lunes, 21 de diciembre de 2020
“De la naturaleza artística a la nebulosa lírica: una ruta bidireccional” Reseña de Noel Olivares
lunes, 14 de diciembre de 2020
Canarias y la poesía hispanoamericana
El pasado mes de noviembre tuve
el honor de participar en el Coloquio Iberoamericano de Poesía del mítico Claustro
de Sor Juana en Ciudad de México, un espacio de encuentro de diversas nacionalidades
que ha debido sortear esta coyuntura sanitaria global. Allí pude afirmar que una
tradición poética como la de Canarias está construida a contracorriente
respecto al centro y que aún siendo considerada como una región ultraperiférica
hubo en las islas un renacimiento, modernismo, surrealistas y poesía civil. Canarias
ha sabido reconstruir su propia tradición frente a las inercias del poder, por
lo que hoy en día la creación poética insular, naturalmente plural y diversa, posibilita
que un universo simbólico como el de los archipiélagos se reivindique como el
de los otros que nunca fueron y no dejaron ser, ya que nosotros somos los otros
en el revés del proceso de civilización. Pienso en Alonso Quesada o el Vizconde
de Buen Paso quienes regresan de sus viajes a Madrid con un mismo pálpito
desorbitado.
La tradición poética de las islas
bebe de la lengua española y sin embargo no debe arrastrar ninguna inferioridad
en su relación con otras tradiciones del español o de otras lenguas. Las islas
cuentan con un extenso patrimonio creativo en su devenir cultural, cada vez es
más necesaria la crítica literaria y el diálogo entre generaciones, sin embargo
de nada valen las exclusiones y los apartamientos de la rivalidad entre
tendencias, todas las voces suman la riqueza de la polifonía, por ello seguir
por la senda del desconocimiento de la amplia cartografía de la poesía canaria
no debería ser la pauta en la afirmación de alternativas. En el reciente artículo
del poeta Ernesto Suárez en los Cuadernos Hispanoamericanos, se ofrece una valiosa
miscelánea de elecciones personales sobre voces poéticas que abarcan desde los
años 80 hasta el 2020. A pesar de las habituales ausencias, sería muy positivo
para el diálogo crítico tener en cuenta a autores prominentes ya fallecidos
como José Carlos Cataño o Francisco Tarajano, distantes en la edad y en el
registro, pero que confirman la pluralidad de nuestro paisaje poético. Desde la
voz del poeta del desarraigo que habita la isla por la distancia y el poeta de
la identidad ancestral que regresa de la emigración. Como ellos hay una multitud
de poéticas múltiples que merecen ser consideradas sin el menosprecio del
silencio y manifiestan la existencia de una diversidad necesaria en la literatura
insular.
A pesar de la desaparición
crónica de revistas literarias con la llegada del milenio y de la inexplicable falta
de publicación de las actas de los últimos congresos de poesía canaria en lo
que llevamos de siglo, la tradición poética insular confluye en la transición
democrática hasta la Autonomía de un modo intergeneracional. Las islas navegan
desde el eco de las palabras hacia nuevas realidades y por eso las grandes carencias
de estudios canarios en la universidad y del apoyo institucional al libro
editado en las islas abona los terrenos del latifundio de nuestro propio desarraigo
dentro y fuera de las islas. La escritura poética en Canarias es una gran
aportación poco conocida aún en las literaturas hispanoamericanas, lo he presenciado
en foros académicos de la diáspora caribeña en Nueva York y en festivales como el
de Medellín.
Nuestras letras son un crisol de
posibilidades aún inexploradas, lejos de abandonar la isla tal vez lo que
precisamos es regresar nuevamente a ella, a la tierra inmemorial de los
imaginarios, si bien toda frontera implica un límite, la identidad
tricontinental de Canarias reúne las condiciones históricas de una personalidad
atlántica que puede significarse en alternativa universalmente deseable, frente
a los dogmas y elixires de la realidad dominante durante siglos. Ahí están las
poéticas de las otras insularidades de la Macaronesia, todavía bajo el silencio
de una distancia del idioma que pone a la luz la inacabada posibilidad de las teleologías
de lo insular como proyecto universalista, libre del disfraz del falso exotismo
y los jardines del bienestar superficial de los hoteles cinco estrellas que nunca
vieron Galdós o Dulce María Loynaz.
