lunes, 23 de diciembre de 2013

Nativity Poem, De "Cuando Venecia y el mar"

Joseph Brodsky en Venecia



Navidad sin nieve, sin bolas, sin árboles,
junto al mar, oprimido por los mapas
J. BRODSKY

UNA luz empaña con placidez las cortinas
hasta el dormitorio nunca alcanza el mar

sin embargo el premio nobel ruso habla del agua

su visión navideña es húmeda y cristalina
cuenta el tiempo líquido de Venecia

en la república de las góndolas
reina un torreón de cronómetro marino

es el mar quien anuncia la buena nueva
la cristiana celebración del nacimiento de dios
bajo el gran tiempo circular de las mareas

como el eterno retorno griego
(salvando las distancias
con el imaginario mesiánico del poeta)

todos los enclaves marítimos del mundo
conviven en pura comunión con lo divino

la epifanía llega con su oleaje cronometrado
a la contemplación diáfana del mediodía solar

las saetas de luz tiñen el tabernáculo
y la cal doméstica prende su magia
en el belén marinero del universo

sin embargo en el sueño del futuro
nada tendrán que envidiar
estos campos dorados de Castilla
a la Venecia más pintoresca

también aquí el mar
será un cielo
benefactor de milagros


Samir Delgado, De "Cuando Venecia y el mar" (2013)

lunes, 16 de diciembre de 2013

La casa en el mar. Ensayos ultraperiféricos


David Hockney (1971). Portrait of an Artist

CASTILLO de San Cristóbal. Como la “tentativa de agotamiento de un lugar parisino” del autor galo Georges Perec, esta tarde escogida al azar es un campo de experimentación poética individual en torno a la avenida marítima insular. Durante unas horas de marisma contemplo a solas desde una ventana imaginaria el discurrir paisajístico extralimitado al horizonte. De espaldas a la ciudad atlántica, el poeta divisa en el pentagrama aéreo una línea perfecta por donde transitan los aviones.

FUERA DEL CALENDARIO, más allá del tiempo ordinario que da cuerda a la ciudad, los barcos mastodónticos que flotan en la penumbra oceánica conforman ellos mismos otra urbe náutica. Sin relación directa alguna entre sus tripulaciones, los marineros instituyen en cada una de sus tareas el único vestigio humano que mantiene una extraña panorámica sobre tierra firme. En los pabellones de cemento acristalado, los habitantes de la isla desconocen su propio cosmos diario. [Muerte del centinela]

EL LITORAL al desnudo es una caverna. Cuando sube la marea en su lenta fluidez líquida, las paredes adoquinadas del castillo adquieren un brillo histórico, resplandecen en su esencia fortificada. Y en la costa cada baldosa de líquenes hace una catarata salitrosa. Llueven. Minimalismo estético de la avenida marítima.

LA MÚSICA estruendosa de los callaos. Lo más cerca que alcanzamos a oir la sinfonía de las esferas. Su perfección aerodinámica demuestra la fuerza geomántica del mar. Este planeta debería llamarse agua.

UN BANQUITO tradicional, verde y pequeño, en una casa del barrio marinero. La instantánea reducida a su totalidad refleja el tiempo inmenso, incalculable, ilimitado que podríamos permanecer frente al mar. [Invitación a la mística]

LOS PASEANTES no parecen conmoverse por el mar. Siguen de una forma inconsciente su deriva, transitan sus estuarios, ajenos a la portentosidad del mundo submarino. Aún siendo de noche, el oleaje reclama el protagonismo. Sin embargo los deportistas prosiguen su carrera terrestre. En su propia pecera.

LOS COMENSALES del restaurante replican el mismo bullicio de cualquier otro lugar del mundo. En París, Roma o Nueva York. Es el idioma neutro de la civilización levistraussiana. Trastabillan con sus cubiertos, paladean al unísono la atmósfera gratificante de la velada. También los camareros deambulan con la misma inercia de una taberna madrileña. Dispensan a los visitantes sus viandas del día. Adentro el fogón de la cocina también es el mismo de la hoguera primitiva. Los alimentos son cocinados para la multitud. Hasta que caiga la noche con toda su fuerza, ocurrirá igual que en los hogares familiares. El mar brindará la cena a sus comensales.

