domingo, 18 de febrero de 2024
Antonio Machado, Escultura de Pablo Serrano, bronce fundido
lunes, 25 de septiembre de 2023
"Voltizo" (Pintura número 100, César Manrique in memoriam)
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| César Manrique (1919-1992) |
un sol mínimo que esconde tras de sí la violencia dulce de tu sueño para salvar la isla del terror de las cicatrices del buldócer Nadas el agua en la mano y nadie ve el principio del agua en todas las cosas que pintas a borbotones dentro de tu sed llena de tojias y lavandula Quieres la alquimia del vértigo en el timón de la curva del nacimiento oscuro que bebe del romance del roquedal y la yesquera La isla te tiene a ti mientras el mundo mira a la cara del borde del risco Y del otro lado tú en la soledad de la casa de todas las noches de la brújula atlántica |
Del libro, "Pintura número 100, César Manrique in memoriam" XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales, Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, 2019
sábado, 9 de septiembre de 2023
Antonio Abdo, 28º-17
La isla de La Palma se encuentra a 28 grados de latitud y 17 de longitud según el buscador de Google. Y allí mismo, en ese rincón occidental de la Macaronesia, vive Antonio Abdo desde casi siempre. Él sonríe durante nuestro encuentro fulgurante en una terraza de la capital palmera con un gesto de arabidad melancólica, pues lleva en sus adentros el legado espirituoso del país de los cedros.
Antonio Abdo, que es autor reconocido ampliamente en el panorama cultural canario por su trayectoria teatral y una obra creativa consolidada, sonríe a todas luces. Él es un hombre de tablas, polifacético y humanista, de un porte tan familiar que salta a la vista en su compañía que se le quiere -muy mucho- en la isla bonita.
Él, Antonio Abdo, y su compañera en la vida y en la creación, la actriz Pilar Rey, llevaron a cabo la fundación de la Escuela Municipal de Teatro y el Teatro Chico en la década de los 80. Por ahí empezó todo y más atrás todavía, “desde 1967”-dice con un soplo nemotécnico-, y por esto mismo resulta natural que un teatro de la ciudad lleve su propio nombre. Para él, el teatro “lo ha sido todo, un modo de vida para la realización como persona”, a partir de la vinculación con la radio- cuenta con entusiasmo- en una época en la que todavía no existían las redes sociales globales.
La estela creativa de Antonio Abdo es variada y múltiple, su formación está arraigada en el autodidactismo y una experienca pedagógica con mucha solera en el mundo de la dramaturgia, especialmente en el campo de la voz, “que es lo que me interesa”, por eso mismo la versificación es una materia importante en su andadura como profesor y autor de textos teatrales. Junto a Pilar Rey, siempre al alimón y siempre juntos como un tándem estelar, han desarrollado importantes cursos de interpretación en lugares como México D.F o La Habana, así como recitales en vivo directo sobre textos del mismísimo Quevedo. Y en las islas, sus nombres están vinculados a la promoción de la juventud por medio de unos premios literarios tan reconocidos en las últimas décadas como el galardón Poeta Félix Francisco Casanova.
Antonio Abdo apura su cigarro en el devenir de una hora intensa, rememorativa, confidencial. Él, palmero de pro, discurre acerca de la veta poética que le nació allá por los años 50, en una tertulia tacorontera dinamizada por Otilia López Palenzuela- “que fue amiga de Loynaz”-, y donde compartió junto a otros artífices de la inquietud cultural del momento que fueron sumando -unos y otros-, desde la radio, la prensa y la literatura, una retahíla de apellidos incontenible para condensar aquellos años duros: Julio Tovar, Paco Pimentel, o el argentino Edmundo Esedín. Y a la pregunta necesaria y correspondiente, sobre el mar, como tema poético y como trasunto vital, habla con serena rotundidad, sobre un “mar que es antes que un encierro, un camino esencial de los isleños”, al igual que ese “cielo, el del norte- señala- de una transparencia y una claridad que invita a ver siempre el final de la isla”.
En plena efervescencia de su libro más reciente, “Mi abuelo de Akkar”, su escritura representa una obra emotiva y trascendental, que conecta el imaginario insular con la raíz de aquellos árabes que ya aparecieron en poemas de Tomás Morales como un segmento particular y arraigado en la población insular que despertaba el exotismo de lo oriental. “Para mí, por haber conocido a mis abuelos de la parte árabe, lo árabe significa cariño.Es otro mundo mejor, que es como desearía que fuese el mundo”
La despedida de Antonio Abdo se hace pausada, entrañable,
acompasada como todo en sus coordenadas cotidianas. A media voz, con una
sonrisa a lo Omar Sharif en su mejor papel, como un actor de cine que es poeta,
a 28 grados de latitud y 17 de longitud, donde vive y como vive, en La Palma.
viernes, 3 de marzo de 2023
Carta abierta para lectores del Frankfurter Allgemeine Zeitung, Le Monde, The Times, Correio da Manhá, Corriere della Sera y Expressen
“Gigantes y molinos en una isla atlántica”
Hay lugares
auténticos en todos los destinos del archipiélago de Canarias, muchos turistas acuden
a realizar senderismo en el Macizo de Anaga como una de las experiencias más
singulares de su estadía en Tenerife. Los caseríos de Taborno y Afur, nombres
de origen prehispánico en esta isla de la Macaronesia, son referentes
tradicionales de las medianías de color azul atlántico, se ve el mar desde el
bosque. Las casas permanecen a plena luz del día, como si fuera de noche, se
sienten lejanamente cerca, como un eco de otros tiempos.
En la actualidad
hay una pequeña vivienda que sufrió un deslizamiento del terreno por las
lluvias de invierno y se encuentra cerrada. Sus habitantes fueron desalojados y
permanecen a la espera de un regreso difícil. El Ayuntamiento de Santa Cruz de
Tenerife ha preferido sancionar y demoler el domicilio familiar, en lugar de
buscar una alternativa, para que la experiencia dramática de una pérdida de
hogar no sea el destino para un lugar tan bello. La casa de piedra había sido a
principios de 1900 una tienda de víveres, según la tradición oral. Al pueblo de
Taborno acudieron personalidades de la cultura europea que visitaban la isla.
La casa cerrada fue en su día un regalo de bodas para los abuelos y allí
nacieron siete ciudadanos naturales de Taborno. Dos grandes laureles fueron
testigos del éxodo rural sufrido por esta familia de Anaga, la dureza de la
vida bajo la dictadura de Franco obligó a buscar el pan y una vida mejor en la
capital de la isla canaria.
Muchas décadas
después, a comienzos del nuevo siglo, la casa del Montecillo, en Taborno,
volvió a tener luz y agua, la vida de una familia es muy parecida a un árbol,
las raíces crecen hacia la profundidad y las hojas mueren y renacen al sol. En
esta casa se escribieron libros de poesía, hubo una biblioteca con hasta veinte
años de historia y ahora la casa está cerrada, a toda costa se mantiene en pie
porque es de piedra antigua, todavía resiste porque forma parte del caserío,
aunque con la cuenta atrás de treinta días para ser demolida. No hay camino
para tractores o máquinas del Ayuntamiento, solo se puede llegar a pie, los
senderos guanches son milenarios. Para las autoridades debe ser la familia
quien debe hacer escombros su propio hogar, de lo contrario tendrá que asumir
treinta mil euros del coste de la demolición. Las piedras de una casa en Anaga
son centenarias, no se ven tras la pared, como la memoria de todos los
silencios.
Europa no se
imagina esta nueva aventura para Cervantes, con gigantes y molinos, según se
mire. El Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife ha ordenado la demolición por
emergencia de una casa pequeña, desde la cual se ve el mar y el Roque de
Taborno. Muchos hoteles de la isla de Tenerife fueron ilegales, aunque ningún
hogar puede ser ilegal, los sueños y la vida no entienden de leyes. Las
escrituras de una casa se llaman “hijuelas”, cuentan la historia de sus
moradores. Nunca antes sucedió algo parecido en Anaga, la casa del Montecillo
puede ser un caso perdido, aunque tal vez sobreviva mucho más tiempo que la Fuente
del Monumento a Franco, en la isla atlántica que sufrió el comienzo de la
guerra civil española.
