sábado, 10 de agosto de 2019

“Los deseos de volver no se pudieron cumplir” Entrevista a José Carlos Cataño, In Memoriam

José Carlos Cataño (1954-2019)
Fotografía cortesía de Carmina de Luna Brignardelli

José Carlos Cataño nace en La Laguna (Tenerife) en agosto de 1954 y acaba de fallecer en la ciudad de Barcelona en estas fechas del mes de agosto de 2019. Poeta, narrador y esanyista, Miembro Honorario de la Academia Canaria de la Lengua. Su obra poética aborda libros publicados desde 1975 y han sido reunidos en varias antologías de verso y prosa. Editorial Pre-Texto publicó recientemente el volumen Obra poética (1973-2007). Esta entrevista fue publicada en el diario digital Atlántico hoy la pasada primavera, desde aquí la volvemos a compartir con el pesar de la pérdida y como un sentido homenaje a su memoria.



Desde la residencia en Barcelona el vínculo con las islas se ha mantenido desde el concepto de la lejanía y la distancia ¿Dónde está el origen insular del escritor y el surgimiento de la vocación poética que dio a luz Disparos en el paraíso? ¿Qué extrañas de la isla? ¿Qué has encontrado en Barcelona después de décadas como residente?

Yo elegí Barcelona por su europeidad, su cercanía al mar y la frontera. Hablo de 1974, cuando abandono Tenerife para estudiar Filología Hispánica en Barcelona. Estaba harto de la insularidad y solo quería territorios lejanos. De hecho, Barcelona iba a ser un principio, mientras me preparaba para viajes más remotos. Sin embargo, de ese ansia de distancia y de países lejanos se tuvo que ocupar la imaginación, pues me fui quedando. Y lo expreso así, como en escalas, con numerosas intenciones de volver. Fuera de Tenerife pude comprender lo que era la Isla y ahí empezó mi diálogo con la distancia, mi reivindicación de la mirada hacia un lugar. Al mismo tiempo Barcelona me regaló la condición de extranjero. Creo firmemente en el desarraigo, en la extranjeridad como condiciones propicias para la escritura. Son también dos formas de la desobediencia, algo en lo que “me eduqué” muy pronto. Desobediencia para con el territorio de acogida (nunca me he sentido catalán), desobediencia paradójica con el territorio que dejas atrás, vivido también como traición.

Y los deseos de volver no se pudieron cumplir. Disparos en el paraíso y Muerte sin ahí recogen la frustración por el no retorno, el amor lejano, la marca de errante. Tanto tiempo después, con visitas asiduas a las Islas, he tenido que reintepretarlas: por una parte, ya no son las que vivía en la imaginación, en el territorio de la distancia y de la evocación. Son distintas, son nuevas. Lo anterior es como si fuera la película o la historia de otro. Mi relación con Barcelona también ha variado, comprendiendo que vivo en otro país, Cataluña, cuyos rasgos, paisajes, lengua, personas, también llevo en la sangre.

Uno de los ejes de tu escritura está en el diario y la narrativa con la referencia vital a la novela El exterminio de la luz ¿Hay alguna diferencia esencial entre la creación poética y la prosa plasmada desde la vida cotidiana? ¿Qué ha representado para ti el universo del blog y las redes sociales?

El exterminio de la luz, escrita a cuatro manos con Carlos E. Pinto y con el heterónimo de Pórfido Santos John, es una novela de iniciación y exotismo, con referencias antillanas y al vudú que no eran frecuentes en su época (1975). En realidad la escribimos para ganar un premio y con el dinero marcharnos a Martinica. De tu boca a los cielos (1985) recoge otra parte de mí, el judaísmo, con la curiosidad que es de las pocas novelas escritas en ladino y la jaquetía de los judíos del norte de Marruecos. Madame (1989) es la Isla, mis merodeos a la Isla, las tentaciones y el afán de redención. No he vuelto a escribir más novela,  pero tengo ganas de hacerlo con una historia que cifre mi cordón umbilical con La Laguna. Y, mientras, la libertad de los diarios. Ya son son tres entregas de un conjunto que algún día llevarán por título Los que cruzan el marEn los últimos años llevo un cuaderno digital del que se nutre la mayoría de las entradas de mis diarios, aunque cuando los bajo a la hoja impresa no deje de corregir y de tachar. Son las sensaciones, los pensamientos del momento, como lo que puedo escribir en las redes. No se tratan de dogmas, ni de pensamientos sistematizados. En ellos se refleja la pluralidad y la complejidad de la naturaleza.

Háblanos de tu cercanía con el mundo de los rastros y los mercados, tienes una serie de libros muy cercanos a la idea de Walter Benjamin sobre el aura y el coleccionismo  ¿Cómo ha influido la cultura hebrea en tu escritura?

Tengo un libro, precisamente, y que yo considero un diario, que se titula De rastros y encantes, que recoge con breves entradas y fotos mi experiencia en diversos mercados de pulga europeos y americanos. Yo empecé a ir a los Encantes de Barcelona en cuanto llegué a la ciudad. Se trataba de supervivencia. Tenía poco dineros y necesitaba libros, lámparas de lectura, escritorio, muebles… Dejé de ir hasta que, hacia el cambio de siglo, se ha convertido en una de las pocas prácticas que observo con rigurosa perseverancia: los Encantes y el Mercado de Libro Viejo de San Antonio. El nomadismo tiene su reflejo en estas visitas, o lo que observo y compro se añade a mi nomadismo de ancla echada. En tres ocasiones me he tenido que liberar de mi biblioteca y comenzar de cero. Esa conciencia de esencialidad y desprendimiento es impagable. Y tiene que ver con el judaísmo diaspórico que practico. La letra es el Templo, la Isla.

También eres miembro de la Academia Canaria de la Lengua, ¿qué papel juega esta institución en la revitalización de la cultura de las islas? Muchas gracias

Todo empezó por la insistencia de mi entrañable amigo y poeta Manuel Padorno, que puso todo su empeño para que me postulase, a lo que sumó su hermano, el también poeta Eugenio Padorno. Como su nombre indica, y por razones espaciales, se trata de algo “honorario” o simbólico. Sin embargo, desde la precariedad de medios de que dispone, su labor es encomiable. Ya se está dejando atrás aquel complejo de inferioridad que yo viví y que se reflejaba en los medios audiovisuales. Nosotros hablábamos mal el castellano… No, yo hablo en canario, que es una modalidad del castellano de la mesa ibérica. La Academia vela por esos registros propios de nuestra habla. Es otro elemento de afirmación, como nuestra literatura, casi ignorada en la Península, de nuestra canariedad, de sus rasgos distintivos y específicos frente a una españolidad autoritaria, totalizadora, que no nos pertenece.



Samir Delgado, Entrevistas (2019)

jueves, 25 de julio de 2019

“La feliz posibilidad de hablar con alguien” Ensayo sobre las cartas de Octavio Paz a Tomás Segovia

Juan Soriano "Apolo y las musas" 1955

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La literatura también se escribe en las cartas. Y no han sido pocas en multitud de ocasiones, de un lugar y otro, las correspondencias que entre escritores han brindado una nueva luz sobre poemas y libros que se encontraban en un puro estado de florecimiento. Lejos de la ponzoña de la comunicación electrónica de nuestros días, las cartas de los poetas reflejan un hábitat humano que se ha ido desgastando de modo paulatino bajo el imperio de la prisa, la rapidez y la velocidad, esa patología que el filósofo Paul Virilio, recientemente fallecido, consideraba como el signo atroz de este siglo. Hay en las cartas de Octavio Paz a Tomás Segovia en casi medio siglo de envíos y telegramas un hilo conductor basado en la amistad, dos autores del siglo pasado que hicieron de la poesía un puente solidario y fraterno, con la lejanía siempre presente de dos existencias y geografías que de algún modo se retroalimentan y distancian para abundar en la fe de la literatura. 
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Son 55 cartas las que se conocen de Octavio Paz, premio Nobel de Literatura, dirigidas al entonces poeta en ciernes, Tomás Segovia, autor destacado de la denominada generación Nepantla, aquellos poetas que vivían en medio de la herencia natal española y un exilio posterior en México que se convertiría en un segundo nacimiento del idioma. De manos del autor de El arco y la lira, o Los hijos del limo, entre sus ensayos más célebres, se fechan las cartas en el período que va de marzo de 1957 a febrero de 1985, un marco temporal decisivo y no siempre constante en el intercambio postal para la confluencia de la obra literaria de ambos escritores, dos poetas considerados por la crítica y los lectores como esencialmente representativos de la literatura mexicana contemporánea.
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En el crisol de fechas y posdatas con un destinatario irregular y movedizo, y un remitente a caballo entre las embajadas mexicanas en La India, París, Ceilán, Kabul -solo una carta fechada desde allá, el 6 de noviembre de 1964- y varias estancias en Estados Unidos que serían decisivas. Hay un par de cartas distintas que marcan la diferencia en el tono y en el tema, la versión de los hechos de Paz se hace desde Nueva Delhi en marzo de 1968, tratan la cuestión del yo poético y de la condición de la escritura. En el trasfondo de la estrategia de aunar fondos económicos para la revista siempre planeada entre ambos y bajo las vicisitudes de una cena con André Malraux y las referencias a España- Octavio Paz certifica que Francia ha ocupado el lugar que abandonó España con el fascismo y su decadencia y aislamiento, pues “el que desaparece no es el no reconocido sino el que no reconoce”- quedan entrelíneas varios lingotes para un debate mayor donde de poeta a poeta se afronta la realidad del mundo, el compromiso del hecho poético y la ilusión de un yo subjetivo que en épocas convulsas debe asumir su función crítica. Dice Paz, “la diferencia entre tú y yo consistiría en lo que tú llamas residuo, yo lo nombro vacuidad”. El yo y el tú se alternan y contraponen, se fusionan y contrarrestan, “el yo, para llamarse y hablarse, tiene que volverse tú” siempre por boca de Paz. Y años antes el tono de la discusión amistosa llegaba a extremos en los que desde una tarde nevada de Estados Unidos, le llegó a decir Paz al amigo poeta “Eres intransigente y riguroso, contigo mismo y con los otros. Lo de la buena y mala fe es un pegote sartreano. Tus escrúpulos son tal vez excesivos pero no son las dudas de Hamlet sino el soliloquio de Segismundo. Eres calderoniano” Y siempre al final el abrazo entre los dos poetas que vuelcan en la carta sus alientos y la determinación de mantener el vínculo dialógico que sobreviene en toda palabra.
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Le dice Octavio Paz a Tomás Segovia en la primera misiva que, más allá de los acuerdos y las discrepancias, el mero hecho de mantener correspondencia significaba a todas luces, “la feliz posibilidad de hablar con alguien”. Segovia envió su reseña sobre El arco y la lira. Y de vuelta Paz le remite una colaboración del griego Kostas Axelos sobre Rimbaud. En cada gesto de ambos redunda la vocación amistosa, humana, de una relación epistolar que trasciende el anecdotario de otras filias postales, al incluir en el coyuntural mosaico de fechas, una ventana a la sinergia cultural que estaba generando la irrupción de antologías decisivas para la trayectoria poética mexicana en la modernidad. Se trataba nada menos que de revistas como “Plural” y “Vuelta”, ambas de enorme importancia para el ambiente cultural y literario en español del siglo XX. Y sobre todo lo demás, las cartas que en su tic tac particular atesoran pistas y claros de bosque para entender -bajo los postulados de la hermenéutica gadameriana- el designio del horizonte común que consignaba el concepto de la tradición, ese horizonte compartido hacia el futuro, en el devenir de las poéticas contemporáneas de un despertar de México a la vida moderna. En algún lugar de una carta de finales de los sesenta, Octavio Paz enfatiza la necesidad de persistir en la tarea generacional de producir sentido y aglutinar voces desde la diferencia, para afrontar el destino, y le dice al poeta amigo “Lo sabes mejor que yo: estás condenado a persistir”. Lee sus poemas en los entretiempos de la burocracia diplomática, Paz confiesa en junio de 1964: “Por fortuna (yo también), descubrí la belleza. Como tú (como todos) más en la naturaleza que en las piedras, más en las piedras que en los hombres”. La lectura de una carta lleva a la otra y siempre la voz latente del amigo poeta en el trasfondo, ambos poetas se hablaban desde el sigilo de la pluma y la urgencia de la voz. Las cartas son el tiempo de los dos.

