domingo, 25 de abril de 2021

"Las dos luces del faro” Una alegoría atlántica del amor (Sobre la pintura de Juan Hernández)

 

Obra de Juan Hernández, Serie Poemas del Faro


Conferencia dedicada a la obra del artista canario Juan Hernández (1956-1988) en Casa-Museo León y Castillo, Cabildo de Gran Canaria

Fue Juan Hernández el artista del desparpajo, yo lo siento así cuando veo sus Poemas del Faro que tratan sobre la sombra luminosa de un estandarte y de un símbolo que ha formado parte de mi propia educación sentimental, mis primeras memorias infantiles están marcadas por la intermitencia de su luz, a él acudo en la búsqueda incesante de una verdad donada que es experiencia común, la belleza de las islas, esta luz de volcán que sigue siendo un hábitat para el ensueño, como los atardeceres de Turner que algún día veré, pronto, en su pintura, porque la realidad es más real en los cuadros por ser imágenes que imantan vida, quien mira da vida a lo mirado, como la pintura sacra que nos ofrece la misión del evangelio y el mensaje divino, la obra plástica contemporánea nos brinda para la encrucijada digital del nuevo orden mundial un recordatorio de que ver, es algo más que consumir, verse viendo es un espacio de reflexión estética y de resurgimiento del sentido, por eso se pinta y se escribe, por eso el Faro de Maspalomas evocó en la vida del artista una visión y un motivo, el primer indicio de vida, la luz de un faro, la noticia de tierra firme, de un lugar para el hallazgo y el retorno, aquello que se ve de la isla en la lejanía, lo primero y lo último de todas las existencias, luz propiciadora, luz de la conciencia y del límite, espacio sideral, noche estrellada


Hay una pintura de Turner, el pintor inglés, que trata sobre el Faro de Bell Rock en la costa escocesa del Mar del Norte. Tempestad oceánica y luminosidad pétrea en el lienzo del artista que donó toda su obra a la nación y fue descrito como el padre del arte moderno por el crítico John Ruskin, autor que escribió durante toda su vida sobre los cuadros de su compatriota. Ha venido conmigo desde México su libro dedicado a Turner, el artista que se ató a un mástil de barco para vivenciar una tormenta en alta mar y quien después de haber visto un barco naufragado nunca más pudo regresar a la contemplación de un navío sin esa herida de la tragedia humana. Viene conmigo el libro porque uno de los propósitos esenciales de mi viaje de retorno y visita a las islas pasa por la posibilidad de ver un sol de Turner, en tiempos de pandemia me pregunto si la idea de un atardecer, de un amanecer, pueden resistir en su plenitud liberadora a un encierro de la vida que ha puesto en jaque el modelo global de existencia en el último año. Quiero ver un sol de Turner en sus pinturas. El arte además de representar la realidad, de trasladar la naturaleza con sus formas y colores al espejo del lienzo, también es capaz de eternizar la vivencia de quien pinta a sus congéneres vivos y a futuros habitantes del planeta, la pintura metaboliza y se hace imagen, carne de imaginarios, memoria viva del acontecer. Mimetiza y trasciende, no ha sido otra la huella radical del arte en el transcurso del siglo XX, la creatividad se constituye en reclamo utópico y en modo de denuncia, el dolor y la belleza han ido de la mano. Por eso mi deseo de ver una pintura de Turner se parece a la necesidad de recuperar la fe, tengo la certeza de que solo el arte nos salva y desde Egipto a nuestros días la única forma de eternidad se dibuja y se escribe.

Quiero compartir con ustedes durante esta velada de la Casa-Museo León y Castillo, dedicada al Faro de Maspalomas que comenzó a destellear en el año de 1890, un sentimiento de fascinación y de recuerdo sobre la figura de un artista y de una generación, y su patrimonio memorial que pervive en sus pinturas como una reminiscencia evocativa sobre la vida de las islas, sobre la insularidad universal que es la vía más rápida y efectiva de experimentar la soledad del universo, la orfandad y el destino de las existencias. La pintura, lo pintable y lo pintado suponen el espacio quintaesencial de las representaciones de la vida y del mundo que perduran y perviven y pernoctan en las culturas. Somos unas islas de creación y el ingeniero León y Castillo que pensó en sus dibujos la altura y la estructura de un faro internacional requería justamente de su imaginación para dar vida a la piedra y a la luz.

Así escribió: “afecta a una explanada de forma rectangular y mide 35 metros de ancho por 36 de largo, por el lado de la torre su perímetro es circular, concéntrico al de ésta, a fin de que resulte constante el ancho de 8 metros que ha de quedar entre el edificio y muros de sostenimiento de la misma. Esta disposición proporciona mucha comodidad a los torreros y reserva al edificio de las avenidas. La torre y la casa forman pues un solo edificio que ha de proyectarse con las proporciones convenientes para que resulte un conjunto armónico.” (Juan de León y Castillo)

Cuando el artista Juan Hernández pintó su serie de Poemas del faro, a mediados del 80, había en el sur de la isla de Gran Canaria un latido cosmopolita de millones de turistas que cada año vendrían a la costa más al sur de Europa con una motivación esencialmente mítica, vacacionar en el paraíso durante una estancia pasajera, esta es la verdadera misión de un lugar predestinado por los griegos, brindar el horizonte a la contemplación de la belleza. Y los artistas canarios, históricamente han sido los pintadores de cuevas, los pioneros de la geometría y de la sacralidad primitiva, en las islas se pinta desde los orígenes y el destino del arte puede llegar a ser la de dibujar mundos posibles, imágenes de la realidad que se realizan en la materia inextinguible de los colores y de las formas. El faro de Maspalomas, el sonido del mar de noche y la luz del día que ilumina como otro faro de la vida eran pintados por Juan Hernández en mis propios años de infancia, yo miraba y vi aquel mismo faro desconocido en su esencia, estrangulado por la presión demográfica, por el consumismo masivo, por el deterioro de una Charca y de unas Dunas que se estaban convirtiendo en una copia de sí mismas, en una reliquia para la memoria del lugar y solamente como sucedió en otros momentos de la historia, escribir y pintar aquella realidad era un modo de salvarlas.

