sábado, 27 de junio de 2015

La isla de Saramago (In memoriam, 2010-2015)




La isla de Saramago ya será para siempre Lanzarote.

Una isla canaria que lleva millones de años meciéndose como una balsa de piedra entre las aguas azuladas y las dunas saharauis. Una isla canaria que cumplió merecidamente con los presagios de la mitología grecolatina valiendo como residencia idílica para los días en vida de un premio nobel cuyas cenizas descansan eternamente a la sombra de un olivo, alejado por fin de los estertores mundanales hasta que las multinacionales turísticas perviertan con un código de barras la paz de su casa en el sur lanzaroteño.

Y es que Saramago ya no escribirá más bajo aquel techo límpido de Lanzarote, partió un triste mediodía sin equipajes de mano hacia los territorios de la memoria, pero la isla que acogió en su regazo al intelectual de gafas prominentes que llegó como exiliado tras la censura de sus novelas necesita más que nunca el retorno de su ahijado portugués, ella es ahora quien necesita para su propia supervivencia palabras sin grandezas pasajeras de premio nobel para custodiar horizontes de salitre ante el circo de la corrupción institucional y la vorágine de la especulación urbanística sobre unas costas transformadas en fantasmagórico cementerio de pateras africanas.

A pesar de que las horas en vida de Saramago fuesen poco más que un suspiro volátil sobre el regazo de una isla que perdió hace mucho el recuento de su largo periplo geológico, la fugacidad de su presencia valió para echar raíces de coherencia sobre la Geria de picón negro, allí donde cultivó kilómetros de verbos bajo el mismo sol impenitente de los trabajadores del campo, allí donde el pulso templado del éxito editorial aleccionó a las cúpulas religiosas y a los malos gobiernos del sistema que rebajan al absurdo la razón humana cuando permanecen cómplices de las guerras y las injusticias que lastiman el frágil destino de los pueblos.

Cuando Saramago partió hacia su último puerto con el vuelo de las gaviotas intrépidas, dejó atrás una isla apenada entre la atónita mudez de los volcanes y el luto que ensombrece la armonía de casitas blancas, su funeral ha tenido lugar con ecos sonoros entre los paisanos de la república que lo vio nacer y la isla canaria que lo vio morir, a la misma hora en que los mundiales de fútbol y las bodas monárquicas hacen del mundo una caverna.

La misma isla que sufrió el accidente mortal del artista César Manrique, la misma isla que renació en los sueños del poeta Agustín Espinosa, la misma isla con dragones de fuego en las pinturas de Alechinsky, la misma isla con pescadores relatados por Ignacio Aldecoa, la misma isla que habitó la princesa Ico, la misma isla que sufrió la embestida de la piratería y los males de la hambruna durante siglos de travesía atlántica.


Lanzarote, ya será para siempre, la isla de Saramago.


Samir Delgado, Junio 2010

viernes, 19 de junio de 2015

La luz que es ya ceniza (El arte y la memoria) Pregón Solsticio de Verano 2015




Pregón de las Fiestas del Solsticio de Verano
Casco Antiguo de la Ciudad Alta de Cuenca



L
a luz que es ya ceniza dijo el poeta sueco Lasse Sodërberg tras su visión total de los silencios absolutos que predominan en cualquier atardecer del cementerio de Cuenca. Allá mismo el tiempo es uno: cielorraso de la eternidad cromática del negro que alumbra con apogeos inveterados la memoria de una ciudad donde todavía descansan de cuerpo presente y por la gracia de los destinos civiles, las posteridades mayúsculas de la sombra de Fernando Zóbel y Federico Muelas, aquellos hombres de cultura que hicieron del lado griego de la existencia su patria más amada. De esa luz, incólume y antiquísima, fogal y lumbre de las extranjeras naturalezas diurnas, quisiera yo echar mano para avivar cada palabra de este pregón felizmente entregado a los cuatro vientos, para la bonanza de las vecindades comunes del estío, para la llamarada tibia de las convivencias solidarias que hacen de hogar-casco histórico del futuro-un solar para el arte.

Y no hay luz posible sin las cenizas del ayer. En la vida de cada habitante de estas tierras de Castilla laten los ecos del pasado con una vocación universal, esa luz infinitamente rica y diversa que resurge de las muchas herencias inauditas, de los horizontes preteridos, de las progenies anteriores, de cuya raíz multicolor se nutre el mismo idioma de una humanidad  siempre retoñada entre las huellas celtíberas, visigóticas, árabes y cristianas, europeas y cosmopolitas, del sueño abstracto de la modernidad a los desvelos de la tierra comunera ancestral. De ahí que, por los derechos supremos que otorga el don de la palabra en la plaza de esta misma noche, de preámbulos festivos y de hábitats conciliadores al borde del solsticio, puedan hacerse presentes, para el asueto justiciero de las memorias en peligro y las suertes bajo amenaza de desaparición, los apellidos propios del común devenir del hálito creativo y la pasión por la belleza, los testimonios inmemoriales de hombres y mujeres que han hecho de Cuenca lo que fue, lo que es y lo que será. 

