miércoles, 7 de enero de 2015

Eneros del sur, I (Órbitas del poeta José Ángel Valente)

Fotografía de Bernard Plossu, Cabo de Gata, Almería (1989-93)



A tus orillas
como animal que vuelve a sus orígenes.
José Ángel Valente


AL SUR está lo cálido real permanente. Tal vez todas las carreteras lleven al sur: allá donde presiente su fin el país bajo los reinados absolutos del océano mundo. Almería es sur eterno por eso. Para quienes huyen del frío mesetario central, como yo ahora mismo, que contemplo a estos camioneros del carril derecho atravesando a nuestra vista las infinitas cartografías del azul con un suspiro de pesadez incontenible. Nadie se fija en sus rostros jamás.

YO llegué a este sur una tarde de eneros andalusíes. Nunca pensé que vendría realmente. Es un lugar fronterizo en el que los campos de Níjar y El Ejido de los inmigrantes son noticia. Hasta aquí me vine en compañía. Casi 3 horas de viaje ensoñado, el recorrido de la mirada al centro total sucede cuando ella me habla.

ALMERÍA queda cerca del mar. ¿Hay noches en las que puede verse África? Interrogante existencial. Tener tan cerca de nuevo el continente, su presencia telúrica que hace de punto de gravitación emocional. Los marroquíes que viajan diariamente por estos lugares pueden sintonizar sus propias emisoras de radio sin estar en tierra natal. Es la cercanía un índice primordial del existir común.

EL DESTINO desemboca en el Cabo de Gata, un lugar que tiene en sus faldas el territorio austero más irreal, un puente intercontinental de lo futuro innegable. Tan austero como irreal, a primera vista, su titánico vuelco de las sombras.

LA FUERZA descomunal del paisaje: su lado inefable provocativo. Cabo de Gata  como universo de lo septentrional. Sus playas limítrofes donde abundan las aguas más vigiladas del Estado.

EL PUEBLO aledaño a Las Salinas está casi completamente vacío. Su iglesia  tiene más vida en las postales turísticas. Una inversión catastrófica de los paisajes aurorales.  Casas con sus ventanales cerrados. Como si fuera el peor de los vientos del Poniente. Y había un sol de invierno capaz de atraer para sí a todos los patos, cigüeñas y flamencos juntos del planeta.

A PIE de playa una mesa para dos. Aquí las paellas pueden llegar  ser el pecado original. Ni rastro de Houellebecq, aunque su pista no anda lejos cuando en las otras mesas hay parejas alemanas, francesas, o de Amsterdam como esta señora amable y jubilosa que se interesa personalmente por los colores del arroz. Al final de estos almuerzos memorables el whisky culmina las felicidades de todo Chiribus.

EL SOL en estas latitudes dibuja los retablos variopintos de una tierra andalusí que nunca llegó a ser el reino de las tres culturas. En momentos así, mentalmente asimilo el devenir de estas españas que han marchado tristemente en el sentido opuesto a sus vecinos de convivencia histórica total. El otro somos nosotros también.

SI HAY un sitio castigado por la inercia de la infelicidad, por las mecánicas tristes de un centralismo mal llevado, por el hermetismo salvaje de la fe no es otro lugar sino Madrid. A duras penas, pese a quien le pese, sus palacios lúgubres solamente atesoran la memoria de la fatiga de una historia fatal.

EL GATO de casa. El felino puede estarse horas interminables asomado a la ventana. Las intermitencias del mundo no le son ajenas. Los claros diáfanos de luz en el mediodía son el estado natural de su existencia. Nadie afuera reconoce al gato de casa. Su blancura con tachones negros delata al felino durante el día con facilidad, aunque pasa desapercibido en esta ventana, para el resto de mortales: dentro de casa siempre.

DE NOCHE la Alcazaba luce sus mejores galas, la piedra esencial del tiempo queda abrillantada en su desnudez implacable.

LAS CALLEJUELAS del barrio de Almedina tienen un sentido de pertenencia a la vieja antiquísima tradición de lo cósmico urbano inmemorial. En ellas las tres culturas reúnen una misma fe hacia lo mínimo común habitable. Se bastan estas callejuelas a sí mismas como centro mítico universal. Hay en ellas algo de unidimensional postergado en sombras.

EL SABOR de la cerveza aclimata las ganas de convivir en las noches de la ciudad vista por primera vez. Una elección a la carta en cada barra, un regusto al pescado de todas las longitudes marítimas, la invitación íntima a proseguir las rutas de lo gastroerótico. Ella sabe pedir aquello que traslada a lo suculento, el lado abisal de la materia. 

LAS GENTES de Almería deambulan por las avenidas solariegas, entre los faroles más naranjas, caminan un horizonte que lleva inexcusablemente al otro continente. Así sucede que estar en esta ciudad es como ver los secretos ocultos del peso de un hábitat mestizo que una vez fue.

LA GUAGUA al Cabo de Gata dura una hora con el paseo añadido entre las urbanizaciones privadas, chalets con banderas españolas y lugares sin nombre que son espejo de la nada de nada. El tiempo transcurre aquí gracias a estas líneas de transporte público que oxigenan lo cotidiano anónimo universal. Sin embargo el trayecto en coche reúne todas las características de lo moderno: instantáneo, efímero y fugaz. Hay la misma distancia entre la zona acuática y los vértices rocosos de su altovolumen paisajístico.

DOS tipos de montaña a la carta para los paseantes sacrificados que se atreven a cruzar estos caminos. Las terrestres y las acuáticas. El agua aquí también se escala.

EL FAMOSO arrecife de las sirenas. Llegamos a la playa de callaos con arenisca virgen entre silencios cómplices y caricias retozantes, al alimón del ensueño.

LOS RADARES no salvan vidas: las vigilan.

