lunes, 15 de mayo de 2017

"Konvolut" (Apuntes, notas, fragmentos de la papelera de reciclaje)

Robert Rauschenberg’s “Port of Entry, Anagram (A Pun)” 1998

El soñador cuya mirada estremecida cae sobre el fragmento
que sostiene en su mano viene a transformarse en alegórico

Walter Benjamin
 
 1, A-2010


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Cuán lejos quedó ya la tarea del mítico Hermes, insigne portavoz de los dioses griegos, que traía consigo desde los altos cielos olímpicos aquellos mensajes que sostenían el orden en la vida de los mortales. Y muy a pesar de esta remota lejanía, todavía en la mayoría de sociedades occidentales pervive entre los códigos legales de la constitucionalidad una especie de autoridad divina, la voz perdurable de una tradición que se impone con el paso del tiempo como algo propio de la naturaleza. Parece como si, en un show callejero los voceros de los mass media que controlan la información del nuevo orden mundial nos ofrecieran con el juego de la televisión una verdad revelada sobre el mundo como en los tiempos de la magia medieval.   

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Hay una escena paradigmática en la película “Annie Hall”(1977) de Woody Allen y Diane Keaton, que vale como lección para la mayoría de los profesores universitarios: mientras hacen cola para ir al cine, un profesor de la universidad de Columbia atormenta al cómico Alvy Singer con una retahíla sobre sociología del arte y las tesis semióticas de Marshall McLuhan. En un arranque de sarcástica originalidad, Woody Allen se dirige a la cámara y ante el molesto pedante que clamará por la libertad expresiva y su autoridad universitaria, aparecerá repentinamente el propio autor de la “Galaxia Gutenberg” (1962), que en viva persona reprochará al profesor que todas las teorías por su boca no suenan más que a un dislocado popurrí de falacias. Es una pena que, en las aulas de muchas facultades, no existan también este tipo de bambalinas cinematográficas para la recusación de teorías.  

 
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No son pocos los retratos al óleo sobre la efigie de numerosos filósofos antiguos y modernos que en su día posaron de cara a la galería de la inmortalidad, cada uno en particular representando a las distintas vertientes epistemológicas de la historia de la filosofía occidental. Pero una cosa les une a todos por igual, ya sea desde las prestigiosas entradas de la Enciclopedia Británica hasta el Diccionario Ferrater Mora: siempre yacerá en el trasfondo de sus semblantes el mismo patriarcalismo que ha predominado en las instituciones de toda la cultura oficial.  

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Ningún ejemplo más contundente sobre la represión en los centros de internamiento psicológico que la novela de Ken Kesey “Alguien voló sobre el nido del cuco” (1962) llevada con un éxito ya consumado al cine clásico gracias al director Milos Forman. Y es que en las ramas especializadas de la psiquiatría todavía planea la suposición idealista de que las batas blancas y los fármacos clínicos podrán seguir de cerca los trastornos mentales del enfermo cuyos problemas son derivados de su propio infortunio. Menos mal que todavía algunos libros siguen vinculando con sutil clarividencia los síntomas de la esquizofrenia con el modo de vida en el capitalismo. En la escena del indio norteamericano que se libera del panóptico está la clave del futuro. 

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Con la invención de la daguerrotipia en la génesis de la modernidad aumentaron las esperanzas por alcanzar en las representaciones de todo tipo la completa objetividad de cada tiempo histórico. Ya sea desde el obcecamiento del naturalismo en el campo experimental literario hasta las tendencias pictóricas realistas más fieles a la virtuosidad de las copias de cualquier paisaje: siempre el anhelo de total objetividad seguía muy de cerca el camino de las lupas del laboratorio. Pero, bajo la aparente benevolencia que hay en la estela de las ciencias naturales, se esconde un peligroso mecanismo de reproducción. Y esto fue lo que animaba tanto a la fe ciega en el progreso de las teorías del evolucionismo. 

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Fue al principio Thomas Moro quien hizo gala de los mejores ideales renacentistas imaginando una sociedad utópica más tarde dibujada entre falansterios por el socialismo francés de Saint-Simon. Luego fue la pluma del escritor norteamericano Aldous Huxley quien establecería un hipotético mundo feliz que ya contenía los mismos ramalazos de fatalidad que la fecha “1984” en la afamada novela del magnífico George Orwell. Unas y otras, apostaron en su momento por ofrecer entre el derrame normativo de tinta bíblica un perfil para la posteridad, todas ellas puestas ya a la venta como utopías con un código de barras.  

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Las manifestaciones que irrumpieron en las calles de todo el mundo frente a la guerra de Vietnam, tuvieron el mismo cromatismo que dio luz a las noches de alboroto cuando se desencadenó la toma del Palacio de Invierno en Moscú, al igual que las algaradas por los adoquines de París retumbaron con la misma fuerza que las balas ensangrentadas en la Plaza de Tlatelolco. No sabemos qué pasará mañana, pero la revolución siempre parece hacer sus pinitos cuando alguien se decide finalmente a destapar un arco iris.