Fiel testigo de la nocturnidad de los cerros y las hoces, la ciudad de hoy no es otra distinta a la de una era remota en la que un mar desconocido, solamente pensable bajo términos de lo maravilloso geológico, tiñó de esperanzas vitales su porvenir venidero. La vida gracias a la luz de la historia es huella del tiempo, en el arte y en la memoria, la ciudad procura anhelos y quebrantos a todo vecino que, como en aquel día primerísimo, repitió al unísono del congénere, entre los parentescos insustituibles y democráticos del estar vivo, el mismo trayecto colectivo por la existencia. Por eso cada uno de los mortales, ciudadanos del hoy, proviene de las mismas sangres de la estirpe mundial, etérea y terrestre, errabunda y amatoria, dedicada a los cultivos del símbolo y del verbo, allegada a la paz del aire por el familiar contraste de los paisanajes, del lugareño y del foráneo, que hicieron tangible, una vez y para siempre, la verdad del único progreso sobre la faz de la tierra que es la paz entre los pueblos y el equilibrio entre sus bosques y océanos. 


Más acá de las nubes, en los territorios cercanos de la intemperie urbana, entre los soportales añejos de la catedral y el flujo eterno del viento, las calles alimentan su letargo de sombra con las vorágines de lo ajeno y pasajero, del turista del futuro que acude en volandas hacia los confines de la luz, esa caballería irreal de infinitas partículas a la que dedicaron sus mejores versos tantos cantores de Cuenca: la ciudad abstracta internacional. Ella sola basta para la creencia en el ensueño, atizada únicamente por el peso de los astros, su sed irredenta de civilización y utopía es la nuestra de ahora y aquella de entonces, a la que acudieron los artistas del siglo pasado, con la voluntad de resistir juntos a los embates de la dictadura y con el consuelo de la permanencia del color que hacía de cada esquina, infinitud de vértices y de ocasos, un lienzo absoluto de posibilidades. Entre ellos Manuel Millares, nómada insulario entre la bondad de los blancos y el martirio del negro. Él fue quien atrajo, en un verano similar a este, mi personal itinerario por Cuenca. 

A su memoria y reconocimiento me debo en esta hora precisa, donde la luz ya es también vecina de todos los silencios. Una ciudad elevada entre la roca y el vacío posee en sí misma toda la fuerza de un cosmos particular en expansión, bajo su techumbre serrana el pulso de los días y las noches dilata las vivencias comunes de hombres y mujeres entregados a lo bello natural. Por ellos mismos los museos de Cuenca brindan a quienes la visitan una dimensión absoluta de las vivencias acaecidas, los viajes del azul a ras de suelo, el amarillo solar entre bastidores mundanos, el rojo arquetípico inoculado sobre todos los centros. La memoria habita con predilección esencial en los cuadros que perduran en los interiores del lugar donde son para la mayoría. 

Y esta ciudad de Cuenca lo es por su arte: de la abstracción al objeto encontrado, de lo sacro a lo pagano, de la escultura en piedra a la pieza electrográfica, de los artistas y artesanos que un día soñaron juntos en el Asilo a las pintoras que por una sola vez estuvieron en el Museo de Arte Abstracto: Juana Francés, Elena Asís y Susana Solano son los nombres que se deben arrebatar al olvido nefasto de todos los patriarcados. Al igual que el firmamento de rostros que debemos conjurar para que al fin siempre reaparezcan en todas las futuras crónicas del arte conquense: Marco Hipólito Viola, Javier Florén, Jesús Rojas, Julián Pacheco, Adrián Moya, Chema Cavero, Jesús y Germán Valle, Eugenio Cano, Francisco Carpio, Enrique Trogal, Óscar Lagunas y tantos otros de muchas disciplinas, artes y oficios, que todavía están entre nosotros o que marcharon a la noche del tiempo tras los años de la creación del Planetario. 

