jueves, 14 de abril de 2022

"El viento en los ojos. Memoria y exilio" Conferencia

 




Publicada en la Revista de la Red de Ciudades Machadianas 2021

 

1

 

La democracia ha necesitado esencialmente la experiencia del exilio en las historias de la humanidad: los poetas fueron expulsados de la república de Platón y el advenimiento de la mayoría de las dictaduras ha tenido siempre sobre los poetas uno de los primeros objetivos de su terror implacable. El legado de los poetas del exilio debería ser considerado patrimonio de la democracia, un reclamo indispensable de la dignidad, testimonio fehaciente de la memoria del ultraje a la vida.

 

Imagino a esta hora en Soria un museo necesario de los poetas del exilio- a fin de cuentas una expresión sumaria del ser humano, habitante de la absolutez insondable del universo- los países que no cuidan a sus poetas no los merecieron nunca, incluso dejarán de ser países para siempre de no corresponder a tiempo el legado de sus autores. Después de Antonio Machado, transcurridas las efemérides del poeta sevillano, en este espacio ideal del Aula Juan de Mairena, se hace cada vez más necesaria la memoria de los poetas, a quienes secundo en la devoción común por el contacto diario del idioma. Gracias por este espacio consagrado al ideal, lugar necesario, en donde perdura la quemazón, el devenir y el aura preterido de los poetas de la II República, de la democracia.

 

Yo, ciudadano de a pie, residente de la república de los Estados Unidos de México, un emigrante canario más perteneciente a la generación de hijos de la transición democrática en España, heredero de los derechos conquistados por las luchas antifranquistas precedentes a 1978, año de la Constitución, llevo conmigo la misma impresión de que el drama de las avalanchas migratorias en las fronteras blindadas de Europa, el día a día de millones de parados y la corrupción política televisada no me son ajenos, de ahí que comience estas palabras sobre los poetas del exilio y el legado de Antonio Machado, considerando el eco de la sentencia del poeta Aimé Cesaire para quien Europa es responsable frente a la comunidad humana de la más alta tasa de cadáveres de la historia. El isleño de Martinica, poeta precursor de la négritude, entendió en su afamado discurso de 1955 que las potencias que habían ejercido el poder sobre otras naciones a través del colonialismo sufrirían ellas mismas la violencia ejercida históricamente con la experiencia de sus propias dictaduras engendradas.    

 

Igual que Aimé Cesaire, los poetas del exilio en México, herederos de las aspiraciones democráticas de la II República española, representan un emblema de resistencia, carrusel de biografías que otorgan una vez consumado el tiempo vivo de sus propias vidas, la posibilidad de iluminar con sus libros el horizonte problemático de la realidad actual, marcada por el signo de la incertidumbre y la desmemoria colectiva. En ellos y a través de sus poemas, está la vida en plenitud de un exilio que resignifica la relación con el Nuevo mundo: los poetas del exilio fueron nuevos odiseos que hicieron de la literatura un designio, testamentos líricos a la espera de expiación, sudario irredento del sueño de la democracia.           


2        

 

            Las nubes de México se parecen a las nubes de mis islas, las nubes todavía representan uno de los fenómenos naturales que no han sido disputa política, libres de fronteras muestran un sugerente parentesco con el sentido profundo de la vida de muchos poetas: vagan a la deriva y de cuando en cuando forman parte de la atención de un lector, constituyen su memoria cotidiana. Recuerdo precisamente en esta hora a un poeta de mi isla, cuando a la pregunta de un estudiante sobre el oficio del poeta respondió: contar las nubes.

 

Así sucede que las nubes y los poetas siempre me han parecido similares en su dispersión aleatoria, espontáneas y efímeras por su fugaz historia común. Hay nubes y poetas para todos los gustos, creencias y perspectivas. Algunas nubes son iguales, muchas nunca se cruzan con el resto, son nubes que no son idénticas a otra. Ahora bien, las nubes y los poetas tienen una propia génesis particular, lejos de un simple parentesco simbólico las nubes y los poetas comparten un designio mutuo en su transcurrir frente a la vida, suceden con mayor o menor fortuna, acumulan la dimensión de su potencial, se manifiestan y desaparecen, dejando un rastro etéreo que será seguido por lo porvenir. Curiosamente, Federico García Lorca bautizó a Emilio Prados como cazador de nubes.

 

Las nubes y algunos poetas compartieron en los cielos de México un mismo destino: el exilio necesario.

  

3       


            La única vez que estuve en la ciudad de Almería, uno de los últimos reductos de la resistencia republicana durante la guerra civil española, fui uno más de los turistas que visitaban la red de túneles subterráneos que valieron como refugio para sus ciudadanos ante los bombardeos diarios. Allí conocí el lado oculto de la ciudad andaluza de Almería, donde se encuentra la casa del poeta José Ángel Valente, pionero en el rescate de la memoria machadiana desde aquel encuentro de escritores y artistas en el cementerio de Collioure. Bajo los cimientos de su casa fui testigo de un dibujo infantil realizado sobre el cemento fresco de la contienda en donde aparece representado un avión de la época con una hilera de bombas lanzadas al vacío.

Esa imagen trágica, inocente y anónima, en la caverna de la desmemoria civil, que ha perdurado hasta hoy como un símbolo del drama humano de todas las guerras, refleja la trascendencia de unos hechos en la historia del Estado español que todavía mantienen en vilo su llama esencial, interpelación del pasado que nos convoca a la toma de posición, tibieza de su luz que clama justicia después del tiempo funesto de los olvidos arbitrarios.

 

En aquel dibujo infantil de Almería se descifra el espanto de los aviones enemigos que perduran por el hechizo del dibujo -la magia de toda pintura rupestre y abstracta expresa la condición creativa de lo humano dijo Juan Eduardo Cirlot-, de ahí que en ese dibujo hay un recuento preparativo para entender la vida de los poetas del exilio que tuvieron tras la guerra civil española una acogida total en México y de quienes como Machado sucumbieron en plena retirada. El avión infantil garabateado entre las sombras es como un signo de la barbarie que perdura por el azar del destino con la misma intensidad que en su ayer originario.

 

Quiero decir que los dibujos de Almería, que no pueden reducirse a la recámara del souvenir, rememoran algo parecido a lo que sucede al abrir las tapas de los libros de los poetas de aquel otro refugio trasatlántico: sus palabras habitaron aquella misma profundidad del silencio, túnel de la historia, imposición del fuego abierto, lastre final, extraño y concluyente, de las tristes lejanías del exilio. Los poetas en su errancia testimonial son el otro, que al decir de Novalis, Yo soy tú /Ich ben dein espejean una relación histórico-empática, intersubjetiva en esencia, socialmente constitutiva, en la que prima una ética del cuidado, de la civilidad plena, abundantísimo manantial para la corresponsabilidad mutua del acontecer vital de todo ser sintiente, siguiendo de cerca a María Zambrano, avanzadilla filosófica en español de la diáspora republicana que compartió durante un tiempo pródigo los soles de Michoacán.          


4

 

 

            A finales del pasado siglo, México volvió a ser ciudad refugio de escritores a través de la fundación de la casa Citlaltépetl que ha sido lugar de encuentro para el debate y la acogida del testimonio de otros poetas cuyos países han sufrido la calamidad de las guerras. Hace apenas unos meses conocí en persona al poeta kosovar Xhevdet Bajraj que pudo encontrar una nueva vida en este lado del planeta tras la guerra de los Balcanes. Tanto en su mirada, como en sus poemas, varias décadas después de las amenazas, del extravío de sus familiares y del reencuentro final aquí en México, perdura un resquicio transido del espanto, la cicatriz imperdurable del exiliado que aún puede ser visitado en la paz nocturna de su sueño por las pesadillas del genocidio, de las matanzas y de la barbarie ¿cómo escribir de aquello que no se ha vivido en carne propia?

 

Como el poeta Xhevdet Bajraj, los poetas del exilio republicano sufrieron ese mismo trance de escapar a quemarropa de una guerra, formaron parte del devenir de la vida cotidiana defeña, mantuvieron el pulso de la palabra frente al vacío absoluto proveniente del dolor arrojado a las cunetas, del campo de concentración, del patíbulo y el hambre, esa mala muerte que asola únicamente a medias. Si ya es imposible volver al pasado para interrogar cara a cara al poeta sobre su exilio, aún el testimonio directo de otros refugiados como Xhevdet Bajraj en México, como el poeta iraquí Abdul Hadi Sadoun en Madrid a quien tanto debo y de quien aprendí el valor inconmensurable de la amistad -ternura hacia el prójimo y hacia uno mismo para con los demás- nos brindan ambos un mínimo atisbo del peso del drama humano que ha perdurado desde tiempos inmemoriales en la condición de los exiliados, tan parecidos por cierto al propio paradigma del escritor en su momento de aislamiento necesario, siguiendo las palabras de Philippe Ollé-Laprune en una publicación de la Casa Refugio Citlaltépetl del año 2000, donde se habla de otros exiliados del ayer como Paul Celan, visitados por igual entre sus libros, desde sus poemas, en el eco de su voz.


