sábado, 21 de marzo de 2020

Después del colapso. Una carta para el nuevo renacimiento

Serie "Urban fiction" de la artista china Xing Danwen


Escribir en silencio se parece a la lluvia. A estas horas hay millones de personas encerradas en sus casas bajo la amenaza del contagio del coranavirus que ha propagado en China, Italia y España un número despiadado de muertes. He recordado enseguida tras el nuevo récord de fallecidos en Lombardía aquel libro de poesía de Edgar Lee Masters titulado Antología de Spoon River, publicado en 1915 con sus doscientos cincuenta epitafios en verso libre sobre la América profunda.
El libro lo tuve en mis manos el otoño pasado en un mercado de Bolonia, entonces jamás imaginé lo que sucedería y aquellos poemas eran realmente una señal premonitoria de lo que pasaría en el norte de Italia. En México todavía la cuarentena es voluntaria mayormente y escribo en vilo estas gotas de rabia y dolor al comienzo de la primavera, mientras el colapso ha entrado de puntillas en la vida de la ciudadanía. No obstante, a pesar de la galopante crisis de emergencia sanitaria y los encierros domésticos que vaticinan un cambio radical en los modos de vida del capitalismo tardío, hay un indicio de esperanza que se vislumbra en la imaginación creativa de muchos ciudadanos que están multiplicando por medio de los soportes electrónicos un mensaje de resistencia, abogando por los recitales de poesía en streaming, compartiendo enlaces de películas y música para todos los gustos. La vida permanece puertas adentro.
La consternación generalizada ante las cifras fatídicas de la pandemia que continúa su camino mortífero no impide que desde las profundidades del universo íntimo y cotidiano de muchos hogares surjan gotas de agua, dispersas aún, con el halo espontáneo de la creatividad y del ensueño por cambiar las cosas y empezar de nuevo. Parece que el colapso social provocado por las cuarentenas y la suspensión extraordinaria del régimen imperante de la economía global ha motivado una aceleración de partículas en muchos lugares donde antes solo existía el creciente desierto posmoderno de la inercia espectacular de los rendimientos productivos, el consumismo masivo y el entretenimiento de masas.
Como en un cuento de ciencia ficción de J.G Ballard, titulado Días maravillosos, en el que los turistas ingleses retenidos por una crisis sin precedentes en los hoteles de Las Palmas de Gran Canaria en julio de 1985 se distraen del aislamiento con obras de teatro y otras ocupaciones culturales y que en la imaginación del escritor inglés, nacido en China, vislumbraba nuevas formas de vida que antes eran imposibles bajo la lógica perversa del sistema vacacional que acaba con todos los oasis. Las islas siempre han sido un lugar de evocaciones utópicas y desde hace siglos atesoran en su devenir histórico el signo del mestizaje y de la exuberancia, de las posibilidades inéditas. En Canarias, los surrealistas internacionales hace casi un siglo hicieron un llamamiento en favor de la imaginación y de los sueños ante una Europa que se lanzaba al vacío de la guerra mundial. Aunque ya el poder mediático de los turoperadores se han ocupado desde entonces en convertir el paraíso de la Macaronesia, las islas afortunadas, en un campo de concentración de cemento, diversión programada y deterioro ecológico planificado.
A estas horas en que todo el mundo sigue mirando hacia China por ser el origen del coronavirus, entre la expectativa de una vacuna real en pugna por las gigantes farmacéuticas y las sospechas de intelectuales como Noam Chomsky que advierten de la guerra bacteriológica bajo intereses de los Estados Unidos, he recordado las fotografías de la artista china Xing Danwen, que cuenta en su serie Urban Fiction la vida de un colapso venidero en las grandes ciudades. La belleza extrema de la luz y del vacío en la panorámica de unos edificios del futuro evoca la permanencia de la vida humana a pesar del desfase irreversible de una civilización tecnocrática que apenas está comenzando su conquista del espacio virtual.
Después del colapso debe llegar un nuevo renacimiento. Así como escribir se parece a la lluvia, tras los encierros colectivos volverá la vida de nuevo a las ciudades y solamente la memoria de la herida y la imaginación desatada ante la necesidad de la supervivencia podrán ofrecer en adelante una alternativa viable a un mundo encerrado en la hiperpublicidad de los escaparates y el dogmatismo absolutista del dinero. Volvamos de nuevo a las islas, a escribir sus horizontes. La única frontera que nos separa es la muerte y hay razones infinitas para mantener viva la esperanza.

Samir Delgado,
Marzo 2020   

domingo, 15 de marzo de 2020

"Lo que permanece después de la mirada" Reseña del libro Jardín seco


Por Cecilia Domínguez Luis


Samir Delgado toma de la obra pictórica de Fernando Zóbel, -pintor abstracto nacido en Manila en 1924- Jardín seco, el título para su poemario, editado en Madrid por Bala Perdida editorial y con un excelente prólogo del teórico y crítico de Arte Alfonso de la Torre.

Y, como no podía ser de otra manera, Jardín seco va a ser, además una mirada-homenaje a este artista.

No es la primera vez que Samir elige como fuente de inspiración la obra de un artista plástico relevante. Ya la hizo con Manolo Millares y sus “arpilleras”, y con él parece que el poeta ha iniciado un camino donde poesía y arte van a marchar al unísono.

Como en el caso de Millares el poeta ha debido pasar por un proceso de interiorización de la obra de Zóbel, sobre todo y a juzgar por sus poemas, por la fase que caracteriza a la época de Ornitóptero, que toma el nombre de la célebre máquina voladora de Leonardo da Vinci, y donde se observa una clara influencia de lo oriental. En ella, la luz, el difumino y los trazos de tinta negra van a tener un papel preponderante. Y, a poco que vayamos leyendo los poemas y relacionándolos con los cuadros, nos daremos cuenta de que tanto Zóbel como Samir nos ofrecen el hallazgo de una nueva mirada.

Tal parece que, en las cinco partes de las que se compone este libro, el poeta va recopilando y recreando la evolución vital y pictórica del pintor abstracto donde la alborada del entintado anuncia efemérides sin retorno.

Plástica, poesía y música conforman un mundo que va a desembocar en Jardín seco, la parte central y más extensa de este libro, en la que, entre otras cosas escribe: la corriente desplayada atrae un bestiario al culmen de tinta, y donde vemos cómo la palabra de Samir se une a los trazos de Zóbel para ofrecernos, en hermosa combinación, la visión que ambos, poeta y pintor, tienen del universo.

