viernes, 15 de septiembre de 2017

“Al otro lado del río” Flores en la noche (Fragmentos de diario)

Manuel Felguérez "Voz ausente" (1996)



                                                      
                                                                       

      Flores en la noche
                                                                                                 ¿Dónde pondré mis labios,
                                                          naturaleza sin orillas?

 PAUL ELUARD
               

 
Una tarea diaria a lo Paul Valéry: habitar las páginas de este diario con absoluta disciplina, sistemáticamente, sin relicarios y pasodobles, afrontando desde la escritura una auténtica contrarreloj.

La imagen de madrugada con cielo nimboso, etérico, la sombra esparcida de lo nocturno sobre las cosas. Camino a tientas como en un bosque desconocido, sabedor de llegar con fluidez a puerto extranjero. Hay una promesa intuida de querer estar cerca de estas horas del alba cada día venidero. Miro hacia atrás desde el umbral de casa. La luz tenue, chiquita, de otra habitación con vida propia. La abuela en su madrugada, símbolos y auras, la noche deja otear sus rincones duraderos.

Concierto de cámara en el teatro de la ciudad. Luminosidad del violonchelo, el trío de cuerda mexicano colma las partituras de Mendelssohn con absoluta soberanía. En el deleite musical hay un paréntesis del cuerpo, la inmaterialidad del tiempo se hace contrafuga sensitiva, la musique como utopia particular. Son matérico, dance floor, orfismo. Las pausas eternas de Morton Feldman, ese silencio fértil que dialoga con la abstracción.

Sábado, midnight. Hallazgo providencial en edición de bolsillo de las Cartas a Theo, 35 pesos. De nuevo la cita imperecedera con los fueros internos del loco de Arlés. Así continua creciendo la biblioteca de casa, el recomienzo en tierras americanas del archivo propio, los konvoluts de cada día que van agilizando toda huella de lo terrestre.

El cuadro de Juan Soriano, Adán y Eva, reproducción en póster del museo Soumaya, ya a todas luces en la habitación privada. La respiración del cuadro, el influjo de su cromatismo, los pensamientos aglutinados en la recepción cotidiana de la obra expuesta, su grado de existencia paralela. Desde años atrás la búsqueda incesante de una verdad habitable en la imagen pictórica, la trascendencia de cada mirada compartida.

Como en los versos de Neruda, el olor de las peluquerías también me hace llorar. Siempre me llamó la atención el proceso de corte en el que sentados frente a un espejo nos mostramos tal cual somos, el cabello forma parte de la estructura simbólica de todo sujeto, y al quedar en manos ajenas la tijera supone una mutilación necesaria que renueva el perfil, el rostro, la efigie.

Dejarse llevar en volandas por el mercado de abastos, ojear los miles de artículos, hierbas, utensilios, insumos del día a día en la ciudad, y cruzar la vista apenas un instante con la señora mayor, octogenaria, que vende enseres a la vuelta de la esquina, con un halo de eternidad en su mirada. Es la anciana del poema de Langston Hugues, descendiente de las sombras que pululan por el camino de tierra adentro: apaches, comanches, cheroques, chiricahuas, zacatecos, espíritus de un tiempo mayor.

Ciertos relumbres de la ciudad a horas angélicas. Me adentré por unos minutos en la iglesia, advocación a san agustín, más allá de su remanso de paz, ecumenismo de lo sagrado, en la eterna vigilia de sus tallas santorales, lo verdaderamente único fue el rostro de aquel señor rezándole a la virgen en plena alba, fuera del ordenamiento confesional, a deshoras. Y haber visto su confesión madrugadora, desesperada, en la cita consigo mismo y el cielo protector.

Aclimatación del emigrante, a 1800 metros por encima del nivel del mar. La pesadez del sueño vespertino, el refrigerio metabólico de la siesta árabe que pasa a ser una condena necesaria, el suspense diurno bajo las aguas turbias de Morfeo, agotamiento y resurrección. Psiquis procelosa, contrincante, dada a la pesadilla más que al mito.