Los turistas van y vienen cada día, las nubes son las mismas en todos sus recuerdos. La casa de una familia también se parece a los archipiélagos, sus ventanas nacen al otro lado del fondo del mar, los rayos del sol tocan a la puerta. En la isla atlántica de Tenerife una casa vale igual que el paraíso, no debe ser borrada del mapa, no hay leyes que puedan agredir el derecho a la vida y a la conservación de las raíces de un pueblo.
Los seres humanos que habitan entre los volcanes son como islas también, se miran y se sueñan, compartiendo la luz del atlántico. En Anaga todas las casas provienen de muy lejos, como la cueva y el sendero, la vida participa en la gran historia del mar.
Samir Delgado
(Texto en proceso de traducción)
Crédito de la fotografía: Turistas en Anaga, EL DÍA (2020)
viernes, 24 de febrero de 2023
“Taborno, la casa de nuestros abuelos”
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| El Montecillo, Taborno, isla de Tenerife |
Carta abierta al Pleno del Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife
Sr.
Alcalde, D. José Manuel Bermúdez
Es un honor expresar el
agradecimiento al Pleno del Ayuntamiento de la Ciudad de Santa Cruz de Tenerife
por considerar en el orden del día, la vida y el acontecer de hoy en el caserío
de Taborno, Anaga. Como vecino empadronado en la zona del Montecillo he sido
testigo en los últimos veinte años, de la belleza y de la realidad de Taborno,
estas palabras se escriben a miles de kilómetros de distancia, en México, como
emigrante canario he sentido la nostalgia a diario por nuestras islas y desde
el pasado año realizo los trámites de emigrante retornado para acompañar a mi
familia y encontrar una nueva oportunidad para ofrecer a Canarias mi aportación
como escritor y gestor cultural. Acabo de recibir un galardón literario del
Gobierno de Canarias y estaré presente en primavera para solicitar de pleno
derecho que se me considere como ciudadano, de la isla de Tenerife, ya que
estar fuera no significa abandonar nuestra tierra y tras los sucesos del
derrumbe parcial por lluvias de nuestra casa familiar en Taborno, he sentido la
tristeza y la impotencia de un trato institucional muy alejado de lo que
representa nuestra pertenencia a la hora europea.
La casa de mis abuelos,
Don Cristóbal y Doña María, se ha visto afectada por una situación dramática,
fue una herencia centenaria y regalo de bodas, allí nacieron todos sus hijos,
en la casa de piedra que fue “ventita” tradicional a comienzos del siglo pasado
y que luego quedó en la memoria de la familia bajo las penurias de la dictadura.
Como muchos chicharreros de clase campesina y trabajadora los Delgado Perdomo,
familiares de los Martín y de los Alonso, de arraigo ancestral en Taborno,
fueron vecinos en los 60 de las barriadas de Santa Clara en la capital
tinerfeña. Gracias al destino pudimos acondicionar la casa de piedra a
comienzos del 2000, mi abuela, nacida en Afur, obtuvo ese regalo de la vida
para volver a saludar a su Tía Emiliana, a Doña Margarita, yo conocí también al
Tio Nino gracias al regreso de la familia a Taborno. Allí siguen las casas
cuevas de Don Santiago y Doña Isabel, tíos de mi madre, que son una pervivencia
de los antiguos moradores del Menceyato de Anaga, ojalá pueda usted visitarlas
algún día, para conocer la vida y el devenir de un caserío que fue motivo de
visita para personalidades como los viajeros franceses René Verneau y Sabino
Berthelot.
Quiero decirle Sr.
Alcalde, que es un desafío democrático para el Ayuntamiento de Santa Cruz de
Tenerife el considerar qué hacer en estos momentos decisivos sobre la
actualidad de Taborno, el correo postal y la atención sanitaria corresponde a
dependencias laguneras, desde hace décadas puedo afirmar que el caserío ha
padecido un abandono creciente de sus necesidades esenciales, además del Cierre
de la Escuela Rural y de la imposición del Radar de Anaga en Zona ZEPA y
Reserva de la Biosfera, el pueblo de Taborno ha seguido su costumbre de
permanecer entre la bruma de sus atardeceres. Hay caminos vecinales sin drenaje
óptimo y alcantarillado insuficiente, taludes y muros de zonas con camino
público que merecen un mayor esfuerzo de seguridad y en general la señalética
de todo el caserío está quemada por el sol. Hoy mismo tengo conocimiento de que
la ampliación del camino público hasta el domicilio de Doña Pilar es
insuficiente, hay mucha infraestructura por mejorar en el caserío, al menos una
rampa para personas mayores o discapacitadas a la entrada de la Escuela es lo más
razonable. Sr. Alcalde, en Taborno hay asistencia médica dos veces al mes, en
pleno siglo veintiuno Taborno merece todo lo mejor, es una deuda de la capital
tinerfeña con sus orígenes y con su destino.
La casa del Montecillo ha
sido noticia en Televisión Canaria por el derrumbe parcial debido a las lluvias
y por el desalojo de su morador, mi padre, ciudadano canario de pleno derecho y
de ascendencia árabe. Su alojamiento desde hace un mes, ha sido una pensión en
Santa Cruz con atención de los Servicios Sociales, ha estado la persona de la
tercera edad, vecina de Taborno, pernoctando en literas junto a refugiados
ucranianos, ciudadanos africanos que buscan una vida mejor en nuestras islas y
hasta personas en situación de “sin techo”. Quisiera preguntar, Sr. Alcalde,
qué fue de la oficina de atención a los damnificados por lluvias que desde el
Ayuntamiento se anunció en 2017 para atender situaciones de emergencia. El
protocolo institucional en este caso de Taborno ha sido preocupante, el
desalojado no ha recibido atención psicológica y su derecho a una vivienda en
alquiler o una plaza en residencia de la tercera edad es legítima.
No entendemos Sr.
Alcalde, como vecinos de Santa Cruz, las causas de que la Concejala de Distrito
me remita un mensaje por WhatsApp de no tener competencia en el caso del
Montecillo y que corresponde a Urbanismo, sucediendo que por la situación de
lejanía y de diferencia horaria mi único deseo como vecino empadronado era
conocer el estado del camino público colindante con nuestra casa afectada.
Hablar con los vecinos es lo menos que puede esperarse de un representante del
Consistorio. También desde Urbanismo, Sr. Alcalde, se procede de modo
unilateral para declarar un estado de emergencia y publicar en el BOE un
dictamen de demolición, con solo tres días para dar respuesta de parte de los
afectados. Estamos en el siglo XXI, no hay precedentes de actuaciones de este
tipo en caseríos de Anaga y lo primero de todo, Sr Alcalde, es garantizar la
seguridad y la integridad de las personas. Resulta alarmante que desde
Urbanismo en apenas unos días promuevan un presupuesto de 30.000 euros para
demolición y en años no hayan invertido en Taborno lo suficiente para resolver
las grandes problemáticas del Caserío.
Nunca, Sr. Alcalde, pensé
que como ciudadano de Santa Cruz de Tenerife, encontraría un trato hacia mis
familiares tan doloroso. Mi madre, heredera de la casa de Taborno, a día de hoy
padece una situación de enfermedad crónica y solo puede disponer del 30% de su
capacidad pulmonar, no puede defenderse ante esta situación. Y mi padre, la
persona desalojada, tiene más de 70 años y padece una inestabilidad emocional
provocada por el desalojo y la situación de separación conyugal que le ha
impedido afrontar este drama de modo íntegro. Ambos solo disponen de una
pensión no contributiva, la precariedad económica de muchas familias canarias
es la que muestran las estadísticas. Como ciudadano de Santa Cruz de Tenerife y
ante la gravedad de la situación, he solicitado ayuda y comprensión, la respuesta
al Dictamen de Urbanismo ha sido solicitar la rehabilitación del domicilio y la
mejora del muro de contención, los caminos públicos de Taborno necesitan una
inversión real y satisfactoria, este caso es uno de muchos que podrían suceder
en Anaga y no es deseable que la política de la sanción y de la multa, del
desalojo y la demolición sea la mejor forma de afrontar la realidad múltiple y
compleja de la vida de los vecinos en Anaga.