En esta parte alternan los versos cortos con los versiculares, estableciéndose una suerte de interdependencia entre la belleza de lo contemplado y las palabras que la expresan. Contemplación e interiorización que se traducen en versos como:

Observar el vuelo de la abeja reina a este pretil de madera/El espacio sagrado del estío hacia el orden puro del abismo, del poema Kensintong, a versos como Alta hora del cielo con suturas de negro/Y desde el blanco para siempre/ el carbunclo de la fugacidad; del poema Malagón que le sigue inmediatamente.

Los trazos de tinta se hacen más contundentes en esta parte, donde tanto pintor como poeta tratan de eternizar el instante fugaz, a través de transmitirnos una sensación de espacio-tiempo, totalmente desnuda de ornamentos, como ocurre con la pintura china.

No en vano Zóbel decía que «en la obra de arte lo que no resulta necesario sobre, incluso distrae, debilita y estorba.» de ahí que sus trazos pretendan eternizar lo que queda del objeto, después de quitarle lo que se considera fugaz.

En otras palabras, pintor y poeta tratan de atrapar lo que permanece. De ahí que la pintura de Zóbel y los poemas de Samir nos remitan al mundo de las ideas, de lo conceptual.

Siempre se ha dicho que la poesía trata de eternizar el instante por medio de la palabra, asi como la pintura a través de los trazos.

En este caso tanto poeta como pintor tratan de buscar una reconciliación con lo que les rodea, apuntando a su esencia.

Por fin en casa la hora sin título
La mirada soberana del pintor
En el jardín seco dos libélulas a un tiempo

Inevitable la presencia de Cuenca, lugar donde el pintor fundó el Museo de Arte Abstracto Español, y donde Samir vivió una temporada en la que tuvo ocasión de contemplar, con detenimiento la obra de Zóbel.

Ambos, pintor y poeta se impregna, aunque en diferentes tiempos, de la magia de la ciudad. Magia que Samir completa con el descubrimiento de los cuadros del pintor español, que le inspirarán este hermoso libro.

Una ciudad en la que descansan los restos de Zóbel y cuya memoria se verá reforzada e iluminada por el libro de Samir Delgado, que termina con un poema titulado el puente, cuyos tres últimos versos dicen: Para siempre el puente/ Tumba de Zóbel pintor/ Imago hominis.

Todorov decía, respecto a la belleza que «Alcanzar y reforzarla constituye, a su vez, el único medio para redimir una cotidianeidad desoladora.» Y esto lo ha conseguido Samir Delgado con su Jardín seco.


lunes, 24 de febrero de 2020

Machado es un mito que nunca muere / Machado est un mythe qui ne meurt jamais

Poetas ante la tumba de Antonio Machado en Collioure (1959, Francia)

Discurso de recepción del Premio Internacional de Literatura Antonio Machado 2020 (Francia)


El Premio Internacional de Literatura Antonio Machado es un símbolo importante en el panorama cultural en Europa, hay muchos escritores que han sido reconocidos por la Fundación Antonio Machado y es por eso que quiero saludar a todos los poetas que han participado en las convocatorias cada año. El recuerdo de Antonio Machado sigue vivo gracias a la poesía, felicidades a la Fundación.

Para mí, la figura del poeta sevillano Antonio Machado representa a toda la humanidad, el valor de una vida dedicada a la educación de los valores de paz y armonía entre las naciones, toda su poesía realmente fundó el paisaje de los campos y cielo de Castilla, Machado es un mito que nunca muere

La noticia de Machado es absoluta. Sus libros son como un susurro para seguir buscando la belleza de la vida. Además, muchos poetas internacionales han tenido a Machado como ejemplo, quiero saludar desde aquí a poetas como el árabe Abdul Hadi Sadoun, Subhro Bandopadhyay de la India, Martín Rodríguez Gaona de Perú, Mohsen Emadi de Irán o Charles Olsen de Nueva Zelanda. Y también los poetas galardonados con el Premio en Collioure, cada año y cada década el símbolo de Machado es un arco iris.

Para mí, la presencia de Collioure en el libro galardonado es un reclamo de imaginación literaria, nunca estuve en Collioure y fue escrito en México. Y gracias a la poesía, Collioure siempre ha sido un lugar visitado por la imaginación, la ciudad necesaria que ofrece luz a la memoria.

Si tengo que elegir una palabra sobre la relación de Antonio Machado y Collioure, sería: destino. Machado era un profesor de francés, en cierto modo la libertad del poeta siempre estaba a salvo en Collioure.

El libro "La carta de Cambridge " surge de la noticia de la carta que recibió Machado después de su muerte, la universidad le ofreció un puesto de profesor y el poeta si hubiera sobrevivido al comienzo del exilio habría vivido más tiempo. Este dolor y esta esperanza se unen en los poemas que son un viaje a los mundos de Machado, es decir, la vida. Muchas gracias

Samir Delgado


Le Prix international de littérature Antonio Machado est un symbole important dans le paysage culturel en Europe, il existe de nombreux écrivains qui ont été reconnus par la Fondation Antonio Machado et c'est pourquoi je souhaite saluer tous les poètes qui ont participé aux appels chaque année. La mémoire d'Antonio Machado est toujours vivante grâce à la poésie. Félicitations à la Fondation

Pour moi, la figure du poète sévillan Antonio Machado représente toute l'humanité, la valeur d'une vie dédiée à l'éducation des valeurs de paix et d'harmonie entre les nations, toute sa poésie a vraiment fondé le paysage des champs et du ciel de Castille, Machado est un mythe qui ne meurt jamais

Aujourd'hui, l'actualité de Machado est absolue. Ses livres sont comme un murmure pour continuer à chercher la beauté de la vie. De plus, de nombreux poètes internationaux ont eu Machado comme exemple, je veux saluer d'ici des poètes comme l'Arab Abdul Hadi Sadoun, Subhro Bandopadhyay d'Inde, Martín Rodríguez Gaona du Pérou, Mohsen Emadi d'Iran ou Charles Olsen de Nouvelle-Zélande., Et aussi les poètes récompensés à Collioure, Chaque année et chaque décennie, le symbole de Machado est un arc-en-ciel. 

