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lunes, 1 de diciembre de 2025

Gabriel Miró, amigo del modernismo canario

 

Gabriel Miró (1879-1930)

Conferencia impartida en la Casa-Museo Tomás Morales 

Cuando el escritor francés Roland Barthes en su mítico ensayo “El grado cero de la escritura” aplicaba a la lengua y al estilo una condición de naturaleza que le era extraña a la decisión soberana del escribir, considerado como el acto esencial del compromiso y valor de expresión elegido por un autor en un momento dado de la historia de la literatura, merece considerarse que el mágico desenvolvimiento de toda escritura contiene un cuarto elemento que es sustancial a la creación de imágenes: el silencio.

Imaginar a Gabriel Miró escribiendo sus estampas de la comarca mediterránea resulta evocador por incluir un alto grado de silencio en el ambiente íntimo de su gabinete personal. Y leer alguno de sus libros — en absoluta proporcionalidad cósmica—devuelve su silencio seminal al otro silencio cautivo del lector para quien belleza y mente se articulan en un secreto baile de armonía y sosiego —categorías hoy en declive irreversible— que nos acercan a los estados de trance paralelos que se proyectan en el acto de amar, de soñar y de poder, en un sentido nietzscheano, en alemán se dice: “Der Wille zur Macht”, poder como potencia efectiva, el vector de energía creativa, de conciencia de sí.

Gabriel Miró nació en el año 1879, a dos décadas del cambio de siglo, la literatura de Gabriel Miró ha sido encasillada en cierto novecentismo de aromas finiseculares, en el intervalo de las generación del 98 y del 14, con una especial significación como referente en la de 27, si bien la condición de su voz singular realzada por Jorge Guillén en su preciso y precioso ensayo “En torno a Gabriel Miró. Breve epistolario” de 1969, donde magnifica el hecho de que en su escritura se palpa una “hondura de espacio y tiempo”, a través de la cual el paisaje visto y descrito, se siente y se vive, a la par. La escritura es un dispositivo de supervivencia para la mirada humana.

Y del silencio, que como hemos insinuado desde antes, es uno de los mayores patrimonios de la humanidad, muchos de los secretos de la vida se esconden en el umbral de los 15 decibelios que equivalen al susurro, a la voz contenida que proclama y revela una verdad: la confidencia como gesto universal se constituye en un punto de luz, en cosa revelada que confiere mundo al depositario o interlocutor, la individualidad humana ha atravesado siglos de maduración para dotar a la psiquis del entendimiento para discernir y gozar de libre albedrío. Y esas son, precisamente, algunas de las virtudes de Sigüenza, el personaje gabrielmironiano que vuelca en el silencio del lector la copertenencia que dota de sentidos al entorno del yo y a la totalidad redimida, los paisajes literaturizados que retornan al eclipse, a la lluvia, al meteoro.

Por ello, no es extraña la moral a la poesía y a toda expresión literaria, moral en cuanto sentido, común acervo, conciencia de las correspondencias, interioridades afines que se reconocen en el diálogo, de palabras y miradas, de silencios. En la historia del pensamiento y de la creación, buena parte de la belleza se ha producido desde el silencio del gabinete y del lienzo, la misma luz de la vela, lo ha indicado el poeta Andrés Sánchez Robayna en uno de sus últimos ensayos con prólogos firmados en la ciudad de Liubliana, el espacio de luz en un tiempo paralelo al de los silencios estelares, volcánicos y de otras órbitas de similitud como son el corazón humano y la memoria, esa virtud alojada en el hipocampo cerebral que permite la noción del sí mismo y del otro. Ver y leer se parecen, escribir es una de las pocas participaciones íntimas con la eternidad, como hacer el amor y dar a luz, la vida requiere de la vida, toda sombra lo es por la luz. En las cartas laten los pulsos de la historia.

En una casa que es museo, como la que disfrutamos en esta hora precisa, y que fue del poeta, de sus sentires y querencias, la posibilidad de sentir los silencios proviene de su inauguración en el remoto y lejano octubre de 1976. Hay una fotografía de ese día, en esta misma sala, ciudadanía que comparte y se congratula de un legado literario y de su memoria futura: campanas de Moya, cuaderno del poeta, la escritura funda realidades. Y es la tinta y el papel en suprema colisión la que otorga también la isla: negro de humo que se incrusta y diluye sobre el caolín del polímero y sus fibras vegetales que fueron árbol y canto de pájaro y amanecer último, para que el milagro de aquello que perdura llegue al ojo de ustedes y mío: poemas, cartas, retratos.

En esta tarde de Casa Museo, quiero agradecerles su presencia para compartir esta conferencia dedicada al escritor alicantino universal Gabriel Miró, amigo del modernismo canario. Y además, leer en primicia, algunos pasajes de su puño y letra, del libro monumental que fue Años y leguas, este ejemplar de referencia es del año de la primera edición, 1928. La correspondencia de Miró con Alonso Quesada, amigos comunes ambos de Tomás Morales, forma parte de una historia singular de misivas y susurros que relatan un tiempo mutuo, la literatura es eso mismo: voz leída de otros soles, mares presentidos, paisajes y verdades que lo son en tanto que se escriben en un infinito posible, porque escribir es un perfecto atributo de la visión humana: la mácula ocular transfiere la luz en impulsos eléctricos, ciento veinte millones de células fotorreceptoras nos otorgan el universo todo, lo más pequeño de nosotros mismos dilata la grandiosidad del vivir y del morir también.

Y es que los escritores que nos escribieron a nosotros, que somos su posteridad inimaginada, murieron jóvenes: Tomás Morales a los 36, Rafael Romero Quesada a los 38, Gabriel Miró a los 50, medio siglo de tinta y de papel. El alicantino envió su emotivo telegrama de condolencias a la muerte de Tomás Morales y suyo es el prólogo de Los Caminos dispersos de Alonso Quesada, volumen póstumo que vio la luz en 1944, dos décadas después del fallecimiento de su amigo nunca visto, solamente leído y escrito. Hay un silencio de la tumba de los poetas que se parece al sol, no se puede tocar ni mirar en su fondo tan luminoso como oscuro, pero que hace accesible un sentir cercano a la eternidad de los poemas.

En las cartas, está ese silencio anticipado, al escribirse se reproduce lo silente al unísono, cuando se esperan las cartas son un silencio puro y al recibirse y leerlas —aleluya de la existencia más diáfana—, el papel y el alma del otro tocan la mano. Por su tinta sonora, voz del amigo, la vida cobra sus mejores donaciones. Miró y Quesada compartieron años de amistad, a través de las cartas siempre, muy joven Rafael Romero pasó una temporada con su familia en Alicante, que se hayan cruzado los amigos bajo el sol del Mediterráneo es materia de fábula y especulación, y de las cartas del canario solamente sobrevivió una—lo atestigua el poeta Lázaro Santana en el prólogo de la edición de un epistolario enigmático y providencial—, fue la misiva de la víspera del Día de Reyes de 1924, un año antes de la fatídica muerte del autor de El lino de los sueños. En buena parte de sus poemas, la muerte acechó, siempre estuvo presentida, en las palabras de Miró sobre el canario resuena “el silencio estremecido del mar que se anilló al silencio de su muerte”.

Antes de llegar a esta casa, en el origen previo del viaje a esta hora, estuvo Roma, hace apenas unas horas del entresueño, a cuatro mil kilómetros de distancia, el silencio ante la tumba de John Keats, cuyo nombre fue escrito en el agua. Allí también la lápida de Shelley, quien escribió Adonais: An Elegy on the Death of John Keats, elegía de llanto que convoca a Urania y a Lord Byron y a tantos otros poetas, con cerca de quinientas líneas de luto en el cementerio protestante de Roma: la ciudad eterna, de catacumbas y grutas vaticanas, necrópolis de la civilización que entre millones de turistas cada día se aleja más de sus silencios y verdades. Igual la isla, Unamuno supo ver la magia telúrica y sus soledades, dos jóvenes poetas secundan los pasos recién llegados al magma insulario, fue la visita del filósofo a los Juegos Florales: Rafael Romero y Manuel Macías Casanova, el joven amigo que deslumbró con sus cavilaciones al bilbaíno universal y se abrazó a un poste de luz en una noche de lluvia en San Telmo y fue el negro designio premonitorio que nunca abandonó a su amigo poeta, el cronista de los días y de la ciudad, del almario de la colonia inglesa.