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Hay en las cartas un minutario singular que va desde la lógica temporal de la valija diplomática del premio Nobel, a la demanda de comunicación que una amistad en la distancia requería para su supervivencia esencial. Hubo también mucho silencio entre una carta y otra, las vidas prosiguen en su aliento propio hacia un final que siempre resulta insospechado. Paz le da noticias a su amigo poeta del descubrimiento del amor con Marie José y recibe de Segovia distintos testimonios privados sobre su deambular por el mundo. En las cartas se intuyen muchas veces el tono y los ecos de los manuscritos de Tomás Segovia, quien abunda tras su discurrir existencial en la necesidad de publicar sus primeros versos y ubicarse en la compleja realidad política de un país que no fue benefactor de la vida de sus poetas. En mayo de 1967, las cartas de Tomás Segovia deprimen a su amigo embajador, quien confiesa “Preveía tu lento girar en el torbellino-remolino-tolvanera de México. La lenta asfixia del altiplano, el rito de la petrificación. El destino de los mexicanos es ser monumento público, momia o cascajo desparramado”. Durante la travesía azarosa de la correspondencia entre ambos poetas hubo del lado de Paz una permanente preocupación por el amigo, y no son pocas las recomendaciones firmadas por él a terceros para que el otro poeta mexicano con ascendencia española, nacido en Valencia en el año trascendental de 1927, pudiera prosperar en el delicado y controvertido panorama de la literatura en español. Entre ambos se va tejiendo la idea crucial de una revista, dice Paz: “La idea de la revista me seduce y me aterra… Esa revista, si llega a existir, será más o menos, lo que somos nosotros”.
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El 14 de diciembre de 1960 escribe Octavio Paz a Tomás Segovia la certeza que queda en pie tras la lectura de sus versos: “usted es poeta”. El poeta cónsul en Nueva Delhi responde al poeta exiliado en París con la premura siempre patente de auxiliar al compañero y brindar una mano amiga ante la adversidad y el desconsuelo de soledades mutuas que se ven la una a la otra desde la distancia de la tinta. De hecho pasarían años, casi décadas en todas las cartas, donde estaría siempre el halo y el signo de un diálogo fructífero que encontraba la tensión de su continuidad en el valor de la palabra, en la ética que sostiene el ejercicio de la escritura y la vocación del poeta por dar fe de la verdad de la vida. En diciembre de 1967, Paz es concluyente: “Recibí tu libro. Ya te imaginas mi alegría y mi emoción. Poco a poco se empieza a configurar una época de poesía. Nunca he creído en las obras solitarias ni en los poetas aislados. Si algo de lo mío ha de sobrevivir, así sea por un minuto, es porque lo iluminan las obras de los otros, mis pares impares”. Desde una primavera en Ithaca, durante la residencia de Octavio Paz en la universidad de Cornell, -donde por cierto, conoce a Ginsberg- le escribe a su amigo nuevamente: “No he vuelto a tener noticias tuyas, ¿qué pasa?”. Lamentando el tono de las últimas misivas, considera Paz “deberíamos escribir cartas sólo en estado de gracia”. Las cartas eran entonces aquella realidad vivida, aliento vuelto para sí, reclamo en tinta y papel del otro. No tardaría el poeta embajador en regresar meses después a Nueva Delhi, el peregrinaje de ambos confluye y se aliviana, Paz llegó a invitar a Segovia a visitar La India, pues “Aquel que no haya visto- ni oído, olido, gustado y tocado- las lluvias de La India, no sabe lo que quiere decir llover”. Siempre desde la amistad se desea para el otro lo de uno, y viceversa, como una lluvia para dos, siempre el poema que escampa.   
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El impedimento crucial que los avatares del régimen social dominante suele constreñir sobre el medio de supervivencia del poeta, su propia libertad y el movimiento de la propia vida hacia su búsqueda de realización, se palpa en muchas cartas de puño y letra entre Octavio Paz y Tomás Segovia, esas cartas que también escribió en sus días venecianos Lord Byron, las cartas de otro tiempo vital que ya están condenadas a la desaparición bajo el imperio de Internet. Hay cartas donde abundan los problemas de índole pecuniaria, las barreras del establishment y la presión de la carencia de posibilidades para publicar y dar a la luz libros de un impacto posterior, todos los parámetros que determinan el tiempo de las cartas evidencian ese mar de incertidumbres que el panorama de la cultura lleva consigo en todas las épocas y regímenes. De un lado Tomás Segovia que se siente asfixiado ante la coyuntura fatídica de la llegada al poder de Gustavo Díaz Ordaz- le dice Paz el 27 de diciembre de 1964: “es una lástima que no desees continuar en México. Comprendo que la atmósfera te oprima y que quieras alejarte”. Luego vendría la masacre de Tlatelolco y el Mayo francés, dos caras de una misma moneda en los derroteros de una modernidad con rumbo a la encrucijada. Entre tanto, se dan oportunidad de debatir sobre el futuro del surrealismo - Paz sugería a Segovia de la necesidad de mantener el vínculo con Breton, un hombre que había impresionado al poeta mexicano y a quien unía una fiel amistad- además de propiciarse algún pasaje de enorme trascendencia íntima, como aquel en el que Octavio Paz aborda la condición de huérfano de todo poeta, pues antes aún de haber perdido a su padre con 21 años, ya tenía que convertirse en padre de sus padres, una experiencia que llevó a su padre a rebelarse contra él, su hijo. Aclara Paz: “Creo que esto me distingue de la mayoría de mis amigos. Ellos se rebelaron contra sus familias, yo no tenía contra quién rebelarme. Todo lo que me ha pasado después parte de esta situación original”. A fin de cuentas, los dos poetas entrecruzan confidencias, a medio camino de la urgencia diplomática y el aliento del exilio de ambos, la vida que se convierte en puente esencial para los amigos.
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Entre una carta y otra, Tomás Segovia vivió entre México y Paris, logró en su momento la Beca Guggenheim y se percibe siempre en Octavio Paz al amigo poeta que facilita conductos y chances diplomáticos para que el poeta resista a la precariedad y el desaliento. No sería hasta 1967 cuando viera la luz el aclamado libro “Anagnórisis” de Tomás Segovia, en su particular revuelco poético del idioma que gestaría una voz propia para el desenlace del siglo en ambas orillas del español. Todavía Segovia viviría hasta noviembre de 2011, sobrevive a poco más de una década sin su amigo poeta. Y entre una confesión y otra apenas intuida, surgen los ramalazos de luz en cada carta, los poetas propician una reflexión íntima sobre la propia escritura y la necesaria irrupción de proyectos literarios que solventen drásticamente la distracción de la competencia ideológica y los bajos fondos de la poesía oficial. Dice Octavio Paz el 25 de mayo de 1965: “Querido Tomás ¿no crees que todos nosotros, hablo de los que piensan y escriben en español, tenemos un deber: dar la cara, puesto que nuestros gobernantes y generales prefieren mostrar las nalgas? Perdóname la grosería pero no encuentro otra palabra para designar la actitud de la mayoría de los gobiernos hispanoamericanos. Siempre soñé con una revista que uniese a unos cuantos escritores de lengua española que fuese un ejemplo para mucha gente...” Y acto seguido, como casi siempre en la referencia final al tiempo vivido del poeta con Marie José: “Me llama. Tenemos un jardín y muchos pájaros. Fundaremos, como tú dices, la verdad”
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Hay muchas amistades en común a lo largo de las cartas de Octavio Paz y Tomás Segovia: de Cortázar y Max Aub a Gabriel Zaid o Ives Bonnefoy, Severo Sarduy y Carlos Fuentes, multitud de enlaces y lugares, una gran diversidad de citas y referencias que aglutinan un mosaico clarividente sobre el devenir de la cultura literaria mexicana de aquellas décadas trascendentales. La revista Plural vería la luz finalmente en octubre de 1971 con duración hasta 1976, y en diciembre de ese mismo año nace Vuelta que mantendría su periodicidad hasta la muerte del poeta Octavio Paz en 1998- incluso recibe años atrás el Premio Príncipe de Asturias a la Comunicación-. Siempre hubo tras la voz del poeta y embajador mexicano una fe en los principios liberales que le han caracterizado a diferencia de otros poetas de izquierdas, de un calado social más ortodoxo, sin embargo más allá de la polémica ideológica el Octavio Paz de cada carta destinada a su amigo poeta rezuma bonhomía y reciprocidad permanentes. Las cartas puestas sobre la mesa reiteran el valor de la amistad entre poetas y el alto designio que supone asumir la vocación poética a perpetuidad entre el exilio y la diplomacia. Desde Cambridge, en enero de 1975, Octavio Paz no se anda con cuitas y exclama: “El PRI es un resumen de México, mejor dicho, un florilegio. Tampoco es culpa del PRI que abunden más las espinas que las rosas” y más adelante, “Tal vez es muy tarde ya para cambiar algo. Temo que México sea un país condenado… El único recurso que nos queda es hablar…y escribir”. Tiempo atrás, durante el eco de la estancia de Tomás Segovia en Princeton, Paz le responde también desde Cambridge aludiendo a otro de los amigos comunes: “No te quejes demasiado de Princeton: ¿crees que estamos en un lecho de rosas? Además, desde que llegamos me salió al paso la sombra de Luis Cernuda. Desde aquí me escribió muchas cartas y no pocos de sus poemas reflejan esta luz” Era febrero de 1970 y Paz relata que su Posdata se discute mucho, recomienda a su amigo escribir a Jorge Guillén y a los demás compañeros españoles ante la incertidumbre de la vida del poeta, Paz le increpa: “¡Es hora de sacar raja de tu condición de español!” y “Tus depresiones me hacen sonreír un poco: por lo visto no te acostumbras a ser escritor en lengua española y a publicar libros en el Valle de Anáhuac…”
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Sin duda, otra de las vetas que suceden a la luz entre los más bellos pasajes de las cartas, durante los años de la correspondencia entre Tomás Segovia y Octavio Paz, será el factor de Nueva Delhi un referente de fondo ineludible y decisivo. El poeta embajador alude en numerosas ocasiones a la realidad “que desafía a la razón” de la vida cotidiana en los países que frecuentó durante su compromiso diplomático, hace referencia todavía en 1966 al hecho de que “Nueva York se ha vuelto irreal y la India, que hace un mes parecía irreal, ahora es lo único real”, y “La India no es Occidente pero tampoco es Oriente. No se parece a China ni al Islam”. Octavio Paz vivió en Nueva Delhi con la intensidad poética que solamente puede hacer sobrevivir a un poeta en un país que representa una imagen de la historia universal al revés. “La verdad de la India es otra. Es una verdad, presiento, central. He creído entreverla en algunos templos y esculturas, en la música, en el caminar de los campesinos, en la risa de los niños”. Las cartas dejan que aflore ese ventanal para el amigo, solamente el testimonio de la confesión lleva consigo la magia de esos otros lugares del poeta que habitan y sobreviven, de algún modo, en su vida y en la vida de los poemas de una forma trascendental. Hay una carta, de enero de 1967, donde Paz cuenta la experiencia “de un lugar encantado de la costa sur de Ceilán”, allí rememora el poeta la edad de oro y hace alusión a versos del propio Tomás Segovia que se adivinan, solamente a través del lenguaje de la indirecta, entre los dos amigos: “Aquí se nos ofrece un pan de verdad y al comerlo lo compartimos contigo. Es un pan hecho de luz y tiempo encantado –ese tiempo que no transcurre y que, no obstante, cambia y es distinto cada instante”. Como siempre las cartas revelan esa probabilidad feliz de poder hablar con alguien y en la correspondencia se hace real la evidencia de la necesidad de expresión íntima, que trasciende de la vida y de la amistad, casi a la par que los poemas, que uno y otro se enviaron privadamente, y que la publicación de las cartas convertiría en un patrimonio para todos los lectores y todos los poetas.               
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Y la última carta, publicada en el libro que el Fondo de Cultura Económica tuvo a bien editar en su primera edición en 2008, está fechada en México D.F un 19 de febrero de 1985, Octavio Paz agradece la recepción de un poema de fin de año haciendo hincapié en que aquéllas eran “noticias del poeta, no del amigo, aunque el poeta sea también amigo y, a veces, más amigo que el amigo”. Paz rehúsa asistir a un congreso de arte, y sentencia: “Hay una conspiración (inconsciente) de las academias para impedir que los poetas digan lo que tienen que decir”. Y solicita a Segovia materiales para la revista Vuelta. Se disculpa por no haber incluido una reseña de la obra poética de su interlocutor, “es verdad que no nos hemos portado muy bien contigo”. Fue Xirau quien prestó el último libro de Tomás Segovia a Octavio Paz, los poetas siguieron su camino de forma paralela, se encontraron por primera vez cara a cara en México y continuaron su correspondencia casi hasta el final, en una carta de enero de 1968 el propio Paz le escribe a su amigo con dureza: “Si de algo estoy seguro es de tu destino. Por eso te duele y te quejas: el destino es feroz y egoísta… No te lo reprocho. Incluso me conmueve que yo sea el muro que oye-un muro que a veces responde con un gruñido”. Al final, efectivamente, llegaron los años noventa, el Nobel y la muerte.  
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En una carta de mayo de 1967 alude Paz a la decisiva Antología “Poesía en movimiento” que recogia la cosecha poética mexicana desde 1915 a 1966, preparada por Paz junto a otros poetas mayores como José Emilio Pacheco, Homero Aridjis y Alí Chumacero. Vale la pena concluir este bojeo por la correspondencia de Octavio Paz y Tomás Segovia considerando el papel protagónico que han jugado en las literaturas nacionales muchas antologías que favorecieron desde la diferencia la eclosión de una visión unitaria y accesible para los lectores, salvando las distancias entre escrituras y egos, cuando lo importante ha debido ser la defensa de la cultura y el derecho a la creatividad ante el imperio del dinero, la competitividad y el desprecio hacia la vida por parte del poder. La amistad entre dos poetas, con su controversia natural y el destacamento de objeciones y también de elogios que surgen de la lectura mutua y del aprecio incondicional, evidencia en las cartas el potencial mayúsculo que tiene la poesía para forjar identidades y perseverar en el progreso de la humanidad. Lo dijo Paz en algún lado, el arte reconcilia. Y respecto a la antología en la que él participó mencionaba en su momento y desde su posición, siempre de cara hacia el amigo y ante el tiempo propio de la carta: “No es un libro personal: es un intento por rescatar del caos y la indiferencia unas cuantas obras que, a su vez, juntas, forman otra obra: el libro que hemos hecho entre todos en lo que va del siglo” 
Samir Delgado, 2019  