Sr. Alcalde, en este
Pleno del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, rogamos a consideración el
malestar vecinal por el cierre de los caminos tras el suceso en la casa del
Montecillo, así como la asistencia y cobertura a una persona de la tercera edad
desalojada de su domicilio, además de los dictámenes que desde Urbanismo se han
realizado de modo insatisfactorio: primero emergencia y demolición, luego
rectificación y que sean las personas afectadas las que arreglen todo, no se
encuentra por ningún lado al Ayuntamiento democrático, sensible y accesible,
cercano en sus servicios de atención al ciudadano. En este Pleno, se decide
algo más que un caso aislado y particular, está en juego el papel de una
institución como el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y su capacidad para
comprender y dar respuesta, humanamente hablando, a la vida real y a los
lugares que son el corazón de su historia y porvenir.
Mi deseo, Sr. Alcalde, es seguir siendo vecino de Taborno y de Santa Cruz de Tenerife, seguir escribiendo libros en la casa de los abuelos de Anaga, poder legar a los nietos un recuerdo familiar que conecta con las huellas ancestrales de nuestro pueblo. Por motivos de la situación en el norte de México, no he podido regresar a la isla a la mayor brevedad. Por la cultura árabe y la edad de mi padre, es necesario que se le explique de modo cercano la realidad de las leyes y los procedimientos a seguir. Agradezco que tome en consideración estas palabras y estimen en el Pleno la mejor resolución para todas las partes.
Taborno es un lugar para convivir
y compartir la belleza de un espacio natural y rural que es Reserva de la
Biosfera, memoria y seña de identidad de Tenerife y Canarias.
Muchas gracias
martes, 15 de noviembre de 2022
Sobre el cuadro “Capri” de Juan Botas Ghirlanda
Conferencia
Casa de Colón. Ciclo
“Miradas a la Colección”
A Lázaro Santana
París, julio de 2022. A medianoche en un hostel parisino
todavía hay transeúntes de cualquier nacionalidad que regresan de su maratón
viajera. Tras una visita intensa a la famosa sala Denon que atesora La Gioconda — yo fotografié a quienes fotografiaban—la
mente es capaz de retener un sinfín de instantes que dan cuerpo a un memorial
íntimo del Louvre: aquel cuadro de un atardecer de Turner, escenas mitológicas por
doquier, la muerte de Marat vista por un grupo de japoneses con autoguía.
Sobre la mesa de mi
habitación estaba la cámara fotográfica en recarga, un revuelo de papeles y notas,
junto al libro del crítico de arte Juan de la Encina, titulado “El paisaje moderno” del año 39, editado
en Morelia y que ha regresado conmigo a la orilla europea, tal vez como uno de
los primeros ejemplares, otro grano de arena para la memoria del exilio
republicano. Antes de apagar la luz, subrayo la referencia del bilbaíno sobre
la idea de que el sentimiento de la naturaleza no era algo exclusivo de la
modernidad, sino que más bien “gozaba de
milenios”.
Es extraño y
sorprendente el azar cuando el interés por un tema se convierte en protagonista
incipiente de los días. Mi visita a París, cámara en mano, había sido pergeñada
como una cata a la luz y al tiovivo de sus museos, a la manera de remesa ocular
que dotaría a la experiencia de un cúmulo de sensaciones y perspectivas de
enorme potencialidad para la escritura, siguiendo de cerca aquella tentativa de
agotamiento de lugares parisinos de Perec. Yo quería cifrar cada minuto —a
través del objetivo —y también hacia el adentro de la memoria y de la
intuición. Allí estaba yo recién llegado de México con la vocación de recorrer
en tres días todos los momentos posibles de París, la ciudad que habitó durante
cuarenta años Nicolás Estévanez, el poeta del almendro por quien he sentido una
predilección de reconocimiento desde hace décadas—por no decir lo que llevamos de siglo— ya que su casona
lagunera, aún cerrada a cal y canto, representa otro de esos espacios
conmemorativos que se han extraviado en el devenir de la cultura insular,
menoscabando el tiempo ciudadano que dota a las culturas de una tradición y de
sus vanguardias.
Con más de una década
viniendo al continente americano, tan cerca de ciudades otras que bebieron en su génesis del mismo trazado urbano y del
mismo pulso protagónico que los enclaves de Vegueta y La Laguna—las dos
capitales del oriente y del occidente canario—debo confesar que la existencia
en mi isla natal de un lugar como la Casa de Colón supone un aldabonazo
perfecto para seguir reivindicando la identidad atlántica y la idea padorniana
del solar para el nomadeo y los extravíos del sentido. Y es que en los museos
de las islas, especialmente donde el coleccionismo ha sido decisivo para
ahondar en las huellas y en las cifras del acontecer cultural del archipiélago,
hay también una predestinación esencial para convertirse en lugares de
ciudadanía, donde las ráfagas de conciencia sobre el valor ético de la belleza
garantizan una breve pausa de cultura, de sosiego democrático, frente a los
dogmas del consumo y la velocidad escalofriante de la vida posmoderna.
En París era
medianoche cerrada y la puerta de la habitación se abre para turbar el descanso
bajo los protocolos del checkin de nuevos huéspedes. Mi compañero de litera se
presenta como Lorenzo, de Nápoles. El
joven turista no tarda en acomodar sus enseres y adentrarse en el sueño. A la
mañana siguiente había desaparecido y nos volveríamos a encontrar siempre a
deshoras. Un día, por fin, desayunamos juntos, tras los comentarios habituales
sobre procedencias y quehaceres, enseguida le interrogo sobre Capri, interesado
por conocer el testimonio de un habitante napolitano de nuestros días sobre la
isla mediterránea. En las islas, a pesar de los más de quince millones de
turistas anuales, no se dan con normalidad las conversaciones de tipo cultural,
de ahí la importancia de los museos y de los lugares del arte y la literatura,
difundir nuestro acervo y la actualidad creativa de las islas es un modo de
diálogo con lo contemporáneo, una forma de resistencia para que no todo se
difumine entre el stock de souvenirs.
Los viajeros de antaño, desde el propio Colón, escribían su estadía desde una
mirada nueva, aportando al horizonte insular su voz dialogante, durante siglos
ha venido sucediendo esta experiencia decisiva para entender el ir y venir de
la identidad de Canarias. Botas Ghirlanda, en sus años últimos, hizo de la pluma
su consuelo, dando noticias de sus andanzas por Europa y comentando la
actualidad de su mundo, muy de la época, con ironía y belleza. Escribir o
pintar es decirse, prueba esencial y testimonio de vida. Las culturas se
escriben y se pintan, el planeta es un gran atelier y una enorme biblioteca.
Mi amigo italiano me
cuenta que Capri está repleta de hoteles, que es bellisima, él como arquitecto debe conocer los impactos del turismo
en su país y en el resto de Europa, y enseguida alude en la confianza de la
plática a su abuelo pintor, Salvatore Goglia, que fue artista postimpresionista
y en la casona familiar alberga toda la colección de sus cuadros, él tuvo
premiaciones en vida —reitera Lorenzo con orgullo— y hay algunos paisajes de
Capri, me dice haciendo hincapié, ante mi insistente interrogatorio sobre la
isla y la alusión a mi conferencia de la Casa de Colón —la de esta hora precisa,
en que los momentos parisinos se vuelven de nuevo nítidos y a la mano—.