Puede resultar de interés un
verso del poeta fluvial francés Jacques Darras cuando afirma que la poesía es
una industria metafórica indígena, los seres vivos en tanto habitantes del
planeta precisan del imaginario de lo poético, de ahí que a pesar de la encrucijada
planetaria que cada vez se parece más a una segunda pérdida del paraíso en una
fase irreversible, resulta que la poesía, la literatura y las múltiples
disciplinas artísticas de la expresión humana son auténticos oasis en resistencia
sobre la corporalidad de todo signo, mantienen el pulso del humanismo y de los
acervos de la cultura que sostienen la utopía, lejos de la cortesanía oficial
del sistema que ha llevado montañas de paraliteratura a las librerías en crisis.
En la Universidad del Claustro de
Sor Juana de la Ciudad de México, un diálogo entre poetas de distintas procedencias
y lugares muestra que son necesarios los espacios de diálogo en la universidad.
Más allá de la gran tradición de la poesía existen las otras tradiciones de la
diferencia enriquecedora, de la diversidad por descubrir, sin tener que
rendirse más pleitesía a premios de poesía con nombres de la realeza. Por suerte,
existen circuitos internacionales de literatura que alientan el descubrimiento de
otras poéticas de la disidencia y del compromiso cívico, de la paz y de los
valores de la solidaridad y el multilingüismo, la necesidad de nuevas
alteridades que confluyan por medio del maravilloso vehículo de la palabra y de
los imaginarios que sobreviven a pesar del simulacro y de la repetición de un
espectáculo global que en Canarias se traduce en la visita de millones de
turistas al año. El paisaje social del sur turístico ha encontrado nuevos
filones de creación literaria en las generaciones de autores insulares nacidos
en los 80 y como sucedió en otras épocas la realidad tiene en la creación literaria
un espejo de proyección histórica.
Ante los desenlaces insospechados
de esta nueva crisis universal, la poesía canaria y la literatura
hispanoamericana pueden significarse como el lugar de la memoria y el salvoconducto
para la propia condición de nuestra humanidad, una encrucijada que nos ofrece
la posibilidad de reconceptualizar todo de nuevo, como sucedió en los tiempos
de la II República española, donde tras el auge de la vanguardia literaria llegó
el golpe de la dictadura de las derechas que todavía se atreven a retirar
poemas de Miguel Hernández en Madrid. Volver a tomar la palabra es el futuro y
el diálogo entre las poéticas de la insularidad nos conecta con la actualidad
de la cultura planetaria, de camino al deseado arcoíris de la convivencia y de
la pluralidad de voces, nativas y extranjeras, las narrativas del mestizaje y
del ensueño fundacional de la literatura de Canarias que nos recuerdan esa
búsqueda desde la perplejidad y la magua del existir en obras poéticas como la
de José María Millares Sall, quien sin salir de la isla, fundó el horizonte de
Liverpool.
14 de diciembre de 2020
martes, 1 de diciembre de 2020
"Pintura número 100" Reseña de Quintín Alonso Méndez
Reseña del libro "Pintura número 100. César Manrique in memoriam" XXV Premio de Poesía Tomás Morales, 2019
"Cada número semeja un recuerdo como imagen, clavado en la pared imaginaria de la memoria por punchas oxidadas por el salitre como heridas que salvan
Pintura número 100 se disculpa, busca apoyo en
el bastión insondable de la obra pictórica -la palabra ha de ser imagen para
ser poesía- de César Manrique, homenaje a quien antes de la palabra se hundió
en la poesía de la imagen, imagen voluble en cada golpe de instante, en cada
soplo, latido, del tiempo, aunque detenido tiempo, y la vertió, con los
pigmentos cósmicos de la lava, la luz y el océano, en el lienzo, la piedra, la
grieta, materia atlántica de isla, de universo, nunca de continente.
Pero Pintura número 100 es más que mirarse y verse en un espejo, simple
placer del contemplarse y desconocerse en el saberse, es raíz, desnudez del
poeta ante sí mismo, ante el paisaje sobrecogedor de lo inalcanzable, totalidad
dispersa del yo en cada partícula, en cada poro de cada palabra, descubierta,
reinventada, acogida como propia, es decir, como universal, planta, roca, luz,
sed de agua, piel de mar, de la luz que va más allá de los sentidos, penetra,
traspasa, socava, intima, se queda, vuela, se hace aire, naturaleza, misterio y
reconocimiento, asombro y descubrimiento, cada vez descubrimiento, primera vez,
en cada acto de la fusión mística-material con el planeta isla, naufragio
siempre, casa siempre. Samir se abre -flor carnal de piedra, piel de roca
fósil, de aire-, en Pintura número 100,
en seis cabalísticos pétalos («el sueño», «la pintura», «los volcanes», «fósiles»,
«la isla», «el artista»), pero el número no importa, aunque seamos límite,
origen y final, un menudo átomo de espacio creador del tiempo, de materia
volcánica y océano, salitre y fuego de las entrañas, pero antes de los dos
extremos terrenales está lo que no tiene tiempo, lo que es la eternidad del
siempre, éxtasis de lo quieto, quizás el vacío, poema perfecto.
