viernes, 10 de septiembre de 2021

"El valor de un libro de poemas sobre la pintura, se trata de romper el cerco de la mudez y de la indiferencia" Sobre el libro "Jardín seco" (Editorial Bala Perdida)

 

  

El libro "Jardín seco" precisamente responde a una ética del paisaje y de la biodiversidad que se transparenta en un mosaico de imágenes que conjugan ríos, horizontes de luz, soles nocturnos. Todo un imaginario sobre el entorno natural de los paisajes de Castilla y la figura universal del artista Fernando Zóbel (1924-1984)


Hay un concierto para piano y orquesta del compositor español José Luis Turina que recomiendo mucho a la hora de profundizar en la pintura de Fernando Zóbel. Cuando escribí el libro "Jardín seco" tuve ocasión de escuchar esa música de fondo, a más de diez mil kilómetros del Museo de Arte abstracto, era un modo esencial de recuperar ese vértigo íntimo que proviene de la contemplación en vivo directo de las abstracciones del río Júcar, del ornitóptero y otros cuadros trascendentales del artista. Ya son multitud de generaciones de visitantes del Museo que han presenciado el hechizo de las Casas colgadas y las pinturas de Zóbel, de algún modo hay una eternidad visible en el vínculo del artista con la ciudad, ya no se entienden ambos por separado, es el encanto de las vanguardias y de las tradiciones en la cultura y el arte, al final la historia también se pinta y se escribe, las creaciones permanecen con mayor solidez que los vaivenes de la política y de las instituciones.

Desde la primera presentación del libro en la Embajada mexicana de Madrid, en octubre de 2019, tuve la sensación de que el poemario iba a tener un largo recorrido, en 2024 se cumple el centenario de Fernando Zóbel y para entonces cada libro sobre el artista adquirirá un valor esencial. Hay varios libros descatalogados sobre la pintura de Zóbel que vale la pena rescatar también. En este caso, un libro de poemas se escribe en absoluta soledad, y en el diálogo con la pintura se produce una atmósfera de relaciones y confluencias, de sentimientos y percepciones que van más allá de la pura interpretación de los colores y de las formas. Creo que un libro de poemas sobre pintura evoca el derecho a la libre interpretación del arte y al infinito de posibilidades que hay en la experiencia del hecho artístico, es un reclamo de los imaginarios y de la riqueza del lenguaje. El valor patrimonial de los museos hoy también cuenta mucho, a la hora de asumir mi dedicación a la escritura poética sobre pintura,  considero los museos como espacios de consagración al silencio de la belleza, al compromiso con un mundo mejor lleno de significados y de musicalidad. Y el libro "Jardín seco" precisamente responde a una ética del paisaje y de la biodiversidad que se  transparenta en un mosaico de imágenes que conjugan ríos, horizontes de luz, soles nocturnos. Todo un imaginario sobre el entorno natural de los paisajes de Castilla y la figura universal del artista, a quien se rinde homenaje con la puesta en escena de una voz en off que se acerca al volumen del susurro y de la confidencia. Los poemas aspiran a la misma gravitación que las creaciones plásticas, el libro en sí mismo es un diálogo poético sin límites, en la orilla del río, frente a frente con la pintura.  

Cuenca atesora como ninguna otra ciudad el imaginario crucial de toda una generación de artistas que marcaron un sello de identidad y un legado en el proceso de transición democrática. La fundación del museo fue el obsequio del artista a la posteridad y su pintura goza actualmente de un reconocimiento importante que se va a acentuar con la próxima aparición del Catálogo razonado de su obra, impulsado y promovido por instituciones como Fundación Juan March y Ayala Foundation, la Fundación Azcona y los herederos del artista. Y ha sido escrito por el crítico de arte Alfonso de la Torre, autor del prólogo de "Jardín seco".

La labor investigadora de Alfonso de la Torre en torno a la generación abstracta de Cuenca ha sido vital para la memoria y la preservación de una época que, a mi modo de ver, constituye la mejor forma de universalizar un lugar como Cuenca en el panorama contemporáneo. Fue un hito que se resiste a la extinción de sus mejores momentos, por eso cada visita al museo de arte abstracto es una garantía de futuro, para que las jóvenes generaciones conecten con el potencial irradiante de una pintura abstracta y del aura contemplativo que se genera en esos instantes. El impacto de las nuevas tecnologías y los excesos del consumo de información a través de las pantallas están dificultando la mirada y la experiencia del arte, las personas prefieren sacar fotos en lugar de ver las obras, de ahí el valor de un libro de poemas sobre la pintura, se trata de romper el cerco de la mudez y de la indiferencia que la sociedad de consumo expande en los modos de relación humana con la naturaleza, la vida o el arte.

Ahora que se cumple un nuevo aniversario natalicio del artista Fernando Zóbel, la proyección del libro de poemas sobre su pintura tendrá un ritmo natural y se espera que pronto pueda ser considerado en los institutos de bachillerato, para que pueda leerse en una asignatura y se pueda debatir en clase, hablar de arte y poesía en el ámbito académico seguirá siendo esencial para tener una educación de calidad, en valores y en sensibilidades, por eso los museos y los libros, la mirada poética y el conocimiento del arte me parecen cruciales para que la deshumanización de la sociedad no sea irreparable. Además del libro "Jardín seco" hay otras publicaciones dedicadas a artistas de la generación abstracta, como por ejemplo Manuel Millares, a quien dediqué un volumen editado por el Gobierno de Canarias en 2016. Espero que se pueda volver a publicar con el apoyo de la Diputación de Cuenca. Ahora realizo el bosquejo de nuevos libros sobre pintura, la obra de Antonio Saura tiene un poder de imantación sobre la realidad actual que me parece improrrogable, de hecho va a ser un periplo de toda una vida que ya he asumido para siempre, escribir sobre pintura y habitar los cuadros desde la creación poética. Es un modo de permanecer en Cuenca desde la residencia en América.

Como el concierto de piano dedicado a Fernando Zóbel siempre habrá en un libro de poemas un momento secreto para el recuerdo, para la evocación y el ensueño. Es la vida de un río que podemos sentir como propia, así pintó el artista la belleza de la ciudad y de su luz, desde la memoria.

