jueves, 25 de julio de 2019

“La feliz posibilidad de hablar con alguien” Ensayo sobre las cartas de Octavio Paz a Tomás Segovia

Juan Soriano "Apolo y las musas" 1955

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La literatura también se escribe en las cartas. Y no han sido pocas en multitud de ocasiones, de un lugar y otro, las correspondencias que entre escritores han brindado una nueva luz sobre poemas y libros que se encontraban en un puro estado de florecimiento. Lejos de la ponzoña de la comunicación electrónica de nuestros días, las cartas de los poetas reflejan un hábitat humano que se ha ido desgastando de modo paulatino bajo el imperio de la prisa, la rapidez y la velocidad, esa patología que el filósofo Paul Virilio, recientemente fallecido, consideraba como el signo atroz de este siglo. Hay en las cartas de Octavio Paz a Tomás Segovia en casi medio siglo de envíos y telegramas un hilo conductor basado en la amistad, dos autores del siglo pasado que hicieron de la poesía un puente solidario y fraterno, con la lejanía siempre presente de dos existencias y geografías que de algún modo se retroalimentan y distancian para abundar en la fe de la literatura. 
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Son 55 cartas las que se conocen de Octavio Paz, premio Nobel de Literatura, dirigidas al entonces poeta en ciernes, Tomás Segovia, autor destacado de la denominada generación Nepantla, aquellos poetas que vivían en medio de la herencia natal española y un exilio posterior en México que se convertiría en un segundo nacimiento del idioma. De manos del autor de El arco y la lira, o Los hijos del limo, entre sus ensayos más célebres, se fechan las cartas en el período que va de marzo de 1957 a febrero de 1985, un marco temporal decisivo y no siempre constante en el intercambio postal para la confluencia de la obra literaria de ambos escritores, dos poetas considerados por la crítica y los lectores como esencialmente representativos de la literatura mexicana contemporánea.
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En el crisol de fechas y posdatas con un destinatario irregular y movedizo, y un remitente a caballo entre las embajadas mexicanas en La India, París, Ceilán, Kabul -solo una carta fechada desde allá, el 6 de noviembre de 1964- y varias estancias en Estados Unidos que serían decisivas. Hay un par de cartas distintas que marcan la diferencia en el tono y en el tema, la versión de los hechos de Paz se hace desde Nueva Delhi en marzo de 1968, tratan la cuestión del yo poético y de la condición de la escritura. En el trasfondo de la estrategia de aunar fondos económicos para la revista siempre planeada entre ambos y bajo las vicisitudes de una cena con André Malraux y las referencias a España- Octavio Paz certifica que Francia ha ocupado el lugar que abandonó España con el fascismo y su decadencia y aislamiento, pues “el que desaparece no es el no reconocido sino el que no reconoce”- quedan entrelíneas varios lingotes para un debate mayor donde de poeta a poeta se afronta la realidad del mundo, el compromiso del hecho poético y la ilusión de un yo subjetivo que en épocas convulsas debe asumir su función crítica. Dice Paz, “la diferencia entre tú y yo consistiría en lo que tú llamas residuo, yo lo nombro vacuidad”. El yo y el tú se alternan y contraponen, se fusionan y contrarrestan, “el yo, para llamarse y hablarse, tiene que volverse tú” siempre por boca de Paz. Y años antes el tono de la discusión amistosa llegaba a extremos en los que desde una tarde nevada de Estados Unidos, le llegó a decir Paz al amigo poeta “Eres intransigente y riguroso, contigo mismo y con los otros. Lo de la buena y mala fe es un pegote sartreano. Tus escrúpulos son tal vez excesivos pero no son las dudas de Hamlet sino el soliloquio de Segismundo. Eres calderoniano” Y siempre al final el abrazo entre los dos poetas que vuelcan en la carta sus alientos y la determinación de mantener el vínculo dialógico que sobreviene en toda palabra.
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Le dice Octavio Paz a Tomás Segovia en la primera misiva que, más allá de los acuerdos y las discrepancias, el mero hecho de mantener correspondencia significaba a todas luces, “la feliz posibilidad de hablar con alguien”. Segovia envió su reseña sobre El arco y la lira. Y de vuelta Paz le remite una colaboración del griego Kostas Axelos sobre Rimbaud. En cada gesto de ambos redunda la vocación amistosa, humana, de una relación epistolar que trasciende el anecdotario de otras filias postales, al incluir en el coyuntural mosaico de fechas, una ventana a la sinergia cultural que estaba generando la irrupción de antologías decisivas para la trayectoria poética mexicana en la modernidad. Se trataba nada menos que de revistas como “Plural” y “Vuelta”, ambas de enorme importancia para el ambiente cultural y literario en español del siglo XX. Y sobre todo lo demás, las cartas que en su tic tac particular atesoran pistas y claros de bosque para entender -bajo los postulados de la hermenéutica gadameriana- el designio del horizonte común que consignaba el concepto de la tradición, ese horizonte compartido hacia el futuro, en el devenir de las poéticas contemporáneas de un despertar de México a la vida moderna. En algún lugar de una carta de finales de los sesenta, Octavio Paz enfatiza la necesidad de persistir en la tarea generacional de producir sentido y aglutinar voces desde la diferencia, para afrontar el destino, y le dice al poeta amigo “Lo sabes mejor que yo: estás condenado a persistir”. Lee sus poemas en los entretiempos de la burocracia diplomática, Paz confiesa en junio de 1964: “Por fortuna (yo también), descubrí la belleza. Como tú (como todos) más en la naturaleza que en las piedras, más en las piedras que en los hombres”. La lectura de una carta lleva a la otra y siempre la voz latente del amigo poeta en el trasfondo, ambos poetas se hablaban desde el sigilo de la pluma y la urgencia de la voz. Las cartas son el tiempo de los dos.