Para comprender un poema hay que saber leer su silencio, el mismo que gravita entre la elegía de Shelley al titulado “Siempre” (Camposanto. Frente al sepulcro del poeta) que escribió Alonso Quesada en dedicatoria a su amigo muerto en el “arca hermética”, Tomás Morales. Allí evoca el insular al otro insular, ambos suman la insularidad modernista, junto a Saulo Torón, amigos todos. Dice el poema: “Tu pequeña sonrisa, / tu sonrisa de niño / que tiene huertos dilatados / y una amplia casa gris / en el solar antiguo de la heredad austera, —niño que abre los ojos a los frutales ebrios / y alza hacia ellos las manos vivamente / con la novelería de las sorpresas—tu sonrisa tranquila es un hueco terroso / que ya el Siempre ha llenado de lividez perpetua.” Belleza del susurro quesadiano, de la oración amiga, tan presente en sus versos, las tumbas y los poemas se conectan para recordar, en su silencio recíproco, el tiempo de la vida. La amistad de las cartas participa de ese diapasón de soledades compartidas.

Y es que los poetas modernistas de las islas miraron al mar, a los veleros y a la calle capitalina, como los ingleses románticos fundaron un paisaje natal, a través de ellos nuestro será el Atlántico. La poesía canaria tiene en ese eslabón finisecular, de entre siglos, un episodio protagónico. La intimidad y lo cotidiano de Saulo, el aura existencial, irónica y metafísica de Quesada, lo mítico universal del verso arcádico de Tomás Morales. En su pulso de vida común gravitó la modernidad del archipiélago, suyo fue el primer silencio de la luz solar del mediodía y la onda de agua que expande constelaciones al consiguiente indigenismo plástico, sobrepasada la bisagra añorada de la Selva de Doramas y entrevistas la tiendecita árabe y el banco inglés, los mástiles trasatlánticos en el Puerto. La isla desperezó entre sus libros, los poetas canario viajaron a Madrid y regresaron para vivir sus días finales al abrigo de la brisa oceánica. Y del otro lado, los amigos. Son conocidas también las señas que compartieron entre cartas Alonso Quesada y Juan Ramón Jiménez, también con Don Antonio Machado, quien prologó además El caracol encantado de Saulo Torón, en 1926, año posterior al deceso del amigo, Rafael Romero.

La isla tensa su curvatura geomántica, alisia su protuberancia, exoesqueleto de lumbre y plenamar. ¿Y cuál era, en aquel entonces, el afuera para los poetas, el horizonte otro? La isla de Gran Canaria nació y creció durante el Mioceno hace 14 millones de años. La atlanticidad de la poesía insular proviene de aquellos silencios submarinos, impensables para la mente humana, solamente intuidos, acaso soñados. Madrid fue aquella predestinación, y estuvo en el tránsito vital de los poetas canarios: Tomás Morales recorrió en su juventud estudiantil sus días y noches, la amistad con Miró proviene de aquellas fechas inaugurales.

Alonso Quesada cruzó el océano, con travesía en Cádiz y Sevilla, tierras limítrofes al universo juanramoniano. El Poema truncado fue su obra maestra, anticipadora de la vanguardia, suma extraña de verso y prosa, latido susurrante de posmodernidad, el gran desencanto. El más allá del mar lo llevan consigo en los versos, la condición insular fue y será este designio, mirar lejos era verse más cerca, la transfiguración del estarse en la orilla que Manuel Padorno insigne quesadianonómada del oleaje, supo ver a ciegas, tanteando cada burbuja de luz. De aquel Madrid, la eternamente presentida metrópolis, provenía Pedro Salinas, otro amigo de las islas, quien se carteó con Alonso Quesada y alabó lo que él mismo apenas empezaba a intuir y esbozar en su poesía.

La tumba del madrileño está en el bello cementerio del Viejo San Juan, Santa María Magdalena de Pazzi, la venerada y noble toscana carmelita le da nombre, pasear sus lápidas con el Castillo de San Felipe del Morro a su vera descubre soles del Virreinato y esencias boricuas. Pedro Salinas dejó escrito, allí también, un silencio azul del “Egeo, Atlántico, Índico, Caribe, Mármara, mar de la Sonda, mar Blanco. Todos sois uno a mis ojos: el azul del Contemplado”, escribió el trasterrado en sus años de puertorriqueñidad. Buena parte de los poetas del exilio republicano eran sostén de la generación del 27, la que saludaba en postal unánime a Gabriel Miró en el homenaje decembrino a Góngora, en la Sevilla de Cernuda, al alicantino le mostraron devoción y respeto, hasta su pronta muerte en 1930, no pudo el autor del Libro de Sigüenza entrever la II República, si bien formó parte de las plumas que vieron morir y nacer dos siglos.

Fue Pedro Salinas un consumado epistológrafo, como Gabriel Miró y Alonso Quesada —amistad genuina de dos mares: aquí la primera voluta de faro—. Suyo es el discurso de Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar, allí establece las esencias del Ars dictandi: “Tómese la pluma en la mano para escribir al distante”, “hombre que acaba una carta sabe de sí un poco más de lo que sabía antes”, “ ¡Cuántas muchas almas, sufridoras de aislamiento, de soledades, van a hallar ahora remedio por la posta!. Distancias y ausencias son tinieblas, y envuelven por igual al presente y al ausente. Un no poder verse material, engendra como un espiritual al no verse. Las gentes, de lejos, se mueren a la visión; y empiezan a agonizar en la memoria de los corazones. La carta actúa como luz, porque luz es el Verbo”.

Y referencia el poeta a los antiguos: Demetrio de Falera y Proclo, al gran monasterio medieval de Monte Cassino donde Alberico escribió el Breviarum de dictamine y a Erasmo y su Libellus de conscribendis epistolis, hasta llegar a Gaspar de Texeda que publica en Zaragoza el Estilo de escribir cartas mensajeras y de ahí en adelante, la mutación de la carta de amor cortesana y la epístola confesional a la correspondencia moderna con sus prisas y sus silencios, arribo del telegrama, pretérito origen del SMS y el mail digital, insospechado soporte inmaterial para el contemplador Salinas, amante de Catherine Whitmore. Dijo el poeta de La voz a ti debida: “yo sostengo que la carta es, por lo menos, tan valioso invento como la rueda en el curso de la vida de la humanidad”.

Un escritor se hace a sí mismo. Quesada y Miró fueron amigos. Entre el 98 y el 27, sus obras destellan lo puro singular, outsiders libres de etiquetas y capillas. Entre las páginas de sus libros descubrió Quesada al amigo, porque Sigüenza era también él, desde su biblioteca se asomó al Peñón de Ifach: alicantino, fenicio y árabe, español de la Iberia marítima, como lo describe su autor y como si fueran ellos mismos a su sombra de luz: “desprendido, solo, encantado. Dentro de las calmas y del batido profundo del mar, se sumergen, se tienden, se tuercen, se doblan y encogen las rosas, los granas, los verdes, los morados, todos los colores tiernos y viejos del Ifach. Ifach, es de paños preciosos, de bronces ardientes, de piedras de gloria. Rocas encendidas, talladas por el filo del viento. Apside con pecho de bergantín que corta inmóvilmente las aguas. Animación y gracia de escultura; torso y rodillas vibrando de luz marina bajo los pliegues dóciles y las escarpas verticales de la peña; ímpetu contenido por la orla de la falda, cogida tirantemente a la costa. Silencio y retumbo de frescura salada. Silencio exaltado, como un grito de la cincelación de la luz” —“Años y leguas”, página 133 de la edición de Salvat, 1970, bajo el patronazgo de Dámaso Alonso como presidente de la Real Academia Española.

En el silencio de las tumbas y de las cartas, sucede igual, el trasvase, la frontera, el interludio y la ambivalencia se mezclan y confunden, luz y oscuridad pululan a la par, entre la isla y Madrid el vaticinio hechiza la mirada de quienes escriben, bajo los azules del allá se despliega otro mar inusitado, Sierra Norte y Oeste, Cuenca Alta del Manzanares, los paisajes de Castilla que son península de un color antiguo y medieval, para los ojos insulares renace entonces un espejo que lo singulariza y diferencia, a la par que al hombre mediterráneo: santo Sigüenza de las páginas de Miró, sensibilidad nueva que se proclamó con melódica ciencia. Realmente, los dos amigos eran muy antiguos, de épocas aún por llegar incluso, porque el Atlántico y el Mediterráneo dialogaron con su silencio de tinta,  segunda voluta de faro—.

