jueves, 19 de marzo de 2015

Matkat /Viajes (II) Jardín nocturno, tiempo de los astros, casi el mundo.


Óscar Domínguez, Le dimanche, 1935.

                                                                                                               A Esperanza

Diario de poeta reciencasado


ALARMA de reloj. Madrugada cierta en Santa Cruz de Tenerife. Aledaños oníricos humedeciendo los rincones. ¿Qué año, estación, minuto exacto del incendio lumínico? La isla prende para mí en este dimanche, tan de Óscar Domínguez, su altovolumen en la inmensidad atlántica.

LA MIRADA detenida frente al objetivo fotográfico, en cualquier momento la vida es eso. Los instantes que recordamos, sin una barrera entre la memoria y la realidad.

UN MAPA de las esculturas de la ciudad: Spectator de Arnoldo Evora, Movil de Joan Miro, La ida de María Belén Morales. Las que están en ella a su sombra. La extraña complacencia con que habitan cada estación. De que modo fueron llegando con vocación de permanencia, sus justas inminencias para el lugar de pernoctación.

ASÍ COMO YO  mismo he venido a transitar las ramblas, desconocido para todo el mundo, tal vez se pueda desentrañar una huída para sí de cada sculpture. ¿Alguien ha promovido en este tiempo sucedido una mirada de totalidades íntegras? De nuevo el papel del poeta ha sido llevar consigo un hilo de Ariadna para que el minotauro escape.

EL DESCENSO por la vereda de Anaga a toda prisa. Laurisilva en apoteosis ecolírica. Yo provengo de estos cielos invertidos. Saber que el abuelo del abuelo del abuelo originó el sentido a esta piedra volcánica. Hacerse una criatura de isla golpe a golpe, gota a gota. Hay un respeto sagrado por los verdes en la mirada quieta. Una absorción primordial de sus carruseles oníricos.

DENTRO de la guagua. Este pueblo es mi pueblo, con turistas y lugareños compartiendo un destino equinoccial. Sentir los trasvases de luz, el fuego vertebral de toda lejanía, los aconteceres minúsculos que dilatan realidad dorsal. En la travesía por carretera es posible una sensación de ausencia, tan insípida como teledirigida: cuánticamente transfronteriza.

LA MEMORIA es quisquillosa hasta el hartazgo cuando merodeamos la ciudad que fue nuestra. Parajes íntimos, huellas dactilares en hora punta, duermevelas del azul sobre cada azotea. Y siempre la promesa de una fuente al final de la tarde. Cortázar in memoriam.

UNA TARDE propia. Frente a frente. Alamedas inconclusas, plenarias, cosmopoéticas. Aquella misma tarde en la que papáymamá fueron sonrisa nueva. Acariciar el lomo, la pelusa, los secuestros del aliento. Y saber después de todo que Guanajuato está chido.

TODO el oro del mundo por una arepa. Los sabores adoctrinan nuestro feelling insular. Nada igual para el retorno perceptivo a los devenires del acervo. Refresco de fresa, caldos divinos, escaldones nutricios del millo. La última vez que vi a la abuela de Afur, comía sardinas en su cocina de siempre. Eternidades del vínculo. Mar de sombra.

COMO DIJO Agustin Espinosa: esta es la isla de las maldiciones. Estarse en ella como un tiempo de fuga esencial hacia la nada futura. Penitencia verbalicia, esquelética nupcia, carne de cañón entre la noche del volcán. A todo esto hay mucho de vértigo talismánico en la arena caliente, de prosapia invertebrada por los mares violetas, de ungüento aborigen en cada paisaje trasterrado.

LOS EDIFICIOS vecinos están bajo una condición de frontera indeterminada. No son para la vista. Su mosaico de colores hacen diáfano lo metaurbano. Tener una casa nos constituye al lugar, hace menos su cielo. ¿Qué fue de la casa propia?

MIRO los tranvías con un aire de tristeza. A nadie volveré. En cada viaje sus historias ínfimas, la variedad de biografías que hacen del vagón una coctelera apoteósica de sentidos. De lejos se ven pasar. Ciudadela comunal, pueblo en sí, predestinación cotidiana del prójimo amado.


LA FIESTA innombrable de haber nacido en una ilha. Ser consciente a plena luz de su predestinación ancestral. Recurro diarimente al dulce evangelio de la insularidad, imposible no habitar sus temperaturas del subtrópico mental. Nuestro espejo incluye todas las estelas del mar.

SINCERARSE con uno mismo parece una tarea encomiable. Quitarse las máscaras de lo productivo dominante. Hablarnos en claroscuro con los retales del dolor planetario entre las manos. Tener una ventana propia en los confines callejeros, inclinarse al pairo refrescante del azul celeste, contrarrestar en los adentros del éxodo marchito del yo-sido.

LOS MAPAS sonoros de la isla nos trasladan a la memoria sucedida. Todas las cosas son un estigma crucial, acontecen bajo los órdenes sintácticos de la luz atlántica. De ahí el drenaje maravillante de cada ola, los alisios mayúsculos, el clímax aftersun.

JUEGO de manos, Mezclar la baraja con un sonrisa cómplice, escoger al azar del múltiplo indefinido, picas bastos reyes. Se hace el silencio por boca del mago. Fingimiento sorpresivo, chance fenomenológico, chamanismo de café Paris.