miércoles, 10 de julio de 2019

La soledad del sol o contra la eternidad (Diarios)

Long Branch New Jersey by Winslow Homer (1869)


Sí, me duele este atardecer
esta boca de sol y de verano

José Carlos Becerra

ES CIERTO los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo. El retorno al comienzo del poema Espacio de Juan Ramón Jiménez puede ser una forma de placebo ante la oxidación de los días. El abandono de la piel que se desprende, el agua nuestra del vaso de cristal sobre la mesa, dormida en suspenso, la luz en la espalda que nunca vemos, así todas las formas de ausencia que nos constituyen a través de una invisibilidad suprema. La carencia también enriquece el caudal íntimo del cofre de las experiencias, no todo puede ser para el control necesario del recuento ocular. Si hay algo que me fascina es el tiempo fuera de su condición cronometrada, contra la eternidad ese algo de absoluto que tiene la soledad del sol

EL RECUERDO de hace apenas unos meses en el Metropolitan de Nueva York, cara a cara ante la máscara del Faraón, la propiedad sensible del silencio de su dinastía que se extiende a mansalva por el mediodía cosmopolita de Manhattan. Mirar a los ojos invoca un modo de pervivencia más allá de la idea común de los siglos, sentirse vivo entonces a partir de ahí, a sabiendas de la finitud inconmensurable de cada aliento propio. Tras la odisea matutina caminar devuelve a los sentidos su lado más salvaje, lejos de la concentración del poder que todo lo acapara y administra, el cuerpo propio anda fugitivamente, hay que recuperar el instinto de contemplación que algún día tuvimos en la copa de los árboles

ESCUCHAR en bucle la sonata número uno de Bach, el solo de clarinete incorpora al mundo una dimensión perdida, la del sentido profundo que proviene del régimen auditivo, todo lo que sucede tiene ese grado de posibilidad de revelación que escapa al control que ejerce la vida de los objetos. Dejarse llevar al compás de las notas equivale a una forma ácrata de narrativa personal, nadie baila para la oscuridad y esa tristeza proviene de lejos. Hay que ser sinceros con la música, la lluvia no entiende de moral

EL CANTO del grillo nocturno conecta la memoria de todos los veranos. Es el insecto más respetado en nuestro jardín particular. En México no existe el silencio vacío, así como tampoco la gravedad de la muerte, la celebración ancestral de cada instante camina de la mano con el latido del continente americano. Si se persigue una sombra surge el infinito, no la eternidad. Llego al sueño todas las noches con la serenidad del abandono a un espacio repleto de posibilidades. Igual que el grillo hay que transitar una soledad necesaria

EL COMIENZO perpetuo que atesora el nacimiento de un poema. Toda su luz irradia una soberanía máxima, se emancipa de inmediato, no se reduce a la órbita de los espejos, la fuerza de la imagen va más allá de la sintaxis y de los estilos. Ahora que todas las personas vuelven a escribir de nuevo desde el soporte digital me pregunto por la trascendencia sagrada de la palabra humana y la libertad de los símbolos, el peligro del simulacro y de la repetición se adueña de los mensajes, volver a la época de las vanguardias y de los manifiestos parece una quimera. La publicidad permanente en todos los órdenes de la vida ha desbaratado el potencial intangible de la magia del lenguaje. Hay que volver a hablar de los comienzos, del fuego, de la luz

Samir Delgado (Diarios, 2019)



domingo, 30 de junio de 2019

"Tras la ventana alguien dibuja en el vaho" Tránsito y duración: pintar bajo el imperio del pixel

Óleo sobre madera del artista Alfredo E.Kuna


Al borde de la tercera década del milenio parece que la incertidumbre será un denominador común en todas las manifestaciones de la vida humana. El impacto acelerado y perturbador de las prótesis comunicacionales ha sumido a buena parte de la sociedad en una mudez sigilosa que se expande hacia el interior de las personas. A pesar de los niveles de accesibilidad a la información, a los objetos dominantes del entorno social y a las imágenes del mundo que confluyen en un caos regulado hasta la metástasis del estar cotidiano, los sentidos que configuran la percepción estética se ven atenazados por un derrame ocular que en nada se detiene y donde todo resulta pasajero y provisional.

La sensación de tránsito permanente que caracterizaba a los no lugares de Marc Augé se ha mutado a la propia pantalla, el visor telefónico ha ocupado de manera sorpresiva todo el protagonismo del sentido de la vista y solo queda volver a los cantos de sirena del final de la obra de arte y el predominio absoluto del stock y del souvenir. La pregunta sobre el valor de una exposición artística de dos jóvenes creadores duranguenses en el noreste mexicano puede ser un punto intermedio para establecer una reflexión medianamente esclarecedora acerca del devenir social del arte y la amenaza de la pérdida definitiva del aura que Walter Benjamin ubicaba como la señal que resistía en las cosas acerca de su pertenencia al tiempo y a una lejanía que podía mantener el hechizo de lo atrayente que hay en el acto humano de contemplar, de ver, de sentir. Es la duración vital de la que hablaba Bergson, el tiempo de la vida está secuenciada en la imagen artística de los dos jóvenes creadores como un bastión de creatividad frente al diseño dogmático de los patrones computacionales.