Pour moi, la présence de Collioure dans le livre primé est une revendication d'imagination littéraire, je ne suis jamais allé à Collioure et il a été écrit au Mexique. Et grâce à la poésie, Collioure a toujours été un lieu visité par l'imaginaire, la ville nécessaire qui offre de la lumière à la mémoire.

Si je devais choisir un mot sur la relation d'Antonio Machado et Collioure, ce serait: le destin. Machado était professeur de français, à certains égards, la liberté du poète était toujours en sécurité à Collioure.

Le livre " Lettre de Cambridge" émerge de la nouvelle de la lettre que Machado a reçue après sa mort, l'université lui a proposé un poste d'enseignant et le poète avait survécu au début de l'exil, aurait eu plus de temps. Cette douleur et cet espoir se rejoignent dans les poèmes qui sont un voyage dans les mondes de Machado, c'est-à-dire la vie. Merci beaucoup

Samir Delgado


jueves, 30 de enero de 2020

El limo de la reminiscencia “Por el gran mar” de Andrés Sánchez Robayna

Andrés Sánchez Robayna "Por el gran mar" (Galaxia Gutenberg, 2019)


Hay libros en el devenir de la vida literaria de un autor contemporáneo que marcan un compás decisivo para atraer nuevos lectores de poesía en el mercado editorial. La visibilidad de una obra poética en el transcurso de esta tercera década de siglo depende de muchos factores que tienen que ver no solo con la trayectoria vital de un autor, sino también con la profundidad de su escritura, el potencial de trasvase de vivencias universales, el sentido gravitacional que habita en el universo poético de una voz. El más reciente libro de Andrés Sánchez Robayna (Las Palmas, 1952) titulado “Por el gran mar” (Galaxia Gutenberg, 2019) es uno de esos libros que a toda página están llamados a significarse como punta de iceberg de una biografía poética indispensable para entender el crisol del panorama poético en español, más aún al retratar de un modo íntegro la cosmovisión de su personalidad creativa, un poeta clarividente y solar que ha acentuado el poder revelatorio del lenguaje y el valor de la reflexión crítica en estos tiempos de incertidumbre global.

En México, la obra literaria del poeta y profesor Andrés Sánchez Robayna atesora un reconocimiento dilatado en el tiempo y ha facilitado el puente cultural para un diálogo fructífero en el mundo de las letras en español. Desde la publicación de una antología de poemas en la editorial Vuelta hasta la práctica aparición de los tres volúmenes de sus diarios en el prestigioso Fondo de Cultura Económica, la firma del autor canario se ha consolidado en la orilla mexicana como una de las expresiones del ámbito literario en español y su legado conserva tras multitud de libros y quehaceres la fértil amplitud de una mirada singular que aboga desde sus orígenes por la poesía y la modernidad ante los derroteros de la nueva era digital y cibernética. Su trayectoria como profesor universitario en la Cátedra de literatura española de la Universidad de La Laguna ya ha supuesto la donación de buena parte de su biblioteca, el antecedente primordial de la Revista Syntaxis y la importantísima labor de impulso y consolidación del Taller de Traducciones, que permanece como un espacio necesario para visibilizar la poesía internacional en el declinado universo de las humanidades. 

Una dedicación que además ha estado enriquecida con la constante aportación de obra ensayística de capital trascendencia, en asuntos relativos al paradigma de figuras históricas como Góngora, el diálogo con el arte y los artistas -suyo es el reciente libro dedicado a la obra plástica de Jorge Oramas- y la temática de la insularidad que ha ocupado al autor durante décadas, desde la imprescindible reunión de poetas canarios bajo el título Museo atlántico de principios de los ochenta, hasta el Cuaderno de las islas publicado por Lumen al principio de la década que acaba de concluir, y donde se citan textos de todas las épocas y lenguas bajo el designio y el hechizo de los horizontes insulares. Y no sobra recalcar otros impulsos de enorme significación como la edición primera que realizó Sánchez Robayna del poemario Lo imprevisto de Domingo López Torres –autor justamente homenajeado el pasado año por la ciudad de Santa Cruz de Tenerife- y la dedicación frecuente al estudio y difusión de la vanguardia artística y literaria de las islas que cada nueva década renueva el atractivo potencial de la tradición canaria en el marco casi inexplorado de una historia literaria de los territorios polifónicos de la insularidad atlántica del Caribe y la Macaronesia.

Además, para Andrés Sánchez Robayna el año 2019 supuso la oportunidad de una nueva edición de El libro, tras la duna (Sexto Piso), un volumen original de 2002 indispensable en su recorrido poético que incorpora esta vez novedades como el prólogo del francés Yves Bonnefoy, extractos de diarios sucintos que valen como documento heurístico del proceso de escritura y el dibujo original que Antoni Tápies dedicó especialmente a un poemario crucial en el desarrollo de los ciclos poéticos del autor. La luz y el mar, así como la isla toda, constituyen el espectro del mundo interior del poeta que ausculta el limo de la reminiscencia, el tiempo de los astros y el de la memoria familiar con un mismo pulso creador, el conjunto de su obra es un acicate para la indagación permanente del lenguaje que posibilita la propia huella de la vida en el deambular inexorable del tiempo. Y vuelven de nuevo París o Barcelona a ser las ciudades de evocación autobiográfica, junto a la luminosidad atlántica del paisaje insular que es habitado por medio del poema, más que como escenario escogido a priori bajo una determinación funcional, como en los sueños resultan ser el barranco y el oleaje, las nubes y las rocas, los signos vitales y geománticos de una hermenéutica que aspirando con influjo del romanticismo a lo absoluto y a la eternidad, es capaz de brindar al lector del mañana instantáneas de la vida personal que trascienden hacia una mirada universalizable de la propia existencia y la configuración del hecho poético como un elemento de verdad, de aletheia, de empatía humanizadora que reviste a la escritura de un grado de conciencia iluminadora y resistente ante la estandarización del yo desalmado y teledirigido de la globalización económica.

En el latido de la obra poética de Sánchez Robayna se encuentra un halo místico que afirma el surgimiento de un no saber que es perplejidad aurática y esplendente de la experiencia de vivir y del lenguaje ante el imperio de la racionalidad tecnologizante y el ordenamiento hiperconsumista de los deseos. Como en toda producción literaria de largo alcance, de la lectura meditada de sus libros y la consulta sistemática de sus diarios, pueden hallarse los indicios y las huellas de una reveladora incursión hacia el misterio mismo de la vida y la apasionante suculencia de una mirada hacia la naturaleza insular que desprende todo el magma utópico que ha destellado en cinco siglos diferentes momentos de universalidad y cosmopolitismo.