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Hay en las cartas un minutario singular que va desde la lógica temporal de la valija diplomática del premio Nobel, a la demanda de comunicación que una amistad en la distancia requería para su supervivencia esencial. Hubo también mucho silencio entre una carta y otra, las vidas prosiguen en su aliento propio hacia un final que siempre resulta insospechado. Paz le da noticias a su amigo poeta del descubrimiento del amor con Marie José y recibe de Segovia distintos testimonios privados sobre su deambular por el mundo. En las cartas se intuyen muchas veces el tono y los ecos de los manuscritos de Tomás Segovia, quien abunda tras su discurrir existencial en la necesidad de publicar sus primeros versos y ubicarse en la compleja realidad política de un país que no fue benefactor de la vida de sus poetas. En mayo de 1967, las cartas de Tomás Segovia deprimen a su amigo embajador, quien confiesa “Preveía tu lento girar en el torbellino-remolino-tolvanera de México. La lenta asfixia del altiplano, el rito de la petrificación. El destino de los mexicanos es ser monumento público, momia o cascajo desparramado”. Durante la travesía azarosa de la correspondencia entre ambos poetas hubo del lado de Paz una permanente preocupación por el amigo, y no son pocas las recomendaciones firmadas por él a terceros para que el otro poeta mexicano con ascendencia española, nacido en Valencia en el año trascendental de 1927, pudiera prosperar en el delicado y controvertido panorama de la literatura en español. Entre ambos se va tejiendo la idea crucial de una revista, dice Paz: “La idea de la revista me seduce y me aterra… Esa revista, si llega a existir, será más o menos, lo que somos nosotros”.
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El 14 de diciembre de 1960 escribe Octavio Paz a Tomás Segovia la certeza que queda en pie tras la lectura de sus versos: “usted es poeta”. El poeta cónsul en Nueva Delhi responde al poeta exiliado en París con la premura siempre patente de auxiliar al compañero y brindar una mano amiga ante la adversidad y el desconsuelo de soledades mutuas que se ven la una a la otra desde la distancia de la tinta. De hecho pasarían años, casi décadas en todas las cartas, donde estaría siempre el halo y el signo de un diálogo fructífero que encontraba la tensión de su continuidad en el valor de la palabra, en la ética que sostiene el ejercicio de la escritura y la vocación del poeta por dar fe de la verdad de la vida. En diciembre de 1967, Paz es concluyente: “Recibí tu libro. Ya te imaginas mi alegría y mi emoción. Poco a poco se empieza a configurar una época de poesía. Nunca he creído en las obras solitarias ni en los poetas aislados. Si algo de lo mío ha de sobrevivir, así sea por un minuto, es porque lo iluminan las obras de los otros, mis pares impares”. Desde una primavera en Ithaca, durante la residencia de Octavio Paz en la universidad de Cornell, -donde por cierto, conoce a Ginsberg- le escribe a su amigo nuevamente: “No he vuelto a tener noticias tuyas, ¿qué pasa?”. Lamentando el tono de las últimas misivas, considera Paz “deberíamos escribir cartas sólo en estado de gracia”. Las cartas eran entonces aquella realidad vivida, aliento vuelto para sí, reclamo en tinta y papel del otro. No tardaría el poeta embajador en regresar meses después a Nueva Delhi, el peregrinaje de ambos confluye y se aliviana, Paz llegó a invitar a Segovia a visitar La India, pues “Aquel que no haya visto- ni oído, olido, gustado y tocado- las lluvias de La India, no sabe lo que quiere decir llover”. Siempre desde la amistad se desea para el otro lo de uno, y viceversa, como una lluvia para dos, siempre el poema que escampa.   
