domingo, 18 de febrero de 2024

Antonio Machado, Escultura de Pablo Serrano, bronce fundido

 




ESCULTURA de Pablo Serrano
bronce fundido: 16 x 9 x 10 cm
Número de registro AS11447
Legado de Juana Francés de la Campa, 1991
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid
ANTONIO MACHADO, 1966


EL poeta Ángel González lee su discurso de la
Academia en torno al discurso inacabado de
Machado que se quedó verdaderamente solo. A fin
de cuentas las otras soledades del poeta leído son una
expresión sumaria de la condición cósmica del ser
humano. El habitante de la absoluta soledad
insondable del universo. Así sucede que los países
que no cuidan a sus poetas no los merecieron nunca,
incluso dejarán de ser países para siempre de no
corresponder a tiempo el legado de sus poetas. Como
los ayeres truncados de Machado cuyas gotas de
sangre jacobina representan en el invierno perpetuo
de su tumba el paradigma del exilio y la fractura del
sentido del progreso de la humanidad


SE equivocaba la paloma. Por radio Rafael Alberti
supo de la muerte del poeta y del final de la guerra y
del exilio por venir y de la paloma. Se equivocaba la
paloma. En el futuro cartel prohibido del homenaje a
Machado la espiga era el mundo todo, los peces aquel
mar y el sol y la luna y el sueño aquel día de la
pérdida del viento en la arboleda


LA sangre del poeta
no fue esparcida a campo abierto

será el mar tras su muerte
quien se derrame hacia él

después del deceso y el martirio
en el Hotel Bougnol

otras voces vuelven a levantar
el puño misericorde

Blas de Otero ante el recuerdo
tétrico de la pérdida
clama convivirte, compartirte como el pan

maravilloso azul el de la infancia
y más maravilloso
el rojo vivo de la plenitud



*Del libro "La carta de Cambridge" (Samir Delgado, Olifante, 2021)

lunes, 25 de septiembre de 2023

"Voltizo" (Pintura número 100, César Manrique in memoriam)

 

César Manrique (1919-1992)

                                     VOLTIZO


A Manuel Padorno

                    La quemadura asola el presidio de la carne con
un sol mínimo que esconde tras de sí la violencia
dulce de tu sueño para salvar la isla del terror de las
cicatrices del buldócer

Nadas el agua en la mano y nadie ve el principio
del agua en todas las cosas que pintas a borbotones
dentro de tu sed llena de tojias y lavandula

Quieres la alquimia del vértigo en el timón de la
curva del nacimiento oscuro que bebe del romance
del roquedal y la yesquera

La isla te tiene a ti mientras el mundo mira a la
cara del borde del risco

Y del otro lado tú en la soledad de la casa de
todas las noches de la brújula atlántica      

     

Del libro, "Pintura número 100, César Manrique in memoriam" XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales, Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, 2019

sábado, 9 de septiembre de 2023

Antonio Abdo, 28º-17

 

Antonio Abdo (1937-2023) In memoriam

La isla de La Palma se encuentra a 28 grados de latitud y 17 de longitud según el buscador de Google. Y allí mismo, en ese rincón occidental de la Macaronesia, vive Antonio Abdo desde casi siempre. Él sonríe durante nuestro encuentro fulgurante en una terraza de la capital palmera con un gesto de arabidad melancólica, pues lleva en sus adentros el legado espirituoso del país de los cedros.

            Antonio Abdo, que es autor reconocido ampliamente en el panorama cultural canario por su trayectoria teatral y una obra creativa consolidada, sonríe a todas luces. Él es un hombre de tablas, polifacético y humanista, de un porte tan familiar que salta a la vista en su compañía que se le quiere -muy mucho- en la isla bonita.

            Él, Antonio Abdo, y su compañera en la vida y en la creación, la actriz Pilar Rey, llevaron a cabo la fundación de la Escuela Municipal de Teatro y el Teatro Chico en la década de los 80. Por ahí empezó todo y más atrás todavía, “desde 1967”-dice con un soplo nemotécnico-, y por esto mismo resulta natural que un teatro de la ciudad lleve su propio nombre. Para él, el teatro “lo ha sido todo, un modo de vida para la realización como persona”, a partir de la vinculación con la radio- cuenta con entusiasmo- en una época en la que todavía no existían las redes sociales globales.

            La estela creativa de Antonio Abdo es variada y múltiple, su formación está arraigada en el autodidactismo y una experienca pedagógica con mucha solera en el mundo de la dramaturgia, especialmente en el campo de la voz, “que es lo que me interesa”, por eso mismo la versificación es una materia importante en su andadura como profesor y autor de textos teatrales. Junto a Pilar Rey, siempre al alimón y siempre juntos como un tándem estelar, han desarrollado importantes cursos de interpretación en lugares como México D.F o La Habana, así como recitales en vivo directo sobre textos del mismísimo Quevedo. Y en las islas, sus nombres están vinculados a la promoción de la juventud por medio de unos premios literarios tan reconocidos en las últimas décadas como el galardón Poeta Félix Francisco Casanova.

            Antonio Abdo apura su cigarro en el devenir de una hora intensa, rememorativa,  confidencial. Él, palmero de pro, discurre acerca de la veta poética que le nació allá por los años 50, en una tertulia tacorontera dinamizada por Otilia López Palenzuela- “que fue amiga de Loynaz”-, y donde compartió junto a otros artífices de la inquietud cultural del momento que fueron sumando -unos y otros-, desde la radio, la prensa y la literatura, una retahíla de apellidos incontenible para condensar aquellos años duros: Julio Tovar, Paco Pimentel, o el argentino Edmundo Esedín. Y a la pregunta necesaria y correspondiente, sobre el mar, como tema poético y como trasunto vital, habla con serena rotundidad, sobre un “mar que es antes que un encierro, un camino esencial de los isleños”, al igual que ese “cielo, el del norte- señala- de una transparencia y una claridad que invita a ver siempre el final de la isla”.

            En plena efervescencia de su libro más reciente, “Mi abuelo de Akkar”, su escritura representa una obra emotiva y trascendental, que conecta el imaginario insular con la raíz de aquellos árabes que ya aparecieron en poemas de Tomás Morales como un segmento particular y arraigado en la población insular que despertaba el exotismo de lo oriental. “Para mí, por haber conocido a mis abuelos de la parte árabe, lo árabe significa cariño.Es otro mundo mejor, que es como desearía que fuese el mundo”

            La despedida de Antonio Abdo se hace pausada, entrañable, acompasada como todo en sus coordenadas cotidianas. A media voz, con una sonrisa a lo Omar Sharif en su mejor papel, como un actor de cine que es poeta, a 28 grados de latitud y 17 de longitud, donde vive y como vive, en La Palma.

Samir Delgado
Publicado originalmente en 2014


viernes, 3 de marzo de 2023

Carta abierta para lectores del Frankfurter Allgemeine Zeitung, Le Monde, The Times, Correio da Manhá, Corriere della Sera y Expressen

 


“Gigantes y molinos en una isla atlántica”

Hay lugares auténticos en todos los destinos del archipiélago de Canarias, muchos turistas acuden a realizar senderismo en el Macizo de Anaga como una de las experiencias más singulares de su estadía en Tenerife. Los caseríos de Taborno y Afur, nombres de origen prehispánico en esta isla de la Macaronesia, son referentes tradicionales de las medianías de color azul atlántico, se ve el mar desde el bosque. Las casas permanecen a plena luz del día, como si fuera de noche, se sienten lejanamente cerca, como un eco de otros tiempos.

