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lunes, 25 de septiembre de 2023

"Voltizo" (Pintura número 100, César Manrique in memoriam)

 

César Manrique (1919-1992)

                                     VOLTIZO


A Manuel Padorno

                    La quemadura asola el presidio de la carne con
un sol mínimo que esconde tras de sí la violencia
dulce de tu sueño para salvar la isla del terror de las
cicatrices del buldócer

Nadas el agua en la mano y nadie ve el principio
del agua en todas las cosas que pintas a borbotones
dentro de tu sed llena de tojias y lavandula

Quieres la alquimia del vértigo en el timón de la
curva del nacimiento oscuro que bebe del romance
del roquedal y la yesquera

La isla te tiene a ti mientras el mundo mira a la
cara del borde del risco

Y del otro lado tú en la soledad de la casa de
todas las noches de la brújula atlántica      

     

Del libro, "Pintura número 100, César Manrique in memoriam" XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales, Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, 2019

viernes, 20 de agosto de 2021

Esta luz que arde. Sobre “Pintura número 100. César Manrique in memoriam” Por Lucía Rosa González

 

Portada del libro 


Reseña, XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales

Si en Celan las palabras transgredían la realidad para crearla, en el caso de “Pintura número 100. Manrique in memoriam”, el poeta atraviesa los lienzos del artista lanzaroteño, absorbe su esencia y traduce no el lienzo sino el impulso del instante contemplado. Los poemas de Samir Delgado dan testimonio de ese acto íntimo, profundo, como si viese los lienzos a través de un caleidoscopio. He aquí el enigma; cómo de hondo fue el encuentro con la obra de Manrique para que se proyecte en el poeta la necesidad vital de trascender poéticamente tal revelación existencial.

En “Pintura número 100 Manrique in memoriam”, Premio Internacional de Poesía Tomás Morales 2019, dividido en seis apartados muy significativos («el sueño», «la pintura», «los volcanes», «fósiles», «la isla» y «el artista»), el insaciable universo poético de Samir Delgado interpreta el arte de César Manrique que ahora es doblemente inmortal. 

En las intensas páginas de esta celebración poética da la sensación de que la sensibilidad del autor se anticipa a lo que los sentidos perciben. Y esta mirada imaginativa explosiona y acontece en un trance verbal como si la palabra no hubiera existido antes: “En una sola letra cabe el destino/ de todos los blancos de la nieve / La soledad del artista se alimenta / del fuego nocturno de las sombras”.

Porque la isla tiene manos y ojos, pero también la escultura o el cuadro y quien pinta la isla, una fusión tridimensional de seres que se transfiguran en sonido, ese otro ser que emerge y fluye con vida propia en la voz indispensable del autor que llega al rescate de la isla mediante el arte. Y es una voz que anda y respira y, si le cortaras las piernas que despliega, no trastocaría el rumbo porque ya es raíz germinada y bebe la ebriedad de la llama en la matriz de la isla engendrada.

Tal celebración sonora del color da paso a la herida del color, como si Samir rasguñara la sustancia de la luz que desprenden los seres que pueblan la mente poderosa de Manrique y los engullera; ¡no!, como si los mordiera y nos los devolviera trascendidos por medio de la saliva de la memoria: “Las manos de César encienden el lenguaje secreto de la noche de un bosque en las estrellas”.

Esta luz que arde en los primeros apartados de “Pintura número 100” se condensa y oscurece en “Los volcanes”, pero no se cierra del todo para dar paso al silencio, y en este ambiente de indagación en la negrura, la potencia de la lava aparece sin nombrarla y sucede y se entrega desnuda al lenguaje. Hay un encontronazo vibrante del paisaje con las palabras; un ejercicio de mimetización recíproca del lienzo con el paisaje y del paisaje con el cuadro, procedimiento visible en los poemas “Quemadas”, “Soo”, “Tinecheide” o “Tobas”. 

Con un lenguaje desgarrado irrumpe el clímax en el conjunto de poemas de “Fósiles”, animales ancestrales empotrados en la lava que recreó Manrique, quien afirmaba que “la muerte que es las huellas de la vida es vida también”. Conmueve el poema “Torso enterrado”, colores sobrios, duros en el cuadro de Manrique, que en las páginas habitadas por “El torso” en Samir se tornan abrupto silencio, silencio estrujado: “El sueño de un pergamino de la lluvia en la noche del espanto que maúlla al olivar este silencio cielo arriba”, sucesión de imágenes que se besan encadenadas, sin tregua, en las que se presiente el conflicto, el duelo del arte que se revuelve a trozos en el interior de la tierra. 