El amigo del modernismo insular fue “un caso excepcional” como lo tilda el ensayista Antonio Porpetta, cuyo libro “Gabriel Miró y el mar” Premio Juan Gil-Albert de 2003 ilumina la conexión absoluta del escritor con su Mediterráneo universalista. Miró, a quien dedicó un poema Gerardo Diego, “Paisaje con figuras Papeles de Son Armadans, 1956 labró su obra entre la toponimia y las aldeas alicantinas: “Guadalest, Benimantell, Beniard, Benifato, Confrides” entre “la prisa del novecientos”. Para el poeta y doctor de la tesis, “El mundo sonoro de Gabriel MiróComplutense, 1994la voz del insigne escritor estaba dotada de una “mediterraneidad” ontológica, no es extraño que Porpetta, nacido en Elda en 1936 y fallecido el pasado julio de 2023, autor de Ardieron ya los sándalos (Adonais, 1982) descubra esa síntesis gabrielmironiana por ser la de su propia cosmovisión. 

También  Jaime Siles, poeta valenciano, lo tildó de “poeta isla” en su reseña de los artículos de Miró para el suplemento cultural del ABC en 1993. La nómina de referencias es amplia y diversa, Porpetta las aunó todas: aquí esta otra, Gómez de la Serna, a quien trató Alonso Quesada en el Café Pombo madrileño, consideró al alicantino en su libro “Retratos de España” como un escritor “fulgente y extraño”, Sigüenza lo fue, porque en el campo de La Marina, “lo primero que encontraba era a sí mismo, atravesándolo, estampándose en todo como su sombra prolongada por el sol poniente”, estando alrededor suyo y entre los párrafos que Rafael Romero degustó en su tiempo de otros libros de su isla, las “arboledas recónditas junto a los casales, el árbol de olor del Paraíso, un ciprés y la vid en el portal, piteras, girasoles, geranios”.  

Advierte Miró en su primera carta a Don Alonso Quesada, que ha leído su libro que “penetra la claridad hasta lo hondo”, una transparencia en la que el corazón del alicantino se explaya desde el barcelonés segundo piso del Paseo de la Bonanova, el 27 de octubre de 1917. “Comienza nuestro diálogo. Bien venida nuestra amistad” concluye. Muy seguramente Rafael Romero le contó de su estadía en Alcoy, por la mención expresa a los viejos caminos de Levante que hace el novelista. Y de la segunda y tercera misiva se vuelven partícipes la hija Clemencia Miró que ya mozuela ha leído El lino de los sueños y celebra la llegada de la carta insular, con el retrato del poeta. Miró se congratula de este cariño nuevo, sugiere al amigo publicar en Atenea y colaborar en La Publicidad de Barcelona, esa gracia de abrir puertas y tender puentes del receptor de las palabras susurrantes del amigo lejano de unas islas atlánticas hace que la vida sea pródiga y benefactora, muy a pesar de las penas y las cavilaciones, Miró que es mayor le recomienda al atribulado amigo canario, “llevamos zonas desconocidas, hay en nosotros lejanías imprevistas, que nos conturban y esperanzan. No se limite el sentimiento de sí mismo”. 

Lázaro Santana apunta con exactitud elocuente que Rafael Romero publicó prácticamente todo Smoking-Room en sus columnas de a 30 pesetas cada una del diario barcelonés entre 1918 y 1922, logro ultramarino debido a la gentileza y bonhomía de su amigo alicantino, así también La umbría se publicó en Atenea, por recomendación de Miró, y Alonso Quesada que fue hombre generosamente dado a ser agradecido y dedicar su amor y amistad en versos. No debe olvidarse a Luis García Bilbao, a quien se dedica El lino de los sueños, fue él su editor desinteresado y fraternal, durante su vida tuvo amigos de verdad, por carta y de carne y hueso. La participación de Félix Delgado fue providencial en la vida de Rafael Romero Quesada, ay, el otro poeta canario, depositario último de las cartas extraviadas de Quesada a Miró, desaparecido en las barricadas de la Barcelona del 36. Y de hecho, Los Caminos dispersos fueron dedicados también a otro amigo, “A Luis Doreste Silva en París, noble poeta, amigo único”. Y La Umbría, como no pudo ser de otra manera, a GM: “maestro de arte y amistad, con el cariño y la gratitud fervorosos de R.R”.

Es manifiesto que Quesada leía a Miró con ahínco y vehemencia, como a Unamuno remitió sus cartas sentidas desde la isla, el amigo del modernismo insular siempre tuvo la disposición y el cariño de aconsejar y brindar sus mejores deseos. En uno de los discursos en la Escuela Luján Pérez de Rafael Romero, publicado por el profesor Santiago Henríquez que ha sido otro de los distinguidos estudiosos de la obra quesadiana, quedaba patente la admiración y el vínculo hacia el creador de Sigüenza, Quesada frecuentó los ventanales de aquel lugar de paso de las horas capitalinas y elogió ante los jóvenes pupilos de la belleza atlántica a su amigo alicantino, dos hombres lejanos que se apreciaban en confidencias escritas— dos mares, tercer fogonazo de faro—que estaban dialogando en una imposible geografía de letras y dos hombres de espíritu marítimo y tierra añeja que hacían de la distancia su nexo más universal.

Quesada le dedicó poemas a Gabriel Miró en la revista España, acusa recibo el alicantino, los versos se publicarán en Los caminos dispersos, Lázaro Santana revela que son los correspondientes a la sección Dolorosos caminos, números II, III y IV, los poemas encabezados por los epígrafes de “Tarde invernal. Frente a la playa”, “Alba. Las campanas del alba perdidas en el silencio. En el ventanal de la casa” y “Calle comercial. Mediodía africano”. Y el amigo, responde por carta con su agradecimiento y recomendación: “Llega a preocuparme su destierro en la isla. Creo firmemente en su triunfo; pero no olvidemos nunca, que a esa isla dura y ferreña, le debe Vd. una lírica exaltación, un comprenderse, una integración de sí mismo y la fuerza inicial de su arte tan suyo y tan acendrado”.

Y entremedias, huacales de plátanos, confesiones de desdichas de salud y pormenores editoriales, deseos de ir uno a Barcelona y el otro regresar a Madrid, incluso unos versos de Quesada a Clemencia, que Lázaro Santana ubica como los referidos por ella en el artículo publicado en El Liberal tras la muerte del poeta, donde dice “Toda la vida es nuestra / y la olvidamos; todo el amor, las horas mágicas, el sueño, todo es nuestro! / Y sin embargo emprendemos la marcha / en esta noche hacia el silencio eterno”.

La edición primera de algunas de las cartas entre ambos fue hecha por el reconocido estudioso de las letras canarias, Sebastián de la Nuez, publicadas también en los Papeles de Son Armadans, Palma de Mallorca, octubre de 67. La amistad entre los dos escritores era compartida por autores cercanos a ambos, como Félix Delgado, quien remitió a Clemencia Miró una de sus últimas misivas antes de morir en Barcelona. A Miró dedicó el poeta canario algunos versos también y en el archivo Sánchez Monllor de Alicante se encuentra un ejemplar del libro “Paisajes y otras visiones” de Félix Delgado, con dedicatoria manuscrita del autor a Gabriel Miró en enero 1924. Un volumen de la editorial Biblioteca de “La Isla” Gran Canaria, que incluye prólogo de Claudio de la Torre.

Hay un poema de Miguel Hernández, poema suelto, que vale como colofón de esta conferencia intermarítima, paninsular, tardomoderna, escrita en el desvelo de la nocturnidad mexicana, el tránsito por Italia y la arribada de despedida a la isla de Gran Canaria.

 

Y  dice así:

 

 Oliendo a ciprés pasó...

Se hundió oliendo a penas suaves.

Y el Mar dijo al Campo: ¿Sabes?

¡Ha muerto Gabriel Miró!

Del Campo se alzó un clamor,

se agitó todo, y: ¿Es cierto

      ¡AY!

que he perdido, que se ha muerto

      ¡AY!

mi más grande ruiseñor?...

Aquel que con mis senderos

andaba bajo mis siestas.

Aquel de mis dulces puestas

de sol y de mis luceros.

Aquel del paisaje, ¡mío!,

que sintió mi primavera

y mi estío cual si fuera

árbol, ave, brisa, río.

Aquel que con tanto amor

pulió mi hermosura... ¿Es cierto

      ¡AY!

que he perdido, que se ha muerto

      ¡AY... YAY!

mi más grande ruiseñor?

