lunes, 25 de enero de 2016

Los nuevos danubios (Cuaderno de apuntes) Fernando Zóbel in memoriam

Fernando Zóbel (1924-1984) Río Júcar

LA ESTRATEGIA consiste en proseguir el alineamiento natural del aguarío sin ninguna determinación accesoria. Vislumbrar las oquedades diáfanas del cerro en la pura lejanía. Condición limítrofe del allá. La bondad colorante del azul casi verde libera de cualquier atosigamiento futuro.

ADENTRADO el camino. El tiempo se abomba en cada vírgula de luz. Toman el protagonismo absoluto los insectos habituales del reino líquido. Las cigarras timbran la sinfonía estival: abejorros, hormigas por doquier, libélulas ensoñadas por el vaho matinal que circulan a las anchas los aires del agosto.

HE VISTO cruzar a nado un hombre sereno y fuerte. Frente a mí, en completo silencio el embarcadero, la natación de eternidades. Su danza acuífera era majestuosa, pura y arcaica, emparentado a un dios olímpico que allanaba la morada matinal del agua. No hemos hablado, tan siquiera un cruce de miradas curiosas. El dios hombre, blanco y anciano, cruzó las aguas del verano sin decir nada.

LA ROCA. Esencialidad de la materia entre las florituras del agua nupcial. Siempre el mismo río- danubios del mañana- visto desde la profundidad.

EL PUÑO cerrado apretujando una hoja seca. El sentimiento contrariado de los estambres antiguos hechos polvo terrenal. 

LOS PIRAGÜISTAS reman ajenos a los caldos del río, en la orilla una mañana instantánea repetida donde en cualquier momento puede suceder la evolución.

EL PINCHAZO hiriente de la avispa en el brazo derecho. Las venas interiores entrecruzan aceleradas el miembro dolido. La muerte secreta como venganza.

TODO RETORNO implica una despedida y una promesa de reconciliación. Así sucede el ocaso, celestial propósito de alteridad consagrada. Volver por el camino a horas distintas. Sus testigos de la odisea ejemplar. Peregrinaciones del escribano.

UNA LUNA de preñez alucinada. Los bosques nocturnos albergan los más bellos cenáculos salvajes. ¿Qué sería del poeta en plena intemperie? La palabra es luz excomulgada de los vacíos indeterminados.

SENTIRSE igual que un mamífero moribundo bajo el sol mientras las moscas transitan por el cuerpo yacente en el tablado. Una música permanente sus zumbidos atemporales en torno a mí. Pronto seré memoria-de-algo en ellos. El banquete extraviado.

COMO UN SOPLO musical llegaron los vencejos, aleteando su temporal airoso: igual vuelven & llegan a la nada.

TODAS LAS COSAS acaban en el agua. Frío magnetismo seductor. Centro líquido de gravedades absolutas. Al río vuelven todas las cosas tarde o temprano.

ME INCLINO a la espera de que la tarde afiance su declive. ¿Vendrán los ciervos este sábado -al río- por fin?

LAS CAMPANAS de las eight o´clock. Hay turistas curioseando en torno a las pequeñas fuentes. Pocos asistentes a la misa. Afuera de la ermita el mundo parece virgen.

LA CIUDAD amanece en sigilosa mansedumbre. Abandonarla con rumbo al aguarío es una ceremonia procelosa. Hay que disponer los víveres, la utillería básica del viaje. Nunca salimos del todo de la vetustez de sus paredes.

NO HABLAR con nadie durante el tránsito ritual, bajar las escaleras al ritmo pausado del aliento propio. Es difícil el equilibrio de tantas perspectivas juntas. Toda mañana es panteísta: blanca y azul.

CICLISTAS, escalones, paseantes en familia. El ríomar suma voluntades y parsimonías. La soledad al través suyo es un vector de mutuo reconocimiento. La única distancia posible es su agua total.

LLEGADA al embarcadero. Repetidos paisajes de la memoria. Cada visita irradia una oscura atracción hacia su polo opuesto del ayer. La disyuntiva esencial del-estar-se-aquí.

BURBUJAS insólitas suben a la superficie. Su final está garantizado. ¿Qué las hace subir, qué dicen estos signos? El trasfondo líquido como misterio del mundo. Verónicas del mar.

EL CAMINO al río es una ecoemergencia de la connaturalidad. Visto en perspectiva espacial su lado profunde diluye los obstáculos interiores del hábito cotidiano. Desurbaniza el-estar-se-aquí. Hay en la estancia junto al río una liturgia de purificación que no prescinde de cierto misticismo. En los verdes silvestres depositamos una parte de nuestro apaciguamiento vital.

