lunes, 24 de enero de 2022

"Mise-en-abyme" Clausura de la exposición de Pedro Lezcano Jaén

 

Obra cortesía del artista Pedro Lezcano Jaén

Un abismo que se mira puede reflejarlo todo. La mirada humana se nutre tanto de la infinidad imaginada como de los límites exactos del mundo conocible. En plena era global de las tecnologías satelitales, la humanidad sigue abismada en su condición mortal y finita. La pandemia lo único que nos ha devuelto felizmente es el abismo de lo desconocido. Y tal vez el arte sea justamente aquello que sobrevive a todas las crisis civilizatorias. Tras la exposición artística “Objetos de tiempo” de Pedro Lezcano Jaén en el Paraninfo de la universidad, ya clausurada, hay una interrogación que puede hacerse sobre el papel de las bellas artes en el panorama cultural contemporáneo. La necesidad ética de la belleza es incuestionable y realmente la trascendencia pública de una exposición de arte, pasada o futura, nunca se podrá cuantificar en números.

Las vivencias de una visita a los museos constituyen un atributo de las libertades. A pesar del final de una exposición, queda el remanso de luz de la memoria de quienes sumaron esa experiencia del mundo y del abismo a sus vidas. Y la bondad radical del artista Pedro Lezcano Jaén aflora también cuando sus obras han sido descolgadas, rumbo al atelier de todos los días. No puede suceder que sus creaciones no prosigan ahora la senda internacional. Tal vez México, La Habana o Nueva York, es el designio del arte que desborda los sentidos y es capaz de donar perplejidad. La retrospectiva puso fin al silencio de un lustro, esperemos que en adelante la presencia del artista se multiplique y sea pródiga fuera del horizonte insular.

La clausura de “Objetos de tiempo” de Pedro Lezcano Jaén conlleva una triple renovación cíclica de espacios vacantes. Por un lado, comienza un nuevo compás de tiempo creativo para el quehacer futuro del artista, por otra parte, la sala de arte universitaria renueva su programación para dar sentido a la lógica institucional tan necesitada de vida real. Y en tercer lugar, el imaginario colectivo que se nutre de pervivencias y evocaciones, la memoria ciudadana, que es un factor de la vida pública esencial y un valor imprescindible del progreso, tendrá otro tiempo añadido de asimilación para fraguar el depósito social de reminiscencias que ha expandido el arsenal de imágenes de la obra de Pedro Lezcano Jaén. En cada una de sus piezas, los visitantes han podido encontrar un reflejo de la identidad fracturada de todas las vidas. El retrato de familia es universal. Una Lolita Pluma rediviva ha vuelto a recorrer las calles de la imaginación colectiva. El salitre desconcha superficies y cuerpos, los congéneres y las personas amadas un día desaparecerán de nuestras vidas. Los marcos que también combinaba en sus cuadros el artista palmero Cándido Camacho forman parte extra de la exposición, Y el artista insular ha vuelto a escena para pintar lo sagrado dentro de la cueva y sacar a la luz una verdad, la conciencia de estar vivos es lo que nos salva.    

La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria atesora un circuito de arte actual de primera magnitud y la vida de los artistas y creadores insulares depende de ella. Esta muestra, comisariada por Laura García Morales, ha podido reunir toda la potencia de reivindicar más tiempo y más espacio para la vida artística insular, más allá del escaparate turístico unilateral que todo lo asimila y embadurna. Los cuadros han reflejado en el devenir de las sociedades el rostro múltiple y diverso de las culturas, y en las obras de Pedro Lezcano Jaén que nos han acelerado el pulso se puede extraer la hipótesis de que la sociedad canaria habita realmente en ellas. El arte como un espejo y un sudario, así como los personajes de Fernando Botero, agrandados por la luz de Medellín, también la bañista y los niños, los personajes familiares que Pedro Lezcano Jaén ha inmortalizado en su tiempo funesto de vida, atestiguan el signo crucial de los años democráticos de la Autonomía canaria. Unas islas que en su mayoría de edad comienzan a presentir la descomposición acelerada, donde el deterioro irreversible y la pérdida inexorable de memoria generacional evidencian el empacho del sistema del turismo de masas y el turbocapitalismo. La caducidad, lo putrefacto, aquello que va a desaparecer se palpa en el impacto cotidiano sobre las vidas y la representación de lo real que se hilvana bajo el imperio del consumismo de las grandes superficies comerciales, en la vida extraña de las autopistas, en el embrutecimiento social de la competitividad.

Pedro Lezcano Jaén, artista polifacético, ha dado un jaque mate al aburrimiento y al control de la vida social televisada, a la modorra del patio de recreo de ultramar que a pesar de reproducir los males del individualismo y de la banalidad, la pestilencia de la corrupción de décadas y el deterioro de su belleza natural, sigue conservando en su panorama artístico y en la vida ciudadana el lado más cosmopolita que ha latido siempre en su devenir histórico. La exposición “Objetos de tiempo” de Pedro Lezcano Jaén insta a seguir viviendo, a reflexionar y a tomar conciencia de la finitud de la vida. Como Manuel Millares que pintó lo más negro de la fatalidad para dejar espacio a la esperanza, en la pintura y las esculturas de Pedro Lezcano Jaén sobrevive   el aura y la invocación, el llamado al diálogo íntimo y a la rebeldía. El abismo permanece ante nuestros ojos y ha entrado el pelicano del cuadro por la ventana.         