5        

 

Hace tiempo que las agencias de noticias dieron cuenta a los cuatro puntos cardinales del fallecimiento del escritor Juan Goytisolo en Marrakech: irrupción nefasta del obituario, de la nota necrológica, de la negra muerte en este instante crucial de tanteo rememorativo, la escritura de una conferencia que deviene cita tardía con un pasado que se hace presente inmediato, sucesivo, correlativo. Y también reciente, de hace apenas unos años, la muerte de Juan Chamizo, pintor en el exilio, caballete en penumbras que será rememorado, más pronto que tarde, igual que la silueta de Machado, para siempre eterna entre las sombras y las luces de Collioure.

 

Goytisolo lo dijo en una entrevista con la claridad rotunda del viejo lobo de mar, del viajero trotamundos, del reportero de guerra: la patria del escritor exiliado es el lenguaje. Fue Goytisolo en su decisión de radicar en Marrakech y hacer de la Medina su centro vital un autor de firmamento propio, exiliado del franquismo hizo de su narrativa un ejercicio radical de ciudadanía. Oposición pura, íntegra, implacable en cada punto y coma de sus libros frente al régimen autoritario y la desmemoria generalizada sobrevenida con los Borbones. De su testimonio en la guerra de Sarajevo dejó dicho que solo la literatura puede dar cuenta de ella.

 

El escritor hace del tintero un remanso de esperanza ante la imposibilidad de transmitir la totalidad del dolor, el lamento ancestral, la pérdida de humanidad en las crónicas del acontecer histórico. Habitante de los sures, enamorado del desierto y de los desposeídos de la tierra, Goytisolo dio cuenta de la herencia árabe en la cultura universal, escogió su paisaje íntimo para revivir las historias no contadas, hizo del exilio un paradigma existencial, arte del vivir errante.

 

Tras su entierro en una tumba de Larache rodeada de amigos -exilio definitivo del cuerpo que habitó- queda ahora el vestigio enamorante de sus títulos a todos los idiomas, de su voz única y necesaria, su mirada doliente que nunca jamás olvidó la muerte de la madre bajo las bombas fascistas sobre Barcelona. Aquel martirio que inició la genealogía expiatoria de sus libros es dolor común que universaliza la pérdida de la madre y que no cesa, casi hasta se multiplica por mil, ya bajo tierra.   

 

          

6        

 

LA TUMBA DE CERNUDA

 

 

Si en silencio andaba el poeta

pregón al viento su ceniza

 

mística inconforme del azar

en la huella sevillana del aedo

 

su geografía del último aliento

tiñe de relámpagos interiores

cada atardecer de coyoacán

 

campanario del olear arriba:

alevosía de los versos inéditos

 

la urgencia abajo de un silbato:

videncia muda del destierro 

 

como un viaje perpetuo en bajamar

también este exilio no será derrota

 

desde la ventana más oscura

el poeta erige su mentón

asienta candores a la pipa 

 

alrededor un sol de media luna

tras el rojo zeppelín de los deseos

 

es aquí: la tumba de cernuda

 

(Samir Delgado, inédito)

 

            En el libro del también sevillano Antonio Rivero Taravillo acerca de los años de exilio de Cernuda (1938-1963) hay un álbum de fotografías de archivo en las que puede seguirse el itinerario vital del poeta, a caballo entre Ciudad de México y Estados Unidos, unas veces como profesor en universidades californianas y otras como paseante de los cines y parques de Coyoacán, fugitivo de los cenáculos dominantes y amigo de sus amigos. De su relación con Octavio Paz y otros poetas mexicanos se extrae la médula de un vínculo fraterno que asentó las políticas del presidente Lázaro Cárdenas cuando la hora punta del exilio hizo de las fronteras un dilema humanitario. Cernuda posa con pipa, sonríe a la posteridad en una playa de Acapulco, ángel de alas rotas, malhumorado las más veces, vivió bajo estos cielos una vida doblemente exiliada: del origen y del destino.

 


7         

 

Como en todas las historias malditas de la guerra, hubo poetas que sobrevivieron a la crueldad emboscada, lejos de la gloria homérica de la caída en combate y de los laureles eternos, pudieron cruzar las aguas del Atlántico como misioneros del ocaso de una vieja Europa claudicante. Y hubo también otros muchos que sucumbieron en una derrota temprana, intempestiva, sin apenas tiempo para gritar al infinito su paradero como víctimas del enemigo. Si los poetas del exilio lograron embarcarse en odiseas como la del Sinaia, llegando a Veracruz bajo el cuidado fraterno de una república hermana, hubo otros más que fueron duelo inminente, lamento preterido hacia los confines de la memoria colectiva.

 

Es la contrahistoria del exilio, la otra orilla del clamor silenciado, el testimonio doliente de poetas como Antonio Machado, Miguel Hernández y Federico García Lorca cuyos fenecimientos fueron noticia acuchillada. Otros poetas tuvieron el mismo sino, la predestinación fatal de padecer en carne propia la experiencia del odio y de la opresión. Es el claro ejemplo, mayormente desconocido fuera de las Islas Canarias, del joven poeta Domingo López Torres (1910-1937), delfín insulario del surrealismo internacional, amigo personal de André Breton y pupilo del ensayismo revolucionario que formó parte de la Revista Gaceta de Arte, máxima expresión de la vanguardia republicana con autores de la talla de Eduardo Westerdahl en primera línea.

 

Apenas iniciado el golpe militar del General Franco un 18 de julio de 1936 desde su alcoba de Capitanía en Santa Cruz de Tenerife, el poeta López Torres sufre cárcel inmediata en el primer campo de concentración del Generalísimo conocido como “Fyffes”, un antiguo empaquetado de frutas de firma británica que se convierte en presidio fatal y donde el poeta escribe sus últimos versos antes de ser ahogado en el fondo del atlántico dentro de un saco de patatas: qué profundo correr por mares de silencio.

 

Un crimen impune, barbarie atroz que ya desde la génesis de la dictadura imprimió el rostro amordazado de un poeta sobre cielos de sangre y mares de infortunio. Y no finaliza aquí el recorrido nominal de los otros poetas del exilio en la profundidad abisal y el perpetuo camposanto. Se sabe por las crónicas, los partes de baja en combate y presidio a manos del enemigo, que muchos represaliados en la guerra civil fueron poetas brigadistas de otras latitudes. En libros antológicos como el clásico de Bernd Dietz, Un país donde lucía el sol, publicado en Hiperión en 1981, o el de Alberto Girri, Poesía inglesa de la guerra española, ya aparecido en 1947, puede recontarse en ellos un número diáfano de poetas en lengua inglesa que echaron sus versos al viento antes de sucumbir por las balas fascistas.

 

Es más, de un memorándum necesario para rescatar todas aquellas voces, puede advertirse para colofón tardío de los poetas comprometidos que mantienen su antorcha desde un pasado jamás clausurado, uno de los grandes autores de la vanguardia hispanoamericana, el peruano César Vallejo, quien dio cuenta de su fatídica experiencia en los poemas de España aparta de mí este cáliz, alcanzando su aliento hasta un día de abril de 1938 bajo el presentido París con tarde de aguacero.

 

Él, vate inmortal, compartió con otros muchos poetas más tarde exiliados de sus repúblicas de origen la mítica parada de tren en Minglanilla, pago de la provincia de Cuenca, en Castilla-La Mancha, durante el itinerario fatídico Valencia-Madrid de julio de 1937 en el que los escritores antifascistas participaban en la celebración de un congreso internacional por la cultura. Muertos de hambre, poetas cariacontecidos, allí el drama de la guerra se dejó ver a plena luz. Y gracias a confesiones como la del cubano Alejo Carpentier, en compañía de Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Octavio Paz y tantos otros, se sabe que mujeres extremeñas dieron de comer de la nada a los poetas en una prueba de fraternidad común que ha pasado tristemente a los anales silenciados de la guerra civil española, la que mató a Lorca, de la que huyó Alberti, la que se llevó para siempre consigo la mirada agónica de César Vallejo y al joven poeta de Tenerife, una de las islas desafortunadas, donde por cierto quedó sepultada bajo tierra la cinta de Luis Buñuel, La edad de oro, en un juego al escondite de a vida o muerte que da cuenta del pánico atroz, de la persecución y el martirio al que era sometida toda expresión artística, la poesía toda, el don humano más genuino, latido esencial de las utopías.     