En la década del 70 la democracia inicia su periplo en el archipiélago y los antecedentes históricos para el crisol de artistas que toman el relevo generacional son una dictadura fatal que resquebrajó los cimientos del progreso y de la libertad de la II República, con sus vanguardias y tendencias artísticas, y un páramo institucional que lejos de potenciar la ebullición de las libertades y la consolidación de nuevos proyectos de creación, instauró en el territorio de lo social una maquinaria dineraria centrada en la especulación total y en el mercado omniabarcante: el sur turístico proviene de una transacción económica multinacional a gran escala con expropiaciones de la tierra, turboconstrucción y deterioro exponencial que en todas las dimensiones de la isla, la económica y la de los valores, ha significado la producción de un espacio ficcional de recreo turístico y vacacional que tiene al Faro como fiel testigo del devenir.

Yo provengo de esa ciudad y soy nativo del mestizaje y de la conversión del paisaje en una postal, como en otros lugares del mundo en el proceso de modernización acelerada del período de las últimas décadas del siglo XX, Canarias atesoró en su haber un culmen democrático que se materializa en la Autonomía y una implosión de estéticas tardías que interaccionan con el Paradise devenido en establishment del cemento y las divisas. Quienes provenimos del sur sentimos el paraje y el entorno con un sentido extraviado de pertenencia, el desarraigo estructural y el desmedido proceso de estandarización turística nos ha arrebatado un vínculo y unas raíces que se hacen vitales para conservar la identidad y ejercer de modo íntegro nuestra propia alteridad para con el visitante. El Faro de Maspalomas es un símbolo del progreso y también de lo irreversible de una fase terminal de invisibilidad que supone el futuro. Los Poemas del faro, de Juan Hernández, la alegoría atlántica del amor, contemplan una caracola de los orígenes, la estrelitzia o flor del paraíso se yergue sobre el azul, una ballena blanca y un Cupido nos cuentan de un lugar y de una historia fundante, el artista lima asperezas con la angustia y con el pesar de un tiempo de hecatombe y nos regala su Faro que es roca arrancada del mar, la noche estrellada y la arena negra, los días y las noches del Faro del recuerdo, el mar quieto y el mar que suena, el Faro con nube naranja, el Faro azul y el de la nube, el Faro dorado y el ángel lezamiano, porque para mí todos los ángeles enseñan una de sus alas y sucede lo imprevisible de la imago, el azar concurrente, como el que nos une a un recuerdo y a una pintura, a una intimidad vivida que se comparte y se eterniza.    

Justamente en este periplo del Faro bajo las tenazas del turismo masivo se encuentra el origen de la realidad contemporánea de las islas, y es donde surge la poética y la plástica de Juan Hernández y sus compañeros de generación. A ellos me remito en esta hora, para poner en valor la riqueza de un patrimonio y de un acervo artístico que se ha visto relegado al coleccionismo privado y a una necesaria visibilidad esporádica en museos y exposiciones. El papel del arte en el decurso de la cultura custodia una protagonismo esencial en este archipiélago, con personalidades como César Manrique o Manuel Millares, de mis predilectos, se pone en evidencia que el atelier del artista es la propia isla y su memoria, el acontecer del tiempo de la cultura tiene un vínculo extraordinario con la producción de belleza y de delirio que hay en las pinturas, volvamos a Turner, no hay idea de horizonte y de paisaje que no esté vinculado a la propia plasmación pictórica del artista inglés por antonomasia. Y el horizonte suyo es el mío propio, en sus pinturas podré conocer aquella otra realidad de la que provenían los turistas, ellos también deben tener una memoria y un lugar de procedencia, lo que salva al mundo y lo que nos devuelve humanidad es precisamente el arte, la vivencia de estar vivos, ver y ser vistos.

De algún modo, por la gracia concedida del poder evocativo y trascendente del arte, en el Faro poetizado en las pinturas de Juan Hernández resuena las vivencias de millones de seres humanos, habitantes de Europa, que regresaron un día a las islas afortunadas para entrar al agua y desnudar sus cuerpos bajo el sol del atlántico, el artista desflora en su cosmovisión un sentido de la existencia universalmente deseable, alquimia del color. El poeta Manuel Padorno, que escribió un texto a propósito de una exposición antológica póstuma de Juan Hernández, a quien consideraba “el ángel deslumbrado”, es quien de manera más potente ha reflejado en su ontología atlántica, tanto plástica como poética, una vía de liberación para reconstituir un paisaje onírico y humano por medio de un proyecto vivido de creación de otra realidad, nomadismo de la palabra y de la imagen, azules padornianos.