Publicado originalmente en Canarias 7 

lunes, 10 de enero de 2022

La albar melancolía. La quinta estación de Eusebio Sempere

 


El Museo Francisco Sobrino de Guadalajara acogió en 2021 la exposición “Sempere Inédito” con 35 obras del artista Eusebio Sempere (1923-1985) pertenecientes a las colecciones Ars Citerior de Valencia y Espíritu-materia de Madrid. El artista formó parte esencial de la generación que dio vida al Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca en 1966. Con esta nueva muestra de obra inédita de Sempere, Castilla-La Mancha renueva su papel histórico de espacio renovador y lugar de residencia para el arte español más internacional


Guadalajara es un lugar esencial de Castilla-La Mancha, con cerca de noventa mil habitantes bajo un sol de provincia, suyo es el astro que ensueña con desmesura secreta a poetas como Yves Bonnefoy, viajero a la caza del extravío por tierras lejanas, allá donde habita la imagen de presencias invisibles, esa única luz fuera del tiempo, el arte.

A ciento treinta y cinco kilómetros de Cuenca, Guadalajara invoca el horizonte de un espacio diáfano, crepuscular, utópico. Campos de trigo, alcarria profunda de los apuntes carpetovetónicos de Camilo José Cela, tierra de mediodía universal. Por la N620 se encuentra el monumento a Francisco Sobrino, artista nacido en Guadalajara en 1932 y exponente singular del arte cinético y la escultura geométrica. Hizo su carrera artística en París y falleció en Bretaña hace apenas siete años. Su figura emparenta directamente con la de Eusebio Sempere, el alicantino de los móviles luminosos y de las cuatros estaciones, la suite de cuadros vivaldianos de la que habla Juan Manuel Bonet para la ficha de la colección de la Fundación March.

Estos museos de Castilla son lugares de excepción para la eternidad, mucho más que receptáculos de obras de arte, constituyen el sueño de la reclamación histórica de muchos artistas como Francisco Sobrino y Eusebio Sempere, para quienes el juego con el espectador debía ser primordial, la relación del público con el arte se tenía que democratizar, la vida era en sí misma el encuentro de la creación, la luz y la belleza. Cuando el crítico de arte John Ruskin dedicó toda su vida a escribir sobre la pintura de Turner, el inglés que donó su obra a la nación, llegó a decir que el don del artista era expresar el misterio.

Y la epifanía cotidiana que supone mirar una pintura de Zóbel es precisamente una evidencia de que los cuadros fundan el paisaje y su exposición a todos los públicos representa el antiguo sueño renovado de la polis griega, para dotar a la ciudad de un lugar para los imaginarios y para la libertad, como nuevos templos del politeísmo donde se concreta el hábitat inmemorial de un río al atardecer. Y es que la pintura y la escultura constituyen dos formas de expresión humana de lo sagrado y de lo profano. La luz es un enigma, como afirma Cees Nooteboom en uno de sus libros, la pregunta está en el otro misterio que suponen los cambios de significado que una obra de arte experimenta en el tiempo. Y el valor de los museos se multiplica al infinito cuando se considera, a ciencia cierta, su potencial pedagógico y patrimonial, especialmente a la hora de ofrecer a la ciudadanía un espacio para la contemplación y el paseo liberado de la lógica dominante de los escaparates comerciales, de la tensión biopolítica de las redes sociales y del lenguaje publicitario que todo lo consume y deshumaniza en cifras y cálculos, en pérdidas y ganancias.

 

El Museo Francisco Sobrino de Guadalajara constituye un paradigma de la conversión de lugares de una ciudad moderna en centros de arte contemporáneo, como el antiguo convento de las Carmelitas de Cuenca transformado en Museo del Objeto encontrado de la Fundación Antonio Pérez. Hace Guadalajara de intermediaria en la diagonal del arte abstracto que se traza entre las Casas Colgadas de Cuenca, con el museo pequeño más bello del mundo- como dijo el fundador del MoMA de Nueya York- y el Museo de arte contemporáneo Esteban Vicente de Segovia, otro de los pintores españoles del exilio republicano que puso su estrella y su jardín en el alto firmamento del expresionismo abstracto norteamericano. Su rosa de Bridgehampton es una de las más bellas composiciones de color y vida de un artista español y duerme con sus pétalos abiertos a la noche de los depósitos del museo neoyorquino.   

La luz fue la decantación primordial de los artistas españoles en el momento pletórico del nuevo auge de las vanguardias bajo el silencio de la dictadura. Y Eusebio Sempere llevó al extremo la vocación de transmutar la luz en arte concreto, óptico y poético. Así lo consideraba el crítico y ensayista Vicente Aguilera Cerni, impulsor del Grupo Parpalló, otro de los focos generacionales del informalismo en una España necesitada de libertad y de luz. Sempere estuvo en París igual que Francisco Sobrino, la ciudad de la luz abrigó los ímpetus de renovación creativa y de universalidad en la pintura de muchos artistas que luego volverían a Castilla-La Mancha, solar quijotesco, para derramar en sus lienzos la plenitud sideral, las ondas de radiación electromagnética que brindan el misterio de la vida, de la belleza.