En la suma cotidiana de los días hay un modo de soledad llevadera, asumible, práctica para la utilidad íntima. Y también hay otra forma de soledad más angustiante en sí, casi devastadora, parecida más bien a la desdicha consciente, mirada a la cara, en donde considerar el estado sucedido de pérdidas cotidianas, lo que conlleva la cercanía de un desgarro implacable. Mientras escribo este diario sucede un sunset lento y reconfortante, soledad intermedia disfrutada para el asentamiento de los márgenes, y pienso en la segunda soledad con rabia, ira contenida, ganas  tremendas de salirle al paso, con beligerancia, hacerle frente a su silencio desamparante y dejar lugar únicamente a una soledad mayor, la del sortilegio de esta luz que salva y conmueve en el intervalo de una mirada hacia el sí mimo, paréntesis del mundo, como ante un cuadro abstracto de Felguérez. Las soledades del mirar.

El sombrero del ranchero da mucho más que sombra. El hombre camina sobre los rescoldos del viento, lleva consigo el sol a cuestas, proviene de las longitudes luminosas. Es su sombrero una denominación continental, americanista, todavía más profunda que los ecos del lejano oeste. Luce en los domingos la compostura del paseante local, autoctonía del rancho grande.

Esta nueva luna de cielo mexicano. Al recuerdo aquellas otras island moons de principios de siglo. Medir el tiempo calendario a través de sus blancos, siempre ese grado de soledad necesaria. Más allá del tópico la luna poetiza los instantes de contemplación pasajera. Pienso en la suma continua de todas las miradas a mis lunas propias por venir, el cúmulo de reflejos vírgenes, noctilucientes, de flores en la noche que serán promesa de revelación.  



Samir Delgado, 2017

domingo, 10 de septiembre de 2017

Te recuerdo, Víctor Jara

Tumba del cantautor chileno universal, Victor Jara (1932-1973)

Hoy más que nunca, por no decir desde siempre a partir de aquel aciago mes de septiembre de 1973, la guitarra de Víctor Jara es una isla en medio del océano musical de la canción latinoamericana. Hoy más que nunca el timbre sonoro de su voz comprometida retumba en la memoria colectiva como un pedazo de luz herida por el tiempo, hoy más que nunca el nombre de Víctor Jara queremos corearlo entre palmas de rebeldía que desperecen los ímpetus de justicia y los deseos de libertad en todos los sures del planeta. 

Y es que Víctor Jara representa, junto a Salvador Allende y Pablo Neruda, la huella imborrable del Chile profundo que cautivó el imaginario de las vanguardias en un momento histórico de valor incalculable: de allí nacieron los retazos de la canción protesta y el trasiego de las guerrillas por toda América Latina. Y también la otra cara de la moneda con los golpes militares que multiplicaron la desesperanza popular por las alamedas de la historia.

Víctor Jara fue un hombre de acción volcado en su labor creativa con una densidad memorable, todo el repertorio musical de sus canciones alude a la raíz del acontecer diario en el Chile de los mineros que todavía evidencian el pundonor heroico de la clase trabajadora, cada una de sus canciones contiene un pulso frente al predominio oscuro del poder, los acordes de guitarra que acompañan el vaivén de los campesinos clamando por el derecho a la tierra y los indígenas mapuches que atraviesan los senderos pretéritos del país desde el principio de los tiempos.

Ya desde su faceta como director teatral y cultivador del folklore nacional, Víctor Jara prosiguió una línea ascendente en el panorama musical contemporáneo participando en el conjunto Cuncumen y el mítico grupo Quilapayún que llevará más allá de las fronteras de Santiago el sentir y el dolor de la voz de Violeta Parra.

Hoy más que nunca, te recuerdo Víctor Jara.



Samir Delgado, 2010-2017


viernes, 1 de septiembre de 2017

"Al otro lado del río" Anfiteatros del atardecer (Fragmentos de diario, I)

"Rooms By The Sea" Edward Hopper

Lo enigmático es también carnal

Lezama Lima


Lo dijo Wallace Stevens en uno de sus mejores versos: “el oleaje del mar se volvió inmóvil”. A la pregunta insistente sobre la nostalgia de isla mi respuesta contundente a través del poeta de la guitarra azul. Final de la magua, llevar consigo la isla a donde uno vaya. Hacer de todo una isla propia, acantilado discurrir de la existencia en el diario.