 

Publicado originalmente en Enciende Cuenca, 2021


miércoles, 1 de septiembre de 2021

"Las cartas de un artista" Daniel Venegas, joven pintor duranguense en Alemania

 

Estudio del artista Daniel Venegas Larreta en Dresden (Alemania)

La constelación de jóvenes artistas mexicanos que cruzan el Atlántico para encontrar un futuro en la Vieja Europa 


Hay unas cartas del artista mexicano José Clemente Orozco que revelan la vida del pintor durante su estancia providencial en la ciudad de Nueva York. Hace cien años del testimonio que atraviesa el alma de Orozco, el frío puede tocarse en aquellas cartas destinadas a su amigo Jean Charlot. Hoy en día se escriben mails y la comunicación instantánea ha modificado los modos de relación entre las personas. Sin embargo, la vida de los artistas parece que no cambia demasiado en el transcurso de los siglos. Frente al silencio cósmico del blanco de los lienzos, un pintor mexicano siempre tendrá un mismo pulso, desde los murales de Bonampak al hiperrealismo dominante en el panorama artístico de lugares como Durango, la ciudad de los hermanos Revueltas, el mezcal y los alacranes.

En febrero de este año, el joven artista duranguense Daniel Venegas Larreta inauguró una exposición en el Instituto Ars Avanti de Leipzig, una intervención en el espacio de la galería localizada en la Escuela de Diseño alemana, con otras cartas puestas sobre la mesa. Se trataba del juego de cartas de la conocida lotería mexicana, puestas en posición de pirámide, cada carta era una versión imaginativa en técnica mixta del joven artista que conectaba con el imaginario simbólico de su tierra. Las cartas de la copa, el chamán o la catrina se ilustraban de un modo sugerente y atractivo, ante los ojos del habitual visitante sajón de los museos alemanes, donde las obras que proceden de México conservan un poder de irradiación y de magnetismo ancestral, un sol del país de Frida y Diego que alterna lo real maravilloso con la contundente realidad sociopolítica de su historia reciente.

Daniel Venegas cruzó varias veces el océano para desarrollar un intercambio académico internacional en la Universidad de Castilla-La Mancha. Como otros artistas de Durango, por ejemplo el pintor Edgar Mendoza, ha encontrado en el destino europeo un futuro prometedor para desarrollar su vocación más profunda, pintar y vivir, vivir para pintar. Además de tatuador y escultor, ha incursionado en proyectos artísticos con exponentes de su generación de la Escuela de Pintura, Escultura y Artesanías de la Universidad Juárez de Durango. Aunque la carrera artística se hace en solitario. Y desde su estudio en una antigua fábrica de la localidad de Dürrröhrsdorf-Dittersbach, en plena Sajonia suiza, comparte las horas de creación junto a la artista alemana Jenny Hoffman. Ambas vidas se cruzaron en México cuando la artista desarrolló una residencia en la ciudad de Durango, exponiendo en el Museo Palacio de los Gurza en el invierno de 2019.

Las cartas de Orozco en Nueva York concluyen de modo precipitado cuando el pintor relata que ha recibido un encargo en Guadalajara. Una huella de la vida de Orozco que desentraña el paso de gigante que supuso para su trayectoria vital el proyecto del mural del hombre en llamas en la Capilla Mayor del Instituto Cabañas, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1997. El artista regresó a su país y Nueva York significó siempre el mundo, la civilización, el lado de la historia personal que se lleva por dentro para afrontar el destino. 

El artista Daniel Venegas pinta en su estudio de los bosques de Sajonia cuando en México se duerme, por la diferencia horaria es como si el artista viviera durante las horas del sueño de su ciudad natal. Cuando todo es silencio en los alrededores del Parque Guadiana y el amanecer despunta sobre el Cerro de los Remedios. El joven pintor tiene todo el futuro por delante y las cartas están echadas. Se vive para pintar y se pinta viviendo.


Daniel Venegas (Dresden, 2021)

   


 

viernes, 20 de agosto de 2021

Esta luz que arde. Sobre “Pintura número 100. César Manrique in memoriam” Por Lucía Rosa González

 

Portada del libro 


Reseña, XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales

Si en Celan las palabras transgredían la realidad para crearla, en el caso de “Pintura número 100. Manrique in memoriam”, el poeta atraviesa los lienzos del artista lanzaroteño, absorbe su esencia y traduce no el lienzo sino el impulso del instante contemplado. Los poemas de Samir Delgado dan testimonio de ese acto íntimo, profundo, como si viese los lienzos a través de un caleidoscopio. He aquí el enigma; cómo de hondo fue el encuentro con la obra de Manrique para que se proyecte en el poeta la necesidad vital de trascender poéticamente tal revelación existencial.

En “Pintura número 100 Manrique in memoriam”, Premio Internacional de Poesía Tomás Morales 2019, dividido en seis apartados muy significativos («el sueño», «la pintura», «los volcanes», «fósiles», «la isla» y «el artista»), el insaciable universo poético de Samir Delgado interpreta el arte de César Manrique que ahora es doblemente inmortal. 

En las intensas páginas de esta celebración poética da la sensación de que la sensibilidad del autor se anticipa a lo que los sentidos perciben. Y esta mirada imaginativa explosiona y acontece en un trance verbal como si la palabra no hubiera existido antes: “En una sola letra cabe el destino/ de todos los blancos de la nieve / La soledad del artista se alimenta / del fuego nocturno de las sombras”.

Porque la isla tiene manos y ojos, pero también la escultura o el cuadro y quien pinta la isla, una fusión tridimensional de seres que se transfiguran en sonido, ese otro ser que emerge y fluye con vida propia en la voz indispensable del autor que llega al rescate de la isla mediante el arte. Y es una voz que anda y respira y, si le cortaras las piernas que despliega, no trastocaría el rumbo porque ya es raíz germinada y bebe la ebriedad de la llama en la matriz de la isla engendrada.