Ha estado siempre Sánchez Robayna muy cerca de Lezama Lima o de Juan Ramón Jiménez, el diálogo con la tradición no ha estado exento de modalidades de experiencia discursiva y de tramos de dilucidación poética para la vertebración de una moral de la imagen que se sucede como lingotes de significación vital. Así la campana tañe repetidamente en el trasfondo de la memoria, el bosque transitado o el ave irreal registran lo desconocido que resurge en el poema con la estatura filosófica de un proyecto de escritura que ha alcanzado el clímax de las coordenadas de la poesía para todas las épocas y lugares. En su nuevo libro, el poeta inicia el tempo de la lectura mediante el conjuro de una ola y la evocación trascendental de instantes de la infancia en la isla, el autor invoca la obertura de los treinta y cinco poemas que constituyen un libro providencial dedicado a la persona amada de un modo profundamente conmovedor, ante los avatares de la finitud y de la muerte, y que sin duda alguna potencia la entrada de lleno en el mundo propio del autor que ha sido referente de un oficio escritural que ha combinado el ensayo, la poesía y los diarios como un proyecto vital unitario.

Al igual que Octavio Paz o José Ángel Valente, autores afines con un lugar destacado en el patrimonio de amistades poéticas que han enriquecido la mirada de Sánchez Robayna, el mar y la isla del poeta canario van más allá de la pradera de Frédéric Boyer o la Rua dos Douradores de Pessoa-lugares y espacios de fundación mitopoética- siendo el firmamento escrutado de la isla, el volcán y su silencio ancestral, la cartografía genuina de una escritura que refulge desde la carne propia como un tránsito existencial que espejea la hondura y el vértigo de la interrogación contempladora y el hallazgo de la belleza compartida que el poeta siempre ha confiado en un acto permanente de donación al lector, de la palabra y la imagen, del mundo y de la luz, mientras “resuena la grava, el sol revive, el cielo gira”.              

Samir Delgado, 2020

Publicado originalmente en el suplemento cultural El Perseguidor
Diario de Avisos, Islas Canarias

miércoles, 1 de enero de 2020

“Una tercera dimensión, un espacio poético y plástico” Reseña del libro Jardín seco



Michael K. Schuessler
Profesor y ensayista, Doctor en Lenguas y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California (UCLA)

Hace no mucho escribí un breve texto sobre el vate estadunidense Walt Whitman, quien en 2019 cumplió 200 años, y cuyo verso libre y estentóreo servía para recordarme que muy pocos poetas aún practicaban los versos cincelados y platerescos del aquel siglo de oro español, que, por cierto, abarcó dos siglos: ya casi no se escriben sonetos, ni liras, ni décimas, ni, mucho menos, silvas, si bien estas eran las formas que había estudiado con tanto entusiasmo durante años en UCLA, en particular bajo la tutela de mi recién desaparecido maestro, el español exiliado en México, José Pascual Buxó: no solo gran autoridad en la cultura literaria novohispana, sino poeta él mismo, y muy bueno. Esto lo menciono porque debo confesar que descubrí la belleza y el ingenio de la poesía contemporánea guiado por los sinuosos versos de Samir Delgado, quien, en el libro Jardín seco evoca y practica una especie de poesía sincrética que si bien ha dejado atrás el corsé formal de octosílabos y endecasílabos, encierra en su esencia los valores más insondables, inabarcables, diría también “inefables”, de la poesía universal, es decir, la poesía con “p grande”.
En primer lugar, muchos, si no todos, de estos poemas se inscriben en el subgénero poético llamado “écfrasis”, y con eso quiero decir que son versos que, a partir y por medio de imágenes verbales, recrean obras artísticas, plásticas, en este caso los lienzos de Fernando Zóbel, un extraordinario pintor español nacido en Filipinas, a quien, debo confesarles, yo desconocía por completo. Así que la primera tarea de esta encomienda fue la de buscar información sobre este artista, su juventud filipina, sus estudios en la universidad de Harvard, su contacto con el arte abstracto de artistas estadunidenses de la talla de Mark Rothko y Franz Kline. Zóbel resultó ser toda una revelación y si hubiera tenido más tiempo, mis palabras serían acompañadas por las imágenes pictóricas de este gran pintor español, cuya obra custodia -en la hermosa y aérea ciudad de Cuenca- el Museo del Arte Abstracto Español. Nunca había asociado España con la pintura no-representativa, abstracta, pero de repente me acordé de una visita al Museo del Prado donde, en la lobreguez de su sótano, pude observar las pinturas de quien muchos consideran el padre del arte moderno: Francisco de Goya.
Pero volvamos a la écfrasis, porque creo que sirve muy bien para un primer acercamiento a este poemario de Samir Delgado. Este tópico literario llamado écfrasis (del griego “explicar hasta el final”) es tan antiguo como la cultura clásica grecolatina, pues nos viene del poeta griego Simónides de Ceos, nacido en 556 a.c., autor de la célebre -si bien a veces mal interpretada- frase: «la poesía es pintura que habla y la pintura poesía muda». Siglos después, nada menos que el gran vate romano Horacio reformularía esta frase de una manera más concisa: “ut pictura poesis” (como en la pintura, en la poesía). En el caso de estos poemas de Samir Delgado, la relación entre los dos géneros artísticos es más que una supuesta afinidad inter-artística, porque en sus versos el poeta logra crear lo que se podría designar como una tercera dimensión, un espacio poético y plástico que no solo refleja, sino que recrea la obra de arte que ha servido como inspiración de sus versos. Con esto quiero decir que no es solo una recreación verbal de un objeto plástico – pensemos, por ejemplo, en la romántica “Oda a una urna griega” donde el inglés John Keats pinta con palabras los elementos visuales más emblemáticos de este recipiente funerario. Tampoco es lo que se podría considerar -como en el caso del celebrado soneto de la ya mencionada Décima Musa: “Este que ves, engaño colorido”, donde, por medio de la “versificación” de un silogismo clásico, la monja jerónima critica y expone un retrato suyo por lo que, al fin y al cabo, a través de su  “cauteloso engaño del sentido” resulta ser: “polvo, sombra, tierra y nada”, esto porque su condición física, plástica, inalterable, no permite el irremediable pasar del tiempo. No, los poemas de Samir Delgado (de estructuras varias, pero todos con los principales elementos que, a pesar de todo, siempre han constituido (y constituirán) el acto poético: el ritmo, la imagen, la metáfora, e incluso la musicalidad. Y ahí está otro aspecto de su poesía, un acto poético que se podría llamar “sinestésico”, en donde los colores se vuelven sonidos, el tacto se convierte en color, el aroma en imagen, todo esto un producto muy complejo de las impresiones (las transmisiones) de los cuadros de Zóbel observados intensamente con el ojo poético del autor, quien, como en un acto de sortilegio, pasa estas impresiones por el crisol de su perspicacia, su destreza verbal, y su sensibilidad poética, para devolvernos algo que nunca es simplemente el producto del lienzo sino, quizá, la verbalización lírica de lo que el cuadro no comunicaba, acto que, en el libro de Samir Delgado, resulta en un producto híbrido, autónomo, una especie de golem del verso que toma de sus diversas partes (imagen y palabra) y siete sentidos, para invocar algo nuevo que solo existe en otro plano de la existencia en un esfuerzo que, como otro Simónedes de Ceos, Samir Delgado “explica hasta el final”.