Lo he defendido en varios libros a través de la escritura poética en diálogo con la pintura y mi propia experiencia creativa ratifica la seductora constancia de que la realidad del cuadro es tanto más real que la propia realidad porque es de un tiempo distinto al de los objetos y las cosas, pertenece al mundo de la imagen y de lo visible que perdura y es constituyente de las memorias colectivas. Lejos de un platonismo tardío, las Ideas en mayúsculas, las esencias de las realidades no habitan otro mundo paralelo y a distancia virtual del terrenal cotidiano, son las pinturas, las novelas y un poema, por ejemplo, quienes reflectan un sentido y una experiencia al ojo humano, el cerebro instituye la realidad y la conforma, en un proceso físico químico milagroso que nos dota de lenguaje y nos funda como entes vivos y dotados de entendimiento, de ahí que la imagen que evoca el verbo y el concepto que plasma una forma plástica conforman nuestras biografías, como dice John Berger, el teórico inglés, se ha mirado un cuadro de modo diferentes en cada época histórica, esta ha sido la evolución de los modos de ver que han tenido la perplejidad y la sorpresa como detonantes, y el gran desafío en estos tiempos de reproducción virtual y de repetición, de simulacro, es la propia posibilidad de mirar que se está viendo colapsada bajo el imperio de lo tecnológico. Yo quiero compartir aquí esta encrucijada providencial que nos atenaza y convoca el actual proceso de tecnologización: el Faro desaparece cuando la cuantificación imposible de su imagen se multiplica al infinito consumible y solamente puede existir el Faro si el aura de su singularidad permanece en los itinerarios del diálogo de lo humano, que ha sido esencialmente un modo de convivencia entre imágenes y sentidos de lo trascendente. El arte y lo sagrado han constituido en el desarrollo de toda civilización una manera de conducir las experiencias de la finitud y las apetencias de verdad en el espíritu humano, la memoria y los modos de representar la vida tienen un sustrato poético y pictórico sustantivo, confluyente y constitutivo para la dotación de vida de un cuerpo, de un ánima, alma o psiqué, de un ser viviente y existente que percibe, establece analogías y correspondencias, ve las estrellas y las pinta. En contraste, el modelo de subjetividad dominante está siendo configurado en un trato instrumental con el entorno, codifica los segmentos de realidad en función de lo consumible, es su relación objetual una apropiación permanente de los flujos de la pantalla, del escaparate y del menú de sobrevivencia que implementa el sistema capitalista, todo se rebaja a su utilidad consumible, el paisaje, una isla en peso, puede ser un espacio reconectable de sensaciones y experiencias a la carta, el no lugar dijo Mar Augé recientemente ya no es solo el aeropuerto, también la pantalla del dispositivo electrónico. La desaparición del espacio social circundante en el entramado arquitectónico de la ciudad turística global, donde todo es individualizado en el timetable vacacional y la masificación reproduce una ilusión de realidad más cercana a la videoconsola que se hace hipermundo, virtualidad y simulacro.

Cuando Peter Handke, Premio Nobel de Literatura, en su libro Doctrina del Sainte-Victoire expresa su derecho a escribir y la posibilidad de encontrar una imagen única en la visita al reino del pintor Cézanne en la Provenza, justamente pone énfasis en la evidencia de que todo está desapareciendo, sus recuerdos de infancia de unos cuadros y la fabulación de la imagen de la montaña Sainte-Victoire que permanece en las pinturas de Cézanne -dejó de pintar el motivo cuando llegaron las refinerías- posibilita activar la imaginación, el cuadro hace pensar y visitar el Sainte-Victoire a la búsqueda de los paisajes de Cézanne constituye un detonante creativo y una reconciliación, el juego mental que propicia el nunc stans o momento de eternidad. En su libro también menciona a Hopper, el artista norteamericano de las soledades industriales, en su pintura del Faro a dos luces, del año 1929, año del crack y la depresión, configura una imagen de composición geométrica y de perspectiva que supone un ejercicio iniciático del artista que más adelante realizará la radiografía del alma americana.

El Faro de Juan Hernández se incorpora a los anales del imaginario atlántico insular como una bocanada hechizante de luz que se resiste a ser mercadotecnia, es otro Faro que se opone al que ha sido un adalid en los libros de bitácora de la ingeniería civil y el símbolo del boom turístico. Creo que la maravilla y el portento ideado por León y Castillo tiene otros sentidos monumentales, si se convirtió en el insustituible rincón para las visitas guiadas de los turoperadores, fotografía de postal internacional para la promoción hotelera gracias a su atrayente aureola de baluarte arquitectónico, también hay otra luz y otra sombra de su verticalidad soñada por Juan Hernández, su luminosidad nocturna, resplandeciente, hipnotizante, huye del canto de sirena de la publicidad y de la promoción todo incluido, por la pintura se hace sobreviviente, desde la pintura habita su verdadero sentido.

Estoy convencido de que la figura del artista Juan Hernández, querida por sus amistades y referenciada en diversos estudios académicos que analizan y vertebran una perspectiva generacional sobre el arte de las islas de los años 70 y siguientes, renace en el instante de contemplación de sus cuadros y la proyección de su huella a través del imaginario de las pinturas repite la ecuación antropogenética que subyace al hecho poético y artístico de todos los tiempos y espacios: la mirada y la cosmovisión de un lenguaje propio hace del creador un hacedor de mundos, la creación lírica o plástica ha constituido singularmente los patrimonios intangibles y las creencias y juicios sobre la realidad y en torno a la verdad y la justicia.

La Sala Conca de La Laguna en Tenerife fue el lugar donde conocí sus pinturas, aquel rincón ya extinguido fue un episodio del confluir artístico, de los performances y de las acciones artísticas del creador canario. Su desaparición actual, marcada por la ineficacia institucional y el abandono, representa un símbolo de una generación múltiple y diversa, donde Juan Hernández destacó como uno de sus principales animadores y cuyo final trágico, transmuta en hito y en relámpago, en sus pinturas renace al ojo un mundo sucedido que es vivencia y emoción, fue Juan Hernández el artista del desparpajo, yo lo siento así cuando veo sus Poemas del Faro que tratan sobre la sombra luminosa de un estandarte y de un símbolo que ha formado parte de mi propia educación sentimental, mis primeras memorias infantiles están marcadas por la intermitencia de su luz, a él acudo en la búsqueda incesante de una verdad donada que es experiencia común, la belleza de las islas, esta luz de volcán que sigue siendo un hábitat para el ensueño, como los atardeceres de Turner que algún día veré, pronto, en su pintura, porque la realidad es más real en los cuadros por ser imágenes que imantan vida, quien mira da vida a lo mirado, como la pintura sacra que nos ofrece la misión del evangelio y el mensaje divino, la obra plástica contemporánea nos brinda para la encrucijada digital del nuevo orden mundial un recordatorio de que ver, es algo más que consumir, verse viendo es un espacio de reflexión estética y de resurgimiento del sentido, por eso se pinta y se escribe, por eso el Faro de Maspalomas evocó en la vida del artista una visión y un motivo, el primer indicio de vida, la luz de un faro, la noticia de tierra firme, de un lugar para el hallazgo y el retorno, aquello que se ve de la isla en la lejanía, lo primero y lo último de todas las existencias, luz propiciadora, luz de la conciencia y del límite, espacio sideral, noche estrellada, lo que se inventa es otra isla siempre, la vida y la pintura de Juan Hernández, su alegoría atlántica del amor.   