Samir Delgado viene de una
poesía cerrada, hermética, porque dos muros de piedra a los lados del camino
estrecho, evitando la luz inmensa del vuelo y no dejando ver más que la escasa
aparente luz del limitado objetivo al final de un túnel o laberinto girando
sobre sí mismo, no dejaban ver la transparencia de la nada, de la totalidad, pero
un golpe de caída, o abismo, o vuelo, ha tirado abajo los muros y entonces
surge, se desparrama, se vierte, el poeta, el que aún teme pero ya se atreve a
desnudarse, a despojarse del yo, aún con el pudor, pero el atrevimiento, del
niño, del adolescente, del hombre, ante el descubrimiento y el estupor, pero
entonces desaparece el humano, el invasor, y no necesita escarbar: pululan los
versos como polen, invisibles, con y por la piel de los sentidos.
Solo quiero decir, desde
mi inconciencia de mundo, que Pintura
número 100 (infinito número) es poesía, sin saberlo, sin proponérselo, sin
quererlo, espontáneo como el nacimiento de la primera única célula: poesía:
indestructible: de origen volcánico y de algas los pigmentos de las imágenes,
óleo de océano atlántico.
Y brota en el malpaís la
palabra barroca, sin ella no podría la poesía asomarse/no asomarse a la
magnanimidad de isla, de surcos sobre el océano comunicándose con otra isla,
imantados territorios náufragos, aislados, entrelazados, de isla.
Esta poesía con mayúsculas
se abre a los horizontes y al mismo tiempo se cierra en flor, de lava y mar, de
isla.
¿Son los números fechas,
instantes, luminosas heridas, pequeñas marcas que vamos dejando para
encontrarle el regreso a los recuerdos? ¿es un fósil el barroquismo? ¿es
leyenda lo barroco, la lengua de la palabra, surco, piedra, sed, pájaros de sol
trasparente trayendo todos los colores picoteando en las mañanas labriegas, en
las noches grilladas por la tristeza que es pobre? La pintura no es más que
plasmar la imagen, las infinitas imágenes dentro de la imagen, según el ánimo
de la luz, el óleo no es más que la esencia de la tierra, su misma raíz. Cada
número semeja un recuerdo como imagen, clavado en la pared imaginaria de la
memoria por punchas oxidadas por el salitre como heridas que salvan.
Es en el pétalo número tres
de la rosa de los vientos, en «los volcanes» (aquí soy débil, más débil), donde
Samir Delgado, o mejor dicho, la poesía de Samir, ya íntegra e impúdicamente despojado
del yo, es más isla, más silencio, herida, dolor, terruño, más uva sedienta,
siempre insatisfecha, de la roca volcánica. Sentencias. Cada destilarse de un
poema se desparrama sobre el lienzo en delicada, seca, pura sentencia. Samir: Pintura número 100: Poesía. Cuerpo de
poesía.
Solo es el comienzo.
Siempre
Quintín
Alonso Méndez, escritor y novelista
Bajamar,
Tenerife, 2020
lunes, 23 de noviembre de 2020
"Paul Celan" (Del libro La carta de Cambridge)
PAUL CELAN se lanzó a las aguas del Sena la noche del 19 de abril de 1970.