EN EL PASEO marítimo está el pavimento iluminado. La realidad tiene una extensa superficie de hábitat social. Sin embargo hay subterfugios extraños, pasajeras dosis de penumbra, pliegues ocultos a la normalidad sistemática.
Del lado del mar no se precisa luz. Ella misma se abastece como un universo paralelo.

UNA MUJER de melena rubia taconea un extremo del paseo, bajo la farola parecía recién salida de un cuadro de Jack Vettriano.

Entre el mar y la casa /el espacio de cosas que no reconocemos”
(Andrés Sánchez Robayna, “Sobre una confidencia del mar griego)

HE respondido a varios transeúntes como si fuera un vecino más del lugar. A la pregunta sobre la cofradía de pescadores he indicado su ubicación con amabilidad. Yo que he transcurrido varias horas en completa soledad aquí. De repente he sido la referencia, el guía. Ahora que he retornado a casa, me pregunto si el castillo seguirá en su sitio, con el agua hasta los tobillos. Y los pescadores con sus cañas echadas al mar. ¿Habrán obtenido la recompensa a sus quimeras?.

RETORNO a la avenida marítima en pleno mediodía. Hay marea baja. Los barcos quedan al descubierto en su cansina presencia. Descoloridos por el sol. En la orilla he presenciado la carrera sonámbula de un burgado sobre las rocas. Con su baile de salón ha cubierto de baba la superficie rocosa. Un milagroso tránsito sobre el mediodía de invierno. De repente, en la inmensidad azulina he visto a una gaviota pescando con auténtico delirio, a gran velocidad y en picado entró en las frías aguas atlánticas. Blanco Kamikaze.

BOCABAJO tumbado sobre la arena húmeda, apelmazada en el campo limítrofe del mediodía. Con el almuerzo, he visto las olas del revés, con vértigo perceptivo he contemplado el maremoto diurno. Antes de un sandwich, el columpio marino despierta el apetito carnívoro. La consumación del cuerpo sobre el mar.

UNA LUZ vertical ilumina las rocas más grandes de la playa. A pequeña escala parecen enormes picos ecuménicos en el sueño de los alpinistas. Para un minerólogo cada piedrecilla conserva valor en sí mismo. En un recuento visual descubro azules densos, zafiros y rojos bermellón, blancos lunares y grises topacio. A medida que el travelling amplia su panorámica terrestre, no deja de resultar apabullante la enorme riqueza pictórica. En este punto, conmociona amargamente el poder destructivo de las palas mecánicas que asentaron el litoral artificialmente. Los tetrápodos de la avenida marítima son excrementos civilizatorios.

HICE MÍO un pequeño cofre de piedras preciosas, como pétalos de mar verde caribe. Cada una vale por un mundo, igual que las monedas echadas al aire del tiempo. El habitante insular es un coleccionista del jardín marino. La cosecha de salitre sobrevive al incendio del invierno atlántico. [Padorno in memoriam]

TARDE dominical. Mar de cenizas. A velocidad de ochenta kilómetros por hora con dirección al sur de la isla. En el carril contrario hay un atasco de vehículos. En el horizonte irradia un violeta declinante. Desde una baranda del shopping center contemplo la mansedumbre oceánica. Cruza una gaviota el cénit. He pensado en el cuadro de David Kaspar Friedrich, la imposibilidad del vértigo ante el precipicio del atardecer marino en la isla.

NOCTURNO. El Castillo como un dispositivo memorístico que fundamenta el reconocimiento de pertenencia al lugar. ¿Cuánto tiempo necesita el habitante insular para identificarse en su espejo?.

EN LA IGLESIA de Santo Domingo de Guzmán hay un órgano histórico del siglo XVII. Su ejecución magistral en fechas navideñas supone un deleite para el público asistente. Nadie da la espalda al crucifijo central de la capilla mientras un joven orotavense, subido a la tarima del órgano, interpreta piezas de Bach. Como la música del órgano, el mar también proyecta su sonoridad, solamente hace falta quien escuche. Los callaos son teclas de un órgano oceánico que reproducen tonos celestes. En el futuro hasta la orilla también acudirán los comulgantes.