Quiero pensar que los acrílicos de María Fernanda Ávila junto a las piezas en técnica mixta de Alfredo Kuna en la muestra titulada “De la línea a la mancha” en el espacio Galería 7 de la ciudad de Durango (México) nos ofrecen un caudal de sensaciones que gravitan en torno a la toma de conciencia del hecho artístico como una donación esencial de sentidos. Los rostros y los instantes que se nos aparecen ante la vista en sus obras adquieren una dimensión subjetivante del existir que llevan a considerar el tránsito de la imagen bajo una versión distinta a la de la publicidad que totaliza los reflejos de la vida social. Hay en sus cuadros un llamado silencioso, una evocación susurrante que proviene del lápiz y del pincel, de la mano que traza y del ojo que siente el detalle de la visión íntima, a lo mejor este tipo de exposiciones artísticas acabarán siendo los reductos ínfimos de la resistencia de lo humano ante el imperio del pixel y la contaminación estructural de la máquina que media nuestra experiencia del mundo.

La preocupación mayor que late detrás de esta experiencia artística en declive no solamente tiene que ver con el difumino del perfil del artista en la era de la globalización, sino mucho más lacerante es la desaparición terminal del espectador, del sujeto que puede mirar, que vea. He comenzado este texto de consideración acerca de la exposición de María Fernanda Ávila y de Alfredo Kuna con una cita de la poeta mexicana Rocio Cerón, extraída de su libro “Borealis”, editado por el FCE en 2016.  Y quiero completar el poema:

Tras la ventana alguien dibuja en el vaho. Lo que se refleja es lo no evidente. La ausencia compartida de quienes albergan un destino. Copas de licor afrutado, especias. Mano en el hombro. Suavidad de palabras al oído. Cerrar los ojos no ayuda a levantar el derrumbe. Orfandad fosforescente entre los dedos (Rocio Cerón, Borealis, página 78, FCE, 2016)

La autora mexicana inicia su poema dando cuenta de alguien que dibuja en el vaho: indeterminación, incertidumbre, interioridad que se afirma a pesar del simulacro imperante del espectáculo social. Las obras de nuestros dos jóvenes creadores duranguenses no tienen la deformación inherente de la réplica de un modelo ideal, no reproducen necesariamente algo o alguien, van más allá de lo real y tocan el pliegue sensible de la imagen como totalidad autónoma, los instantes perpetuos de sus cuadros asimilan un clima íntimo que hace del tránsito visual una estadía, un confort, una meditación suspendida en el contorno de los colores y de las líneas, creo que el acierto de esta exposición es doble: de un lado la eclosión de dos miradas que confluyen generacionalmente y que se confabulan para ir de la mano hacia la permanencia del goce de la creación. Y por otro lado nos enseñan que existimos, que estamos de este lado para ver, lejos de la preeminencia del sujeto consumidor del sistema, estos cuadros nos devuelven sorpresivamente el derecho a mirar, a estar frente a la vida de un cuadro que nos convoca al diálogo con su misterio.

María Fernanda Ávila y Alfredo Kuna cruzan el vaho desde otro silencio que dona vida y proviene de ella, el instante de la creación nos habita como un duelo imperecedero, sin duda alguna la trayectoria futura de estos artistas jóvenes duranguenses está garantizada y eso a día de hoy, en medio de la intemperie global y el desastre deshumanizador nos hace salir airosos ante la incertidumbre oscura y penetrante de la máquina y del eco de lo que no tiene vida más allá de la vida. Las obras de los dos artistas son una sola muestra del potencial artístico que permanece a la hecatombe y al vértigo, lo dice la poeta Rocio Cerón en su bello poema: cerrar los ojos no ayuda a levantar el derrumbe, y abrirlos de par en par como ahora frente a las piezas de María Fernanda Ávila y Alfredo Kuna puede significar a fin de cuentas salir al menos por unos momentos de la asfixia y del estertor del imperio del pixel.


Samir Delgado, 2019

viernes, 31 de mayo de 2019

En el peso de una isla todo el amor de un pueblo. Tarajano in memoriam

Obra del artista canario Antonio Padrón
La mirada del poeta siempre tuvo una intensidad profunda, la de un abuelo que mira el mundo como si fuera un niño. Todo parecía ser mirado por primera vez. Su condición de emigrante retornado daba a su mirada un lado continental, de mayor peso que el de una isla. Era Venezuela, la patria de Bolívar, la que anochecía en sus pensamientos. El amor de Francisco Tarajano por las islas, el recuerdo de su vida en Venezuela y la pasión creativa por la literatura, le hacían un hombre de palabra, el honor de su mirada pertenece a la hondura de los siglos, a la historia de un pueblo, a la profundidad del corazón.

Todavía a su edad escribía todos los días, cada uno de sus poemas aquilataba la urdimbre de una personalidad singular, un poeta que echaba en el surco de sus devociones y quereres la entrega sincera a unos ideales que defendió toda la vida. Por eso Tarajano estará siempre en el terrero de la cultura, de la creación y de la identidad de Canarias. Tras su muerte el pasado noviembre a la edad de 94 años las islas se han quedado huérfanas, pues él era el poeta de los surcos y de las veredas, de la memoria del campo y de la emigración, del paisaje doliente y del compromiso cívico. Todos sus libros fueron producto del amor sincero y de la entrega en alma a la bondad de las islas, su registro sobrepasaba la espontaneidad de la décima y se acercaba a un plano de lo onírico real que conectaba directamente con el inconsciente colectivo de la sociedad canaria. Si una de las funciones de la poesía es dar un sentido a la vida y al paisaje, Tarajano se echó al hombro una responsabilidad histórica, algo así como el conocido verso del cubano Virgilio Piñera, “en el peso de una isla todo el amor de un pueblo”.

Hay hombres como él cada cien años, si acaso dos o tres. Pienso que Tarajano forma parte de la estirpe de los Guanartemes nobles y justos, la última vez que lo vi en vida reconocí en su mirada al abuelo de Canarias, al luchador incansable por la solidaridad con los pueblos. Él tuvo versos para Venezuela y Cuba, para el Sahara y Palestina, todos los pueblos que luchan por su libertad tienen a Tarajano consigo, por eso el poeta canario es universal, su canto trasciende las fronteras y se une al de otros poetas de otros pueblos y naciones. Si la palabra poética está considerada como uno de los referentes constitutivos de la identidad y de la cosmovisión de todas las culturas, la obra literaria de Tarajano ahonda en la defensa de todo aquello que constituye el alma de lo canario, desde la urdimbre trascendental de la toponimia a la proyección evocativa de un pueblo que en el último siglo ha visto el transcurso de los monocultivos y el desarrollismo de la modernidad.

Tarajano fue un hombre canario del siglo XXI, el suyo sigue siendo nuestro sueño, el de las islas que siguen latiendo juntas y unidas en el océano de la memoria. Lejos del elitismo de las academias y las rivalidades de los grupos literarios, Tarajano era como un roble, persistía ajeno a los laureles de los premios y de las generaciones. Al conocer su partida al otro lado recordé desde México a las personas que siempre han estado a su lado, al pueblo de Agüimes que le vio nacer y a la ciudad atlántica de Las Palmas de Gran Canaria que fue su refugio para la docencia y la poesía. El pueblo canario atesora en Francisco Tarajano la obra literaria y humana de un hombre con voz propia que hizo suyo el sudor, las penas e ilusiones de todo el archipiélago. No está de más recordarle en este solsticio de verano, desde hace unos meses existe por fortuna el Bosque de Tarajano en la Finca de Osorio, una iniciativa de familiares y amigos respaldaba por el propio Cabildo de Gran Canaria. Toda la luz de su obra poética tendrá refugio permanente en las bibliotecas de las islas y ya vendrán los estudios doctorales sobre un legado que abordó también de modo magistral todo el acervo popular del sur grancanario.

Fue un honor haberlo conocido en persona y tener sus libros entre los míos más queridos, Tarajano fue el poeta del origen guanche, de la savia ancestral, del corazón de más de cinco siglos que no detiene su latido,  a pesar de las injusticias y atropellos que han sufrido las islas en su travesía atlántica. Tarajano fue el poeta de Canarias, su marcha inició la cuenta atrás que otras generaciones deben asumir para el futuro de las islas. Su amor es nuestro y nunca olvidaremos a Tarajano, su vida permanece en nuestra memoria.


Samir Delgado, 2019

martes, 30 de abril de 2019

"Todo está aquí en silencio" Un poema de Lasse Söderberg


 
El poeta sueco Lasse Söderberg
Todo está aquí en silencio, amurallado. Así comienza el poema sobre el cementerio de San Isidro de Cuenca en Castilla-La Mancha que escribió el autor sueco Lasse Söderberg para la familia Saura, publicado por la editorial Pretextos bajo la traducción de David Guijosa Aeberhard en 2011.  Allí en el pequeño camposanto de San Isidro de Cuenca, se alzan las postreras luces, dijo el poeta nacido en Estocolmo en 1931, la mirada del escritor quedó cautiva por la belleza inconmensurable de los parajes de roca kárstica y una desolación indefinible que solamente la escritura puede llegar a asumir para los sentidos.

Este poema fue incluido en una bella antología que el cronista de la ciudad, el historiador y novelista Miguel Romero, preparó con motivo del veinte aniversario de la declaración de Cuenca como Ciudad Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. El pasado año un poema de Lasse Söderberg volvió nuevamente a editarse en el segundo número de la revista conquense municipal, con portada del artista Victor de la Vega, junto a un inédito de José Ángel García y una entrevista al artista Gustavo Torner que recientemente presentó el catálogo razonado de su obra gráfica.

La mirada al cementerio de San Isidro del escritor sueco va más allá de los tópicos costumbristas y del romanticismo al uso de una tradición lírica que existe sobre los cementerios y las lápidas de los poetas. De hecho hay un libro del neerlandés Cees Nooteboom dedicado a las tumbas de eminentes poetas y el cementerio conquense de San Isidro no es menos trascendente que cualquiera de París, allí se encuentra el cantor de la ciudad levítica, Federico Muelas, que no se olvide fue Premio Nacional de Literatura en 1964. Para atravesar la verja de hierro, del lado más abismado del cementerio, hay que solicitar el permiso de la familia conquense que cuida con cariño y devoción este lugar de un silencio cósmico.

Fue en Paris donde Lasse Söderberg hizo amistad con el pintor Antonio Saura a finales del cincuenta, otra más de las conexiones entre Cuenca y Paris que forman parte de una cartografía simbólica de la cultura y el arte conquense en la capital de la luz. El poeta sueco ha sido traductor de Borges y de Vicente Aleixandre, las primeras noticias de su cercanía a España provienen de una entrevista de hace cuarenta años donde el escritor nórdico realiza un viaje de índole diplomática para estrechar los lazos de amistad entre ambos países al final de la dictadura. Y Cuenca forma parte del itinerario íntimo de otro escritor internacional, poemas suyos a las arpilleras de Millares lo constatan, vale la pena acercarse a su libro "Los poemas de Arturo Cova" escrito directamente en español y publicado en México.