jueves, 25 de febrero de 2021

"Venecia in your eyes" por david guijosa

 

"Venecia. La última mirada" de Samir Delgado


"Venecia in your eyes" por david guijosa (Texto de sala de la exposición fotográfica "Venezia. La última mirada") Museo Palacio de los Gurza (Durango, México)


Después de las visitas que hacemos últimamente al planeta, ¿cómo volveremos a Venecia? ¿Cómo volveremos a cualquier lugar? Es una de las preguntas que surgen al ver las fotografías de la exposición “Venezia. La última mirada” de Samir Delgado. Un visitante de ojos preocupados y curiosos que retratan el espacio veneciano para convertirnos en espectadores de segunda mano de este cónclave turístico e histórico, ahora reinterpretado y ubicado en una colección de imágenes, configurando una ruta para comprender los nuevos símbolos del palimpsesto que es Venecia.

Esta exposición se desarrolla a mi parecer sobre tres ejes. El primero es la esencia de las máscaras. Como parte inextricable de la psique humana y su capacidad social, articuladas a la manera de Mitsuye Yamada en “Masks of Woman”, donde las personas, incluso hasta en lo íntimo, nos presentamos en una superposición de máscaras que dialogan unas con otras. En el caso de estas imágenes las máscaras venecianas cobran una dimensión poliédrica que va desde la máscara que define al turista o al mero paseante local, al activista o a cualquier persona sin más que debe calzar il suo viso rutinario, y de ahí hasta la máscara que define la identidad histórica del Carnaval de Venecia, pero que en la superposición de todas las caras encuentra un nuevo discurso.

El segundo son los reflejos. La proyección de la luz sobre la superficie en la que nuestros cerebros bosquejan imágenes y sensaciones que habitan en nuestro entramado conceptual. Reflejos sobre los escaparates, los cristales de una copa, el agua turbia de los canales o el mar. Pero que a la vez nos recuerda que Venecia es el reflejo de un espejismo, un simulacro, que diría Baudrillard, que nos aleja de la trascendencia y nos engulle en un parque temático que se hunde poco a poco bajo las olas que arrastran los cruceros.

El tercero es el poder del paseante. Pero ese caminar que existe en las fotografías del fotógrafo no es el de un flâneur sin más, sino que contiene la posibilidad de rehacer el espacio tal como lo propone Michel de Certeau, donde los pasos se reapropian del lugar y lo redibujan a través de la mirada crítica. El paseo se convierte en una táctica para descubrir virajes ocultos en las callejas de la ciudad o paredes con mensajes en grafitis, para guiar una nueva experiencia del viandante con un contra-lenguaje que se opone a la cartelería turística como única forma de leer Venecia.

En esta exposición se encuentran varias miradas, pero como en tantos otros lugares de la obra de Samir Delgado, también una clave más sobre el papel del turismo; que aparece aquí como capitalismo voraz y como discurso polivalente, frente al patrimonio cultural trascendente que es el arte y la historia común de una sociedad global. En esta exposición se nos interroga una vez más sobre el papel que jugamos en cada espacio y en cada tiempo al que ingresamos, reflexionando sobre los restos de la identidad de una ciudad sitiada.

 

david guijosa

Eskilstuna (Suecia) 2021

lunes, 15 de febrero de 2021

"Oda al volcán, César Manrique in memoriam" (Reseña del libro Pintura número 100) Por Felipe García Landín

 


Afirmaba Foucault que la  vida es una obra de arte en sí misma pero necesita que alguien le ponga color y poesía, forma e intensidad. El arte es la capacidad que tiene el ser humano de expresarse para así interpretar la realidad e imaginar otros mundos. Poesía y arte en general siempre han ido de la mano ya que poesía es una cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza y el arte nos ofrece diferentes formas de percibir el mundo -- real e imaginario-- y todo lo que lo conforma. Desde la Antigüedad escritores y pintores han tenido una relación estrecha, persistente y complementaria que se ha materializado en la poesía visual, los pictogramas y los caligramas. Pero también pintores y poetas han usado las dos formas de expresión indistintamente porque como bien sabía Pablo Picasso, poeta tardío, <<la pintura es poesía y siempre se escribe  en verso con rimas plásticas>>.  Muchos creadores se iniciaron en la pintura para acabar escribiendo  versos como Rafael Alberti que interpretaba las creaciones plásticas de Leonardo, El Greco, Goya y Picasso entre otros artistas. En Canarias Pino Ojeda y Juan Ismael constituyen claros ejemplos  de magníficos pintores que aprovecharon el lenguaje poético para enfatizar en sus versos el color, la forma y los sentimientos.  Luego están los poetas, solo poetas, que en algún momento se inspiraron en obras pictóricas para incorporarlas a su poética particular o simplemente – lo de sencillo es un decir-- hacer écfrasis, esto es, la descripción precisa y detallada de una obra artística con la finalidad de interpretarla y trascenderla. A esta tendencia pertenece Samir Delgado, Premio Internacional de Poesía Tomás Morales 2019 por su libro Pintura Número 100 (César Manrique in memoriam) que se suma así al homenaje del artista lanzaroteño por el centenario de su nacimiento.

La pintura número cien es para el poeta el cuadro inspirador de todo el poemario que va de la mano de César Manrique para encender <<el lenguaje secreto de la noche de un bosque de estrellas>>. La pintura número cien es el resultado de una búsqueda por parte de Manrique de un lenguaje pictórico personal insertado en la geografía volcánica de Lanzarote. <<El derrame volcánico>> de esta pintura áspera y rugosa como la lava se inflama de rojos anaranjados con <<efluvios candeales>> para germinar en un incendio de lavas y basalto al que nos lleva el poeta a través de este poemario lleno de musicalidad, pues el ritmo nos traslada al origen mismo de la isla antes de convertirse en el gánigo pintado << con la misma luz del reloj perdido de los volcanes>>. Esta oda a Lanzarote y a Manrique -- imposible disociarlos-- consta de 59 poemas que se distribuyen en seis secciones o cantos (El sueño, La pintura, Los volcanes, Los fósiles, La isla y El artista) que ensalzan la isla, su naturaleza y la mitología que la envuelve. Esta tierra retorcida y llena de soledades, varada en el océano, sueña con <<el agua de unos ojos>> que la fertilice y navegar de la mano del pintor (<< Un solo pincel para el conjuro del atlántico en el origen del hombre>>) hecha goleta o fragata para romper el << aparejo de los sueños varados en tierra de nadie>>.