 

8        

 

 

            El pincel también tuvo que seguir el camino del exilio de los poetas: es el caso de Ramón Gaya, embarcado en el Sinaia. En su casa de Murcia observé mis primeras imágenes de Chapultepec antes de que el parque defeño formara parte de mi paisaje cotidiano predilecto en México, sus verdes, el colofón del azul, arboledas en domingo. Con el poeta y artista me sucedió igual que con otras obras de arte: una vez asumida su verdad como propia –alétheia de los griegos- donación del color, del sentido interiorizado del óleo para uno mismo, al través del deleite contemplativo, -sosiego del instante- el parque como tal se parecerá al cuadro, y no al revés. Este fenómeno de donación, transfusión estética, del cuadro a la realidad, sugiere un valor trascendental a la imagen, esbozo primordial para asumir una poética de la visibilidad, que en plena sociedad de la saturación, la velocidad y el predominio de lo informativo, me interesa como proyecto vital de escritura. Admiro la obra de Ramón Gaya desde entonces con una atención in crescendo, el murciano fallecido en 2005 es autor de poemas y ensayos sobre arte de una hondura iluminante. En uno de sus diarios muestra reticencia malhumorada por abandonar París sin ver su primavera, aquejado de haber vivido trece años sin estaciones en México DF. Y cuenta, ya de regreso en otro junio como el nuestro de ahora, a mediados del 50:

 

         Llegada a México. Atontamiento y cansancio. Una cierta alegría. Sensación de ceguera. Algunos buenos amigos han venido a recibirme. Un cielo espléndido, de una belleza desmesurada. Todo parece asentado en su lugar. No, no falta nada, o casi nada. Falto... yo. Veremos cuándo llego.

Ramón Gaya formó parte de la experiencia republicana de las misiones pedagógicas y en concreto del Museo circulante, en el que copias de obras de arte del Museo del Prado- las mismas obras salvadas por Alberti y María Teresa León bajo los bombardeos sobre Madrid- eran divulgadas en los pueblos más recónditos como fórmula de la renovación educativa del momento. Y también en las trincheras del frente, lugar donde la poesía de Miguel Hernández redoblaba los ánimos del combate. El pintor poeta, exiliado en México también, representa una figura crucial, vivificadora de la del del huerto -a diferencia de la huerta- como un espacio de cultura, exponente del intelectual español honesto y comprometido, cuya trayectoria artística y vivencial caminaba con el peso sobre los hombros de la historia fatídica de una república acribillada, plantado frente a un cuadro de Tiziano, de un atardecer en Italia:

  Es magnífico y al mismo tiempo desesperante que, después de varios siglos, las cosas sigan ahí, completamente inéditas, desconocidas, intactas.

9        

 

 

En palabras de Enrique López Aguilar, presentador en 1990 de una antología poética de Pedro Garfias publicada anteriormente en su primera edición de 1970 -tres años después de la muerte del poeta exiliado en Monterrey- hay una asociación entre el desarrollo poético y un proceso histórico crítico que ha sido constante en España. Las generaciones del 98 y del 27 caminaron juntas en su plasmación cosmovisional junto a las vicisitudes de la época vivida, una dialéctica intrínseca que hace de los poetas auténticos voceros de sus tiempos, anticipadores de las nuevas tendencias y correa de transmisión identitaria capaz de expresar tanto la novedad, como el dolor y lo bello, incluyéndose finalmente el exilio como símbolo exponente de un estado del alma en el bando perdedor, de la nostalgia y la soledad, considerando el diagnóstico de Octavio Paz en el estatus propio del yo de la modernidad.

 

El poeta salmantino, nacido en 1901, representa al cantor que logra el Premio Nacional de Literatura en 1938, se bate en las trincheras del verbo como comisario político republicano y escribe como uno de los primeros refugiados en Inglaterra su Poema bucólico con intermedios de llanto, la Primavera en Eaton Hastings donde descifra la preconización de una soledad invertebrada, dando al viento sus velas indefensas:

 

Aunque el silencio cruja y se despierte el cisne

-que es propiedad del Rey- y quiebre aleteando

las aguas impasibles: aunque las aguas corran

a golpear la orilla con sus tiernos nudillos

y el rumor se propague por el bosque curioso

y llegue a despertar la brisa que dormía

tras la colina curva; aunque la brisa vuele

a sacudir los prados y pulsar las ventanas

aunque el temblor sonoro se extienda a las estrellas

y perturbe un momento su formación tranquila

mientras duerme Inglaterra, yo he de seguir gritando

mi llanto de becerro que ha perdido a su madre.

 


Y de su epitafio a Antonio Machado, el susurro postrero, doliente y aún esperanzado al poeta que sucumbe en Colliure: qué cerca de tu tierra te has sabido quedar…


10

  

Max Aub en su diario del 1 de enero de 1945- año del final de la 2º guerra mundial y de la esperanza de una intervención aliada contra el régimen de Franco- recuenta el conglomerado de estadías y sucesos que han configurado su exilio mexicano, punto por punto, a telón subido, excelencia dramatúrgica: 

 

Las vueltas que da el mundo

 

I. Port Bou, febrero 39.

II. Argelès.

III. París. La división Jare-Negrín.

IV. El pacto germano-soviético.

V. Las detenciones. La prefectura.

VI. Roland Garros.

VII. El viaje. Vernet.

VIII. Marsella. La cárcel.

IX. Viaje, Argel, viaje.

X. Djelfa.

XI. Uxda.

XII. Casablanca.

XIII. El embarque. Bermudas. Veracruz.

 

 

La entrevisión del sí mismo entre los números romanos, a carne viva entre la madeja cronológica de la fatalidad, fija las coordenadas propias como factor de autoconciencia decidida, resolutiva, clarividente, que despeja a través de su estar-ahí el aturdimiento nebuloso de una angustia íntima que aparece impuesta como sobredosis natural de la vida misma, si bien la condición de exiliado contiene una autodeterminación del yo que se sabe instaurado entre el juego de fuerzas del poder. Es el diario de Aub, a duras penas, una expresión de la biopolítica esencial que constituye el desenlace de las vidas por una guerra civil que antecederá para siempre a todos los futuros imperfectos.

 

Él mismo como autor de teatro y novelista, artífice de la existencia de Jusep Torres Campalans, supo a ciencia cierta de sus antecedentes penales que le supondrían la cárcel y el exilio:

 

2 de agosto (1945)

 

¡Qué daño no me ha hecho, en nuestro mundo cerrado, el no ser de ninguna parte! El llamarme como me llamo, con nombre y apellido que lo mismo pueden ser de un país que de otro… En estas horas de nacionalismo cerrado el haber nacido en París, y ser español, tener padre español nacido en Alemania, madre parisina, pero de origen también alemán, pero de apellido eslavo, y hablar con ese acento francés que desgarra mi castellano, ¡qué daño no me ha hecho! El agnosticismo de mis padres-librepensadores- en un país católico como España, o su prosapia judía, en un país antisemita como Francia, ¡qué disgustos, qué humillaciones no me ha acarreado! ¡Qué vergüenza! Algo de mi fuerza-de mis fuerzas- he sacado para luchar contra tanta ignominia.        


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            Habla León Felipe en su libro Ganarás la luz, México 1942, de la futura poesía prometeica de la llama.

 

Los sueños, los mitos y los pasos del hombre sobre la Tierra se llaman y se buscan en la sangre y en el cielo hasta encontrarse en una correspondencia poética, como el tintineo luminoso y musical de los versos antiguos que se besaron y fundieron para siempre en los poemas ilustres.

            Lo que fue ayer un toro ya no es más que una constelación.

            No lloro por mi patria perdida. Todo se traslada y se levanta. La metáfora se mueve y asciende por una escala de luz.

            (…) Y hay  voces de tragedias antiguas que me siguen para que yo las defina con mi sangre, porque sólo con la sangre podemos hablar de los que vertieron la suya por nosotros, antes de que nosotros diésemos la nuestra por los que han de venir.

 

            El mismo poeta clama más adelante, ya entre México y Bogotá, alrededor de 1946, que Hay dos Españas, ajuste de cuentas definitivo, palabra reveladora del estado del alma de poeta en el exilio:

 

Hay dos Españas: la del soldado y la del poeta. La de la espada fraticida y la de la canción vagabunda. Hay dos Españas y una sola canción. Y ésta es la canción del poeta vagabundo:

 

Franco, tuya es la hacienda,

la casa,

el caballo

y la pistola.

Mía es la voz antigua de la tierra.

Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante

por el mundo…

Mas yo te dejo mudo…¡mudo!

y ¿cómo vas a recoger el trigo

y a alimentar el fuego

si yo me llevo la canción?         