martes, 10 de diciembre de 2019

Condición del agua (Del libro "Los poemas perdidos de Luis Cernuda")

Obra de Roger von Gunten ("Éter" 2015)

<<CONDICIÓN DEL AGUA>>

                                            Todo es mundo y material para pintar
    Roger von Gunten
                                                                                                                            
I

LA lluvia
de lejos

o estar
bajo la lluvia

el poema
trasciende

la condición
del agua

II
                              
LAS nubes del nuevo país detenidas por un minuto intenso, profundo, trascendental. Mirar las nubes durante un espacio de reflexión íntima a través de la ventana solitaria. Sentirlas como propias en su condición del agua. Y en esas nubes la historia de un tiempo propio que fue del poeta, más allá de la ventana cerrar los ojos entonces, para alcanzar aquellos blancos que dan cuerda a todos los mundos por venir


III

LA belleza es la experiencia de todas las experiencias-dijiste- la clave está en que la belleza como tal, cualquiera que sea, devuelve al yo su condición plena, de todas las experiencias suyas reunidas, en tanto que capacidad de ver. Más allá de la idea de un objeto depositario que contrae sobre sí la plenitud del mundo, la belleza incentiva en el que mira la condición del agua: lo que vive da vida, el agua que siempre se experimenta de un modo extrañamente compartido


Samir Delgado, Los poemas perdidos de Luis Cernuda (Literatelia, 2019)

lunes, 25 de noviembre de 2019

Galdós entre América y Castilla



Volver a Galdós cien años después es posible a través de esta conferencia escrita durante una estancia en Estados Unidos y leída en la Universidad de Boston y la Casa Museo Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria. En vísperas del centenario de la muerte de la figura emblemática el escritor canario permanece en sus obras  bajo la estela crucial de representar a uno de los mayores exponentes de la novela en español de todos los tiempos. En el transcurso de un siglo después de Galdós han despertado nuevas miradas alrededor del imaginario atlántico, el designio de la periferia y la conexión inédita de narrativas mestizas que confluyen bajo el universo de la condición insular. La imagen de Galdós entre América y Castilla refleja un profundo latido de cosmopolitismo y de universalidad que se asemeja a la estela literaria de otras personalidades de la cultura universal en la modernidad como Derek Walcott, Saint-John Perse y José Lezama Lima

A Alan Smith y Juan Casillas

FUE en un mes de septiembre cuando Galdós llegó a Madrid. Todo lo que vino después tras dejar las islas para siempre es asunto de la historia de la literatura española y universal. Los veranos en Santander forman parte del imaginario del escritor en todos los veranos y su afición en la edad infantil por los cuentos se tradujo en la redacción capital de los Episodios Nacionales. Fue Don Benito diputado, viajero de tercera en los ferrocarriles de la época, asiduo del ateneo madrileño y hombre de ideales republicanos.  Su figura como novelista representa una de las cumbres del idioma español de todos los tiempos y se le quiere en Canarias como uno de los símbolos de su identidad, aunque siempre se cuenta la anécdota de las últimas piedrecitas que se deshizo de los zapatos al salir de las islas.

SIN embargo, fue en la Castilla profunda del sueño quijotesco donde Galdós ubicó su futuro anclaje existencial, en los mares de tierra de esa península ibérica trastornada por los embates entre liberales y conservadores, republicanos y monárquicos, la misma que reconoció el caballero cervantino en sus días de gloria junto a Sancho Panza. Para quienes no estén familiarizados con los personajes de muchas de sus novelas, esa intrincada maraña de psiquis humanas retratadas con maestría por la mirada de Galdós, no se imaginan el volumen de influencias que tuvieron el río Tajo, Toledo capital y los campos de la Castilla nueva a la hora de poner en marcha su territorio narrativo. Son multitud los manchegos de procedencia que habitan sus páginas, desde Ángel Guerra hasta la saga familiar de los Miquis, mancebos y doncellas de ese “triste y solitario país donde el sol está en su reino y que Galdós extrapola a la trama general de sus muchos episodios sobre la España convulsa que le tocó vivir y contar. Y tenía que ser precisamente un canario el que se echara a la espalda la infinita y providencial labor de escribir la historia de un estado imperial venido a menos tras 1898, mal gobernado por los caciquismos y una iglesia apostada en la trinchera de la reacción conservadora.

DEJÓ este mundo Galdós en un mes de enero de 1920, no tuvo ocasión de vivenciar el capítulo sangriento de la guerra civil y tampoco el peso de la dictadura franquista, y ya mucho menos atisbar el desenlace democrático hacia este capitalismo en crisis de la era global. Pero valgan algunas de sus palabras a la manera de ejemplo sobre su talla moral y poder visionario cuando en un temprano mitin republicano ofrecido en una plaza de toros de Toledo, allá por 1909, dijo que era “La Mancha el solar literario de España” y “en cuyo seno alienta toda la realidad de la existencia humana”. A ellos, a todos los caballeros de la Mancha pidió Galdós hace más de cien años que lucharan por el bien y por la justicia hasta desencantar a la señora de los altos pensamientos, hasta implantar en España la república.