Tal celebración sonora del color da paso a la herida del color, como si Samir rasguñara la sustancia de la luz que desprenden los seres que pueblan la mente poderosa de Manrique y los engullera; ¡no!, como si los mordiera y nos los devolviera trascendidos por medio de la saliva de la memoria: “Las manos de César encienden el lenguaje secreto de la noche de un bosque en las estrellas”.

Esta luz que arde en los primeros apartados de “Pintura número 100” se condensa y oscurece en “Los volcanes”, pero no se cierra del todo para dar paso al silencio, y en este ambiente de indagación en la negrura, la potencia de la lava aparece sin nombrarla y sucede y se entrega desnuda al lenguaje. Hay un encontronazo vibrante del paisaje con las palabras; un ejercicio de mimetización recíproca del lienzo con el paisaje y del paisaje con el cuadro, procedimiento visible en los poemas “Quemadas”, “Soo”, “Tinecheide” o “Tobas”. 

Con un lenguaje desgarrado irrumpe el clímax en el conjunto de poemas de “Fósiles”, animales ancestrales empotrados en la lava que recreó Manrique, quien afirmaba que “la muerte que es las huellas de la vida es vida también”. Conmueve el poema “Torso enterrado”, colores sobrios, duros en el cuadro de Manrique, que en las páginas habitadas por “El torso” en Samir se tornan abrupto silencio, silencio estrujado: “El sueño de un pergamino de la lluvia en la noche del espanto que maúlla al olivar este silencio cielo arriba”, sucesión de imágenes que se besan encadenadas, sin tregua, en las que se presiente el conflicto, el duelo del arte que se revuelve a trozos en el interior de la tierra. 

Pero algo que es para siempre debería estar vivo, en lo oscuro; quebrado el aliento, brega el arte, se desprende de labios, pechos, mente, desenterrando al fin el alma que permanece sin los huesos en la voz tan personal y necesaria del poeta que va del drama del enterramiento a la percepción de la muerte, de la que extrae no el bramido sino el timbre del bramido, su eterna resonancia. 

Y además erupciones, lava que se derrumba y entra en ti como el hambre; versos eléctricos lo mismo que chispazos para que te vires y vuelvas de nuevo a leer el texto. Esa es la poesía de Samir Delgado. Y el poeta en su interior como las venas: “Llévate contigo la naranja y el volcán porque después de ti toda la luz volverá a ser la lluvia”.  


Lucía Rosa González, poeta y dramaturga

Los Llanos de Aridane, La Palma, 2021




jueves, 15 de julio de 2021

El retorno de la pintura. José Martín, un artista fuera de serie

 

Tumba del artista en el Cementerio de Tazacorte


El conjunto de cuadros de José Martín que se exponen en el CAAM hasta finales de octubre supone una especie de arqueología del arte canario contemporáneo. El comisariado del rescate de la pintura de José Martín, a cargo de Celestino Celso Hernández por encargo del CAAM, ha sido una labor de compromiso y un acierto trascendental


Toda la belleza que no fue un día encuentra su lugar en la pintura. El arte ha sido en todos los tiempos un espacio único para desvelar esencias y encrucijadas, cada país atesora en su tradición artística un cúmulo de referencias que valen para establecer un espejo de su historia. Así la pintura ha tomado la forma del retrato, de la fundación de los paisajes y de la reivindicación de los sueños individuales y colectivos. El crítico de arte John Ruskin dedicó toda su vida a coleccionar pinturas de Turner y escribió todo lo que se podía decir de las nubes y de los atardeceres en la obra del genio que donó sus cuadros a la nación inglesa y que ahora representan la reliquia de la luz y de la pintura en una posmodernidad pandémica.

La obra de arte tiene un valor documental, estético y de evocación para la sensibilidad humana. Las islas en el devenir de los siglos han tenido en la pintura uno de sus mejores valores de representación, desde los aborígenes a las vanguardias, de la cueva pintada a las casas de colores de Jorge Oramas, nuestra identidad se sostiene en el patrimonio de los colores y de las formas, la belleza ha sido un destello fulgurante que late todavía en los volcanes de César Manrique o hasta en las arpilleras de Manolo Millares. Como dice el filósofo coreano Byung-Chul Han vivimos una crisis de la belleza bajo el dominio de lo digital, que solo aspira al me gusta publicitario, hoy el consumo de imágenes hace imposible cerrar los ojos, esta frase vale para el nuevo siglo y hay pinturas que más allá de los museos y de las postales, reviven en quien las mira el hecho de estar vivos, son trascendencia y sucesión, magma de lo humano que constituye los imaginarios, la libertad.

La recién inaugurada exposición de pintura del artista palmero José Martín, en el Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas de Gran Canaria, representa un hecho singular sobre las posibilidades de reescribir la historia del arte en las islas y del mar abierto que supone la creación plástica de nuestro archipiélago para los hallazgos y los mitos en un tiempo marcado por el colapso y la incertidumbre. El artista Pepe Torres, como se le conoció en su pueblo de Tazacorte, descansa en el cementerio municipal de la isla bonita desde 1996, allí hay una placa conmemorativa de su fallecimiento que reivindica su figura. En el Ayuntamiento cuelgan algunas de sus pinturas junto a piezas de Bruno Brandt, como un reclamo postrero de sus personalidades auténticas. Hay en sus obras una frescura y un potencial evocativo fuera de serie que no participa de modas y tendencias, su vida de leyenda no aparece en los manuales de arte oficial y como muchos creadores de las islas, hizo del silencio del volcán su propio destino, el único modo de sobrevivir era pintar.

Hubo también en la historia de la cultura y del exilio otro artista de nombre Jusep Torres, de segundo apellido Campalans, inventado por el escritor Max Aub en una de sus mejores novelas y que según se creyó realmente había formado parte del nacimiento del cubismo en París y se refugió en las selvas de Chiapas. Nuestro artista palmero, Pepe Torres, lejos de la ficción de la novela de Max Aub, vivió parte de su vida al socaire de la luz de Tazacorte, un pueblo y un puerto en el mapa del atlántico, hay posibles dibujos suyos en las paredes olvidadas de un antiguo almacén del municipio palmero que peligra por el impacto de unas obras de carreteras, y que por iniciativa local, se defiende para ser declarado Bien de Interés Cultural.