 

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            Yo que provengo de unas islas atlánticas que han sido lugar de visita para otras culturas, plataforma flotante del hábitat terrestre, volcán del idilio del ser humano con la naturaleza, he tenido ocasión de habitar muy de cerca y ser a la vez conciudadano del mismo aire que otro de los muchos escritores exiliados del siglo XX: José Saramago. El Premio Nobel portugués también desertó toda la vida de una dictadura fatal que se volvió democracia y libre mercado de un país que fue imperio y ha quedado a merced de las políticas de ajuste de una Unión Europea mal gobernada bajo el influjo diario del capitalismo neoliberal.

 

El escritor luso vivió en Lanzarote, isla para náufragos de toda mitología, habitó el atlántico con pulso comprometido, sabedor de la condición ética que constituye la voz del novelista. Ateo, arremetió contra las jerarquías de la fe y denunció entre sus páginas la ceguera imperante. Como exiliado, amó en sus diarios la balsa de piedra volcánica que fue casa para el amor y la creación.

 

Él, Saramago, cultivó también la poesía, se solidarizó con Palestina y mantuvo a raya la enfermedad del mercantilismo y el encumbramiento egolátrico de otros escribanos del nuevo orden mundial premiados por la academia sueca, antítesis de Mario Vargas Llosa. Visto como ciudadano desde la lejanía de su sombra en la isla, Saramago no fue ningún turista del deterioro global y su legado constituye un acervo imperecedero para la cultura portuguesa de todos los tiempos y el progresismo a nivel mundial.

Imagino siempre a Saramago en la isla como el escritor exiliado que justamente invierte el papel fatídico del ostracismo en una reconciliación total con el destino propio, vivamente disfrutado hasta el último hálito de vida. Al igual que Eugenio Granell, el poeta y artista surrealista gallego, militante del POUM, amigo de Breton y exiliado en Puerto Rico, que en su bello libro -casi reliquia- titulado “Isla cofre mítico” de 1951, aseveraba que el magnetismo del más allá caribeño atrajo al otro triángulo de islas que fueron las carabelas de Colón en el Nuevo Mundo.

 

Del ejemplo de Saramago, los poetas del exilio republicano español se comprenden mejor y están igual de cerca, más aún desde una nueva óptica diferente, diríase a posteriori, transformadora: la huella de León Felipe, Cernuda y Garfias, Max Aub, Emilio Prados o Ramón Gaya, y ellas también: Ernestina de Champourcin, poeta, Remedios Varo, pintora, Luisa Carnés, novelista, aparecen todas como auténticos bastiones de la resistencia vital que mantienen la llama de la esperanza del sueño imperecedero de un mundo mejor.

 

Y es que la hispanidad como supo ver Martí reluce sus mejores galas en el éxtasis de las diferencias, el idioma hablado en acentos distintos hace más grande su amplitud humana. Y los poetas del exilio hablan la lengua del desamparo que clama por una justicia irredenta y cuyo porvenir se escribe indefectiblemente con la fuerza emancipatoria de lo utópico viable.  

Saramago, otro náufrago también, en la isla del centro del mundo, exiliado, a saudade. 

 

           

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Otro exiliado, poeta, escritor de fama tardía en el acontecer del panorama contemporáneo, el chileno Roberto Bolaño, dice en boca de sus detectives salvajes, en pleno México DF de su juventud: Pero la poesía (la verdadera poesía es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito). Amigo para siempre de los poetas infrarrealistas, la marginalidad de su experiencia le condujo a ser testigo del vendaval de un país, México, a cuya capital siempre recurrió para su imaginario novelístico, México como enclave universal que supone para la creación literaria y artística un referente primordial, magnético, total para los jóvenes que aspiran a construir su itinerario poético.

 

            Precisamente, en la adaptación cinematográfica de la pieza teatral de Fernando Fernán Gómez, Las bicicletas son para el verano (1984), una más de las películas para todos los públicos de temática guerracivilista que recuenta el drama agónico de la II República, el papel de Gabino Diego da cuenta de aquel joven estudiante de Física cuya mayor aspiración fue la de ser escritor, como el padre soñaba con ser el Máximo Gorki de sus días. Nunca llegó a tener el joven su bicicleta y tampoco llegaría a ser el escritor pretendido. Ese desarme del intelecto, de la capacidad necesaria para la fabulación de todo individuo en su formación integral, fue otro de los exilios padecidos en la literatura española, la de la propia poesía de un tiempo dictatorial que aniquiló la Teoría del duende de Lorca con una autarquía insoportable, ultrarreligiosa y conservadora, capaz de volver extraño al propio Quijote en su delirio de posguerra.     

 

¿Qué lugar ocupan los poetas del exilio en las postrimerías del realismo del canario Galdós, quien nunca sospechó para sus Episodios Nacionales los malos tiempos para la lírica que sobrevendrían apenas 15 años después de su muerte? ¿qué papel desempeñaron -si lo hubo- para la cuenta atrás del boom latinoamericano, siendo el poeta exiliado de la dictadura aquel otro extranjero que reconstituye la narrativa de la alteridad para la eclosión del nuevo sí-mismo  en Nuestra América?

 

 

Tras la pista de otros poetas del exilio, tal vez los menos conocidos que están ahí para ser desocultados de la maraña y el peor de los olvidos, cito como ejemplo paradigmático a los catalanes Pascual Buxó y Agustí Bartra, siendo aquellos otros jóvenes que cruzaron el atlántico para más tarde despuntar como autores mexicanizados los poetas Tomás Segovia y el propio Gerardo Déniz. Al hilo de la remembranza de los poetas del exilio resurge mientras leo sus poemas una voz náhuatl, que se pronuncia nepantla, y quiere decir “en medio”, un denominador común que además da nombre a un lugar donde vivió Sor Juan Inés de la Cruz.

 

Los de en medio, habitantes a caballo del verso entre dos orillas, los poetas del exilio, al igual que los brigadistas anónimos del Batallón Hans Beimler, disueltos entre el marasmo de la derrota política y la eternidad de su ejemplo.

 

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Hay una fotografía de Ghassan Kanafani, escritor palestino, en la que aparece escribiendo -al fondo de la imagen- mientras su hijo es alimentado por la madre en primer plano. El atentado con coche bomba en Beirut que acabó con su vida en julio de 1972 tiene un parentesco simbólico con los poetas del exilio cuyas vidas anteriores a la guerra fueron demolidas por el efecto perverso de la violencia desatada.

Precisamente Kanafani desarrolló en su obra literaria una modalidad de narración que aspira a ser corpus constituyente de la historia de un pueblo como el palestino, que ha sido en el último medio siglo la otra víctima del holocausto, exiliado en su propia tierra, la fotografía de Kanafani es la del exilio interior del escritor vuelto mártir.

 

Por otro lado, Günter Grass, Premio Nobel de Literatura, dio cuenta en su autobiografía de que Auschwitz era la última oportunidad de su pertenencia a Alemania. Más allá de la poesía imposible de escribirse después de los campos de concentración, esta consideración ética de asumir en sus propias carnes el desenlace fatal de una historia criminal que condujo al exterminio de millones de seres humanos, hace que de igual modo la cuestión del exilio republicano español y la memoria de los desaparecidos y de los fusilados y de los refugiados del franquismo y de todas las dictaduras que padecieron en carne propia tantos poetas y artistas, sea a la postre un detonante ético crucial que tras la transición democrática interpela a las nuevas generaciones para asumir un legado, las voces de quienes mantuvieron en vida el testimonio y la proyección de unos ideales que fueron la libertad de expresión, el laicismo, la justicia social y la solidaridad humana, valores de progreso que conservan su absoluta vigencia.

 

Quimera del vórtice, matriz cosmovisional, epigramas de toda luz: los poetas del exilio son nubes de un mañana del ayer que insufla vida sobre la muerte, aire frente al vacío. Y en México plantaron el asombro, el delirio y la perplejidad feliz contra los regímenes de la letra muerta, del negro póstumo, de los malos gobiernos sobre tantas vidas silenciadas.

 

Son nubes, los poetas, exiliados también de la muerte para sostén futuro de las memorias colectivas.

  

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En el libro "Oiseaux /Pájaros" de Saint-John Perse, otro poeta de los exilios, cantor de la vida rememorada de la infancia y la naturaleza perdida en el acontecer irreversible del tiempo-mercancía global, hay un feliz hallazgo que vale como despedida, síntesis en paralelo, universalidad del vuelo. Su digresión acerca de los pájaros, en diálogo abierto con dibujos de Braque, tiene una cercanía, señal a la vista, aproximación a la imagen, sobre los poetas del exilio, el pájaro y el poeta que vuelan, migración de las almas, materia en vilo, energeia.     