El tiempo de una
vida no da para mucho, sin embargo sucede que a través de la escritura y por
medio de la dedicación a la crítica del arte, puede tenerse un mayor trato con
cierta temporalidad que va más allá del imperio del minutero digital. Pienso que estando aquí, tan cerca de los
aledaños de la Catedral de Santa Ana, en el reducto antiquísimo de la vida de
otro de mis personajes preferidos de la historia insular, el poeta Bartolomé
Cairasco de Figueroa, que hablaba italiano y guanche, traductor de Torcuatto
Tasso en 1600, se puede entender con cierto grado de verdad la porosidad de la
atmósfera de toda cultura para el entendimiento del devenir de los siglos. Es
lo que tiene París esencialmente —perplejidad y asombro— y toda isla.
Volviendo a la habitación de aquella mañana
parisina, caí en la cuenta de un comentario fugaz en las postrimerías del
tercer café con mi amigo Lorenzo, El Napolitano, sobre una cicatriz insalvable
que hay en las islas y en la vida de sus artistas: Millares, Oramas, Botas
Ghirlanda. No sé por qué razón —si la hay— suceden esta suerte de coincidencias
que nos llevan a encontrar un hilo de Ariadna en medio del caos y de la inercia.
La idea que me ronda, desde entonces, versa sobre la fatalidad y la tragedia de
los artistas insulares, cuya universalidad no solamente procede de sus
temperamentos y de la trascendencia de sus obras, sino también de sus muertes,
el desastre acumulado de muchas biografías de creadores canarios, cuyo
desenlace final ha estado marcado por la enfermedad y hasta el martirio: el
tumor cerebral de Millares, la tuberculosis de Oramas y de Botas, el suicidio
de Domínguez, los accidentes de tráfico de César Manrique, de Juan Hernández o
Cándido Camacho.
Esta certeza de una
necrología plural de los creadores insulares, que sobrepasa por su gravedad la
cifra de lo anecdótico, me ha llevado a razonar una teoría sobre la conquista
de los colores. Tal vez, la roca de Capri, de Botas Ghirlanda, por la cual he
venido aquí, en el marco del ciclo “Miradas a la Colección”, sea el detonante
empírico que justifique y de validez a una intuición inicial que se ha ido
transformando en certeza y en desvelo. Desde aquel silencio nacido entre los
dos huéspedes del Auberge de Jeunesse
que se despidieron juntos de París, he vuelto a aquella conversación que abundó
en la promesa de conocer algún día las pinturas del abuelo Salvatore Goglia —obras
de toda una vida en la que los árboles, el agua, la luz del sol configuran un
mundo aparte, el de la realidad interior que también es visible y tiene verdad—
las imágenes que hace apenas unas horas he recibido en mi correo electrónico
directamente desde Nápoles, y que han supuesto una alegría especial que deseo
compartir al momento de hablar sobre la pintura “Capri” que Juan Botas Ghirlanda realizó en 1910.
Aquel fue un año
decisivo para el artista tinerfeño que debió volver a las islas tras su
estancia como copista en El Prado de Madrid. Esta roca mediterránea —naranja de
la mar—la he observado multitud de veces este verano, se ha convertido en una
especie de talismán evocativo, en un salvoconducto a otra dimensión, con sus
azules dorados y verdes, líquenes del limbo de todo mediodía solar. Es un paisaje
insular que hace suyo el proceso de evolución de la propia idea del paisaje
—siguiendo a Alain Roger— cuyo origen será universalmente humano y artístico. Lo
diré desde el comienzo: el cuadro “Capri”
hace buscar en la costa lo que está en el cuadro. Imanta su fisonomía de
cadalso y de reliquia, la luz del cuadro proyecta hacia la mirada un resplandor
de aura salina, es el punto geodésico del lugar limítrofe entre la isla y el
mar, aterido de luz en la memoria del pintor y que a través de la pintura se
resuelve en brújula y dolmen ecológico. Sabemos, por la fabulosa biografía del
artista realizada en 1949 por Miguel Tarquís, y también por supuesto, por la
generosidad de la investigadora Pilar Carreño —autora de dos publicaciones
esenciales sobre Botas Ghirlanda, la primera de 1983 y la segunda ya de 2017 —que
el pintor tinerfeño encontró inspiración en el Golfo de Nápoles a través de una
pieza del francés Bremont, y que su propio óleo, destinado al Museo Municipal
de Santa Cruz de Tenerife —es antecesor de este “Capri” —pintado, tal vez, a la manera de
revancha íntima y de expresión doliente que pugna por seguir dando a la luz una
imagen, la de otros mares y otras islas que lleva consigo como única fe y es el
deseo de pervivencia.
Entre el golfo y la
roca, de 1905 a 1910, hay un impasse
de circunstancias vitales que pueden resultar decisivos para entender, o intuir
mejor, el vaivén espiritual del artista que durante buena parte de su vida
creativa estuvo marcada por la afección de salud y la dependencia pecuniaria de
pensiones o becas institucionales que al principio supusieron el despegue y el
ensueño, siendo más tarde el percance y la renuncia a continuar en la órbita
del artista insular que una vez pisado continente —como dijera Domingo Pérez
Minik —desenvuelve una energía vital extensiva y cosmopolita, que en muchos
momentos de nuestra historia archipelágica, ha sido palpable, véanse por
ejemplo dos paradigmas del color negro: Óscar Domínguez instaura la arena
volcánica de la playa en los entresueños del surrealismo, y el propio Millares
que entreteje desde la arpillera y el homúnculo — dentro del capítulo esencial
del Grupo El Paso en la historia del
arte español de posguerra y transición —la memoria del ultraje, el peso
irredento de los oprimidos y desheredados, la catacumba y el sarcófago. Ha sido
una constante, el viaje de los creadores insulares instituye una espiral de
referencias y de incursiones, de hábitats fecundos y permutables, que han
resultado favorecedoras de la aspiración de universalidad de las islas en el
mapamundi de toda actualidad.
Y de este punto y
aparte, sin perder de vista la pintura-sudario de Botas Ghirlanda, su donación
de luz y mito, vale la pena reiterar lo aludido hace unos instantes, y que
supone una visión panorámica esclarecedora sobre la historia cultural de las
islas. Hablaba yo de la conquista de los colores: de un lado, el imaginario
inventivo y fundacional de la creatividad literaria y artística, resultante en
un cosmos diáfano de interrelaciones y conglomerados de visión objetivada
—pinturas, poemas, novelas, cine — de la realidad y del mundo, en derredor de
las islas. Es el esperma negro de las
culturas que menciona el poeta griego Elytis, Premio Nobel de Literatura,
auténtico bastión para el riego de las imaginaciones y lo utópico, el cimiento
tangible de las transformaciones espirituales de toda época y latitud,
esquilmada mayormente en los procesos de socialización epocal, a través de la
escuela y de la televisión, de la fábrica y del shopping center, de la consola
y el android telefónico.
Y del otro lado, lo
que quise contar a mi amigo napolitano, en aquella mañana parisina, el poder de
la maquinaria del dinero, de la expoliación y la rentabilidad, la contienda
iniciática de la historia de los territorios insulares en el decurso de la
civilización, cuyo destino derivado hacia los paraísos artificiales ha estado
encadenado a la transferencia de monocultivos propiciados por la ratio
calculadora y el régimen especulativo de perpetuación que, a día de hoy, se
puede rastrear en vectores del colapso venidero como el ecocidio de los resorts
y la doble hegemonía del lenguaje publicitario sobre lo real y de las políticas
institucionales sobre lo necesario, las dos tenazas con que el capital—el orden
dominante de los intereses de la acumulación y el derroche — estructura la noosfera, lo que se
piensa, lo que se puede ver y sentir, inoculando la mentalidad universalizada
en las islas de la primacía instrumental del dinero, de que la supervivencia
social está marcada por el supuesto progreso del cemento y de las autopistas,
de las oficinas bancarias, de cadenas hoteleras, de los centros comerciales que
han monopolizado los pulsos de vida y de tránsito.