Pero algo que es para siempre debería estar vivo, en lo oscuro; quebrado el aliento, brega el arte, se desprende de labios, pechos, mente, desenterrando al fin el alma que permanece sin los huesos en la voz tan personal y necesaria del poeta que va del drama del enterramiento a la percepción de la muerte, de la que extrae no el bramido sino el timbre del bramido, su eterna resonancia. 

Y además erupciones, lava que se derrumba y entra en ti como el hambre; versos eléctricos lo mismo que chispazos para que te vires y vuelvas de nuevo a leer el texto. Esa es la poesía de Samir Delgado. Y el poeta en su interior como las venas: “Llévate contigo la naranja y el volcán porque después de ti toda la luz volverá a ser la lluvia”.  


Lucía Rosa González, poeta y dramaturga

Los Llanos de Aridane, La Palma, 2021




lunes, 15 de febrero de 2021

"Oda al volcán, César Manrique in memoriam" (Reseña del libro Pintura número 100) Por Felipe García Landín

 


Afirmaba Foucault que la  vida es una obra de arte en sí misma pero necesita que alguien le ponga color y poesía, forma e intensidad. El arte es la capacidad que tiene el ser humano de expresarse para así interpretar la realidad e imaginar otros mundos. Poesía y arte en general siempre han ido de la mano ya que poesía es una cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza y el arte nos ofrece diferentes formas de percibir el mundo -- real e imaginario-- y todo lo que lo conforma. Desde la Antigüedad escritores y pintores han tenido una relación estrecha, persistente y complementaria que se ha materializado en la poesía visual, los pictogramas y los caligramas. Pero también pintores y poetas han usado las dos formas de expresión indistintamente porque como bien sabía Pablo Picasso, poeta tardío, <<la pintura es poesía y siempre se escribe  en verso con rimas plásticas>>.  Muchos creadores se iniciaron en la pintura para acabar escribiendo  versos como Rafael Alberti que interpretaba las creaciones plásticas de Leonardo, El Greco, Goya y Picasso entre otros artistas. En Canarias Pino Ojeda y Juan Ismael constituyen claros ejemplos  de magníficos pintores que aprovecharon el lenguaje poético para enfatizar en sus versos el color, la forma y los sentimientos.  Luego están los poetas, solo poetas, que en algún momento se inspiraron en obras pictóricas para incorporarlas a su poética particular o simplemente – lo de sencillo es un decir-- hacer écfrasis, esto es, la descripción precisa y detallada de una obra artística con la finalidad de interpretarla y trascenderla. A esta tendencia pertenece Samir Delgado, Premio Internacional de Poesía Tomás Morales 2019 por su libro Pintura Número 100 (César Manrique in memoriam) que se suma así al homenaje del artista lanzaroteño por el centenario de su nacimiento.

La pintura número cien es para el poeta el cuadro inspirador de todo el poemario que va de la mano de César Manrique para encender <<el lenguaje secreto de la noche de un bosque de estrellas>>. La pintura número cien es el resultado de una búsqueda por parte de Manrique de un lenguaje pictórico personal insertado en la geografía volcánica de Lanzarote. <<El derrame volcánico>> de esta pintura áspera y rugosa como la lava se inflama de rojos anaranjados con <<efluvios candeales>> para germinar en un incendio de lavas y basalto al que nos lleva el poeta a través de este poemario lleno de musicalidad, pues el ritmo nos traslada al origen mismo de la isla antes de convertirse en el gánigo pintado << con la misma luz del reloj perdido de los volcanes>>. Esta oda a Lanzarote y a Manrique -- imposible disociarlos-- consta de 59 poemas que se distribuyen en seis secciones o cantos (El sueño, La pintura, Los volcanes, Los fósiles, La isla y El artista) que ensalzan la isla, su naturaleza y la mitología que la envuelve. Esta tierra retorcida y llena de soledades, varada en el océano, sueña con <<el agua de unos ojos>> que la fertilice y navegar de la mano del pintor (<< Un solo pincel para el conjuro del atlántico en el origen del hombre>>) hecha goleta o fragata para romper el << aparejo de los sueños varados en tierra de nadie>>.