 

Ya no son grullas de Camarga, ni gaviotas de las costas normandas o de Cornuille, garzas reales de África o de la Isla de Francia, milanos de Córcega o de Vaucluse, ni palomas torcaces de las cañadas de los Pirineos; sino pájaros todos de la misma fauna y de la misma vocación, pertenecientes a una casta nueva y a un antiguo linaje

 


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Hay en todos los poemas del mundo una vocación de continuidad. Las palabras se parecen al hielo que necesita un tiempo necesario para adquirir su forma perfecta. Cada hielo como el poema tiene una eternidad propia que perdura para ser como el agua de la memoria en el regazo del tiempo. Otros poetas han visitado Soria en los últimos años para releer a Machado y habitar sus espacios vividos. En mayo de 2014 el poeta iraní Mohsen Emadi, exiliado se preguntaba a sí mismo en unas notas de su blog por la ciudad de Machado y la melancolía amarga de aquellas tierras donde el campo sueña. Haciendo recuento de sus estancias en lo alto del Moncayo, Praga y Bratislava, el iraní se pregunta ¿dónde está Soria? Y vuelve al poema la ascensión del amigo José María Palacio, la anábasis de una tarde azul vuelve a la memoria del escritor como un triángulo perfecto que cierra sus ángulos iguales en torno a la ausencia de la ciudad y del poeta. El hombre de lengua persa que también escribe en español  enciende una hoguera y toma té en la soledad de las cumbres de Alborz, suspendido el tiempo. Su mirada tocaba la escultura de un espacio que permanecerá como un hielo redondo y perfecto en la levedad que transcurre entre los blancos de la conciencia y el sueño. El poeta iraní Mohsen Emadi que visitó Soria tras la huella de Machado invoca a las sombras en su cuaderno virtual:

 

No hay dos personas

que puedan atravesarse una a otra

pero dos sombras se traspasan fácilmente

por eso habitan el mundo de la absoluta soledad”

 

 

S.D, Soria, 2021


lunes, 24 de enero de 2022

"Mise-en-abyme" Clausura de la exposición de Pedro Lezcano Jaén

 

Obra cortesía del artista Pedro Lezcano Jaén

Un abismo que se mira puede reflejarlo todo. La mirada humana se nutre tanto de la infinidad imaginada como de los límites exactos del mundo conocible. En plena era global de las tecnologías satelitales, la humanidad sigue abismada en su condición mortal y finita. La pandemia lo único que nos ha devuelto felizmente es el abismo de lo desconocido. Y tal vez el arte sea justamente aquello que sobrevive a todas las crisis civilizatorias. Tras la exposición artística “Objetos de tiempo” de Pedro Lezcano Jaén en el Paraninfo de la universidad, ya clausurada, hay una interrogación que puede hacerse sobre el papel de las bellas artes en el panorama cultural contemporáneo. La necesidad ética de la belleza es incuestionable y realmente la trascendencia pública de una exposición de arte, pasada o futura, nunca se podrá cuantificar en números.

Las vivencias de una visita a los museos constituyen un atributo de las libertades. A pesar del final de una exposición, queda el remanso de luz de la memoria de quienes sumaron esa experiencia del mundo y del abismo a sus vidas. Y la bondad radical del artista Pedro Lezcano Jaén aflora también cuando sus obras han sido descolgadas, rumbo al atelier de todos los días. No puede suceder que sus creaciones no prosigan ahora la senda internacional. Tal vez México, La Habana o Nueva York, es el designio del arte que desborda los sentidos y es capaz de donar perplejidad. La retrospectiva puso fin al silencio de un lustro, esperemos que en adelante la presencia del artista se multiplique y sea pródiga fuera del horizonte insular.

La clausura de “Objetos de tiempo” de Pedro Lezcano Jaén conlleva una triple renovación cíclica de espacios vacantes. Por un lado, comienza un nuevo compás de tiempo creativo para el quehacer futuro del artista, por otra parte, la sala de arte universitaria renueva su programación para dar sentido a la lógica institucional tan necesitada de vida real. Y en tercer lugar, el imaginario colectivo que se nutre de pervivencias y evocaciones, la memoria ciudadana, que es un factor de la vida pública esencial y un valor imprescindible del progreso, tendrá otro tiempo añadido de asimilación para fraguar el depósito social de reminiscencias que ha expandido el arsenal de imágenes de la obra de Pedro Lezcano Jaén. En cada una de sus piezas, los visitantes han podido encontrar un reflejo de la identidad fracturada de todas las vidas. El retrato de familia es universal. Una Lolita Pluma rediviva ha vuelto a recorrer las calles de la imaginación colectiva. El salitre desconcha superficies y cuerpos, los congéneres y las personas amadas un día desaparecerán de nuestras vidas. Los marcos que también combinaba en sus cuadros el artista palmero Cándido Camacho forman parte extra de la exposición, Y el artista insular ha vuelto a escena para pintar lo sagrado dentro de la cueva y sacar a la luz una verdad, la conciencia de estar vivos es lo que nos salva.    

La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria atesora un circuito de arte actual de primera magnitud y la vida de los artistas y creadores insulares depende de ella. Esta muestra, comisariada por Laura García Morales, ha podido reunir toda la potencia de reivindicar más tiempo y más espacio para la vida artística insular, más allá del escaparate turístico unilateral que todo lo asimila y embadurna. Los cuadros han reflejado en el devenir de las sociedades el rostro múltiple y diverso de las culturas, y en las obras de Pedro Lezcano Jaén que nos han acelerado el pulso se puede extraer la hipótesis de que la sociedad canaria habita realmente en ellas. El arte como un espejo y un sudario, así como los personajes de Fernando Botero, agrandados por la luz de Medellín, también la bañista y los niños, los personajes familiares que Pedro Lezcano Jaén ha inmortalizado en su tiempo funesto de vida, atestiguan el signo crucial de los años democráticos de la Autonomía canaria. Unas islas que en su mayoría de edad comienzan a presentir la descomposición acelerada, donde el deterioro irreversible y la pérdida inexorable de memoria generacional evidencian el empacho del sistema del turismo de masas y el turbocapitalismo. La caducidad, lo putrefacto, aquello que va a desaparecer se palpa en el impacto cotidiano sobre las vidas y la representación de lo real que se hilvana bajo el imperio del consumismo de las grandes superficies comerciales, en la vida extraña de las autopistas, en el embrutecimiento social de la competitividad.

Pedro Lezcano Jaén, artista polifacético, ha dado un jaque mate al aburrimiento y al control de la vida social televisada, a la modorra del patio de recreo de ultramar que a pesar de reproducir los males del individualismo y de la banalidad, la pestilencia de la corrupción de décadas y el deterioro de su belleza natural, sigue conservando en su panorama artístico y en la vida ciudadana el lado más cosmopolita que ha latido siempre en su devenir histórico. La exposición “Objetos de tiempo” de Pedro Lezcano Jaén insta a seguir viviendo, a reflexionar y a tomar conciencia de la finitud de la vida. Como Manuel Millares que pintó lo más negro de la fatalidad para dejar espacio a la esperanza, en la pintura y las esculturas de Pedro Lezcano Jaén sobrevive   el aura y la invocación, el llamado al diálogo íntimo y a la rebeldía. El abismo permanece ante nuestros ojos y ha entrado el pelicano del cuadro por la ventana.         


Publicado originalmente en Canarias 7 

lunes, 10 de enero de 2022

La albar melancolía. La quinta estación de Eusebio Sempere

 


El Museo Francisco Sobrino de Guadalajara acogió en 2021 la exposición “Sempere Inédito” con 35 obras del artista Eusebio Sempere (1923-1985) pertenecientes a las colecciones Ars Citerior de Valencia y Espíritu-materia de Madrid. El artista formó parte esencial de la generación que dio vida al Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca en 1966. Con esta nueva muestra de obra inédita de Sempere, Castilla-La Mancha renueva su papel histórico de espacio renovador y lugar de residencia para el arte español más internacional


Guadalajara es un lugar esencial de Castilla-La Mancha, con cerca de noventa mil habitantes bajo un sol de provincia, suyo es el astro que ensueña con desmesura secreta a poetas como Yves Bonnefoy, viajero a la caza del extravío por tierras lejanas, allá donde habita la imagen de presencias invisibles, esa única luz fuera del tiempo, el arte.

A ciento treinta y cinco kilómetros de Cuenca, Guadalajara invoca el horizonte de un espacio diáfano, crepuscular, utópico. Campos de trigo, alcarria profunda de los apuntes carpetovetónicos de Camilo José Cela, tierra de mediodía universal. Por la N620 se encuentra el monumento a Francisco Sobrino, artista nacido en Guadalajara en 1932 y exponente singular del arte cinético y la escultura geométrica. Hizo su carrera artística en París y falleció en Bretaña hace apenas siete años. Su figura emparenta directamente con la de Eusebio Sempere, el alicantino de los móviles luminosos y de las cuatros estaciones, la suite de cuadros vivaldianos de la que habla Juan Manuel Bonet para la ficha de la colección de la Fundación March.