El conjunto de cuadros de José Martín que se exponen en el CAAM hasta finales de octubre supone una especie de arqueología del arte canario contemporáneo. El comisariado del rescate de la pintura de José Martín, a cargo de Celestino Celso Hernández por encargo del CAAM, ha sido una labor de compromiso y un acierto trascendental, no solo para visibilizar el legado artístico de un creador canario que habitó en los tiempos de la dictadura y de la democracia con un mismo latido de resistencia y de marginalidad, sino también para incidir en el paradigma del arte insular como espacio de escritura de nuestra propia historia y el lugar del museo como signo democrático y de ciudadanía.

En la pintura renace el tiempo de los ojos que descubren por primera vez el mundo, tan sumergidos como estamos bajo el imperio de la pantalla como canon de la verdad, los cuadros de Pepe Torres insinúan la profundidad de los cuerpos y de la luz, el detonante que supone la imaginación para la vida, el artista vivió entre la espada y la pared con los colores como único sustento, llegó a falsificar billetes con una maestría de película y padeció prisión. De su pueblo era también el pintor Cándido Camacho, artífice de la generación del 70, de Pepe Torres habla el artista en uno de los pocos textos de su autoría que permanecieron tras su fatídico accidente de tráfico en 1992. De su puño y letra nos llega la confesión de la influencia iniciática de la personalidad de José Martín. Hay una fotografía de Domingo Vega en la que se ven juntos a los dos artistas, estaban en la isla y el mundo provenía de muy lejos, hacia sus pinturas, los cuadros que podemos mirar todavía como se miran de noche las estrellas, en silencio, igual a como solamente se puede pensar la muerte, o la belleza de los horizontes del pasado o la paleta de un pintor.

Publicado originalmente en Canarias 7

lunes, 14 de junio de 2021

“Arte de la memoria” Reseña del libro “La carta de Cambridge” por Mariano Castro

 



Por Mariano Castro
Director de la Casa del poeta de Trasmoz

Escritura rota, fragmento, quiebra de la linealidad espacio temporal como manifestación de un aliento con residencia en la singularidad y proyectado hacia lo eterno universal.

Un fingido balbuceo rompe el orden de una sintaxis que desmiente el lenguaje prefijado y fijado para elevarse hacia la cima de un sentimiento pensado, de un pensamiento sentido, justo en el instante de la aparición del signo.

Habla la luz, claman los colores, las sinestesias bordan el mapa machadiano donde se inscriben los topónimos de una aventura fantástica y real. Una realidad –dolorosa realidad- cuyo rostro transformado exhibe las arrugas de los sueños –estamos hechos de la materia de los sueños, advirtió Shakespeare-, para mejor nombrar aquello que nos hace y nos deshace.

La escritura, nos dice Samir Delgado, en un sustancioso texto liminar, constituye una materialización del sueño y la esperanza habita el tiempo de las islas del exilio. Exilio, el de Antonio Machado como paradigma de la barbarie, pero exilio también el que todos vivimos por nuestra condición de extranjeros. Somos extranjeros incluso para nosotros mismos. Parece un chiste malo o una inoportuna y grosera broma esta última reflexión al contemplar la tragedia de Machado, mas tengo para mí que Samir prolonga la condición y extrañeza del ser humano desde una crítica social profunda y poco convencional hacia territorios ontológicos donde muy bien podría resonar la palabra de otro gran desubicado, el poeta egipcio francófono y ciudadano francés, Edmónd Jabès. En Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato, proclama: “Aquello que ve la luz es extranjero a la luz misma”.

Pedro Garfias, otro exiliado, escribe: “Qué cerca de tu tierra te has sabido quedar”, y Delgado nos lo recuerda en el epígrafe de Retourner, primera sección del libro La carta de Cambridge. Lo imposible que se vuelve inevitable, dice Juan Larrea en ese mismo epígrafe. La proximidad, tan sólo la cercanía –una cercanía indeterminada y fiada al albur que tropieza con fronteras y pasos clausurados- como único refugio y morada posibles. Las migajas como lecho para el descanso tras una búsqueda indesmayable.

Pero ¿qué tierra es esa que te ha expulsado a la vecindad?

La poeta portuguesa, Ana Luisa Amaral, recientemente galardonada con el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana –y que, por cierto, fue publicada por primera vez en español, por Olifante, la misma editorial que ahora da cobijo a esta luminosa en la oscuridad Carta de Cambridge- afirma, decía,  que “la misión de la poesía, si tuviera alguna, sería preservar memorias”. La escritura de Samir Delgado, no sólo preserva las memorias, sino que las aviva, las enciende y claman frente a los terribles muros de silencio, frente al oído ciego y el ojo sordo.

¿Qué tierra es esta –otra vez y mil veces más- que te ha expulsado? ¿Qué esperanza te queda? ¿Y qué esperanza queda para aquellos que no sufren el sufrimiento de los otros?

Arte de la memoria, Delgado abre también, no ya una memoria individual, un espacio inútil de recuperación de la experiencia solitaria de una subjetividad siempre precaria, sino que convoca a otras voces, una gran asamblea de ánimas, que conforman esa verdad que jamás puede alcanzarse de una vez por todas, como nos enseñó Esquilo en su Prometeo. Hasta sesenta y tres de aquéllas comparecen en el libro para dar cuenta, para presentar los distintos matices, planos y facetas de un espacio donde, cabe al pensamiento, se excita el movimiento emocional, la purga del olvido.

Corifeo en el centro de la Orchestra-escenario, Samir Delgado acuerda el registro de un contumaz desorden desde la conciencia clara de la magnitud del empeño que descansa en el ser del no ser, en la plenitud del vacío, en la locuacidad del silencio, en el salpicado de notas para una sinfonía que, desde siempre, se sabe incompleta, y, por eso mismo, tiende a la completitud. Esta es la inteligencia y la razón poética de quien, como Samir, puebla su universo con semejante generosidad. Otra paradoja más que nos atraviesa: la voz propia siempre se inscribe en lo común, en la expresión de lo colectivo. Sólo puede recibir quien sabe dar; sólo sabe dar quien puede recibir; sólo puede escribir quien se atreve a escuchar aun con el riesgo de ser tachado, borrado, diluido.