En la actualidad hay una pequeña vivienda que sufrió un deslizamiento del terreno por las lluvias de invierno y se encuentra cerrada. Sus habitantes fueron desalojados y permanecen a la espera de un regreso difícil. El Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife ha preferido sancionar y demoler el domicilio familiar, en lugar de buscar una alternativa, para que la experiencia dramática de una pérdida de hogar no sea el destino para un lugar tan bello. La casa de piedra había sido a principios de 1900 una tienda de víveres, según la tradición oral. Al pueblo de Taborno acudieron personalidades de la cultura europea que visitaban la isla. La casa cerrada fue en su día un regalo de bodas para los abuelos y allí nacieron siete ciudadanos naturales de Taborno. Dos grandes laureles fueron testigos del éxodo rural sufrido por esta familia de Anaga, la dureza de la vida bajo la dictadura de Franco obligó a buscar el pan y una vida mejor en la capital de la isla canaria.

Muchas décadas después, a comienzos del nuevo siglo, la casa del Montecillo, en Taborno, volvió a tener luz y agua, la vida de una familia es muy parecida a un árbol, las raíces crecen hacia la profundidad y las hojas mueren y renacen al sol. En esta casa se escribieron libros de poesía, hubo una biblioteca con hasta veinte años de historia y ahora la casa está cerrada, a toda costa se mantiene en pie porque es de piedra antigua, todavía resiste porque forma parte del caserío, aunque con la cuenta atrás de treinta días para ser demolida. No hay camino para tractores o máquinas del Ayuntamiento, solo se puede llegar a pie, los senderos guanches son milenarios. Para las autoridades debe ser la familia quien debe hacer escombros su propio hogar, de lo contrario tendrá que asumir treinta mil euros del coste de la demolición. Las piedras de una casa en Anaga son centenarias, no se ven tras la pared, como la memoria de todos los silencios.  

Europa no se imagina esta nueva aventura para Cervantes, con gigantes y molinos, según se mire. El Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife ha ordenado la demolición por emergencia de una casa pequeña, desde la cual se ve el mar y el Roque de Taborno. Muchos hoteles de la isla de Tenerife fueron ilegales, aunque ningún hogar puede ser ilegal, los sueños y la vida no entienden de leyes. Las escrituras de una casa se llaman “hijuelas”, cuentan la historia de sus moradores. Nunca antes sucedió algo parecido en Anaga, la casa del Montecillo puede ser un caso perdido, aunque tal vez sobreviva mucho más tiempo que la Fuente del Monumento a Franco, en la isla atlántica que sufrió el comienzo de la guerra civil española.

Los turistas van y vienen cada día, las nubes son las mismas en todos sus recuerdos. La casa de una familia también se parece a los archipiélagos, sus ventanas nacen al otro lado del fondo del mar, los rayos del sol tocan a la puerta. En la isla atlántica de Tenerife una casa vale igual que el paraíso,  no debe ser borrada del mapa, no hay leyes que puedan agredir el derecho a la vida y a la conservación de las raíces de un pueblo. 

Los seres humanos que habitan entre los volcanes son como islas también, se miran y se sueñan, compartiendo la luz del atlántico. En Anaga todas las casas provienen de muy lejos, como la cueva y el sendero, la vida participa en la gran historia del mar.  


Samir Delgado


(Texto en proceso de traducción)

Crédito de la fotografía: Turistas en Anaga, EL DÍA (2020)


 

viernes, 24 de febrero de 2023

“Taborno, la casa de nuestros abuelos”

 

El Montecillo, Taborno, isla de Tenerife

Carta abierta al Pleno del Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife


Sr. Alcalde, D. José Manuel Bermúdez

Es un honor expresar el agradecimiento al Pleno del Ayuntamiento de la Ciudad de Santa Cruz de Tenerife por considerar en el orden del día, la vida y el acontecer de hoy en el caserío de Taborno, Anaga. Como vecino empadronado en la zona del Montecillo he sido testigo en los últimos veinte años, de la belleza y de la realidad de Taborno, estas palabras se escriben a miles de kilómetros de distancia, en México, como emigrante canario he sentido la nostalgia a diario por nuestras islas y desde el pasado año realizo los trámites de emigrante retornado para acompañar a mi familia y encontrar una nueva oportunidad para ofrecer a Canarias mi aportación como escritor y gestor cultural. Acabo de recibir un galardón literario del Gobierno de Canarias y estaré presente en primavera para solicitar de pleno derecho que se me considere como ciudadano, de la isla de Tenerife, ya que estar fuera no significa abandonar nuestra tierra y tras los sucesos del derrumbe parcial por lluvias de nuestra casa familiar en Taborno, he sentido la tristeza y la impotencia de un trato institucional muy alejado de lo que representa nuestra pertenencia a la hora europea.

La casa de mis abuelos, Don Cristóbal y Doña María, se ha visto afectada por una situación dramática, fue una herencia centenaria y regalo de bodas, allí nacieron todos sus hijos, en la casa de piedra que fue “ventita” tradicional a comienzos del siglo pasado y que luego quedó en la memoria de la familia bajo las penurias de la dictadura. Como muchos chicharreros de clase campesina y trabajadora los Delgado Perdomo, familiares de los Martín y de los Alonso, de arraigo ancestral en Taborno, fueron vecinos en los 60 de las barriadas de Santa Clara en la capital tinerfeña. Gracias al destino pudimos acondicionar la casa de piedra a comienzos del 2000, mi abuela, nacida en Afur, obtuvo ese regalo de la vida para volver a saludar a su Tía Emiliana, a Doña Margarita, yo conocí también al Tio Nino gracias al regreso de la familia a Taborno. Allí siguen las casas cuevas de Don Santiago y Doña Isabel, tíos de mi madre, que son una pervivencia de los antiguos moradores del Menceyato de Anaga, ojalá pueda usted visitarlas algún día, para conocer la vida y el devenir de un caserío que fue motivo de visita para personalidades como los viajeros franceses René Verneau y Sabino Berthelot.

Quiero decirle Sr. Alcalde, que es un desafío democrático para el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife el considerar qué hacer en estos momentos decisivos sobre la actualidad de Taborno, el correo postal y la atención sanitaria corresponde a dependencias laguneras, desde hace décadas puedo afirmar que el caserío ha padecido un abandono creciente de sus necesidades esenciales, además del Cierre de la Escuela Rural y de la imposición del Radar de Anaga en Zona ZEPA y Reserva de la Biosfera, el pueblo de Taborno ha seguido su costumbre de permanecer entre la bruma de sus atardeceres. Hay caminos vecinales sin drenaje óptimo y alcantarillado insuficiente, taludes y muros de zonas con camino público que merecen un mayor esfuerzo de seguridad y en general la señalética de todo el caserío está quemada por el sol. Hoy mismo tengo conocimiento de que la ampliación del camino público hasta el domicilio de Doña Pilar es insuficiente, hay mucha infraestructura por mejorar en el caserío, al menos una rampa para personas mayores o discapacitadas a la entrada de la Escuela es lo más razonable. Sr. Alcalde, en Taborno hay asistencia médica dos veces al mes, en pleno siglo veintiuno Taborno merece todo lo mejor, es una deuda de la capital tinerfeña con sus orígenes y con su destino.

La casa del Montecillo ha sido noticia en Televisión Canaria por el derrumbe parcial debido a las lluvias y por el desalojo de su morador, mi padre, ciudadano canario de pleno derecho y de ascendencia árabe. Su alojamiento desde hace un mes, ha sido una pensión en Santa Cruz con atención de los Servicios Sociales, ha estado la persona de la tercera edad, vecina de Taborno, pernoctando en literas junto a refugiados ucranianos, ciudadanos africanos que buscan una vida mejor en nuestras islas y hasta personas en situación de “sin techo”. Quisiera preguntar, Sr. Alcalde, qué fue de la oficina de atención a los damnificados por lluvias que desde el Ayuntamiento se anunció en 2017 para atender situaciones de emergencia. El protocolo institucional en este caso de Taborno ha sido preocupante, el desalojado no ha recibido atención psicológica y su derecho a una vivienda en alquiler o una plaza en residencia de la tercera edad es legítima.