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El impedimento crucial que los avatares del régimen social dominante suele constreñir sobre el medio de supervivencia del poeta, su propia libertad y el movimiento de la propia vida hacia su búsqueda de realización, se palpa en muchas cartas de puño y letra entre Octavio Paz y Tomás Segovia, esas cartas que también escribió en sus días venecianos Lord Byron, las cartas de otro tiempo vital que ya están condenadas a la desaparición bajo el imperio de Internet. Hay cartas donde abundan los problemas de índole pecuniaria, las barreras del establishment y la presión de la carencia de posibilidades para publicar y dar a la luz libros de un impacto posterior, todos los parámetros que determinan el tiempo de las cartas evidencian ese mar de incertidumbres que el panorama de la cultura lleva consigo en todas las épocas y regímenes. De un lado Tomás Segovia que se siente asfixiado ante la coyuntura fatídica de la llegada al poder de Gustavo Díaz Ordaz- le dice Paz el 27 de diciembre de 1964: “es una lástima que no desees continuar en México. Comprendo que la atmósfera te oprima y que quieras alejarte”. Luego vendría la masacre de Tlatelolco y el Mayo francés, dos caras de una misma moneda en los derroteros de una modernidad con rumbo a la encrucijada. Entre tanto, se dan oportunidad de debatir sobre el futuro del surrealismo - Paz sugería a Segovia de la necesidad de mantener el vínculo con Breton, un hombre que había impresionado al poeta mexicano y a quien unía una fiel amistad- además de propiciarse algún pasaje de enorme trascendencia íntima, como aquel en el que Octavio Paz aborda la condición de huérfano de todo poeta, pues antes aún de haber perdido a su padre con 21 años, ya tenía que convertirse en padre de sus padres, una experiencia que llevó a su padre a rebelarse contra él, su hijo. Aclara Paz: “Creo que esto me distingue de la mayoría de mis amigos. Ellos se rebelaron contra sus familias, yo no tenía contra quién rebelarme. Todo lo que me ha pasado después parte de esta situación original”. A fin de cuentas, los dos poetas entrecruzan confidencias, a medio camino de la urgencia diplomática y el aliento del exilio de ambos, la vida que se convierte en puente esencial para los amigos.
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Entre una carta y otra, Tomás Segovia vivió entre México y Paris, logró en su momento la Beca Guggenheim y se percibe siempre en Octavio Paz al amigo poeta que facilita conductos y chances diplomáticos para que el poeta resista a la precariedad y el desaliento. No sería hasta 1967 cuando viera la luz el aclamado libro “Anagnórisis” de Tomás Segovia, en su particular revuelco poético del idioma que gestaría una voz propia para el desenlace del siglo en ambas orillas del español. Todavía Segovia viviría hasta noviembre de 2011, sobrevive a poco más de una década sin su amigo poeta. Y entre una confesión y otra apenas intuida, surgen los ramalazos de luz en cada carta, los poetas propician una reflexión íntima sobre la propia escritura y la necesaria irrupción de proyectos literarios que solventen drásticamente la distracción de la competencia ideológica y los bajos fondos de la poesía oficial. Dice Octavio Paz el 25 de mayo de 1965: “Querido Tomás ¿no crees que todos nosotros, hablo de los que piensan y escriben en español, tenemos un deber: dar la cara, puesto que nuestros gobernantes y generales prefieren mostrar las nalgas? Perdóname la grosería pero no encuentro otra palabra para designar la actitud de la mayoría de los gobiernos hispanoamericanos. Siempre soñé con una revista que uniese a unos cuantos escritores de lengua española que fuese un ejemplo para mucha gente...” Y acto seguido, como casi siempre en la referencia final al tiempo vivido del poeta con Marie José: “Me llama. Tenemos un jardín y muchos pájaros. Fundaremos, como tú dices, la verdad”