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Las noticias diarias anuncian el parte policial de la nueva arribada dramática de una patera inundada con más de 150 inmigrantes irregulares. Los prototípicos Ulises subsaharianos que osaron cruzar el estrecho han sucumbido a la tenebrosa metafísica de la Deuda Externa. A la misma vez, un crucero trasatlántico repleto de distinguidos visitantes británicos y holandeses llega hasta el Puerto de La Luz donde recitaba el modernista Alonso Quesada, invitados por las autoridades locales a una degustación de plátanos con gofio y un suculento postre de bienmesabe repartido por azafatas con  típicos trajes folclóricos. El Premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez firmaría con agrado un guión de tanto realismo mágico, ya que ni la lluvia de gorriones muertos de los “Cien años de soledad” en Macondo superan en trascendencia la fotografía de aquel Adán africano que la marea llevó hasta las Dunas de Maspalomas. Para el colmo de los titulares periodísticos, una inversión institucional ha cerrado un acuerdo multimillonario para que cosmonautas rusos disfruten de un Centro especial de vacaciones en las islas, uniéndose bajo un mismo palmeral la jet-set del Kremlin con la temida mafia del Este, apareciendo spots televisivos con los sueños futuristas del gran fabulador Julio Verne promocionando el archipiélago como un mismísimo viaje a la Luna.  

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Una arquitectura descomunal brota como los herpes en la calidez de las islas siempre anheladas por Malinowski- referente de la antropología moderna- que de volver por estas costas de sol y playa debiera doctorarse en la ciencia de la criminología. Y es que, las contradicciones cada vez más sentidas entre el desarrollo equilibrado y sostenible de un pueblo y la inversión casi total de sus propiedades naturales para racionalizar rentablemente el ampuloso negocio turístico se asemejan con un parentesco de película a Miami. De esta forma, las autoridades han facilitado con sus decretos un ambiente virtual de magnitudes futuristas, con espacio y tiempo prefabricados, en virtud de ofrecer a la carta unos servicios de ocio 5 estrellas para el consumidor europeo. Por cierto, esa emergente clase turista que el mismísimo Karl Marx nunca diagnosticó. Y es que, los millones de visitantes que pisan el Aeropuerto Doña Sofía son en alto porcentaje asalariados con su mes de relajo, garantías etiquetadas por la socialdemocracia germana y el laborismo británico sin contar los que vienen directamente de Madrid con derecho a residencia. Esta fluctuante presión demográfica, lleva consigo una teleología de último modelo pues la tajada económica de los beneficios generados tiene como primer y último motor el circuito de capital financiero europeo. La bienaventuranza de las familias hospedadas en overbucking tiene así plenas potestades para el máximo aprovechamiento lúdico en las piscinas y las discotecas, la maximización moral de su pasaje "terapéutico", disfrutando de un destino situado geográficamente en ninguna parte: aquella ensoñación padecida por André Breton al contemplar  las Cañadas del Teide.

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Cuando Stendhal, escritor romántico francés de las guerras napoleónicas, visitó en su día Florencia, bautizó con su propio nombre al síndrome que provocaba en los visitantes un éxtasis por la belleza radiante del patrimonio universal. Ahora bien, no debe confundirse la naturaleza desbordante de los enclaves paisajísticos con la belleza despampanante de las obras de arte, ya que lo sublime despierta en el espectador una sensación de grandiosidad angustiosa, algo así como el sentimiento de un alpinista que al borde del Everest contempla la majestuosidad de las alturas estratosféricas. Mientras que, por otro lado, lo bello provoca a su manera un estado de tibia gracia pasajera que por sobredosis puede llevarnos a padecer el síndrome estendaliano. No hace mucho tiempo, el poeta canario Lázaro Santana, durante sus cortas estancias en la ciudad italiana de Florencia donde habita el legado de los Médicis, confesaba no haber padecido semejante estado de embriaguez, sino que más bien entre las páginas inundadas por el aroma de los cafés expresos acusaba la presencia masiva de los turistas que únicamente a ciertas horas de la tarde daban un respiro a la ciudad.  Sólo entonces, se podía contemplar de cerca el pulso cotidiano de la vida de los lugareños en flamante pérdida de autenticidad, algo que recuerda muy de cerca la polémica desatada por el escritor Régis Debray contra la mítica Venecia transformada en un parque temático lleno de aglomeraciones: son los mismos turistas con calcetines de colores y sombreros ridículos que marchan por las calles más emblemáticas de las islas.

 
Samir Delgado, Una casa mal amueblada, Baile del Sol (2010)