Vasos de agua sobre la mesa, el líquido supremo a la luz de un lamparita nocturna, el remanso de paz doméstica hilando sus porvenires sucedáneos. Los perros que entran a la casa, la abuela de Súchil que continúa en el mismo sillón de los últimos años. Frente al ordenador la conectividad permanente supone una intensificación tóxica de toda vigilia. A mayor densidad de contenidos, menor capacidad de interacción. He aquí el empobrecimiento exhaustivo de la vegetación online. El vaso de agua, la luz de la lamparita, el diario a solas como vía de escape en el exilio voluntario.

Semáforos, colonias, fraccionamientos. La ciudad se subdivide en cuadras, avenidas de luz, segmentos urbanos que solamente por medio del caos resultan transitables. Una tarde completa dedicada a proseguir la misma calle hasta su difumino total. La avalancha de matices, rostros, fachadas que brindan una recolecta abrumante, pic-nic sensitivo para el que únicamente transita: el poeta invisible al día.

Amo el canto vespertino de los chanates sobre el boulevard en su hora punta. El caleidoscopio sonoro de sus plumajes negros. Memoria prolongada del sentido sagrado del cerro Tepeyac, cada centímetro de suelo en la república rezuma principios, génesis, orígenes que se resisten a la extenuación de la historia oficial.

Anfiteatros del atardecer. Hay parejas arremolinadas en los escalones superiores. Un zumbido general de fondo que parece atenuarse mientras se aleja el teleférico. Remanso de contemplación, apaciguado sun-set de eternidades. Y vuelta al mismo lugar un día después, otra tarde absolutamente distinta. De una luna llena a la tarde sin luna. Solamente los zopilotes entre la cortina azul metal del viento.

Ya una semana tiene la fugacidad de una gota de agua por el embudo del tiempo cotidiano. Cada día tiene su cara y su cruz, andanzas por la ciudad en solitario. Lecturas a regañadientes hasta el hallazgo de una confidencia vital de John Berger: la belleza la consideramos pensándola, nos vemos mirando, cuando lo bello sería aquello que desearíamos que nos mire.

Vuelta a las meditaciones de habitación propia en Castilla. Tras la estadía a la orilla de sus ríos será precisamente ahora cuando veo en persona al pintor de la “Cocktail party” en un documental con el testimonio en viva voz de Antonio Saura. Seriedad del artista, solemnidad total en cada palabra. Para él la pintura es nada más y nada menos que una secreción natural del ser humano.

Cada beso aliviana los pesos cotidianos, otorgamiento de sentido vital, pulsión biológica de los quereres esenciales. En la mañana los abrazos ofrecen una quimera cierta común, ventanal sensitivo para un corazón de dos que late sin remordimientos, mutuamente. Ver al ser amado con devoción, naturalidad vivida.

Domingo con ansiedad de parque. Con los últimos rayos solares en torno a una pared desnuda, el perro negro que cruza la calle en diagonal de la colonia, grillos a tientas, algunos árboles depositarios del verde. Y de nuevo este cielo sonrojado, purpúreo, enchiladito a su hora suprema del día que acaba.

Agua caliente como en los baños árabes de Al-Andalus, la ceremonia diaria del cuerpo desnudo, instante del sí mismo, las pompas del jabón sucumbiendo sobre las losetas frías del baño, el canto cercano de pájaros a través de la ventana, del otro lado golpes de viento que se adivinan bajo el agua, entonces el mundo.

Las postales de recuerdo de Berlín, París, Firenze. Aquellos viajes de lo iniciático al viejo continente que pasado el lustro comienzan a retroalimentar la Imago, gota a gota. Pienso el planeta a través de esas remembranzas, el cuadro de Hooper con habitación al borde del mar, oleajes detenidos que orillan por dentro. Aquellos remansos de paz con jardincillo interior en la Goethe house, ciertas miradas hacia arriba entre catedrales y mausoleos, la lluvia parisina consagrando la voluntad al culto de lo mínimo. Desde siempre esa maleta, la ventana insular, las distintas casas al otro lado del río.  

Puertas adentro del diario. Mantener la vigilia cotidiana con una política de interior ácrata, salir al pairo únicamente para los retazos solares, estarse guarecido en el verbo penumbroso de los mediodías frutales, lezamianos. Ser habitante de medias lunas en el salón de la duermevela, desenlazar las íntimas intermitencias de lo verdadero circundante. Y amar la vida por encima de todo.



