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lunes, 25 de septiembre de 2023

"Voltizo" (Pintura número 100, César Manrique in memoriam)

 

César Manrique (1919-1992)

                                     VOLTIZO


A Manuel Padorno

                    La quemadura asola el presidio de la carne con
un sol mínimo que esconde tras de sí la violencia
dulce de tu sueño para salvar la isla del terror de las
cicatrices del buldócer

Nadas el agua en la mano y nadie ve el principio
del agua en todas las cosas que pintas a borbotones
dentro de tu sed llena de tojias y lavandula

Quieres la alquimia del vértigo en el timón de la
curva del nacimiento oscuro que bebe del romance
del roquedal y la yesquera

La isla te tiene a ti mientras el mundo mira a la
cara del borde del risco

Y del otro lado tú en la soledad de la casa de
todas las noches de la brújula atlántica      

     

Del libro, "Pintura número 100, César Manrique in memoriam" XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales, Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, 2019

lunes, 21 de diciembre de 2020

“De la naturaleza artística a la nebulosa lírica: una ruta bidireccional” Reseña de Noel Olivares

 



Reseña del libro “Pintura número 100” XXV Premio de Poesía Tomás Morales


La entrega literaria de Samir Delgado “Pintura número 100” (César Manrique in memoriam), obra ganadora del XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales (2019) recorre el universo manriqueño con formidable aliento poético en correspondencia con la versatilidad de la obra del artista lanzaroteño. Dividido en seis secciones, el libro conforma una topografía y una cosmogonía entre arte y poesía, territorios colindantes y extensivos, concluyentes. La lectura de la isla que en César se vuelve epicentro de un mundo dentro de otro a través de materiales tangibles, Samir Delgado lo transforma por medio de la palabra en otros mundos dentro de este (Éluard) con la materia del verso, heraldo fidedigno del espíritu.

Pintar la isla para recobrarla, escribir la isla para habitarla, Samir Delgado inició un buen día su exilio voluntario del archipiélago canario en busca de su destino (easy rider). Y tras su etapa conquense, primera estación donde dejó su impronta de revolucionario de las artes, alcanzó suelo mexicano, el mítico horizonte que acogió a tantos refugiados de la tragedia española del siglo veinte. Desde México, Samir Delgado está más presente que nunca a través del continente de los sueños con el archipiélago que lleva en la sangre. Y la prueba de esto reside en su titánico quehacer literario de ejercicio poético y labor crítica de los últimos años con excelentes libros como la trilogía precedente sobre arte y artistas: Galaxia Westerdahl, Las geografías circundantes (Tributo a Manuel Millares) y Jardín Seco -publicado por la editorial madrileña Bala Perdida- en torno a la obra de Fernando Zóbel.

Este volumen dedicado a la nebulosa estelar del gran César Manrique en el centenario de su nacimiento es un virtuoso homenaje en verso que traduce el espíritu de un creador inigualable desde la intensidad de un poeta en plenitud de sus facultades. El resultado bien a la vista está y el lector revive a través de estos poemas un itinerario sembrado de elementos icónicos representativos de un singular mundo artístico. Versos de fuego grabados en los surcos de la piedra, en el alma del paisaje que borbotea el aliento de los volcanes como “las piedras que siempre dicen la verdad después de la lluvia”. La soledad del artista, la soledad del poeta “se alimenta del fuego nocturno de las sombras” pero hay mucha luz en los versos de Samir y en el universo de César, -y mucha sombra en el anverso-, reflejos pintados porque aún persiste “muy lejos todo el sol/para después de la muerte”.

Las manos del pintor y las manos del poeta “encienden el lenguaje secreto de la noche de un bosque en las estrellas” y así los universos duales se corresponden y superponen fusionándose en explosiones infinitas desde la noche de los tiempos hasta el día sin fin. En la serie “Fósiles” (sección cuarta del libro) encontramos poderosos ecos del pasado, el pasado que nos habla con un verbo aplastante, permutativo, versos que son versículos enroscados como enredaderas en llamas, vestigios de un mundo paleontológico, testamento y testimonio de la muerte en poemas como Torso enterrado, Pájaro aplastado, Toro calcinado, Fósil anfibio. En la sección quinta “La isla”, el ser errante, alegoría del destino humano, reconoce su soñado renacimiento, encarna la isla y cierra los ojos para verla nacer dentro de sí jugando con el viento, juguete y jugador, comodín atemporal del universo.