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Hay muchas amistades en común a lo largo de las cartas de Octavio Paz y Tomás Segovia: de Cortázar y Max Aub a Gabriel Zaid o Ives Bonnefoy, Severo Sarduy y Carlos Fuentes, multitud de enlaces y lugares, una gran diversidad de citas y referencias que aglutinan un mosaico clarividente sobre el devenir de la cultura literaria mexicana de aquellas décadas trascendentales. La revista Plural vería la luz finalmente en octubre de 1971 con duración hasta 1976, y en diciembre de ese mismo año nace Vuelta que mantendría su periodicidad hasta la muerte del poeta Octavio Paz en 1998- incluso recibe años atrás el Premio Príncipe de Asturias a la Comunicación-. Siempre hubo tras la voz del poeta y embajador mexicano una fe en los principios liberales que le han caracterizado a diferencia de otros poetas de izquierdas, de un calado social más ortodoxo, sin embargo más allá de la polémica ideológica el Octavio Paz de cada carta destinada a su amigo poeta rezuma bonhomía y reciprocidad permanentes. Las cartas puestas sobre la mesa reiteran el valor de la amistad entre poetas y el alto designio que supone asumir la vocación poética a perpetuidad entre el exilio y la diplomacia. Desde Cambridge, en enero de 1975, Octavio Paz no se anda con cuitas y exclama: “El PRI es un resumen de México, mejor dicho, un florilegio. Tampoco es culpa del PRI que abunden más las espinas que las rosas” y más adelante, “Tal vez es muy tarde ya para cambiar algo. Temo que México sea un país condenado… El único recurso que nos queda es hablar…y escribir”. Tiempo atrás, durante el eco de la estancia de Tomás Segovia en Princeton, Paz le responde también desde Cambridge aludiendo a otro de los amigos comunes: “No te quejes demasiado de Princeton: ¿crees que estamos en un lecho de rosas? Además, desde que llegamos me salió al paso la sombra de Luis Cernuda. Desde aquí me escribió muchas cartas y no pocos de sus poemas reflejan esta luz” Era febrero de 1970 y Paz relata que su Posdata se discute mucho, recomienda a su amigo escribir a Jorge Guillén y a los demás compañeros españoles ante la incertidumbre de la vida del poeta, Paz le increpa: “¡Es hora de sacar raja de tu condición de español!” y “Tus depresiones me hacen sonreír un poco: por lo visto no te acostumbras a ser escritor en lengua española y a publicar libros en el Valle de Anáhuac…”
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Sin duda, otra de las vetas que suceden a la luz entre los más bellos pasajes de las cartas, durante los años de la correspondencia entre Tomás Segovia y Octavio Paz, será el factor de Nueva Delhi un referente de fondo ineludible y decisivo. El poeta embajador alude en numerosas ocasiones a la realidad “que desafía a la razón” de la vida cotidiana en los países que frecuentó durante su compromiso diplomático, hace referencia todavía en 1966 al hecho de que “Nueva York se ha vuelto irreal y la India, que hace un mes parecía irreal, ahora es lo único real”, y “La India no es Occidente pero tampoco es Oriente. No se parece a China ni al Islam”. Octavio Paz vivió en Nueva Delhi con la intensidad poética que solamente puede hacer sobrevivir a un poeta en un país que representa una imagen de la historia universal al revés. “La verdad de la India es otra. Es una verdad, presiento, central. He creído entreverla en algunos templos y esculturas, en la música, en el caminar de los campesinos, en la risa de los niños”. Las cartas dejan que aflore ese ventanal para el amigo, solamente el testimonio de la confesión lleva consigo la magia de esos otros lugares del poeta que habitan y sobreviven, de algún modo, en su vida y en la vida de los poemas de una forma trascendental. Hay una carta, de enero de 1967, donde Paz cuenta la