Stefan Hertmans, otro viajero contemporáneo más, salido de su Gante natal para diagnosticar el funesto paso del tiempo por las ciudades europeas que han sufrido en sus carnes, tanto la caída del Muro de Berlín, como la arribada masiva de los restaurantes McDonald.

EL poeta, en el libro “Ciudades” dará cuenta durante su periplo literario de la inercia dañina de la globalización y los fenómenos irreversibles que amedrentan a la Venecia masificada por el turismo- que tanto denostará el escritor francés Regis Debray-, pero llevando consigo hasta Marsella el fiel testimonio y la fuerza evocativa que perdura todavía en el legado filosófico de Walter Benjamin: un pensador enigmático cuyas palabras han quedado inmortalizadas en un monumento póstumo, ubicado justamente al borde de un acantilado, integrado en los atardeceres fronterizos de Port Bou.

Samir Delgado, Atardece en Port Bou, (Inédito), Tenerife, 2010.

jueves, 8 de mayo de 2014

La vida vivida. Homenaje al artista italiano Marco Ippolito Viola (1958-1994)

La vida vivida, Auditorio de Cuenca, Mayo 2014


Marco hizo de Cuenca su lugar de residencia para la creación en vida. 
Gracias a los testimonios de quienes le conocieron durante el periplo personal que le llevó a vivir la vida intensamente- esta vida que es siempre única e intransferible- bajo los cielos nítidos de Buenache de la Sierra, cuentan a la posteridad que era un hombre apasionado, impulsivo y plenamente arrojado a esa dimensión de la vida exclusiva para los aventurados que se desviven por la función creativa de la existencia.
Y es que Marco amaba la belleza por encima de todo lo demás. El grado supremo de contemplación que reside desde los antiguos griegos en el acto por sí mismo de la creatividad. Su arjé fue la vida misma. He ahí el sentimiento post trágico de toda su existencia: el resumen incompleto de su legado artístico acumulado en la residencia de Buenache de la Sierra muestra a todas luces la perdurabilidad del amor, la profundidad de su mirada atónita e incombustible sobre la materia prima que insufla dinamismo a toda forma de arte y el dedicado apasionamiento con que él-soplete y pincel en mano- abordaba cada hora de su vida: todas las vidas como íntimas totalidades.
Fue Marco un transeúnte del vértigo. El nervio puro de su imaginación procede de las aguas infantiles del Lago de Garda. El trabajo quimérico sobre el que se embarcó en vida tenía que ver con los abismos anfibios: el pez paseante, exhibido al mundo terráqueo como su animal de compañía, representa un símbolo del otro paradigma civilizatorio que reclama la comunión con el origen, el respeto a la vida de toda forma orgánica, la relación umbilical que nos sostiene en la naturaleza. En su retrato, en la representación de lo humano, en el trabajo foto explorativo sobre la corporalidad femenina empleó toda suerte de escamas, emplastes marino-dérmicos, aquellas pieles mudadas del pez primitivo que multiplicó los devenires azarosos de la especie.
Justo bajo el umbral que separa el mundo analógico de la irrupción absoluta del mundo protodigital, Marco fue el último artista. Manos a la obra, enfrascado en la nave itinerante del demiurgo, en su peculiar mirada sobre el acontecer diario abundó en el tratamiento obsesivo de la materia, la atracción permanente por las carnes del tiempo mundano, el cuerpo de la vida en su plena densidad acumulativa. Él a solas, y también en compañía de otros artistas amigos como Javier Florén, Julián Pacheco o Chema Cavero entre otros- vislumbró como uno más de sus coetáneos la venidera dimensión de lo virtual computerizado, se mantuvo ajeno y puro-casi por completo- a las mecánicas clasificatorias de la imagen pixelada y el ordenamiento general reductivo de la virtualidad dominante. Fue a su manera, como él quiso ser, un extranjero en Buenache de la Sierra, un creador que vivió la tradición de la ruptura neoconceptual y la nueva experimentación escultórica, como si fuera el último de los artistas modernos en plena globalización.
Solamente un zapping- tan extraño y fantasmático- rescatado de las últimas cintas VHS, refleja la quintaesencia del tiempo que le tocó deshojar a manos llenas, como un testigo robinsoniano de la manipuladora basura mediática que sobrevendría en los canales unidimensionales de la televisión italiana. Un ejemplo visionario el suyo que a la postre, junto a la serie mínima de esculturas que componen parte de toda su obra, muestran el pulso físico, halterofílico y hasta postmetafísico del ser humano individual ante el imperio creciente de la sociedad del espectáculo, la reducción al absurdo de los clichés nacionales y las maquinarias bucrocráticas en la Europa del capital que se encontraba en su fase de crisis preliminar expansiva.
Marco puso en vida, frente a frente, a Dante y a Beatrice, rediseñó en su mente el caballo de troya, dio pie al ente hermafrodita, sostuvo una mirada solidaria hacia los dramas de lo humano, inmortalizó la experiencia de ser padre en la figura de Agata, fue hombre y artista, ciudadano y emigrante, esposo y aventurero que cruzó al otro lado de la memoria del tiempo un mes de mayo, cuando empezaban a retoñar los robles, cuando el corazón se detuvo, en el instante que consuma y eterniza su recuerdo, esta obra soñada, esta materia que es tributo, confesión y homenaje de la vida vivida.
*La figura del artista italiano Marco Ippolito Viola (1958-1994) cumple veinte años tras su desaparición súbita en la ciudad de Cuenca. La estela de su obra representa al paradigma del creador europeo nómada y transversal de la modernidad tardía, comprometido con el trabajo directo sobre los materiales y una filosofía de vida dedicada a la creación. Tras sus años de formación en Florencia y el paso por ciudades como Nueva York y Berlín, afincó su residencia en Buenache de la Sierra, significándose como uno de los artistas partícipes en la oleada del movimiento cultural posterior a la generación abstracta.