domingo, 30 de agosto de 2015

Verano azteca II (Cuaderno de viaje mexican)

Rodajas de sandía, Rufino Tamayo

A la banda (César, el Pájaro y "Otero") Andrea, Karla, Dianita y Bibis, Lolita y Pedro con amor. 


LLEGADA matinal a Victoria de Durango, la pretérita Analco en lengua náhuatl, cielo amplio y diáfano, nubes a pincel, me pregunto por las veces al día en que los cargadores de maletas de la estación contemplan este horizonte tan nuevo pour moi. La pertenencia a un lugar comienza por sus azules.

LA CAMIONETA con el cartel “Azteca” lleva a todo volumen la banda sonora de una banda tradicional para bodas y festejos. Sus gentes miran hacia el frente con naturalidad, sin importarles un bache, el volantazo, la derrapada. El conductor estaciona en cada cuadra, con rumbo a las colonias, fraccionamientos y lugares de existencia común. Llama la atención el número incalculable de gorditas, tacos y elotes que uno puede degustar solamente con la vista.

LOS ESTADOS unidos mexicanos constituyen una república democrática que asienta sus principios constitucionales en los valores de la independencia nacional, la reforma y la revolución de 1910. A caballo entre la modernidad occidental y las raíces indígenas de un territorio que luce los colores del maíz. México tiene tantos estados como dedos en las manos. Ahora desde este norte tan singular, prístino y novedoso, es posible sentir de cerca el arraigo de una forma de ser y de estar en el mundo propiamente mexicano. Un país de contrastes, multitudes y añoranzas.

LA LEYENDA de la monjita enamorada cuya sombra puede contemplarse todavía en algún lugar del campanario, antes de lanzarse al vacío tras su espera agónica del amado, va más allá del reclamo turístico y la vox populi de los duranguenses. Volver la mirada a la vertical catedralicia tiene algo de fantasía elemental, de recomienzo del origen, de la materia ficcional que hila los ovillos de la historia.

MICHELADA nocturna en el pub céntrico de la ciudad. La bienvenida perfecta con el burbujeo complaciente que despabila cualquier síntoma de postración tras el trastoque horario, el cambio de dieta, agua, sueño, luz, horizonte y perspectiva. Entonces la música del dj suena como la primera vez. Desde la terraza uno siente el mundo como un instante diáfano que no cesa de anunciar su dulce extravío en la inmensidad reciente.  

LA COLONIA, el fraccionamiento, la calle y el hogar. Una cartografía esencial de Durango implica necesariamente el discernimiento personal constante a través del paseo cotidiano al atardecer, el circunloquio visual a hora punta del mediodía, la estadía continua por sus rincones anónimos. En taxi el conteo en pesos parece un símil de la acumulación de colores para el visitante. El tránsito acelerado entre sus semáforos nunca concluye en parada estable, siempre el arranque y la aceleración hacen que prosiga la sensación de continuidad incierta. Al volante, el chófer instala su pertenencia al lugar.

LOS CHIRRIONES habitan el desvelo melodioso permanente. Allá la guitarra, luego el acordeón, el paso a la trompeta, el puro estarse en la canción próxima. Los sombreros distinguen al ciudadano que celebra su existencia entre acordes y corcheas, por eso ellos preludian el momento de toda verdad, la neta de la neta, así no más el mariachi hace de la condición de mortal una virtud extrema.

LOS PERROS del norte de México también gruñen ante la presencia del extraño, sin embargo su paso es de una nocturnidad rotunda, resultan familiares a la vista mientras olisquean el pavimento con sus hambres antiguas, cruzan la intemperie lunar con aires de anonimato legendario, almas en pena que vagan desde el pasado de las páginas en blanco de Roberto Bolaño. Ellos relamen el tuétano de cada madrugada, aúllan al sigilo inmemorial, predestinan su ocaso desde la tiniebla más transparente.

MEZCAL: vaso de luz al silencio.

MEDIODÍA total en la falda luminosa de la Ferrería, poblamiento prehispánico a orillas del río del Tunal. Lugar eterno de la cultura Chalchihuite, arriba sobre nuestros pasos planea el águila mítica. Sombra viva que proviene de lejos. Petroglifos a la vista, la casa de los dirigentes, el camino bordea un milenio de mediodías postclásicos. Sudar bajo este cielo.