¡Sí!, dijo el Azul Esquivo;

ha muerto ya el Ojo Claro.

El de mi Playa y mi Faro,

y de mi Barlovento Vivo.

El de mis aves de espuma

y mis cipreses andantes;

mi sal con falda y volantes

y el sol de mi luna suma.

-¡Ha muerto!... Cuando al lucero

de limón los ruiseñores

bajan, haciendo primores,

por un undoso sendero.

Cuando la coronación

del ganado se realiza,

y va la espiga pajiza

y huelo a mi corazón.

¡Viento! ¡Ciego de las rosas!

Anda horizonte adelante,

y dile a todo Levante

que ha muerto el Señor de las prosas.

Cruza las canas aldeas

por donde Sigüenza iba.

Márchate montaña arriba,

y a todo el pastor que veas

di que ha muerto el hombre aquel

de ojo triste y vida rara

que con ellos platicara

a un son de esquila y rabel.

Corre sobre todo a «Oleza»...

Ya que su paisaje verde

su más preciosa ave pierde

¡que se muera de tristeza!

Que doble a muerto «Jesús».

Y las campanas del lado

del huerto de aquel Prelado

todo de miel y de pus.

Que en medio del vocerío

de torres palomariegas

se escuche un plañir de vegas

y unos sollozos de río.

... Oliendo a ciprés pasó...

Se hundió oliendo a penas suaves.

Y el Mar dijo al Campo: ¿Sabes?

¡Ha muerto Gabriel Miró!

 

 Samir Delgado, noviembre de 2025



sábado, 9 de septiembre de 2023

Antonio Abdo, 28º-17

 

Antonio Abdo (1937-2023) In memoriam

La isla de La Palma se encuentra a 28 grados de latitud y 17 de longitud según el buscador de Google. Y allí mismo, en ese rincón occidental de la Macaronesia, vive Antonio Abdo desde casi siempre. Él sonríe durante nuestro encuentro fulgurante en una terraza de la capital palmera con un gesto de arabidad melancólica, pues lleva en sus adentros el legado espirituoso del país de los cedros.

            Antonio Abdo, que es autor reconocido ampliamente en el panorama cultural canario por su trayectoria teatral y una obra creativa consolidada, sonríe a todas luces. Él es un hombre de tablas, polifacético y humanista, de un porte tan familiar que salta a la vista en su compañía que se le quiere -muy mucho- en la isla bonita.

            Él, Antonio Abdo, y su compañera en la vida y en la creación, la actriz Pilar Rey, llevaron a cabo la fundación de la Escuela Municipal de Teatro y el Teatro Chico en la década de los 80. Por ahí empezó todo y más atrás todavía, “desde 1967”-dice con un soplo nemotécnico-, y por esto mismo resulta natural que un teatro de la ciudad lleve su propio nombre. Para él, el teatro “lo ha sido todo, un modo de vida para la realización como persona”, a partir de la vinculación con la radio- cuenta con entusiasmo- en una época en la que todavía no existían las redes sociales globales.

            La estela creativa de Antonio Abdo es variada y múltiple, su formación está arraigada en el autodidactismo y una experienca pedagógica con mucha solera en el mundo de la dramaturgia, especialmente en el campo de la voz, “que es lo que me interesa”, por eso mismo la versificación es una materia importante en su andadura como profesor y autor de textos teatrales. Junto a Pilar Rey, siempre al alimón y siempre juntos como un tándem estelar, han desarrollado importantes cursos de interpretación en lugares como México D.F o La Habana, así como recitales en vivo directo sobre textos del mismísimo Quevedo. Y en las islas, sus nombres están vinculados a la promoción de la juventud por medio de unos premios literarios tan reconocidos en las últimas décadas como el galardón Poeta Félix Francisco Casanova.

            Antonio Abdo apura su cigarro en el devenir de una hora intensa, rememorativa,  confidencial. Él, palmero de pro, discurre acerca de la veta poética que le nació allá por los años 50, en una tertulia tacorontera dinamizada por Otilia López Palenzuela- “que fue amiga de Loynaz”-, y donde compartió junto a otros artífices de la inquietud cultural del momento que fueron sumando -unos y otros-, desde la radio, la prensa y la literatura, una retahíla de apellidos incontenible para condensar aquellos años duros: Julio Tovar, Paco Pimentel, o el argentino Edmundo Esedín. Y a la pregunta necesaria y correspondiente, sobre el mar, como tema poético y como trasunto vital, habla con serena rotundidad, sobre un “mar que es antes que un encierro, un camino esencial de los isleños”, al igual que ese “cielo, el del norte- señala- de una transparencia y una claridad que invita a ver siempre el final de la isla”.

            En plena efervescencia de su libro más reciente, “Mi abuelo de Akkar”, su escritura representa una obra emotiva y trascendental, que conecta el imaginario insular con la raíz de aquellos árabes que ya aparecieron en poemas de Tomás Morales como un segmento particular y arraigado en la población insular que despertaba el exotismo de lo oriental. “Para mí, por haber conocido a mis abuelos de la parte árabe, lo árabe significa cariño.Es otro mundo mejor, que es como desearía que fuese el mundo”

            La despedida de Antonio Abdo se hace pausada, entrañable, acompasada como todo en sus coordenadas cotidianas. A media voz, con una sonrisa a lo Omar Sharif en su mejor papel, como un actor de cine que es poeta, a 28 grados de latitud y 17 de longitud, donde vive y como vive, en La Palma.

Samir Delgado
Publicado originalmente en 2014


jueves, 14 de abril de 2022

"El viento en los ojos. Memoria y exilio" Conferencia

 




Publicada en la Revista de la Red de Ciudades Machadianas 2021

 

1

 

La democracia ha necesitado esencialmente la experiencia del exilio en las historias de la humanidad: los poetas fueron expulsados de la república de Platón y el advenimiento de la mayoría de las dictaduras ha tenido siempre sobre los poetas uno de los primeros objetivos de su terror implacable. El legado de los poetas del exilio debería ser considerado patrimonio de la democracia, un reclamo indispensable de la dignidad, testimonio fehaciente de la memoria del ultraje a la vida.

 

Imagino a esta hora en Soria un museo necesario de los poetas del exilio- a fin de cuentas una expresión sumaria del ser humano, habitante de la absolutez insondable del universo- los países que no cuidan a sus poetas no los merecieron nunca, incluso dejarán de ser países para siempre de no corresponder a tiempo el legado de sus autores. Después de Antonio Machado, transcurridas las efemérides del poeta sevillano, en este espacio ideal del Aula Juan de Mairena, se hace cada vez más necesaria la memoria de los poetas, a quienes secundo en la devoción común por el contacto diario del idioma. Gracias por este espacio consagrado al ideal, lugar necesario, en donde perdura la quemazón, el devenir y el aura preterido de los poetas de la II República, de la democracia.

 

Yo, ciudadano de a pie, residente de la república de los Estados Unidos de México, un emigrante canario más perteneciente a la generación de hijos de la transición democrática en España, heredero de los derechos conquistados por las luchas antifranquistas precedentes a 1978, año de la Constitución, llevo conmigo la misma impresión de que el drama de las avalanchas migratorias en las fronteras blindadas de Europa, el día a día de millones de parados y la corrupción política televisada no me son ajenos, de ahí que comience estas palabras sobre los poetas del exilio y el legado de Antonio Machado, considerando el eco de la sentencia del poeta Aimé Cesaire para quien Europa es responsable frente a la comunidad humana de la más alta tasa de cadáveres de la historia. El isleño de Martinica, poeta precursor de la négritude, entendió en su afamado discurso de 1955 que las potencias que habían ejercido el poder sobre otras naciones a través del colonialismo sufrirían ellas mismas la violencia ejercida históricamente con la experiencia de sus propias dictaduras engendradas.    

 

Igual que Aimé Cesaire, los poetas del exilio en México, herederos de las aspiraciones democráticas de la II República española, representan un emblema de resistencia, carrusel de biografías que otorgan una vez consumado el tiempo vivo de sus propias vidas, la posibilidad de iluminar con sus libros el horizonte problemático de la realidad actual, marcada por el signo de la incertidumbre y la desmemoria colectiva. En ellos y a través de sus poemas, está la vida en plenitud de un exilio que resignifica la relación con el Nuevo mundo: los poetas del exilio fueron nuevos odiseos que hicieron de la literatura un designio, testamentos líricos a la espera de expiación, sudario irredento del sueño de la democracia.           