No entendemos Sr. Alcalde, como vecinos de Santa Cruz, las causas de que la Concejala de Distrito me remita un mensaje por WhatsApp de no tener competencia en el caso del Montecillo y que corresponde a Urbanismo, sucediendo que por la situación de lejanía y de diferencia horaria mi único deseo como vecino empadronado era conocer el estado del camino público colindante con nuestra casa afectada. Hablar con los vecinos es lo menos que puede esperarse de un representante del Consistorio. También desde Urbanismo, Sr. Alcalde, se procede de modo unilateral para declarar un estado de emergencia y publicar en el BOE un dictamen de demolición, con solo tres días para dar respuesta de parte de los afectados. Estamos en el siglo XXI, no hay precedentes de actuaciones de este tipo en caseríos de Anaga y lo primero de todo, Sr Alcalde, es garantizar la seguridad y la integridad de las personas. Resulta alarmante que desde Urbanismo en apenas unos días promuevan un presupuesto de 30.000 euros para demolición y en años no hayan invertido en Taborno lo suficiente para resolver las grandes problemáticas del Caserío.

Nunca, Sr. Alcalde, pensé que como ciudadano de Santa Cruz de Tenerife, encontraría un trato hacia mis familiares tan doloroso. Mi madre, heredera de la casa de Taborno, a día de hoy padece una situación de enfermedad crónica y solo puede disponer del 30% de su capacidad pulmonar, no puede defenderse ante esta situación. Y mi padre, la persona desalojada, tiene más de 70 años y padece una inestabilidad emocional provocada por el desalojo y la situación de separación conyugal que le ha impedido afrontar este drama de modo íntegro. Ambos solo disponen de una pensión no contributiva, la precariedad económica de muchas familias canarias es la que muestran las estadísticas. Como ciudadano de Santa Cruz de Tenerife y ante la gravedad de la situación, he solicitado ayuda y comprensión, la respuesta al Dictamen de Urbanismo ha sido solicitar la rehabilitación del domicilio y la mejora del muro de contención, los caminos públicos de Taborno necesitan una inversión real y satisfactoria, este caso es uno de muchos que podrían suceder en Anaga y no es deseable que la política de la sanción y de la multa, del desalojo y la demolición sea la mejor forma de afrontar la realidad múltiple y compleja de la vida de los vecinos en Anaga.

Sr. Alcalde, en este Pleno del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, rogamos a consideración el malestar vecinal por el cierre de los caminos tras el suceso en la casa del Montecillo, así como la asistencia y cobertura a una persona de la tercera edad desalojada de su domicilio, además de los dictámenes que desde Urbanismo se han realizado de modo insatisfactorio: primero emergencia y demolición, luego rectificación y que sean las personas afectadas las que arreglen todo, no se encuentra por ningún lado al Ayuntamiento democrático, sensible y accesible, cercano en sus servicios de atención al ciudadano. En este Pleno, se decide algo más que un caso aislado y particular, está en juego el papel de una institución como el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y su capacidad para comprender y dar respuesta, humanamente hablando, a la vida real y a los lugares que son el corazón de su historia y porvenir.

Mi deseo, Sr. Alcalde, es seguir siendo vecino de Taborno y de Santa Cruz de Tenerife, seguir escribiendo libros en la casa de los abuelos de Anaga, poder legar a los nietos un recuerdo familiar que conecta con las huellas ancestrales de nuestro pueblo. Por motivos de la situación en el norte de México, no he podido regresar a la isla a la mayor brevedad. Por la cultura árabe y la edad de mi padre, es necesario que se le explique de modo cercano la realidad de las leyes y los procedimientos a seguir. Agradezco que tome en consideración estas palabras y estimen en el Pleno la mejor resolución para todas las partes. 

Taborno es un lugar para convivir y compartir la belleza de un espacio natural y rural que es Reserva de la Biosfera, memoria y seña de identidad de Tenerife y Canarias.

Muchas gracias

martes, 15 de noviembre de 2022

Sobre el cuadro “Capri” de Juan Botas Ghirlanda

 

    Obra del artista Juan Botas (Museo Municipal de Santa Cruz de Tenerife)


Conferencia
Casa de Colón. Ciclo “Miradas a la Colección

 

A Lázaro Santana


París, julio de 2022. A medianoche en un hostel parisino todavía hay transeúntes de cualquier nacionalidad que regresan de su maratón viajera. Tras una visita intensa a la famosa sala Denon que atesora La Gioconda yo fotografié a quienes fotografiaban—la mente es capaz de retener un sinfín de instantes que dan cuerpo a un memorial íntimo del Louvre: aquel cuadro de un atardecer de Turner, escenas mitológicas por doquier, la muerte de Marat vista por un grupo de japoneses con autoguía.

Sobre la mesa de mi habitación estaba la cámara fotográfica en recarga, un revuelo de papeles y notas, junto al libro del crítico de arte Juan de la Encina, titulado “El paisaje moderno” del año 39, editado en Morelia y que ha regresado conmigo a la orilla europea, tal vez como uno de los primeros ejemplares, otro grano de arena para la memoria del exilio republicano. Antes de apagar la luz, subrayo la referencia del bilbaíno sobre la idea de que el sentimiento de la naturaleza no era algo exclusivo de la modernidad, sino que más bien “gozaba de milenios”.  

Es extraño y sorprendente el azar cuando el interés por un tema se convierte en protagonista incipiente de los días. Mi visita a París, cámara en mano, había sido pergeñada como una cata a la luz y al tiovivo de sus museos, a la manera de remesa ocular que dotaría a la experiencia de un cúmulo de sensaciones y perspectivas de enorme potencialidad para la escritura, siguiendo de cerca aquella tentativa de agotamiento de lugares parisinos de Perec. Yo quería cifrar cada minuto —a través del objetivo —y también hacia el adentro de la memoria y de la intuición. Allí estaba yo recién llegado de México con la vocación de recorrer en tres días todos los momentos posibles de París, la ciudad que habitó durante cuarenta años Nicolás Estévanez, el poeta del almendro por quien he sentido una predilección de reconocimiento desde hace décadas—por no decir lo que llevamos de siglo— ya que su casona lagunera, aún cerrada a cal y canto, representa otro de esos espacios conmemorativos que se han extraviado en el devenir de la cultura insular, menoscabando el tiempo ciudadano que dota a las culturas de una tradición y de sus vanguardias.

Con más de una década viniendo al continente americano, tan cerca de ciudades otras que bebieron en su génesis del mismo trazado urbano y del mismo pulso protagónico que los enclaves de Vegueta y La Laguna—las dos capitales del oriente y del occidente canario—debo confesar que la existencia en mi isla natal de un lugar como la Casa de Colón supone un aldabonazo perfecto para seguir reivindicando la identidad atlántica y la idea padorniana del solar para el nomadeo y los extravíos del sentido. Y es que en los museos de las islas, especialmente donde el coleccionismo ha sido decisivo para ahondar en las huellas y en las cifras del acontecer cultural del archipiélago, hay también una predestinación esencial para convertirse en lugares de ciudadanía, donde las ráfagas de conciencia sobre el valor ético de la belleza garantizan una breve pausa de cultura, de sosiego democrático, frente a los dogmas del consumo y la velocidad escalofriante de la vida posmoderna.   

En París era medianoche cerrada y la puerta de la habitación se abre para turbar el descanso bajo los protocolos del checkin de nuevos huéspedes. Mi compañero de litera se presenta como Lorenzo, de Nápoles. El joven turista no tarda en acomodar sus enseres y adentrarse en el sueño. A la mañana siguiente había desaparecido y nos volveríamos a encontrar siempre a deshoras. Un día, por fin, desayunamos juntos, tras los comentarios habituales sobre procedencias y quehaceres, enseguida le interrogo sobre Capri, interesado por conocer el testimonio de un habitante napolitano de nuestros días sobre la isla mediterránea. En las islas, a pesar de los más de quince millones de turistas anuales, no se dan con normalidad las conversaciones de tipo cultural, de ahí la importancia de los museos y de los lugares del arte y la literatura, difundir nuestro acervo y la actualidad creativa de las islas es un modo de diálogo con lo contemporáneo, una forma de resistencia para que no todo se difumine entre el stock de souvenirs. Los viajeros de antaño, desde el propio Colón, escribían su estadía desde una mirada nueva, aportando al horizonte insular su voz dialogante, durante siglos ha venido sucediendo esta experiencia decisiva para entender el ir y venir de la identidad de Canarias. Botas Ghirlanda, en sus años últimos, hizo de la pluma su consuelo, dando noticias de sus andanzas por Europa y comentando la actualidad de su mundo, muy de la época, con ironía y belleza. Escribir o pintar es decirse, prueba esencial y testimonio de vida. Las culturas se escriben y se pintan, el planeta es un gran atelier y una enorme biblioteca.   