Con la reciente exposición de obras inéditas de Eusebio Sempere en el Museo Francisco Sobrino de Guadalajara, la historia vuelve a colarse como protagonista en las salas de un museo de arte, las piezas de las colecciones Ars Citerior y Espíritu-materia atesoran la originalidad de devolver a la luz el sueño del artista. Es la quinta estación de Sempere, lo nunca antes visto, lo que permanece en el misterio y se vuelve origen y destino a la vez. Toda la luz detenida con el transcurso imparable de los años y las décadas, el tiempo vivido en carne propia por la hermana del artista, Concha Sempere, a sus cien años de vida. Los paisajes abstractos del arte español personificado en Eusebio Sempere representan una memoria viva de la transición democrática y de los anhelos de libertad que no se deben perder nunca. Cada paso que se de en el sentido de la conservación, el fomento y la apertura de los museos de arte en la vida pública supone un avance a favor de la riqueza de los imaginarios y del derecho a soñar un mundo mejor. Es hora de que se decrete la apertura permanente de los museos, como un bien cultural de primera necesidad, el retorno del museo itinerante de Ramón Gaya, el momento de reivindicar, otra vez y todas las veces que sean necesarias, la belleza frente a la barbarie, con la imagen de Rafael Alberti y María Teresa León evacuando las pinturas del Museo del Prado.  

Hay un poema en prosa de José Miguel Ullán, en su libro “Manchas nombradas” de 1984, con prólogo de Antonio Saura, y dedicado a las cuatro estaciones de Sempere, artista que mereció el Premio Príncipe de Asturias a las Artes un año antes. Allí nos habla de una golondrina y de la albar melancolía, de la orilla de espejos encendidos y de la alegría por venir. Parece que todos los caminos llevan a Guadalajara. La poesía y el arte que se dan la mano, para abrir de par en par toda la luz del mundo que quiso el artista para su prójimo. Y se pregunta el poeta ante las estaciones de Sempere: ¿podremos retocar el fuego con el peligro de las lágrimas?  


lunes, 15 de noviembre de 2021

"Margarito Cuéllar, cuarenta años de escritura"

 



El poeta Margarito Cuéllar acaba de ser galardonado con el Premio Internacional de Poesía Golden Magnolia de Shanghái (China) 2021



La obra poética del mexicano Margarito Cuéllar cumplirá cuarenta años de trayectoria en 2022 y representa un paradigma en el panorama hispánico de la literatura contemporánea. Atesora los factores necesarios para considerarse en su conjunto, tras cuatro décadas de escritura a sus espaldas, una obra mayor de su generación y la voz poética del panorama literario mexicano. La obtención del XL Premio Hispanoamericano de Poesía “Juan Ramón Jiménez” en España, pone de manifiesto la rotundidad fabuladora de su voz literaria, capaz de internacionalizar el aura exultante de la mexicanidad poética y postularse como uno de los escritores en lengua española del presente. La existencia del poeta, la posibilidad del encuentro de otras imágenes distintas a las de la pantalla y el simulacro, hace de la constelación de la escritura un hábitat esencial de lo humano y un espacio de resistencia para las esperanzas de un mundo mejor. La obra poética de Margarito Cuéllar es un aldabonazo a la posibilidad de nuevos renacimientos en la órbita de las poéticas de la diferencia y de la diversidad, sus libros baten la espuma de los mares frente al silencio de la sociedad del espectáculo.

El autor mexicano posee el don de la ubicuidad, su mirada alterna un mosaico de vertebraciones cosmovisionales que van desde los episodios familiares al caudal infinito de lugares de su biografía sentimental. La poesía aterriza y vuelve a levantar vuelo en cada uno de sus libros, materializando un corpus mitoliterario que atraviesa el mapamundi de su tiempo con la velocidad de un bólido. El poeta asume su pertenencia a un espacio literario que es la mexicanidad, el Nuevo Mundo que en el espejo roto de la historia llega a su mayoría de edad y confiere a la lengua española un color y una profundidad distinta. Desde la publicación en 1982 del libro “Que el mar abra sus puertas para que entren los pájaros”, hasta “Las edades felices” (Hiperión, 2013), la voz poética de Margarito Cuéllar reconstruye el horizonte de su pertenencia a una sociedad como la mexicana repleta de contradicciones -esplendor y decadencia- en un vínculo biográfico que resulta a todas luces el mejor caldo de cultivo para su proyección futura. 

Cada libro publicado por Margarito Cuéllar ha supuesto una donación de sentido y un pulso a la vida que el mexicano ha asumido como un desafío generacional. Ante la mudez y el estrépito, frente a la dolencia y el amargor de la vida social de un México en deuda con su propio destino, la catarsis de lo poético que se detona en su obra literaria sintetiza la voluntad de vivir y el apego sideral de la escritura a la fascinación por los alrededores de cada vida vivida, un valor incuestionable del poeta a lo largo de la historia Igual que como se arrojan los dados para tentar al azar, los poemas del escritor mexicano evocan y transgreden, irradian el tiempo y el espacio de su génesis escritural con una naturalidad espontánea, rica en evocaciones de la propia tradición poética, la cita de referencias constantes a otros poetas y a otras épocas evidencia la condición transfronteriza de su denominación de origen.