Y llegamos al epílogo, un mundo verdadero frente a un mundo de imitación, “el engranaje turístico global”, ante la hora de la verdad, la hora del despojamiento de las máscaras, de la velocidad de la luz y la velocidad terrestre más allá del aire muerto para el desaliento del pájaro y el estigma de la flor de volcán. El poema BMW735i, una obra emblemática de César que simboliza su destino de “ser contemporáneo del futuro” define ese momento a partir del cual el artista entra en la inmortalidad: “Toda/ la sangre/ de un solo/cuerpo/detenida/al margen/de la circulación/el único instante/ del ángel”.

Pintura y poesía, éxtasis y vértigo, satélites, cometas, semillas y frutos, contorsionismos de arte y espacio, letra y claroscuros, huellas en el camino “la huella de un diente de sol” rastrean el devenir de las raíces en el cielo, el itinerario del artista perdido en los caminos del bosque de la existencia. César Manrique, a través de su legado encontró a su poeta, el artista de los sueños que da la réplica, el filósofo que argumenta y el profeta que anuncia: todo orden será superado por su perfectibilidad. En el poema “Solo en arena negra” de la primera sección (El sueño) círculo perfecto, leemos: “Al pintar la isla otra voz dirá entonces el nombre del origen de la caldera y la cárcava y el primer fuego”. Y más allá de la simbiosis de los lenguajes el corazón planea como un pájaro camino de una desierta lejanía indescifrable.


Publicado originalmente en Diario de Avisos, Suplemento cultural "El Perseguidor"

domingo, 15 de enero de 2017

El limbo transfronterizo en la pintura de Alejandra Freymann

Alejandra Freymann ( México, 1983)



La artista Alejandra Freymann es una joven creadora nacida en México y radicada en Cuenca desde su etapa universitaria como alumna de Bellas Artes, conocí su obra durante mi primer verano castellano y como dije entonces, muestra talento imaginativo para la consolidación ascendente de su proyección internacional.

La mirada de Freymann cataliza un paisajismo onírico de “lo exterior interior” con una profundidad metafísica personalísima que ratifica todos los pronósticos de la crítica sobre su trayectoria artística individual. Entre los lienzos al completo de su trabajo creativo aparecen señales renovadas de ese minimalismo narrativo ecosistémico, tan peculiar en su forma de pintar, una pátina cercana a una especie de representación sui generis del mundo como limbo transfronterizo. Hay un bestiario con figuras persistentes que remiten a la relación de inmanencia que subyace entre los seres vivos de la cadena extraalimentaria. Hay ríos anónimos que pululan las regiones glocales originarias- tan cercanas como idílicas-, y hay una atmósfera geomántica cosmovisional que otorga a cada cuadro un valor en sí mismo para la reflexión sobre la frágil condición de toda aventura existencial.

Para descubrir los diversos componentes del universo mental recreado en la pintura de Alejandra Freymann solamente hace falta que el visitante contemple su propuesta estética durante unos minutos. Entonces, todos los resortes de la cotidianidad saltarán por los aires en una inmersión distinta a la realidad, donde el lenguaje de cierta infantilidad familiar se entremezcla con lo mistérico fenomenológico en formato de pantalla plana. Las siluetas de la mayoría de sus personajes recuerdan en algo a los dibujos esencialistas de un cuaderno extraviado de Saint-Exupéry, pero también a la configuración tardomoderna de las videoconsolas con aquellos lugares de tránsito vedado y espacios sucesivos de un juego permanente donde “algo ha sucedido” y nos sentimos parte constitutiva de la partida. En esta magicidad epistémica radica la propuesta de su pintura, construida en soledad y a la antigua usanza, pero que hace revivir la pasión por el propio proceso pictórico en el panorama desalentador de los actuales circuitos artísticos contemporáneos.

En el imaginario personal de la artista ya son habituales las fogaleras o luminarias en noches de cielo abierto, una fauna arcádica distintiva y extraordinaria con tigres, lobos o ciervos plasmados en blanco que dan pistas sobre la irreversibilidad medioambiental. También las típicas casetas de campaña y telescopios como signos civilizatorios básicos a la deriva en el ordenamiento del ser humano sobre lo circundante cognoscitivo. Pero sobre todo lo demás, una peculiar denominación de origen: alejandra freymann. Y es que una sola visita a su céntrico estudio conquense, entre pilas de revistas Quercus y la omnipresencia del viejo gato Marcelo, bastaría para que el público reconozca las claves sobre su pulso creativo centrado en un halo de extranjeridad y una ética ecovitalista del límite.

