miércoles, 10 de julio de 2019

La soledad del sol o contra la eternidad (Diarios)

Long Branch New Jersey by Winslow Homer (1869)


Sí, me duele este atardecer
esta boca de sol y de verano

José Carlos Becerra

ES CIERTO los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo. El retorno al comienzo del poema Espacio de Juan Ramón Jiménez puede ser una forma de placebo ante la oxidación de los días. El abandono de la piel que se desprende, el agua nuestra del vaso de cristal sobre la mesa, dormida en suspenso, la luz en la espalda que nunca vemos, así todas las formas de ausencia que nos constituyen a través de una invisibilidad suprema. La carencia también enriquece el caudal íntimo del cofre de las experiencias, no todo puede ser para el control necesario del recuento ocular. Si hay algo que me fascina es el tiempo fuera de su condición cronometrada, contra la eternidad ese algo de absoluto que tiene la soledad del sol

EL RECUERDO de hace apenas unos meses en el Metropolitan de Nueva York, cara a cara ante la máscara del Faraón, la propiedad sensible del silencio de su dinastía que se extiende a mansalva por el mediodía cosmopolita de Manhattan. Mirar a los ojos invoca un modo de pervivencia más allá de la idea común de los siglos, sentirse vivo entonces a partir de ahí, a sabiendas de la finitud inconmensurable de cada aliento propio. Tras la odisea matutina caminar devuelve a los sentidos su lado más salvaje, lejos de la concentración del poder que todo lo acapara y administra, el cuerpo propio anda fugitivamente, hay que recuperar el instinto de contemplación que algún día tuvimos en la copa de los árboles

ESCUCHAR en bucle la sonata número uno de Bach, el solo de clarinete incorpora al mundo una dimensión perdida, la del sentido profundo que proviene del régimen auditivo, todo lo que sucede tiene ese grado de posibilidad de revelación que escapa al control que ejerce la vida de los objetos. Dejarse llevar al compás de las notas equivale a una forma ácrata de narrativa personal, nadie baila para la oscuridad y esa tristeza proviene de lejos. Hay que ser sinceros con la música, la lluvia no entiende de moral

EL CANTO del grillo nocturno conecta la memoria de todos los veranos. Es el insecto más respetado en nuestro jardín particular. En México no existe el silencio vacío, así como tampoco la gravedad de la muerte, la celebración ancestral de cada instante camina de la mano con el latido del continente americano. Si se persigue una sombra surge el infinito, no la eternidad. Llego al sueño todas las noches con la serenidad del abandono a un espacio repleto de posibilidades. Igual que el grillo hay que transitar una soledad necesaria

EL COMIENZO perpetuo que atesora el nacimiento de un poema. Toda su luz irradia una soberanía máxima, se emancipa de inmediato, no se reduce a la órbita de los espejos, la fuerza de la imagen va más allá de la sintaxis y de los estilos. Ahora que todas las personas vuelven a escribir de nuevo desde el soporte digital me pregunto por la trascendencia sagrada de la palabra humana y la libertad de los símbolos, el peligro del simulacro y de la repetición se adueña de los mensajes, volver a la época de las vanguardias y de los manifiestos parece una quimera. La publicidad permanente en todos los órdenes de la vida ha desbaratado el potencial intangible de la magia del lenguaje. Hay que volver a hablar de los comienzos, del fuego, de la luz

Samir Delgado (Diarios, 2019)



domingo, 30 de junio de 2019

"Tras la ventana alguien dibuja en el vaho" Tránsito y duración: pintar bajo el imperio del pixel

Óleo sobre madera del artista Alfredo E.Kuna


Al borde de la tercera década del milenio parece que la incertidumbre será un denominador común en todas las manifestaciones de la vida humana. El impacto acelerado y perturbador de las prótesis comunicacionales ha sumido a buena parte de la sociedad en una mudez sigilosa que se expande hacia el interior de las personas. A pesar de los niveles de accesibilidad a la información, a los objetos dominantes del entorno social y a las imágenes del mundo que confluyen en un caos regulado hasta la metástasis del estar cotidiano, los sentidos que configuran la percepción estética se ven atenazados por un derrame ocular que en nada se detiene y donde todo resulta pasajero y provisional.

