domingo, 30 de junio de 2019

"Tras la ventana alguien dibuja en el vaho" Tránsito y duración: pintar bajo el imperio del pixel

Óleo sobre madera del artista Alfredo E.Kuna


Al borde de la tercera década del milenio parece que la incertidumbre será un denominador común en todas las manifestaciones de la vida humana. El impacto acelerado y perturbador de las prótesis comunicacionales ha sumido a buena parte de la sociedad en una mudez sigilosa que se expande hacia el interior de las personas. A pesar de los niveles de accesibilidad a la información, a los objetos dominantes del entorno social y a las imágenes del mundo que confluyen en un caos regulado hasta la metástasis del estar cotidiano, los sentidos que configuran la percepción estética se ven atenazados por un derrame ocular que en nada se detiene y donde todo resulta pasajero y provisional.

La sensación de tránsito permanente que caracterizaba a los no lugares de Marc Augé se ha mutado a la propia pantalla, el visor telefónico ha ocupado de manera sorpresiva todo el protagonismo del sentido de la vista y solo queda volver a los cantos de sirena del final de la obra de arte y el predominio absoluto del stock y del souvenir. La pregunta sobre el valor de una exposición artística de dos jóvenes creadores duranguenses en el noreste mexicano puede ser un punto intermedio para establecer una reflexión medianamente esclarecedora acerca del devenir social del arte y la amenaza de la pérdida definitiva del aura que Walter Benjamin ubicaba como la señal que resistía en las cosas acerca de su pertenencia al tiempo y a una lejanía que podía mantener el hechizo de lo atrayente que hay en el acto humano de contemplar, de ver, de sentir. Es la duración vital de la que hablaba Bergson, el tiempo de la vida está secuenciada en la imagen artística de los dos jóvenes creadores como un bastión de creatividad frente al diseño dogmático de los patrones computacionales.

Quiero pensar que los acrílicos de María Fernanda Ávila junto a las piezas en técnica mixta de Alfredo Kuna en la muestra titulada “De la línea a la mancha” en el espacio Galería 7 de la ciudad de Durango (México) nos ofrecen un caudal de sensaciones que gravitan en torno a la toma de conciencia del hecho artístico como una donación esencial de sentidos. Los rostros y los instantes que se nos aparecen ante la vista en sus obras adquieren una dimensión subjetivante del existir que llevan a considerar el tránsito de la imagen bajo una versión distinta a la de la publicidad que totaliza los reflejos de la vida social. Hay en sus cuadros un llamado silencioso, una evocación susurrante que proviene del lápiz y del pincel, de la mano que traza y del ojo que siente el detalle de la visión íntima, a lo mejor este tipo de exposiciones artísticas acabarán siendo los reductos ínfimos de la resistencia de lo humano ante el imperio del pixel y la contaminación estructural de la máquina que media nuestra experiencia del mundo.

La preocupación mayor que late detrás de esta experiencia artística en declive no solamente tiene que ver con el difumino del perfil del artista en la era de la globalización, sino mucho más lacerante es la desaparición terminal del espectador, del sujeto que puede mirar, que vea. He comenzado este texto de consideración acerca de la exposición de María Fernanda Ávila y de Alfredo Kuna con una cita de la poeta mexicana Rocio Cerón, extraída de su libro “Borealis”, editado por el FCE en 2016.  Y quiero completar el poema:

Tras la ventana alguien dibuja en el vaho. Lo que se refleja es lo no evidente. La ausencia compartida de quienes albergan un destino. Copas de licor afrutado, especias. Mano en el hombro. Suavidad de palabras al oído. Cerrar los ojos no ayuda a levantar el derrumbe. Orfandad fosforescente entre los dedos (Rocio Cerón, Borealis, página 78, FCE, 2016)

La autora mexicana inicia su poema dando cuenta de alguien que dibuja en el vaho: indeterminación, incertidumbre, interioridad que se afirma a pesar del simulacro imperante del espectáculo social. Las obras de nuestros dos jóvenes creadores duranguenses no tienen la deformación inherente de la réplica de un modelo ideal, no reproducen necesariamente algo o alguien, van más allá de lo real y tocan el pliegue sensible de la imagen como totalidad autónoma, los instantes perpetuos de sus cuadros asimilan un clima íntimo que hace del tránsito visual una estadía, un confort, una meditación suspendida en el contorno de los colores y de las líneas, creo que el acierto de esta exposición es doble: de un lado la eclosión de dos miradas que confluyen generacionalmente y que se confabulan para ir de la mano hacia la permanencia del goce de la creación. Y por otro lado nos enseñan que existimos, que estamos de este lado para ver, lejos de la preeminencia del sujeto consumidor del sistema, estos cuadros nos devuelven sorpresivamente el derecho a mirar, a estar frente a la vida de un cuadro que nos convoca al diálogo con su misterio.

María Fernanda Ávila y Alfredo Kuna cruzan el vaho desde otro silencio que dona vida y proviene de ella, el instante de la creación nos habita como un duelo imperecedero, sin duda alguna la trayectoria futura de estos artistas jóvenes duranguenses está garantizada y eso a día de hoy, en medio de la intemperie global y el desastre deshumanizador nos hace salir airosos ante la incertidumbre oscura y penetrante de la máquina y del eco de lo que no tiene vida más allá de la vida. Las obras de los dos artistas son una sola muestra del potencial artístico que permanece a la hecatombe y al vértigo, lo dice la poeta Rocio Cerón en su bello poema: cerrar los ojos no ayuda a levantar el derrumbe, y abrirlos de par en par como ahora frente a las piezas de María Fernanda Ávila y Alfredo Kuna puede significar a fin de cuentas salir al menos por unos momentos de la asfixia y del estertor del imperio del pixel.


Samir Delgado, 2019