Estos museos de Castilla son lugares de excepción para la eternidad, mucho más que receptáculos de obras de arte, constituyen el sueño de la reclamación histórica de muchos artistas como Francisco Sobrino y Eusebio Sempere, para quienes el juego con el espectador debía ser primordial, la relación del público con el arte se tenía que democratizar, la vida era en sí misma el encuentro de la creación, la luz y la belleza. Cuando el crítico de arte John Ruskin dedicó toda su vida a escribir sobre la pintura de Turner, el inglés que donó su obra a la nación, llegó a decir que el don del artista era expresar el misterio.

Y la epifanía cotidiana que supone mirar una pintura de Zóbel es precisamente una evidencia de que los cuadros fundan el paisaje y su exposición a todos los públicos representa el antiguo sueño renovado de la polis griega, para dotar a la ciudad de un lugar para los imaginarios y para la libertad, como nuevos templos del politeísmo donde se concreta el hábitat inmemorial de un río al atardecer. Y es que la pintura y la escultura constituyen dos formas de expresión humana de lo sagrado y de lo profano. La luz es un enigma, como afirma Cees Nooteboom en uno de sus libros, la pregunta está en el otro misterio que suponen los cambios de significado que una obra de arte experimenta en el tiempo. Y el valor de los museos se multiplica al infinito cuando se considera, a ciencia cierta, su potencial pedagógico y patrimonial, especialmente a la hora de ofrecer a la ciudadanía un espacio para la contemplación y el paseo liberado de la lógica dominante de los escaparates comerciales, de la tensión biopolítica de las redes sociales y del lenguaje publicitario que todo lo consume y deshumaniza en cifras y cálculos, en pérdidas y ganancias.

 

El Museo Francisco Sobrino de Guadalajara constituye un paradigma de la conversión de lugares de una ciudad moderna en centros de arte contemporáneo, como el antiguo convento de las Carmelitas de Cuenca transformado en Museo del Objeto encontrado de la Fundación Antonio Pérez. Hace Guadalajara de intermediaria en la diagonal del arte abstracto que se traza entre las Casas Colgadas de Cuenca, con el museo pequeño más bello del mundo- como dijo el fundador del MoMA de Nueya York- y el Museo de arte contemporáneo Esteban Vicente de Segovia, otro de los pintores españoles del exilio republicano que puso su estrella y su jardín en el alto firmamento del expresionismo abstracto norteamericano. Su rosa de Bridgehampton es una de las más bellas composiciones de color y vida de un artista español y duerme con sus pétalos abiertos a la noche de los depósitos del museo neoyorquino.   

La luz fue la decantación primordial de los artistas españoles en el momento pletórico del nuevo auge de las vanguardias bajo el silencio de la dictadura. Y Eusebio Sempere llevó al extremo la vocación de transmutar la luz en arte concreto, óptico y poético. Así lo consideraba el crítico y ensayista Vicente Aguilera Cerni, impulsor del Grupo Parpalló, otro de los focos generacionales del informalismo en una España necesitada de libertad y de luz. Sempere estuvo en París igual que Francisco Sobrino, la ciudad de la luz abrigó los ímpetus de renovación creativa y de universalidad en la pintura de muchos artistas que luego volverían a Castilla-La Mancha, solar quijotesco, para derramar en sus lienzos la plenitud sideral, las ondas de radiación electromagnética que brindan el misterio de la vida, de la belleza.

Con la reciente exposición de obras inéditas de Eusebio Sempere en el Museo Francisco Sobrino de Guadalajara, la historia vuelve a colarse como protagonista en las salas de un museo de arte, las piezas de las colecciones Ars Citerior y Espíritu-materia atesoran la originalidad de devolver a la luz el sueño del artista. Es la quinta estación de Sempere, lo nunca antes visto, lo que permanece en el misterio y se vuelve origen y destino a la vez. Toda la luz detenida con el transcurso imparable de los años y las décadas, el tiempo vivido en carne propia por la hermana del artista, Concha Sempere, a sus cien años de vida. Los paisajes abstractos del arte español personificado en Eusebio Sempere representan una memoria viva de la transición democrática y de los anhelos de libertad que no se deben perder nunca. Cada paso que se de en el sentido de la conservación, el fomento y la apertura de los museos de arte en la vida pública supone un avance a favor de la riqueza de los imaginarios y del derecho a soñar un mundo mejor. Es hora de que se decrete la apertura permanente de los museos, como un bien cultural de primera necesidad, el retorno del museo itinerante de Ramón Gaya, el momento de reivindicar, otra vez y todas las veces que sean necesarias, la belleza frente a la barbarie, con la imagen de Rafael Alberti y María Teresa León evacuando las pinturas del Museo del Prado.  

Hay un poema en prosa de José Miguel Ullán, en su libro “Manchas nombradas” de 1984, con prólogo de Antonio Saura, y dedicado a las cuatro estaciones de Sempere, artista que mereció el Premio Príncipe de Asturias a las Artes un año antes. Allí nos habla de una golondrina y de la albar melancolía, de la orilla de espejos encendidos y de la alegría por venir. Parece que todos los caminos llevan a Guadalajara. La poesía y el arte que se dan la mano, para abrir de par en par toda la luz del mundo que quiso el artista para su prójimo. Y se pregunta el poeta ante las estaciones de Sempere: ¿podremos retocar el fuego con el peligro de las lágrimas?  


lunes, 15 de noviembre de 2021

"Margarito Cuéllar, cuarenta años de escritura"

 



El poeta Margarito Cuéllar acaba de ser galardonado con el Premio Internacional de Poesía Golden Magnolia de Shanghái (China) 2021



La obra poética del mexicano Margarito Cuéllar cumplirá cuarenta años de trayectoria en 2022 y representa un paradigma en el panorama hispánico de la literatura contemporánea. Atesora los factores necesarios para considerarse en su conjunto, tras cuatro décadas de escritura a sus espaldas, una obra mayor de su generación y la voz poética del panorama literario mexicano. La obtención del XL Premio Hispanoamericano de Poesía “Juan Ramón Jiménez” en España, pone de manifiesto la rotundidad fabuladora de su voz literaria, capaz de internacionalizar el aura exultante de la mexicanidad poética y postularse como uno de los escritores en lengua española del presente. La existencia del poeta, la posibilidad del encuentro de otras imágenes distintas a las de la pantalla y el simulacro, hace de la constelación de la escritura un hábitat esencial de lo humano y un espacio de resistencia para las esperanzas de un mundo mejor. La obra poética de Margarito Cuéllar es un aldabonazo a la posibilidad de nuevos renacimientos en la órbita de las poéticas de la diferencia y de la diversidad, sus libros baten la espuma de los mares frente al silencio de la sociedad del espectáculo.

El autor mexicano posee el don de la ubicuidad, su mirada alterna un mosaico de vertebraciones cosmovisionales que van desde los episodios familiares al caudal infinito de lugares de su biografía sentimental. La poesía aterriza y vuelve a levantar vuelo en cada uno de sus libros, materializando un corpus mitoliterario que atraviesa el mapamundi de su tiempo con la velocidad de un bólido. El poeta asume su pertenencia a un espacio literario que es la mexicanidad, el Nuevo Mundo que en el espejo roto de la historia llega a su mayoría de edad y confiere a la lengua española un color y una profundidad distinta. Desde la publicación en 1982 del libro “Que el mar abra sus puertas para que entren los pájaros”, hasta “Las edades felices” (Hiperión, 2013), la voz poética de Margarito Cuéllar reconstruye el horizonte de su pertenencia a una sociedad como la mexicana repleta de contradicciones -esplendor y decadencia- en un vínculo biográfico que resulta a todas luces el mejor caldo de cultivo para su proyección futura. 

Cada libro publicado por Margarito Cuéllar ha supuesto una donación de sentido y un pulso a la vida que el mexicano ha asumido como un desafío generacional. Ante la mudez y el estrépito, frente a la dolencia y el amargor de la vida social de un México en deuda con su propio destino, la catarsis de lo poético que se detona en su obra literaria sintetiza la voluntad de vivir y el apego sideral de la escritura a la fascinación por los alrededores de cada vida vivida, un valor incuestionable del poeta a lo largo de la historia Igual que como se arrojan los dados para tentar al azar, los poemas del escritor mexicano evocan y transgreden, irradian el tiempo y el espacio de su génesis escritural con una naturalidad espontánea, rica en evocaciones de la propia tradición poética, la cita de referencias constantes a otros poetas y a otras épocas evidencia la condición transfronteriza de su denominación de origen.