HACER DEDO con rumbo a casa en camioneta ajena. Baches, curvas, acelerones. La Hacienda de época. Alto horno de piedras azules, miles de quintales de fierro al día en contraste a la suavidad momentánea de la hierba mojada, tan verde. Así la historia siempre es múltiple y personal. Ahora las salas de élite donde habitó el terrateniente Don Juan Nepomuceno son pasto del turisteo, muy tristemente infrautilizadas por el mal gobierno del Estado.

LA BANDA platica de todo por todo al borde de la medianoche, los vasos rulan, chelas frías que se consumen hasta el clímax final, otro club de la serpiente -la joda cortazariana- que escribe sus anales propios en la tierra azteca. ¿Qué es la mexicanidad entonces? Se menta a Octavio Paz en el laberinto de su soledad, a la escuela de Frankfurt, a Glissant y el Caribe. Puertas adentro Internet es un ciberpastiche, la saturación de lo neutral, la puta mierda virtual del vacío futuro.

ELOTES al punto perfecto de mantequilla, mahonesa y chile. La sabrosura del maíz al estilo norteño, andarse con el comecome incesante, sacarle el jugo a la piña caliente, la mazorca de los dioses a la luz de la luna, el corazón de la tierra mordisqueado grano a grano.

PALACIO de los Gurza. Mirar al público a los ojos, reconocerse en la mirada distinta de un joven al fondo, volcar una crítica total, incisiva y kamikaze, en el ojo del huracán la incertidumbre sistemática de los males del mundo, el arte como sudario de los sentidos extraviados, la posibilidad y la inmanencia, estar-vivo-de-verdad conlleva todas las consecuencias del deseo. Colectivizar el arrojo y la compasión. Los trapecios de la creatividad son ilimitados.

YO entrevisté a José Revueltas dijo el bebedor de la mesa de la esquina en la taberna de tequilas, mezcales y demás líquidos supremos. Y se hizo el silencio alrededor.
ALEBRIJES en la trastienda del sueño: alegorías monstruosas que sumergen la mirada entre la fantasía y el espanto, la quimérica condición del otro lado.

LOS ZANCUDOS aprovechan cualquier ocasión para la mordedura esquiva de la carne, el pinchazo sanguinolento, el usufructo del rojo manantial, la picazón noctámbula que hiere, hierve y hiela las extremidades suficientes. La oscuridad del insecto es un continente a la deriva de los poros.

LA ABUELA de Súchil cabecea su longevidad con una dignidad solemne. A la mesa echa su rezo, contempla el alimento, lo bendice y digiere, lleva consigo en la memoria casi un siglo de vida. Cuanto de silencio a su alrededor, el cabello blanco, manos tendidas, a la espera del último viaje.      

SER zapatista por convicción: los indigenismos como vanguardia. Enmascarada la esperanza no hay fronteras futuras. La rebeldía no tiene precio, ni banderas, condición universal de la palabra iluminada. He soñado con tomar una camioneta a San Cristóbal de las Casas, tomarle el pulso a la república, insurreccionar la estadía bajo su sol.

LA SIERRA madre occidental, pacha mama Tarahumara, atravesada a 80 kilómetros por hora, en absoluta deserción de sus verdes colosales. La guagua implora una detención mínima a cada instante, túneles y puentes, el Baluarte cruzado con soberana templanza exhausta. ¿Desde cuándo estos peñascos, cimas y barrancas? A 3000 metros sobre el nivel del mar. Pensar ver al puma, al oso negro y al guajolote salvaje. Nada detiene un viaje a Mazatlán.

AZUL del Pacífico, la tibieza del agua entre manos, soñolienta pureza del oleaje. El mayor océano de la tierra by Wikipedia, el careto de Núñez de Balboa frente a frente 500 años después con 25 mil islas coloreando horizontes. El primer baño intensifica la reconciliación del salitre, la marítima bienvenida, los trasfondos invisibles del líquido arcano del otro lado aquí y ahora.