Lanzarote es volcán, es fuego y es ceniza. El poeta, como el artista, no puede desprenderse de esta identidad porque el volcán lo es todo para la isla. Como fuerza primaria de la naturaleza  provoca la fertilidad de las tierras y simboliza el fuego creador y destructor. Es << la verdad del fuego>>, <<el calor líquido>> que alimenta  Tinecheide. Forma las tobas y el picón que amenaza la fertilidad del jable. El volcán construye jameos y pozos en los que los elementos de la naturaleza (aire, fuego, agua, tierra) se relacionan y transforman para crear vida como la nécora abisal que sobrevive en la oscuridad de la cripta. Pintar lo ignoto -- lo desconocido, lo que está por descubrir- podría ser la tarea del artista que piensa en futuro al <<cerrar los ojos para ver la isla volviendo de nuevo a nacer en ti>>. El afán por descubrir la isla primigenia << surcando el paladar de los vientos africanos con su bolsillo roto de la calima>> lleva al poeta a dirigirse a  Manrique familiarmente y lo revive porque poeta e isla necesitan de sus juegos con los vientos y porque suya es <<la arquitectura del sueño del niño>> y la alegría de vivir y el color. La defensa de la isla y su naturaleza frente a la especulación y los traficantes del suelo es el sueño de la inmortalidad de la isla <<mientras el mundo mira a la cara del borde del risco>> y el creador se queda <<en la soledad de todas las noches de la brújula atlántica>>. Recordaba José Saramago que la idea de César no sólo era una idea de presente sino de futuro y Samir Delgado lo inmortaliza con estos versos: << Ser/ contemporáneo/ del futuro/ y de la piedra/ y de la nube>>.

Pintura Número 100 nos acerca a la obra e indirectamente a la trayectoria vital del artista lanzaroteño con una mirada poética muy personal. No es necesario que el lector tenga delante la obra pictórica de Manrique o el mapa de Lanzarote para seguir los latidos poéticos del volcán. Hay que dejarse llevar por los versos que intentan atrapar la esencia de una estética arraigada en la naturaleza que busca la belleza y la verdad. Samir Delgado explora un arte que se asienta en basaltos, lavas, cenizas, volcanes y en los colores de las islas. Lo hace desde la visión del crítico con técnica sofisticada, con la frialdad del observador que evita la emoción – ausencia del yo lírico--  y que inicia un viaje exploratorio para anotar los descubrimientos. De tal forma que dibuja con trazos imposibles una realidad que sabe única. Así es este poemario que se va humanizando a medida que se acerca al final cuando isla y artista son uno y se impone la energía telúrica de César Manrique. Para este la sabiduría consiste en rodear de la mayor belleza el entorno donde el hombre habita. Exaltación de la belleza y necesidad de conocimiento para encontrar la felicidad podrían definir al artista y su relación con el paisaje. Samir Delgado a través de la poesía busca ese conocimiento para  adentrarse en lo permanente e invariable de aquellos elementos que constituyen la esencia de un creador como César Manrique y su mejor obra, Lanzarote.

                                                                                                     Febrero 21

Publicado originalmente en el periódico Canarias 7


jueves, 28 de enero de 2021

"El primero en llegar a los muelles de Liverpool" Centenario de José María Millares Sall

 

Fotografía del poeta


Se cumple el centenario de José María Millares Sall, poeta nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1921, un año crucial en la geopolítica mundial y en la historia de las ideas. Fue el año en el que Wittgenstein publicó el Tractatus, Borges y Juan Ramón Jiménez fundaban manifiestos y revistas ese mismo año. Y en las islas mueren el modernista Tomás Morales y el romántico lagunero Tabares Bartlett como un signo de nuevos tiempos. 


Canarias abrió sus puertas a las vanguardias y tras la guerra civil implosionó un ambiente hostil para la vocación cosmopolita de nuestras letras. Sin duda, del siglo pasado para la literatura en español, el libro poético “Liverpool” del poeta canario ha representado un hito tardío, de la soledad universal de José María proviene ese talante del habitante insular que es capaz de reinventar el mundo a duras penas. Por suerte, la editorial Calambur en 2008 publicó nuevamente el texto y un ensayo de Jorge Rodríguez Padrón ha consolidado la atención de la crítica sobre la obra de uno más de los hermanos Millares. 


El libro que lleva por título la ciudad inglesa de Liverpool es un tesoro para la memoria colectiva, ahonda desde un verso libre innovador en el viaje imposible y la trascendencia de la voluntad. Justamente en Liverpool la huella de las islas por medio de la exportación del plátano fue decisiva. Incluso hay una escultura del artista japonés Taro Chiezo que se ha convertido en un símbolo llamado Super Lambanana, una figura mitad cordero y mitad banana que se parece a la presencia de las esculturas de los canes de la capital grancanaria. El arte conecta históricamente la relación de Liverpool y Canarias, a través de la compañía Fyffes que también daría nombre al campo de concentración franquista. Son los derroteros de la historia que establecen una sinergia emblemática entre las islas del mundo.