HAY en todos los escritores de todas las épocas y estilos una misma vocación íntima que se traduce en el acto mismo de escribir, el pulso milimétrico que requiere la palabra escrita contiene la maravillosa virtud de devolver a la vista su potencial demiúrgico, ver los pensamientos y los sentimientos canalizados a través de la floritura del alfabeto genera un placer inusitado que solamente en la infancia se apodera de nosotros esa primera experiencia creativa y en cientos de millones de seres humanos desaparece sin dejar rastro.  Pienso en todos los personajes  y todos los libros de Galdós como en una isla que flota sobre las mareas de tinta que Don Benito hizo suya y para todos ¿No hay en ese legado, en esa donación infinita, en ese corpus galdosiano un signo de universalidad que vuelto a considerarse en su origen nos lleva al punto ínfimo que lo creó, a los ojos del propio Galdós en vida y en los instantes auráticos que se esconden en el silencio de su escritura?

MIRAR a los ojos de Galdós es posible. A esta hora en vísperas del centenario de su muerte me parece un modo atractivo de regresar a su figura emblemática como uno de los grandes exponentes de la literatura universal. Es posible mirar a los ojos de Galdós en el retrato que pintó en 1894 Joaquín Sorolla. Hay en su mirada un aire familiar que establece cierta intimidad cercana, un vínculo afectivo que tiene una relación directa con la procedencia canaria del novelista de los Episodios Nacionales. He visto muchas fotografías de personalidades canarias de finales del XIX cuando posar ante una cámara suponía una afirmación social que otorgaba un grado considerable de eternidad. Como el retrato de Galdós recuerdo especialmente otras dos figuras del modernismo insular que provenían de la misma ciudad: Domingo Rivero y Alonso Quesada.  Hay en la mirada de cada uno un aura especial que los distingue como aquellos creadores nacidos bajo el signo del atlántico y que dedicaron buena parte de sus vidas a la palabra escrita.

DESPUÉS de mirar largo rato a los ojos de Galdós y encontrar un aire de semejanza con otros escritores de la isla, pienso que ese lazo de comunión insular debe ser explicado a quienes no han visitado alguna vez las islas Canarias y a quienes tal vez no conozcan a los otros escritores que vivieron los azules que perviven a la magia de los volcanes. A decir verdad la pertenencia de Galdós a la isla tiene unas fechas exactas que lo distanciaron espacialmente de las coordenadas circunstanciales que determinan la vida en las islas. Sin embargo, la influencia de su pasado originario bajo el horizonte de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria no precisa necesariamente de una justificación temporal y mucho menos de una evidencia documental que por lo demás puede llegar a resultar compleja y extenuante entre la laberíntica bibliografía galdosiana. Justamente la prueba milagrosa de la condición insular que late en el corazón de Don Benito se intuye en el propio hecho biográfico que nos recuerda que el escritor de las grandes novelas del realismo español abandonó su isla natal para llegar a Madrid y dar el paso decisivo en la vida de un escritor para ver publicada su obra y nutrir el tintero de su imaginario con todos los detalles y matices que otorgaba la vida cotidiana en la capital de España. También otros escritores de la tradición literaria de las islas siguieron ese mismo proceso con diferentes periplos y odiseas. Volviendo a los mencionados autores canarios se sabe que Domingo Rivero pasó parte de su vida viajando y que Alonso Quesada apenas salió en muy contadas ocasiones fuera de la isla. Este es uno de los centros de gravitación de la literatura canaria, estar dentro de la isla y estar fuera al mismo tiempo”. Las idas y venidas de muchos escritores marcados por la insularidad reflejan una extraordinaria estela histórica que contiene una constante- un signo, un designio, una significación, que evidencia la participación en un mismo universo que hace de la isla el camino más cercano al cosmopolitismo y a la universalidad.  

ESTE panorama de lo insular en la vida literaria no se limita a Canarias, también sucede con otros episodios y lenguas: Saint John Perse hizo de la isla y del Caribe su espacio íntimo de creación aún haciendo su vida lejos del departamento de ultramar francés. El propio Lezama Lima nunca salió de La Habana por una temporada considerable y convirtió la residencia insular en el conducto revelador y atrayente de unos jardines invisibles que otorgaban la revelación y la trascendencia. Así también otros referentes más cercanos a estos días como el premio Nobel antillano Derek Walcott que escribe en el idioma de Shakespeare la versión caribeña de la odisea y los franceses Michel Houellebecq y Le Clézio quienes representan el último grito de las novedades editoriales y que de un modo u otro en sus novelas se hace de las islas un denominador común por sus conexiones con islas del océano Índico.

GALDÓS es esencialmente insular: el escritor solitario que hace de su vida una isla compartida por multitud de voces. Es la polifonía atlántica. Y ese distinto define la propia condición insular, salió fuera para llegar más adentro.  La basculación del oleaje en la mirada interior del escritor constituye una clave cosmovisional. El paisaje de la isla, los colores de la ciudad atlántica, la suave determinación del acento canario marcado por su anclaje tricontinental entre América, Europa y África suponen el magma confabulador que proyecta el potencial del escritor canario capaz de llevar a sus libros la época que le tocó vivir. Es el novelista un visitador de almas y costumbres, por su procedencia lejana  le quedó más cerca el ventanal que le brindaba la vida madrileña de entre siglos.

Y ASÍ sucedió que Galdós abandonó la isla para habitar la suya propia con una temperatura cosmopolita, la penetración incisiva de su mirada en los diferentes aspectos de la sociedad española tuvo una mayor altura precisamente por su condición insular. Dijo Goethe que la literatura era el fragmento de los fragmentos y que el hombre ve en el mundo lo que lleva en su corazón. El que fuera hijo de militar con vocación de cronista hizo de su nomadismo literario un caudal infinito de ecos y sombras que revelaron la temperatura de una civilización. Entre guerras, constituciones, monarquías, repúblicas y avatares mil el novelista comprendió el don de su peregrinaje trasatlántico, el oficio de escritor devino en dedicación cosmogónica, todas las virtudes y defectos de la España galdosiana fueron registrados en la viva voz de sus personajes y protagonistas. Así hasta la ceguera tardía que precisamente formaba parte del designio insular, del volcán que se apaga, del nativo habitante del terruño atlántico que agotó hasta sus últimos días la belleza del idioma y convirtió el silencio de la lectura de sus libros en el mundo mismo.  