La sensación de tránsito permanente que caracterizaba a los no lugares de Marc Augé se ha mutado a la propia pantalla, el visor telefónico ha ocupado de manera sorpresiva todo el protagonismo del sentido de la vista y solo queda volver a los cantos de sirena del final de la obra de arte y el predominio absoluto del stock y del souvenir. La pregunta sobre el valor de una exposición artística de dos jóvenes creadores duranguenses en el noreste mexicano puede ser un punto intermedio para establecer una reflexión medianamente esclarecedora acerca del devenir social del arte y la amenaza de la pérdida definitiva del aura que Walter Benjamin ubicaba como la señal que resistía en las cosas acerca de su pertenencia al tiempo y a una lejanía que podía mantener el hechizo de lo atrayente que hay en el acto humano de contemplar, de ver, de sentir. Es la duración vital de la que hablaba Bergson, el tiempo de la vida está secuenciada en la imagen artística de los dos jóvenes creadores como un bastión de creatividad frente al diseño dogmático de los patrones computacionales.

Quiero pensar que los acrílicos de María Fernanda Ávila junto a las piezas en técnica mixta de Alfredo Kuna en la muestra titulada “De la línea a la mancha” en el espacio Galería 7 de la ciudad de Durango (México) nos ofrecen un caudal de sensaciones que gravitan en torno a la toma de conciencia del hecho artístico como una donación esencial de sentidos. Los rostros y los instantes que se nos aparecen ante la vista en sus obras adquieren una dimensión subjetivante del existir que llevan a considerar el tránsito de la imagen bajo una versión distinta a la de la publicidad que totaliza los reflejos de la vida social. Hay en sus cuadros un llamado silencioso, una evocación susurrante que proviene del lápiz y del pincel, de la mano que traza y del ojo que siente el detalle de la visión íntima, a lo mejor este tipo de exposiciones artísticas acabarán siendo los reductos ínfimos de la resistencia de lo humano ante el imperio del pixel y la contaminación estructural de la máquina que media nuestra experiencia del mundo.

La preocupación mayor que late detrás de esta experiencia artística en declive no solamente tiene que ver con el difumino del perfil del artista en la era de la globalización, sino mucho más lacerante es la desaparición terminal del espectador, del sujeto que puede mirar, que vea. He comenzado este texto de consideración acerca de la exposición de María Fernanda Ávila y de Alfredo Kuna con una cita de la poeta mexicana Rocio Cerón, extraída de su libro “Borealis”, editado por el FCE en 2016.  Y quiero completar el poema:

Tras la ventana alguien dibuja en el vaho. Lo que se refleja es lo no evidente. La ausencia compartida de quienes albergan un destino. Copas de licor afrutado, especias. Mano en el hombro. Suavidad de palabras al oído. Cerrar los ojos no ayuda a levantar el derrumbe. Orfandad fosforescente entre los dedos (Rocio Cerón, Borealis, página 78, FCE, 2016)

La autora mexicana inicia su poema dando cuenta de alguien que dibuja en el vaho: indeterminación, incertidumbre, interioridad que se afirma a pesar del simulacro imperante del espectáculo social. Las obras de nuestros dos jóvenes creadores duranguenses no tienen la deformación inherente de la réplica de un modelo ideal, no reproducen necesariamente algo o alguien, van más allá de lo real y tocan el pliegue sensible de la imagen como totalidad autónoma, los instantes perpetuos de sus cuadros asimilan un clima íntimo que hace del tránsito visual una estadía, un confort, una meditación suspendida en el contorno de los colores y de las líneas, creo que el acierto de esta exposición es doble: de un lado la eclosión de dos miradas que confluyen generacionalmente y que se confabulan para ir de la mano hacia la permanencia del goce de la creación. Y por otro lado nos enseñan que existimos, que estamos de este lado para ver, lejos de la preeminencia del sujeto consumidor del sistema, estos cuadros nos devuelven sorpresivamente el derecho a mirar, a estar frente a la vida de un cuadro que nos convoca al diálogo con su misterio.