Samir Delgado, Diarios (2017)

    

domingo, 20 de agosto de 2017

Agosto o el principio de la nautilidad (Poemas del libro Banana Split))

Wolfgang Tillmans_Untitled (La Gomera) 1997

[ACAMPADA EN LA PLAYA]

           
            HAY en el vuelo de las pardelas
            una provocación a las hélices de la gravedad.
            Mientras la arena negra amasa con deleite su nocturnidad
            las aves ocupan en desbandada todo el frontispicio marino.
            Y a la intemperie la luna siempre luce aires de prima donna.
            Pero la desnuda espesura de las algas ganará el protagonismo.



            [EL PRINCIPIO DE LA NAUTILIDAD]

           

            COGIENDO olas en la rampa rebosante de la Caleta
            por el vértigo funesto del trompo con salpicaduras
            y remolinos de yodo bullendo en la caída de la tarde.
            El oleaje nunca guardó secretos para el habitante de la isla.


            [POZO NEGRO]

            LAJAS de piedra en lejanos promontorios.
            Un cuervo muerto de hambre sobrevuela
            el serpenteo gris de la carretera. Silencio total.
            Ahora toda la isla parece un sueño de regreso a la realidad.



            [CUEVA DE LOS VERDES]

           
            ALMACÉN ROCOSO
            para los hálitos volcánicos.
            CASCADA PROFUNDA
            de milagros y penalidades.
            VISITA LOS DOMINGOS
            con descuento para residentes.



            [BUNGALOW]

           
            LOS plafones de luz en el jardín privado
            invadían con pesada acidez mortecina
            el escondite secreto de los grillos.



            [HOLIDAY WORLD]

           
            LA VÍSPERA celeste llegó a toda costa
            destronando los murallones de óxido
            con una feliz algarabía de bengalas.



            [APARTAMENTOS BARBADOS]

           
A MEDIODÍA: trance de siluetas boreales
            en el fondo de la piscina. Los roces livianos del agua
            encandilaron todo el volumen de la fiereza veraniega.



            [BALCÓN ILUMINADO]

            EL relente nocturno en el balcón
            huele a las gotas del anís Marie Brizard
            que endulzó el paladar del amor clandestino.


            [PIC-NIC]

            EL CALOR siempre multiplicó por tres
            la antigüedad de las tejas amoratadas.
            Todavía quedan latas en el limo sucio de la orilla.
            El último pato remontó su vuelo hace semanas.
            Ya no habrá testigos para el reboso de la presa.



            [COSTA DEL SILENCIO, 38630]

           
BUZÓN A LA ENTRADA

            MAXWELL   RITSON   KREUZER   COLLIER   GERICHAUS
            VERCRUYSSEN   SWITHENBANK   HOLLANDER   DE RINCK

            EL CARTERO detuvo su moto aquel día
            finiquitando la historia universal de las postales.



[CAMPIÑA PROVENZAL]

           
            PAULINE tumbada sobre el cañamazo de la isla bonita.
            Suena de fondo el gramófono turgente de los callaos.
            Está subiendo lentamente la marea. Un perro cruza la escena.
            Nada que envidiar a las películas francesas de la nouvelle vague.



Samir Delgado, del libro “Banana Split” (2010)

jueves, 10 de agosto de 2017

Rue Bamako (Sobre una acuarela de Miquel Barceló)

Miquel Barcelo, Cuadernos de África (2004)


También las manos de l´artiste avivan sombras fugitivas para el trasfondo matinal de la acuarela: como un brindis del infinito inasible en la multitud de fronteras que esbozan una constitución definitiva para la belleza, el cromatismo absoluto de la existencia en la faz oculta de la mujer de Mali parece que cruza por primera vez aquel blanco antiquísimo, equidistante a la luz, del blanco de la acuarela tan sagrado como los huesos de los elefantes del desierto en Gourma. L´ artiste entonces prosigue la aguada, pincel en mano, con la biorritmia semejante a la danza de los dogones que encumbran las diferencias del matiz, la mezcolanza de los trópicos, el ditirambo de los atributos en la paleta de colores para diluir de una vez la riqueza de los arco iris del más allá en esta mañana diáfana de la acuarela, donde la distancia de la perspectiva hace visible las sombras oriundas de la convivencia feliz entre las únicas fronteras del color que posibilitan los encuentros venideros. L´ artiste dibuja los únicos límites posibles, lejos de la separación de los territorios físicos, las fronteras del pincel son medidas por el grado de extensión con el que amplifican los hallazgos del otro, pincel en mano, c'est finit, Rue Bamako.