Y de nuevo surge la
convicción de que el arte, la poesía, la creación en las islas, bajo las
coordenadas de lo periférico y ultramarino — todo aquello que evoca y hace
sentir vivo— ha significado una verdadera bocanada de oxígeno, para mantener a
flote las identidades de una personalidad insular atlántica, que desde siempre,
ha tenido una temperatura universal, muy a pesar de la extrema trascendencia
que ha tenido el dolor y el sufrimiento para muchos artistas. Cuando se trata
de remontar la mirada hacia los aconteceres del pasado, de los flujos de
intermitencia que configuran las ideas estéticas en los intercambios culturales
entre individuos y naciones — y estar como ahora frente a un cuadro como
“Capri” — se
posibilita un paréntesis de reflexión y de pausa temporal que nos advierte de
la complejidad y del peso gravitacional de unas formas y de unos colores que
perduran y nos interpelan desde su condición de dispositivo rememorante —llevo
tiempo escribiendo sobre pintura por estas cosas, ya que me parece que es más
real un cuadro que la propia realidad, lo he dicho en multitud de ocasiones— en
tanto en cuanto la pintura proviene de sentidos y de verdades que están más
allá de la convención del status quo
que determina la legalidad de lo que se ve, y por eso los museos están llamador
a ser los nuevos templos de la vida que se conserva y que irradia la vida de
los colores y de los sueños.
Botas Ghirlanda,
precisamente —lo dijo con sus propias palabras su biógrafo Miguel Tarquís—mantuvo
toda su vida de pintor bajo la deriva de la enfermedad y de la búsqueda
incesante de una personalidad artística que, contextualmente, se encontraba en
el intervalo fascinante de la conformación de la modernidad, un pintor de dos
siglos y de una misma luz, que igual atravesaba el realismo de lo lumínico
naturalista de los charcos y de los jardines, que cierta combinación de
postimpresionismo y de simbolismo en sus paisajes y vistas, dando a la
posteridad el conjunto de su obra como una ventana al devenir, permeando a
través de sus colores un conducto de empatía, de susurros expectantes,
propiciadores de la conciencia de las fracturas del tiempo y de la segunda naturaleza que habita los cuadros, constituyendo ecosistemas
cromáticos que nos invitan a la contemplación, más aún, que nos incitan a saber
contemplar, a mirar de otro modo a como se miran las cosas, los objetos
mayoritarios de nuestra realidad que está regulados por el tiempo-mercancía,
por el precio de su materialidad intercambiable y adquisitiva, ese rango
imperativo de lo dinerario que ha devaluado todo el mundo exterior a
supermercado. Ver la pintura, ver desde la otredad que nos habilita el recinto
museístico, nos ayuda a encontrar el momento para que nos veamos a nosotros mismos
viendo, ese espejo crucial de todo yo
que precisa de una distancia rememorante para decirse poliéticamente, para constituirse en ciudadanía. Por cierto, hay un
alarmante índice de obras de Juan Botas en paradero desconocido, que nos
sugiere la idea de un mundo suspendido en el anonimato y que son las otras
pinturas que pueden llegar a ser vistas, sombras de otra luz que permanece y
tilila.
Mirando “Capri”, la roca marina de Botas
Ghirlanda, nos sugiere un recordatorio de la necesidad de mirar el mar y de
sentir el vértigo del planeta, yo he reconocido incluso en algunos de sus
cuadros un pretérito atisbo de abstracción, para nada consciente, si bien
existe en el cromatismo de sus empastes y óleo corrido una señal tardíamente
perceptible sobre los aconteceres inmediatos de las décadas que continuaron
tras su triste sepelio. La pintura de Botas vaticina la metafísica insular que
propicia la conciencia de la mirada a la belleza de la naturaleza que ya no
será, en el caso particular del mar, un elemento inhóspito e inabarcable de
avatares sinfín en la historia anterior de las islas, no solo la volcánica sino
también la del mar de las crónicas y del Nuevo Mundo. La roca de Capri es una
continuación deslumbrante de las series de Juan Botas inspiradas en los
rincones, barrancos y marinas de su isla natal, el hallazgo maduro de la
condición insular en el Mediterráneo, en Nápoles y Capri, que justifican y
atestiguan su búsqueda de personalidad, su mundo naciente. De hecho, el devenir
de la paleta del artista tuvo una triple concreción esbozada en el estudio de
Miguel Tarquis que se resumía básicamente en un sentimiento de armonía, la
intuición del color y la noción dialéctica de la luz y de la sombra.
Juan Botas pintó
ruinas, calas, charcos, horizontes y jardines. Son memorables sus paseos por
Aranjuez y por Pompeya, de sus obras telúrico-orográficas resuenan los Barrancos
del Drago y de Guayonje—de este enclave tinerfeño, muy arraigado a la figura
surrealista de Óscar Domínguez, provino uno de sus escritos más auténticos, el
de aquel solitario de 1915 que al final de su vida buscará “refugio en las cuevas del mar” —. Botas fue amigo de
los bosques, muy cercano a la filosofía de Francisco González Díaz, el apóstol
terorense del árbol. El pintor canario, fue otro “aislado” de la cultura
insular con vocación transfronteriza, siguiendo las consideraciones del crítico
Fernando Castro Borrego, quien en el prólogo de la primera monografía de Pilar
Carreño, avisaba sobre la “trágica
orfandad” de Botas, de Néstor y de Oramas, de nuevo esa intrahistoria del
dolor y de la muerte.
Nuestro artista tomó
no pocos Vapores Correos entre las islas y la costa española, en su cosmovisión
hay influencias asumidas de diversos pintores catalanes, desde aquel influjo
iniciático de Eliseu Meifrén en el barrio marinero de San Cristóbal y los ecos
de la Escuela de Olot, pasando por la estancia como pensionado en Roma, donde
acude al estudio de uno de los compañeros de Fortuny, hasta el momento crucial
de su creación versallesca donde los jardines como “tema” de las obras de
Santiago Rusiñol, resultan decisivos para su creatividad. Su condición de
pintor pensionado le facilitó una mirada diáfana, transterrada fugazmente, recorrida
por capitales de Europa en los momentos cruciales de su trayectoria, ya sea su
brevísimo viaje a Londres, donde contempló admirados óleos de artistas como
Frank Brangwyn, ya sea la etapa providencial de artista residente en Italia,
una Italia por cuyo patrimonio clama por escrito y ante las vicisitudes de la
guerra. Quise haberle preguntado a mi amigo napolitano, sobre su experiencia al
contemplar la roca de Capri de 1910. A mi parecer, esta pintura de Juan Botas contrae
para sí una dosis de verdad mayor, de sentido vital en extremo, con una carga
emocional que se distingue de otros paisajes y de otros motivos similares, es la
memoria en carne viva de su periplo europeo que había finalizado apenas un
lustro atrás, cuando debió volver a las islas tras la muerte del padre y en los
momentos en que pierde el respaldo económico de las instituciones canarias. Botas,
como se sabe, dependió en vida de aquellos recursos y del patrimonio familiar.
Tuvo que postularse para el sustento a diferentes oposiciones como docente del
dibujo o del idioma, su vínculo a los pinceles le fue inoculada por vía de su
Tío Virgilio, su madre fue poetisa novel y entre sus amigos laguneros
destacaron personalidades como Manuel Verdugo, nacido en Filipinas, autor de
uno de los primeros cuadernos de viajes a Italia que en la década pasada llegó
a mis manos con una feliz edición de 1928. Imagino a Botas y Verdugo platicando
de aquellos viajes—el poeta le lleva tan sólo cinco años, y ambos viven en
Tenerife en 1913, año en el que le dedica Verdugo su poema “Obsesión” —.