María Fernanda Ávila y Alfredo Kuna cruzan el vaho desde otro silencio que dona vida y proviene de ella, el instante de la creación nos habita como un duelo imperecedero, sin duda alguna la trayectoria futura de estos artistas jóvenes duranguenses está garantizada y eso a día de hoy, en medio de la intemperie global y el desastre deshumanizador nos hace salir airosos ante la incertidumbre oscura y penetrante de la máquina y del eco de lo que no tiene vida más allá de la vida. Las obras de los dos artistas son una sola muestra del potencial artístico que permanece a la hecatombe y al vértigo, lo dice la poeta Rocio Cerón en su bello poema: cerrar los ojos no ayuda a levantar el derrumbe, y abrirlos de par en par como ahora frente a las piezas de María Fernanda Ávila y Alfredo Kuna puede significar a fin de cuentas salir al menos por unos momentos de la asfixia y del estertor del imperio del pixel.


Samir Delgado, 2019

viernes, 31 de mayo de 2019

En el peso de una isla todo el amor de un pueblo. Tarajano in memoriam

Obra del artista canario Antonio Padrón
La mirada del poeta siempre tuvo una intensidad profunda, la de un abuelo que mira el mundo como si fuera un niño. Todo parecía ser mirado por primera vez. Su condición de emigrante retornado daba a su mirada un lado continental, de mayor peso que el de una isla. Era Venezuela, la patria de Bolívar, la que anochecía en sus pensamientos. El amor de Francisco Tarajano por las islas, el recuerdo de su vida en Venezuela y la pasión creativa por la literatura, le hacían un hombre de palabra, el honor de su mirada pertenece a la hondura de los siglos, a la historia de un pueblo, a la profundidad del corazón.

Todavía a su edad escribía todos los días, cada uno de sus poemas aquilataba la urdimbre de una personalidad singular, un poeta que echaba en el surco de sus devociones y quereres la entrega sincera a unos ideales que defendió toda la vida. Por eso Tarajano estará siempre en el terrero de la cultura, de la creación y de la identidad de Canarias. Tras su muerte el pasado noviembre a la edad de 94 años las islas se han quedado huérfanas, pues él era el poeta de los surcos y de las veredas, de la memoria del campo y de la emigración, del paisaje doliente y del compromiso cívico. Todos sus libros fueron producto del amor sincero y de la entrega en alma a la bondad de las islas, su registro sobrepasaba la espontaneidad de la décima y se acercaba a un plano de lo onírico real que conectaba directamente con el inconsciente colectivo de la sociedad canaria. Si una de las funciones de la poesía es dar un sentido a la vida y al paisaje, Tarajano se echó al hombro una responsabilidad histórica, algo así como el conocido verso del cubano Virgilio Piñera, “en el peso de una isla todo el amor de un pueblo”.

Hay hombres como él cada cien años, si acaso dos o tres. Pienso que Tarajano forma parte de la estirpe de los Guanartemes nobles y justos, la última vez que lo vi en vida reconocí en su mirada al abuelo de Canarias, al luchador incansable por la solidaridad con los pueblos. Él tuvo versos para Venezuela y Cuba, para el Sahara y Palestina, todos los pueblos que luchan por su libertad tienen a Tarajano consigo, por eso el poeta canario es universal, su canto trasciende las fronteras y se une al de otros poetas de otros pueblos y naciones. Si la palabra poética está considerada como uno de los referentes constitutivos de la identidad y de la cosmovisión de todas las culturas, la obra literaria de Tarajano ahonda en la defensa de todo aquello que constituye el alma de lo canario, desde la urdimbre trascendental de la toponimia a la proyección evocativa de un pueblo que en el último siglo ha visto el transcurso de los monocultivos y el desarrollismo de la modernidad.