experiencia “de un lugar encantado de la costa sur de Ceilán”, allí rememora el poeta la edad de oro y hace alusión a versos del propio Tomás Segovia que se adivinan, solamente a través del lenguaje de la indirecta, entre los dos amigos: “Aquí se nos ofrece un pan de verdad y al comerlo lo compartimos contigo. Es un pan hecho de luz y tiempo encantado –ese tiempo que no transcurre y que, no obstante, cambia y es distinto cada instante”. Como siempre las cartas revelan esa probabilidad feliz de poder hablar con alguien y en la correspondencia se hace real la evidencia de la necesidad de expresión íntima, que trasciende de la vida y de la amistad, casi a la par que los poemas, que uno y otro se enviaron privadamente, y que la publicación de las cartas convertiría en un patrimonio para todos los lectores y todos los poetas.               
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Y la última carta, publicada en el libro que el Fondo de Cultura Económica tuvo a bien editar en su primera edición en 2008, está fechada en México D.F un 19 de febrero de 1985, Octavio Paz agradece la recepción de un poema de fin de año haciendo hincapié en que aquéllas eran “noticias del poeta, no del amigo, aunque el poeta sea también amigo y, a veces, más amigo que el amigo”. Paz rehúsa asistir a un congreso de arte, y sentencia: “Hay una conspiración (inconsciente) de las academias para impedir que los poetas digan lo que tienen que decir”. Y solicita a Segovia materiales para la revista Vuelta. Se disculpa por no haber incluido una reseña de la obra poética de su interlocutor, “es verdad que no nos hemos portado muy bien contigo”. Fue Xirau quien prestó el último libro de Tomás Segovia a Octavio Paz, los poetas siguieron su camino de forma paralela, se encontraron por primera vez cara a cara en México y continuaron su correspondencia casi hasta el final, en una carta de enero de 1968 el propio Paz le escribe a su amigo con dureza: “Si de algo estoy seguro es de tu destino. Por eso te duele y te quejas: el destino es feroz y egoísta… No te lo reprocho. Incluso me conmueve que yo sea el muro que oye-un muro que a veces responde con un gruñido”. Al final, efectivamente, llegaron los años noventa, el Nobel y la muerte.  
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En una carta de mayo de 1967 alude Paz a la decisiva Antología “Poesía en movimiento” que recogia la cosecha poética mexicana desde 1915 a 1966, preparada por Paz junto a otros poetas mayores como José Emilio Pacheco, Homero Aridjis y Alí Chumacero. Vale la pena concluir este bojeo por la correspondencia de Octavio Paz y Tomás Segovia considerando el papel protagónico que han jugado en las literaturas nacionales muchas antologías que favorecieron desde la diferencia la eclosión de una visión unitaria y accesible para los lectores, salvando las distancias entre escrituras y egos, cuando lo importante ha debido ser la defensa de la cultura y el derecho a la creatividad ante el imperio del dinero, la competitividad y el desprecio hacia la vida por parte del poder. La amistad entre dos poetas, con su controversia natural y el destacamento de objeciones y también de elogios que surgen de la lectura mutua y del aprecio incondicional, evidencia en las cartas el potencial mayúsculo que tiene la poesía para forjar identidades y perseverar en el progreso de la humanidad. Lo dijo Paz en algún lado, el arte reconcilia. Y respecto a la antología en la que él participó mencionaba en su momento y desde su posición, siempre de cara hacia el amigo y ante el tiempo propio de la carta: “No es un libro personal: es un intento por rescatar del caos y la indiferencia unas cuantas obras que, a su vez, juntas, forman otra obra: el libro que hemos hecho entre todos en lo que va del siglo” 
Samir Delgado, 2019  