EL SUEÑO truncado de los boleros a mediodía. Limpia-zapatos-eternamente-a- la-espera. En la plaza nadie conoce mejor los kilometrajes del conciudadano. Ellos desempolvan cada paso ajeno, lustran el calzado igual que se respira a pulmón abierto, desquitan las gravedades, encaminan las horas nuevas en medio de la absoluta cotidianidad sideral.

UN ROBINSON junior, el pirado local que grita a las nubes y bucea en solitario la piscina natural. Cojea la noche, vagabundea arenales, hace crol huyendo de los guardacostas a primera hora del día. El joven rebelde sin causa esposado frente a la sorpresa de los turistas. Toda ciudad tiene a su loco particular, a sus carceleros, y a la pareja de amantes que asisten con puntualidad a cada suceso atemporal.  

HOTEL adentro el atardecer restalla más cerca. Los cuerpos contornean periplos íntimos, heliocentrismos de la carne, besuqueos de la galaxia más tangible. Hay toallas tendidas sobre el jardín interior. Y la primera chela de la noche es una catarata de infinitos.    


MAZATLÁN mon amour. El vaso de tejuino, la aguafruta, el caldo tlalpeño del mercado, el coco helado a medianoche, la marea alta y su luna in crescendo. Un agosto perfecto a pesar de las tanquetas militarizadas, los turistas gringos y el narcocorrido. Ir de la mano al borde del malecón, yacimiento del verano azteca.


Samir Delgado, 2015

lunes, 24 de agosto de 2015

Verano azteca I (Cuaderno de viaje mexican)

Diego Rivera, Las sandías (1957)



Ahora, cuando vamos perdidos unos de otros,
somos íntimos por primera vez

Christoph Janacs


AEROMÉXICO. Es un panal de luz la ciudad. Aterrizaje en los nueve minutos computarizados por el comandante del vuelo que cumple su última misión oficial entre los aplausos mayoritarios de los pasajeros. Sabor de tequila en duermevela. Asiento 25 B. La playlist musical marca una sinfonía de Bizet. Traslado mecánico por la aduana. Sellar el pasaporte y cruzar los umbrales de la policía federal como quien atraviesa una cola del supermercado. Aerotren hasta terminal 1, cambio de divisas. Dólar, euro, peso nacional. La noche es continental afuera. Por fin América bajo mis pies.

EL PERRO negro, tremendista, olisqueando en las inmediaciones del metro en la estación aérea. Primer contacto con el inframundo defeño. Las gentes transitan los minutajes interiores de la bestia. Silencio sepulcral a la vuelta de la esquina. Al igual que se aprende a nadar, el viajero atraviesa las estaciones del metro con intensidad efectiva. A brazadas. Y seguirá el perro en su noche peregrina: allá arriba.

AMANECER en la sala quinta de la estación norte. La teoría de los no lugares de Marc Augé refutada en un santiamén cuando el amor aguarda en alguna indeterminada localización de los pasillos. Olor a tacos para desayunar, los cargadores con su numeración clásica marchan de un lado a otro con sus bultos intergalácticos. La felicidad es un instante que sobreviene repentinamente con un solo beso.

HOTELES. Una cama como destino cuando el sueño es denso y estructural. Un batido de mamey con chocolate puede ser un alivio inesperado en DF. La señora saca los licuados con una soberanía ancestral. Y un recorrido a solas por la ciudad derrumba todos sus fantasmas, así a cada esquina un puesto de comida, las otras ciudades que brindan sus columnas de sabor a los dioses aztecas.

HUITLACOCHE para el comienzo de la odisea gastronómica. Quesadillas azules con flor de calabaza, tacos al pastor, elote para dos y atole de arroz. Los manjares de un país que van haciendo su aposento en la memoria del visitante que ya nunca más volverá a ser el mismo.

METRO a Chapultepec. Los jardines mínimos de una capital inabarcable, cada una de las siluetas verdes vale por un mundo. Llegada al Museo de Arte Moderno, primeros cuadros originales de las artistas Remedios Varo y Frida Kahlo, sus colores intensos que apenas arrebatan un haz de solemnidad sobre la brevedad de la visita. La imagen fugitiva del primer atardecer, que se marcha a la prisa como las ardillas de Chapultepec que roban las golosinas a los niños sin pedir permiso.