Samir Delgado, Inédito, 2017

lunes, 31 de julio de 2017

Balada del Río / The infinite green (Sobre un cuadro de Fernando Zóbel)


Fernando Zóbel (Júcar X, 1971)



Déjame recordar el silencio en tus profundidades
Hölderlin


AIRE en la húmeda inflamación de las branquias que resoplan bajo el aguaverde. Pulsión vital entre los espinazos de los peces invisibles del río. Silencio matriz del aire hecho globo náutico en las tripas de los peces. Las tripas de los peces son aireverde bajo las aguas del río. 
Aire del río bajo el agua que multiplica los peces verdes. Ventiscales de aguarío en la corriente subterránea de los peces que navegan el verde infinito de su ciudad.   

AIR in the moist inflammation of the gills that puff under the greenwater. Vital pulsing between the spines of the invisible fishes in the river. Silent matrix of air made nautical globe in the guts of the fishes. The guts of the fishes are greenair under the waters of the river. River air under the water that multiplies the green fishes. Galeses of riverwater in the subterranean current of the fishes that navigate the infinite green of their city.


Samir Delgado (2016)


Extraído de los libros:
"Oir ese río"
 "Cuenca 20"
Revista Prometeo
(Festival Internacional de Poesia de Medellín"

lunes, 10 de julio de 2017

“La exactitud es el vértigo” Prólogo de Sabas Martín al libro "Cosmovisión Atlántica. La isla que habita en los cuadros"

"constelaciones- 32"
Fotografía (2010-2011)
© Karina Beltrán


El libro "Cosmovisión atlántica" de próxima publicación 
obtuvo el Accésit V Premio Poeta Bento, Fundación Néstor Álamo en 2012

LA PINTURA COMO LA POESÍA


Recuerdo ahora al poeta Antonio Gamoneda cuando en cierta ocasión afirmaba que el arte no necesita explicarse, pero que a veces es necesario formular otras preguntas que revelen su sentido, sean hechas por filósofos o por poetas. De esta forma -concluía el poeta- ante una pieza de Chillida, solo el poeta puede decir: “La exactitud es el vértigo”.
           
Pienso en Gamoneda porque sus palabras indagan en la esencia que implica recíprocamente arte y poesía. Una relación cimentada desde antiguo y que ha hecho que Octavio Paz dijera que el poeta es el mejor crítico de arte y que un pintor es alguien que traduce las palabras en imágenes plásticas, y, a su vez, el poeta traduce en palabras las líneas, planos y colores. O, por expresarlo con el decir de José Ángel Valente –de nuevo otro poeta-, poesía y pintura, ya desde sus orígenes, han fraguado una sólida alianza en torno a la misma “materia oscura” que las dos comparten. En ambos –poeta y pintor- confluye una pugna semejante por aprehender las mismas cosas innombrables: esas que constituyen la “materia oscura” que merodea en torno a lo inefable.
           
Ciertamente –e insisto aquí en lo que desarrollé en mi ensayo “De la misma materia oscura: el diálogo entre arte y literatura”, incluido en el volumen Signos de la tribu publicado en Canarias por Ediciones Idea, en 2007-, la vinculación entre poesía y pintura se remonta muy atrás en el tiempo. Recordemos que existe un tipo de poema denominado “écfrasis”, cultivado desde la Antigüedad, en el que el poeta ha de esforzarse por plasmar en las palabras el equivalente o paralelo poético de una pintura concreta. Lo practicó Baudelaire y, después de él, Apollinaire, Valèry, Max Jacob, Breton… Y, entre los españoles, Cirlot, Alberti, Hierro, Crespo y tantos otros.
           