En el título exponente del meridiano de su trayectoria creativa en la década de los 90, se destacan enseguida los relumbres de su patente poética: “Tambores para empezar la fiesta”, la poesía desde entonces es un éxtasis a compartir, pan y vino que se multiplica como los peces bíblicos, y se hace milagro eternizando la experiencia del mundo del poeta: desde el verano en el Valle de Santa Catarina a un fin de semana en Nacataz, de los poemas para protegerse del sol a los que donde nunca es de noche, en el cubo de hielo expuesto al sol y en la propia poesía concebida y nombrada por Margarito Cuéllar por los siglos de los siglos  “rimbaudveloz, apollinagua, mallarluz”, la poesía “oficiante, ritual. Vaca echada como pasto a los dioses” (Verbum, en Cuaderno para celebrar, 2000).
 
En su reciente libro “Nadie, salvo el mundo” galardonado en la Andalucía de Juan Ramón Jiménez, la muerte se habita en cada poema y los recuerdos de familia se universalizan para ser contados en el eterno retorno de las hogueras del mundo. El poeta vuelve a ponerse los atuendos del chamán, de los Tlamacazqui o guardianes de los dioses aztecas, para revelar los haces de luz y de sombra que pertenecen a todas las vidas del hombre y de la mujer, de los seres vivos en el planeta. Dice Margarito Cuéllar que “todos estamos muertos en el sueño” y esa inmaterialidad de la visión es la que fecunda el acervo de la escritura que aspira tanto a lo inmemorial como a lo cotidiano. Y el mexicano pone el acento en la existencia de Matria y de todas las mujeres que dan a luz y en los cuerpos que al nombrarlos se hacen presentes.

La particular experiencia de la muerte en México es un patrimonio de la humanidad y en esa misma dimensión de originalidad y de diferencia puede también la poesía mexicana asumirse como colofón a una travesía de siglos de vida cultural y literaria en lengua española. Hay en cada libro del autor una ofrenda y un altar, los poemas pueden aparecer en el milagro y hacerse vida plena, como los libros inéditos del escritor José Carlos Becerra encontrados en la guantera de su coche estrellado en la curva eterna de Brindisi.

Publicado originalmente en Diario de Avisos, Islas Canarias

lunes, 11 de octubre de 2021

“La misma sed de entonces” El cuaderno de Provenza de Vicente Valero



 El autor Vicente Valero (Ibiza, 1963) ofrece a los lectores un cuaderno de viajes a los territorios de Paul Cézanne, la travesía de un diálogo necesario con los referentes literarios y ecológicos de Provenza


El poeta siente la misma sed de entonces, hacer memoria de lecturas pasadas y ver en vivo directo los lugares que fueron inspiración para otros constituye un ejercicio de ciudadanía, de cosmovisión. En el viaje de Vicente Valero a los lugares de la vida de Paul Cézanne o René Char, en la provenza francesa, hay una puerta abierta para el reencuentro esencial con el universo literario y artístico que significó varios hitos en la historia tardía de nuestra civilización. La modernidad, la fundación del paisaje, el diálogo entre la poesía y la pintura, la conciencia de la naturaleza son referentes del humanismo que, muy a pesar de la era global de las tecnologías y del consumo terminal de todo lo vivo, sostienen el valor de la belleza.


Vicente Valero recorre en coche la Provenza. El escritor ibicenco traza el mapa de la escapada, del retorno, de la ascensión al Mont Ventoux en compañía de Petrarca, se asoma a la Venecia campesina de L'Isle sur la Sorgue para seguir los pasos de René Char, visita la tumba de Camus. Hay en el viaje de regreso, en la cita a ciegas con la montaña Sainte-Victoire, un sentido de pertenencia del poeta a la tradición de la mirada poética como acto de fe en la vida y también de búsqueda a través de la escritura de un mundo que desaparece, que se esfuma. El arte y la literatura van de la mano, en el momento crucial del imaginario de una Europa que corre el riesgo de quedar secuestrada de nuevo, esta vez por las fronteras del dinero, del poder, de la discordia.


Antes que Valero, poeta y escritor de la insularidad mediterránea, Peter Handke se adentró en los territorios de Provenza para visitar a Cézanne, para recuperar la originalidad meditante de sus colores y de una naturaleza en proceso de desencantamiento final. Habla el Nobel alemán del momento en que aparecieron las refinerías de petróleo y de la decisión de Cézanne para dejar de pintar L´Estaque. La luz especial y mágica, la vida de un ser en paz, es el arte para Handke. Y esa atmósfera eternizada en la pintura de Cézanne, en el árbol de Le grand pin que motiva un poema al escritor viajero, pervive en los cuadros como un mundo abierto para el yo, para la mirada contemporánea que necesita luz y espacio libres. Dice Handke que la visita al Sainte-Victoire supuso un renacimiento, el derecho a escribir y conseguir algo, la imagen única, la vida a pleno pulmón, la manzana lanzada al aire.