El poemario escrito por José María Millares Sall pertenece a una época de represión y desdicha, aunque como sucede en otras latitudes, la poesía es capaz de romper la barrera del sonido y abrir nuevos espacios de libertad inconmensurable. Este es el don y el presente de los poetas para las futuras generaciones, la palabra que se hace eternidad. Tras largas décadas de zozobra imperdonable, el texto inaugural de las míticas Planas de Poesía, fue el antecedente que vislumbró en la obra de José María Millares Sall una estela universal. Fue un exponente singular de la creación insular y formó parte de la Antología Cercada de 1947. Suyos son libros de una belleza total en décadas posteriores, desde Hago mía la luz de 1977 a Los espacios soñados y Las manos del aire de 1989, hasta llegar a títulos como Azotea Marina, Los pájaros de la playa o Sillas de finales de los 90, y Celdas o Cuartos de principios del nuevo siglo. Hoy en día se encuentran en librerías como auténticos vellocinos de oro libros suyos, los Cuadernos, Krak y No- Haiku. La presencia del poeta seguirá siendo decisiva en el panorama de la cultura.  


El azar providencial hizo aparición para serle concedido el Premio Canarias de Literatura en 2009 y a título póstumo el Premio Nacional de Poesía. Los hermanos Millares han personificado como nadie la fuerza creativa de una tierra privilegiada para las artes y las letras. Ahí quedan para la posteridad las arpilleras y los homúnculos de Manolo, los versos sociales de Agustín, la música de Totoyo y la pintura de Jane Millares. El propio José María aun sufriendo en carnes la represión franquista y el peso de la condición ultraperiférica, recibió en el último momento los laureles del reconocimiento en tierra isleña. Y no olvidemos a su compañera de viaje en la vida, Pino Betancor. Dedicó también su tiempo a la composición de letras para canciones y a la creación plástica, con la manufactura de libros artesanales. Nuestro poeta galardonado nunca fue garante de fastos institucionales y nos legó una imagen de hombre curtido por la madurez de la mejor letra impresa. Es un buen momento para que el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y otras instituciones de la cultura insular consideren el valor de su centenario, para continuar abriendo puertas a la poesía cada vez más necesaria en tiempos de incertidumbre social.


José María Millares Sall era un poeta transversal y fue un argonauta capitalino que vio la luz primera en las calles de la Vegueta colonial. Viajó a Madrid en la típica odisea atlántica de poetas en busca del destino y volvió a su isla para habitar entre los mortales como un hombre con atributos en la Kakania decadente del turismo masivo. Yo lo veo así, el hierofante de la inspiración que citó Shelley en 1821, un siglo antes en defensa de la poesía y antes de remontar su vuelo, el poeta que pudo llegar el primero a los muelles de la imaginación desde las sombras del tiempo: Oh Liverpool, Liverpool. 


Publicado originalmente en el periódico Canarias 7




domingo, 27 de diciembre de 2020

"El milagro de pintar versos de lava" Reseña del libro “Pintura número 100”


Reseña del libro “Pintura número 100” XXV Premio de Poesía Tomás Morales
Por María Jesús Alvarado


¿Qué fue primero? ¿La isla -volcán, viento, luz, memoria-, la pintura o la poesía? El milagro del arte ocurre cuando todo ello se confunde, cuando el poeta se convierte en materia y pinta el paisaje con sus versos. El orden no importa, tampoco la lógica ni el tiempo. César Manrique (1919-2019) fechó su Pintura nº100 en 1962, cuando ya había visto, sentido y respirado mucha isla. Samir Delgado la convierte en poesía cuando César cumple cien años, cuando es más pintura, más lienzo, más isla.  Porque el artista no muere nunca, crece con su obra cada día que pasa, y cualquiera que se acerque a ella, sea ahora o en cien años más, tendrá el privilegio de transitar por su paisaje como si fuera el momento en que la lava bullía desde las profundidades de la tierra para cubrir de negro y rojo la superficie de Lanzarote, y entenderá que los árboles puedan enraizar en el cielo y crecer hacia la tierra, buscando el fuego.

La contemplación emocional consciente del arte nos conecta con nuestra esencia más profunda y con la infinitud del universo. Conseguirlo a través de un recorrido de versos que nos la describen es también un arte. Y eso es lo que hace el poeta Samir Delgado, que practica la contemplación del arte con una mirada amplia, sencilla e íntima, consiguiendo que nuestra visión de las obras y artistas a los que nos convoca, aun siendo conocidos, se torne totalmente nueva y entusiasmada tras la lectura de sus versos.

Con este poemario, Samir Delgado no se limita a acercarnos a la Pintura nº100 de Manrique, sino que nos hace caminar por toda su obra pictórica y a través de ella homenajea con asombro y admiración la naturaleza volcánica de Lanzarote y el sueño de un artista que consiguió contagiarnos y convertirlo en el sueño de todos para este archipiélago tan necesitado de realidades que lo salven de sí mismo.

Precisamente “El sueño” es el título de la primera parte de este libro, que sigue con “La pintura”, “Los volcanes”, ¨Fósiles”, “La isla” y “El artista”. A través de cada uno de estos apartados, los versos de Samir Delgado nos llevan a redescubrir los lugares de la isla: Femés, Soo, Timanfaya, Las salinas, Famara, como si fuésemos el propio Manrique cuando los recorrió y se impregnó de ellos por primera vez, y nos conecta a su vez con su espíritu universal y cosmopolita, llevándonos a lugares tan diversos y dispersos como Atenas, Altamira, El Támesis, Venecia, Laussane, África, Amazonas, La Gran Manzana, Central Park, Lexington Avenue o el cine Princesa. La isla de Lanzarote como epicentro de un movimiento que nos conecta con la vida que late en cualquier rincón del planeta, y con la muerte, que puede sorprendernos en cualquier momento, como sorprendió a César en su BMW735i. Solo por sorpresa podía irse ese hombre que se atrevía a jugar con el viento pero incapaz de representar la guerra. 

Pintura nº100 nos adentra, verso a verso, entre cenizas y asombro, en una isla que arde y que nace en cada nueva mirada que la cubre. Una isla que se ve a sí misma desde fuera y desde dentro. Atlántico bañando la memoria. Viento africano que acaricia el espanto del fuego. Luz convertida en tierra negra, en sal, en huella. Negro que arde para envolver la isla en silencio permanente. Eso y mucho más es el milagro de Lanzarote, lo que esta Pintura número 100 de Manrique y Delgado no quiere que olvidemos. 