2        

 

            Las nubes de México se parecen a las nubes de mis islas, las nubes todavía representan uno de los fenómenos naturales que no han sido disputa política, libres de fronteras muestran un sugerente parentesco con el sentido profundo de la vida de muchos poetas: vagan a la deriva y de cuando en cuando forman parte de la atención de un lector, constituyen su memoria cotidiana. Recuerdo precisamente en esta hora a un poeta de mi isla, cuando a la pregunta de un estudiante sobre el oficio del poeta respondió: contar las nubes.

 

Así sucede que las nubes y los poetas siempre me han parecido similares en su dispersión aleatoria, espontáneas y efímeras por su fugaz historia común. Hay nubes y poetas para todos los gustos, creencias y perspectivas. Algunas nubes son iguales, muchas nunca se cruzan con el resto, son nubes que no son idénticas a otra. Ahora bien, las nubes y los poetas tienen una propia génesis particular, lejos de un simple parentesco simbólico las nubes y los poetas comparten un designio mutuo en su transcurrir frente a la vida, suceden con mayor o menor fortuna, acumulan la dimensión de su potencial, se manifiestan y desaparecen, dejando un rastro etéreo que será seguido por lo porvenir. Curiosamente, Federico García Lorca bautizó a Emilio Prados como cazador de nubes.

 

Las nubes y algunos poetas compartieron en los cielos de México un mismo destino: el exilio necesario.

  

3       


            La única vez que estuve en la ciudad de Almería, uno de los últimos reductos de la resistencia republicana durante la guerra civil española, fui uno más de los turistas que visitaban la red de túneles subterráneos que valieron como refugio para sus ciudadanos ante los bombardeos diarios. Allí conocí el lado oculto de la ciudad andaluza de Almería, donde se encuentra la casa del poeta José Ángel Valente, pionero en el rescate de la memoria machadiana desde aquel encuentro de escritores y artistas en el cementerio de Collioure. Bajo los cimientos de su casa fui testigo de un dibujo infantil realizado sobre el cemento fresco de la contienda en donde aparece representado un avión de la época con una hilera de bombas lanzadas al vacío.

Esa imagen trágica, inocente y anónima, en la caverna de la desmemoria civil, que ha perdurado hasta hoy como un símbolo del drama humano de todas las guerras, refleja la trascendencia de unos hechos en la historia del Estado español que todavía mantienen en vilo su llama esencial, interpelación del pasado que nos convoca a la toma de posición, tibieza de su luz que clama justicia después del tiempo funesto de los olvidos arbitrarios.

 

En aquel dibujo infantil de Almería se descifra el espanto de los aviones enemigos que perduran por el hechizo del dibujo -la magia de toda pintura rupestre y abstracta expresa la condición creativa de lo humano dijo Juan Eduardo Cirlot-, de ahí que en ese dibujo hay un recuento preparativo para entender la vida de los poetas del exilio que tuvieron tras la guerra civil española una acogida total en México y de quienes como Machado sucumbieron en plena retirada. El avión infantil garabateado entre las sombras es como un signo de la barbarie que perdura por el azar del destino con la misma intensidad que en su ayer originario.

 

Quiero decir que los dibujos de Almería, que no pueden reducirse a la recámara del souvenir, rememoran algo parecido a lo que sucede al abrir las tapas de los libros de los poetas de aquel otro refugio trasatlántico: sus palabras habitaron aquella misma profundidad del silencio, túnel de la historia, imposición del fuego abierto, lastre final, extraño y concluyente, de las tristes lejanías del exilio. Los poetas en su errancia testimonial son el otro, que al decir de Novalis, Yo soy tú /Ich ben dein espejean una relación histórico-empática, intersubjetiva en esencia, socialmente constitutiva, en la que prima una ética del cuidado, de la civilidad plena, abundantísimo manantial para la corresponsabilidad mutua del acontecer vital de todo ser sintiente, siguiendo de cerca a María Zambrano, avanzadilla filosófica en español de la diáspora republicana que compartió durante un tiempo pródigo los soles de Michoacán.          


4

 

 

            A finales del pasado siglo, México volvió a ser ciudad refugio de escritores a través de la fundación de la casa Citlaltépetl que ha sido lugar de encuentro para el debate y la acogida del testimonio de otros poetas cuyos países han sufrido la calamidad de las guerras. Hace apenas unos meses conocí en persona al poeta kosovar Xhevdet Bajraj que pudo encontrar una nueva vida en este lado del planeta tras la guerra de los Balcanes. Tanto en su mirada, como en sus poemas, varias décadas después de las amenazas, del extravío de sus familiares y del reencuentro final aquí en México, perdura un resquicio transido del espanto, la cicatriz imperdurable del exiliado que aún puede ser visitado en la paz nocturna de su sueño por las pesadillas del genocidio, de las matanzas y de la barbarie ¿cómo escribir de aquello que no se ha vivido en carne propia?

 

Como el poeta Xhevdet Bajraj, los poetas del exilio republicano sufrieron ese mismo trance de escapar a quemarropa de una guerra, formaron parte del devenir de la vida cotidiana defeña, mantuvieron el pulso de la palabra frente al vacío absoluto proveniente del dolor arrojado a las cunetas, del campo de concentración, del patíbulo y el hambre, esa mala muerte que asola únicamente a medias. Si ya es imposible volver al pasado para interrogar cara a cara al poeta sobre su exilio, aún el testimonio directo de otros refugiados como Xhevdet Bajraj en México, como el poeta iraquí Abdul Hadi Sadoun en Madrid a quien tanto debo y de quien aprendí el valor inconmensurable de la amistad -ternura hacia el prójimo y hacia uno mismo para con los demás- nos brindan ambos un mínimo atisbo del peso del drama humano que ha perdurado desde tiempos inmemoriales en la condición de los exiliados, tan parecidos por cierto al propio paradigma del escritor en su momento de aislamiento necesario, siguiendo las palabras de Philippe Ollé-Laprune en una publicación de la Casa Refugio Citlaltépetl del año 2000, donde se habla de otros exiliados del ayer como Paul Celan, visitados por igual entre sus libros, desde sus poemas, en el eco de su voz.


5        

 

Hace tiempo que las agencias de noticias dieron cuenta a los cuatro puntos cardinales del fallecimiento del escritor Juan Goytisolo en Marrakech: irrupción nefasta del obituario, de la nota necrológica, de la negra muerte en este instante crucial de tanteo rememorativo, la escritura de una conferencia que deviene cita tardía con un pasado que se hace presente inmediato, sucesivo, correlativo. Y también reciente, de hace apenas unos años, la muerte de Juan Chamizo, pintor en el exilio, caballete en penumbras que será rememorado, más pronto que tarde, igual que la silueta de Machado, para siempre eterna entre las sombras y las luces de Collioure.

 

Goytisolo lo dijo en una entrevista con la claridad rotunda del viejo lobo de mar, del viajero trotamundos, del reportero de guerra: la patria del escritor exiliado es el lenguaje. Fue Goytisolo en su decisión de radicar en Marrakech y hacer de la Medina su centro vital un autor de firmamento propio, exiliado del franquismo hizo de su narrativa un ejercicio radical de ciudadanía. Oposición pura, íntegra, implacable en cada punto y coma de sus libros frente al régimen autoritario y la desmemoria generalizada sobrevenida con los Borbones. De su testimonio en la guerra de Sarajevo dejó dicho que solo la literatura puede dar cuenta de ella.

 

El escritor hace del tintero un remanso de esperanza ante la imposibilidad de transmitir la totalidad del dolor, el lamento ancestral, la pérdida de humanidad en las crónicas del acontecer histórico. Habitante de los sures, enamorado del desierto y de los desposeídos de la tierra, Goytisolo dio cuenta de la herencia árabe en la cultura universal, escogió su paisaje íntimo para revivir las historias no contadas, hizo del exilio un paradigma existencial, arte del vivir errante.

 

Tras su entierro en una tumba de Larache rodeada de amigos -exilio definitivo del cuerpo que habitó- queda ahora el vestigio enamorante de sus títulos a todos los idiomas, de su voz única y necesaria, su mirada doliente que nunca jamás olvidó la muerte de la madre bajo las bombas fascistas sobre Barcelona. Aquel martirio que inició la genealogía expiatoria de sus libros es dolor común que universaliza la pérdida de la madre y que no cesa, casi hasta se multiplica por mil, ya bajo tierra.   