Tarajano fue un hombre canario del siglo XXI, el suyo sigue siendo nuestro sueño, el de las islas que siguen latiendo juntas y unidas en el océano de la memoria. Lejos del elitismo de las academias y las rivalidades de los grupos literarios, Tarajano era como un roble, persistía ajeno a los laureles de los premios y de las generaciones. Al conocer su partida al otro lado recordé desde México a las personas que siempre han estado a su lado, al pueblo de Agüimes que le vio nacer y a la ciudad atlántica de Las Palmas de Gran Canaria que fue su refugio para la docencia y la poesía. El pueblo canario atesora en Francisco Tarajano la obra literaria y humana de un hombre con voz propia que hizo suyo el sudor, las penas e ilusiones de todo el archipiélago. No está de más recordarle en este solsticio de verano, desde hace unos meses existe por fortuna el Bosque de Tarajano en la Finca de Osorio, una iniciativa de familiares y amigos respaldaba por el propio Cabildo de Gran Canaria. Toda la luz de su obra poética tendrá refugio permanente en las bibliotecas de las islas y ya vendrán los estudios doctorales sobre un legado que abordó también de modo magistral todo el acervo popular del sur grancanario.

Fue un honor haberlo conocido en persona y tener sus libros entre los míos más queridos, Tarajano fue el poeta del origen guanche, de la savia ancestral, del corazón de más de cinco siglos que no detiene su latido,  a pesar de las injusticias y atropellos que han sufrido las islas en su travesía atlántica. Tarajano fue el poeta de Canarias, su marcha inició la cuenta atrás que otras generaciones deben asumir para el futuro de las islas. Su amor es nuestro y nunca olvidaremos a Tarajano, su vida permanece en nuestra memoria.


Samir Delgado, 2019

martes, 30 de abril de 2019

"Todo está aquí en silencio" Un poema de Lasse Söderberg


 
El poeta sueco Lasse Söderberg
Todo está aquí en silencio, amurallado. Así comienza el poema sobre el cementerio de San Isidro de Cuenca en Castilla-La Mancha que escribió el autor sueco Lasse Söderberg para la familia Saura, publicado por la editorial Pretextos bajo la traducción de David Guijosa Aeberhard en 2011.  Allí en el pequeño camposanto de San Isidro de Cuenca, se alzan las postreras luces, dijo el poeta nacido en Estocolmo en 1931, la mirada del escritor quedó cautiva por la belleza inconmensurable de los parajes de roca kárstica y una desolación indefinible que solamente la escritura puede llegar a asumir para los sentidos.

Este poema fue incluido en una bella antología que el cronista de la ciudad, el historiador y novelista Miguel Romero, preparó con motivo del veinte aniversario de la declaración de Cuenca como Ciudad Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. El pasado año un poema de Lasse Söderberg volvió nuevamente a editarse en el segundo número de la revista conquense municipal, con portada del artista Victor de la Vega, junto a un inédito de José Ángel García y una entrevista al artista Gustavo Torner que recientemente presentó el catálogo razonado de su obra gráfica.

La mirada al cementerio de San Isidro del escritor sueco va más allá de los tópicos costumbristas y del romanticismo al uso de una tradición lírica que existe sobre los cementerios y las lápidas de los poetas. De hecho hay un libro del neerlandés Cees Nooteboom dedicado a las tumbas de eminentes poetas y el cementerio conquense de San Isidro no es menos trascendente que cualquiera de París, allí se encuentra el cantor de la ciudad levítica, Federico Muelas, que no se olvide fue Premio Nacional de Literatura en 1964. Para atravesar la verja de hierro, del lado más abismado del cementerio, hay que solicitar el permiso de la familia conquense que cuida con cariño y devoción este lugar de un silencio cósmico.

Fue en Paris donde Lasse Söderberg hizo amistad con el pintor Antonio Saura a finales del cincuenta, otra más de las conexiones entre Cuenca y Paris que forman parte de una cartografía simbólica de la cultura y el arte conquense en la capital de la luz. El poeta sueco ha sido traductor de Borges y de Vicente Aleixandre, las primeras noticias de su cercanía a España provienen de una entrevista de hace cuarenta años donde el escritor nórdico realiza un viaje de índole diplomática para estrechar los lazos de amistad entre ambos países al final de la dictadura. Y Cuenca forma parte del itinerario íntimo de otro escritor internacional, poemas suyos a las arpilleras de Millares lo constatan, vale la pena acercarse a su libro "Los poemas de Arturo Cova" escrito directamente en español y publicado en México.

La obra literaria de Lasse Söderberg representa una muestra del quehacer poético europeo de ayer y de hoy.