Siguiendo los pasos de Handke y de Valero, nos damos cuenta de que la jaula de hierro de la que habló el sociólogo Max Weber ha vuelto para quedarse en nuestra sociedad pandémica. A los excesos de la burocracia en el desarrollo del Estado moderno, se suman ahora otros nuevos aislamientos, donde la tristeza cotidiana amenaza con ser una constante patológica sin remedio milagroso. Se ve en los ojos que se descubren sobre las mascarillas, en la actualidad de los perfiles de Facebook, hay una necesidad honda de contacto y de intercambio, a pesar del Covid la luz de las pantallas en el rostro de los internautas ya se está pareciendo en algo al espectro de luz matinal de la rendija de un calabozo del siglo XIX. Fuera del orden de la información y de los escaparates está la naturaleza o lo que queda de ella.


El propio Rilke, encontró en las pinturas de Cézanne el ideal de vida plena, en sus cartas de visita al Salon d'Automne vislumbró la extrañeza feliz de lo que crean al mirarlos, escribir los cuadros de Cézanne se convirtió en una plenitud, ya que “es como si hicieran algo por uno”. La promesa de un mundo mejor, de la libertad y la belleza, de ser un derecho se ha convertido en un imperativo al servicio de lo que está muerto, de las mercancías y de las cosas, de lo que tiene precio. Y tal vez, gracias a estos viajes de la ecocrítica literaria, en la excursión de Vicente Valero a Provenza, se nos advierte de la encrucijada y de la posibilidad del infinito.


Visto el escenario que se avecina para los recién llegados años 20, las formas de reclusión social que ha generado la crisis sanitaria no van a ser las únicas experiencias de fractura y de vaciedad. Respirar aire libre se ha convertido en un derecho fundamental pendiente de protocolos sociales. Y todo parece indicar que la normalidad venidera supondrá un retroceso en el ejercicio de las libertades, si es que ese derecho humano ha sido realmente practicado en algún momento de las democracias modernas. El cuaderno de Provenza de Vicente Valero, brillante y evocativo, audaz en la pertinencia de las fechas y de los lugares, nos seduce al tour, a sentir la misma sed de entonces. Y a la conciencia de la pérdida absoluta de sentido de un modelo humano de progreso que ha tocado a su fin. Las sucursales bancarias que han privatizado los cascos históricos de las ciudades europeas evidencian las tesis del filósofo alemán Walter Benjamin, donde el capitalismo se ha convertido en religión.


Publicado originalmente en Canarias 7 y Diario de Avisos

viernes, 10 de septiembre de 2021

"El valor de un libro de poemas sobre la pintura, se trata de romper el cerco de la mudez y de la indiferencia" Sobre el libro "Jardín seco" (Editorial Bala Perdida)

 

  

El libro "Jardín seco" precisamente responde a una ética del paisaje y de la biodiversidad que se transparenta en un mosaico de imágenes que conjugan ríos, horizontes de luz, soles nocturnos. Todo un imaginario sobre el entorno natural de los paisajes de Castilla y la figura universal del artista Fernando Zóbel (1924-1984)


Hay un concierto para piano y orquesta del compositor español José Luis Turina que recomiendo mucho a la hora de profundizar en la pintura de Fernando Zóbel. Cuando escribí el libro "Jardín seco" tuve ocasión de escuchar esa música de fondo, a más de diez mil kilómetros del Museo de Arte abstracto, era un modo esencial de recuperar ese vértigo íntimo que proviene de la contemplación en vivo directo de las abstracciones del río Júcar, del ornitóptero y otros cuadros trascendentales del artista. Ya son multitud de generaciones de visitantes del Museo que han presenciado el hechizo de las Casas colgadas y las pinturas de Zóbel, de algún modo hay una eternidad visible en el vínculo del artista con la ciudad, ya no se entienden ambos por separado, es el encanto de las vanguardias y de las tradiciones en la cultura y el arte, al final la historia también se pinta y se escribe, las creaciones permanecen con mayor solidez que los vaivenes de la política y de las instituciones.

Desde la primera presentación del libro en la Embajada mexicana de Madrid, en octubre de 2019, tuve la sensación de que el poemario iba a tener un largo recorrido, en 2024 se cumple el centenario de Fernando Zóbel y para entonces cada libro sobre el artista adquirirá un valor esencial. Hay varios libros descatalogados sobre la pintura de Zóbel que vale la pena rescatar también. En este caso, un libro de poemas se escribe en absoluta soledad, y en el diálogo con la pintura se produce una atmósfera de relaciones y confluencias, de sentimientos y percepciones que van más allá de la pura interpretación de los colores y de las formas. Creo que un libro de poemas sobre pintura evoca el derecho a la libre interpretación del arte y al infinito de posibilidades que hay en la experiencia del hecho artístico, es un reclamo de los imaginarios y de la riqueza del lenguaje. El valor patrimonial de los museos hoy también cuenta mucho, a la hora de asumir mi dedicación a la escritura poética sobre pintura,  considero los museos como espacios de consagración al silencio de la belleza, al compromiso con un mundo mejor lleno de significados y de musicalidad. Y el libro "Jardín seco" precisamente responde a una ética del paisaje y de la biodiversidad que se  transparenta en un mosaico de imágenes que conjugan ríos, horizontes de luz, soles nocturnos. Todo un imaginario sobre el entorno natural de los paisajes de Castilla y la figura universal del artista, a quien se rinde homenaje con la puesta en escena de una voz en off que se acerca al volumen del susurro y de la confidencia. Los poemas aspiran a la misma gravitación que las creaciones plásticas, el libro en sí mismo es un diálogo poético sin límites, en la orilla del río, frente a frente con la pintura.  