DESDE ESTA VENTANA el mar es de un azul mayúsculo. Con la vista privilegiada de la altura queda el paseo marítimo reducido al mínimo común denominador. Zona urbana adyacente al mar. Como una estampida náutica los barcos pierden toda la atracción, les resta protagonismo la distancia. La falta de costumbre del habitante insular sobre la escalada a puntos álgidos equivale a una carencia de perspectiva. En este lugar se vive a ras de suelo, no hay atalayas ciudadanas donde contemplar la isla. La preponderancia del eslogan inmobiliario sobre las vistas al mar es un asunto espúreo. En la cultura popular está la casa en el mar.

EL SER HUMANO está constituido por un alto porcentaje de agua. La vida misma requiere h2o para darse en el planeta. En condiciones adversas no es posible la supervivencia sin agua. Parece que la materia en estado líquido siendo la más inaprensible, queda a la vista como la sustancia fundamental: el arjé de Tales de Mileto. La isla en sí misma está rodeada de agua por todas partes, su propia definición incluye aquello que la delimita. Y a pesar de todo esto, todavía observamos el mar como un desconocido.

DESDE LAS LEYENDAS árabes sobre Simbad el Marino hasta la isla flotante de Jonathan Swift, la mitología de todos los pueblos conserva un rico imaginario sobre el hechizo de lo insular. En las noticias de televisión, las autoridades portuarias anuncian la arribada de cruceros trasatlánticos con cerca de cinco mil turistas a bordo: parejas de ancianos europeos disfrutando de las bondades climáticas del archipiélago. Sobran motivos para descubrir en esos argonautas posmodernos el hilo de la historia contemporánea. [Permanencia del mito]

FRENTE al televisor de noche vi una ola singular, determinada y propia de una película hollywodiana. Observé por un instante su cresta, espumosa y vacilante que perseguía su mecánica líquida. Sentí su belleza incalculable vista por igual durante años por millones de espectadores en tantas noches como lugares del mapa.Tal vez esa ola fue la réplica de plató perfecta, una ola mundialmente famosa por su anonimato. La primera ola que jamás acaba de extinguirse.

MOVIMIENTO en Puertos, Diario de Las Palmas. Buques: Coral Maya (gasero) de Holanda con 75 metros de eslora, Nordic Visbuy (granalero) de Reino Unido 1709 metros de eslora y el ferry Albayzin con bandera italiana. Además del tanque Nivaria y el pesquero Yaiza VI con la Cofradía de San Ginés como consignataria.

Los barcos se hundieron / en todos los mares
ALFONSO FREIRE
UNA LARGA hilera de pequeños paquebotes a vela en el remanso atlántico dominical. La práctica deportiva dota al mar de una utilidad social recreativa. Lo embellece para la vista del ciudadano común. Aunque a efectos estéticos las barquillas resten al mar su potencial irracional, dantesco. Durante el día descubrí otro velero solitario en el flanco este del barrio marinero, no parecía moverse apenas, y su imagen devolvía el sentido más cautivador al mar. ¿Quién tripulaba aquel bote a la deriva del atardecer?. La intrepidez de la navegación requiere ser experimentada para que el riesgo colme el espíritu. Al caer la noche habían desaparecido los azules cotidianos, solamente las luces artificiales orientaban en la lejanía. Ni rastro de las velas argonáuticas. Ella soñarán con la marea del mediodía.

UN SEÑOR con bigote observa calmo el último afternoon desde un banquito del parque. Anonadado frente al mar. Mirada acristalada por el azul marino. Algún marinero mercante desde su camarote devuelve la pelota contemplando la ciudad que se despide con fuegos artificiales. Los dos comparten una misma soledad. Absortos únicamente en compañía del mar.

EN LA PECERA del restaurante chino Taiwan habita un pez Haraguana con mirada abisal. Los motivos vegetales de la vidriera asiática con sus personajes mitológicos dan al lugar un aura cuasimístico. Los clientes con sus ansiedades restan cualquier ocasión de fuga. La pecera del anfibio debe ser completamente silente. Inicua. Una especie de Axolotl cortazariano que aguarda al escritor cómplice que la libere de su cautiverio. ¿También el mar?.