Portbou. Antonio Machado. Corpus Barga. Dos fotografías para la desolación. La imagen del sufrimiento callado, la vejez anticipada, el aniquilamiento. Ya no hay camino, piensa Concha Zardoya, para el poeta que hizo del camino existencia y metáfora universal.

“El tiempo detenido de ayer en la frontera”, escribe Samir, y continúa: “volver a sentir el periplo vital / frente a su réplica en la pantalla //  bajo el impulso inmediato de la mirada / hacia el horizonte de aquel mismo cielo / que fue el tragaluz del último mar // es la terateia: la maravilla del encuentro de la voz / en el eco de cada palabra revivida”.

 Respira la palabra. Autarquía de la palabra. Autarquía del mar y del poema. “Y en cualquier instante puede llegar el poema / como un naufragio de Turner / / desde la autarquía del mar / anochece el hotel Bougnol”, nos advierte el autor de La carta de Cambridge.

Las palabras saben de nosotros lo que nosotros ignoramos de ellas, escribe René Char. El poeta francés sabe también que la poesía es palabra en el tiempo. ¿Un tiempo extinto o un tiempo no iniciado, o tal vez siempre reiniciado en el poema?

Todo está siempre abierto a los días azules. Respira la palabra, y Samir Delgado acompaña ese flujo lingüístico y, sencillamente, permite que se exprese. En la página, él es una tachadura. ¿Qué movimiento es éste que armoniza el caudal rítmico con la materia conceptual? Todo tiene en La carta de Cambridge una libérrima naturaleza musical y pictórica, que, afortunadamente, el poeta ha podido anotar. Y, sin embargo, en el libro conviven poesía, prosa, artículo y ensayo. Hasta la ficha artística de “Antonio Machado, 1966”, escultura del aragonés Pablo Serrano, se hace un hueco sin estridencia, en un libro inclasificable y absolutamente necesario.

Termino ya con la certeza de haber esbozado signos pobres e incompletos en la superficie de una mar inabarcable. Me disculpo por ello, mas diré en mi descargo, que en La carta de Cambridge, el final es el principio. Todo final auténtico es el comienzo de un tiempo no iniciado o siempre reiniciado como más arriba dije. Así es, alimentado con una extraordinaria estructura circular, en este libro.

Acepten, por favor, esta aventura, este viaje iniciático, exploren los límites de la palabra, del ser, de la existencia, gocen con la belleza de la mano de un poeta que honra, sin ninguna duda, la memoria de nuestro Antonio Machado más universal. Ojalá que los dioses concedan a Samir Delgado honra semejante.

Zaragoza, junio 2021


sábado, 15 de mayo de 2021

Cuaderno de Garafía (Diario en la isla pintada)

 

Petroglifos de Garafía, fotografía del autor


Diario en la isla pintada

A David Guijosa, en su cumpleaños

I

 

EL RETORNO a una isla es otra nueva oportunidad para ver distinto, renacer del ojo a la luz del mar, venir de afuera para ser cicatriz encendida, cuerpo que se vuelve interior propio. Se llega a Garafía atravesando el norte palmero, incursión a deshora, vaivén diurno, movilidad del bosque a través del cristal. He contado tres túneles antiguos de roca, a la suerte del milagro, atravesar ese silencio nos devuelve a los siglos, un hilo mínimo de sensación del sacrificio ajeno y lo portentoso de vivir la lejanía y todas sus estrellas. La llegada a la casa sucede con el chispeo de un bombillo que se prende al visitante lejano, el fuego cotidiano que dará cobijo y lumbre, una vez dentro mirar el azul doble, del cielo al mar, ese azul de vaho y penumbra, no todos los días se toca el paraíso con la yema de los dedos.  

DESHACER UNA MALETA tiene su arte. El conjunto de la ropa que se sabe de vuelta al juego de las sombras, siempre los armarios vacíos claman desde el eco de otra vida que proviene de un misterio irrepetible. Tras las primeras excursiones a la plaza y en derredor, este sol tiene la voracidad de un principio que no acaba, las paredes de blanco añejo son las nubes olvidadas de otras nubes. Casas derruidas y dragos solemnes quedan a mi espalda, la escarcha del atardecer templa el salitre y se hace momento cumbre para la contemplación y el despliegue de las zarzas y el caos. Por la vereda saludo al anciano que cruza y es silencio callado. Las campanas tañen.

NO HAY en Garafía ningún lugar fuera de la órbita del viento, descubrir el viejo molino con sus hélices marchitas hace de la mañana un paréntesis de soledades. Miro hacia el interior de la concavidad de la piedra que reluce y zozobra, otros hombres estuvieron en este mismo espacio que acompaña al mar extremo, mar del poniente, el que mira al nuevo mundo. Devolver la mirada repetida a este páramo de luz contrae en el pecho un volumen cósmico de violetas encontradas. El barranco se deshace en piedra, está hecho de un clamor violento y se disipa en intemperies y huellas. Llegar entonces al petroglifo, a la señal dibujada, al picado de espirales, a esta roca que habla el idioma del mundo.

QUERER la isla tiene un sentido de pertenencia que se hace de años, provenimos de ella y a ella nos debemos. Lejos de la nostalgia de pretéritos es más un añorar futuro, un saber íntimo de que vendrá otro tiempo y no estaremos y todo será isla otra vez. Y somos quienes estamos ahora después de otros que fueron y era la isla también. De la isla se sabe lo que hay por la luz, esta luz insomne del azul, que nos avisa de otra parte que está bajo el mar, otra isla en sueño, esa misma que no se ve pero está, y es destino antiguo. La primera noche de Garafía eran sus estrellas, mirar arriba para renacer a su infinito. He visto el cielo nocturno de Benahoare y era la isla su confín, abrir los ojos a este cielo, dejarse estar como la noche en el mar.  