Cuenca atesora como ninguna otra ciudad el imaginario crucial de toda una generación de artistas que marcaron un sello de identidad y un legado en el proceso de transición democrática. La fundación del museo fue el obsequio del artista a la posteridad y su pintura goza actualmente de un reconocimiento importante que se va a acentuar con la próxima aparición del Catálogo razonado de su obra, impulsado y promovido por instituciones como Fundación Juan March y Ayala Foundation, la Fundación Azcona y los herederos del artista. Y ha sido escrito por el crítico de arte Alfonso de la Torre, autor del prólogo de "Jardín seco".

La labor investigadora de Alfonso de la Torre en torno a la generación abstracta de Cuenca ha sido vital para la memoria y la preservación de una época que, a mi modo de ver, constituye la mejor forma de universalizar un lugar como Cuenca en el panorama contemporáneo. Fue un hito que se resiste a la extinción de sus mejores momentos, por eso cada visita al museo de arte abstracto es una garantía de futuro, para que las jóvenes generaciones conecten con el potencial irradiante de una pintura abstracta y del aura contemplativo que se genera en esos instantes. El impacto de las nuevas tecnologías y los excesos del consumo de información a través de las pantallas están dificultando la mirada y la experiencia del arte, las personas prefieren sacar fotos en lugar de ver las obras, de ahí el valor de un libro de poemas sobre la pintura, se trata de romper el cerco de la mudez y de la indiferencia que la sociedad de consumo expande en los modos de relación humana con la naturaleza, la vida o el arte.

Ahora que se cumple un nuevo aniversario natalicio del artista Fernando Zóbel, la proyección del libro de poemas sobre su pintura tendrá un ritmo natural y se espera que pronto pueda ser considerado en los institutos de bachillerato, para que pueda leerse en una asignatura y se pueda debatir en clase, hablar de arte y poesía en el ámbito académico seguirá siendo esencial para tener una educación de calidad, en valores y en sensibilidades, por eso los museos y los libros, la mirada poética y el conocimiento del arte me parecen cruciales para que la deshumanización de la sociedad no sea irreparable. Además del libro "Jardín seco" hay otras publicaciones dedicadas a artistas de la generación abstracta, como por ejemplo Manuel Millares, a quien dediqué un volumen editado por el Gobierno de Canarias en 2016. Espero que se pueda volver a publicar con el apoyo de la Diputación de Cuenca. Ahora realizo el bosquejo de nuevos libros sobre pintura, la obra de Antonio Saura tiene un poder de imantación sobre la realidad actual que me parece improrrogable, de hecho va a ser un periplo de toda una vida que ya he asumido para siempre, escribir sobre pintura y habitar los cuadros desde la creación poética. Es un modo de permanecer en Cuenca desde la residencia en América.

Como el concierto de piano dedicado a Fernando Zóbel siempre habrá en un libro de poemas un momento secreto para el recuerdo, para la evocación y el ensueño. Es la vida de un río que podemos sentir como propia, así pintó el artista la belleza de la ciudad y de su luz, desde la memoria.

 

Publicado originalmente en Enciende Cuenca, 2021


viernes, 20 de agosto de 2021

Esta luz que arde. Sobre “Pintura número 100. César Manrique in memoriam” Por Lucía Rosa González

 

Portada del libro 


Reseña, XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales

Si en Celan las palabras transgredían la realidad para crearla, en el caso de “Pintura número 100. Manrique in memoriam”, el poeta atraviesa los lienzos del artista lanzaroteño, absorbe su esencia y traduce no el lienzo sino el impulso del instante contemplado. Los poemas de Samir Delgado dan testimonio de ese acto íntimo, profundo, como si viese los lienzos a través de un caleidoscopio. He aquí el enigma; cómo de hondo fue el encuentro con la obra de Manrique para que se proyecte en el poeta la necesidad vital de trascender poéticamente tal revelación existencial.

En “Pintura número 100 Manrique in memoriam”, Premio Internacional de Poesía Tomás Morales 2019, dividido en seis apartados muy significativos («el sueño», «la pintura», «los volcanes», «fósiles», «la isla» y «el artista»), el insaciable universo poético de Samir Delgado interpreta el arte de César Manrique que ahora es doblemente inmortal. 