 

          

6        

 

LA TUMBA DE CERNUDA

 

 

Si en silencio andaba el poeta

pregón al viento su ceniza

 

mística inconforme del azar

en la huella sevillana del aedo

 

su geografía del último aliento

tiñe de relámpagos interiores

cada atardecer de coyoacán

 

campanario del olear arriba:

alevosía de los versos inéditos

 

la urgencia abajo de un silbato:

videncia muda del destierro 

 

como un viaje perpetuo en bajamar

también este exilio no será derrota

 

desde la ventana más oscura

el poeta erige su mentón

asienta candores a la pipa 

 

alrededor un sol de media luna

tras el rojo zeppelín de los deseos

 

es aquí: la tumba de cernuda

 

(Samir Delgado, inédito)

 

            En el libro del también sevillano Antonio Rivero Taravillo acerca de los años de exilio de Cernuda (1938-1963) hay un álbum de fotografías de archivo en las que puede seguirse el itinerario vital del poeta, a caballo entre Ciudad de México y Estados Unidos, unas veces como profesor en universidades californianas y otras como paseante de los cines y parques de Coyoacán, fugitivo de los cenáculos dominantes y amigo de sus amigos. De su relación con Octavio Paz y otros poetas mexicanos se extrae la médula de un vínculo fraterno que asentó las políticas del presidente Lázaro Cárdenas cuando la hora punta del exilio hizo de las fronteras un dilema humanitario. Cernuda posa con pipa, sonríe a la posteridad en una playa de Acapulco, ángel de alas rotas, malhumorado las más veces, vivió bajo estos cielos una vida doblemente exiliada: del origen y del destino.

 


7         

 

Como en todas las historias malditas de la guerra, hubo poetas que sobrevivieron a la crueldad emboscada, lejos de la gloria homérica de la caída en combate y de los laureles eternos, pudieron cruzar las aguas del Atlántico como misioneros del ocaso de una vieja Europa claudicante. Y hubo también otros muchos que sucumbieron en una derrota temprana, intempestiva, sin apenas tiempo para gritar al infinito su paradero como víctimas del enemigo. Si los poetas del exilio lograron embarcarse en odiseas como la del Sinaia, llegando a Veracruz bajo el cuidado fraterno de una república hermana, hubo otros más que fueron duelo inminente, lamento preterido hacia los confines de la memoria colectiva.

 

Es la contrahistoria del exilio, la otra orilla del clamor silenciado, el testimonio doliente de poetas como Antonio Machado, Miguel Hernández y Federico García Lorca cuyos fenecimientos fueron noticia acuchillada. Otros poetas tuvieron el mismo sino, la predestinación fatal de padecer en carne propia la experiencia del odio y de la opresión. Es el claro ejemplo, mayormente desconocido fuera de las Islas Canarias, del joven poeta Domingo López Torres (1910-1937), delfín insulario del surrealismo internacional, amigo personal de André Breton y pupilo del ensayismo revolucionario que formó parte de la Revista Gaceta de Arte, máxima expresión de la vanguardia republicana con autores de la talla de Eduardo Westerdahl en primera línea.

 

Apenas iniciado el golpe militar del General Franco un 18 de julio de 1936 desde su alcoba de Capitanía en Santa Cruz de Tenerife, el poeta López Torres sufre cárcel inmediata en el primer campo de concentración del Generalísimo conocido como “Fyffes”, un antiguo empaquetado de frutas de firma británica que se convierte en presidio fatal y donde el poeta escribe sus últimos versos antes de ser ahogado en el fondo del atlántico dentro de un saco de patatas: qué profundo correr por mares de silencio.

 

Un crimen impune, barbarie atroz que ya desde la génesis de la dictadura imprimió el rostro amordazado de un poeta sobre cielos de sangre y mares de infortunio. Y no finaliza aquí el recorrido nominal de los otros poetas del exilio en la profundidad abisal y el perpetuo camposanto. Se sabe por las crónicas, los partes de baja en combate y presidio a manos del enemigo, que muchos represaliados en la guerra civil fueron poetas brigadistas de otras latitudes. En libros antológicos como el clásico de Bernd Dietz, Un país donde lucía el sol, publicado en Hiperión en 1981, o el de Alberto Girri, Poesía inglesa de la guerra española, ya aparecido en 1947, puede recontarse en ellos un número diáfano de poetas en lengua inglesa que echaron sus versos al viento antes de sucumbir por las balas fascistas.

 

Es más, de un memorándum necesario para rescatar todas aquellas voces, puede advertirse para colofón tardío de los poetas comprometidos que mantienen su antorcha desde un pasado jamás clausurado, uno de los grandes autores de la vanguardia hispanoamericana, el peruano César Vallejo, quien dio cuenta de su fatídica experiencia en los poemas de España aparta de mí este cáliz, alcanzando su aliento hasta un día de abril de 1938 bajo el presentido París con tarde de aguacero.

 

Él, vate inmortal, compartió con otros muchos poetas más tarde exiliados de sus repúblicas de origen la mítica parada de tren en Minglanilla, pago de la provincia de Cuenca, en Castilla-La Mancha, durante el itinerario fatídico Valencia-Madrid de julio de 1937 en el que los escritores antifascistas participaban en la celebración de un congreso internacional por la cultura. Muertos de hambre, poetas cariacontecidos, allí el drama de la guerra se dejó ver a plena luz. Y gracias a confesiones como la del cubano Alejo Carpentier, en compañía de Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Octavio Paz y tantos otros, se sabe que mujeres extremeñas dieron de comer de la nada a los poetas en una prueba de fraternidad común que ha pasado tristemente a los anales silenciados de la guerra civil española, la que mató a Lorca, de la que huyó Alberti, la que se llevó para siempre consigo la mirada agónica de César Vallejo y al joven poeta de Tenerife, una de las islas desafortunadas, donde por cierto quedó sepultada bajo tierra la cinta de Luis Buñuel, La edad de oro, en un juego al escondite de a vida o muerte que da cuenta del pánico atroz, de la persecución y el martirio al que era sometida toda expresión artística, la poesía toda, el don humano más genuino, latido esencial de las utopías.     

 

8        

 

 

            El pincel también tuvo que seguir el camino del exilio de los poetas: es el caso de Ramón Gaya, embarcado en el Sinaia. En su casa de Murcia observé mis primeras imágenes de Chapultepec antes de que el parque defeño formara parte de mi paisaje cotidiano predilecto en México, sus verdes, el colofón del azul, arboledas en domingo. Con el poeta y artista me sucedió igual que con otras obras de arte: una vez asumida su verdad como propia –alétheia de los griegos- donación del color, del sentido interiorizado del óleo para uno mismo, al través del deleite contemplativo, -sosiego del instante- el parque como tal se parecerá al cuadro, y no al revés. Este fenómeno de donación, transfusión estética, del cuadro a la realidad, sugiere un valor trascendental a la imagen, esbozo primordial para asumir una poética de la visibilidad, que en plena sociedad de la saturación, la velocidad y el predominio de lo informativo, me interesa como proyecto vital de escritura. Admiro la obra de Ramón Gaya desde entonces con una atención in crescendo, el murciano fallecido en 2005 es autor de poemas y ensayos sobre arte de una hondura iluminante. En uno de sus diarios muestra reticencia malhumorada por abandonar París sin ver su primavera, aquejado de haber vivido trece años sin estaciones en México DF. Y cuenta, ya de regreso en otro junio como el nuestro de ahora, a mediados del 50:

 

         Llegada a México. Atontamiento y cansancio. Una cierta alegría. Sensación de ceguera. Algunos buenos amigos han venido a recibirme. Un cielo espléndido, de una belleza desmesurada. Todo parece asentado en su lugar. No, no falta nada, o casi nada. Falto... yo. Veremos cuándo llego.

Ramón Gaya formó parte de la experiencia republicana de las misiones pedagógicas y en concreto del Museo circulante, en el que copias de obras de arte del Museo del Prado- las mismas obras salvadas por Alberti y María Teresa León bajo los bombardeos sobre Madrid- eran divulgadas en los pueblos más recónditos como fórmula de la renovación educativa del momento. Y también en las trincheras del frente, lugar donde la poesía de Miguel Hernández redoblaba los ánimos del combate. El pintor poeta, exiliado en México también, representa una figura crucial, vivificadora de la del del huerto -a diferencia de la huerta- como un espacio de cultura, exponente del intelectual español honesto y comprometido, cuya trayectoria artística y vivencial caminaba con el peso sobre los hombros de la historia fatídica de una república acribillada, plantado frente a un cuadro de Tiziano, de un atardecer en Italia:

  Es magnífico y al mismo tiempo desesperante que, después de varios siglos, las cosas sigan ahí, completamente inéditas, desconocidas, intactas.