La obra literaria de Lasse Söderberg representa una muestra del quehacer poético europeo de ayer y de hoy.

Publicado originalmente en la serie "Bajo esa luz" de Las Noticias de Cuenca (España)

jueves, 21 de marzo de 2019

“Cada palabra es un sitio para mirarte” Notas desde el trópico en memoria del poeta mexicano José Carlos Becerra

El poeta tabasqueño José Carlos Becerra (1936-1970)

Acabo de regresar del trópico. Todavía palpo de memoria los colores de un paisaje nuevo, la potencia convocante del río y el aire y la luz de aquellas tierras me siguen desde adentro. He leído a José Carlos Becerra a posta en la habitación del hotel, después de saber por boca de mis nuevos amigos tabasqueños que ese era el poeta. Villahermosa es una ciudad del sur con encanto: alejada de las postales turísticas y los reclamos para extranjeros. El malecón del río Grijalba se puede amar fácilmente con sosiego matinal, aunque peligroso en la noche. Me asomé a la casa del poeta Carlos Pellicer para comprobar que allí persisten las lentes y las guayaberas y los huaraches del cantor del Usumacinta. No muy lejos de su casa hay un parque que fundó para la posteridad. En Centla tomé pozol y supe de tambores y flautas que se bailan en otra frontera a este lado del planeta. Ocurre en el trópico lo que no se espera, esta luz embriaga los sentidos y la alegría de sus gentes tiene el don de la permanencia. He vuelto a leer a José Carlos Becerra con la miel en los labios. Ya sí tomo la pluma y anoto para comenzar estas notas de mi diario con un verso suyo: cada palabra es un sitio para mirarte. He querido regresar al trópico en las horas posteriores del aterrizaje del avión en Ciudad de México, algo de mí quedó en la arena de la playa del bosque donde divisé al fin las aguas del Golfo mexicano. El sentido de pertenencia a una isla hace que los pantanos del trópico se conviertan en acantilados mínimos para llegar a casa también. Hace apenas unos días pude mirar a los ojos a una escultura olmeca. Su profundidad revivía a pesar del breve trecho que me separaba de ella. Hay en la pervivencia del pasado un aura íntima que nos reclama y convoca: nos hace sentir más vivos gracias a la conciencia de su lejanía. Es un milagro esta luz del trópico pensé, puede tocarse en la mano. Hay en la luminosidad tabasqueña un calor distinto, perlado, mixtificador. Caminar las calles de la ciudad de Villahermosa tiene algo esencialmente panamericano. El sur parece un país sin fronteras, hay una esperanza que la tiñe con temperatura universal. Vuelvo entonces al libro de José Carlos Becerra y conozco de inmediato la tragedia de su accidente mortal en Brindisi, con 33 años el poeta se dirigía a Grecia. Una curva fatídica sembró en la primavera de 1970 una de las peores noticias que podían llegar al trópico. Suya es la Fotografía junto a un tulipán, narración que acompaña a los diferentes poemarios del autor tabasqueño nacido en 1936, otro año de fatalidades. Releo su Fiesta en invierno y los poemas de Como retrasar la aparición de las hormigas. En el volumen hay cartas del poeta mexicano dirigidas a Lezama Lima en el 67. Me parece descubrir la posible convergencia de la luz del trópico con la pesada escultura olmeca, es una relación de infinitos que se tocan. El poeta escribió en el texto Sentado en una piedra que no estaba preparado para llorar ni tampoco para los hombres, y que volverá a surgir el día en que rompa los vidrios de su propia muerte y esa vez no será posible el accidente. Cierro el libro del Otoño que recorre las islas, habrá un después siempre para volver a él. Realmente un viaje a otra ciudad no siempre implica la movilidad en el reglamento de los mapas. Acabo de regresar del trópico y solamente quiero recuperar aunque de lejos el instante preciso de aquella luz vista a través de la ventana sobre las aguas del río por primera vez. Estoy seguro de que era la eternidad


Samir Delgado, 2019              

lunes, 25 de febrero de 2019

Notes from the Canary Islands

Peter Hermans "Painting the Landscape" Isla de La Palma



El joven poeta canadiense Peter Chiykowski escribió un poema desconocido sobre Canarias que fue incluido en la antología de la mejor literatura canadiense en inglés de 2011. Todavía sin traducción al español el poema titulado Notes from the Canary Islands habla de amor y del deterioro ecológico a nivel planetario. Muchos han sido los escritores de habla inglesa que han aportado su testimonio vital sobre el paisaje insular y la órbita atlántica del archipiélago, buena parte de la creación literaria en el idioma de Derek Walcott ha generado en cada momento histórico la existencia de lugares privilegiados para el imaginario universal y Canarias ha sido uno de esos enclaves evocativos por excelencia.

Las islas de cualquier latitud constituyen un referente para el ensueño y no han sido pocos los estudios sobre el papel de la geografía insular en la obra literaria de muchos creadores extranjeros. Más allá de la mirada interior que los poetas canarios han forjado durante siglos para fundar un espacio propio de tradición lírica, hay escritores que visitan las islas a través de los libros y logran eternizar la experiencia de habitar durante una temporada el aislamiento que provoca el designio volcánico. 

Entre los poetas canadienses Peter Chiykowski representa uno de los testimonios más recientes, el autor que reside en estos momentos en Londres ha sido galardonado en varias ocasiones por su creatividad en la novela gráfica y desarrolla su labor profesional en el ámbito del dibujo y la ciencia ficción. Su poema desconocido sobre Canarias traslada la imagen de la isla a una lejanía necesaria, el océano amenazado por el imperio del petróleo se repite como símbolo de la fragilidad ecológica, con una tortuga enredada por los cables de la civilización y la llamada telefónica que trasciende como detonante del poema. El joven autor nunca ha visitado Canarias realmente pero la denominación exótica de las islas vuelve a reiterar el valor de paradigma que ha protagonizado para autores de diversidad de procedencias. 

Entre los poetas canadienses de mayor renombre existen otras voces singulares que han aterrizado de algún modo sobre suelo canario, el autor Charles Olson ya conocido por la crítica especializada en los estudios literarios conectaba Gloucester con las raíces guanches, una mirada mítica que hacía de ambas orillas un espacio inédito. Al igual que la autora canadiense en lengua francesa Nicole Brossard, quien visitó Tenerife y Gran Canaria en diciembre de 2002 para incluir la atmósfera de las islas en su libro de viajes  titulado Camino a Trieste, traducido y publicado en México tres años después. Para unos y otros las islas atesoran un ingrediente fundamental para la escritura, el lado genuino de un territorio sin más frontera que el azul del cielo y el mar, una localización física que redunda en la imagen del acantilado como límite abierto a todos los infinitos. 

Para el joven poeta canadiense Peter Chiykowski el mundo podría estar contaminado un poco más debido a un amor innecesario que atraviesa el frágil hilo de conversación consigo mismo a través del poema. Y Canarias suma otro apellido a su catálogo de escritores extranjeros que han visto, más cerca o más lejos, unas islas que también se reinventan cada día a través de las palabras, de otras lenguas y otros confines que las sueñan.     



Publicado en La Opinión de Tenerife, febrero de 2019

viernes, 25 de enero de 2019

“La melancolía de la luz” Estudio sobre un cuadro de Vermeer

"El geógrafo"(Museo Städel, Fráncfort del Meno, 1669)

¿No será el tiempo el espacio elevado a la segunda potencia?
       NOVALIS
                                              
I

Es otra caída de la tarde en las ventanas del Museumsufer. La melancolía de la luz atrae una segunda sombra a la escena del geógrafo pintado por Vermeer en 1669. Con la magnitud serena del color en manos del artista los cristales reflejan un más allá vuelto íntimo para los dos. El instante pleno hace un territorio de clarividencia póstuma


II

Aquella tarde del cuadro vuelve a las ventanas del Museumsufer. Hay un silencio antiguo de los pinceles sobre la toga y el compás. En el mapamundi la condición del espacio en las orillas lejanas del río Meno que fueron este silencio último para el cuadro. La mirada en completa detención del cuerpo frente al lienzo proviene de otra luz que desborda los aceites de ambas tardes


III


En esta lejanía exacta las dos ventanas asumen el estado puro de la melancolía de la luz en el origen de la paleta del artista. La segunda sombra vuelve la mirada hacia el interior de la habitación del cuadro en las ventanas del Museumsufer. Es otra caída de la tarde a la escena del geógrafo pintado por Vermeer en 1669




Samir Delgado, Inédito, 2019

jueves, 10 de enero de 2019

"Las vacaciones de Houellebecq" veinte años después

"Lanzarote" Michel Houellebecq

Con la reciente publicación de la novela "Serotonina", el escritor francés vuelve al escenario de la actualidad literaria cuando se cumple el veinte aniversario de la aparición de su libro "Lanzarote". La novela de Houellebecq adquiere la forma de un mensaje en una botella lanzada al mar anónimo del mercado editorial global, con el testimonio desencantado de su paso por el centro del mundo



Echando un vistazo a los graves problemas internacionales resumidos en cualquier número atrasado del famoso periódico Le Monde Diplomátique advertimos la peligrosa costumbre de medir el tiempo relativamente en todas partes a la vez. Tras el impacto de las nuevas tecnologías de la información sobre la vida cotidiana habitamos en el planeta de una forma instantánea, rápida y desenfrenada, apenas sin dejar sitio para el pasado más reciente que parece quedar adormilado en las hemerotecas de nuestro país. Y no hay que olvidar jamás que los pueblos sin memoria del pasado no tienen futuro.

Esto ocurre especialmente en las Islas Canarias. Un archipiélago de siete islas situadas en el noroeste del continente africano que reciben en sus modernas ciudades turísticas la visita anual de millones de personas. Aquí el tiempo ha quedado prefabricado y en oferta permanente para el recreo vacacional del turismo masivo. No hay historia en los jardines privados de los hoteles, las avenidas que llevan con sentido único a la playa son frecuentadas por gentes de todas las nacionalidades que practican durante su breve estancia un mismo estilo de vida.                                        

El tiempo en la ciudad turística es como un chicle de fresa. Parece que el escenario de las refrescantes piscinas diseñadas para satisfacer las necesidades de bronceado para los visitantes europeos han estado ahí desde siempre y para siempre. Sin embargo, a pesar de esta ensoñación paradisíaca que parece revalidar las antiguas visiones grecolatinas de las islas Afortunadas[1], una vez consideremos que hace millones de años las islas emergieron poco a poco de las entrañas del Atlántico, sentiremos que la desmesura del tiempo geológico- al resultar impensable y fuera de nuestro alcance ordinario- hace que los episodios históricos en el mapa geográfico recobren una cercanía y vitalidad verdaderamente conmovedora.