En las intensas páginas de esta celebración poética da la sensación de que la sensibilidad del autor se anticipa a lo que los sentidos perciben. Y esta mirada imaginativa explosiona y acontece en un trance verbal como si la palabra no hubiera existido antes: “En una sola letra cabe el destino/ de todos los blancos de la nieve / La soledad del artista se alimenta / del fuego nocturno de las sombras”.

Porque la isla tiene manos y ojos, pero también la escultura o el cuadro y quien pinta la isla, una fusión tridimensional de seres que se transfiguran en sonido, ese otro ser que emerge y fluye con vida propia en la voz indispensable del autor que llega al rescate de la isla mediante el arte. Y es una voz que anda y respira y, si le cortaras las piernas que despliega, no trastocaría el rumbo porque ya es raíz germinada y bebe la ebriedad de la llama en la matriz de la isla engendrada.

Tal celebración sonora del color da paso a la herida del color, como si Samir rasguñara la sustancia de la luz que desprenden los seres que pueblan la mente poderosa de Manrique y los engullera; ¡no!, como si los mordiera y nos los devolviera trascendidos por medio de la saliva de la memoria: “Las manos de César encienden el lenguaje secreto de la noche de un bosque en las estrellas”.

Esta luz que arde en los primeros apartados de “Pintura número 100” se condensa y oscurece en “Los volcanes”, pero no se cierra del todo para dar paso al silencio, y en este ambiente de indagación en la negrura, la potencia de la lava aparece sin nombrarla y sucede y se entrega desnuda al lenguaje. Hay un encontronazo vibrante del paisaje con las palabras; un ejercicio de mimetización recíproca del lienzo con el paisaje y del paisaje con el cuadro, procedimiento visible en los poemas “Quemadas”, “Soo”, “Tinecheide” o “Tobas”. 

Con un lenguaje desgarrado irrumpe el clímax en el conjunto de poemas de “Fósiles”, animales ancestrales empotrados en la lava que recreó Manrique, quien afirmaba que “la muerte que es las huellas de la vida es vida también”. Conmueve el poema “Torso enterrado”, colores sobrios, duros en el cuadro de Manrique, que en las páginas habitadas por “El torso” en Samir se tornan abrupto silencio, silencio estrujado: “El sueño de un pergamino de la lluvia en la noche del espanto que maúlla al olivar este silencio cielo arriba”, sucesión de imágenes que se besan encadenadas, sin tregua, en las que se presiente el conflicto, el duelo del arte que se revuelve a trozos en el interior de la tierra. 

Pero algo que es para siempre debería estar vivo, en lo oscuro; quebrado el aliento, brega el arte, se desprende de labios, pechos, mente, desenterrando al fin el alma que permanece sin los huesos en la voz tan personal y necesaria del poeta que va del drama del enterramiento a la percepción de la muerte, de la que extrae no el bramido sino el timbre del bramido, su eterna resonancia. 

Y además erupciones, lava que se derrumba y entra en ti como el hambre; versos eléctricos lo mismo que chispazos para que te vires y vuelvas de nuevo a leer el texto. Esa es la poesía de Samir Delgado. Y el poeta en su interior como las venas: “Llévate contigo la naranja y el volcán porque después de ti toda la luz volverá a ser la lluvia”.  


Lucía Rosa González, poeta y dramaturga

Los Llanos de Aridane, La Palma, 2021




lunes, 14 de junio de 2021

“Arte de la memoria” Reseña del libro “La carta de Cambridge” por Mariano Castro

 



Por Mariano Castro
Director de la Casa del poeta de Trasmoz

Escritura rota, fragmento, quiebra de la linealidad espacio temporal como manifestación de un aliento con residencia en la singularidad y proyectado hacia lo eterno universal.

Un fingido balbuceo rompe el orden de una sintaxis que desmiente el lenguaje prefijado y fijado para elevarse hacia la cima de un sentimiento pensado, de un pensamiento sentido, justo en el instante de la aparición del signo.

Habla la luz, claman los colores, las sinestesias bordan el mapa machadiano donde se inscriben los topónimos de una aventura fantástica y real. Una realidad –dolorosa realidad- cuyo rostro transformado exhibe las arrugas de los sueños –estamos hechos de la materia de los sueños, advirtió Shakespeare-, para mejor nombrar aquello que nos hace y nos deshace.

La escritura, nos dice Samir Delgado, en un sustancioso texto liminar, constituye una materialización del sueño y la esperanza habita el tiempo de las islas del exilio. Exilio, el de Antonio Machado como paradigma de la barbarie, pero exilio también el que todos vivimos por nuestra condición de extranjeros. Somos extranjeros incluso para nosotros mismos. Parece un chiste malo o una inoportuna y grosera broma esta última reflexión al contemplar la tragedia de Machado, mas tengo para mí que Samir prolonga la condición y extrañeza del ser humano desde una crítica social profunda y poco convencional hacia territorios ontológicos donde muy bien podría resonar la palabra de otro gran desubicado, el poeta egipcio francófono y ciudadano francés, Edmónd Jabès. En Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato, proclama: “Aquello que ve la luz es extranjero a la luz misma”.

