lunes, 16 de noviembre de 2015

La huella imborrable de la mariposa I (Cuaderno de Jerusalén)

Fotografía de Bernat Armangue

La mariposa nace de sí misma
y danza en el fuego de su tragedia.

DARWISH



LUZ del middle east. Aeropuerto de Jordania con 31 grados a la sombra. Los viajeros cruzamos la aduana como almas recién descendidas a un purgatorio anónimo. Y salir afuera con una perplejidad de más de dos mil años.

VISADO con tasa internacional obligatoria. En la ternura de los niños, en la paciencia milenaria de mujeres ocultas tras el burka, en la encrucijada de miradas del transfer estival aparece la pura oposición del rojo púrpura que atardece por primera vez ante mis ojos.

LA FRONTERA. Oficinas con olor viejo de tabaco. Colas inmensas que se van gestando desde lo lejos. La brutalidad del régimen administrativo luce toda su ostentosidad. Hay retratos monárquicos en todas las esquinas. Ya en carretera las primeras señales del Dead sea. La noche es inconmensurable alrededor. Mirar por la ventana como testigo infalible del silencio de los siglos en tierra bíblica.

INTERROGATORIO. Salmos coránicos y cuadros del romanticismo alemán en la sala de retenciones. Los oficiales israelíes son de mi edad para un bis a bis generacional. Los rumbos de la historia llevan a desenlaces imprevisibles. La soledad en el silencio de la clausura es reveladora. Tras la inquina policíaca, su militarización del instante, una sonrisa pavimenta cualquier futura desolación. -Yo que provengo de hijos de la guerra, llevo en mi corazón la paz de la utopía, mister security agent. 

EN MICRO BUS hacia los confines de la noche, los lados más visibles del territorio sitiado. Mirar por la ventana en estas circunstancias tiene un sentido vital por excelencia. Atravesamos el king border a una velocidad estrepitosa. Siempre los pasaportes en mano, la desnudez implícita del viajero cuyo status diplomático excede los privilegios hasta volcarse del lado humano.

ORIENTE medio es la estancia revivida, la ligazón esencial de la infancia. Aquella ventana auroral de la niñez desde la que pregunté a mamá por la muerte del mesías.

LAS FAMILIAS palestinas hacen cola ante los pocos mostradores abiertos para el sello burocrático que da el salvoconducto para dormir en casa. El señor que fuma con una pasmosidad admirable al final del puesto fronterizo parece uno de los abuelos de mis abuelos. Las señoras con sus turbantes miran al extraño con cierta atracción de curiosidad. Aquí las horas tiene una medida asfixiante, toda dosis de libertad requiere un membrete, un signo oficial, una aprobación acusatoria.

JERICÓ. Bienvenida de las autoridades de la ciudad con sabor a té, aplausos y regocijos diplomáticos. Un poeta árabe es alguien cuya lengua familiar recuerda a los momentos primigenios de la infancia. Las luces del salón institucional comienzan a poblarse de humaceras coloquiales. Afuera quedan los intersticios ocultos de la nada, las cuadraturas imposibles del territorio en disputa, los vanos intangibles de lo real. Más tarde de vuelta a la carretera, el chófer acelera igual en las curvas que en línea recta. No hay un solo instante que perder para ir a casa. Jericó de noche: la más antigua ciudad de todos los tiempos, la que regaló Cleopatra a su amante, la misma que hace de la luna su centro universal.

[...]

Samir Delgado, 2015