Samir Delgado, Cuadernos de viaje (2021)    


domingo, 25 de abril de 2021

"Las dos luces del faro” Una alegoría atlántica del amor (Sobre la pintura de Juan Hernández)

 

Obra de Juan Hernández, Serie Poemas del Faro


Conferencia dedicada a la obra del artista canario Juan Hernández (1956-1988) en Casa-Museo León y Castillo, Cabildo de Gran Canaria

Fue Juan Hernández el artista del desparpajo, yo lo siento así cuando veo sus Poemas del Faro que tratan sobre la sombra luminosa de un estandarte y de un símbolo que ha formado parte de mi propia educación sentimental, mis primeras memorias infantiles están marcadas por la intermitencia de su luz, a él acudo en la búsqueda incesante de una verdad donada que es experiencia común, la belleza de las islas, esta luz de volcán que sigue siendo un hábitat para el ensueño, como los atardeceres de Turner que algún día veré, pronto, en su pintura, porque la realidad es más real en los cuadros por ser imágenes que imantan vida, quien mira da vida a lo mirado, como la pintura sacra que nos ofrece la misión del evangelio y el mensaje divino, la obra plástica contemporánea nos brinda para la encrucijada digital del nuevo orden mundial un recordatorio de que ver, es algo más que consumir, verse viendo es un espacio de reflexión estética y de resurgimiento del sentido, por eso se pinta y se escribe, por eso el Faro de Maspalomas evocó en la vida del artista una visión y un motivo, el primer indicio de vida, la luz de un faro, la noticia de tierra firme, de un lugar para el hallazgo y el retorno, aquello que se ve de la isla en la lejanía, lo primero y lo último de todas las existencias, luz propiciadora, luz de la conciencia y del límite, espacio sideral, noche estrellada


Hay una pintura de Turner, el pintor inglés, que trata sobre el Faro de Bell Rock en la costa escocesa del Mar del Norte. Tempestad oceánica y luminosidad pétrea en el lienzo del artista que donó toda su obra a la nación y fue descrito como el padre del arte moderno por el crítico John Ruskin, autor que escribió durante toda su vida sobre los cuadros de su compatriota. Ha venido conmigo desde México su libro dedicado a Turner, el artista que se ató a un mástil de barco para vivenciar una tormenta en alta mar y quien después de haber visto un barco naufragado nunca más pudo regresar a la contemplación de un navío sin esa herida de la tragedia humana. Viene conmigo el libro porque uno de los propósitos esenciales de mi viaje de retorno y visita a las islas pasa por la posibilidad de ver un sol de Turner, en tiempos de pandemia me pregunto si la idea de un atardecer, de un amanecer, pueden resistir en su plenitud liberadora a un encierro de la vida que ha puesto en jaque el modelo global de existencia en el último año. Quiero ver un sol de Turner en sus pinturas. El arte además de representar la realidad, de trasladar la naturaleza con sus formas y colores al espejo del lienzo, también es capaz de eternizar la vivencia de quien pinta a sus congéneres vivos y a futuros habitantes del planeta, la pintura metaboliza y se hace imagen, carne de imaginarios, memoria viva del acontecer. Mimetiza y trasciende, no ha sido otra la huella radical del arte en el transcurso del siglo XX, la creatividad se constituye en reclamo utópico y en modo de denuncia, el dolor y la belleza han ido de la mano. Por eso mi deseo de ver una pintura de Turner se parece a la necesidad de recuperar la fe, tengo la certeza de que solo el arte nos salva y desde Egipto a nuestros días la única forma de eternidad se dibuja y se escribe.

Quiero compartir con ustedes durante esta velada de la Casa-Museo León y Castillo, dedicada al Faro de Maspalomas que comenzó a destellear en el año de 1890, un sentimiento de fascinación y de recuerdo sobre la figura de un artista y de una generación, y su patrimonio memorial que pervive en sus pinturas como una reminiscencia evocativa sobre la vida de las islas, sobre la insularidad universal que es la vía más rápida y efectiva de experimentar la soledad del universo, la orfandad y el destino de las existencias. La pintura, lo pintable y lo pintado suponen el espacio quintaesencial de las representaciones de la vida y del mundo que perduran y perviven y pernoctan en las culturas. Somos unas islas de creación y el ingeniero León y Castillo que pensó en sus dibujos la altura y la estructura de un faro internacional requería justamente de su imaginación para dar vida a la piedra y a la luz.

Así escribió: “afecta a una explanada de forma rectangular y mide 35 metros de ancho por 36 de largo, por el lado de la torre su perímetro es circular, concéntrico al de ésta, a fin de que resulte constante el ancho de 8 metros que ha de quedar entre el edificio y muros de sostenimiento de la misma. Esta disposición proporciona mucha comodidad a los torreros y reserva al edificio de las avenidas. La torre y la casa forman pues un solo edificio que ha de proyectarse con las proporciones convenientes para que resulte un conjunto armónico.” (Juan de León y Castillo)

Cuando el artista Juan Hernández pintó su serie de Poemas del faro, a mediados del 80, había en el sur de la isla de Gran Canaria un latido cosmopolita de millones de turistas que cada año vendrían a la costa más al sur de Europa con una motivación esencialmente mítica, vacacionar en el paraíso durante una estancia pasajera, esta es la verdadera misión de un lugar predestinado por los griegos, brindar el horizonte a la contemplación de la belleza. Y los artistas canarios, históricamente han sido los pintadores de cuevas, los pioneros de la geometría y de la sacralidad primitiva, en las islas se pinta desde los orígenes y el destino del arte puede llegar a ser la de dibujar mundos posibles, imágenes de la realidad que se realizan en la materia inextinguible de los colores y de las formas. El faro de Maspalomas, el sonido del mar de noche y la luz del día que ilumina como otro faro de la vida eran pintados por Juan Hernández en mis propios años de infancia, yo miraba y vi aquel mismo faro desconocido en su esencia, estrangulado por la presión demográfica, por el consumismo masivo, por el deterioro de una Charca y de unas Dunas que se estaban convirtiendo en una copia de sí mismas, en una reliquia para la memoria del lugar y solamente como sucedió en otros momentos de la historia, escribir y pintar aquella realidad era un modo de salvarlas.