Mi amigo italiano me cuenta que Capri está repleta de hoteles, que es bellisima, él como arquitecto debe conocer los impactos del turismo en su país y en el resto de Europa, y enseguida alude en la confianza de la plática a su abuelo pintor, Salvatore Goglia, que fue artista postimpresionista y en la casona familiar alberga toda la colección de sus cuadros, él tuvo premiaciones en vida —reitera Lorenzo con orgullo— y hay algunos paisajes de Capri, me dice haciendo hincapié, ante mi insistente interrogatorio sobre la isla y la alusión a mi conferencia de la Casa de Colón —la de esta hora precisa, en que los momentos parisinos se vuelven de nuevo nítidos y a la mano—.

El tiempo de una vida no da para mucho, sin embargo sucede que a través de la escritura y por medio de la dedicación a la crítica del arte, puede tenerse un mayor trato con cierta temporalidad que va más allá del imperio del minutero digital.  Pienso que estando aquí, tan cerca de los aledaños de la Catedral de Santa Ana, en el reducto antiquísimo de la vida de otro de mis personajes preferidos de la historia insular, el poeta Bartolomé Cairasco de Figueroa, que hablaba italiano y guanche, traductor de Torcuatto Tasso en 1600, se puede entender con cierto grado de verdad la porosidad de la atmósfera de toda cultura para el entendimiento del devenir de los siglos. Es lo que tiene París esencialmente —perplejidad y asombro— y toda isla.

 Volviendo a la habitación de aquella mañana parisina, caí en la cuenta de un comentario fugaz en las postrimerías del tercer café con mi amigo Lorenzo, El Napolitano, sobre una cicatriz insalvable que hay en las islas y en la vida de sus artistas: Millares, Oramas, Botas Ghirlanda. No sé por qué razón —si la hay— suceden esta suerte de coincidencias que nos llevan a encontrar un hilo de Ariadna en medio del caos y de la inercia. La idea que me ronda, desde entonces, versa sobre la fatalidad y la tragedia de los artistas insulares, cuya universalidad no solamente procede de sus temperamentos y de la trascendencia de sus obras, sino también de sus muertes, el desastre acumulado de muchas biografías de creadores canarios, cuyo desenlace final ha estado marcado por la enfermedad y hasta el martirio: el tumor cerebral de Millares, la tuberculosis de Oramas y de Botas, el suicidio de Domínguez, los accidentes de tráfico de César Manrique, de Juan Hernández o Cándido Camacho.

Esta certeza de una necrología plural de los creadores insulares, que sobrepasa por su gravedad la cifra de lo anecdótico, me ha llevado a razonar una teoría sobre la conquista de los colores. Tal vez, la roca de Capri, de Botas Ghirlanda, por la cual he venido aquí, en el marco del ciclo “Miradas a la Colección”, sea el detonante empírico que justifique y de validez a una intuición inicial que se ha ido transformando en certeza y en desvelo. Desde aquel silencio nacido entre los dos huéspedes del Auberge de Jeunesse que se despidieron juntos de París, he vuelto a aquella conversación que abundó en la promesa de conocer algún día las pinturas del abuelo Salvatore Goglia —obras de toda una vida en la que los árboles, el agua, la luz del sol configuran un mundo aparte, el de la realidad interior que también es visible y tiene verdad— las imágenes que hace apenas unas horas he recibido en mi correo electrónico directamente desde Nápoles, y que han supuesto una alegría especial que deseo compartir al momento de hablar sobre la pintura “Capri” que Juan Botas Ghirlanda realizó en 1910.

Aquel fue un año decisivo para el artista tinerfeño que debió volver a las islas tras su estancia como copista en El Prado de Madrid. Esta roca mediterránea —naranja de la mar—la he observado multitud de veces este verano, se ha convertido en una especie de talismán evocativo, en un salvoconducto a otra dimensión, con sus azules dorados y verdes, líquenes del limbo de todo mediodía solar. Es un paisaje insular que hace suyo el proceso de evolución de la propia idea del paisaje —siguiendo a Alain Roger— cuyo origen será universalmente humano y artístico. Lo diré desde el comienzo: el cuadro “Capri” hace buscar en la costa lo que está en el cuadro. Imanta su fisonomía de cadalso y de reliquia, la luz del cuadro proyecta hacia la mirada un resplandor de aura salina, es el punto geodésico del lugar limítrofe entre la isla y el mar, aterido de luz en la memoria del pintor y que a través de la pintura se resuelve en brújula y dolmen ecológico. Sabemos, por la fabulosa biografía del artista realizada en 1949 por Miguel Tarquís, y también por supuesto, por la generosidad de la investigadora Pilar Carreño —autora de dos publicaciones esenciales sobre Botas Ghirlanda, la primera de 1983 y la segunda ya de 2017 —que el pintor tinerfeño encontró inspiración en el Golfo de Nápoles a través de una pieza del francés Bremont, y que su propio óleo, destinado al Museo Municipal de Santa Cruz de Tenerife —es antecesor de este “Capri” —pintado, tal vez, a la manera de revancha íntima y de expresión doliente que pugna por seguir dando a la luz una imagen, la de otros mares y otras islas que lleva consigo como única fe y es el deseo de pervivencia.

Entre el golfo y la roca, de 1905 a 1910, hay un impasse de circunstancias vitales que pueden resultar decisivos para entender, o intuir mejor, el vaivén espiritual del artista que durante buena parte de su vida creativa estuvo marcada por la afección de salud y la dependencia pecuniaria de pensiones o becas institucionales que al principio supusieron el despegue y el ensueño, siendo más tarde el percance y la renuncia a continuar en la órbita del artista insular que una vez pisado continente —como dijera Domingo Pérez Minik —desenvuelve una energía vital extensiva y cosmopolita, que en muchos momentos de nuestra historia archipelágica, ha sido palpable, véanse por ejemplo dos paradigmas del color negro: Óscar Domínguez instaura la arena volcánica de la playa en los entresueños del surrealismo, y el propio Millares que entreteje desde la arpillera y el homúnculo — dentro del capítulo esencial del Grupo El Paso en la historia del arte español de posguerra y transición —la memoria del ultraje, el peso irredento de los oprimidos y desheredados, la catacumba y el sarcófago. Ha sido una constante, el viaje de los creadores insulares instituye una espiral de referencias y de incursiones, de hábitats fecundos y permutables, que han resultado favorecedoras de la aspiración de universalidad de las islas en el mapamundi de toda actualidad.  

Y de este punto y aparte, sin perder de vista la pintura-sudario de Botas Ghirlanda, su donación de luz y mito, vale la pena reiterar lo aludido hace unos instantes, y que supone una visión panorámica esclarecedora sobre la historia cultural de las islas. Hablaba yo de la conquista de los colores: de un lado, el imaginario inventivo y fundacional de la creatividad literaria y artística, resultante en un cosmos diáfano de interrelaciones y conglomerados de visión objetivada —pinturas, poemas, novelas, cine — de la realidad y del mundo, en derredor de las islas. Es el esperma negro de las culturas que menciona el poeta griego Elytis, Premio Nobel de Literatura, auténtico bastión para el riego de las imaginaciones y lo utópico, el cimiento tangible de las transformaciones espirituales de toda época y latitud, esquilmada mayormente en los procesos de socialización epocal, a través de la escuela y de la televisión, de la fábrica y del shopping center, de la consola y el android telefónico.    