En el título exponente del meridiano de su trayectoria creativa en la década de los 90, se destacan enseguida los relumbres de su patente poética: “Tambores para empezar la fiesta”, la poesía desde entonces es un éxtasis a compartir, pan y vino que se multiplica como los peces bíblicos, y se hace milagro eternizando la experiencia del mundo del poeta: desde el verano en el Valle de Santa Catarina a un fin de semana en Nacataz, de los poemas para protegerse del sol a los que donde nunca es de noche, en el cubo de hielo expuesto al sol y en la propia poesía concebida y nombrada por Margarito Cuéllar por los siglos de los siglos  “rimbaudveloz, apollinagua, mallarluz”, la poesía “oficiante, ritual. Vaca echada como pasto a los dioses” (Verbum, en Cuaderno para celebrar, 2000).
 
En su reciente libro “Nadie, salvo el mundo” galardonado en la Andalucía de Juan Ramón Jiménez, la muerte se habita en cada poema y los recuerdos de familia se universalizan para ser contados en el eterno retorno de las hogueras del mundo. El poeta vuelve a ponerse los atuendos del chamán, de los Tlamacazqui o guardianes de los dioses aztecas, para revelar los haces de luz y de sombra que pertenecen a todas las vidas del hombre y de la mujer, de los seres vivos en el planeta. Dice Margarito Cuéllar que “todos estamos muertos en el sueño” y esa inmaterialidad de la visión es la que fecunda el acervo de la escritura que aspira tanto a lo inmemorial como a lo cotidiano. Y el mexicano pone el acento en la existencia de Matria y de todas las mujeres que dan a luz y en los cuerpos que al nombrarlos se hacen presentes.

La particular experiencia de la muerte en México es un patrimonio de la humanidad y en esa misma dimensión de originalidad y de diferencia puede también la poesía mexicana asumirse como colofón a una travesía de siglos de vida cultural y literaria en lengua española. Hay en cada libro del autor una ofrenda y un altar, los poemas pueden aparecer en el milagro y hacerse vida plena, como los libros inéditos del escritor José Carlos Becerra encontrados en la guantera de su coche estrellado en la curva eterna de Brindisi.

Publicado originalmente en Diario de Avisos, Islas Canarias

lunes, 11 de octubre de 2021

“La misma sed de entonces” El cuaderno de Provenza de Vicente Valero



 El autor Vicente Valero (Ibiza, 1963) ofrece a los lectores un cuaderno de viajes a los territorios de Paul Cézanne, la travesía de un diálogo necesario con los referentes literarios y ecológicos de Provenza


El poeta siente la misma sed de entonces, hacer memoria de lecturas pasadas y ver en vivo directo los lugares que fueron inspiración para otros constituye un ejercicio de ciudadanía, de cosmovisión. En el viaje de Vicente Valero a los lugares de la vida de Paul Cézanne o René Char, en la provenza francesa, hay una puerta abierta para el reencuentro esencial con el universo literario y artístico que significó varios hitos en la historia tardía de nuestra civilización. La modernidad, la fundación del paisaje, el diálogo entre la poesía y la pintura, la conciencia de la naturaleza son referentes del humanismo que, muy a pesar de la era global de las tecnologías y del consumo terminal de todo lo vivo, sostienen el valor de la belleza.


Vicente Valero recorre en coche la Provenza. El escritor ibicenco traza el mapa de la escapada, del retorno, de la ascensión al Mont Ventoux en compañía de Petrarca, se asoma a la Venecia campesina de L'Isle sur la Sorgue para seguir los pasos de René Char, visita la tumba de Camus. Hay en el viaje de regreso, en la cita a ciegas con la montaña Sainte-Victoire, un sentido de pertenencia del poeta a la tradición de la mirada poética como acto de fe en la vida y también de búsqueda a través de la escritura de un mundo que desaparece, que se esfuma. El arte y la literatura van de la mano, en el momento crucial del imaginario de una Europa que corre el riesgo de quedar secuestrada de nuevo, esta vez por las fronteras del dinero, del poder, de la discordia.


Antes que Valero, poeta y escritor de la insularidad mediterránea, Peter Handke se adentró en los territorios de Provenza para visitar a Cézanne, para recuperar la originalidad meditante de sus colores y de una naturaleza en proceso de desencantamiento final. Habla el Nobel alemán del momento en que aparecieron las refinerías de petróleo y de la decisión de Cézanne para dejar de pintar L´Estaque. La luz especial y mágica, la vida de un ser en paz, es el arte para Handke. Y esa atmósfera eternizada en la pintura de Cézanne, en el árbol de Le grand pin que motiva un poema al escritor viajero, pervive en los cuadros como un mundo abierto para el yo, para la mirada contemporánea que necesita luz y espacio libres. Dice Handke que la visita al Sainte-Victoire supuso un renacimiento, el derecho a escribir y conseguir algo, la imagen única, la vida a pleno pulmón, la manzana lanzada al aire.


Siguiendo los pasos de Handke y de Valero, nos damos cuenta de que la jaula de hierro de la que habló el sociólogo Max Weber ha vuelto para quedarse en nuestra sociedad pandémica. A los excesos de la burocracia en el desarrollo del Estado moderno, se suman ahora otros nuevos aislamientos, donde la tristeza cotidiana amenaza con ser una constante patológica sin remedio milagroso. Se ve en los ojos que se descubren sobre las mascarillas, en la actualidad de los perfiles de Facebook, hay una necesidad honda de contacto y de intercambio, a pesar del Covid la luz de las pantallas en el rostro de los internautas ya se está pareciendo en algo al espectro de luz matinal de la rendija de un calabozo del siglo XIX. Fuera del orden de la información y de los escaparates está la naturaleza o lo que queda de ella.


El propio Rilke, encontró en las pinturas de Cézanne el ideal de vida plena, en sus cartas de visita al Salon d'Automne vislumbró la extrañeza feliz de lo que crean al mirarlos, escribir los cuadros de Cézanne se convirtió en una plenitud, ya que “es como si hicieran algo por uno”. La promesa de un mundo mejor, de la libertad y la belleza, de ser un derecho se ha convertido en un imperativo al servicio de lo que está muerto, de las mercancías y de las cosas, de lo que tiene precio. Y tal vez, gracias a estos viajes de la ecocrítica literaria, en la excursión de Vicente Valero a Provenza, se nos advierte de la encrucijada y de la posibilidad del infinito.


Visto el escenario que se avecina para los recién llegados años 20, las formas de reclusión social que ha generado la crisis sanitaria no van a ser las únicas experiencias de fractura y de vaciedad. Respirar aire libre se ha convertido en un derecho fundamental pendiente de protocolos sociales. Y todo parece indicar que la normalidad venidera supondrá un retroceso en el ejercicio de las libertades, si es que ese derecho humano ha sido realmente practicado en algún momento de las democracias modernas. El cuaderno de Provenza de Vicente Valero, brillante y evocativo, audaz en la pertinencia de las fechas y de los lugares, nos seduce al tour, a sentir la misma sed de entonces. Y a la conciencia de la pérdida absoluta de sentido de un modelo humano de progreso que ha tocado a su fin. Las sucursales bancarias que han privatizado los cascos históricos de las ciudades europeas evidencian las tesis del filósofo alemán Walter Benjamin, donde el capitalismo se ha convertido en religión.


Publicado originalmente en Canarias 7 y Diario de Avisos

viernes, 10 de septiembre de 2021

"El valor de un libro de poemas sobre la pintura, se trata de romper el cerco de la mudez y de la indiferencia" Sobre el libro "Jardín seco" (Editorial Bala Perdida)

 

  

El libro "Jardín seco" precisamente responde a una ética del paisaje y de la biodiversidad que se transparenta en un mosaico de imágenes que conjugan ríos, horizontes de luz, soles nocturnos. Todo un imaginario sobre el entorno natural de los paisajes de Castilla y la figura universal del artista Fernando Zóbel (1924-1984)


Hay un concierto para piano y orquesta del compositor español José Luis Turina que recomiendo mucho a la hora de profundizar en la pintura de Fernando Zóbel. Cuando escribí el libro "Jardín seco" tuve ocasión de escuchar esa música de fondo, a más de diez mil kilómetros del Museo de Arte abstracto, era un modo esencial de recuperar ese vértigo íntimo que proviene de la contemplación en vivo directo de las abstracciones del río Júcar, del ornitóptero y otros cuadros trascendentales del artista. Ya son multitud de generaciones de visitantes del Museo que han presenciado el hechizo de las Casas colgadas y las pinturas de Zóbel, de algún modo hay una eternidad visible en el vínculo del artista con la ciudad, ya no se entienden ambos por separado, es el encanto de las vanguardias y de las tradiciones en la cultura y el arte, al final la historia también se pinta y se escribe, las creaciones permanecen con mayor solidez que los vaivenes de la política y de las instituciones.