Publicado originalmente en la serie "Bajo esa luz" de Las Noticias de Cuenca (España)

jueves, 21 de marzo de 2019

“Cada palabra es un sitio para mirarte” Notas desde el trópico en memoria del poeta mexicano José Carlos Becerra

El poeta tabasqueño José Carlos Becerra (1936-1970)

Acabo de regresar del trópico. Todavía palpo de memoria los colores de un paisaje nuevo, la potencia convocante del río y el aire y la luz de aquellas tierras me siguen desde adentro. He leído a José Carlos Becerra a posta en la habitación del hotel, después de saber por boca de mis nuevos amigos tabasqueños que ese era el poeta. Villahermosa es una ciudad del sur con encanto: alejada de las postales turísticas y los reclamos para extranjeros. El malecón del río Grijalba se puede amar fácilmente con sosiego matinal, aunque peligroso en la noche. Me asomé a la casa del poeta Carlos Pellicer para comprobar que allí persisten las lentes y las guayaberas y los huaraches del cantor del Usumacinta. No muy lejos de su casa hay un parque que fundó para la posteridad. En Centla tomé pozol y supe de tambores y flautas que se bailan en otra frontera a este lado del planeta. Ocurre en el trópico lo que no se espera, esta luz embriaga los sentidos y la alegría de sus gentes tiene el don de la permanencia. He vuelto a leer a José Carlos Becerra con la miel en los labios. Ya sí tomo la pluma y anoto para comenzar estas notas de mi diario con un verso suyo: cada palabra es un sitio para mirarte. He querido regresar al trópico en las horas posteriores del aterrizaje del avión en Ciudad de México, algo de mí quedó en la arena de la playa del bosque donde divisé al fin las aguas del Golfo mexicano. El sentido de pertenencia a una isla hace que los pantanos del trópico se conviertan en acantilados mínimos para llegar a casa también. Hace apenas unos días pude mirar a los ojos a una escultura olmeca. Su profundidad revivía a pesar del breve trecho que me separaba de ella. Hay en la pervivencia del pasado un aura íntima que nos reclama y convoca: nos hace sentir más vivos gracias a la conciencia de su lejanía. Es un milagro esta luz del trópico pensé, puede tocarse en la mano. Hay en la luminosidad tabasqueña un calor distinto, perlado, mixtificador. Caminar las calles de la ciudad de Villahermosa tiene algo esencialmente panamericano. El sur parece un país sin fronteras, hay una esperanza que la tiñe con temperatura universal. Vuelvo entonces al libro de José Carlos Becerra y conozco de inmediato la tragedia de su accidente mortal en Brindisi, con 33 años el poeta se dirigía a Grecia. Una curva fatídica sembró en la primavera de 1970 una de las peores noticias que podían llegar al trópico. Suya es la Fotografía junto a un tulipán, narración que acompaña a los diferentes poemarios del autor tabasqueño nacido en 1936, otro año de fatalidades. Releo su Fiesta en invierno y los poemas de Como retrasar la aparición de las hormigas. En el volumen hay cartas del poeta mexicano dirigidas a Lezama Lima en el 67. Me parece descubrir la posible convergencia de la luz del trópico con la pesada escultura olmeca, es una relación de infinitos que se tocan. El poeta escribió en el texto Sentado en una piedra que no estaba preparado para llorar ni tampoco para los hombres, y que volverá a surgir el día en que rompa los vidrios de su propia muerte y esa vez no será posible el accidente. Cierro el libro del Otoño que recorre las islas, habrá un después siempre para volver a él. Realmente un viaje a otra ciudad no siempre implica la movilidad en el reglamento de los mapas. Acabo de regresar del trópico y solamente quiero recuperar aunque de lejos el instante preciso de aquella luz vista a través de la ventana sobre las aguas del río por primera vez. Estoy seguro de que era la eternidad


Samir Delgado, 2019              

lunes, 25 de febrero de 2019

Notes from the Canary Islands

Peter Hermans "Painting the Landscape" Isla de La Palma



El joven poeta canadiense Peter Chiykowski escribió un poema desconocido sobre Canarias que fue incluido en la antología de la mejor literatura canadiense en inglés de 2011. Todavía sin traducción al español el poema titulado Notes from the Canary Islands habla de amor y del deterioro ecológico a nivel planetario. Muchos han sido los escritores de habla inglesa que han aportado su testimonio vital sobre el paisaje insular y la órbita atlántica del archipiélago, buena parte de la creación literaria en el idioma de Derek Walcott ha generado en cada momento histórico la existencia de lugares privilegiados para el imaginario universal y Canarias ha sido uno de esos enclaves evocativos por excelencia.