9        

 

 

En palabras de Enrique López Aguilar, presentador en 1990 de una antología poética de Pedro Garfias publicada anteriormente en su primera edición de 1970 -tres años después de la muerte del poeta exiliado en Monterrey- hay una asociación entre el desarrollo poético y un proceso histórico crítico que ha sido constante en España. Las generaciones del 98 y del 27 caminaron juntas en su plasmación cosmovisional junto a las vicisitudes de la época vivida, una dialéctica intrínseca que hace de los poetas auténticos voceros de sus tiempos, anticipadores de las nuevas tendencias y correa de transmisión identitaria capaz de expresar tanto la novedad, como el dolor y lo bello, incluyéndose finalmente el exilio como símbolo exponente de un estado del alma en el bando perdedor, de la nostalgia y la soledad, considerando el diagnóstico de Octavio Paz en el estatus propio del yo de la modernidad.

 

El poeta salmantino, nacido en 1901, representa al cantor que logra el Premio Nacional de Literatura en 1938, se bate en las trincheras del verbo como comisario político republicano y escribe como uno de los primeros refugiados en Inglaterra su Poema bucólico con intermedios de llanto, la Primavera en Eaton Hastings donde descifra la preconización de una soledad invertebrada, dando al viento sus velas indefensas:

 

Aunque el silencio cruja y se despierte el cisne

-que es propiedad del Rey- y quiebre aleteando

las aguas impasibles: aunque las aguas corran

a golpear la orilla con sus tiernos nudillos

y el rumor se propague por el bosque curioso

y llegue a despertar la brisa que dormía

tras la colina curva; aunque la brisa vuele

a sacudir los prados y pulsar las ventanas

aunque el temblor sonoro se extienda a las estrellas

y perturbe un momento su formación tranquila

mientras duerme Inglaterra, yo he de seguir gritando

mi llanto de becerro que ha perdido a su madre.

 


Y de su epitafio a Antonio Machado, el susurro postrero, doliente y aún esperanzado al poeta que sucumbe en Colliure: qué cerca de tu tierra te has sabido quedar…


10

  

Max Aub en su diario del 1 de enero de 1945- año del final de la 2º guerra mundial y de la esperanza de una intervención aliada contra el régimen de Franco- recuenta el conglomerado de estadías y sucesos que han configurado su exilio mexicano, punto por punto, a telón subido, excelencia dramatúrgica: 

 

Las vueltas que da el mundo

 

I. Port Bou, febrero 39.

II. Argelès.

III. París. La división Jare-Negrín.

IV. El pacto germano-soviético.

V. Las detenciones. La prefectura.

VI. Roland Garros.

VII. El viaje. Vernet.

VIII. Marsella. La cárcel.

IX. Viaje, Argel, viaje.

X. Djelfa.

XI. Uxda.

XII. Casablanca.

XIII. El embarque. Bermudas. Veracruz.

 

 

La entrevisión del sí mismo entre los números romanos, a carne viva entre la madeja cronológica de la fatalidad, fija las coordenadas propias como factor de autoconciencia decidida, resolutiva, clarividente, que despeja a través de su estar-ahí el aturdimiento nebuloso de una angustia íntima que aparece impuesta como sobredosis natural de la vida misma, si bien la condición de exiliado contiene una autodeterminación del yo que se sabe instaurado entre el juego de fuerzas del poder. Es el diario de Aub, a duras penas, una expresión de la biopolítica esencial que constituye el desenlace de las vidas por una guerra civil que antecederá para siempre a todos los futuros imperfectos.

 

Él mismo como autor de teatro y novelista, artífice de la existencia de Jusep Torres Campalans, supo a ciencia cierta de sus antecedentes penales que le supondrían la cárcel y el exilio:

 

2 de agosto (1945)

 

¡Qué daño no me ha hecho, en nuestro mundo cerrado, el no ser de ninguna parte! El llamarme como me llamo, con nombre y apellido que lo mismo pueden ser de un país que de otro… En estas horas de nacionalismo cerrado el haber nacido en París, y ser español, tener padre español nacido en Alemania, madre parisina, pero de origen también alemán, pero de apellido eslavo, y hablar con ese acento francés que desgarra mi castellano, ¡qué daño no me ha hecho! El agnosticismo de mis padres-librepensadores- en un país católico como España, o su prosapia judía, en un país antisemita como Francia, ¡qué disgustos, qué humillaciones no me ha acarreado! ¡Qué vergüenza! Algo de mi fuerza-de mis fuerzas- he sacado para luchar contra tanta ignominia.        


11     

 

            Habla León Felipe en su libro Ganarás la luz, México 1942, de la futura poesía prometeica de la llama.

 

Los sueños, los mitos y los pasos del hombre sobre la Tierra se llaman y se buscan en la sangre y en el cielo hasta encontrarse en una correspondencia poética, como el tintineo luminoso y musical de los versos antiguos que se besaron y fundieron para siempre en los poemas ilustres.

            Lo que fue ayer un toro ya no es más que una constelación.

            No lloro por mi patria perdida. Todo se traslada y se levanta. La metáfora se mueve y asciende por una escala de luz.

            (…) Y hay  voces de tragedias antiguas que me siguen para que yo las defina con mi sangre, porque sólo con la sangre podemos hablar de los que vertieron la suya por nosotros, antes de que nosotros diésemos la nuestra por los que han de venir.

 

            El mismo poeta clama más adelante, ya entre México y Bogotá, alrededor de 1946, que Hay dos Españas, ajuste de cuentas definitivo, palabra reveladora del estado del alma de poeta en el exilio:

 

Hay dos Españas: la del soldado y la del poeta. La de la espada fraticida y la de la canción vagabunda. Hay dos Españas y una sola canción. Y ésta es la canción del poeta vagabundo:

 

Franco, tuya es la hacienda,

la casa,

el caballo

y la pistola.

Mía es la voz antigua de la tierra.

Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante

por el mundo…

Mas yo te dejo mudo…¡mudo!

y ¿cómo vas a recoger el trigo

y a alimentar el fuego

si yo me llevo la canción?         

 

12

 

            Yo que provengo de unas islas atlánticas que han sido lugar de visita para otras culturas, plataforma flotante del hábitat terrestre, volcán del idilio del ser humano con la naturaleza, he tenido ocasión de habitar muy de cerca y ser a la vez conciudadano del mismo aire que otro de los muchos escritores exiliados del siglo XX: José Saramago. El Premio Nobel portugués también desertó toda la vida de una dictadura fatal que se volvió democracia y libre mercado de un país que fue imperio y ha quedado a merced de las políticas de ajuste de una Unión Europea mal gobernada bajo el influjo diario del capitalismo neoliberal.

 

El escritor luso vivió en Lanzarote, isla para náufragos de toda mitología, habitó el atlántico con pulso comprometido, sabedor de la condición ética que constituye la voz del novelista. Ateo, arremetió contra las jerarquías de la fe y denunció entre sus páginas la ceguera imperante. Como exiliado, amó en sus diarios la balsa de piedra volcánica que fue casa para el amor y la creación.

 

Él, Saramago, cultivó también la poesía, se solidarizó con Palestina y mantuvo a raya la enfermedad del mercantilismo y el encumbramiento egolátrico de otros escribanos del nuevo orden mundial premiados por la academia sueca, antítesis de Mario Vargas Llosa. Visto como ciudadano desde la lejanía de su sombra en la isla, Saramago no fue ningún turista del deterioro global y su legado constituye un acervo imperecedero para la cultura portuguesa de todos los tiempos y el progresismo a nivel mundial.

Imagino siempre a Saramago en la isla como el escritor exiliado que justamente invierte el papel fatídico del ostracismo en una reconciliación total con el destino propio, vivamente disfrutado hasta el último hálito de vida. Al igual que Eugenio Granell, el poeta y artista surrealista gallego, militante del POUM, amigo de Breton y exiliado en Puerto Rico, que en su bello libro -casi reliquia- titulado “Isla cofre mítico” de 1951, aseveraba que el magnetismo del más allá caribeño atrajo al otro triángulo de islas que fueron las carabelas de Colón en el Nuevo Mundo.