LOS viajes de Galdós comprenden una vigilia sobre los estados del alma y el acontecer de todo lo humano. A pesar de las discrepancias con la Real Academia y la enemistad de la Iglesia que le costó el Premio Nobel, el escritor canario se hizo a la mar en una odisea distinta a la de muchos otros emigrantes que alcanzaron el Nuevo Mundo. Galdós cumplió con la predestinación del insular que abandona la tierra que le vio nacer para tocar el cielo de los sueños. Como los antiguos aborígenes de las islas que fueron enviados a tierra desconocida y extraviaron la simiente en otras lenguas y destinos. Hay en el escritor un cumplimiento testificante, que tuvo durante su dedicación en vida a la escritura una fuerza visionaria alimentada por el salto hacia los orígenes, el camino inverso a la profundidad de la isla atlántica, las novelas fueron la eclosión y el delirio del mundo que Galdós vivió. También esta es la condición insular, la lejanía hace que las estrellas queden más cerca. Y Madrid tuvo en la vida del escritor una escollera para las mareas y oleajes de una sociedad convulsionada por los cambios de la modernidad planetaria y el peso de un devenir histórico repleto de luces y sombras.

UN siglo antes otro canario repitió con anticipación iluminadora el rumbo insular hacia los centros del poder. En las Cartas de la Corte de Madrid, el Vizconde de Buen Paso, Cristóbal del Hoyo Solórzano y Sotomayor, con su pluma en mano cuenta con pulimentada ironía los derroteros de una sociedad corrompida hasta el hartazgo y ajusta cuentas desde “la mirada otra” del foráneo recién llegado, capaz de adivinar y desentrañar los secretos y oscuridades de la ciudad de Madrid. Fuera de la isla, la escritura se apodera de una fuerza dialéctica y envolvente que puede llegar a deslumbrar ante el crisol inédito de sentidos  que se llegan a hacer por fin evidentes. A veces, fue el elogio y otras la desilusión,  la condición insular aclimata la mirada del creador con una perspectiva debeladora de las encrucijadas del tiempo sobre los espacios lejanos que se unen en uno solo: la escritura.

EL camino de Galdós hizo de la isla su destino. Igual que la orografía del paisaje volcánico atesora los fundamentos y las herencias de su tiempo natural a través de huellas y señales mayormente invisibles para el ojo, en las novelas existe la protuberancia de un tiempo social que obtuvo su plasmación literaria con un alto grado de verdad. Allí están las “almas de su tiempo vivido” contadas con la magistral evocación de un solitario contemplador, del escribiente insular que mira con igual penetración los corazones, las ruinas y los atardeceres de Madrid. Igual que isla adentro las páginas de la política española se escribían por sí solas bajo un silencio poblado de otros ecos y de un lugar a otro existiera un “tercer lugar” propicio para la lucidez de la imaginación y la exactitud del retablo literario.

MIRAR a los ojos de Galdós un siglo después tiene esa misma magia convocante y sus libros prosiguen la osadía del desafío humano al olvido de los dioses. Considerando la estela atlántica de la tradición literaria de Canarias se han sucedido numerosas tendencias estéticas que desde el renacentista Bartolomé Cairasco de Figueroa a las vanguardias de os años de la II República han participado de modo trascendental en la condición insular de la escritura. Tal vez sea una ontología: la soledad de la escritura como necesidad antropológica y la vocación de alcanzar a ser medio de ese silencio extraño- hay que recordar que Shakespeare dijo que “la isla está llena de ruidos, sonidos y aires dulces que deleitan y no dañan”-, a través de la magia polifónica de las palabras llegar a otro lugar y hacerse eco en el círculo iluminador de la condición insular. Como un juego de espejos el escritor atraviesa la escena principal de la vida espiritual de su tiempo y escribe a lápiz para reproducir como una caja de resonancia los deseos, querencias y lamentos de otras almas que pueblan igualmente sus propias islas de la existencia común.

COMO Galdós, otro de los escritores insulares de mayor solera en el panorama de la generación surrealista y artífice de la Revista Gaceta de Arte-expresión internacional del más enérgico cosmopolitismo-, Domingo Pérez Minik es su nombre, estudioso de los devenires  de la novela y el teatro europeo, advertía que la isla era un profundo drama geológico y que el insular cuando toca tierra firme del continente se procura de una energía liberadora que conducía a asumir una extensión mayor de sus posibilidades. Y Lezama lo sabía, de ahí que su sedentarismo oracular lo llevó a comprender el designio de la noche insular y el ingente sacrificio de visitar las eras imaginarias a través del verso barroco y convertir a la propia familia en el elenco fascinado de la novela Paradiso. Hay que tener la oportunidad al menos una vez en la vida de entrar en la casa de Don Benito Pérez Galdós, en el museo que lleva su nombre, al igual que en la habanera calle Trocadero palpita aún el eco de los banquetes de fruta lezamianos.

EN la ciudad atlántica de Las Palmas de Gran Canaria el oleaje constituye un enigma, los ojos de Galdós nunca dejaron de habitar el caudal infinito de las historias del oleaje, como la vida misma. Aquí nos podremos dar cuenta cabal de un mundo que fue la cuna del novelista, durante un mínimo paseo por el intervalo de sus interiores salta a la vista el vacío que dejó atrás al abandonar la isla, dos veces, y por última vez, algo más de veinte años antes de su muerte, lo que no era otra cosa más que el infinito de posibilidades que se estaban efectuando en el tiempo de vida transitado entre sus novelas y sus cartas, sus rumores y sus compromisos cívicos. Fuera de la isla Galdós multiplicó de igual modo sus deudas con los acreedores y los títulos de sus novelas, el escritor se lanzó de cabeza, en un momento dado de su fuga al centro, a las aguas interiores del alma humana y con el lenguaje de las gentes dio vida renovada al idioma español.