CON LA LUZ del año nuevo límpida y solemne en el cuadro de la habitación donde un balcón de madera corona la casa en el mar. Esta mañana corrí por la orilla de Playa La Laja, chapoteando el agua salina con cada zancada hacia ningún lugar. Cuando observé el cielo vi una bandada de gaviotas en una suspensión uniforme sobre las rocas de la autopista. Era bello el panorama marino de este primer día virginal del año.

POR DELANTE quedan un sin fin de futuras mareas, vaciados de callaos, apelmazamientos y desinfles de arena negra, tránsito de bañistas, parejas, buceadores, deportistas y pescadores que acudirán a la cita con su playa en cada estación venidera del calendario. Y a lo lejos, en su rutilante presencia, los coches que circulan interminablemente en su huida de la ciudad. Tan siquiera en la víspera ceremonial del primero de enero, con un oleaje renovado para crías de gaviota en la orilla tierna del mediodía, los transeúntes motorizados detienen su procesión. Solamente el mar para quien acuda descalzo a su encuentro.

ATLÁNTICO. Pacífico. Mediterráneo. Tantos nombres distintos para un mismo mar. Me pregunto por la historia universal de los océanos. Sus primeros comienzos de ebullición, cada una de las fases hídricas con que fueron haciéndose mar. Los ríos que allí desembocan y la relación simbólica entre ellos. ¿Quién puso nombre a los mares del mundo?. Hacia dónde llevan sus corrientes profundas y con qué lugar del núcleo terrestre confluyen exactamente. Nada de esto se cuenta en los colegios. Así sucede que cualquier lugar del mundo es como una isla de espaldas al mar.

EN LOS LUGARES más insospechados de casa podemos encontrar pistas sobre el imaginario postindustrial que planea sobre lo acuático en multitud de enseres domésticos, basura tetrabrick, utensilios de cocina y hasta en el papel higiénico donde encontré esta sorprendente leyenda animada: Nuove e divertenti storie in compagnia del signori Acqua. Y el personaje sonríe con un rostro de persona líquida ante un paisaje infantil.

ANOCHE un documental sobre el buque científico alemán Meteor cuyas expediciones marítimas perseguían condiciones de vida extrema donde pudieron existir unos gusanos con promedio de vida estipulada en unos trescientos años. Al trabajo de campo submarino se añadían episodios de laboratorio en los que cada microscopio miniaturizaba los hallazgos marinos. En una aventura del Meteor a las Azores pudieron filmarse unas asombrosas fumarolas submarinas que aclimatan el océano. Según cuenta la voz del narrador en off, las islas portuguesas son en realidad la cúspide visible de una gigantesca placa mesoatlántica que subyace en los trasfondos oceánicos. Al igual que aquellas chimeneas hidrotermales que burbujeaban la esencia gaseosa del planeta, las islas eran como la cabeza pensante de una inmensa materia volcánica que había tardado millones de años en salir a flote. Conciencia telúrica.
Como en siglos pasados, las islas conformaban el imaginario exótico para un grupo de científicos germanos lanzados al agua con toneladas de equipamiento moderno, cachivaches millonarios embalados para la ocasión única de una misión julioverniana a las profundidades de la tierra.

EN LA NOCHE de víspera de Reyes Magos la emisora de Radio Clásica, Radio Nacional de España, despide la programación con la selección musical de la suite “Jason y los argonautas”, mediante la cual queda la atmósfera impregnada de un halo de aventura misterizante. El viaje de los tres monarcas bíblicos en sintonia con la incursión mitológica griega. De todas formas, esta noche de desvelo consumista con riadas de transeúntes por la calle comercial capitalina tiene al mar como telón de fondo.

NOTA NOCTURNA. Según los especialistas en geovulcanología, el parque Yellowstone norteamericano explosionará en sus adentros llevando a la atmósfera una gigantesca nube de ceniza que erradicará las condiciones actuales de vida. No hay certeza de que vaya a ocurrir próximamente, pero sucederá. La amenaza teórica devuelve al mar toda su profundidad.