Esta especie de interconexión directa para comprender mejor los paisajes en cualquier travesía por las islas, nos brinda la oportunidad de saborear tanto los ingredientes azucarados de su mitología, como los bocados más amargos de la historia que completan el menú ofrecido a los visitantes que llegan cada día a los aeropuertos de Canarias. Y es que la cultura también es una especie de gastronomía.

Las islas atesoran un caudal de referencias que favorecen su carácter cosmopolita, con una estela amplísima marcada por un abanico de cruces culturales entre las distintas civilizaciones que dejaron huellas en su mapa histórico y configuran en la actualidad las variadas aportaciones a la personalidad hospitalaria y abierta de la sociedad canaria moderna. Ya sean los navegantes fenicios que todavía hoy alientan a los buscadores de tesoros y ánforas romanas extraviadas en el fondo del océano o los ilustrados científicos europeos que antecedieron al actual gremio de astrónomos refugiados en los potentes telescopios para escudriñar las incógnitas de los agujeros negros en el universo.

Todo esto, una vez más, hace que las islas tengan como carta de presentación en su devenir histórico las bondades del clima subtropical y unas joyas de la naturaleza que han embriagado con sus espléndidas vistas a los intereses del cine hollywoodiano. Situados aquí, ante el lienzo multicolor que ha ido pintándose simbólicamente con multitud de pinceles de todas las épocas sobre la islas Canarias, podemos seguir el fino hilo de una historia repleta de laberintos económicos, fantasías literarias y tragedias humanas que muchas veces quedan en el olvido de las estadísticas, como la mayoría de las pateras con ciudadanos africanos que se perdieron antes de llegar a la costa bajo la mudez del Atlántico.

Y esta posibilidad de viajar hasta las islas para verlas en su totalidad desde un privilegiado mirador, a veces puede resultar accesible recorriendo sus rincones de oriente a occidente con una mínima garantía de conocimiento. Pero también, puede ser posible a partir de la lectura y el seguimiento de las pistas perdurables que hay en los textos literarios que proyectan el espacio de cada lugar y el eco de sus múltiples voces a la posteridad. Nunca mejor dicho, en los libros habitan las memorias del mundo.

Por ello, haciendo una selección rigurosa entre las publicaciones de la actualidad que no quedan presas de la propaganda turística, la más sonada referencia de nuestros días sería una breve novela de Houellebecq, quien gracias al apogeo mundial de su prosa ha llevado el nombre de Lanzarote hasta todos los puntos cardinales, sin la necesidad de las escandalosas inversiones millonarias de los touroperadores que controlan el negocio del astro solar y garantizan con repetitivas campañas de marketing una experiencia casi mística en un paraíso artificial.

En una fría mañana parisina de 1999 comenzaría la incursión del afamado escritor francés Michel Houellebecq hacia el centro del mundo adquiriendo un billete de avión con destino a la isla canaria de Lanzarote. Ya ha pasado más de un siglo y medio desde que Thomas Cook promoviera el primer viaje turístico organizado y el aeropuerto lanzaroteño de Guacimeta representa un importante destino de los vuelos charter y low cost para todo el mundo. ¿Qué insólita aventura confesará la super star del panorama literario contemporáneo?

Ya desde las primeras páginas sentimos el aire acondicionado de la agencia de viajes, la oferta infinita de catálogos con destinos variopintos que aplacarían la sed de exotismos pretéritos en pintores como Gauguin y seduciría nuevamente a célebres botánicos como el propio Alexander Von Humboldt. Pero ahora el programa informático Amadeus utilizado mundialmente por la industria turística para gestionar la demanda masiva de packs familiares con pensión completa, cómodos pasajes vip para ejecutivos, parejas en eterna luna de miel y jóvenes trotamundos con mochilas supone definitivamente la evidencia exacta del encogimiento desencantado del globo terráqueo.

Con una mirada ácida, tras cruzar el Atlántico con un leve sueño distraído de otras experiencias accidentadas como la del aviador Saint-Exupéry sobrevolando el Sahara, Houellebecq será trasladado con diligencias castrenses en un mini bus con los demás huéspedes del hotel. Una vez en la isla, observará la ridiculez de los turistas jubilados que por sus achaques reumáticos cruzan en cámara lenta el paseo marítimo. El propio poeta se verá a sí mismo mezclado entre la masa de visitantes que los domingos saturan el mercadillo local buscando el recuerdo perfecto entre las piezas de artesanía. Pero el aura tan requerida por los coleccionistas de antigüedades que anhelan palpar las excelencias típicas del lugar quedó extraviada entre la basura biodegradable de una posmodernidad sin límites de fronteras. Ya no quedan, no es una pena, aventuras para los futuros Indiana Jones.

Entonces, Houellebecq pretenderá escapar de la civilización cayendo en el nido de las filiales multinacionales que alquilan coches por horas en cualquier aeropuerto del mundo y así disfrutar de la isla a su gusto con una aparente libertad. He aquí la paradoja por excelencia del cascarón insular. Pero el escritor francés ya en sus famosas novelas se ha visto extrañado por una completa soledad, y no tardará en confesar los momentos de aburrimiento en la habitación del hotel, dotada con el confort del hospedaje homologado por la conexión vía satélite a la CNN y la MTV.

Bajo los efectos del síndrome del visitante, Houellebecq levitará sobre el escenario de sus vacaciones canarias, ajeno completamente a la otra realidad localizada más allá de las urbanizaciones privadas. Los problemas que son diariamente soterrados bajo los pavimentos de la ciudad para no incomodar al turista común que ha sido reducido a las cifras contabilizadas por las calculadoras de los touroperadores. El europeo de a pie con sus gafas de sol no percibe los signos de la trayectoria existencial que están detrás de la faena diaria de las limpiadoras y los camareros isleños que sustituyeron de forma traumática el cultivo, la pesca y otras tareas del pasado más reciente para cargar a sus espaldas todo el peso de la servidumbre asalariada y cumplir con los servicios que engrasan la maquinaria del hotel.

El testimonio narrativo de Houellebecq quedará cegado por la virtualidad de un paraíso insular que ha sido administrado por completo desde afuera, el montaje para los millones de turistas que vienen a las islas sugestionados por los deseos de felicidad insatisfecha desde sus hogares de origen y que por fin tienen al alcance de la mano unos días para disfrutar del territorio edénico reconstruido sobre una maqueta de apartamentos y salas de fiesta con happy hours hasta el amanecer.

Como una avalancha de damnificados por los males de la contaminación en la urbanidad europea, los turistas asumen el imperativo económico de aprovechar al máximo el tiempo saliendo como autómatas hacia los exteriores de una isla cuyos horizontes están dibujados por la inmensidad del mar. Esta suerte de metafísica insular, provista de un fuerte sentido de aislamiento, resulta soportable a los visitantes con pasaporte en regla gracias a las excursiones organizadas para satisfacer su banal curiosidad, explorando lo desconocido y experimentando las sensaciones de estar viviendo simuladamente en condiciones de seguridad civilizada los parajes insólitos del sueño. En esta especie de naufragio psicológico con lujos de todo tipo, ya es universal la fórmula mágica de los turistas orientales provistos de cámaras fotográficas para apropiarse de los instantes y conservar eternamente las imágenes esenciales del viaje.

Los recuerdos en el mañana quedarán almacenados con un ritual museístico en sus pendrives. Houellebecq publicará entonces sus fotografías hechas con glotonería ante el colorido paisaje de los cráteres volcánicos de Timanfaya, donde los paseos en camellos y el espectáculo de los géiseres que escupen las brasas soporíferas de la tierra han sido debidamente legalizados por las autoridades gubernamentales que heredaron las directrices del ministerio franquista desde los años 50: una larga carrera de especulación urbanística y deterioro medioambiental que disfrazada de progreso ha modificado genéticamente la biodiversidad natural de las islas para la promoción del ferviente monocultivo de las estrelitzias plastificadas.

A lo largo del medio siglo restante, el turismo masivo internacionalizó como nunca antes el logotipo de Canarias sustituyendo radicalmente a la caña de azúcar, a las bodegas de vino, a la cochinilla, al plátano y al tomate, y multiplicando alocadamente bungalows y hoteles para un futuro fantasmagórico.   Así con todo, la novela “Lanzarote” dejaría hueco para un lance sexual con una pareja de lesbianas alemanas y una extraña amistad con un policía belga venido a menos en una secta religiosa que preconizaba con el reparto de panfletos el advenimiento de los extraterrestres.

Hasta aquí la trama conocida por el público y la crítica. Pero, realmente para la isla de Lanzarote,¿qué trascendencia tenía la visita de Houellebecq?, y el propio Houellebecq, ¿era consciente de la importancia de su viaje a una isla que tantas veces ha sido recurrida en sus distintos best sellers y sus películas adaptadas[2]?

La isla siempre fue un referente del imaginario utópico[3]. Ya en los anales de la historia oficial Lanzarote fue visitada por los aventureros de todas las épocas, los extraviados hermanos Vivaldi en 1291 y Lancelotto Malocello en 1312 son considerados por la historiografía colonial tan en boga desde los diarios del almirante Columbus como los artífices que dieron fe de la existencia real de las islas afortunadas mencionadas hasta por Petrarca. Él mismo asistió en la Corte de Avignon en 1344 al famoso episodio donde el Papa Clemente VI concedió a Luis de la Cerda el título de Príncipe de la Fortuna. Así también, las islas han sido retratadas en muchos portulanos medievales bajo el escudo de las armas genovesas y adjudicadas en propiedad por toda una serie de tratados de compra y venta entre Condes y Señoríos que representan una remota anticipación al actual negocio inmobiliario que castiga duramente las costas de casi toda la Macaronesia: Azores, Cabo Verde y Madeira se encuentran ahora mismo en la mira del huracán que convierte los litorales atlánticos en una mercancía inagotable para el circuito del capital transnacional.
 
Cuando en 1402 los normandos Jean de Bethencourt y Gadifer de La Salle zarparon desde el puerto de La Rochelle hacia los confines del mundo para buscar la sangre de los dragos y los tintes para la preciada industria textil de la época- ganando la eternidad heroica para su linajes familiares- ya en la isla de Titeroigakat la huella de los antiguos habitantes era muy profunda, y todas las islas contaban con una sociedad organizada en sus estructuras económicas, políticas, culturales y religiosas.