UN HOTEL de aposento indispensable para el remanso íntimo, la ducha fría que colma todos los infiernos exteriores y los amantes anónimos que devoran juntos la sustancia incondicionada del erotismo que resurge de cada caricia, de cada beso, de cada apretón bajo la penumbra donde crecen las golondrinas salvajes. Leer a oscuras entonces. Desde la ventana el mundo es un cuadro de luz que trasciende en la memoria.

LA NOCHE defeña no tiene límites, ella sola alborota con la negrura implacable de su volumen cósmico todos los extrarradios habitados. Un fogón recalentando las grasas animales para cada esquina, las lumbres intemporales que abastecen el movimiento uniforme de los estómagos vivos insaciables. Las piñas del elote que hierven al fondo. Suculencia del maíz.

TEPACHE con pajita de colores al mediodía. El organillo del zócalo con su musiquilla tradicional hechiza cada instante por doquier. A pocos metros el vaivén de las limpiadoras del hotel que sacuden sábanas sucias, avientan los dormitorios que fueron hábitat ajeno, revisitan cada huella del huésped anterior con una celeridad imparable, al ritmo de cumbia, hasta el final de la jornada cuando el silencio imposible vuelva a su pretensión de totalidad.

SOÑAR bajo los umbrales de Tenochtitlán por primera vez. Pisar el continente a tientas entre la oscuridad pretérita del lago Texcoco como único horizonte, el eco epopéyico de los mexicas redoblando el peso de la ausencia. Y silba el viento más antiguo hasta el amanecer de la nueva España, la pesadilla acrecentada en el silencio del tiempo, su cronología orquestal desdoblando la percepción hacia territorios impasibles. ¿Cuánto de leyenda, de realidad, de confín y de frontera?

COYOACÁN. El azul de la casa de Frida, sus arboledas contiguas que fueron el decorado para toda una vida. El corsé de la artista como prueba del martirio, su zapato, los vestidos, la cama del aliento final. Mientras los turistas fotografían cada esquina con ambiciones ilimitadas, en el cielo las nubes, bajo el suelo un agua, calle Londres 247: ¡viva la vida, vida la vida!

POZOLE a la mesa, sabrosura del platillo humeante con su rábano, su lechuga y su tortilla de maíz al gusto. Asentar así-no-más el vínculo a la tierra, la escarcha picante del mediodía solar, enchilarse el paladar bien temprano, con la mochila al hombro y una república alrededor.

LA PISTA cada vez más cercana de Mario Santiago Papasquiaro, la búsqueda incesante de sus poemas, el infrarrealismo defeño que renace del colofón de ceniza y olvido, cruzar la calle como él, sin mirar a la muerte y tan cerca jamás.

UNAM. La ciudad universitaria a la vuelta de la esquina, la torre de humanidades señalizada en el mapa, largas extensas avenidas de luz, verticalidad del viento, transparencia de la tarde en volandas. Caminar de la mano su césped, cruzar el laberinto ecuménico, allanamiento de la morada del saber entre el deseo y la necesidad, la costumbre y el vértigo. Tras el ascensor un busto de Martí, totémico real. Y la bienvenida soñada, los proyectos en curso, las promesas logradas, el diálogo ancestral que empodera la voz tan lejos de la isla y sus volcanes.

ESTACIÓN NORTE con destino a Durango. Dejar atrás el distrito federal parece una odisea imposible. Xharatanga la diosa de la luna hace que un rayo explosione durante el trayecto a la orilla derecha del camino. Luces ignotas, la nada anterior al sueño, una carretera con sentido único hacia el bosque de nopales, la Sierra Madre Occidental, la cuna de Pancho Villa. México lindo sin fin.