YO también creo en el jaguar, los cóndores y la araucaria. Asir el supremo elemento de la vida toda, sus cuatro primas matéricos, para un diván particular, ya mismo el rabo de nube, aguacero en venganza, este cuaderno de poeta reciencasado.



(...)
Samir Delgado, Cuadernos de viaje, 2015


jueves, 12 de marzo de 2015

Matkat /Viajes (I) Diario de poeta reciencasado


Pitsibussi' (OTTO) Circulo de Bellas Artes, 2009

                                                                 A Esperanza

EL SOL amanece sus mejores galas. Hacer la maleta en un pis pas tiene su arte. Escoger con justa predilección aquellas prendas que nos hacen ser uno mismo. Apagamos las luces de casa a ciencia cierta, sabedores de que el retorno venidero, hace de la vida un viaje permanente.

LOS SILENCIOS del hogar durante la ausencia nos parecen imposibles. Sus narraciones no serán añoranza del futuro. Pienso lejos de casa en el día a día, igual que el guión de un película superstar. Y en cualquier momento detener la cámara para los deleites pasajeros, las fugas insospechadas, los trances apetecibles. Nunca sabemos con certeza el destino de cada hora siguiente, por eso en la escritura hay un latido que persevera las esencias con atisbos de eternidad.

A RITMO de jazz en el AVE con destino a Córdoba. El vaho matinal confunde los sentidos interiores de los campos de Castilla. En sus haberes cervantinos parece intraducible la cosecha. Así es que cuando cruzamos un túnel la oscuridad es intransigente. Da exactamente igual el foco de nuestra atención: un libro, la televisión, el sueño momentáneo. Durante el trasvase de luces la realidad prosigue adentro con una densidad austral. Nada parece fuera de la historia del viaje.


EL PERFUME virginal del Guadalquivir tiene algo de lo marítimo insular. Me dicen que huele al zumo de las aceitunas. Tal vez sea la cercanía universal del agua eso que hace similar la concordancia del espíritu líquido. He visto de lejos las ruinas matinales de otro Danubio azul. Sentir de primera mano sus ecos abisales. Una misma luz primitiva que se niega a la desaparición.

GÓNGORA HOTEL. La sorpresa gratificante del poeta en medio de la errancia nocturna. Con el regusto al vino cordobés la despedida parece un duelo antiquísimo. Esa cercanía honda del recital matutino en la fuente de la casa árabe. Aquí todavía la luna de Al-Andalus conserva sus quimeras irrepetibles.

GORRIONES en el aeropuerto de Sevilla. Atraviesan con sus trinos los ventanales futuristas. Sentí de pronto una urgencia física por echarme a correr, frente a frente, con el extraño retorno a la ciudad natal. Cuanto dejé atrás me impulsa al infinito.

UN SUEÑO de isla: el sueño hecho piedra.



Por fin Hotel Madrid habitación adentro: guirnaldas de tiempo proseguido, alfombras coronando las intermitencias nocturnas. Aquí el atardecer acumula las únicas distancias soportables. Escribo matkat: viajes en finés. Los umbrales del tiempo en otro idioma. La vida toda en los límites del verbo. Agua alrededor igual que una quimera cierta. Una infancia tardía que puede recuperarse casi de inmediato. Lanzarse al agua, en la playa deseada, para la concurrencia de los fríos atlánticos. En seco, al estar descalzo, todavía las olas vienen para uno solo. Malecón. Apenas un vistazo de improviso. Haberlo visto antes igual que en sueños. Su prolongación matérica. Como en el Diario de un poeta reciencasado de J.R.J, el mar hace de las suyas para la evocación total de todo cuanto somos. Ver la isla por sus ojos. Cada gesto aclimata las confidencias venideras. Y así lo convivido será doblemente bello.


CON AMIGOS a la mesa. Potaje de berros y tacos de pescado como menú casero. El vino de El Hierro brinda sus sabores intangibles, la noche tiene un final agrandado por la despedida, su conclusión de besos entrañables. Desde el hall del hotel la luna –diosmiolaluna- es un presentimiento dulce que se sabe inigualable por infinito.

            ME declaro devoto de Santa María de la Buena Esperanza.


TRIANA. La calle comercial hace de la realidad un infinito de posibles para la experiencia de estar en el centro. Por eso la ciudad reúne para sí tanta dispersión necesaria.


EL AZUL siempre. Always blue. Vista la isla en la lejanía. Sus contornos ofrecen un banquete de luz, las miríadas atrayentes del ser in situ padorniano. A veces la propia perspectiva queda en el olvido durante el viaje. Ensueño vitalicio.


ATELIER des fous. Tamarindo. Buho jazz. De nuevo la ciudad universitaria en sus parcelas simbólicas para la rememoración futura. En la misma tanda imaginaria el vino italiano del recital, la cena frutal amorosa y las luces noctámbulas que hacen que ella parezca un sueño del presente.


PUERTO de la Cruz. El sol enseñoreado sobre los azules & blancos. La compañía cercana amplia el círculo de concentración mínima. Transcurre la mañana entre planisferios marítimos y laponias extraordinarias. Luz por doquier.


CALIMA tinerfeña. Las toallas blancas tendidas al infinito matinal. Dulce de guayaba durante el proceloso rumbo del tranvía. Volver a los tubérculos urbanos de Aguere. Apenas ya fuera-de-mi-tiempo.



(...)

Samir Delgado, Cuadernos de viaje, 2015