PASEO de Las Canteras al caer la noche. Quedan algunos surfers en el agua con apenas visibilidad. Los paseantes observan la orilla. No hace falta luz para sacar provecho a las olas del invierno. [Paisaje deportivo]

LEONARDO Da Vinci ingenió los bocetos del primer traje de buzo para la armada veneciana que aspiraba a repeler un ataque otomano inminente. La idea del artista florentino era aprovechar la ventaja del mar sobre el enemigo. Aunque la poderosa flota turca fuera una amenaza imbatible bajo las condiciones clásicas del belicismo náutico, quiso la mente innovadora de Leonardo que un ejército de élite submarino llevara a pique los barcos enemigos mediante una estrategia fantástica para la época: andando bajo el agua los soldados avanzarían con escafandras de tela y tubos respiratorios con un mecanismo arcaico para la presión del mar. Nunca se llevó a término aquel invento hasta que una pareja, expertos contratados por la BBC británica, demostrara para un documental que Da Vinci fue un adelantado para su tiempo. Ellos fabricaron el traje de buzo inspirado en sus dibujos originales salvando las trampas de interpretación de sus escritos personales. Con este hecho los quinientos años que separan al artista de su invento en las aguas venecianas quedan reducidos a un chasquido de dedos. Para los fondos marinos no existe otro tiempo distinto al de sus profundidades.

LA TRASCENDENCIA de la mirada a la hora de darle sentido a las cosas. El estado de ánimo hace que el mar tenga un color especial, somos los observadores quienes dotamos de características al objeto de nuestra mirada. Siempre el mar es azul, pero lo tonos marinos ejercen una impresión distinta en quienes lo contemplan. La magia depende a fin de cuentas del paseante. Me acuerdo del Paseo de los Ingleses en Nice o del balcón donostierra frente al Monte Urgull. Allí la contemplación del mar azul cantábrico está persuadida para el encanto. De ahí la importancia fundamental de los estados de ánimo: el poeta mira al mar con una sed inaudita. Ver con los mismos ojos a la barquilla pesquera tradicional que al megacrucero turístico. [Quid de la cuestión]

LA BOCINA clamorosa de un buque mercante a escasos cientos de metros de la avenida marítima en una mañana soleada del año nuevo. Un incidente anecdótico a primera vista. Sin embargo el signo acuático envuelve de una evocadora singladura al azul matutino. Hasta en el tráfico marítimo hay percances circulatorios. O tan solo avisaba el visitante foráneo de su presencia a los veleros locales. Desde casa el asunto misterioso adquiría el estatus de prueba irrefutable sobre las novedades cotidianas del mar.

Nova totius terrarum orbis tabula

SOBRE un planisferio de época reproducido comercialmente he encontrado una leyenda en latín. Conservo estos papeles en su interior con cierta galantería histórica. Los dibujos con motivos clásicos que decoran un mapamundi primitivo valen como referencia de la fascinación que produce el mar a la mirada. Esta misma tarde, de casualidad, he visto de pasada la facultad universitaria de Ciencias del Mar. Su edificio, funcional y homologado, apenas lo recuerdo aunque he juramentado en mis adentros hacer una visita de campo. Allí por lógica matemática debe haber alguna pista esencial sobre el hilo submarino que atraviesa el tiempo intermitente de las navegaciones, los naufragios y todas las divinidades oceanográficas de mi pequeño portafolios.

EN TELEVISIÓN unos estudiantes de máster con beca relataban sus experiencias a bordo de un barco científico. Entre la faena experimental también disfrutaban de horas libres en el gimnasio, comedor de lujo, cervezas en cubierta con cielo estrellado y pasatiempos multidisciplinares con compañeros del laboratorio. Queda con esto patente que hasta en el estudio de los fondos marinos hay ocasión para la industria del entretenimiento.