Desde la primera presentación del libro en la Embajada mexicana de Madrid, en octubre de 2019, tuve la sensación de que el poemario iba a tener un largo recorrido, en 2024 se cumple el centenario de Fernando Zóbel y para entonces cada libro sobre el artista adquirirá un valor esencial. Hay varios libros descatalogados sobre la pintura de Zóbel que vale la pena rescatar también. En este caso, un libro de poemas se escribe en absoluta soledad, y en el diálogo con la pintura se produce una atmósfera de relaciones y confluencias, de sentimientos y percepciones que van más allá de la pura interpretación de los colores y de las formas. Creo que un libro de poemas sobre pintura evoca el derecho a la libre interpretación del arte y al infinito de posibilidades que hay en la experiencia del hecho artístico, es un reclamo de los imaginarios y de la riqueza del lenguaje. El valor patrimonial de los museos hoy también cuenta mucho, a la hora de asumir mi dedicación a la escritura poética sobre pintura,  considero los museos como espacios de consagración al silencio de la belleza, al compromiso con un mundo mejor lleno de significados y de musicalidad. Y el libro "Jardín seco" precisamente responde a una ética del paisaje y de la biodiversidad que se  transparenta en un mosaico de imágenes que conjugan ríos, horizontes de luz, soles nocturnos. Todo un imaginario sobre el entorno natural de los paisajes de Castilla y la figura universal del artista, a quien se rinde homenaje con la puesta en escena de una voz en off que se acerca al volumen del susurro y de la confidencia. Los poemas aspiran a la misma gravitación que las creaciones plásticas, el libro en sí mismo es un diálogo poético sin límites, en la orilla del río, frente a frente con la pintura.  

Cuenca atesora como ninguna otra ciudad el imaginario crucial de toda una generación de artistas que marcaron un sello de identidad y un legado en el proceso de transición democrática. La fundación del museo fue el obsequio del artista a la posteridad y su pintura goza actualmente de un reconocimiento importante que se va a acentuar con la próxima aparición del Catálogo razonado de su obra, impulsado y promovido por instituciones como Fundación Juan March y Ayala Foundation, la Fundación Azcona y los herederos del artista. Y ha sido escrito por el crítico de arte Alfonso de la Torre, autor del prólogo de "Jardín seco".

La labor investigadora de Alfonso de la Torre en torno a la generación abstracta de Cuenca ha sido vital para la memoria y la preservación de una época que, a mi modo de ver, constituye la mejor forma de universalizar un lugar como Cuenca en el panorama contemporáneo. Fue un hito que se resiste a la extinción de sus mejores momentos, por eso cada visita al museo de arte abstracto es una garantía de futuro, para que las jóvenes generaciones conecten con el potencial irradiante de una pintura abstracta y del aura contemplativo que se genera en esos instantes. El impacto de las nuevas tecnologías y los excesos del consumo de información a través de las pantallas están dificultando la mirada y la experiencia del arte, las personas prefieren sacar fotos en lugar de ver las obras, de ahí el valor de un libro de poemas sobre la pintura, se trata de romper el cerco de la mudez y de la indiferencia que la sociedad de consumo expande en los modos de relación humana con la naturaleza, la vida o el arte.

Ahora que se cumple un nuevo aniversario natalicio del artista Fernando Zóbel, la proyección del libro de poemas sobre su pintura tendrá un ritmo natural y se espera que pronto pueda ser considerado en los institutos de bachillerato, para que pueda leerse en una asignatura y se pueda debatir en clase, hablar de arte y poesía en el ámbito académico seguirá siendo esencial para tener una educación de calidad, en valores y en sensibilidades, por eso los museos y los libros, la mirada poética y el conocimiento del arte me parecen cruciales para que la deshumanización de la sociedad no sea irreparable. Además del libro "Jardín seco" hay otras publicaciones dedicadas a artistas de la generación abstracta, como por ejemplo Manuel Millares, a quien dediqué un volumen editado por el Gobierno de Canarias en 2016. Espero que se pueda volver a publicar con el apoyo de la Diputación de Cuenca. Ahora realizo el bosquejo de nuevos libros sobre pintura, la obra de Antonio Saura tiene un poder de imantación sobre la realidad actual que me parece improrrogable, de hecho va a ser un periplo de toda una vida que ya he asumido para siempre, escribir sobre pintura y habitar los cuadros desde la creación poética. Es un modo de permanecer en Cuenca desde la residencia en América.

Como el concierto de piano dedicado a Fernando Zóbel siempre habrá en un libro de poemas un momento secreto para el recuerdo, para la evocación y el ensueño. Es la vida de un río que podemos sentir como propia, así pintó el artista la belleza de la ciudad y de su luz, desde la memoria.

 

Publicado originalmente en Enciende Cuenca, 2021


viernes, 20 de agosto de 2021

Esta luz que arde. Sobre “Pintura número 100. César Manrique in memoriam” Por Lucía Rosa González

 

Portada del libro 


Reseña, XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales

Si en Celan las palabras transgredían la realidad para crearla, en el caso de “Pintura número 100. Manrique in memoriam”, el poeta atraviesa los lienzos del artista lanzaroteño, absorbe su esencia y traduce no el lienzo sino el impulso del instante contemplado. Los poemas de Samir Delgado dan testimonio de ese acto íntimo, profundo, como si viese los lienzos a través de un caleidoscopio. He aquí el enigma; cómo de hondo fue el encuentro con la obra de Manrique para que se proyecte en el poeta la necesidad vital de trascender poéticamente tal revelación existencial.

En “Pintura número 100 Manrique in memoriam”, Premio Internacional de Poesía Tomás Morales 2019, dividido en seis apartados muy significativos («el sueño», «la pintura», «los volcanes», «fósiles», «la isla» y «el artista»), el insaciable universo poético de Samir Delgado interpreta el arte de César Manrique que ahora es doblemente inmortal. 

En las intensas páginas de esta celebración poética da la sensación de que la sensibilidad del autor se anticipa a lo que los sentidos perciben. Y esta mirada imaginativa explosiona y acontece en un trance verbal como si la palabra no hubiera existido antes: “En una sola letra cabe el destino/ de todos los blancos de la nieve / La soledad del artista se alimenta / del fuego nocturno de las sombras”.

Porque la isla tiene manos y ojos, pero también la escultura o el cuadro y quien pinta la isla, una fusión tridimensional de seres que se transfiguran en sonido, ese otro ser que emerge y fluye con vida propia en la voz indispensable del autor que llega al rescate de la isla mediante el arte. Y es una voz que anda y respira y, si le cortaras las piernas que despliega, no trastocaría el rumbo porque ya es raíz germinada y bebe la ebriedad de la llama en la matriz de la isla engendrada.

Tal celebración sonora del color da paso a la herida del color, como si Samir rasguñara la sustancia de la luz que desprenden los seres que pueblan la mente poderosa de Manrique y los engullera; ¡no!, como si los mordiera y nos los devolviera trascendidos por medio de la saliva de la memoria: “Las manos de César encienden el lenguaje secreto de la noche de un bosque en las estrellas”.

Esta luz que arde en los primeros apartados de “Pintura número 100” se condensa y oscurece en “Los volcanes”, pero no se cierra del todo para dar paso al silencio, y en este ambiente de indagación en la negrura, la potencia de la lava aparece sin nombrarla y sucede y se entrega desnuda al lenguaje. Hay un encontronazo vibrante del paisaje con las palabras; un ejercicio de mimetización recíproca del lienzo con el paisaje y del paisaje con el cuadro, procedimiento visible en los poemas “Quemadas”, “Soo”, “Tinecheide” o “Tobas”. 

Con un lenguaje desgarrado irrumpe el clímax en el conjunto de poemas de “Fósiles”, animales ancestrales empotrados en la lava que recreó Manrique, quien afirmaba que “la muerte que es las huellas de la vida es vida también”. Conmueve el poema “Torso enterrado”, colores sobrios, duros en el cuadro de Manrique, que en las páginas habitadas por “El torso” en Samir se tornan abrupto silencio, silencio estrujado: “El sueño de un pergamino de la lluvia en la noche del espanto que maúlla al olivar este silencio cielo arriba”, sucesión de imágenes que se besan encadenadas, sin tregua, en las que se presiente el conflicto, el duelo del arte que se revuelve a trozos en el interior de la tierra. 

Pero algo que es para siempre debería estar vivo, en lo oscuro; quebrado el aliento, brega el arte, se desprende de labios, pechos, mente, desenterrando al fin el alma que permanece sin los huesos en la voz tan personal y necesaria del poeta que va del drama del enterramiento a la percepción de la muerte, de la que extrae no el bramido sino el timbre del bramido, su eterna resonancia. 

Y además erupciones, lava que se derrumba y entra en ti como el hambre; versos eléctricos lo mismo que chispazos para que te vires y vuelvas de nuevo a leer el texto. Esa es la poesía de Samir Delgado. Y el poeta en su interior como las venas: “Llévate contigo la naranja y el volcán porque después de ti toda la luz volverá a ser la lluvia”.  


Lucía Rosa González, poeta y dramaturga

Los Llanos de Aridane, La Palma, 2021