Las islas de cualquier latitud constituyen un referente para el ensueño y no han sido pocos los estudios sobre el papel de la geografía insular en la obra literaria de muchos creadores extranjeros. Más allá de la mirada interior que los poetas canarios han forjado durante siglos para fundar un espacio propio de tradición lírica, hay escritores que visitan las islas a través de los libros y logran eternizar la experiencia de habitar durante una temporada el aislamiento que provoca el designio volcánico. 

Entre los poetas canadienses Peter Chiykowski representa uno de los testimonios más recientes, el autor que reside en estos momentos en Londres ha sido galardonado en varias ocasiones por su creatividad en la novela gráfica y desarrolla su labor profesional en el ámbito del dibujo y la ciencia ficción. Su poema desconocido sobre Canarias traslada la imagen de la isla a una lejanía necesaria, el océano amenazado por el imperio del petróleo se repite como símbolo de la fragilidad ecológica, con una tortuga enredada por los cables de la civilización y la llamada telefónica que trasciende como detonante del poema. El joven autor nunca ha visitado Canarias realmente pero la denominación exótica de las islas vuelve a reiterar el valor de paradigma que ha protagonizado para autores de diversidad de procedencias. 

Entre los poetas canadienses de mayor renombre existen otras voces singulares que han aterrizado de algún modo sobre suelo canario, el autor Charles Olson ya conocido por la crítica especializada en los estudios literarios conectaba Gloucester con las raíces guanches, una mirada mítica que hacía de ambas orillas un espacio inédito. Al igual que la autora canadiense en lengua francesa Nicole Brossard, quien visitó Tenerife y Gran Canaria en diciembre de 2002 para incluir la atmósfera de las islas en su libro de viajes  titulado Camino a Trieste, traducido y publicado en México tres años después. Para unos y otros las islas atesoran un ingrediente fundamental para la escritura, el lado genuino de un territorio sin más frontera que el azul del cielo y el mar, una localización física que redunda en la imagen del acantilado como límite abierto a todos los infinitos. 

Para el joven poeta canadiense Peter Chiykowski el mundo podría estar contaminado un poco más debido a un amor innecesario que atraviesa el frágil hilo de conversación consigo mismo a través del poema. Y Canarias suma otro apellido a su catálogo de escritores extranjeros que han visto, más cerca o más lejos, unas islas que también se reinventan cada día a través de las palabras, de otras lenguas y otros confines que las sueñan.     



Publicado en La Opinión de Tenerife, febrero de 2019

viernes, 25 de enero de 2019

“La melancolía de la luz” Estudio sobre un cuadro de Vermeer

"El geógrafo"(Museo Städel, Fráncfort del Meno, 1669)

¿No será el tiempo el espacio elevado a la segunda potencia?
       NOVALIS
                                              
I

Es otra caída de la tarde en las ventanas del Museumsufer. La melancolía de la luz atrae una segunda sombra a la escena del geógrafo pintado por Vermeer en 1669. Con la magnitud serena del color en manos del artista los cristales reflejan un más allá vuelto íntimo para los dos. El instante pleno hace un territorio de clarividencia póstuma


II

Aquella tarde del cuadro vuelve a las ventanas del Museumsufer. Hay un silencio antiguo de los pinceles sobre la toga y el compás. En el mapamundi la condición del espacio en las orillas lejanas del río Meno que fueron este silencio último para el cuadro. La mirada en completa detención del cuerpo frente al lienzo proviene de otra luz que desborda los aceites de ambas tardes


III


En esta lejanía exacta las dos ventanas asumen el estado puro de la melancolía de la luz en el origen de la paleta del artista. La segunda sombra vuelve la mirada hacia el interior de la habitación del cuadro en las ventanas del Museumsufer. Es otra caída de la tarde a la escena del geógrafo pintado por Vermeer en 1669




Samir Delgado, Inédito, 2019