SEGÚN LA TEORIA del reloj de pared planetario, a las cinco de la tarde la huella humana sobre la faz de la tierra quedará sepultada en una glaciación irreversible. Ya la vida no sería otra cosa más que un irrisorio mugido en la oscuridad cósmica. La misma extinción de los dinosaurios otra vez repetida a escala global por la propia dinámica estelar. El planeta tiende a unificar los continentes en uno solo, hasta la llegada de un cambio climático global que causaría de forma catastrófica un revés a la civilización. Hielo en gigantescos témpanos funerarios, el agua como sepultura final.

ANIVERSARIO de la dramática historia del crucero Costa Concordia hundido en la isla de Giglio con numerosos fallecidos dejando en la historia de Italia otro punto negro. Aunque estos náufragos también han disfrutado de una muerte vip. Nadie parece acordarse hoy de la inmensa mayoría de ahogados, desaparecidos, hundidos y olvidados emigrantes de los sures del mundo que perdieron la vida en aguas europeas.

DA VÉRTIGO tener la conciencia de que el grifo de agua podría no haber estado allí cada mañana. Estas islas han sufrido en su periplo histórico unas sequías cíclicas que erosionaron a generaciones enteras. Todavía pueden escucharse leyendas de nuestros mayores sobre las carencias del agua, los pozos antiguos, pleitos de propiedad con los aguatenientes, como la novela canaria “Guad” de Alfonso Garcíarramos. A pesar de estar rodeados por el mar, como en todo el planeta, el agua es un bien escaso, esencial y vital para unas condiciones dignas. En muchos países las mujeres acuden a lo largo de kilómetros insufribles para conseguir el agua, en sus miradas el mar debe ser un auténtico milagro. Gentes de tierra adentro para quienes el baño purificador en el mar es algo extraño e impensable. Algo parecido ocurría en las islas cuando sus habitantes ingeniaban toda clase de embalses, acuíferos, sistemas de riego y almacenamiento del líquido esencial para los cultivos, el ganado y las familias. El mar quedaba lejos, era ingobernable, desmesurado y tan enigmático como agua de lluvia.

A MEDIO CAMINO en la lectura de los diarios “Los que cruzan el mar” de José Carlos Cataño, una probeta literaria para la deconstrucción del paradigma del insulario emigrado que rehuye de su ciudad natal en un exilio perseguido con vehemencia. La distancia como territorio de la memoria. Me recuerdan sus referencias de época a la figura de un tío propio que siguió los mismos pasos hacia Catalunya. Volvió a la isla para dejarse morir. Visitó muchos otros mares hasta cruzar el umbral de la finitud. Tal vez la muerte sea esto mismo: sumergirse en el fondo marino. Y la vida esto otro: una sola orilla a la vista.

MIS MARES: Atlántico insular (Arrieta, Jandía, Playa del Inglés, Bajamar, Tamaduste), Mediterráneo sur (La Malagueta), la costa azul francesa (Nice), el Cantábrico vasco (Donosti) y el verde caribe habanero (Malecón).

LA MUERTE por asfixia de un pez en la cubeta de un pescador cualquiera. Nada más triste. He pensado en el mar como un cementerio paulvaleriano. Sin romanticismos. Como un suerte de jardín acuático donde se ahoga la temporalidad terrestre. [Silencio abisal]

AL FIN Funchal a la vista. Ensoñación macaronésica. Llegó una circular universitaria con la aceptación de mi propuesta para la asistencia a un congreso sobre islas en septiembre. Ya pondré en la balanza los parentescos entre el mar canario- fundacional, mítico turístico- y el puerto de la madera- comercial, histórico colonial- que tanto ocultismo conservan entre sí. Más abajo en el mapa africano quedaría Mindelo, ciudadela criolla que despierta mis embrujos marinos. Alguna vez escuché la idea de configuración de una historia mínima sobre la identidad atlántico archipielágica. A pesar de la gran distancia idiomática, una misma cosmovisión late en cada territorio.
[Un mar de similitudes]

OTRA VEZ la pista sobre los mares de otras latitudes. En el Cabo de Buena Esperanza un banco de sardinas bordea la costa cada invierno para hartazgo de alcatraces y delfines. Acecha un tiburón blanco en un bosque de algas. Pequeñas islas vírgenes que sirven para la nidificación, apareamiento y hábitat de crías animales. El paraíso para Charles Darwin.