El poeta hizo de la obra literaria en lengua alemana un testimonio de lo
indecible tras el sufrimiento padecido en el campo de concentración de
Auschwitz-Bikernau. Como otros poetas europeos apoyó la causa de la II
República española. Los franceses Paul Éluard, autor del afamado poema Liberté
de 1942 o René Char, que también participó de modo solidario en la suscripción
popular para la tumba de Antonio Machado, tuvieron en las aguas de París y la
Provenza francesa los motivos de inspiración para sus creaciones líricas. Tras
los cincuenta años del fallecimiento de Paul Celan a la vista, el otro exilio
de la vida que supone la muerte del poeta devuelve un halo de trascendencia a
sus poemas con la misma intensidad que desprende a esta hora la imagen de la
tumba de Collioure. Cruzar el puente Mirabeau en los versos de Apollinaire: viene la noche suena la hora
Samir Delgado, "La carta de Cambridge"
Prix International de Littérature Antonio Machado 2020
jueves, 5 de noviembre de 2020
"Lugar intermedio y condición del agua" (Del libro Los poemas perdidos de Luis Cernuda)
<<LUGAR INTERMEDIO>>
En la llamarada de tu cuerpo el único equilibrio
Alí Chumacero
I
UN
lugar intermedio
entre
la casa y el camino
mirar
hacia arriba
constituye
las estrellas
el
poema se hace cuerpo
del
tránsito vuelto para sí
tiempo
propio en el espacio
del
tiempo
II
Voy a sembrar un árbol de sol
Margarito Cuéllar
A
solas una tarde otoñal en el parque para ver la caída de la luz entre los
ramajes de la abundancia del verde y el antiguo campanario con balas de la
Revolución. Entonces saber a ciencia cierta del privilegio absoluto de estar
vivo ahí, en la tarde pletórica que regala su aire inmenso igual que la bonanza
del poema. Esa misma sensación íntima de la ciudad vista en la perspectiva de
las nubes. Cuantas veces ya en los aledaños del atardecer, esta isla
indivisible de lo visto, que hace del viaje interior un mapa de las golondrinas
y sus días
<<CONDICIÓN DEL AGUA>>
Todo es mundo y material para pintar
Roger
von Gunten
I
LA lluvia
de lejos
o estar
bajo la lluvia
el poema
trasciende
la condición
del agua
II
LAS nubes del nuevo país detenidas por un minuto intenso, profundo,
trascendental. Mirar las nubes durante un espacio de reflexión íntima a través
de la ventana solitaria. Sentirlas como propias en su condición del agua. Y en
esas nubes la historia de un tiempo propio que fue del poeta, más allá de la
ventana cerrar los ojos entonces, para alcanzar aquellos blancos que dan cuerda
a todos los mundos por venir
III
LA belleza es la experiencia de todas las experiencias-dijiste- la clave
está en que la belleza como tal, cualquiera que sea, devuelve al yo su
condición plena, de todas las experiencias suyas reunidas, en tanto que
capacidad de ver. Más allá de la idea de un objeto depositario que contrae
sobre sí la plenitud del mundo, la belleza incentiva en el que mira la
condición del agua: lo que vive da vida, el agua que siempre se experimenta de
un modo extrañamente compartido
Samir Delgado
Del libro "Los poemas perdidos de Luis Cernuda" (Literatelia, México, 2019)
jueves, 15 de octubre de 2020
Ramón Gaya "Un cielo espléndido, de una belleza desmesurada"
El pincel también tuvo que seguir el camino del exilio de los poetas. Es el caso de Ramón Gaya, embarcado en el Sinaia. En su casa de Murcia observé mis primeras imágenes de Chapultepec antes de que el parque defeño formara parte de mi paisaje cotidiano predilecto en México, sus verdes, el colofón del azul, arboledas en domingo.