Y del otro lado, lo que quise contar a mi amigo napolitano, en aquella mañana parisina, el poder de la maquinaria del dinero, de la expoliación y la rentabilidad, la contienda iniciática de la historia de los territorios insulares en el decurso de la civilización, cuyo destino derivado hacia los paraísos artificiales ha estado encadenado a la transferencia de monocultivos propiciados por la ratio calculadora y el régimen especulativo de perpetuación que, a día de hoy, se puede rastrear en vectores del colapso venidero como el ecocidio de los resorts y la doble hegemonía del lenguaje publicitario sobre lo real y de las políticas institucionales sobre lo necesario, las dos tenazas con que el capital—el orden dominante de los intereses de la acumulación y el derroche estructura la noosfera, lo que se piensa, lo que se puede ver y sentir, inoculando la mentalidad universalizada en las islas de la primacía instrumental del dinero, de que la supervivencia social está marcada por el supuesto progreso del cemento y de las autopistas, de las oficinas bancarias, de cadenas hoteleras, de los centros comerciales que han monopolizado los pulsos de vida y de tránsito.            

Y de nuevo surge la convicción de que el arte, la poesía, la creación en las islas, bajo las coordenadas de lo periférico y ultramarino — todo aquello que evoca y hace sentir vivo— ha significado una verdadera bocanada de oxígeno, para mantener a flote las identidades de una personalidad insular atlántica, que desde siempre, ha tenido una temperatura universal, muy a pesar de la extrema trascendencia que ha tenido el dolor y el sufrimiento para muchos artistas. Cuando se trata de remontar la mirada hacia los aconteceres del pasado, de los flujos de intermitencia que configuran las ideas estéticas en los intercambios culturales entre individuos y naciones — y estar como ahora frente a un cuadro como “Capri” — se posibilita un paréntesis de reflexión y de pausa temporal que nos advierte de la complejidad y del peso gravitacional de unas formas y de unos colores que perduran y nos interpelan desde su condición de dispositivo rememorante —llevo tiempo escribiendo sobre pintura por estas cosas, ya que me parece que es más real un cuadro que la propia realidad, lo he dicho en multitud de ocasiones— en tanto en cuanto la pintura proviene de sentidos y de verdades que están más allá de la convención del status quo que determina la legalidad de lo que se ve, y por eso los museos están llamador a ser los nuevos templos de la vida que se conserva y que irradia la vida de los colores y de los sueños.

Botas Ghirlanda, precisamente —lo dijo con sus propias palabras su biógrafo Miguel Tarquís—mantuvo toda su vida de pintor bajo la deriva de la enfermedad y de la búsqueda incesante de una personalidad artística que, contextualmente, se encontraba en el intervalo fascinante de la conformación de la modernidad, un pintor de dos siglos y de una misma luz, que igual atravesaba el realismo de lo lumínico naturalista de los charcos y de los jardines, que cierta combinación de postimpresionismo y de simbolismo en sus paisajes y vistas, dando a la posteridad el conjunto de su obra como una ventana al devenir, permeando a través de sus colores un conducto de empatía, de susurros expectantes, propiciadores de la conciencia de las fracturas del tiempo y de la segunda naturaleza que habita los cuadros, constituyendo ecosistemas cromáticos que nos invitan a la contemplación, más aún, que nos incitan a saber contemplar, a mirar de otro modo a como se miran las cosas, los objetos mayoritarios de nuestra realidad que está regulados por el tiempo-mercancía, por el precio de su materialidad intercambiable y adquisitiva, ese rango imperativo de lo dinerario que ha devaluado todo el mundo exterior a supermercado. Ver la pintura, ver desde la otredad que nos habilita el recinto museístico, nos ayuda a encontrar el momento para que nos veamos a nosotros mismos viendo, ese espejo crucial de todo yo que precisa de una distancia rememorante para decirse poliéticamente, para constituirse en ciudadanía. Por cierto, hay un alarmante índice de obras de Juan Botas en paradero desconocido, que nos sugiere la idea de un mundo suspendido en el anonimato y que son las otras pinturas que pueden llegar a ser vistas, sombras de otra luz que permanece y tilila.   

Mirando “Capri”, la roca marina de Botas Ghirlanda, nos sugiere un recordatorio de la necesidad de mirar el mar y de sentir el vértigo del planeta, yo he reconocido incluso en algunos de sus cuadros un pretérito atisbo de abstracción, para nada consciente, si bien existe en el cromatismo de sus empastes y óleo corrido una señal tardíamente perceptible sobre los aconteceres inmediatos de las décadas que continuaron tras su triste sepelio. La pintura de Botas vaticina la metafísica insular que propicia la conciencia de la mirada a la belleza de la naturaleza que ya no será, en el caso particular del mar, un elemento inhóspito e inabarcable de avatares sinfín en la historia anterior de las islas, no solo la volcánica sino también la del mar de las crónicas y del Nuevo Mundo. La roca de Capri es una continuación deslumbrante de las series de Juan Botas inspiradas en los rincones, barrancos y marinas de su isla natal, el hallazgo maduro de la condición insular en el Mediterráneo, en Nápoles y Capri, que justifican y atestiguan su búsqueda de personalidad, su mundo naciente. De hecho, el devenir de la paleta del artista tuvo una triple concreción esbozada en el estudio de Miguel Tarquis que se resumía básicamente en un sentimiento de armonía, la intuición del color y la noción dialéctica de la luz y de la sombra.

Juan Botas pintó ruinas, calas, charcos, horizontes y jardines. Son memorables sus paseos por Aranjuez y por Pompeya, de sus obras telúrico-orográficas resuenan los Barrancos del Drago y de Guayonje—de este enclave tinerfeño, muy arraigado a la figura surrealista de Óscar Domínguez, provino uno de sus escritos más auténticos, el de aquel solitario de 1915 que al final de su vida buscará “refugio en las cuevas del mar —. Botas fue amigo de los bosques, muy cercano a la filosofía de Francisco González Díaz, el apóstol terorense del árbol. El pintor canario, fue otro “aislado” de la cultura insular con vocación transfronteriza, siguiendo las consideraciones del crítico Fernando Castro Borrego, quien en el prólogo de la primera monografía de Pilar Carreño, avisaba sobre la “trágica orfandad” de Botas, de Néstor y de Oramas, de nuevo esa intrahistoria del dolor y de la muerte.

Nuestro artista tomó no pocos Vapores Correos entre las islas y la costa española, en su cosmovisión hay influencias asumidas de diversos pintores catalanes, desde aquel influjo iniciático de Eliseu Meifrén en el barrio marinero de San Cristóbal y los ecos de la Escuela de Olot, pasando por la estancia como pensionado en Roma, donde acude al estudio de uno de los compañeros de Fortuny, hasta el momento crucial de su creación versallesca donde los jardines como “tema” de las obras de Santiago Rusiñol, resultan decisivos para su creatividad. Su condición de pintor pensionado le facilitó una mirada diáfana, transterrada fugazmente, recorrida por capitales de Europa en los momentos cruciales de su trayectoria, ya sea su brevísimo viaje a Londres, donde contempló admirados óleos de artistas como Frank Brangwyn, ya sea la etapa providencial de artista residente en Italia, una Italia por cuyo patrimonio clama por escrito y ante las vicisitudes de la guerra. Quise haberle preguntado a mi amigo napolitano, sobre su experiencia al contemplar la roca de Capri de 1910. A mi parecer, esta pintura de Juan Botas contrae para sí una dosis de verdad mayor, de sentido vital en extremo, con una carga emocional que se distingue de otros paisajes y de otros motivos similares, es la memoria en carne viva de su periplo europeo que había finalizado apenas un lustro atrás, cuando debió volver a las islas tras la muerte del padre y en los momentos en que pierde el respaldo económico de las instituciones canarias. Botas, como se sabe, dependió en vida de aquellos recursos y del patrimonio familiar. Tuvo que postularse para el sustento a diferentes oposiciones como docente del dibujo o del idioma, su vínculo a los pinceles le fue inoculada por vía de su Tío Virgilio, su madre fue poetisa novel y entre sus amigos laguneros destacaron personalidades como Manuel Verdugo, nacido en Filipinas, autor de uno de los primeros cuadernos de viajes a Italia que en la década pasada llegó a mis manos con una feliz edición de 1928. Imagino a Botas y Verdugo platicando de aquellos viajes—el poeta le lleva tan sólo cinco años, y ambos viven en Tenerife en 1913, año en el que le dedica Verdugo su poema “Obsesión” —.