Mucho antes de la fundación del primer enclave europeo en Canarias, que tuvo las playas del Rubicón como escenario a punto de desaparecer bajo el imperio del cemento, las islas habían sido un asentamiento milenario de poblaciones humanas procedentes del norte de África en oleadas migratorias sucesivas. Hasta hoy, el misterio de su llegada no entorpece la riqueza de un legado patrimonial que caracteriza las singularidades de la identidad del pueblo canario: el acento del habla con ricas  mixturas de vocabulario, un porcentaje elevadísimo de topónimos y etnónimos de origen bereber, las manifestaciones populares y expresiones tradicionales a nivel cultural, festivo y deportivo, etcétera.

La definición de estas particularidades culturales[4] fue tratada desde un principio por los diferentes cronistas que daban cuenta de sus experiencias en el largo trasvase de sincretización que supuso su llegada escalonada a todo el archipiélago, y el vasto recuento de las pervivencias antropológicas que atraviesan transversalmente la sociedad insular alimentan buena parte de la literatura acumulada en las bibliotecas de las instituciones públicas- aquí hay que llamar la atención sobre las deficiencias y hermetismos que han asolado durante siglos el material documental y archivístico de las islas-.

Transcurridos los episodios más remotos de la historia oficial, las crónicas normandas tituladas “Le Canarien” son un ejemplo de lo deplorable que puede llegar a ser el destino. Tardíamente publicadas bajo la firma de los religiosos Bontier y Le Verrier, ensalzan cada uno en distintos manuscritos las hazañas de sus señores, reflejando la mentalidad de la época con artimañas y traiciones que fueron la nota reinante desde las razzias que se repetían de manera aleatoria sobre la población de las islas.

Desde la expedición de Juba II, rey de Mauritania en el siglo I y la presencia prolongada de monjes mallorquines en buena parte del siglo XIV, el intercambio de provisiones había favorecido el contacto de la sociedad precolonial con los visitantes venidos en “pájaros negros”, como cuenta el vate Antonio de Viana en 1604, fundador del primer poema épico que legó, junto a otros autores de renombre, las aportaciones literarias[5] que conforman la enciclopedia histórica sobre la colonización de las islas, resumidas poéticamente en lances trágicos y episodios amorosos que han sido objeto de estudio y hasta de guiones cinematográficos como la relación emotiva entre la figura femenina aborigen de la princesa Dácil y el patrón masculino del conquistador Del Castillo, los perfiles heroicos de los menceyes frente a las bajezas de Alonso Fernández de Lugo y la pervivencia del mítico bosque de Doramas o la isla non trubada de San Borondón.

Entre la extensísima bibliografía sobre las islas acumulada hasta nuestros días, especialmente las actas cabildicias y los pliegos eclesiásticos, cabe destacarse por su papel ilustrativo la del ingeniero cremonés Leonardo Torriani, que en el año 1584 al servicio de Felipe II efectúa estudios para la fortificación de murallas y constata las vestimentas y tradiciones de la sociedad canaria más temprana. Como sus descripciones, hay toda una serie de datos que pueden rastrearse con fidelidad en las fuentes documentales pero no sin la dificultad añadida de las manipulaciones ideológicas y la represión surgida tras el establecimiento de los Autos de Fe y los tribunales inquisitoriales dependientes de Sevilla (1501).

También existen testimonios indirectos que sirven de catapulta histórica como la obra “Comedia del Recibimento”, escrita en 1582 por el poeta Bartolomé Cairasco de Figueroa, el autor más representativo del renacimiento insular, traductor de Torcuato Tasso y promotor de círculos literarios en la mismísima periferia. Con la elocuencia y la genialidad poética visible en el uso del verso esdrújulo, en su obra dramática pone en boca de uno de sus personajes todo un repertorio en lengua guanche que él mismo heredó por vía materna, unos guiños sobre el férreo control de censura que imperaba ya en las propias producciones literarias, que recordemos significan un espejo clarividente para entender el fuerte impacto del proceso de aculturación y el sometimiento civilizatorio puesto en marcha por la iglesia sobre una población que pasó, en apenas un siglo, de una cultura neolítica a una sociedad del medioevo fuertemente dependiente y jerarquizada.

La incorporación a la Corona de Castilla data de 1496. Y no han sido pocas las voces críticas que han clamado en las últimas décadas por una revisión profunda de las excesivas condescendencias que la historiografía ha tenido con la función represiva del Estado. El ocultamiento ha sido, precisamente, un arma de destrucción masiva. Algunos estudios recientes[6] han revelado las fuentes secretas del Vaticano donde una bula de Benedicto VI apremiaba a la conquista normanda en beneficio de la fe cristiana sobre los gentiles isleños, y este dato desentrañado en fechas relativamente recientes pone en evidencia que las relaciones entre las cúpulas religiosas, los prestamistas y los conquistadores eran muy estrechas naturalmente.

Pero hasta el punto crucial en que el santo pontífice, ante las noticias de las esclavizaciones brutales que sirvieron de tubo de ensayo macabro a la posterior hecatombe de las culturas americanas, vio como salpicaban de horrores a la Santa sede, que ya a mediados del siglo XIV a través de Eugenio IV promulgaba la prohibición del contrabando de aborígenes sin muchos resultados ya que los puertos españoles serían en el futuro un destino incierto de muchos isleños. Como más adelante, por cosas del aciago destino que a veces se repite, lo serían forzosamente los puertos coloniales de América con el pago de los tributos de sangre y los viajes clandestinos en veleros fantasmas a Cuba y Venezuela[7].

Siguiendo la estela constante de idas y venidas a lo largo de la historia, precisamente fueron estudiosos franceses de la talla mundial de René Verneau y Sabino Berthelot quienes fomentaron a mediados del siglo XIX la autoridad de la ciencia más puntera, con una vuelta atrás para realizar análisis antropológicos con la catalogación de cráneos y otros estudios relativos a la cultura aborigen, que a la postre sirvieron para incentivar el entusiasmo en las islas por una cultura que había sido sistemáticamente reprimida[8]. Una serie de incalculables vestigios acumulados en las necrópolis que junto a las evidencias heredadas de los primeros estudios comparativos de campo habían dejado la puerta abierta para este reencuentro con los orígenes.

Todo ello bajo los peligrosos parámetros de una antropología europea que estaba fuertemente influenciada por los valores etnocéntricos y el maquillaje romanticoide del otro[9]. Al socaire de las primeras avanzadillas universitarias en las islas, ya habían madurado unas élites cultas en la sociedad insular de por sí marcada por el analfabetismo más apabullante.

Aquí llegó el turno de Viera y Clavijo que al redactar su “Historia General de las Islas Canarias” (1772-1783) sentó los preceptos ilustrados que desembocarían en la consolidación de las letras canarias, pero nunca la estabilidad política y administrativa de unas islas que habían atravesado durante centurias los distintos regímenes absolutistas, constituciones liberales, monarquías y hasta una primera república, sufriendo en sus carnes la división provincial provocada por el pleito insular y alcanzando los preámbulos de la modernidad con altos costes de dependencia económica exterior. 

Pero todavía tendrían lugar los episodios relativos al surgimiento de la Escuela Regionalista de La Laguna, con el ministro republicano Nicolás Estévanez (1838-1914) al frente y una obra mayúscula legada tras su exilio de 40 años en París y la sombra anhelada de su mítico almendro disecado para la posteridad. Estos poetas convocaban líricamente un salto en el tiempo nostálgico frente a la decadencia de otro final de siglo que traería consecuencias de magnitud con las guerras mundiales y la independencia de Cuba. Así también, vendría la respuesta inmediata del modernismo literario con sus aires de universalidad nacidos de los puertos atestados por el tráfico de barcos internacionales, el indigenismo pictórico de la Escuela Luján Pérez repleta de colores y esculturas y la consiguiente irrupción de las vanguardias del siglo XX.          

Hemos visto, pues, como las islas han sido un escenario privilegiado para la mirada extranjera que tanto ha condicionado a la cultura insular por verse ella misma en el espejo del otro. Aunque a decir verdad, el otro también ha sido el ser insular sojuzgado en la dialéctica del reconocimiento por la preeminencia del poder foráneo. Estos desajustes pueden apreciarse fácilmente en una balanza con la referencia más cercana si cabe de la Guerra Civil española (1936-1939), que llevó a la ruina los avances educativos y sociales de la II República, desalentó hasta la muerte a la generación de Gaceta de Arte y plantó el mal de la desmemoria bajo el nacional-catolicismo con sus consecuencias ideológicas futuras.

El fuerte impacto de la guerra sobre la población insular puede ser equiparable en el tiempo al proceso traumático de la conquista, unas coordenadas similares de distorsión histórica que afectan profundamente a la estructura social de las islas que se verán una vez más asoladas por el silencio de la represión. La dilatación de la conciencia insular sobre lo extranjero se vería cercenada por una fuerte impregnación de negatividad, condicionando de esta forma al conjunto de la sociedad canaria en su devenir posterior bajo las secuelas del latifundismo y la autarquía de la Dictadura (1939-1975).

La irradiación cultural permanente que ha diseñado durante siglos el cruce de culturas entre todos los continentes, tiene en las islas una especie de vieja herida que no ha cicatrizado en la mentalidad de los isleños, ya que durante generaciones han tenido que hacer frente a males tan paradigmáticos como los estragos de la piratería, los saqueos y las amenazas de ocupación venidas del exterior que llevaban a toda la población a refugiarse hasta en los mismísimos tubos volcánicos.

Un estigma que perduró durante siglos y que a pesar de todos los males ha quedado desplazado por la configuración del rico mestizaje de la insularidad, siempre oscilante entre la asimilación pasiva de lo exógeno para la supervivencia y los síntomas de la endofobia surgida con las repetidas mutilaciones generacionales, la absorción de las novedades venidas de afuera que suavizaban el aislamiento y los propios rudimentos de la cultura ancestral que han servido para mantener el vínculo con la tierra canaria: la tradición oral, los saberes populares y el imaginario rural son los reflejos dignos del ayer frente al desarraigo terminal.  

Y es que, desde la génesis de la colonización europea sobrevive una percepción extasiada por la orografía mágica de los barrancos y la frondosidad de los bosques, una mirada[10] del apego natural del hombre y la mujer insular que asimilarán los preceptos normativos de cada modelo de sociedad impuesta.  Por eso el pueblo canario ha sobrevenido en el tiempo con unas señas de identidad visibles en su idiosincrasia, sabiendo reinventar constantemente su lugar en el mundo. Y en toda América el isleño es acogido fraternalmente.

Con los diferentes monocultivos económicos que pueden rastrearse fácilmente en la cronología insular, comprenderemos la fragilidad de una sociedad por cuyos poros se han vertido litros incontables de sudor para adaptarse al medio natural y vencer las adversidades de la falta de agua y las sequías, las variadas epidemias de peste y tifus que tendrían lugar cíclicamente entre 1554 y 1721, el hambre por la escasez de alimentos que llevó incluso a sublevaciones populares contra los arbitrios del poder, tales como los impuestos de quintos y los diezmos a la Corona. Las islas serían esquilmadas por la tala de maderas y unas desigualdades sociales que hunden su génesis en el repartimiento fundacional del territorio y la perpetuación de la propiedad privada de la tierra y del agua, con la servidumbre histórica al régimen señorial o a la Metrópolis materializada hasta hoy en la dependencia secular que sufren las islas muy a pesar de su pleno desarrollo en esta primera década del siglo XXI.  