Alejandra Freymann procede de padres belgas y mexicanos, si bien la joven artista pasó buena parte de su infancia en Sevilla, reconociendo la herencia personal en la propia búsqueda de la identidad. Ella es mujer, y se extraña con razón sobre la invisibilidad de las mujeres en el firmamento pictórico universal. Tal vez su paso frustrado por los Boy Scouts tuviese algo que ver con ese pálpito alpino que hace de sus cuadros un auténtico sistema orográfico para la fantasía. Incluso sus raíces familiares se encuentran en la región de Spa, ese lugar fundacional para el turismo de aguas termales en cuyos bosques legendarios transitó en noches fugitivas un poeta llamado Guillaume Apollinaire.

A fin de cuentas, los cuadros de Alejandra Freymann tienen ese aura de lo normal sobrevenido extraordinario sobre el espacio íntimo universal. Están bien asentados en la difícil conjugación de la noosfera de figuraciones psicosociales y las volumetrías subjetivas sobre el potencial perceptivo de nuestra imaginación. La escapada visual a sus montañas es de largo recorrido y ofrecen ellas solas un salvoconducto- tan ideal como necesario- frente a la mentalidad esquizo productivista y ultraconsumidora de estos tiempos cibernéticos de hoy.


Samir Delgado, 2013

martes, 10 de enero de 2017

La ternura en el campo visual absoluto/ Tenderness in the absolute visual (Texto de catálogo del artista Kareem Sadoon)

Obra del artista Kareem Sadoun (Irak, 1959)



El lienzo es un campo de batalla interminable
Antonio Saura
Desde la civilización griega a los indicios del romanticismo en la modernidad, la fascinación por el cuerpo humano, el descubrimiento del otro, la ensoñación por la arcadia perdida y el valor de los paisajes cotidianos han aspirado a desarrollarse como estadios de realización estética. Durante siglos, se ha ido produciendo una asombrosa conformación de imaginarios que traducen ese lado utópico de toda vocación artística frente al reverso destructivo de la propia dinámica de agresividad total sobre el globo terráqueo que han conllevado las guerras. A decir verdad, tal como sucedía desde los egipcios, la secuencia de reproducción de la vida entre jeroglíficos suponía un proceso de individualidad que concretaba la cercanía entre la frontera de lo humano y lo divino. Y el arte, en el transcurso de sus flujos históricos ha tenido en todos los puntos cardinales del planeta un papel fundamental para entender la esencia de cada episodio vital.
Por todo ello, en la obra del artista iraquí Kareem Sadoon (1959) encontramos una atractiva seducción instantánea, un romance hipnótico en el que los trazos pictóricos de sus distintos dibujos revelan la atracción envolvente de la relación corporal y del disfrute de la temporalidad común. Hoy en día, con el surgimiento de conceptos novedosos como el no-lugar de Marc Augé, las plataformas del tráfico social en la era del viaje sin fronteras y los espacios anónimos de la circulación permanente, han hecho que las esferas de la vida personal queden difuminadas en un tiempo de códigos de barras. Y es el artista árabe, en este caso afortunado y de originalidad renovada, con su trabajo de 60 piezas bajo el título “Reconstruir la memoria” el que configura una mirada personal de colores templados, orientalizante, capaz de simultanear el goce de la existencia y la atención pormenorizada hacia el instante perdido, favoreciendo que el espectador acostumbrado a la presión diaria de las masas, pueda volver a ensimismarse en los retablos en sí de lo bello, en el detonante seductor del pasatiempo íntimo, revalorizado y promiscuo, para la eclosión en arco iris de las identidades en plena sociedad global del tecno-futuro.
La obra artística de Kareem Sadoon, artista residente en Suecia y miembro de distinguidas asociaciones artísticas de la heroica sociedad iraquí en el exilio, sintoniza completamente con el lado puro, ancestral y, a la vez moderno, de la representación pictórica a base de tintas varias. Una forma de artesanía suculenta del deseo y de la intercomunicación en collage. No es casual que, a fecha de hoy, en medio de la soporífera abundancia publicitaria que ha caracterizado los submundos ciudadanos para el disfrute hipotético del universo simbólico del consumo en el calendario oficial de la sociedad, sea precisamente el arte, en sus diversas manifestaciones y géneros, uno de los salvoconductos sobrevivientes que propina, para el nuevo siglo, con todas sus consecuencias, problemáticas y desafíos, unos niveles mínimos y básicos de autoconciencia y referencialidad para afrontar las paradojas de una realidad clínicamente en estado de crisis y de colapso irreversible.
Y es que desde Platón a Baudrillard, la persistencia del debate imperecedero sobre las problemáticas inherentes al imperio de lo imaginario, reproduce a gran escala la cuestión sobre la conformación de la realidad dominante, con su status de verdad-falsedad puesto en liza en el tablero de ajedrez de las encrucijadas estéticas. De ahí que la obra del artista iraquí, encontrada como un feliz objet trouvé en los tiempos del simulacro total, nos brinde una salida airosa a esta problemática de la imagen en el cosmos multicultural de las sociedades posmodernas, volviendo por suerte, a posibilitar una continuación fértil y productiva, a nivel creativo, para la reflexión filosófica del curso de la historia particular de los cuerpos en libertad y las coyunturas artísticas de toda recreación humana con aires que recuerdan mucho al mejor Saura.
Al igual que el antecedente del flâneur de Baudelaire, la mirada del artista árabe desentraña por sí misma, con una finalidad poética determinante del estar-vivo, los sentidos confluyentes de las caricias y del encuentro con el otro, colofón necesario para el común de los mortales en unos momentos marcados por el éxodo, la migración masiva y la pérdida terminal de la fe en las diplomacias. En la obra del artista iraquí hay reflejos de esperanza, la efímera condición del tiempo cotidiano sucedido, que ya solo permanecerá bajo los rigores de una memoria pintada entre las poses discontinuas, aunque providenciales, de quien sabe hacer-de-lo-mirado una obra artística, plena de luz y de eticidad, coherente para con su tiempo y con su espacio, el del artista árabe que vive en Europa, heredero de todos los exilios, y que gracias a su arte nos conmueve nuevamente, haciendo verdad y realidad el hecho de la ternura en el campo visual absoluto.