Fue Botas además un
notable caricaturista y animador de la vida periodística con múltiples crónicas
suyas — muy a la manera del momento—. Uno de los perfiles más significativos de
este pintor finisecular, que se embebió de la vida cultural de Roma, París o
Madrid, había sido la eventualidad de
su itinerario existencial, varias fueron las coordenadas: la vida militar de su
padre, destinado incluso a la Guerra de Cuba, que motivó cambios permanentes de
domicilio entre las islas y multitud de viviendas familiares, la dependencia
financiera de becas como pensionado de los consistorios tinerfeños que habían
posibilitado, con sus más y sus menos, el itinerario formativo del artista más
allá del horizonte insular, la vida singular de un artista voyeur cuyas huellas aparecían en las noticias de prensa local y
cuyas obras plásticas eran exhibidas ocasionalmente en los escaparates de las
tiendas más concurridas de la época.
Estamos hablando de
los primeros años del siglo veinte, el umbral de la modernidad de los pasajes y
de las exposiciones universales, de la fuerte impregnación de la corriente
impresionista en las artes y el despegue de la idea de progreso en la cultura
europea. Botas Ghirlanda recibió aquel año de 1910 la visita a su estudio de
Ramón Gómez de la Serna, colofón de su etapa en Madrid que había tenido otro
momento cumbre, como fue el estreno de una pieza teatral de Jacinto Benavente
inspirado en una pintura suya en 1907. De hecho, este fue el año de su
participación como artista en el prestigioso Salon d´Automne celebrado en el Grand
Palais de los Campos Elíseos, un lugar que en mis incursiones del pasado
julio, cámara en mano, fue entrevisto por diferentes flancos de la deriva
parisina a diferentes horas y luces. Una ciudad, igual que una isla, tiene
muchas capas de morfología cultural, dimensiones y panoramas que hacen de su
magma una puerta abierta a la experiencia diferida de todas las almas que la
habitaron. Por esto mismo, se entiende que una pintura, una imagen, un cuadro, son
mundo también y la vida late en traslación por entre los bastidores.
La errancia
artística de Botas Ghirlanda tuvo siempre una influencia benefactora de
distintos temples y pinceles, es sabido el influjo recibido por el artista
desde tiempos distintos y paralelos, gracias al eco de su biógrafo Miguel
Tarquis y de las citadas investigaciones de Pilar Carreño que recomiendo—conmigo
viajó también a París el catálogo 54 de la Biblioteca de Artistas Canarios—,
siendo ambas figuras, notorias y sensibles, las que han fraguado el
reconocimiento y la consolidación del legado de un pintor como Juan Botas, cuya
mirada al paisaje insular, al mar y a sus luces, estuvo signada por el aura de
otros artistas como Valentín Sanz, sin duda, el hombre de los paisajes con
malangas, artífice del paisajismo tropical cubano, en la órbita de los
creadores insulares cuya estela vital asumió la posibilidad irredenta de la
noción de un archipiélago mayor.
Un pintor es capaz
de irradiar en sus cuadros todo el espacio y el tiempo de su propia vida, las
pinturas pueden llegar a ser correlaciones de energía y de experiencia,
lingotes de luz, eclosiones de forma y de relieve, materia cómplice de una
existencia abocada a la desaparición mortal. ¿Qué papel han representado los
museos, las colecciones de arte, las pinacotecas, en el decurso de las sociedades
y de la cultura en nuestro tránsito al nuevo milenio? Cuando Juan Botas llega a
París en 1907, hay una coincidencia inexplorada hasta la fecha, sobre su
exposición en el Salon d´ Automme y la visita sistemática que realizó al Grand
Palais, en esas mismas fechas del otoño parisino, un poeta de talla universal
llamado Rainer Maria Rilke, autor de las conocidas Cartas sobre Cézanne, escritas a vuela pluma desde el número 29 de
la rue Casette a su esposa Clara Westhof.
Mi pregunta es ¿se
cruzaron en las salas del Grand Palais, el autor de las Elegías a Duino y Juan Botas Ghirlanda? Yo creo que sí, y no
solamente en París, ya que Rilke está en Capri en la primavera de 1907. Hubo
pinturas de Botas en el mismo lugar que visita el poeta, menciona en las primeras
cartas la figura de Berthe Moriset y el “colorido mercado de cuadros” del salón
otoñal. Todas las misivas de Rilke tratan sobre Cézanne, incluso su escritura
en la undécima carta se vuelve cezaniana. Para el escritor, “toda la realidad está de su parte” y
alude al azul, con la idea de que alguien conciba una biografía de los azules.
El diálogo entre la poesía y la pintura ha sido de una infinita fecundidad para
sobrellevar los silencios que impone la escritura y los pinceles. Rilke se
refiere, tras el análisis minucioso de los cuadros de Cézanne, siempre a pie,
siempre parado frente a los cuadros, con el ruido de fondo de los comerciantes,
al concepto de “réalisation” que es
lo contundente, la realidad llevada a lo indestructible y a través de la propia
experiencia del objeto, en la pintura.
Y dice, de los
cuadros: “es extraño el ámbito que crean”,
parece incluso que hacen algo por uno, “y
todo eso está allí con la generosidad de un paisaje natural, y vierte espacio
hacia el exterior”. Para Rilke, “no es aquel que interpreta los cuadros
desde puntos de vista tan personales, el que tiene derecho a escribir sobre
ellos; quien serenamente supiera confirmarlos en su existencia sin sentir otra
cosa que lo real en ellos, es quien les haría justicia”. Y concluye, en el
colofón de la carta del 18 de octubre de 1907, viernes: “Pero en el interior de mi vida, este inesperado contacto así como
aconteció y arraigó en mí, está pleno de confirmación y de relaciones”. La
trascendencia de la pintura de Cézanne, casi recién fallecido aquel otoño
parisino, en los tiempos de vida de Botas Ghirlanda resulta decisivo, a tal
punto que Pilar Carreño lo ratifica en su catálogo de 2017: “Botas, cinco años más tarde, pintará de
nuevo esa roca del golfo de Capri que se asoma en la bahía, teñida de
amarillo-anaranjado, aunque el ángulo de visión es diferente, más cercano, y la
luz también ha cambiado porque el mar es ahora de color violeta sobre un fondo
verdoso, mientras las rocas de la costa ya no muestran esa magia envolvente, se
han vuelto adustas y con toques verdes, recuerdan lejanamente la producción de
Paul Cézanne, cuya obra había conocido en la exposición retrospectiva
organizada dentro del quinto Salon d´Automne de París (1907) en el que Botas
también participó”.
En uno de mis anteriores viajes de retorno a
Europa, tuve en mis manos otro libro de un autor austriaco, Peter Handke,
Premio Nobel de Literatura, que hablaba sobre su propia experiencia de
escritura y de búsqueda a lo largo de los entornos del Sainte-Victoire, el
espacio esencial del mundo de Cézanne. Las pinturas de un artista pueden llegar
a tener un poder de imantación y de perdurabilidad capaz de sanar, esa
propiedad curativa y reveladora de los cuadros no es nada nuevo, he llegado a
escuchar anécdotas como la del poeta norteamericano William Carlos Williams,
doctor de profesión, quien llegó a mencionar el hecho de consolarse durante una
temporada de dolencia y enfermedad con la única presencia de una lámina de arte
japonés en la pared. Otro austríaco universal, Hugo von Hofmannsthal, en sus Cartas del que regresa, fechadas
curiosamente en 1907, alude a la experiencia sensitiva y
extravagante para su vida de la visita a una exposición casual, repleta de
óleos de un artista desconocido y del cual no recordaba su nombre —un tal
Vincent van Gogh—y cuyas creaciones fueran propiciadoras de una cura súbita de
su mal sino y de la depresión que estaba atravesando tras el retorno a su país
natal, del cual no reconocía ya ni a sus gentes ni a sus paisajes. Dice Hofmannsthal
“casi por primera vez en mi vida se me
impone un sentimiento de mí mismo”. El poeta que había desbaratado su fe en
el lenguaje y en la capacidad de expresar realmente lo inefable de la
existencia —son famosas sus Cartas a Lord
Chandos — recupera sorpresivamente todo el entusiasmo de su infancia,
rememorada en el caño de agua de un lugar llamado Gebhartsstetten, y cuenta de
las pinturas a su remoto amigo, que causaron algo absolutamente personal, “un misterio entre mi destino, los cuadros y
yo”.