Supongamos / es tan fácil suponer / que el mar (como bien podría ser) fuese una mujer
LUIS EDUARDO AUTE
TODAVÍA con la feliz resaca de la batida a pie en el malecón insular: kilométrica soledad a pleno pulmón. Sobre mí una estela extrañamente perfecta de un chemil-train. Siguiendo varios atajos por las parcelas de la barriada colindante al mar, llegué al claro de luz que asoma a la altura de la escultura capitalina dedicada a Lady Harimaguada con cinematográfica tradición insularia. Los tetrápodos marinos amurallaban el atardecer de unos gatos náufragos, cada cierto momento aparecían fugaces los ciclistas en carrera contrarreloj. Los navíos permanecían en su estatismo fotogénico, herrumbrosos hasta la imposible partida. Al lado opuesto a ciudad. Igual que un bosque encantado con arboledas de sombra colgando de las azoteas y soportales, con lejanos bocinazos y el eco inasible de voces musitando en la calle comercial. El poeta cruza la avenida marítima con un travelling melancólico, su destino carece de importancia.

LA IMAGEN por dentro de la plataforma petrolífera Island Innovater que hace escala en el Muelle de La Luz tras su paso por aguas guineanas. Un grupo de noruegos cuentan su descubrimiento del destino insular para su odisea, un lugar de paso donde podrán descansar de su larga travesía en la búsqueda de crudo nuevo. Este mar para ellos, ¿una escala provisional?.

EL SACRIFICIO del capitán Nemo a bordo del Nautilus. En su versión de Walt Disney sobre el viaje de Verne a los fondos marinos- con el personaje de Kirk Douglas salvando el pellejo- queda en suspenso el momento en que la humanidad esté preparada para el futuro. La lucha cuerpo a cuerpo con el calamar gigante demuestra el episodio insuperable del horror hacia lo desconocido, que siempre adquiere una fisonomía monstruosa para el ojo humano. A contraluz, el efecto de electrocución sobre los salvajes caníbales que pretendían subir a la escotilla del submarino futurista. [Dialectik der Aufklarüng]

LA EXCELENCIA olímpica en el deporte de la natación, los récords mundiales en la modalidad mariposa, el salto del trampolín profesional en pabellones cerrados por el invierno, la intrepidez del windsurfing entre las olas de estas islas, el submarinismo fotográfico y la oferta de Kayak en las playas turísticas.
CUANTAS formas de relación con el mar y cuantas personas que en avanzada edad nunca aprendieron a nadar. Aquella impresión originaria, el pataleo desesperado, la extrañeza de la flotación, los primeros buceos infantiles, el susto del agua en la nariz, las burbujas de fondo una tarde de verano. [Seres anfibios]

LOS JUEGOS acuáticos de la infancia preferidos tenían mucho que ver con cierto olimpismo surrealista: a la captura de sirenas, duendes y gnomos en el fondo de la piscina. O las guerras de agua con globos hinchados de líquido caliente que explosionaba sobre el pavimento turístico. Y también aquellos juegos de mano con la consola repleta de pelotas de colores que debíamos encestar gracias al agua que propulsaba la mecánica lúdica. Y los saltos de bomba a mediodía en plan acrobacia espectacular.

HASTA los cangrejos de este mediodía parecen llevar su propio disfraz, despatarrados por la resaca festiva con sus calcetines rojos y plumachos color piedra. Ellos viven de cara al mar protegidos por el farallón artificial que abriga la avenida de Nuestra Señora del Buen Viaje. Es domingo otra vez. Hay paseantes haciendo ronda por las zonas de sombra urbana. Y también niños jugando a los barcos con una colchoneta inflable. Algunos surferos ajenos al asadero de sardinas que los vecinos festejan tras el pasacalles de papagüevos anunciado en el final del carnaval. En mi tránsito fugitivo de la noche pasada por la desolada avenida marítima no sospeché que, a pocas horas después, aparecerían restos de disfraces coloridos, la fiesta que no tuve me pisó los talones. Yo celebro el carnaval de todos modos.
Por fin: con mis pies en el agua.

Diciembre 2012, Febrero 2013