Samir Delgado, 2016
The canvas is a field of endless battle
Antonio Saura
From the Greek civilization to  of romanticism in modern times, the fascination with the human body, the discovery of the other, the dream for lost arcadia and the value of everyday landscapes have aspired to develop as stages of aesthetic realization. For centuries, it has been producing an amazing creation of imaginary translating the utopian side of all artistic vocation against the destructive reversal of the dynamics of overall aggressiveness on the globe that have led wars. In fact, as was the case from the Egyptians, the sequence of reproduction of life between hieroglyphics meant a process of individuality that concretized the closeness between the border of the human and the divine. And art, in the course of its historical flows has been in all corners of the world a key to understanding the essence of each episode vital role.

Therefore, in the work of Iraqi artist Kareem Sadoon (1959) found an attractive instant seduction, a hypnotic romance in which the painterly strokes of his different drawings reveal the envelope attraction body relationship and enjoyment of the common temporality. Today, with the emergence of new concepts such as the non-place of Marc Augé, platforms of social traffic in the era of travel without borders and spaces anonymous permanent circulation, they have made the areas of personal life remain time dithered in a barcode. And it is the Arab artist, in this case lucky and renewed originality with his work 60 pieces titled "Reconstructing Memory" which set a personal look of mild colors, orientalizante, capable of combining the enjoyment of life and the detailed attention to the lost time, encouraging the viewer accustomed to the daily pressure of the masses, can return to ensimismarse in altarpieces itself of beauty, in the seductive trigger intimate pastime, revalued and promiscuous, for hatching rainbow of identities in global society full of techno-future.
The artistic work of Kareem Sadoon, resident in Sweden artist and member of distinguished artistic associations of the heroic Iraqi society in exile, completely in tune with the pure, ancestral side and the modern time, the pictorial representation based inks several . One way of succulent craftsmanship desire and intercom collage.
It is no coincidence that, to date, amid soporific advertising abundance that has characterized the underworlds citizens for the hypothetical enjoy the symbolic universe of consumption in the official calendar of society, is precisely the art in its various manifestations and genres, one of the survivors laissez-passers tip for the new century, with all its consequences, problems and challenges, minimum standards and basic self-awareness and referentiality to confront the paradoxes of reality clinically in crisis and irreversible collapse.
And is that from Plato to Baudrillard, the persistence of undying debate on the issues inherent in the empire of the imagination, playing on a large scale the question of the formation of the dominant reality, with its status of truth-falsehood put at stake on the board chess aesthetic crossroads. Hence the work of Iraqi artist, found a happy objet trouvé in the times of total simulation, give us a graceful exit to this problem of the image in the multicultural cosmos of postmodern societies, returning thankfully, to allow a continuation fertile and productive, creative level, for philosophical reflection of the course of the particular history of bodies in joint artistic freedom and all human recreation with air that closely resemble the best Saura.
Like the history of the flâneur of Baudelaire, the look of the Arab artist unravels itself, with a decisive poetic purpose of being-alive, the confluent senses of touch and the encounter with the other, necessary finishing touch for the ordinary deadly at a time marked by the exodus, mass migration and terminal loss of faith in diplomacy.
In the work of Iraqi artist there are reflections of hope, the ephemeral nature of everyday time happened, now only remain under the rigors of a painted between the dashed poses memory, even providential, who knows how to do-from-it-looked a work artistic, full of light and ethicality, coherent with their time and their space, the Arab artist living in Europe, heir to all the exiles, and thanks to his art moves us again, making truth and reality the fact tenderness in the absolute visual field.
Samir Delgado, 2016