Y es que, de muy lejos, proviene una misma senda de idas y vueltas hacia la ciudad alta de Cuenca, cuyo nombre muchos viajeros, hidalgos contemporáneos, tuvieron que mentar alguna vez para dar cuenta de sus trayectorias vitales. Hasta aquí llegaron personalidades tan distintas y tan diversas, fascinadas y fascinantes, como los cubanísimos Wifredo Lam y Alejo Carpentier, los inmortales de la república de las letras universales como Federico García Lorca, Benito Pérez Galdós, Pío Baroja, Azorín, Unamuno, Ernst Hemingway y John Steinbeck, y tantos otros más para sorpresa, orgullo y jolgorio de quienes acceden a los anales memorísticos que pululan entre los ríos Júcar y Huécar. De sus ecos, moradas y huellas nos quedan con distinta suerte, sus jardines y sus ruinas, las casas de Luis Martínez Kleiser y del propio Antonio Saura, hacia quien la ciudad y sus familiares, la fundación que lleva su nombre y el mundo del arte en general, debemos una feliz reconciliación. 

Ojalá que de este pregón, sobrepasados los umbrales de su meridiano sideral, pueda quedar al menos una mínima fuerza de gravedad para que las instituciones competentes asuman el desafío de restaurar y poner en valor debido todas aquellas historias petrificadas en el abandono. Esta ciudad de Cuenca merece todo lo mejor en cada una de sus lunas ocultas. Hay todavía historias ínfimas que esperan volver a disfrutarse por derecho a la transparencia de sus verdades.

 Y por ejemplo evocamos ahora la vida de Marcel Demeulenaere, quien un día junto a su esposa Simonetta arribó a estas orillas castellanas sufriendo un accidente y significándose como un vecino más de su casco antiguo, en la calle Colmillo, tras haber recorrido Europa y Estados Unidos en calidad de ingeniero, aventurero y testigo de un siglo marcado por las guerras mundiales. Una placa oficial a su memoria desapareció del Convento de Las Carmelitas descalzas cuando en mayo de 1990, hace 25 años ya, fue ubicada en la inauguración del prestigioso Museo Internacional de Electrografía, aquel espacio de vanguardia artística por el que desfilaron los artistas de las nuevas tecnologías, del copy art a la imagen digital, en una odisea memorable para el papel protagónico de la ciudad como lugar del arte contemporáneo. De aquel episodio fueron testigos de excepción Fernando Canales-ya fallecido- y José Ramón Alcalá, ahora catedrático de nuestra universidad, que junto a los artistas visitantes de aquella nueva oleada creativa multimedia, trasladaron a la Facultad de Bellas Artes sus tesoros tangibles. 

Y de estas epopeyas y sinergias, la universidad nutre sus caudales de modernidad, en la conformación del escaparate intergeneracional que hace de la ciudad un lugar de tránsitos, destinos y ensueños. Toda ella, a solas consigo misma y muchas veces, nada más que frente al misterio de los ojos de la mora, refulge un halo de atracción como belleza de la biosfera y laboratorio cultural de las artes y de las letras desde los tiempos árabes a la ciencia y el turismo occidental. Tras siglos de andadura medieval, quedan ante nuestra vista las iglesias de San Pablo y San Andrés, Santa Cruz y San Miguel, son muestras evidentes de los trasvases de la fe a la cultura contemporánea. 

Y estos espacios tan primordiales del casco antiguo, mucho más allá de su afamada semana santa y los colofones de la música sacra, merecen ser dinamizados de forma permanente para la libre creatividad y el intercambio artístico, abriendo sus puertas de par en par a las prácticas de los estudiantes, a los músicos, a los artesanos, jóvenes y mayores, que son artífices de la vida cultural que procura el latido profundo de esta ciudad nuestra, la residencia para el arte que es- a fin de cuentas y sobre todo lo demás- también la de todas las infancias, de sus más nobles y auténticos habitantes, los niños que juegan bajo la luz de sus cielos venideros y algún día serán los ancianos entrañables de este casco antiguo para todas las edades. 

Vaya por ellos y cuanto más lejos mejor, este pregón de futuros ecológicos y artísticos, poéticos y culturales, de una Cuenca que es isla mayor para la preservación de las tradiciones y el progreso de su ciudadanía. Después de varios años compartiendo la vida entre sus vecinos, llevaré allá donde vaya, al Líbano de mi padre o a las islas  de mi madre, al México de mis amores, el sueño de una Castilla-La Mancha conectada al mundo, sin cementerios nucleares y tan de Sancho Panza como del Quijote, sin olvidar a Rocinante, protagonista silenciado como en todos los bestiarios de la historia oficial.

Por ellos, las criaturas que habitan esta bella sierra cosmogónica, también se hace el silencio de todas las noches, de la luz que es ya ceniza nuevamente, para que la oscuridad que precede a la fiesta, traiga consigo el canto de las cigarras, el vuelo de las grajas y la vida toda de la madre naturaleza.

Vecinos y vecinas del Casco Antiguo de Cuenca, ha llegado el solsticio de verano de 2015, mis mejores deseos y felices fiestas. Muchas gracias y hasta siempre.

Samir Delgado