Lanzarote es volcán, es fuego y es ceniza. El poeta, como el artista, no puede desprenderse de esta identidad porque el volcán lo es todo para la isla. Como fuerza primaria de la naturaleza  provoca la fertilidad de las tierras y simboliza el fuego creador y destructor. Es << la verdad del fuego>>, <<el calor líquido>> que alimenta  Tinecheide. Forma las tobas y el picón que amenaza la fertilidad del jable. El volcán construye jameos y pozos en los que los elementos de la naturaleza (aire, fuego, agua, tierra) se relacionan y transforman para crear vida como la nécora abisal que sobrevive en la oscuridad de la cripta. Pintar lo ignoto -- lo desconocido, lo que está por descubrir- podría ser la tarea del artista que piensa en futuro al <<cerrar los ojos para ver la isla volviendo de nuevo a nacer en ti>>. El afán por descubrir la isla primigenia << surcando el paladar de los vientos africanos con su bolsillo roto de la calima>> lleva al poeta a dirigirse a  Manrique familiarmente y lo revive porque poeta e isla necesitan de sus juegos con los vientos y porque suya es <<la arquitectura del sueño del niño>> y la alegría de vivir y el color. La defensa de la isla y su naturaleza frente a la especulación y los traficantes del suelo es el sueño de la inmortalidad de la isla <<mientras el mundo mira a la cara del borde del risco>> y el creador se queda <<en la soledad de todas las noches de la brújula atlántica>>. Recordaba José Saramago que la idea de César no sólo era una idea de presente sino de futuro y Samir Delgado lo inmortaliza con estos versos: << Ser/ contemporáneo/ del futuro/ y de la piedra/ y de la nube>>.

Pintura Número 100 nos acerca a la obra e indirectamente a la trayectoria vital del artista lanzaroteño con una mirada poética muy personal. No es necesario que el lector tenga delante la obra pictórica de Manrique o el mapa de Lanzarote para seguir los latidos poéticos del volcán. Hay que dejarse llevar por los versos que intentan atrapar la esencia de una estética arraigada en la naturaleza que busca la belleza y la verdad. Samir Delgado explora un arte que se asienta en basaltos, lavas, cenizas, volcanes y en los colores de las islas. Lo hace desde la visión del crítico con técnica sofisticada, con la frialdad del observador que evita la emoción – ausencia del yo lírico--  y que inicia un viaje exploratorio para anotar los descubrimientos. De tal forma que dibuja con trazos imposibles una realidad que sabe única. Así es este poemario que se va humanizando a medida que se acerca al final cuando isla y artista son uno y se impone la energía telúrica de César Manrique. Para este la sabiduría consiste en rodear de la mayor belleza el entorno donde el hombre habita. Exaltación de la belleza y necesidad de conocimiento para encontrar la felicidad podrían definir al artista y su relación con el paisaje. Samir Delgado a través de la poesía busca ese conocimiento para  adentrarse en lo permanente e invariable de aquellos elementos que constituyen la esencia de un creador como César Manrique y su mejor obra, Lanzarote.

                                                                                                     Febrero 21

Publicado originalmente en el periódico Canarias 7


domingo, 27 de diciembre de 2020

"El milagro de pintar versos de lava" Reseña del libro “Pintura número 100”


Reseña del libro “Pintura número 100” XXV Premio de Poesía Tomás Morales
Por María Jesús Alvarado


¿Qué fue primero? ¿La isla -volcán, viento, luz, memoria-, la pintura o la poesía? El milagro del arte ocurre cuando todo ello se confunde, cuando el poeta se convierte en materia y pinta el paisaje con sus versos. El orden no importa, tampoco la lógica ni el tiempo. César Manrique (1919-2019) fechó su Pintura nº100 en 1962, cuando ya había visto, sentido y respirado mucha isla. Samir Delgado la convierte en poesía cuando César cumple cien años, cuando es más pintura, más lienzo, más isla.  Porque el artista no muere nunca, crece con su obra cada día que pasa, y cualquiera que se acerque a ella, sea ahora o en cien años más, tendrá el privilegio de transitar por su paisaje como si fuera el momento en que la lava bullía desde las profundidades de la tierra para cubrir de negro y rojo la superficie de Lanzarote, y entenderá que los árboles puedan enraizar en el cielo y crecer hacia la tierra, buscando el fuego.