Pedro Garfias, otro exiliado, escribe: “Qué cerca de tu tierra te has sabido quedar”, y Delgado nos lo recuerda en el epígrafe de Retourner, primera sección del libro La carta de Cambridge. Lo imposible que se vuelve inevitable, dice Juan Larrea en ese mismo epígrafe. La proximidad, tan sólo la cercanía –una cercanía indeterminada y fiada al albur que tropieza con fronteras y pasos clausurados- como único refugio y morada posibles. Las migajas como lecho para el descanso tras una búsqueda indesmayable.

Pero ¿qué tierra es esa que te ha expulsado a la vecindad?

La poeta portuguesa, Ana Luisa Amaral, recientemente galardonada con el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana –y que, por cierto, fue publicada por primera vez en español, por Olifante, la misma editorial que ahora da cobijo a esta luminosa en la oscuridad Carta de Cambridge- afirma, decía,  que “la misión de la poesía, si tuviera alguna, sería preservar memorias”. La escritura de Samir Delgado, no sólo preserva las memorias, sino que las aviva, las enciende y claman frente a los terribles muros de silencio, frente al oído ciego y el ojo sordo.

¿Qué tierra es esta –otra vez y mil veces más- que te ha expulsado? ¿Qué esperanza te queda? ¿Y qué esperanza queda para aquellos que no sufren el sufrimiento de los otros?

Arte de la memoria, Delgado abre también, no ya una memoria individual, un espacio inútil de recuperación de la experiencia solitaria de una subjetividad siempre precaria, sino que convoca a otras voces, una gran asamblea de ánimas, que conforman esa verdad que jamás puede alcanzarse de una vez por todas, como nos enseñó Esquilo en su Prometeo. Hasta sesenta y tres de aquéllas comparecen en el libro para dar cuenta, para presentar los distintos matices, planos y facetas de un espacio donde, cabe al pensamiento, se excita el movimiento emocional, la purga del olvido.

Corifeo en el centro de la Orchestra-escenario, Samir Delgado acuerda el registro de un contumaz desorden desde la conciencia clara de la magnitud del empeño que descansa en el ser del no ser, en la plenitud del vacío, en la locuacidad del silencio, en el salpicado de notas para una sinfonía que, desde siempre, se sabe incompleta, y, por eso mismo, tiende a la completitud. Esta es la inteligencia y la razón poética de quien, como Samir, puebla su universo con semejante generosidad. Otra paradoja más que nos atraviesa: la voz propia siempre se inscribe en lo común, en la expresión de lo colectivo. Sólo puede recibir quien sabe dar; sólo sabe dar quien puede recibir; sólo puede escribir quien se atreve a escuchar aun con el riesgo de ser tachado, borrado, diluido.

Portbou. Antonio Machado. Corpus Barga. Dos fotografías para la desolación. La imagen del sufrimiento callado, la vejez anticipada, el aniquilamiento. Ya no hay camino, piensa Concha Zardoya, para el poeta que hizo del camino existencia y metáfora universal.

“El tiempo detenido de ayer en la frontera”, escribe Samir, y continúa: “volver a sentir el periplo vital / frente a su réplica en la pantalla //  bajo el impulso inmediato de la mirada / hacia el horizonte de aquel mismo cielo / que fue el tragaluz del último mar // es la terateia: la maravilla del encuentro de la voz / en el eco de cada palabra revivida”.

 Respira la palabra. Autarquía de la palabra. Autarquía del mar y del poema. “Y en cualquier instante puede llegar el poema / como un naufragio de Turner / / desde la autarquía del mar / anochece el hotel Bougnol”, nos advierte el autor de La carta de Cambridge.

Las palabras saben de nosotros lo que nosotros ignoramos de ellas, escribe René Char. El poeta francés sabe también que la poesía es palabra en el tiempo. ¿Un tiempo extinto o un tiempo no iniciado, o tal vez siempre reiniciado en el poema?

Todo está siempre abierto a los días azules. Respira la palabra, y Samir Delgado acompaña ese flujo lingüístico y, sencillamente, permite que se exprese. En la página, él es una tachadura. ¿Qué movimiento es éste que armoniza el caudal rítmico con la materia conceptual? Todo tiene en La carta de Cambridge una libérrima naturaleza musical y pictórica, que, afortunadamente, el poeta ha podido anotar. Y, sin embargo, en el libro conviven poesía, prosa, artículo y ensayo. Hasta la ficha artística de “Antonio Machado, 1966”, escultura del aragonés Pablo Serrano, se hace un hueco sin estridencia, en un libro inclasificable y absolutamente necesario.

Termino ya con la certeza de haber esbozado signos pobres e incompletos en la superficie de una mar inabarcable. Me disculpo por ello, mas diré en mi descargo, que en La carta de Cambridge, el final es el principio. Todo final auténtico es el comienzo de un tiempo no iniciado o siempre reiniciado como más arriba dije. Así es, alimentado con una extraordinaria estructura circular, en este libro.

Acepten, por favor, esta aventura, este viaje iniciático, exploren los límites de la palabra, del ser, de la existencia, gocen con la belleza de la mano de un poeta que honra, sin ninguna duda, la memoria de nuestro Antonio Machado más universal. Ojalá que los dioses concedan a Samir Delgado honra semejante.

Zaragoza, junio 2021