A mi amigo Lorenzo,
El Napolitano, me gustaría invitarle a visitar las islas, de las pinturas de su
abuelo puedo decir que son un mosaico esencial de las representaciones idílicas
de la memoria de un hombre cuyos paisajes patrios suponen una forma de civilidad
donada a sus congéneres, a quienes acudan a personarse frente a los óleos, como
en todo museo la experiencia de la contemplación de una pintura va más allá del
reconocimiento de técnicas y de corrientes en la historia del arte. De eso
habla el crítico de arte bilbaíno, Juan de la Encina, quien en México escribió
todo lo que pudo sobre su amor por el arte, su libro sigue aquí conmigo, habla
de un paisaje moderno de El Greco, sorpresa para la visión que no debe
encorsetarse en las convenciones de los manuales y de la academia.
He mirado una y otra
vez durante este verano la pintura titulada “Capri” de Juan Botas Ghirlanda,
esta misma que cuelga milagrosamente ante nuestros ojos y que constituye un
tesoro para las islas, gracias a la conservación y el cuidado de la Casa de
Colón a su legado. De él, de toda la pintura de Botas, puedo concluir aludiendo
a otra de las cartas de Rilke, escritas en los mismos días parisinos, cuando
dijo que el artista reprimía el amor por cada manzana y lo ponía a salvo para siempre
en las manzanas pintadas. Así la roca marina, la luz del mar y del cielo de
Botas son las islas, la imagen debeladora de un paisaje que se resiste a su
extremaunción. Como en un poema de Andrés Sánchez Robayna, donde se cuenta que
los reflejos del sol en el mar son los muertos que nos hablan, así el desvelo
premonitorio del pintor Juan Botas que iluminó la costa napolitana con el mismo
amor que el profesado a sus cuadros canarios, insularidad universal, dando a
luz otra luz, la de la pintura que es también infinita, capaz de devolver la
vida, de dar y ser vida, la vida que el artista vio, su vida que es la nuestra
también. Muchas gracias.
Samir
Delgado, Playa del Águila, agosto-septiembre 2022
viernes, 20 de mayo de 2022
Un cuadro de Braque
Georges Braque “l´oiseau et son ombre" (1959-1961)
Conferencia. “La mirada creativa. El museo como espacio de ciudadanía”
Museo de Arte de Mazatlán, Día Internacional de los Museos 2022
El
Premio Nobel griego Odisseas Elytis cuenta que su amor por la poesía surgió
desde fuera de la literatura. Un día paseando por el Museo Británico encontró
un papiro con fragmentos de Safo, como “un seña de amistad” entre los siglos.
Este acontecimiento personal trasladó su memoria de escritor a los años de
infancia, a la mirada perpleja sobre la luz de Grecia, al origen de la
civilización occidental. Un museo puede ser el lugar del mundo futuro, dijo
también Novalis. Los museos son espacios de temporalidad universal, se asemejan
a la mesosfera: allí es donde se desintegran las estrellas fugaces.
En este día internacional de
los museos quiero hablar de la mirada creativa, lejos de la fórmula de
entretenimiento con que se estandarizan los patrones de relación social en
nuestra sociedad del espectáculo terminal, donde todo es show y la lógica de
vivencias parecen tener como única validación la abigarrada acumulación caótica
del like en las redes sociales. Si todo fluye como dijo Parménides, el ahora de
la ciudadanía a nivel global se aproxima mucho a una nada ante el espejo, a la
pesadilla de la razón. Por eso, ante la desmesura de una realidad actual con
migraciones, escaladas bélicas, feminicidios, corrupción, tristeza, los museos
que un día fueron un pulso de pervivencia y de conservación sobre lo que ya fue
y sigue siendo, pienso en el mítico Museo Nacional de Antropología en Ciudad de
México, tal vez los museos prolongan una chispa de la memoria, del
reconocimiento del flujo del tiempo, del espacio habitable que todavía escapa
por su silencio al predominio de los escaparates, de las pantallas.
A lo largo de los últimos años
he encontrado en el diálogo con la pintura de diferentes artistas un punto de
conexión con un pasado desposeído de su caducidad inherente, la vida de los
museos consiste en una relación abierta donde su actualidad se palpa en un
rumbo compartido del acontecer. En México hay miles de museos, esta ciudad
atesora un Museo de Arte que a orillas del Pacífico está llamado a convertirse
en un lugar de paso para las nuevas expresiones artísticas: New Media, pintura
y escultura, instalaciones. La puerta está abierta y junto a la dinámica de
talleres que convocan a la ciudadanía cada semana en este recinto, se puede
vaticinar una estela importante de este museo en el mapa contemporáneo
mexicano.
Como hoy es el Día internacional de los museos, yo quisiera contarles de mi experiencia como autor y crítico de arte. He visitado en calidad de escritor algunos museos importantes, recuerdo una lectura de poemas en el Museo de arte de Medellín, Colombia. De aquella luz y de aquella hora conservo un recuerdo nítido y placentero. ¿De dónde vino mi predilección por escribir sobre pintura? Hay un cuadro de Braque, titulado “L´oiseau et son ombre, I” de 1959, que puede valer como detonante de mi memoria personal sobre el papel del arte en la vida y la trascendencia de los museos.
Lo vi muchas veces en mi
adolescencia transcurrida en un lugar muy parecido a Mazatlán, en el sur de una
isla atlántica que fue el capítulo histórico de mayor impacto del monocultivo
del sol, en el marco saturado de imágenes de una vida social en una comunidad
turística-superpoblada. Aquel cuadro forma parte de mi despertar a la vida de
la cultura y la raíz de una poética que se ha ido configurando en mi
experiencia de escritura, algo que entiendo como una vía de emancipación
respecto a la decadencia y el desgaste devenido en el espacio masificado de las
islas, de las zonas costeñas, de los territorios transfronterizos de la piscina,
el hotel y la discoteca que tocan de lleno el destino de Mazatlán, donde nos
encontramos ahora, en su Museo de arte.
Durante los años 90, aquel
cuadro de Braque ubicado en la recepción de unos apartamentos, supuso la referencia
fundacional de mi motivación a escribir sobre pintura, a esto que llamo la
mirada creativa. Una obra de arte puede
llegar a ser capaz de procurar un indicio mínimo de salvación frente a la
mercantilización generalizada de todas las referencias estéticas que subyacen
al universo urbano de una ciudad de nuestros días. Esta experiencia radicada en
la imagen rememorada de un cuadro de Braque, contiene por sí un halo mistérico
que hace de la mirada creativa un proyecto de vida. Y precisamente, la
prosecución de la búsqueda sustentada en torno a la pintura, los paisajes de la
vida personal y su configuración estructural en el escenario de nuestra
sociedad líquida, adquiere un alto grado de certeza a través de su contraste
con otras referencias literarias que jalonan buena parte de los ecos de autores
que admiro y en los que una revelación sobre el paisaje de la infancia
fundamenta una constante estética vital. De este pasaje de las “Cartas del que
regresa” de Hugo Von Hoffmannsthal, fechadas alrededor de 1900, se encuentra la
contemplación consciente de una obra plástica concebida como donación de
sentidos, en el horizonte común de las experiencias artísticas y vitales, el
museo como espacio de rememoración, de epifanía, de existencia paralela:
“Tuve que prepararme bien antes
de ver ya a los primeros como a cuadros, en resumidas cuentas, como una
unidad-¿pero luego?, luego ya vi, luego los vi todos, cada uno en particular y
todos juntos, y la naturaleza en ellos y la fuerza del alma humana que había
dado forma allí, a la naturaleza, al árbol, al arbusto, al campo y a la
vertiente que allí se hallaban pintados, y, aún más, lo que había detrás de la
pintura, su singularidad, la indescriptible marca de su destino-, todo lo vi
hasta el punto de perder ante aquellos cuadros el sentimiento de mí mismo, de
volverlo a recobrar con fuerza, y de volverlo a perder (…) Pero, ¿cómo
transcribir con palabras algo tan inconcebible, tan súbito, tan fuerte, tan
intransmisible? Podría procurarme fotografías de los cuadros y enviártelas,
pero que te aportarían- qué te añadirían los cuadros mismos acerca de la
impresión que me causaron y que es, por lo tanto, absolutamente personal, un
misterio entre mi destino, los cuadros y yo”
De su pluma, del hálito confesional de su testimonio, es posible extraer una referencia sustancial sobre el poder salvífico de un solo cuadro en un museo para el desarrollo de una biografía personal, aquellas imágenes consteladas en un museo que pueden llegar a eclosionar -en el sujeto contemplador- la modulación de un haz de luz, capaz de irradiar las zonas de la sensibilidad hipertrofiada por el consumo y el estado decadente de la civilización. Un mismo latido de reconciliación como en aquel sueño fílmico de Kurosawa, en el que su protagonista, por la gracia concedida del arte cinematográfico al servicio de la catarsis, accedía al interior de los cuadros de Van Gogh para vivenciar de algún modo propio, los colores de su universo particular, persiguiendo con ansiedad la pista solemne del pintor holandés.