 

Del ejemplo de Saramago, los poetas del exilio republicano español se comprenden mejor y están igual de cerca, más aún desde una nueva óptica diferente, diríase a posteriori, transformadora: la huella de León Felipe, Cernuda y Garfias, Max Aub, Emilio Prados o Ramón Gaya, y ellas también: Ernestina de Champourcin, poeta, Remedios Varo, pintora, Luisa Carnés, novelista, aparecen todas como auténticos bastiones de la resistencia vital que mantienen la llama de la esperanza del sueño imperecedero de un mundo mejor.

 

Y es que la hispanidad como supo ver Martí reluce sus mejores galas en el éxtasis de las diferencias, el idioma hablado en acentos distintos hace más grande su amplitud humana. Y los poetas del exilio hablan la lengua del desamparo que clama por una justicia irredenta y cuyo porvenir se escribe indefectiblemente con la fuerza emancipatoria de lo utópico viable.  

Saramago, otro náufrago también, en la isla del centro del mundo, exiliado, a saudade. 

 

           

13

 

Otro exiliado, poeta, escritor de fama tardía en el acontecer del panorama contemporáneo, el chileno Roberto Bolaño, dice en boca de sus detectives salvajes, en pleno México DF de su juventud: Pero la poesía (la verdadera poesía es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito). Amigo para siempre de los poetas infrarrealistas, la marginalidad de su experiencia le condujo a ser testigo del vendaval de un país, México, a cuya capital siempre recurrió para su imaginario novelístico, México como enclave universal que supone para la creación literaria y artística un referente primordial, magnético, total para los jóvenes que aspiran a construir su itinerario poético.

 

            Precisamente, en la adaptación cinematográfica de la pieza teatral de Fernando Fernán Gómez, Las bicicletas son para el verano (1984), una más de las películas para todos los públicos de temática guerracivilista que recuenta el drama agónico de la II República, el papel de Gabino Diego da cuenta de aquel joven estudiante de Física cuya mayor aspiración fue la de ser escritor, como el padre soñaba con ser el Máximo Gorki de sus días. Nunca llegó a tener el joven su bicicleta y tampoco llegaría a ser el escritor pretendido. Ese desarme del intelecto, de la capacidad necesaria para la fabulación de todo individuo en su formación integral, fue otro de los exilios padecidos en la literatura española, la de la propia poesía de un tiempo dictatorial que aniquiló la Teoría del duende de Lorca con una autarquía insoportable, ultrarreligiosa y conservadora, capaz de volver extraño al propio Quijote en su delirio de posguerra.     

 

¿Qué lugar ocupan los poetas del exilio en las postrimerías del realismo del canario Galdós, quien nunca sospechó para sus Episodios Nacionales los malos tiempos para la lírica que sobrevendrían apenas 15 años después de su muerte? ¿qué papel desempeñaron -si lo hubo- para la cuenta atrás del boom latinoamericano, siendo el poeta exiliado de la dictadura aquel otro extranjero que reconstituye la narrativa de la alteridad para la eclosión del nuevo sí-mismo  en Nuestra América?

 

 

Tras la pista de otros poetas del exilio, tal vez los menos conocidos que están ahí para ser desocultados de la maraña y el peor de los olvidos, cito como ejemplo paradigmático a los catalanes Pascual Buxó y Agustí Bartra, siendo aquellos otros jóvenes que cruzaron el atlántico para más tarde despuntar como autores mexicanizados los poetas Tomás Segovia y el propio Gerardo Déniz. Al hilo de la remembranza de los poetas del exilio resurge mientras leo sus poemas una voz náhuatl, que se pronuncia nepantla, y quiere decir “en medio”, un denominador común que además da nombre a un lugar donde vivió Sor Juan Inés de la Cruz.

 

Los de en medio, habitantes a caballo del verso entre dos orillas, los poetas del exilio, al igual que los brigadistas anónimos del Batallón Hans Beimler, disueltos entre el marasmo de la derrota política y la eternidad de su ejemplo.

 

14

 

 

Hay una fotografía de Ghassan Kanafani, escritor palestino, en la que aparece escribiendo -al fondo de la imagen- mientras su hijo es alimentado por la madre en primer plano. El atentado con coche bomba en Beirut que acabó con su vida en julio de 1972 tiene un parentesco simbólico con los poetas del exilio cuyas vidas anteriores a la guerra fueron demolidas por el efecto perverso de la violencia desatada.

Precisamente Kanafani desarrolló en su obra literaria una modalidad de narración que aspira a ser corpus constituyente de la historia de un pueblo como el palestino, que ha sido en el último medio siglo la otra víctima del holocausto, exiliado en su propia tierra, la fotografía de Kanafani es la del exilio interior del escritor vuelto mártir.

 

Por otro lado, Günter Grass, Premio Nobel de Literatura, dio cuenta en su autobiografía de que Auschwitz era la última oportunidad de su pertenencia a Alemania. Más allá de la poesía imposible de escribirse después de los campos de concentración, esta consideración ética de asumir en sus propias carnes el desenlace fatal de una historia criminal que condujo al exterminio de millones de seres humanos, hace que de igual modo la cuestión del exilio republicano español y la memoria de los desaparecidos y de los fusilados y de los refugiados del franquismo y de todas las dictaduras que padecieron en carne propia tantos poetas y artistas, sea a la postre un detonante ético crucial que tras la transición democrática interpela a las nuevas generaciones para asumir un legado, las voces de quienes mantuvieron en vida el testimonio y la proyección de unos ideales que fueron la libertad de expresión, el laicismo, la justicia social y la solidaridad humana, valores de progreso que conservan su absoluta vigencia.

 

Quimera del vórtice, matriz cosmovisional, epigramas de toda luz: los poetas del exilio son nubes de un mañana del ayer que insufla vida sobre la muerte, aire frente al vacío. Y en México plantaron el asombro, el delirio y la perplejidad feliz contra los regímenes de la letra muerta, del negro póstumo, de los malos gobiernos sobre tantas vidas silenciadas.

 

Son nubes, los poetas, exiliados también de la muerte para sostén futuro de las memorias colectivas.

  

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En el libro "Oiseaux /Pájaros" de Saint-John Perse, otro poeta de los exilios, cantor de la vida rememorada de la infancia y la naturaleza perdida en el acontecer irreversible del tiempo-mercancía global, hay un feliz hallazgo que vale como despedida, síntesis en paralelo, universalidad del vuelo. Su digresión acerca de los pájaros, en diálogo abierto con dibujos de Braque, tiene una cercanía, señal a la vista, aproximación a la imagen, sobre los poetas del exilio, el pájaro y el poeta que vuelan, migración de las almas, materia en vilo, energeia.     

 

Ya no son grullas de Camarga, ni gaviotas de las costas normandas o de Cornuille, garzas reales de África o de la Isla de Francia, milanos de Córcega o de Vaucluse, ni palomas torcaces de las cañadas de los Pirineos; sino pájaros todos de la misma fauna y de la misma vocación, pertenecientes a una casta nueva y a un antiguo linaje

 


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Hay en todos los poemas del mundo una vocación de continuidad. Las palabras se parecen al hielo que necesita un tiempo necesario para adquirir su forma perfecta. Cada hielo como el poema tiene una eternidad propia que perdura para ser como el agua de la memoria en el regazo del tiempo. Otros poetas han visitado Soria en los últimos años para releer a Machado y habitar sus espacios vividos. En mayo de 2014 el poeta iraní Mohsen Emadi, exiliado se preguntaba a sí mismo en unas notas de su blog por la ciudad de Machado y la melancolía amarga de aquellas tierras donde el campo sueña. Haciendo recuento de sus estancias en lo alto del Moncayo, Praga y Bratislava, el iraní se pregunta ¿dónde está Soria? Y vuelve al poema la ascensión del amigo José María Palacio, la anábasis de una tarde azul vuelve a la memoria del escritor como un triángulo perfecto que cierra sus ángulos iguales en torno a la ausencia de la ciudad y del poeta. El hombre de lengua persa que también escribe en español  enciende una hoguera y toma té en la soledad de las cumbres de Alborz, suspendido el tiempo. Su mirada tocaba la escultura de un espacio que permanecerá como un hielo redondo y perfecto en la levedad que transcurre entre los blancos de la conciencia y el sueño. El poeta iraní Mohsen Emadi que visitó Soria tras la huella de Machado invoca a las sombras en su cuaderno virtual:

 

No hay dos personas

que puedan atravesarse una a otra

pero dos sombras se traspasan fácilmente

por eso habitan el mundo de la absoluta soledad”

 

 

S.D, Soria, 2021