Fue Botas además un notable caricaturista y animador de la vida periodística con múltiples crónicas suyas — muy a la manera del momento—. Uno de los perfiles más significativos de este pintor finisecular, que se embebió de la vida cultural de Roma, París o Madrid, había sido la eventualidad de su itinerario existencial, varias fueron las coordenadas: la vida militar de su padre, destinado incluso a la Guerra de Cuba, que motivó cambios permanentes de domicilio entre las islas y multitud de viviendas familiares, la dependencia financiera de becas como pensionado de los consistorios tinerfeños que habían posibilitado, con sus más y sus menos, el itinerario formativo del artista más allá del horizonte insular, la vida singular de un artista voyeur cuyas huellas aparecían en las noticias de prensa local y cuyas obras plásticas eran exhibidas ocasionalmente en los escaparates de las tiendas más concurridas de la época.

Estamos hablando de los primeros años del siglo veinte, el umbral de la modernidad de los pasajes y de las exposiciones universales, de la fuerte impregnación de la corriente impresionista en las artes y el despegue de la idea de progreso en la cultura europea. Botas Ghirlanda recibió aquel año de 1910 la visita a su estudio de Ramón Gómez de la Serna, colofón de su etapa en Madrid que había tenido otro momento cumbre, como fue el estreno de una pieza teatral de Jacinto Benavente inspirado en una pintura suya en 1907. De hecho, este fue el año de su participación como artista en el prestigioso Salon d´Automne celebrado en el Grand Palais de los Campos Elíseos, un lugar que en mis incursiones del pasado julio, cámara en mano, fue entrevisto por diferentes flancos de la deriva parisina a diferentes horas y luces. Una ciudad, igual que una isla, tiene muchas capas de morfología cultural, dimensiones y panoramas que hacen de su magma una puerta abierta a la experiencia diferida de todas las almas que la habitaron. Por esto mismo, se entiende que una pintura, una imagen, un cuadro, son mundo también y la vida late en traslación por entre los bastidores.

La errancia artística de Botas Ghirlanda tuvo siempre una influencia benefactora de distintos temples y pinceles, es sabido el influjo recibido por el artista desde tiempos distintos y paralelos, gracias al eco de su biógrafo Miguel Tarquis y de las citadas investigaciones de Pilar Carreño que recomiendo—conmigo viajó también a París el catálogo 54 de la Biblioteca de Artistas Canarios—, siendo ambas figuras, notorias y sensibles, las que han fraguado el reconocimiento y la consolidación del legado de un pintor como Juan Botas, cuya mirada al paisaje insular, al mar y a sus luces, estuvo signada por el aura de otros artistas como Valentín Sanz, sin duda, el hombre de los paisajes con malangas, artífice del paisajismo tropical cubano, en la órbita de los creadores insulares cuya estela vital asumió la posibilidad irredenta de la noción de un archipiélago mayor.

Un pintor es capaz de irradiar en sus cuadros todo el espacio y el tiempo de su propia vida, las pinturas pueden llegar a ser correlaciones de energía y de experiencia, lingotes de luz, eclosiones de forma y de relieve, materia cómplice de una existencia abocada a la desaparición mortal. ¿Qué papel han representado los museos, las colecciones de arte, las pinacotecas, en el decurso de las sociedades y de la cultura en nuestro tránsito al nuevo milenio? Cuando Juan Botas llega a París en 1907, hay una coincidencia inexplorada hasta la fecha, sobre su exposición en el Salon d´ Automme y la visita sistemática que realizó al Grand Palais, en esas mismas fechas del otoño parisino, un poeta de talla universal llamado Rainer Maria Rilke, autor de las conocidas Cartas sobre Cézanne, escritas a vuela pluma desde el número 29 de la rue Casette a su esposa Clara Westhof.

Mi pregunta es ¿se cruzaron en las salas del Grand Palais, el autor de las Elegías a Duino y Juan Botas Ghirlanda? Yo creo que sí, y no solamente en París, ya que Rilke está en Capri en la primavera de 1907. Hubo pinturas de Botas en el mismo lugar que visita el poeta, menciona en las primeras cartas la figura de Berthe Moriset y el “colorido mercado de cuadros” del salón otoñal. Todas las misivas de Rilke tratan sobre Cézanne, incluso su escritura en la undécima carta se vuelve cezaniana. Para el escritor, “toda la realidad está de su parte” y alude al azul, con la idea de que alguien conciba una biografía de los azules. El diálogo entre la poesía y la pintura ha sido de una infinita fecundidad para sobrellevar los silencios que impone la escritura y los pinceles. Rilke se refiere, tras el análisis minucioso de los cuadros de Cézanne, siempre a pie, siempre parado frente a los cuadros, con el ruido de fondo de los comerciantes, al concepto de “réalisation” que es lo contundente, la realidad llevada a lo indestructible y a través de la propia experiencia del objeto, en la pintura.

Y dice, de los cuadros: “es extraño el ámbito que crean”, parece incluso que hacen algo por uno, “y todo eso está allí con la generosidad de un paisaje natural, y vierte espacio hacia el exterior”. Para Rilke, “no es aquel que interpreta los cuadros desde puntos de vista tan personales, el que tiene derecho a escribir sobre ellos; quien serenamente supiera confirmarlos en su existencia sin sentir otra cosa que lo real en ellos, es quien les haría justicia”. Y concluye, en el colofón de la carta del 18 de octubre de 1907, viernes: “Pero en el interior de mi vida, este inesperado contacto así como aconteció y arraigó en mí, está pleno de confirmación y de relaciones”. La trascendencia de la pintura de Cézanne, casi recién fallecido aquel otoño parisino, en los tiempos de vida de Botas Ghirlanda resulta decisivo, a tal punto que Pilar Carreño lo ratifica en su catálogo de 2017: “Botas, cinco años más tarde, pintará de nuevo esa roca del golfo de Capri que se asoma en la bahía, teñida de amarillo-anaranjado, aunque el ángulo de visión es diferente, más cercano, y la luz también ha cambiado porque el mar es ahora de color violeta sobre un fondo verdoso, mientras las rocas de la costa ya no muestran esa magia envolvente, se han vuelto adustas y con toques verdes, recuerdan lejanamente la producción de Paul Cézanne, cuya obra había conocido en la exposición retrospectiva organizada dentro del quinto Salon d´Automne de París (1907) en el que Botas también participó”. 

       En uno de mis anteriores viajes de retorno a Europa, tuve en mis manos otro libro de un autor austriaco, Peter Handke, Premio Nobel de Literatura, que hablaba sobre su propia experiencia de escritura y de búsqueda a lo largo de los entornos del Sainte-Victoire, el espacio esencial del mundo de Cézanne. Las pinturas de un artista pueden llegar a tener un poder de imantación y de perdurabilidad capaz de sanar, esa propiedad curativa y reveladora de los cuadros no es nada nuevo, he llegado a escuchar anécdotas como la del poeta norteamericano William Carlos Williams, doctor de profesión, quien llegó a mencionar el hecho de consolarse durante una temporada de dolencia y enfermedad con la única presencia de una lámina de arte japonés en la pared. Otro austríaco universal, Hugo von Hofmannsthal, en sus Cartas del que regresa, fechadas curiosamente en 1907, alude a la experiencia sensitiva y extravagante para su vida de la visita a una exposición casual, repleta de óleos de un artista desconocido y del cual no recordaba su nombre —un tal Vincent van Gogh—y cuyas creaciones fueran propiciadoras de una cura súbita de su mal sino y de la depresión que estaba atravesando tras el retorno a su país natal, del cual no reconocía ya ni a sus gentes ni a sus paisajes. Dice Hofmannsthal “casi por primera vez en mi vida se me impone un sentimiento de mí mismo”. El poeta que había desbaratado su fe en el lenguaje y en la capacidad de expresar realmente lo inefable de la existencia —son famosas sus Cartas a Lord Chandos — recupera sorpresivamente todo el entusiasmo de su infancia, rememorada en el caño de agua de un lugar llamado Gebhartsstetten, y cuenta de las pinturas a su remoto amigo, que causaron algo absolutamente personal, “un misterio entre mi destino, los cuadros y yo”.