lunes, 19 de diciembre de 2016

La capilla atlántica de Manuel Padorno en Madrid

La luna del mediodía, Capilla atlántica
2000. Acrílico sobre cartulina. 36 x 51 cms.

Poemas inéditos, trípticos oceánicos, restos fósiles de la Playa de Las Canteras en Madrid. Las obras completas de Manuel Padorno que han comenzado a ser editadas por Pre-Textos tienen su otro lado en la nave de varias plantas localizada en San Sebastián de los Reyes, lugar escogido por los herederos del escritor nacido en Tenerife en 1933, que han conservado buena parte del legado pictórico y literario tras su fallecimiento en 2002. Y es que el futuro del árbol de luz, del nómada urbano, del ingenio padorniano está garantizado y más vivo que nunca, para mayor gloria además del imaginario de la insularidad atlántica que representa el conjunto total de una obra poética esclarecedora y vislumbrante del transcurso de la democracia y la autonomía en Canarias.

Manuel Padorno significó mucho en su periplo de vida para los demás,  para las islas y para el entorno literario que animó junto a Josefina Betancor en la mítica editorial JB. Los hallazgos de su escritura volcada en el universo simbólico del azul atlántico otorgaron a la poesía en español contemporánea un pico de alcance filosófico que desentrañó una deriva lírica personalísima y de enorme potencial expresivo, difícilmente reducible a las tendencias de la experiencia y de la conciencia, más a caballo entre el pulso epistémico y un punto de inflexión tardío en torno a la interrogante permanente sobre la conformación de la proyección creativa del poeta en el espacio universal de la isla y del propio decurso de la modernidad.

Cuando en 1978 se anunció la exposición de su obra gráfica en la sala del cine Griffith de Madrid ya el poeta desarrollaba en su adentro el camino hacia una metafísica de la luz, el cosmorama esencial de una insularidad desentrañada en su visión tricontinental, a través de declaraciones como la del Manifiesto de El Hierro y los posteriores textos sobre la identidad de la comarca atlántica. Más tarde vendría la residencia definitiva en Las Palmas de Gran Canaria, el colofón absoluto para una producción estética del artista que todavía espera una importante retrospectiva, el reconocimiento definitivo de todos los públicos y de la crítica especializada, el anclaje natural de su cosmovisión novoedénica al devenir histórico de la sociedad canaria actual. 

La aspiración universal de la recreación padorniana del mundo está vinculada a los paisajes con un aura superviviente al merchandising del turismo de masas. Su nube rosa, la pirámide y el vaso, la gaviota de luz contienen unos parámetros éticos que resuelven las múltiples problemáticas derivadas de la pérdida de valores patrimoniales y la crisis ecológica sin precedentes del nuevo milenio, todo ello junto al incuestionable derecho a la libre creación del poeta, la soberanía individual y el anhelo de otro lado heredado del pensamiento utópico.

La imagen y el verbo poético de Manuel Padorno ofrecen a las nuevas generaciones el ejemplo de una continuación fértil y productiva, a nivel creativo, para la reflexión del curso de la historia y el lugar de las islas en el planeta, la feliz determinación insular del paisaje atlántico y la epifanía de un nomadismo irreverente. Él experimentó a todas luces el metabolismo del lenguaje, la psicogeografía urbana, los métodos de búsqueda, hallazgo y extravío de los sentidos a pie de playa, sus cuadros y sus libros, ontología resumida ahora en su memorial de vida, la capilla atlántica de Madrid.

*Publicado en el suplemento El Perseguidor, Diario de Avisos, diciembre 2016, Canarias