Publicado originalmente en el periódico Canarias 7, Islas Canarias


 

lunes, 21 de diciembre de 2020

“De la naturaleza artística a la nebulosa lírica: una ruta bidireccional” Reseña de Noel Olivares

 



Reseña del libro “Pintura número 100” XXV Premio de Poesía Tomás Morales


La entrega literaria de Samir Delgado “Pintura número 100” (César Manrique in memoriam), obra ganadora del XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales (2019) recorre el universo manriqueño con formidable aliento poético en correspondencia con la versatilidad de la obra del artista lanzaroteño. Dividido en seis secciones, el libro conforma una topografía y una cosmogonía entre arte y poesía, territorios colindantes y extensivos, concluyentes. La lectura de la isla que en César se vuelve epicentro de un mundo dentro de otro a través de materiales tangibles, Samir Delgado lo transforma por medio de la palabra en otros mundos dentro de este (Éluard) con la materia del verso, heraldo fidedigno del espíritu.

Pintar la isla para recobrarla, escribir la isla para habitarla, Samir Delgado inició un buen día su exilio voluntario del archipiélago canario en busca de su destino (easy rider). Y tras su etapa conquense, primera estación donde dejó su impronta de revolucionario de las artes, alcanzó suelo mexicano, el mítico horizonte que acogió a tantos refugiados de la tragedia española del siglo veinte. Desde México, Samir Delgado está más presente que nunca a través del continente de los sueños con el archipiélago que lleva en la sangre. Y la prueba de esto reside en su titánico quehacer literario de ejercicio poético y labor crítica de los últimos años con excelentes libros como la trilogía precedente sobre arte y artistas: Galaxia Westerdahl, Las geografías circundantes (Tributo a Manuel Millares) y Jardín Seco -publicado por la editorial madrileña Bala Perdida- en torno a la obra de Fernando Zóbel.

Este volumen dedicado a la nebulosa estelar del gran César Manrique en el centenario de su nacimiento es un virtuoso homenaje en verso que traduce el espíritu de un creador inigualable desde la intensidad de un poeta en plenitud de sus facultades. El resultado bien a la vista está y el lector revive a través de estos poemas un itinerario sembrado de elementos icónicos representativos de un singular mundo artístico. Versos de fuego grabados en los surcos de la piedra, en el alma del paisaje que borbotea el aliento de los volcanes como “las piedras que siempre dicen la verdad después de la lluvia”. La soledad del artista, la soledad del poeta “se alimenta del fuego nocturno de las sombras” pero hay mucha luz en los versos de Samir y en el universo de César, -y mucha sombra en el anverso-, reflejos pintados porque aún persiste “muy lejos todo el sol/para después de la muerte”.

Las manos del pintor y las manos del poeta “encienden el lenguaje secreto de la noche de un bosque en las estrellas” y así los universos duales se corresponden y superponen fusionándose en explosiones infinitas desde la noche de los tiempos hasta el día sin fin. En la serie “Fósiles” (sección cuarta del libro) encontramos poderosos ecos del pasado, el pasado que nos habla con un verbo aplastante, permutativo, versos que son versículos enroscados como enredaderas en llamas, vestigios de un mundo paleontológico, testamento y testimonio de la muerte en poemas como Torso enterrado, Pájaro aplastado, Toro calcinado, Fósil anfibio. En la sección quinta “La isla”, el ser errante, alegoría del destino humano, reconoce su soñado renacimiento, encarna la isla y cierra los ojos para verla nacer dentro de sí jugando con el viento, juguete y jugador, comodín atemporal del universo.

Y llegamos al epílogo, un mundo verdadero frente a un mundo de imitación, “el engranaje turístico global”, ante la hora de la verdad, la hora del despojamiento de las máscaras, de la velocidad de la luz y la velocidad terrestre más allá del aire muerto para el desaliento del pájaro y el estigma de la flor de volcán. El poema BMW735i, una obra emblemática de César que simboliza su destino de “ser contemporáneo del futuro” define ese momento a partir del cual el artista entra en la inmortalidad: “Toda/ la sangre/ de un solo/cuerpo/detenida/al margen/de la circulación/el único instante/ del ángel”.

Pintura y poesía, éxtasis y vértigo, satélites, cometas, semillas y frutos, contorsionismos de arte y espacio, letra y claroscuros, huellas en el camino “la huella de un diente de sol” rastrean el devenir de las raíces en el cielo, el itinerario del artista perdido en los caminos del bosque de la existencia. César Manrique, a través de su legado encontró a su poeta, el artista de los sueños que da la réplica, el filósofo que argumenta y el profeta que anuncia: todo orden será superado por su perfectibilidad. En el poema “Solo en arena negra” de la primera sección (El sueño) círculo perfecto, leemos: “Al pintar la isla otra voz dirá entonces el nombre del origen de la caldera y la cárcava y el primer fuego”. Y más allá de la simbiosis de los lenguajes el corazón planea como un pájaro camino de una desierta lejanía indescifrable.


Publicado originalmente en Diario de Avisos, Suplemento cultural "El Perseguidor"

lunes, 14 de diciembre de 2020

Canarias y la poesía hispanoamericana

 


El pasado mes de noviembre tuve el honor de participar en el Coloquio Iberoamericano de Poesía del mítico Claustro de Sor Juana en Ciudad de México, un espacio de encuentro de diversas nacionalidades que ha debido sortear esta coyuntura sanitaria global. Allí pude afirmar que una tradición poética como la de Canarias está construida a contracorriente respecto al centro y que aún siendo considerada como una región ultraperiférica hubo en las islas un renacimiento, modernismo, surrealistas y poesía civil. Canarias ha sabido reconstruir su propia tradición frente a las inercias del poder, por lo que hoy en día la creación poética insular, naturalmente plural y diversa, posibilita que un universo simbólico como el de los archipiélagos se reivindique como el de los otros que nunca fueron y no dejaron ser, ya que nosotros somos los otros en el revés del proceso de civilización. Pienso en Alonso Quesada o el Vizconde de Buen Paso quienes regresan de sus viajes a Madrid con un mismo pálpito desorbitado.  