A mi amigo Lorenzo, El Napolitano, me gustaría invitarle a visitar las islas, de las pinturas de su abuelo puedo decir que son un mosaico esencial de las representaciones idílicas de la memoria de un hombre cuyos paisajes patrios suponen una forma de civilidad donada a sus congéneres, a quienes acudan a personarse frente a los óleos, como en todo museo la experiencia de la contemplación de una pintura va más allá del reconocimiento de técnicas y de corrientes en la historia del arte. De eso habla el crítico de arte bilbaíno, Juan de la Encina, quien en México escribió todo lo que pudo sobre su amor por el arte, su libro sigue aquí conmigo, habla de un paisaje moderno de El Greco, sorpresa para la visión que no debe encorsetarse en las convenciones de los manuales y de la academia.

 

He mirado una y otra vez durante este verano la pintura titulada “Capri” de Juan Botas Ghirlanda, esta misma que cuelga milagrosamente ante nuestros ojos y que constituye un tesoro para las islas, gracias a la conservación y el cuidado de la Casa de Colón a su legado. De él, de toda la pintura de Botas, puedo concluir aludiendo a otra de las cartas de Rilke, escritas en los mismos días parisinos, cuando dijo que el artista reprimía el amor por cada manzana y lo ponía a salvo para siempre en las manzanas pintadas. Así la roca marina, la luz del mar y del cielo de Botas son las islas, la imagen debeladora de un paisaje que se resiste a su extremaunción. Como en un poema de Andrés Sánchez Robayna, donde se cuenta que los reflejos del sol en el mar son los muertos que nos hablan, así el desvelo premonitorio del pintor Juan Botas que iluminó la costa napolitana con el mismo amor que el profesado a sus cuadros canarios, insularidad universal, dando a luz otra luz, la de la pintura que es también infinita, capaz de devolver la vida, de dar y ser vida, la vida que el artista vio, su vida que es la nuestra también. Muchas gracias.        

 

 

Samir Delgado, Playa del Águila, agosto-septiembre 2022


viernes, 20 de mayo de 2022

Un cuadro de Braque

 

                                                         Georges Braque “l´oiseau et son ombre" (1959-1961)

Conferencia. “La mirada creativa. El museo como espacio de ciudadanía”
Museo de Arte de Mazatlán, Día Internacional de los Museos 2022


El Premio Nobel griego Odisseas Elytis cuenta que su amor por la poesía surgió desde fuera de la literatura. Un día paseando por el Museo Británico encontró un papiro con fragmentos de Safo, como “un seña de amistad” entre los siglos. Este acontecimiento personal trasladó su memoria de escritor a los años de infancia, a la mirada perpleja sobre la luz de Grecia, al origen de la civilización occidental. Un museo puede ser el lugar del mundo futuro, dijo también Novalis. Los museos son espacios de temporalidad universal, se asemejan a la mesosfera: allí es donde se desintegran las estrellas fugaces.

En este día internacional de los museos quiero hablar de la mirada creativa, lejos de la fórmula de entretenimiento con que se estandarizan los patrones de relación social en nuestra sociedad del espectáculo terminal, donde todo es show y la lógica de vivencias parecen tener como única validación la abigarrada acumulación caótica del like en las redes sociales. Si todo fluye como dijo Parménides, el ahora de la ciudadanía a nivel global se aproxima mucho a una nada ante el espejo, a la pesadilla de la razón. Por eso, ante la desmesura de una realidad actual con migraciones, escaladas bélicas, feminicidios, corrupción, tristeza, los museos que un día fueron un pulso de pervivencia y de conservación sobre lo que ya fue y sigue siendo, pienso en el mítico Museo Nacional de Antropología en Ciudad de México, tal vez los museos prolongan una chispa de la memoria, del reconocimiento del flujo del tiempo, del espacio habitable que todavía escapa por su silencio al predominio de los escaparates, de las pantallas.

A lo largo de los últimos años he encontrado en el diálogo con la pintura de diferentes artistas un punto de conexión con un pasado desposeído de su caducidad inherente, la vida de los museos consiste en una relación abierta donde su actualidad se palpa en un rumbo compartido del acontecer. En México hay miles de museos, esta ciudad atesora un Museo de Arte que a orillas del Pacífico está llamado a convertirse en un lugar de paso para las nuevas expresiones artísticas: New Media, pintura y escultura, instalaciones. La puerta está abierta y junto a la dinámica de talleres que convocan a la ciudadanía cada semana en este recinto, se puede vaticinar una estela importante de este museo en el mapa contemporáneo mexicano. 

Como hoy es el Día internacional de los museos, yo quisiera contarles de mi experiencia como autor y crítico de arte. He visitado en calidad de escritor algunos museos importantes, recuerdo una lectura de poemas en el Museo de arte de Medellín, Colombia. De aquella luz y de aquella hora conservo un recuerdo nítido y placentero. ¿De dónde vino mi predilección por escribir sobre pintura? Hay un cuadro de Braque, titulado “L´oiseau et son ombre, I” de 1959, que puede valer como detonante de mi memoria personal sobre el papel del arte en la vida y la trascendencia de los museos.

Lo vi muchas veces en mi adolescencia transcurrida en un lugar muy parecido a Mazatlán, en el sur de una isla atlántica que fue el capítulo histórico de mayor impacto del monocultivo del sol, en el marco saturado de imágenes de una vida social en una comunidad turística-superpoblada. Aquel cuadro forma parte de mi despertar a la vida de la cultura y la raíz de una poética que se ha ido configurando en mi experiencia de escritura, algo que entiendo como una vía de emancipación respecto a la decadencia y el desgaste devenido en el espacio masificado de las islas, de las zonas costeñas, de los territorios transfronterizos de la piscina, el hotel y la discoteca que tocan de lleno el destino de Mazatlán, donde nos encontramos ahora, en su Museo de arte.

Durante los años 90, aquel cuadro de Braque ubicado en la recepción de unos apartamentos, supuso la referencia fundacional de mi motivación a escribir sobre pintura, a esto que llamo la mirada creativa.  Una obra de arte puede llegar a ser capaz de procurar un indicio mínimo de salvación frente a la mercantilización generalizada de todas las referencias estéticas que subyacen al universo urbano de una ciudad de nuestros días. Esta experiencia radicada en la imagen rememorada de un cuadro de Braque, contiene por sí un halo mistérico que hace de la mirada creativa un proyecto de vida. Y precisamente, la prosecución de la búsqueda sustentada en torno a la pintura, los paisajes de la vida personal y su configuración estructural en el escenario de nuestra sociedad líquida, adquiere un alto grado de certeza a través de su contraste con otras referencias literarias que jalonan buena parte de los ecos de autores que admiro y en los que una revelación sobre el paisaje de la infancia fundamenta una constante estética vital. De este pasaje de las “Cartas del que regresa” de Hugo Von Hoffmannsthal, fechadas alrededor de 1900, se encuentra la contemplación consciente de una obra plástica concebida como donación de sentidos, en el horizonte común de las experiencias artísticas y vitales, el museo como espacio de rememoración, de epifanía, de existencia paralela:

Tuve que prepararme bien antes de ver ya a los primeros como a cuadros, en resumidas cuentas, como una unidad-¿pero luego?, luego ya vi, luego los vi todos, cada uno en particular y todos juntos, y la naturaleza en ellos y la fuerza del alma humana que había dado forma allí, a la naturaleza, al árbol, al arbusto, al campo y a la vertiente que allí se hallaban pintados, y, aún más, lo que había detrás de la pintura, su singularidad, la indescriptible marca de su destino-, todo lo vi hasta el punto de perder ante aquellos cuadros el sentimiento de mí mismo, de volverlo a recobrar con fuerza, y de volverlo a perder (…) Pero, ¿cómo transcribir con palabras algo tan inconcebible, tan súbito, tan fuerte, tan intransmisible? Podría procurarme fotografías de los cuadros y enviártelas, pero que te aportarían- qué te añadirían los cuadros mismos acerca de la impresión que me causaron y que es, por lo tanto, absolutamente personal, un misterio entre mi destino, los cuadros y yo

De su pluma, del hálito confesional de su testimonio, es posible extraer una referencia sustancial sobre el poder salvífico de un solo cuadro en un museo para el desarrollo de una biografía personal, aquellas imágenes consteladas en un museo que pueden llegar a eclosionar -en el sujeto contemplador- la modulación de un haz de luz, capaz de irradiar las zonas de la sensibilidad hipertrofiada por el consumo y el estado decadente de la civilización. Un mismo latido de reconciliación como en aquel sueño fílmico de Kurosawa, en el que su protagonista, por la gracia concedida del arte cinematográfico al servicio de la catarsis, accedía al interior de los cuadros de Van Gogh para vivenciar de algún modo propio, los colores de su universo particular, persiguiendo con ansiedad la pista solemne del pintor holandés.

Ante esta obsesión por un cuadro, de la intuición de los índices de verdad -revelatoria o interrogativa- que rigen para el común de los mortales en la dialéctica de la contemplación consciente de una obra artística, ya el propio Georges Didi-Huberman en su libro sobre Aby Warburg y el análisis novedoso del papel de la imagen, advertía acerca del prisma de las propiedades de supervivencia en el tiempo, de la naturaleza diacrónica y fantasmal que retorna a la mirada humana bajo el efecto perturbador de las contradicciones, de sus intrincamientos y de la primordial latencia de sus fugacidades sintomáticas, derivadas en el flujo de la existencia.

Un mosaico de referencias que plantean de forma lúcida una visión panorámica en torno a la herencia de clásicos como Panofsky y Winckelmann en el ejercicio de la historia del arte, y la relectura de la propuesta de Warburg en el arte contemporáneo. Él mismo como principal artífice del atlas Mnemosyne, fue quien “sustituía el modelo natural de los ciclos <<vida y muerte>> y <<grandeza y decadencia>> por un modelo resueltamente no natural y simbólico, un modelo cultural de la historia en el que los tiempos no se calcaban ya sobre estadios biomórficos sino que se expresaban por estratos, bloques híbridos, rizomas, complejidades específicas, retornos a menudo inesperados y objetivos siempre desbaratados”. Así, de esta idea de una historia cultural a través de la cual podemos entender nuestro devenir y encrucijada, nuestra pertenencia a un horizonte común, la mirada al mundo a través de la pintura y las obras de arte nos revela otra ventana distinta, un barandal con vistas a espacios de vivencia que laten en las pinturas, en los museos, en el espacio de ciudadanía que sostiene la propia idea de mirar, de ver, de estar viendo.  

¿Qué papel juegan los cuadros, las imágenes que vivimos todas las veces posibles dentro de un museo? ¿Cuáles son las determinaciones simbólicas y representativas del pathos histórico que experimentamos dentro de un museo? Mientras en nuestros días hay millones de seres humanos que migran como pobladores flotantes de circuitos turísticos programados en torno al espacio social híbrido del mar y el cielo, como aquí en Mazatlán donde el lugar es visitable por unos días bajo la constante del turista que proviene de lejos, el ejercicio de la escritura dedicada a las obras de arte y a la vivencia de los museos juega el papel de un hipervínculo para el desarrollo potencial de un diálogo, fuera del tiempo de los relojes, la obra literaria de la mirada creativa, que transforma el silencio del museo en un diálogo interior, afianza un muestrario especular de todas las contradicciones, sobrecargas y clarividencias que habitan el imaginario de lo propiamente humano en un momento fracturado de la historia teledirigida, digitalizada, virtualizante. 


Thomas Struth

Hay unas fotografías del alemán Thomas Struth, Museum photographs, que me fascinan, allí se proyecta una rememoración vivencial de los ciudadanos turistas y la verdad pictórica representativa del estado actual de la cuestión. Esta entrevisión de las colas y de las personas transitando frente a las pinturas, repetida durante múltiples ocasiones en el transcurso masivo de la vida en los museos mundiales, ha supuesto un indicio primigenio para la comprensión consecuente de los factores que irradian la determinación social hacia los productos turísticos hegemónicos que todo lo hechizan, en donde las obras de arte y los referentes culturales de cualquier época son rebajados a su condición de utilidad mínima, con función espuria comercial, destinando la mínima experiencia del arte a la conversión en espacios turificados de todo aquello visible, en perímetros de relación social y de lugares de paso, estadías pasajeras y vacacionales, que resultan enajenadas de su hipotética dimensión cosmopolita.

Lo he vivido personalmente en el Moma o el Guggenheim de Nueva York, pasé horas enteras en el Metropolitan, es lo que creo que es cierto porque lo he visto con mis propios ojos, al igual que se ve el Guernica de Picasso cara a cara y se siente el dolor y la muerte.   

De este modo, volviendo sobre las consideraciones críticas que el autor Zygmunt Baumann sostiene acerca de la sociedad líquida, de hiperconsumo, queda patente la uniformización lacerante del hechizo provocado por la relación turística globalizada, donde “la reducción del espacio entraña la abolición del tiempo. Los habitantes del primer mundo viven en un presente perpetuo, atraviesan una sucesión de episodios higiénicamente aislados, tanto del pasado como del futuro”. Así se conciben los museos desde las políticas estatales, lugares neutros que son visitables para la mayoría, bajo los supuestos de acceso libre a la cultura, al arte, a la belleza. No obstante, como todo en la vida, el signo de lo político que sospechamos que irradia su influjo en todo ser viviente, la vida de los museos refleja el estado del mundo, la naturaleza de la vida humana, las representaciones de una historia total que tiene en los museos su lugar de peregrinación. Una ciudad sin museos, un territorio sin memoria, está condenado a la desaparición.

Así tal vez, teniendo en cuenta la magia que suscita la entrada a un museo, vemos únicamente durante el trasiego ocular, quien mira una pintura o una escultura en un museo, debe asumir los peligros del vínculo consumista frente al cuadro, como aquello que se ve y está para ser visto, y el reducto íntimo de la mirada creativa que esparce en la subjetividad de quien mira las posibles itinerancias de una relación liberante, es la suerte de la escritura, de la motivación radical de ciudadanía. Mi experiencia de la poesía en torno a pinturas y artistas me ha hecho pensar mucho este duelo, el de la mirada a la naturaleza, al otro, al mundo, que se desvanece en el imperio de lo consumible. Tal vez los proyectos de escritura posibilitaron un breve estallido en añicos de los sentidos instrumentales que gravitan en la relación turificada y cosificante con la realidad, en los museos encontré una salida.

Quiero recordar ahora la relación con la belleza anhelada que surge de una de las últimas confidencias de John Berger, en la entrevista del Premio Cálamo concedida en 2005, en donde afirma: “cuando pensamos algo bello, nos imaginamos mirándolo, pero en realidad, quizás lo bello sea lo que nosotros queremos que nos mire”. Y esa mirada a la pintura y sentirnos mirados, partícipes de los colores, formas y abstracciones del mundo sucedido y en transcurso, será una forma de reclamar los museos como espacios de ciudadanía, como vida vivida, mundo habitable.


S.D

Puerto de Mazatlán

18 de mayo de 2022