EL BLANCO incólume, bendito, santo de las casas de San José. Su estatismo  bíblico.
VER el ocaso en la Playa del Mónsul es un privilegio que pocos, poquísimos pueden disfrutar. Su completa soledad.

LAS ESTELAS de nube en el Cabo de Gata duran igual que los calendarios.

UNA NOCHE de flamenco. El taconeo de la bailaora sobre las tablas tenía la fuerza del mito, de la leyenda, de la fábula.

FERRY a Nador. Imprescindible el pasaporte. No se reembolsa el pasaje en caso de pérdida. Salida a las once de la mañana. Ida y vuelta. Solamente un barco cada día. Todas las vidas que no cruzaron el mar.

LA CASA del poeta al fin. Valente como hijo adoptivo de Almería. Número 7, Solo fachada y pendiente de inauguración. Muebles antiguos y ventanales opacos. Una casa del poeta que ya no está. Las memorias intangibles de sí.

UN LIBRO de Tabucchi sobre la mesa con los tres últimos días de Fernando Pessoa. En su interior un ticket de avión Roma-Madrid de un agosto pasado. Mientras cae la tarde irremediable sobre la ciudad curioseo el libro con poca dedicación a la lectura. Quién pudiera escribir sobre sus últimos tres días de vida y en plena conciencia: los mártires, los presos y los poetas.

AL LADO se habla rumano, una vecindad extravagante, intraducible, a ratos inquietante. Sin embargo en la estación de bus hay números con salida diaria a Bucarest. La diplomacia onírica de los lugares de origen en el exilio.

VUELVO  a Juan Ramón Jiménez sobre aquello de que Andalucía es lo que más acerca a España hacia lo universal. El grado de dulzura, la expresividad abierta y encariñada de sus gentes, su folclore cotidiano, este sur que nos constituye en la alegría de vivir. Y también el polo negativo del caciquismo, los latifundios y el atraso social que tanto ha castigado a estos páramos del mundo. La explotación de unos sobre otros, el mal endémico del humano.

CITA PREVIA para la visita a los refugios de la spanish civil war. Hay que dejar un teléfono y el nombre de contacto. Todas las visitas son guiadas. La chica almeriense sonreía tras el mostrador.

TARDES de pasión bajo las sábanas de los eneros del sur. En el clímax no importan los termómetros científicos ni los mapas del tiempo oficial. El mundo es oscuro, tibio y cercano. Los amantes se bastan ellos solos.

ME GUSTAN las macetas de las terrazas en Andalucía. En todas sus provincias hay un decorado similar que la constituye como país. Este sur del norte es enigmático para quienes lo visitamos con libros bajo el brazo.

EL GATO se aproxima a mí con prudencia. Empieza a tomar interés en cada hora que pasamos juntos. Maúlla cuando ella lo nombra. Es un juego de relaciones cautivadoras. El universo felino con sus misterios y acertijos. Aún lo veo como un gato desconocido, que me mira y me piensa igual que yo a él.

LAS CARTAS que Rilke escribió desde Ronda en mis manos. Librería Picasso, 12 euros, tentación absoluta de robo.

UN ALMUERZO celestial. Caldo de entrada, hummus con pan árabe y ensalada mediterránea con verduras ecológicas. No había tiempo suficiente para llegar a levantarse de la mesa.

MEDIR los bosques por el tiempo que se tarda en atravesar de un claro a otro. Con este bellísimo testimonio finlandés sobre la pervivencia de la naturaleza en la cultura nórdica acabé la visita de una exposición de los artistas Ritva Kovalainen y Sanni Seppo en el Centro de Fotografía. Y me sorprendieron igualmente los vestigios de la cultura sintoísta japonesa: lo ancestral que palpita en la verde isla de Shikoku.

EL INDALO tiene un parentesco simbólico con los grabados rupestres aborígenes del sur grancanario. Realmente todas las culturas expresan lo suyo universal con una misma proyección inconsciente. Es lo que une los lugares más remotos en el tiempo y aún infinitamente más cercanos en el espacio.

LAS TARDES de weekend almeriense poseen algo de New York. Sé lo que me digo cuando tuve la ocurrencia de fotografiar el rostro de los viandantes en todos los pasos de peatones de la ciudad, a la manera de estadística imaginaria sobre lo real maravilloso de la citizen andaluza. Sus ganas de vivir, los niños y sus padres, las parejas y los caminantes solitarios, la masa y el poeta.

3 EUROS, tres simples monedas en la palma de la mano para la visita a los refugios de la guerra civil. La primera impresión de la sirena de aviso en la pantalla. Dejar paso en las escaleras a los mayores que visitan los refugios décadas después. La infinita soledad de los pasadizos grises, a los que se accedía en los albores del 37 siguiendo los lazos negros por la ciudad de Almería. Una de las últimas en la rendición con los refugios antiaéreos más grandes de Europa.

OTRA ciudad: en los confines de los días, subterránea y fantasmal, donde las parturientas evacuadas daban a luz sin las sirenas de la tranquilidad. Me cuentan que los milicianos vaciaron el plomo del órgano de la catedral para la munición en el frente. Cualquier cosa ante la amenaza del enemigo fascista. Aquellas balas inútiles silbaron la más bella sinfonía jamás escrita.

BAJO los kioskos almerienses se esconden los refugios de la resistencia, allá abajo donde el miedo encumbró todos los abismos. En uno de esos días hubo niños que dibujaron un bombardeo sobre el cemento caliente de los terrores humanos. Y otros jugaban en los escondites privados con los juguetes de época. Y otros huían a las cuevas del barrio de la Chanca donde nunca caían bombas. Y otros, que somos nosotros, miramos de nuevo hacia arriba con el espanto de antes.

[...]

Samir Delgado, Diarios, 2014