En la década del 70 la democracia inicia su periplo en el archipiélago y los antecedentes históricos para el crisol de artistas que toman el relevo generacional son una dictadura fatal que resquebrajó los cimientos del progreso y de la libertad de la II República, con sus vanguardias y tendencias artísticas, y un páramo institucional que lejos de potenciar la ebullición de las libertades y la consolidación de nuevos proyectos de creación, instauró en el territorio de lo social una maquinaria dineraria centrada en la especulación total y en el mercado omniabarcante: el sur turístico proviene de una transacción económica multinacional a gran escala con expropiaciones de la tierra, turboconstrucción y deterioro exponencial que en todas las dimensiones de la isla, la económica y la de los valores, ha significado la producción de un espacio ficcional de recreo turístico y vacacional que tiene al Faro como fiel testigo del devenir.

Yo provengo de esa ciudad y soy nativo del mestizaje y de la conversión del paisaje en una postal, como en otros lugares del mundo en el proceso de modernización acelerada del período de las últimas décadas del siglo XX, Canarias atesoró en su haber un culmen democrático que se materializa en la Autonomía y una implosión de estéticas tardías que interaccionan con el Paradise devenido en establishment del cemento y las divisas. Quienes provenimos del sur sentimos el paraje y el entorno con un sentido extraviado de pertenencia, el desarraigo estructural y el desmedido proceso de estandarización turística nos ha arrebatado un vínculo y unas raíces que se hacen vitales para conservar la identidad y ejercer de modo íntegro nuestra propia alteridad para con el visitante. El Faro de Maspalomas es un símbolo del progreso y también de lo irreversible de una fase terminal de invisibilidad que supone el futuro. Los Poemas del faro, de Juan Hernández, la alegoría atlántica del amor, contemplan una caracola de los orígenes, la estrelitzia o flor del paraíso se yergue sobre el azul, una ballena blanca y un Cupido nos cuentan de un lugar y de una historia fundante, el artista lima asperezas con la angustia y con el pesar de un tiempo de hecatombe y nos regala su Faro que es roca arrancada del mar, la noche estrellada y la arena negra, los días y las noches del Faro del recuerdo, el mar quieto y el mar que suena, el Faro con nube naranja, el Faro azul y el de la nube, el Faro dorado y el ángel lezamiano, porque para mí todos los ángeles enseñan una de sus alas y sucede lo imprevisible de la imago, el azar concurrente, como el que nos une a un recuerdo y a una pintura, a una intimidad vivida que se comparte y se eterniza.    

Justamente en este periplo del Faro bajo las tenazas del turismo masivo se encuentra el origen de la realidad contemporánea de las islas, y es donde surge la poética y la plástica de Juan Hernández y sus compañeros de generación. A ellos me remito en esta hora, para poner en valor la riqueza de un patrimonio y de un acervo artístico que se ha visto relegado al coleccionismo privado y a una necesaria visibilidad esporádica en museos y exposiciones. El papel del arte en el decurso de la cultura custodia una protagonismo esencial en este archipiélago, con personalidades como César Manrique o Manuel Millares, de mis predilectos, se pone en evidencia que el atelier del artista es la propia isla y su memoria, el acontecer del tiempo de la cultura tiene un vínculo extraordinario con la producción de belleza y de delirio que hay en las pinturas, volvamos a Turner, no hay idea de horizonte y de paisaje que no esté vinculado a la propia plasmación pictórica del artista inglés por antonomasia. Y el horizonte suyo es el mío propio, en sus pinturas podré conocer aquella otra realidad de la que provenían los turistas, ellos también deben tener una memoria y un lugar de procedencia, lo que salva al mundo y lo que nos devuelve humanidad es precisamente el arte, la vivencia de estar vivos, ver y ser vistos.

De algún modo, por la gracia concedida del poder evocativo y trascendente del arte, en el Faro poetizado en las pinturas de Juan Hernández resuena las vivencias de millones de seres humanos, habitantes de Europa, que regresaron un día a las islas afortunadas para entrar al agua y desnudar sus cuerpos bajo el sol del atlántico, el artista desflora en su cosmovisión un sentido de la existencia universalmente deseable, alquimia del color. El poeta Manuel Padorno, que escribió un texto a propósito de una exposición antológica póstuma de Juan Hernández, a quien consideraba “el ángel deslumbrado”, es quien de manera más potente ha reflejado en su ontología atlántica, tanto plástica como poética, una vía de liberación para reconstituir un paisaje onírico y humano por medio de un proyecto vivido de creación de otra realidad, nomadismo de la palabra y de la imagen, azules padornianos.