La contemplación emocional consciente del arte nos conecta con nuestra esencia más profunda y con la infinitud del universo. Conseguirlo a través de un recorrido de versos que nos la describen es también un arte. Y eso es lo que hace el poeta Samir Delgado, que practica la contemplación del arte con una mirada amplia, sencilla e íntima, consiguiendo que nuestra visión de las obras y artistas a los que nos convoca, aun siendo conocidos, se torne totalmente nueva y entusiasmada tras la lectura de sus versos.

Con este poemario, Samir Delgado no se limita a acercarnos a la Pintura nº100 de Manrique, sino que nos hace caminar por toda su obra pictórica y a través de ella homenajea con asombro y admiración la naturaleza volcánica de Lanzarote y el sueño de un artista que consiguió contagiarnos y convertirlo en el sueño de todos para este archipiélago tan necesitado de realidades que lo salven de sí mismo.

Precisamente “El sueño” es el título de la primera parte de este libro, que sigue con “La pintura”, “Los volcanes”, ¨Fósiles”, “La isla” y “El artista”. A través de cada uno de estos apartados, los versos de Samir Delgado nos llevan a redescubrir los lugares de la isla: Femés, Soo, Timanfaya, Las salinas, Famara, como si fuésemos el propio Manrique cuando los recorrió y se impregnó de ellos por primera vez, y nos conecta a su vez con su espíritu universal y cosmopolita, llevándonos a lugares tan diversos y dispersos como Atenas, Altamira, El Támesis, Venecia, Laussane, África, Amazonas, La Gran Manzana, Central Park, Lexington Avenue o el cine Princesa. La isla de Lanzarote como epicentro de un movimiento que nos conecta con la vida que late en cualquier rincón del planeta, y con la muerte, que puede sorprendernos en cualquier momento, como sorprendió a César en su BMW735i. Solo por sorpresa podía irse ese hombre que se atrevía a jugar con el viento pero incapaz de representar la guerra. 

Pintura nº100 nos adentra, verso a verso, entre cenizas y asombro, en una isla que arde y que nace en cada nueva mirada que la cubre. Una isla que se ve a sí misma desde fuera y desde dentro. Atlántico bañando la memoria. Viento africano que acaricia el espanto del fuego. Luz convertida en tierra negra, en sal, en huella. Negro que arde para envolver la isla en silencio permanente. Eso y mucho más es el milagro de Lanzarote, lo que esta Pintura número 100 de Manrique y Delgado no quiere que olvidemos. 


Publicado originalmente en el periódico Canarias 7, Islas Canarias


 

lunes, 21 de diciembre de 2020

“De la naturaleza artística a la nebulosa lírica: una ruta bidireccional” Reseña de Noel Olivares

 



Reseña del libro “Pintura número 100” XXV Premio de Poesía Tomás Morales


La entrega literaria de Samir Delgado “Pintura número 100” (César Manrique in memoriam), obra ganadora del XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales (2019) recorre el universo manriqueño con formidable aliento poético en correspondencia con la versatilidad de la obra del artista lanzaroteño. Dividido en seis secciones, el libro conforma una topografía y una cosmogonía entre arte y poesía, territorios colindantes y extensivos, concluyentes. La lectura de la isla que en César se vuelve epicentro de un mundo dentro de otro a través de materiales tangibles, Samir Delgado lo transforma por medio de la palabra en otros mundos dentro de este (Éluard) con la materia del verso, heraldo fidedigno del espíritu.

Pintar la isla para recobrarla, escribir la isla para habitarla, Samir Delgado inició un buen día su exilio voluntario del archipiélago canario en busca de su destino (easy rider). Y tras su etapa conquense, primera estación donde dejó su impronta de revolucionario de las artes, alcanzó suelo mexicano, el mítico horizonte que acogió a tantos refugiados de la tragedia española del siglo veinte. Desde México, Samir Delgado está más presente que nunca a través del continente de los sueños con el archipiélago que lleva en la sangre. Y la prueba de esto reside en su titánico quehacer literario de ejercicio poético y labor crítica de los últimos años con excelentes libros como la trilogía precedente sobre arte y artistas: Galaxia Westerdahl, Las geografías circundantes (Tributo a Manuel Millares) y Jardín Seco -publicado por la editorial madrileña Bala Perdida- en torno a la obra de Fernando Zóbel.