EL libro La Fontana de oro dio un gran impulso a una carrera literaria que le encumbró a la cima de la literatura universal. Todavía recuerdo en el Madrid del nuevo siglo posmoderno acudir a plena conciencia al establecimiento galdosiano y encontrar in situ una lejana placa conmemorativa rodeada de pantallas televisivas con partidos de fútbol ¿Qué queda en Madrid y en la isla del mundo que conoció Galdós? En los personajes y en los temas de sus novelas permanecen los ojos del escritor canario y la actualidad española de una manera radical. La escritura como modo de vida, no solamente en el sentido  de un estilo, sino más bien  en el modo de estar vivo esencialmente, aparece en el espectro de Galdós como una expresión vital, un arte de novelar que bebe de la pintura, de la escultura y de la música a un mismo tiempo y además alterna de una manera auténtica la pulsión romántica del escritor solitario, la pulsión mítica del evocador de imágenes y la pulsión de la modernidad con la fe en la libertad como modus operandi y la proyección futurible de un mundo escrito, el realgaldosismo, capaz de revivir más allá de su tiempo y de su espacio una isla-continente de vidas que desafían no solamente a la física sino también a la eternidad.

VOLVIENDO a Lezama en sus apuntes sobre Góngora dijo el de Trocadero: “todo lo que el hombre testifica lo hace en cuanto imagen”. El universo humano de Galdós representa la tentativa global de un escritor por testificar el tiempo y el espacio que le tocó vivir. Su procedencia canaria lejos de representar un hecho biográfico aislado, circunstancial, anecdótico, supone la inmersión participante en una estela insular que lleva consigo las sombras de lo volcánico y el designio de esclarecimiento sobre la imagen del ser en la isla, un “siendo” del que beben otros autores de su misma condición. En el umbral de entre siglos tuvo lugar en la isla la eclosión tardía del romanticismo literario: de la mano del también grancanario Nicolás Estévanez se dio a la luz un rescate in extremis de la mitología aborigen y una mirada de reconciliación hacia las huellas ancestrales de la población insular milenaria. También el poeta canario pasó cuarenta años de exilio en Paris tras su icónica deserción del ejército español cuando sucedieron los fusilamientos de estudiantes cubanos en pleno conflicto colonial. El que fuera compañero de estudios de Galdós asumió el reto de dar testimonio en sus diarios de la condición insular en ambas orillas del atlántico y suyo es el poema “Canarias” que a día de hoy hizo de la sombra del almendro la imagen por excelencia del himno oficial de las islas. Aquella conjunción de antigüedad y modernidad que se fundió en las estéticas insulares de los últimos años de Galdós tuvo su eco tardío en la afamada declaración del Manifiesto de El Hierro en 1975- el año de la muerte de Franco- cuando artistas de la talla de Martin Chirino- el escultor de las espirales guanches que acaba de fallecer este mismo año- elevaron a los cuatro vientos cardinales la afirmación esencialmente atlántica y tricontinental de que “la universalidad radica en nuestro primitivismo”. Este lado profundo, biocéntrico, renovador de la mirada hacia la naturaleza y la sociedad representada en las islas y en la infancia del ser humano contiene un dispositivo emancipatorio que conecta otras islas y otras épocas en una odisea de lo humano que convierte a la tarea de la escritura en un proyecto cosmopoético.

Y mirar a los ojos de Galdós es posible también a través de las sombrasen curso de sus personajes.  Volver a caminar con él la carrera de San Jerónimo que abre el primer capítulo de la Fontana de oro evidencia a todas luces ese guiño maravillante de todo lo literario y artístico que hace que las cosas que fueron representadas por la pluma del escritor se acaban convirtiendo, trasmutando en el modelo, en el arquetipo, en la imagen. Y ya todo lo demás en el transcurso funesto de la vida se parecerá en algo a lo que fue escrito. Como le sucedió al personaje de Clara en la via crucis del capítulo treinta y ocho de la Fontana de oro, “apartó la vista de aquella claridad, miró al lado opuesto, miró a la calle, en derredor, y no vio nada (…) Parecíale como una falange de astros humanos, de cielos y mundos en forma de seres vivos que allí se determinaban dentro del espacio mismo de una llama sin fin. Cada uno engendraba miles, cada mil un millón”.  Galdós hablo poco de sí mismo y mucho desde los demás. A propósito  de su condición nómada, errante, insularia nos confiesa en alusión a su amigo José María de Pereda: “él no duda, yo sí. Él es un espíritu sereno, yo un espíritu turbado, inquieto. Él sabe adonde va, parte de una base fija. Los que dudan mientras él afirma, buscamos la verdad y sin cesar corremos hacia donde creemos verla, hermosa y fugitiva”.

EL escritor canario Don Benito Pérez Galdós provenía de las islas atlánticas de la Macaronesia, que al decir de los griegos representan el lugar divino por excelencia en la tierra, las islas afortunadas. La huella humana que pervive en el archipiélago atesora un sinfín  de procedencias y destinos, como dijo el poeta surrealista André Breton, las islas son la zona ultrasensible del planeta. Y para volver de nuevo a mirar a Galdós es posible hacerlo en los ojos de otros poetas, artistas y escritores de las islas como él que habitan el tiempo distinto y profundo de los volcanes atlánticos.  

UN siglo después de la muerte de Galdós hubo en el cronómetro cosmopolita de las islas otras vidas que siguieron el compás itinerante de la condición insular. Entre muchos quiero recordar a esta hora la figura del poeta y pintor Manuel Padorno, autor de una obra literaria justamente hechizada por la naturaleza de las islas y el viaje a Madrid. El escritor insular varado en Castilla acometió durante largas décadas de escritura el proyecto de llegar al otro lado, recorrer la playa de la vida en una búsqueda del vértigo del sol y la alteración de los sentidos para ver distinto, ver lo que no se puede ver, una ceguera iluminadora y trascendental que hacía de la palabra escrita el pasaporte del nómada insulario a los territorios de edenia, la isla sumergida, el mundo todo. Como Galdós, él también cruzó el atlántico en un viaje de idas y vueltas que constituían un espacio propio, íntimo y a la vez universal. Allí está el camino de una aventura que no cesa y que en la palabra escrita nos llega como una invitación.

LO dijo Galdós por boca de uno de sus personajes al final de Fortunata y Jacinta, fechada la novela en Madrid en junio de 1887 “Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi vida con una claridad que no puede provenir más que de la razón (…) No encerrarán mi pensamiento… resido en las estrellas”

Samir Delgado

Boston-Gran Canaria, abril / octubre 2019