Además del “écfrasis”, poetas y pintores se han aliado con frecuencia, aunando sus voluntades y esfuerzos en la creación de una obra conjunta en donde la palabra y la imagen se reflejen mutuamente. La memoria del arte y la de la literatura está ferazmente alimentada de ejemplos que lo testimonian.
            Para Leonardo Da Vinci el arte es una “cosa mental”. El arquitecto y urbanista italiano La Padula sostiene que es “una cosa loca”. Nuestro Antonio Gamoneda defiende que es una “cosa espiritual”. Y es conocida la definición visionaria de Lautréamont cuando dijo aquello de que el arte es “el encuentro fortuito de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de disección”.  Y yo entiendo que esos intentos de aprehender la naturaleza esencial del arte, su condición más íntima, la verdad en que establece su ser, pueden tener un manifiesto paralelismo con la afirmación de Valente de que el reto de la poesía consiste en que debe decir con palabras aquello que no puede decirse con palabras. Por mi parte mantengo que además de sed de comunicación, fuente de conocimiento y aspiración de revelación, la poesía es nada más y nada menos que un milagro del lenguaje. O dicho de otra manera: el poema no debe querer decir, sino ser. La pintura, el arte, ya sea desde una simiente “mental, loca, espiritual o visionaria”, se hermana con la poesía en su profunda y radical naturaleza de aspirar a ser en sí misma, de cumplirse más allá de los límites de la representación. De ahí la vocación complementaria entre poetas y pintores.
           
Por referirme solamente a Canarias, en nuestra poesía contemporánea contamos con muestras significativas de esa alianza entre poesía y pintura. Ahí están las colaboraciones de nuestros surrealistas con Juan Ismael. O el feliz encuentro entre Pedro García Cabrera y Jesús Ortiz. O las creaciones vanguardistas de Juan Hidalgo en el grupo ZAJ. O las sugerencias de líneas y siluetas de Alejandro Togores para los poemas de tradición oriental de Mariano Vega. O las asociaciones de la palabra de Sánchez Robayna con las imágenes de Vicente Rojo, Ràfols-Casamada, Roberto Cabot, Denis Long o Tàpies. O los poemas de Alberto Pizarro acompañando las obras de José Abad. O los de Domínguez Jaén para creaciones de Jerónimo Maldonado. O los textos de Krawietz y León sobre dibujos de Francisco Acosta. O el reciente poemario de Octavio Pineda sobre cuadros de Óscar Domínguez…. La nómina es abundante y podría seguir incrementándose el recuento. Con ello no haríamos sino constatar de forma fehaciente esa significativa y perdurable atracción que arte y literatura, poesía y pintura, emanan entre -y desde- ellas.
           
En el origen de todo esto resuenan los ecos de Horacio en su Epístola ad Pisones donde se encuentra su ya clásica afirmación de “Pictura ut poesis”, esto es: “La pintura es como la poesía”. La máxima horaciana subraya esa misma esencia inagotable que imbrica ambas disciplinas y que tantas y tan memorables colaboraciones ha propiciado y sigue haciéndolo. Se trata, en suma, de una inagotable presencia, de un próspero y floreciente diálogo que confluye en un mismo destino que se prolonga en la edad del tiempo.
            A esa mutua implicación cabe añadir el empeño del poeta isleño Samir Delgado, cuya última entrega poética, Cosmovisión atlántica (La isla que habita en los cuadros), se ofrece a los lectores.  

“LA ISLA NECESITA AL ARTISTA”


No es la primera vez que Samir Delgado vincula su discurso poético a la interpretación –y recreación- de obras pictóricas. Ya lo hizo en Galaxia Westerdahl y en Las geografías circundantes (Tributo a Manuel Millares). El primero de ellos, publicado por el MACEW, en 2016, obtuvo el XV Premio Internacional de Poesía Luis Feria (2013) de la Universidad de La Laguna. El segundo fue editado por la Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias y el MACEW, también en 2016, con motivo del 90 aniversario del nacimiento de Millares y el 50 del Museo de Arte Abstracto Español.