Este volumen dedicado a la nebulosa estelar del gran César Manrique en el centenario de su nacimiento es un virtuoso homenaje en verso que traduce el espíritu de un creador inigualable desde la intensidad de un poeta en plenitud de sus facultades. El resultado bien a la vista está y el lector revive a través de estos poemas un itinerario sembrado de elementos icónicos representativos de un singular mundo artístico. Versos de fuego grabados en los surcos de la piedra, en el alma del paisaje que borbotea el aliento de los volcanes como “las piedras que siempre dicen la verdad después de la lluvia”. La soledad del artista, la soledad del poeta “se alimenta del fuego nocturno de las sombras” pero hay mucha luz en los versos de Samir y en el universo de César, -y mucha sombra en el anverso-, reflejos pintados porque aún persiste “muy lejos todo el sol/para después de la muerte”.

Las manos del pintor y las manos del poeta “encienden el lenguaje secreto de la noche de un bosque en las estrellas” y así los universos duales se corresponden y superponen fusionándose en explosiones infinitas desde la noche de los tiempos hasta el día sin fin. En la serie “Fósiles” (sección cuarta del libro) encontramos poderosos ecos del pasado, el pasado que nos habla con un verbo aplastante, permutativo, versos que son versículos enroscados como enredaderas en llamas, vestigios de un mundo paleontológico, testamento y testimonio de la muerte en poemas como Torso enterrado, Pájaro aplastado, Toro calcinado, Fósil anfibio. En la sección quinta “La isla”, el ser errante, alegoría del destino humano, reconoce su soñado renacimiento, encarna la isla y cierra los ojos para verla nacer dentro de sí jugando con el viento, juguete y jugador, comodín atemporal del universo.

Y llegamos al epílogo, un mundo verdadero frente a un mundo de imitación, “el engranaje turístico global”, ante la hora de la verdad, la hora del despojamiento de las máscaras, de la velocidad de la luz y la velocidad terrestre más allá del aire muerto para el desaliento del pájaro y el estigma de la flor de volcán. El poema BMW735i, una obra emblemática de César que simboliza su destino de “ser contemporáneo del futuro” define ese momento a partir del cual el artista entra en la inmortalidad: “Toda/ la sangre/ de un solo/cuerpo/detenida/al margen/de la circulación/el único instante/ del ángel”.

Pintura y poesía, éxtasis y vértigo, satélites, cometas, semillas y frutos, contorsionismos de arte y espacio, letra y claroscuros, huellas en el camino “la huella de un diente de sol” rastrean el devenir de las raíces en el cielo, el itinerario del artista perdido en los caminos del bosque de la existencia. César Manrique, a través de su legado encontró a su poeta, el artista de los sueños que da la réplica, el filósofo que argumenta y el profeta que anuncia: todo orden será superado por su perfectibilidad. En el poema “Solo en arena negra” de la primera sección (El sueño) círculo perfecto, leemos: “Al pintar la isla otra voz dirá entonces el nombre del origen de la caldera y la cárcava y el primer fuego”. Y más allá de la simbiosis de los lenguajes el corazón planea como un pájaro camino de una desierta lejanía indescifrable.


Publicado originalmente en Diario de Avisos, Suplemento cultural "El Perseguidor"

martes, 1 de diciembre de 2020

"Pintura número 100" Reseña de Quintín Alonso Méndez

 

César Manrique "Pintura número 100"(1962)

Reseña del libro "Pintura número 100. César Manrique in memoriam" XXV Premio de Poesía Tomás Morales, 2019

"Cada número semeja un recuerdo como imagen, clavado en la pared imaginaria de la memoria por punchas oxidadas por el salitre como heridas que salvan

Pintura número 100 se disculpa, busca apoyo en el bastión insondable de la obra pictórica -la palabra ha de ser imagen para ser poesía- de César Manrique, homenaje a quien antes de la palabra se hundió en la poesía de la imagen, imagen voluble en cada golpe de instante, en cada soplo, latido, del tiempo, aunque detenido tiempo, y la vertió, con los pigmentos cósmicos de la lava, la luz y el océano, en el lienzo, la piedra, la grieta, materia atlántica de isla, de universo, nunca de continente.