Samir Delgado, 2015



miércoles, 12 de agosto de 2015

Cada sitio el mismo sitio (Discurso de la cultura y el arte desde un punto de vista intercontinental)

Autorretrato del Maestro muralista mexicano Montoya de la Cruz


Discurso inaugural 
de las Jornadas Intercontinentales de Arte y Cultura

Palacio de los Gurza, Universidad Juárez de Durango (UJED)


Distinguido Sr. Rector, queridos profesores y estudiantes de la Escuela de Arte, Escultura y Artesanías de la UJED, autoridades académicas, amigos y amigas de esta hora cierta, veraniega, a 24 grados de latitud norte y 104 de longitud oeste, en la ciudad de Durango, México, pretérita Nueva Vizcaya y perla del Guadiana en este ahora presente y compartido por todos nosotros, que hemos sido convidados a participar de todos los modos deseables en el marco inolvidable de unas jornadas intercontinentales sobre arte y cultura y que nos hacen partícipes, por el esfuerzo y la ilusión de sus organizadores, alumnos y jóvenes creadores de la EPEA, de un mismo latido a la búsqueda tanto de lo bello como de lo sublime, pues no ha sido otra y distinta la aspiración del arte en todos los tiempos, cuando la mirada del hombre y de la mujer del otrora se volcaban con perplejidad absoluta ante un paisaje, un óleo, una escultura o cualquier obra de manufactura viva que tuviese el aura de lo creado en el tiempo misceláneo de todas las historias contadas y por contar.

Deseo comenzar esta intervención vespertina, en el recién conocido Palacio de los Gurza, agradeciendo con la mano en el corazón la oportunidad de estar con ustedes, viniendo de tan lejos, y de varios lugares a la vez, pues por mi propio acento podrán atestiguar que provengo de las islas Canarias y de mi propio testimonio ya verán que les daré noticias de un lugar de Castilla de cuyo nombre todos tendremos alguna historia personal que confiar, siendo como es la literatura en español lo que nos une para toda la eternidad que es la de la memoria y la palabra.

Y estamos aquí precisamente, cara a cara, en un museo y, como todo recinto dedicado al arte y a la historia, nos convoca a sentir de un modo distinto que el de cada día ordinario, libre de cálculos útiles y jerarquías de lo consumible, predispuestos como deberíamos para estar abiertos plenamente a la pura reflexión meditativa, a la contemplación divagante y al conocimiento perceptivo de las obras de nuestros congéneres y paisanos. Y es que esta tarde se encuentran entre nosotros muchos de los jóvenes estudiantes, creadores de lo porvenir, que llevan en sus adentros el legado vigente de una tradición riquísima en matices y contornos, la del muralismo mexicano, así como la encomienda universal de todo artista a subvertir, prolongar, diversificar y constituir nuevos horizontes para la creación plástica, escultórica y sobre todo artesanal, pues no olvidemos que esta última, la más primitiva y esencial de las prácticas humanas, tiene que ver con la conjunción de los extremos de ser-para-la-vista y de ser-para-la-mano, más allá de lo necesario para la sobrevivencia y tan fundamental para la existencia real de toda criatura sobre la faz de la tierra cuya razón de ser requiere de un sentido de trascendencia.  

Yo quisiera primeramente homenajear al maestro Montoya de la Cruz, fundador de la Escuela, mirando junto a ustedes los ojos de aquel autorretrato suyo que permanece en el tránsito incombustible de cada hora. La mirada del artista se nos aparece con una pátina de seriedad regia, solemne el entrecejo, transpiración del vértigo vital, atrás el relieve azulino y telúrico del mundo, el momento preciso de su estar que nos revela la estadía pasajera de un hombre que colmó su hálito a la creación, el fomento de las artes y la entrega a la cultura con mayúsculas.

60 años después de la fundación de la Escuela no podemos olvidar el sueño de aquel ayer, la misión y la visión, de un centro de arte para el norte del país que pervive con todas sus suertes echadas y que puede conocer de cerca cualquier visitante como yo, con sus alumnos y profesores en el pasatiempo de cada jornada de aula, taller y jardín. Pienso en el artista Montoya de la Cruz junto a Diego Rivera o a Siqueiros, en la tarea de la fundición en bronce de los héroes nacionales o trasladando el sudor del pueblo mexicano a la pared inerte, al frontón de luz, a al habitáculo materico de cada mural hecho para la conservación inmemorial del ideal de justicia y de progreso que mueve a todas las naciones.