UN HOMBRE con su perro en las lindes de la carretera. Dos existencias arrojadas desde el futuro abrupto de la ciudad. Ninguno se detiene a mirar el sol. Ellos dos- el hombre y el perro- que juntos prosiguen los senderos de la memoria. Allá dondo el sol cumple todas sus noches.

JUNCOS y matorrales. Los nichos paralelos que nos son desconocidos. Tanto como lo son para sus insectos la catedral, sus luces y sus cielos.

LOS EXTRAÑOS horizontes circunscritos al ayer del río.

EL PÁNICO incesante hacia el enfado de las abejas. Los bordes donde limitan nuestros mundos físicos colaterales. El desconocido código de caballería que tendrán los zánganos. Y la reina todopoderosa -que nunca está- desde cualquier lugar reproduce las progenies.

DETENIDO en el pretil de madera, el poeta considera la palabra fiel, aclimatada a los vértigos solariegos, aquella que entrelaza lo profano del estío con la diversidad del verbo.

UNA PLUMA de graja en la mochila junto a esta colección particular de dibujos soñados. Negro signo de las alturas provenientes, arrebatada caricia del cerro nocturno. Silbo posado en las letanías del ocaso.

LA HORA de la merienda en el río. Un silencio tibio y maduro entre los penachos boscosos. Una risa lejana de niños que se despiden de las edades de oro.

ALEGORÍA. Cuanto más cerca está la noche en el río: menor es su silencio.

CADA RETORNO al río es un confín invertido. Su inicio a lo lejos establece una apertura infinita de posibilidades. Se trata de proseguir su estrecha penetración acuífera. El lado incólume para la vista. Toda aproximación alivia los grados de peso psicoterrestres. Volcarse de lleno en su seno es una muerte dulce imperfecta.

EL COLUMPIO- logos esencial- chirría en la tarde como el canto de un cisne. Todo parece tener un final inconcluso que no acaba de llegar a su hora. Los chopos tililan en el reflejo del río. Graciosa postal campestre acribillada por un salto de pez. Así la irracionalidad conduce los mitos.

LADERA soleada en el porvenir más nítido. Verde culantrillo en la planta de los pies. El barro final difumina las esencias vacuas del río. Una luna tímida expone su néctar albino. El reloj a esta hora es un arma de destrucción masiva para las más viejas butterflies.

HUBO UN TIEMPO en que todo fue río, mar, líquidos primitivos. El más allá era pura majestad inerte. Esa única vez de los silencios inconfesables. Cae la tarde sobre el papel. Cuanto de dioses queramos ser.

LA CIUDAD queda cerca tras las campanas. Su timbre metálico lustra las cenizas del presente verbalicio. Las familias pasean en los horarios del ocaso. La sequedad de sus labios avecina poco a poco el final de toda existencia.

EL MUNDO de los árboles. ¿A qué se parecen? Ellos siempre engalanados a la moda, tan distantes uno del otro entre la masa informe de verdes. Es la mirada que ausculta cada detalle, cada singladura, cada vestigio por el que la belleza acontece realmente.

UNA CESTA inabarcable de hojas caídas en la deriva del río. Cada una conserva la perfecta equidistancia con la nada. Festejo natural de las aguas cristalinas. Y la brazada, el remo, los coletazos de la pescadería invisible hacen que los árboles se regocijen en un sí mismo insólito.

LA SERENIDAD calmosa del atardecer en su corriente biomórfica. Pausado torrencial de matéricas orfandades. El apagón nocturno sobreviene inclemente sobre los penachos floridos de esta orilla. Un pájaro carpintero aparece en la escena con su código morse predilecto. Abejarucos, palomeras, mosquiteros. El cancionero del mundorío zobeliano.

UNA PAREJA joven abandona la maleza. Sucumbe al cautiverio urbano. Tras una estadía mínima bucólica prosiguen el sendero de vuelta. En sus miradas lo atónito clorofílico desaparecerá como por arte de magia.

MEDIODÍA calmoso. El cangrejo patea los vértices acuosos de la marisma. Ojea indiscreto hacia el afuera. ¿Qué piensa el espécimen? ¿Cuál es su centro?.

EL PRIMER tronco al agua. Antiquísimo mástil vegetal. Henchido por las corrientes atemporales del río. Fijo sempiterno. Ajeno por completo a las estaciones y a los hombres.

LA MALEZA espesa del atardecer. Bajo mis pies cruje una alfombra oscura. Selvática hinchazón del río. Orillada boscosidad de penumbras inaccesibles. En sus escondrijos un sin fin de nadas, humus, la arenisca mayor.

LLEGAR a una cueva desolada. Con los huevos de tela en nidos de murciélago, la oscuridad tenebrosa de cada orificio. Cobijo de la historia protuberante, en la cueva del tiempo, el mundo se comprende ya sin luz y sin aire.

Samir Delgado, 2016