Así es que, ante el caos de un tiempo presente marcado por la globalización económica, precisamente vemos como la literatura se traduce como la expresión esencial de toda palabra escrita para convertirse así en un testigo singular de la historia acontecida[11]. Y es que por las islas Canarias han pasado un sin fin de autores extranjeros que han reproducido a través de su mirada el tiempo insular: Olivia Stone, Ernst Jünger, José Saramago, el padre de Oscar Wilde, Ignacio Aldecoa, Miguel de Unamuno[12]...

Y Por otro lado, las islas han parido personalidades de tan pródiga ascendencia como el propio Clavijo y Fajardo (1726-1806), autor ilustrado que dirigió el Gabinete de Historia natural y que diera nombre a un drama de Goethe, el eminente científico Agustín de Betancourt (1758-1824), fundador de la Escuela de Ingenieros de San Petersburgo y otras referencias de ascendencia canaria que significaron un paradigma para América: Francisco de Miranda, José Martí y Simón Bolívar.

Vista así con una panorámica rápida la historia de las islas, la densidad de la tradición insular y sus apetitos continuos de vanguardia, podemos considerar finalmente que la trampa ontológica en la que cayó Houellebecq es muy pantanosa, toda una red pegajosa de imágenes sublimadas y mensajes estandarizados que atenazan comercialmente la atmósfera real de las islas. Lanzarote deglutida en excursiones bajo el cronograma inventariado por los expertos guías políglotas en zapatillas deportivas y con silbatos al cuello, Lanzarote devaluada al rebobine permanente de sus paisajes volcánicos vistos en las tarjetas postales, y un Lanzarote reducido a la ecuación turística importada del disfrute diurno en la playa y el desgaste nocturno en las discotecas al precio más barato posible para la clase turista. Si en el mundo entero la industria turística es el primer motor, las islas vuelven a ser una probeta para el mercado neoliberal, como el Atolón de Mururoa donde el gobierno francés ejecutó pruebas atómicas y la Isla de Sal que a estas horas representa el paradigma del nuevo boom del capitalismo multinacional en la era digital.

Lanzarote, por tanto, a pesar de la genial descripción surrealista de Agustín Espinosa, la prosa envolvente de Rafael Arozarena en su celebrada novela “Mararía”, las grabaciones magnetofónicas con ricos testimonios marineros cogidos por la ingente labor de Félix Hormiga, la guía no turística de González Barrera y sus simbolismos rituales y voces corales desentrañadas por Ángel Sánchez, así como todo lo habido y por venir tras el accidente mortal de César Manrique, es un isla codificada como un reducto paradisíaco integrado perfectamente en la red de explotación turística mundial[13] y sufre el peligro de acabar siendo un simulacro de sí misma, una copia de la real, una isla turistificada. 

Aun siendo, en verdad, por las virtudes de sus gentes, muchas otras cosas más que no son accesibles normalmente al visitante extrovertido y casi siempre ávido de consumo hedonista, e incluso a los propios ciudadanos canarios de hoy, que de manera acelerada están hacinándose en las capitales insulares, olvidando tras la muerte de cada anciano la fuente de experiencias sobre el pasado inmediato y el acervo popular derivado de las actividades tradicionales vinculadas al sector primario en una crisis permanente.

¿Qué supone entonces, a través de los siglos, la eclosión de la urbe turística en Canarias?

La visita de Houellebecq representa el momento culminante a través del cual las islas quedan desnudadas en su triste condición de patio de recreo para el turismo masivo, aquella mirada del otro que viene de afuera y durante siglos configuró la dialéctica del mutuo reconocimiento nos confiesa ahora la crudeza plástica de una isla castigada por los despropósitos de un sistema depredador. No hay utopías, la igualdad constitucional entre los vecinos de Lanzarote es papel mojado, por mucha verborrea política predicada desde las instituciones locales- tan salpicadas de corrupción- y una administración ministerial que desde Madrid sigue practicando un centralismo estatal verdaderamente dañino, ya que socava los cimientos de la capacidad de decisión necesaria para que Canarias sea protagonista de su propio destino.

Al fin y al cabo, la democracia es poder elegir y ejercer la libertad. En efecto, la multinacionalidad derivada de la variadísimas procedencias de las personas que habitan en las islas, con todo un crisol de culturas que resumen la historia de Canarias, no es el cosmopolitismo soñado por las utopías modernas desde el renacimiento, sino más bien la repetición invertida de la maldición bíblica de la torre de Babel, donde el castigo divino ante la arrogancia humana no está en la diversidad de las lenguas, sino en la imposición de una sola: la lengua de los dígitos económicos que predican una religión cuyos templos son ahora los bancos en su cruzada por la globalización. Y así, las islas Hespérides podrían quedar, definitivamente, dilapidadas en vida.

Ante esta situación, la novela de Houellebecq adquiere la forma de un mensaje en una botella lanzada al mar anónimo del mercado editorial global, con el testimonio desencantado de su paso por el centro del mundo y testimoniado en unas fotografías que ilustran precisamente la misma ensoñación original del ser humano ante el magma congelado de las erupciones volcánicas de un tiempo inmemorial que, por culpa de la mitología posmoderna de la publicidad turística, corre el peligro de convertirse en el souvenir a la venta de un paraíso masificado.

Samir Delgado “Una casa mal amueblada”, Baile del sol (2010)




[1]Las referencias clásicas  se remontan a obras tan diversas como “Los trabajos y los días” de Hesíodo, “Las tres monedas” de Plauto, la “Geografía” de Estrabón y la  “Historia Natural”de Plinio el Viejo.

[2]Las novelas “Las partículas elementales” y “ La posibilidad de una isla” de Houellebecq han llegado a la gran pantalla, además de sus pinitos artísticos con la grabación de un disco musical y poético exhibido en selectos conciertos de gira por Francia.

[3]Sobre la recurrencia mítica y utópica de lo insular en numerosas obras literarias de todos los tiempos puede consultarse el interesante ensayo “Encrucijadas de un insulario” (2006, IDEA) del profesor Nilo Palenzuela.

[4]Hubo que esperar hasta mediados del siglo XX para que la afirmación identitaria de la sociedad canaria tuviese un apogeo libre de censuras tras la dictadura. Desde el fomento de los deportes vernáculos a los denominados canariólogos que se aventuraban a descubrir los yacimientos arqueológicos y la irrupción de los partidos políticos nacionalistas y de izquierdas. El libro “Natura y Cultura de las Islas Canarias”(1977) da prueba de ello siendo el más vendido de la historia en Canarias.  

[5]A las anónimas “Endechas de Guillén Peraza” (1447) recogidas por tradición oral se irán sumando los clásicos de la literatura histórica canaria tales como “Del origen de Nuestra Señora de Candelaria” (1594) del dominico Alonso de Espinosa, “ Historia de la Conquista”(1600) de Abreu Galindo, “ Conquista y Antigüedades..” (1676) de Núñez de la Peña, “Descripción de las Islas...”(1686) de Pedro Agustín del Castillo, “Historia de las siete islas”(1694) de Marín y Cubas, y las obras cumbres del intelectual canario Viera y Clavijo (1731-1813) o Agustín Millares Torres  (1826-1896), sin mencionar muchas otras referencias notables de autores foráneos como las del navegante veneciano Alvise Cadamosto en su obra “Navigazoni” (1507), las crónicas “Saudades de Terra” (1590) del portugués Gaspar Frutuoso, las obras anglosajonas “The history of the discovery and Conquest”(1764) de George Glas  y“ Costumes of the Canary Islands” (1828) de Alfred Diston, y las conocidas fuentes francesas con “Histoire Naturelle des Iles Canaries (1836) de Sabin Berthelot y “Cinq annés de séjour aux Iles Canaries” (1891) de René Verneau. Entre otros, como luego Cioranescu o Sérra Rafols 

[6]M.J.Vázquez de Parga y Chueca (2003). “Redescubrimiento y conquista de las Afortunadas”. Theatrum Naturae (CSIC).

[7]Muchos lugares del continente americano como San Antonio de Texas y Montevideo en Uruguay fueron fundados por familias isleñas y a lo largo de la geografía cubana y venezolana se calculan en cientos de miles los descendientes de canarios que en intervalos regulares optaban por la vía de la emigración ante las penurias e injusticias de sus islas de origen.

[8]Autores destacados en el rescate de la cultura canaria a lo largo del pasado siglo son J. Bethencourt Afonso, J. Álvarez Delgado y Hermógenes Afonso de la Cruz “Hupalupa”. Además de multitud de asociaciones culturales y colectivos ciudadanos que durante décadas han hecho una labor impagable.

[9]De obligada referencia sobre el pensamiento antropológico y sus influencias teóricas en Canarias hay que mencionar a los profesores del Departamento de Antropología de la Universidad de La Laguna, así como el libro “Indigenismo, raza y evolución”(1987) de Fernando Estévez. 

[10]Para profundizar teóricamente en la identidad del ser insular y el perfil del artista canario valgan algunas referencias fundamentales: Declaración del Manifiesto del Hierro (1976) “Psicología del hombre canario” de Manuel Alemán Álamo, “La mirada insular” de Lázaro Santana, el Discurso de Manuel Padorno “Sobre la indiferencia y el ocultamiento: la indefinición cultural canaria”(1990)y los estudios de narrativa canaria de los 70 del profesor senegalés Amadou Ndoye. También se recomienda consultar el catálogo general del CCPC y el Instituto de Estudios Canarios (IEC)

[11]Un estudio pionero sobre la historia económica de las islas y sus derivas ideológicas a través de la literatura se encuentra en el libro “Isaac de Vega: Dependencia y literatura en Canarias”(1982) de Julio Peñate Rivero, Aula de Cultura de Tenerife.

[12]El trabajo monográfico de Francisco León “El sueño de las islas” (2003, IDEA) ofrece una idea aproximada de las producciones poéticas de autores extranjeros inspirados en las islas. Para acercarse a la historia de la literatura canaria, se recomiendan la “Antología” publicada por Víctor Ramírez y Rafael Franquelo, los ensayos críticos de Jorge Rodríguez Padrón y Domingo Pérez Minik, y otras referencias de Sánchez Robayna o Eugenio Padorno.

[13] La obra de investigación especializada sobre el turismo de masas: VV.AA “Paisajes del placer, paisajes de la crisis” (2004), Fundación César Manrique, representa uno de los pocos estudios interdisciplinares publicados en Canarias.