La tradición poética de las islas bebe de la lengua española y sin embargo no debe arrastrar ninguna inferioridad en su relación con otras tradiciones del español o de otras lenguas. Las islas cuentan con un extenso patrimonio creativo en su devenir cultural, cada vez es más necesaria la crítica literaria y el diálogo entre generaciones, sin embargo de nada valen las exclusiones y los apartamientos de la rivalidad entre tendencias, todas las voces suman la riqueza de la polifonía, por ello seguir por la senda del desconocimiento de la amplia cartografía de la poesía canaria no debería ser la pauta en la afirmación de alternativas. En el reciente artículo del poeta Ernesto Suárez en los Cuadernos Hispanoamericanos, se ofrece una valiosa miscelánea de elecciones personales sobre voces poéticas que abarcan desde los años 80 hasta el 2020. A pesar de las habituales ausencias, sería muy positivo para el diálogo crítico tener en cuenta a autores prominentes ya fallecidos como José Carlos Cataño o Francisco Tarajano, distantes en la edad y en el registro, pero que confirman la pluralidad de nuestro paisaje poético. Desde la voz del poeta del desarraigo que habita la isla por la distancia y el poeta de la identidad ancestral que regresa de la emigración. Como ellos hay una multitud de poéticas múltiples que merecen ser consideradas sin el menosprecio del silencio y manifiestan la existencia de una diversidad necesaria en la literatura insular.

A pesar de la desaparición crónica de revistas literarias con la llegada del milenio y de la inexplicable falta de publicación de las actas de los últimos congresos de poesía canaria en lo que llevamos de siglo, la tradición poética insular confluye en la transición democrática hasta la Autonomía de un modo intergeneracional. Las islas navegan desde el eco de las palabras hacia nuevas realidades y por eso las grandes carencias de estudios canarios en la universidad y del apoyo institucional al libro editado en las islas abona los terrenos del latifundio de nuestro propio desarraigo dentro y fuera de las islas. La escritura poética en Canarias es una gran aportación poco conocida aún en las literaturas hispanoamericanas, lo he presenciado en foros académicos de la diáspora caribeña en Nueva York y en festivales como el de Medellín.

Nuestras letras son un crisol de posibilidades aún inexploradas, lejos de abandonar la isla tal vez lo que precisamos es regresar nuevamente a ella, a la tierra inmemorial de los imaginarios, si bien toda frontera implica un límite, la identidad tricontinental de Canarias reúne las condiciones históricas de una personalidad atlántica que puede significarse en alternativa universalmente deseable, frente a los dogmas y elixires de la realidad dominante durante siglos. Ahí están las poéticas de las otras insularidades de la Macaronesia, todavía bajo el silencio de una distancia del idioma que pone a la luz la inacabada posibilidad de las teleologías de lo insular como proyecto universalista, libre del disfraz del falso exotismo y los jardines del bienestar superficial de los hoteles cinco estrellas que nunca vieron Galdós o Dulce María Loynaz.    

Puede resultar de interés un verso del poeta fluvial francés Jacques Darras cuando afirma que la poesía es una industria metafórica indígena, los seres vivos en tanto habitantes del planeta precisan del imaginario de lo poético, de ahí que a pesar de la encrucijada planetaria que cada vez se parece más a una segunda pérdida del paraíso en una fase irreversible, resulta que la poesía, la literatura y las múltiples disciplinas artísticas de la expresión humana son auténticos oasis en resistencia sobre la corporalidad de todo signo, mantienen el pulso del humanismo y de los acervos de la cultura que sostienen la utopía, lejos de la cortesanía oficial del sistema que ha llevado montañas de paraliteratura a las librerías en crisis.

En la Universidad del Claustro de Sor Juana de la Ciudad de México, un diálogo entre poetas de distintas procedencias y lugares muestra que son necesarios los espacios de diálogo en la universidad. Más allá de la gran tradición de la poesía existen las otras tradiciones de la diferencia enriquecedora, de la diversidad por descubrir, sin tener que rendirse más pleitesía a premios de poesía con nombres de la realeza. Por suerte, existen circuitos internacionales de literatura que alientan el descubrimiento de otras poéticas de la disidencia y del compromiso cívico, de la paz y de los valores de la solidaridad y el multilingüismo, la necesidad de nuevas alteridades que confluyan por medio del maravilloso vehículo de la palabra y de los imaginarios que sobreviven a pesar del simulacro y de la repetición de un espectáculo global que en Canarias se traduce en la visita de millones de turistas al año. El paisaje social del sur turístico ha encontrado nuevos filones de creación literaria en las generaciones de autores insulares nacidos en los 80 y como sucedió en otras épocas la realidad tiene en la creación literaria un espejo de proyección histórica.

Ante los desenlaces insospechados de esta nueva crisis universal, la poesía canaria y la literatura hispanoamericana pueden significarse como el lugar de la memoria y el salvoconducto para la propia condición de nuestra humanidad, una encrucijada que nos ofrece la posibilidad de reconceptualizar todo de nuevo, como sucedió en los tiempos de la II República española, donde tras el auge de la vanguardia literaria llegó el golpe de la dictadura de las derechas que todavía se atreven a retirar poemas de Miguel Hernández en Madrid. Volver a tomar la palabra es el futuro y el diálogo entre las poéticas de la insularidad nos conecta con la actualidad de la cultura planetaria, de camino al deseado arcoíris de la convivencia y de la pluralidad de voces, nativas y extranjeras, las narrativas del mestizaje y del ensueño fundacional de la literatura de Canarias que nos recuerdan esa búsqueda desde la perplejidad y la magua del existir en obras poéticas como la de José María Millares Sall, quien sin salir de la isla, fundó el horizonte de Liverpool.

Publicado originalmente en Canarias 7

14 de diciembre de 2020