Desde cualquier punto geodésico del planeta en el que nos ubiquemos, ya sea Victoria de Durango, cuya procedencia del euskera nos habla de un lugar más allá del agua y que del eco del idioma náhuatl nos llega su topónimo Analco, ya sea de las islas atlánticas del noroeste africano que fueron afortunadas desde los griegos o de Castilla la nueva, en la ciudad de Cuenca, bajo los cielos de Rocinante y el pincel de artistas como Antonio Saura, Manuel Millares o el propio Fernando Zóbel, nos encontraremos con una misma condición humana, en la que los límites entre la vida y la muerte marcan el compás de la existencia, y donde el arte, la poiesis, el acto creativo devenido de la mente y del cuerpo, la materialización del espíritu, supone la conexión más ancestral y cosmopolita que nos une a los dioses y nos reúne como seres mortales.

Del arte y de la cultura venimos a hablar aquí, desde un punto de vista intercontinental, transfronterizo y universal, para sentir lo que el otro nos muestra y expresar lo que llevamos cada uno dentro entre todos. De ahí que quiera proseguir con mi intervención atendiendo a las problemáticas, vicisitudes y aconteceres actuales que determinan el arte de nuestros días, sin perder de vista el hecho de que son la palabra y la imagen los vehículos esenciales de toda comunicación, expresión y conocimiento, los dones del verbo y de la imago, que cautivan a poetas y artistas en sus designios vitales. En uno de sus mejores textos, el poeta español José Ángel Valente daba al jardín del Edén una función lingüística originaria para la relación con la naturaleza y entre los propios seres humanos. Y también el cubanísimo Lezama Lima auscultaba en las eras imaginarias el poder revelatorio de la verdad del hombre en la historia. Somos pues seres que sienten, piensan y padecen el gozo inaudito del existir, y nos va la vida en ello. Así fue en todas las culturas, imperios y civilizaciones. Por eso mismo la paz, la convivencia y la armonía entre distintos, iguales y ajenos, resulta la premisa inviolable para que no se detenga el curso de la vida. Aquí y en todos los lugares del allá.

En plena globalización, el hoy de un mapamundi interconectado por el instante de la red, el arte y la cultura suponen el mayor de los tesoros. Y estando como ahora bajo la advocación del espíritu universitario, que es el de la concordia, la sapiencia y la empiria, debemos hacer un esfuerzo común para la preservación de las mejores condiciones de estudio, práctica artística y dedicación profesional en la universidad mexicana, latinoamericana e internacional. No olvidemos que el aprendizaje de todas las tareas en la vida requiere de tiempo, de experiencia y de sacrificio, por eso también debemos considerar que todos los recursos, bienes y patrimonios invertidos en la educación pública nunca serán los suficientes cuando buena parte de la humanidad transcurre entre el hambre, el sufrimiento de las guerras y el martirio de la enfermedad. A fin de cuentas, el arte también sana, nunca jamás perdamos de vista lo bello, crucial para el origen de occidente en la Grecia clásica, para la civilización árabe tan rica en los saberes astronómicos, filosóficos y hasta amatorios, y por supuesto en las culturas egipcias, fenicias y mesopotámicas, para las que el propio recuento de los días y de los víveres, en la contaduría general de su existencia, asentaron el comienzo de la escritura, del alfabeto, del mundo para nosotros los seres gramaticales.      

Tan cerca de nosotros, aquí en México, el propio Octavio Paz escribió en su libro “Los signos en rotación y otros ensayos” que la poesía vendría a ser la búsqueda de un ahora y de un aquí esencial en la realidad, pues “al sentirse solo en el mundo, el hombre antiguo descubre su propio yo y, así, el de los otros. Hoy estamos solos en el mundo: no hay mundo. Cada sitio es el mismo sitio y ninguna parte está en todas partes”. Y es que, para el Nobel mexicano, “la industria es nuestro paisaje, nuestro cielo y nuestro infierno. Un templo maya, una catedral medieval o un palacio barroco eran algo más que monumentos, puntos sensibles del espacio y del tiempo, observatorios privilegiados desde los cuales el hombre podría contemplar el mundo y el trasmundo como un todo”.