Pero Pintura número 100 es más que mirarse y verse en un espejo, simple placer del contemplarse y desconocerse en el saberse, es raíz, desnudez del poeta ante sí mismo, ante el paisaje sobrecogedor de lo inalcanzable, totalidad dispersa del yo en cada partícula, en cada poro de cada palabra, descubierta, reinventada, acogida como propia, es decir, como universal, planta, roca, luz, sed de agua, piel de mar, de la luz que va más allá de los sentidos, penetra, traspasa, socava, intima, se queda, vuela, se hace aire, naturaleza, misterio y reconocimiento, asombro y descubrimiento, cada vez descubrimiento, primera vez, en cada acto de la fusión mística-material con el planeta isla, naufragio siempre, casa siempre. Samir se abre -flor carnal de piedra, piel de roca fósil, de aire-, en Pintura número 100, en seis cabalísticos pétalos («el sueño», «la pintura», «los volcanes», «fósiles», «la isla», «el artista»), pero el número no importa, aunque seamos límite, origen y final, un menudo átomo de espacio creador del tiempo, de materia volcánica y océano, salitre y fuego de las entrañas, pero antes de los dos extremos terrenales está lo que no tiene tiempo, lo que es la eternidad del siempre, éxtasis de lo quieto, quizás el vacío, poema perfecto.

Samir Delgado viene de una poesía cerrada, hermética, porque dos muros de piedra a los lados del camino estrecho, evitando la luz inmensa del vuelo y no dejando ver más que la escasa aparente luz del limitado objetivo al final de un túnel o laberinto girando sobre sí mismo, no dejaban ver la transparencia de la nada, de la totalidad, pero un golpe de caída, o abismo, o vuelo, ha tirado abajo los muros y entonces surge, se desparrama, se vierte, el poeta, el que aún teme pero ya se atreve a desnudarse, a despojarse del yo, aún con el pudor, pero el atrevimiento, del niño, del adolescente, del hombre, ante el descubrimiento y el estupor, pero entonces desaparece el humano, el invasor, y no necesita escarbar: pululan los versos como polen, invisibles, con y por la piel de los sentidos.

Solo quiero decir, desde mi inconciencia de mundo, que Pintura número 100 (infinito número) es poesía, sin saberlo, sin proponérselo, sin quererlo, espontáneo como el nacimiento de la primera única célula: poesía: indestructible: de origen volcánico y de algas los pigmentos de las imágenes, óleo de océano atlántico.

Y brota en el malpaís la palabra barroca, sin ella no podría la poesía asomarse/no asomarse a la magnanimidad de isla, de surcos sobre el océano comunicándose con otra isla, imantados territorios náufragos, aislados, entrelazados, de isla.

Esta poesía con mayúsculas se abre a los horizontes y al mismo tiempo se cierra en flor, de lava y mar, de isla.

¿Son los números fechas, instantes, luminosas heridas, pequeñas marcas que vamos dejando para encontrarle el regreso a los recuerdos? ¿es un fósil el barroquismo? ¿es leyenda lo barroco, la lengua de la palabra, surco, piedra, sed, pájaros de sol trasparente trayendo todos los colores picoteando en las mañanas labriegas, en las noches grilladas por la tristeza que es pobre? La pintura no es más que plasmar la imagen, las infinitas imágenes dentro de la imagen, según el ánimo de la luz, el óleo no es más que la esencia de la tierra, su misma raíz. Cada número semeja un recuerdo como imagen, clavado en la pared imaginaria de la memoria por punchas oxidadas por el salitre como heridas que salvan.

Es en el pétalo número tres de la rosa de los vientos, en «los volcanes» (aquí soy débil, más débil), donde Samir Delgado, o mejor dicho, la poesía de Samir, ya íntegra e impúdicamente despojado del yo, es más isla, más silencio, herida, dolor, terruño, más uva sedienta, siempre insatisfecha, de la roca volcánica. Sentencias. Cada destilarse de un poema se desparrama sobre el lienzo en delicada, seca, pura sentencia. Samir: Pintura número 100: Poesía. Cuerpo de poesía.

Solo es el comienzo. Siempre

                                              

Quintín Alonso Méndez, escritor y novelista

Bajamar, Tenerife, 2020