miércoles, 10 de julio de 2019

La soledad del sol o contra la eternidad (Diarios)

Long Branch New Jersey by Winslow Homer (1869)


Sí, me duele este atardecer
esta boca de sol y de verano

José Carlos Becerra

ES CIERTO los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo. El retorno al comienzo del poema Espacio de Juan Ramón Jiménez puede ser una forma de placebo ante la oxidación de los días. El abandono de la piel que se desprende, el agua nuestra del vaso de cristal sobre la mesa, dormida en suspenso, la luz en la espalda que nunca vemos, así todas las formas de ausencia que nos constituyen a través de una invisibilidad suprema. La carencia también enriquece el caudal íntimo del cofre de las experiencias, no todo puede ser para el control necesario del recuento ocular. Si hay algo que me fascina es el tiempo fuera de su condición cronometrada, contra la eternidad ese algo de absoluto que tiene la soledad del sol

EL RECUERDO de hace apenas unos meses en el Metropolitan de Nueva York, cara a cara ante la máscara del Faraón, la propiedad sensible del silencio de su dinastía que se extiende a mansalva por el mediodía cosmopolita de Manhattan. Mirar a los ojos invoca un modo de pervivencia más allá de la idea común de los siglos, sentirse vivo entonces a partir de ahí, a sabiendas de la finitud inconmensurable de cada aliento propio. Tras la odisea matutina caminar devuelve a los sentidos su lado más salvaje, lejos de la concentración del poder que todo lo acapara y administra, el cuerpo propio anda fugitivamente, hay que recuperar el instinto de contemplación que algún día tuvimos en la copa de los árboles

ESCUCHAR en bucle la sonata número uno de Bach, el solo de clarinete incorpora al mundo una dimensión perdida, la del sentido profundo que proviene del régimen auditivo, todo lo que sucede tiene ese grado de posibilidad de revelación que escapa al control que ejerce la vida de los objetos. Dejarse llevar al compás de las notas equivale a una forma ácrata de narrativa personal, nadie baila para la oscuridad y esa tristeza proviene de lejos. Hay que ser sinceros con la música, la lluvia no entiende de moral

EL CANTO del grillo nocturno conecta la memoria de todos los veranos. Es el insecto más respetado en nuestro jardín particular. En México no existe el silencio vacío, así como tampoco la gravedad de la muerte, la celebración ancestral de cada instante camina de la mano con el latido del continente americano. Si se persigue una sombra surge el infinito, no la eternidad. Llego al sueño todas las noches con la serenidad del abandono a un espacio repleto de posibilidades. Igual que el grillo hay que transitar una soledad necesaria

EL COMIENZO perpetuo que atesora el nacimiento de un poema. Toda su luz irradia una soberanía máxima, se emancipa de inmediato, no se reduce a la órbita de los espejos, la fuerza de la imagen va más allá de la sintaxis y de los estilos. Ahora que todas las personas vuelven a escribir de nuevo desde el soporte digital me pregunto por la trascendencia sagrada de la palabra humana y la libertad de los símbolos, el peligro del simulacro y de la repetición se adueña de los mensajes, volver a la época de las vanguardias y de los manifiestos parece una quimera. La publicidad permanente en todos los órdenes de la vida ha desbaratado el potencial intangible de la magia del lenguaje. Hay que volver a hablar de los comienzos, del fuego, de la luz

Samir Delgado (Diarios, 2019)