Lo he defendido en varios libros a través de la escritura poética en diálogo con la pintura y mi propia experiencia creativa ratifica la seductora constancia de que la realidad del cuadro es tanto más real que la propia realidad porque es de un tiempo distinto al de los objetos y las cosas, pertenece al mundo de la imagen y de lo visible que perdura y es constituyente de las memorias colectivas. Lejos de un platonismo tardío, las Ideas en mayúsculas, las esencias de las realidades no habitan otro mundo paralelo y a distancia virtual del terrenal cotidiano, son las pinturas, las novelas y un poema, por ejemplo, quienes reflectan un sentido y una experiencia al ojo humano, el cerebro instituye la realidad y la conforma, en un proceso físico químico milagroso que nos dota de lenguaje y nos funda como entes vivos y dotados de entendimiento, de ahí que la imagen que evoca el verbo y el concepto que plasma una forma plástica conforman nuestras biografías, como dice John Berger, el teórico inglés, se ha mirado un cuadro de modo diferentes en cada época histórica, esta ha sido la evolución de los modos de ver que han tenido la perplejidad y la sorpresa como detonantes, y el gran desafío en estos tiempos de reproducción virtual y de repetición, de simulacro, es la propia posibilidad de mirar que se está viendo colapsada bajo el imperio de lo tecnológico. Yo quiero compartir aquí esta encrucijada providencial que nos atenaza y convoca el actual proceso de tecnologización: el Faro desaparece cuando la cuantificación imposible de su imagen se multiplica al infinito consumible y solamente puede existir el Faro si el aura de su singularidad permanece en los itinerarios del diálogo de lo humano, que ha sido esencialmente un modo de convivencia entre imágenes y sentidos de lo trascendente. El arte y lo sagrado han constituido en el desarrollo de toda civilización una manera de conducir las experiencias de la finitud y las apetencias de verdad en el espíritu humano, la memoria y los modos de representar la vida tienen un sustrato poético y pictórico sustantivo, confluyente y constitutivo para la dotación de vida de un cuerpo, de un ánima, alma o psiqué, de un ser viviente y existente que percibe, establece analogías y correspondencias, ve las estrellas y las pinta. En contraste, el modelo de subjetividad dominante está siendo configurado en un trato instrumental con el entorno, codifica los segmentos de realidad en función de lo consumible, es su relación objetual una apropiación permanente de los flujos de la pantalla, del escaparate y del menú de sobrevivencia que implementa el sistema capitalista, todo se rebaja a su utilidad consumible, el paisaje, una isla en peso, puede ser un espacio reconectable de sensaciones y experiencias a la carta, el no lugar dijo Mar Augé recientemente ya no es solo el aeropuerto, también la pantalla del dispositivo electrónico. La desaparición del espacio social circundante en el entramado arquitectónico de la ciudad turística global, donde todo es individualizado en el timetable vacacional y la masificación reproduce una ilusión de realidad más cercana a la videoconsola que se hace hipermundo, virtualidad y simulacro.

Cuando Peter Handke, Premio Nobel de Literatura, en su libro Doctrina del Sainte-Victoire expresa su derecho a escribir y la posibilidad de encontrar una imagen única en la visita al reino del pintor Cézanne en la Provenza, justamente pone énfasis en la evidencia de que todo está desapareciendo, sus recuerdos de infancia de unos cuadros y la fabulación de la imagen de la montaña Sainte-Victoire que permanece en las pinturas de Cézanne -dejó de pintar el motivo cuando llegaron las refinerías- posibilita activar la imaginación, el cuadro hace pensar y visitar el Sainte-Victoire a la búsqueda de los paisajes de Cézanne constituye un detonante creativo y una reconciliación, el juego mental que propicia el nunc stans o momento de eternidad. En su libro también menciona a Hopper, el artista norteamericano de las soledades industriales, en su pintura del Faro a dos luces, del año 1929, año del crack y la depresión, configura una imagen de composición geométrica y de perspectiva que supone un ejercicio iniciático del artista que más adelante realizará la radiografía del alma americana.

El Faro de Juan Hernández se incorpora a los anales del imaginario atlántico insular como una bocanada hechizante de luz que se resiste a ser mercadotecnia, es otro Faro que se opone al que ha sido un adalid en los libros de bitácora de la ingeniería civil y el símbolo del boom turístico. Creo que la maravilla y el portento ideado por León y Castillo tiene otros sentidos monumentales, si se convirtió en el insustituible rincón para las visitas guiadas de los turoperadores, fotografía de postal internacional para la promoción hotelera gracias a su atrayente aureola de baluarte arquitectónico, también hay otra luz y otra sombra de su verticalidad soñada por Juan Hernández, su luminosidad nocturna, resplandeciente, hipnotizante, huye del canto de sirena de la publicidad y de la promoción todo incluido, por la pintura se hace sobreviviente, desde la pintura habita su verdadero sentido.

Estoy convencido de que la figura del artista Juan Hernández, querida por sus amistades y referenciada en diversos estudios académicos que analizan y vertebran una perspectiva generacional sobre el arte de las islas de los años 70 y siguientes, renace en el instante de contemplación de sus cuadros y la proyección de su huella a través del imaginario de las pinturas repite la ecuación antropogenética que subyace al hecho poético y artístico de todos los tiempos y espacios: la mirada y la cosmovisión de un lenguaje propio hace del creador un hacedor de mundos, la creación lírica o plástica ha constituido singularmente los patrimonios intangibles y las creencias y juicios sobre la realidad y en torno a la verdad y la justicia.

La Sala Conca de La Laguna en Tenerife fue el lugar donde conocí sus pinturas, aquel rincón ya extinguido fue un episodio del confluir artístico, de los performances y de las acciones artísticas del creador canario. Su desaparición actual, marcada por la ineficacia institucional y el abandono, representa un símbolo de una generación múltiple y diversa, donde Juan Hernández destacó como uno de sus principales animadores y cuyo final trágico, transmuta en hito y en relámpago, en sus pinturas renace al ojo un mundo sucedido que es vivencia y emoción, fue Juan Hernández el artista del desparpajo, yo lo siento así cuando veo sus Poemas del Faro que tratan sobre la sombra luminosa de un estandarte y de un símbolo que ha formado parte de mi propia educación sentimental, mis primeras memorias infantiles están marcadas por la intermitencia de su luz, a él acudo en la búsqueda incesante de una verdad donada que es experiencia común, la belleza de las islas, esta luz de volcán que sigue siendo un hábitat para el ensueño, como los atardeceres de Turner que algún día veré, pronto, en su pintura, porque la realidad es más real en los cuadros por ser imágenes que imantan vida, quien mira da vida a lo mirado, como la pintura sacra que nos ofrece la misión del evangelio y el mensaje divino, la obra plástica contemporánea nos brinda para la encrucijada digital del nuevo orden mundial un recordatorio de que ver, es algo más que consumir, verse viendo es un espacio de reflexión estética y de resurgimiento del sentido, por eso se pinta y se escribe, por eso el Faro de Maspalomas evocó en la vida del artista una visión y un motivo, el primer indicio de vida, la luz de un faro, la noticia de tierra firme, de un lugar para el hallazgo y el retorno, aquello que se ve de la isla en la lejanía, lo primero y lo último de todas las existencias, luz propiciadora, luz de la conciencia y del límite, espacio sideral, noche estrellada, lo que se inventa es otra isla siempre, la vida y la pintura de Juan Hernández, su alegoría atlántica del amor.