Con el poeta y artista me sucedió igual que con otras obras de arte: una vez asumida su verdad como propia — alétheia de los griegos — donación del color, del sentido interiorizado del óleo para uno mismo, al través del deleite contemplativo -sosiego del instante- el parque como tal se parecerá al cuadro, y no al revés. Este fenómeno de donación, transfusión estética, del cuadro a la realidad, sugiere un valor trascendental a la imagen, esbozo primordial para asumir una poética de la visibilidad, que en plena sociedad de la saturación, la velocidad y el predominio de lo informativo, me interesa como proyecto vital de escritura. Admiro la obra de Ramón Gaya desde entonces con una atención in crescendo, el murciano fallecido en 2005 es autor de poemas y ensayos sobre arte de una hondura iluminante. En uno de sus diarios muestra reticencia malhumorada por abandonar París sin ver su primavera, aquejado de haber vivido trece años sin estaciones en México DF. Y cuenta, ya de regreso en otros junios a mediados del 50:
<<Llegada a México. Atontamiento y cansancio. Una cierta alegría. Sensación de ceguera. Algunos buenos amigos han venido a recibirme. Un cielo espléndido, de una belleza desmesurada. Todo parece asentado en su lugar. No, no falta nada, o casi nada. Falto... yo. Veremos cuándo llego>>
Ramón Gaya formó parte de la experiencia republicana de las Misiones pedagógicas y en concreto del Museo circulante, en el que copias de obras de arte del Museo del Prado —las mismas obras salvadas por Alberti y María Teresa León bajo los bombardeos sobre Madrid— eran divulgadas en los pueblos más recónditos como fórmula de la renovación educativa del momento. Y también en las trincheras del frente, lugar donde la poesía de Miguel Hernández redoblaba los ánimos del combate. El pintor poeta, exiliado en México también, representa una figura crucial, vivificadora de la del del huerto —a diferencia de la huerta— como un espacio de cultura, exponente del intelectual español honesto y comprometido, cuya trayectoria artística y vivencial caminaba con el peso sobre los hombros de la historia fatídica de una república acribillada, plantado frente a un cuadro de Tiziano, de un atardecer en Italia:
<<Es magnífico y al mismo tiempo desesperante que, después de varios siglos, las cosas sigan ahí, completamente inéditas, desconocidas, intactas>>
Samir Delgado
domingo, 20 de septiembre de 2020
Benedetti en Nueva York
Este mes de septiembre se cumple el centenario del poeta uruguayo y la suspensión del Congreso Internacional convocado por la Universidad de Alicante, el Centro de Estudios Literarios Iberoamericanos y el Instituto Cervantes no ha impedido la celebración de la obra del poeta
Todas las calles de Nueva York se
parecen a un poema de Lorca. Cuando se llega a Nueva York por primera vez hay
un sentimiento de euforia combinado con la extrañeza de caminar el futuro, otro
planeta. El 14 de septiembre de 1959 el poeta uruguayo Mario Benedetti disfruta
de un cumpleaños en la Gran Manzana, y cuenta de un cielo de ayer sobre sus
hombros y de un gallo que canta al Empire State Building y millones de
mandíbulas en la ciudad de los rascacielos. Aquel era el año de la revolución
cubana, del auge bélico con la guerra de Vietnam y de las terribles
inundaciones en Uruguay. Y es además el año de la víspera de la novela La
Tregua en la que el poeta maduro, el hombre de escritorios y oficinas, ya
entrado en los cuarenta, atestigua la universalidad de la nostalgia del bandoneón
y de los cielos plomizos de Montevideo en un libro necesario dentro de la
narrativa latinoamericana.
Con su poema hecho desde Nueva York
tiene lugar la aportación del uruguayo al imaginario de los poetas que han dado
testimonio de la ciudad global a través de sus escrituras, los poemas
prevalecen al devenir de los tiempos, constituyen el acervo y la médula de los
lugares, de las memorias. José Hierro donó a la posteridad su último poemario
en 1998, el reconocido cuaderno neoyorquino donde hay un diálogo tardío con los
fantasmas que pueblan el Hudson lorquiano, el mismo río que Federico reinventó
en sus años de la Columbia University. La publicación del mítico libro fue en
México en 1940, todavía pueden encontrarse ediciones originales en las
librerías de antigüedades de la calle Donceles, cuatro años después de su
asesinato impune. Y otro de los libros enigmáticos corresponde al poeta árabe
Adonis que publica en 1971 el Epitafio para Nueva York, un ajuste de cuentas
del escritor sirio libanés con la metrópolis occidental.
La megalópolis que vio nacer la
poesía norteamericana por boca de Whitman lleva en sus entrañas los versos de
muchos poetas que han hecho de su mirada lírica un testamento decisivo. Y Benedetti
no podía quedarse en silencio tampoco, suyo es el poema de la extenuación
íntima y de la esperanza postergada, el poeta habla de la cruz del confort en
la frente del imperio y de un paso del tiempo que no es el verdadero, como no era
verdadero su cumpleaños en aquellas calles, en aquellas sombras.
Ahora que se cumple su centenario
hay que recordar la presencia del poeta uruguayo en Tenerife, en varias ocasiones
visitó la isla del Teide, fue memorable su recital poético en compañía de
Daniel Viglietti en el Paraninfo de la Universidad de La Laguna y cuando en el
año 2000 se le concedió el Premio Son Latino, allí fue donde le conocí y pude
saludarle, estrechar su mano, desearle buena suerte, al poeta de los inventarios y de los amores
juveniles, el de las primaveras con una esquina rota.
20 de septiembre de 2020