Ante esta obsesión por un
cuadro, de la intuición de los índices de verdad -revelatoria o interrogativa-
que rigen para el común de los mortales en la dialéctica de la contemplación
consciente de una obra artística, ya el propio Georges Didi-Huberman en su
libro sobre Aby Warburg y el análisis novedoso del papel de la imagen, advertía
acerca del prisma de las propiedades de supervivencia en el tiempo, de la
naturaleza diacrónica y fantasmal que retorna a la mirada humana bajo el efecto
perturbador de las contradicciones, de sus intrincamientos y de la primordial
latencia de sus fugacidades sintomáticas, derivadas en el flujo de la
existencia.
Un mosaico de referencias que
plantean de forma lúcida una visión panorámica en torno a la herencia de
clásicos como Panofsky y Winckelmann en el ejercicio de la historia del arte, y
la relectura de la propuesta de Warburg en el arte contemporáneo. Él mismo como
principal artífice del atlas Mnemosyne, fue quien “sustituía el modelo natural de los ciclos <<vida y muerte>>
y <<grandeza y decadencia>> por un modelo resueltamente no natural
y simbólico, un modelo cultural de la historia en el que los tiempos no se
calcaban ya sobre estadios biomórficos sino que se expresaban por estratos,
bloques híbridos, rizomas, complejidades específicas, retornos a menudo
inesperados y objetivos siempre desbaratados”. Así, de esta idea de una
historia cultural a través de la cual podemos entender nuestro devenir y
encrucijada, nuestra pertenencia a un horizonte común, la mirada al mundo a
través de la pintura y las obras de arte nos revela otra ventana distinta, un
barandal con vistas a espacios de vivencia que laten en las pinturas, en los
museos, en el espacio de ciudadanía que sostiene la propia idea de mirar, de
ver, de estar viendo.
¿Qué papel juegan los cuadros,
las imágenes que vivimos todas las veces posibles dentro de un museo? ¿Cuáles
son las determinaciones simbólicas y representativas del pathos histórico que
experimentamos dentro de un museo? Mientras en nuestros días hay millones de
seres humanos que migran como pobladores flotantes de circuitos turísticos
programados en torno al espacio social híbrido del mar y el cielo, como aquí en
Mazatlán donde el lugar es visitable por unos días bajo la constante del
turista que proviene de lejos, el ejercicio de la escritura dedicada a las
obras de arte y a la vivencia de los museos juega el papel de un hipervínculo
para el desarrollo potencial de un diálogo, fuera del tiempo de los relojes, la
obra literaria de la mirada creativa, que transforma el silencio del museo en
un diálogo interior, afianza un muestrario especular de todas las
contradicciones, sobrecargas y clarividencias que habitan el imaginario de lo
propiamente humano en un momento fracturado de la historia teledirigida,
digitalizada, virtualizante.
![]() |
| Thomas Struth |
Hay unas fotografías del alemán
Thomas Struth, Museum photographs, que
me fascinan, allí se proyecta una rememoración vivencial de los ciudadanos turistas
y la verdad pictórica representativa del estado actual de la cuestión. Esta
entrevisión de las colas y de las personas transitando frente a las pinturas,
repetida durante múltiples ocasiones en el transcurso masivo de la vida en los
museos mundiales, ha supuesto un indicio primigenio para la comprensión
consecuente de los factores que irradian la determinación social hacia los
productos turísticos hegemónicos que todo lo hechizan, en donde las obras de
arte y los referentes culturales de cualquier época son rebajados a su
condición de utilidad mínima, con función espuria comercial, destinando la
mínima experiencia del arte a la conversión en espacios turificados de todo
aquello visible, en perímetros de relación social y de lugares de paso,
estadías pasajeras y vacacionales, que resultan enajenadas de su hipotética
dimensión cosmopolita.
Lo he vivido personalmente en
el Moma o el Guggenheim de Nueva York, pasé horas enteras en el Metropolitan,
es lo que creo que es cierto porque lo he visto con mis propios ojos, al igual
que se ve el Guernica de Picasso cara a cara y se siente el dolor y la muerte.
De este modo, volviendo sobre
las consideraciones críticas que el autor Zygmunt Baumann sostiene acerca de la
sociedad líquida, de hiperconsumo, queda patente la uniformización lacerante
del hechizo provocado por la relación turística globalizada, donde “la reducción del espacio entraña la
abolición del tiempo. Los habitantes del primer mundo viven en un presente
perpetuo, atraviesan una sucesión de episodios higiénicamente aislados, tanto
del pasado como del futuro”. Así se conciben los museos desde las políticas
estatales, lugares neutros que son visitables para la mayoría, bajo los
supuestos de acceso libre a la cultura, al arte, a la belleza. No obstante,
como todo en la vida, el signo de lo político que sospechamos que irradia su
influjo en todo ser viviente, la vida de los museos refleja el estado del
mundo, la naturaleza de la vida humana, las representaciones de una historia
total que tiene en los museos su lugar de peregrinación. Una ciudad sin museos,
un territorio sin memoria, está condenado a la desaparición.
Así tal vez, teniendo en cuenta
la magia que suscita la entrada a un museo, vemos únicamente durante el
trasiego ocular, quien mira una pintura o una escultura en un museo, debe
asumir los peligros del vínculo consumista frente al cuadro, como aquello que
se ve y está para ser visto, y el reducto íntimo de la mirada creativa que
esparce en la subjetividad de quien mira las posibles itinerancias de una
relación liberante, es la suerte de la escritura, de la motivación radical de
ciudadanía. Mi experiencia de la poesía en torno a pinturas y artistas me ha
hecho pensar mucho este duelo, el de la mirada a la naturaleza, al otro, al
mundo, que se desvanece en el imperio de lo consumible. Tal vez los proyectos
de escritura posibilitaron un breve estallido en añicos de los sentidos
instrumentales que gravitan en la relación turificada y cosificante con la
realidad, en los museos encontré una salida.
Quiero recordar ahora la
relación con la belleza anhelada que surge de una de las últimas confidencias
de John Berger, en la entrevista del Premio Cálamo concedida en 2005, en donde
afirma: “cuando pensamos algo bello, nos imaginamos mirándolo, pero en
realidad, quizás lo bello sea lo que nosotros queremos que nos mire”. Y esa
mirada a la pintura y sentirnos mirados, partícipes de los colores, formas y
abstracciones del mundo sucedido y en transcurso, será una forma de reclamar
los museos como espacios de ciudadanía, como vida vivida, mundo habitable.
S.D
Puerto de Mazatlán
18 de mayo de
2022