Y he ahí el quid de la cuestión. El arte de hoy, es decir, los flujos de creación y de intercambio inspirativo que conforman las identidades en su devenir cósmico, se encuentran bajo el predominio de lo publicitario, del espectáculo permanente que sostiene a un orden mundial cuyo centro de poder irradia a todos los puntos cardinales el sinsentido del lucro, la acumulación y el derroche, la contaminación del planeta y la pérdida irremisible de los valores éticos. ¿Qué podemos mostrar de nuestra parte a la mirada del maestro Montoya, con qué cara y con qué ojos le volvemos nuestro rostro en el acto de interpelación que supone el cuadro, el autorretrato, el museo? La palabra y la imagen, a mi modo de ver, persisten como los elementos cruciales para solventar las barreras de un engranaje sistémico que ya alertaron Ernesto Sábato o Max Weber, las burocracias que controlan el aire común, los poderes económicos que multiplican el pesar en cada hogar, el peso insostenible de un mercado mundial que desmantela, pervierte y extermina las huellas del pasado llevándonos hacia el precipicio planetario de un día a día inhabitable. 

Hace medio siglo, en las postrimerías del franquismo, diversos artistas españoles acometieron juntos la odisea de pintar en abstracto, hacer lienzos con la materia etérea y las formas aleatorias, los trazos inconexos que daban cuerpo y volumen a los colores del trance, la metafísica y el ensueño, justamente cuando el régimen político vulneraba derechos humanos como la libertad de expresión. Cuenca fue el lugar de encuentro de esos creadores de la generación abstracta, una ciudad milenario de procedencia árabe y cristiana, repleta de cerros y ríos de la era kárstica. También las 7 islas Canarias fueron el escenario de un hito en la historia del arte, cuando André Breton desembarcó el surrealismo onírico en tierras volcánicas y atlánticas, un archipiélago de poetas en donde el automatismo y la revolución conjugaban los deseos de universalidad en la Europa de entreguerras mundiales. El arte y la cultura, en aquellos años de la II República española, fueron acribillados por la sinrazón de la dictadura, y ya saben que fue México, nuestro México -y digo nuestro por sentirlo como propio también-el lugar de acogida, el destino vital, para muchos exiliados y expatriados de la guerra civil española como la artista Remedios Varo o el director Luis Buñuel. A través de ellos, la patria mexicana es común. Vaya por ellos también nuestro homenaje en estos momentos de intercontinentalidad.

Durango, a fecha de hoy, acoge estas jornadas universitarias, artísticas y culturales, la mirada del maestro Montoya permanece en la duermevela de los astros y a ras de suelo, entre nosotros. Y de nosotros, los visitantes y lugareños, depende el sentido y la órbita de cada nuevo episodio en la historia de lo bello y de lo sublime, del arte y de la cultura. No puedo finalizar estas palabras inaugurales sin citar el tercer territorio de nuestro encuentro, junto a Cuenca y a Canarias, el lugar propio de ustedes mismos, el que estamos vivenciando desde el museo, en el Palacio de los Gurza, en una ciudad tan bella como misteriosa, que es también surrealista y abstracta a su manera, con la monja enamorada entre las sombras del campanario, el delirio fundacional de Francisco de Ibarra por los minerales relucientes de la Sierra Madre Occidental y el devenir de la corriente muralista que enseñó, vislumbró y articuló para todos los pueblos de la tierra el magma cromático de una revolución, de un pueblo, de la identidad múltiple de los pueblos indígenas, de trabajadores y campesinos, de hombres y mujeres que reflejaban en su vitalismo pictórico el arco iris de lo humano, la diversidad de la existencia, los anhelos de utopía que siguen todavía latiendo, estoy convencido de ello, en las venas de los jóvenes creadores duranguenses, de las islas Canarias y de todas las Castillas- solar quijotesco intercontinental- de este planeta, de agua y de tierra, rojo verde negro y azul, verde, rojo, negro tan azul.  


Samir Delgado, agosto 2015