En ambos poemarios  no solo se trata de poemas a la manera de “écfrasis”, sino que, por encima de la mera descripción de lo que los cuadros muestran en su combinación de líneas, planos, formas, volúmenes y colores, Samir Delgado introduce un doble elemento significativo que en Cosmovisión atlántica ahonda y amplía su propuesta. Por un lado, una derivación hacia la reflexión sobre la naturaleza originaria de la isla y su devenir en el tiempo. Y, por otro, la revelación de su más íntimo ser insular, unívocamente unida a su condición de creador volcado en el oficio de las palabras.
Son 25 los poemas –escritos en forma de prosa- que componen Cosmovisión atlántica. El primero de ellos consta de cinco epígrafes agrupados bajo el título que da nombre al libro. Los 24 restantes son fruto de la contemplación de otros tantos cuadros debidos al mismo número de artistas que han escogido como sujeto y objeto de sus obras el paisaje de la geografía insular.
Hay, sí, en el poemario un paralelo y recíproco impulso motivador. El  poeta se sitúa ante un estímulo exterior –el cuadro- y ese estímulo le conduce a la introspección, a la búsqueda de su propio conocimiento como isleño y como ser. Pero, igualmente, desde la conciencia interior –su misma existencia- desarrolla un proceso que lo lleva a reflejarse en los espejos del cuadro. Así, pues, el mero comentario lírico, el ejercicio descriptivo de la obra de arte mediante la palabra, ve incrementados sus niveles de significación y el alcance de su propuesta.
           
Porque –subrayémoslo de nuevo- Samir Delgado es consciente tanto de su esencialidad isleña como de su condición de creador. Y por eso, singularmente en el primer poema, en los cinco textos ahí reunidos, indaga críticamente en los elementos que definen la isla y en la necesidad de la implicación de los creadores con la incertidumbre de su memoria y su devenir. Es por ello que afirma en uno de sus versos que “la isla necesita al artista”. Para cumplirse en sí misma y en su destino. Para que sea algo más que un accidente geográfico y ofrezca todo el potencial que ese su “ver distinto” –al decir de Padorno-, encierra.

Poesía, entonces, que trasciende la apariencia y lo inmediato para formular cuestiones que participan de lo filosófico, lo ideológico y lo ético. Todo ello cristalizando en una suerte de ontología del ser, de la cultura, del arte, como empresa dignificadora y necesaria de la existencia. Y todo ello, igualmente, expresado con un lenguaje que se aleja tanto de la simple y mera exhibición autobiográfica como de la exégesis o la glosa sin más, para fraguar en una sugestiva, arriesgada y enriquecedora repercusión de sentidos.
           
En los poemas de Cosmovisión atlántica las palabras se buscan a sí mismas en los ecos de su propia musicalidad, naciendo al significado desde lo remoto y profundo para traspasar los límites de lo escuetamente informativo. Tras sus resonancias culturalistas, el lenguaje da paso a los significados imprevistos y sugerentes, a una estética plural donde se asocia la visión descriptiva con lo conceptual, lo filosófico con la impregnación ética, además de referentes simbólicos e históricos. De esta manera, el decir poético fluye con una intensa contención, como destellos o vislumbres cuajados de múltiples horizontes de interpretación, y donde la dicción novedosa y la polivalencia de sentidos se abren a una sublimación de la interioridad a la par que a la indagación sobre el sentido de ser isla en la isla. Aquí, al cabo, el discurso poético compone un hallazgo novedoso, inédito por momentos, pleno de atrevimiento, no solo formal sino también ideológico y crítico.
           
Ciertamente, como apuntaba Gamoneda, el arte no necesita explicarse, pero a veces es necesario formular otras preguntas que revelen su sentido, sean hechas por filósofos o por poetas. En su Cosmovisión atlántica el poeta isleño acude a la pintura para formular esas “otras preguntas” que inquieren más allá, más adentro, de lo que muestran los lienzos. Preguntas que, en este caso, desembocan en el desvelamiento íntimo, en la exploración de la categoría isleña, en el ser y existir de la isla a la que, perteneciéndole, pertenece.   
           
Samir Delgado se sitúa en la contemplación de una serie de cuadros de artistas diversos. Y en los cuadros -esos cuadros en los que habita la isla-, en tanto germinan sus palabras se vislumbra a sí mismo para descubrirse habitado por la isla misma y por lo que esa isla es y por lo que puede ser por la intervención creadora del arte y los artistas.

Esa es la búsqueda. Ese el reto que propone.  

Sabas Martín, Madrid, 2017

Sabas Martín (1954)

Poeta, escritor, periodista, Académico Honorario de la Academia Canaria de la Lengua