lunes, 15 de noviembre de 2021
"Margarito Cuéllar, cuarenta años de escritura"
lunes, 11 de octubre de 2021
“La misma sed de entonces” El cuaderno de Provenza de Vicente Valero
El autor Vicente Valero (Ibiza, 1963) ofrece a los lectores un cuaderno de viajes a los territorios de Paul Cézanne, la travesía de un diálogo necesario con los referentes literarios y ecológicos de Provenza
El poeta siente la misma sed de entonces, hacer memoria de lecturas pasadas y ver en vivo directo los lugares que fueron inspiración para otros constituye un ejercicio de ciudadanía, de cosmovisión. En el viaje de Vicente Valero a los lugares de la vida de Paul Cézanne o René Char, en la provenza francesa, hay una puerta abierta para el reencuentro esencial con el universo literario y artístico que significó varios hitos en la historia tardía de nuestra civilización. La modernidad, la fundación del paisaje, el diálogo entre la poesía y la pintura, la conciencia de la naturaleza son referentes del humanismo que, muy a pesar de la era global de las tecnologías y del consumo terminal de todo lo vivo, sostienen el valor de la belleza.
Vicente Valero recorre en coche la Provenza. El escritor ibicenco traza el mapa de la escapada, del retorno, de la ascensión al Mont Ventoux en compañía de Petrarca, se asoma a la Venecia campesina de L'Isle sur la Sorgue para seguir los pasos de René Char, visita la tumba de Camus. Hay en el viaje de regreso, en la cita a ciegas con la montaña Sainte-Victoire, un sentido de pertenencia del poeta a la tradición de la mirada poética como acto de fe en la vida y también de búsqueda a través de la escritura de un mundo que desaparece, que se esfuma. El arte y la literatura van de la mano, en el momento crucial del imaginario de una Europa que corre el riesgo de quedar secuestrada de nuevo, esta vez por las fronteras del dinero, del poder, de la discordia.
Antes que Valero, poeta y escritor de la insularidad mediterránea, Peter Handke se adentró en los territorios de Provenza para visitar a Cézanne, para recuperar la originalidad meditante de sus colores y de una naturaleza en proceso de desencantamiento final. Habla el Nobel alemán del momento en que aparecieron las refinerías de petróleo y de la decisión de Cézanne para dejar de pintar L´Estaque. La luz especial y mágica, la vida de un ser en paz, es el arte para Handke. Y esa atmósfera eternizada en la pintura de Cézanne, en el árbol de Le grand pin que motiva un poema al escritor viajero, pervive en los cuadros como un mundo abierto para el yo, para la mirada contemporánea que necesita luz y espacio libres. Dice Handke que la visita al Sainte-Victoire supuso un renacimiento, el derecho a escribir y conseguir algo, la imagen única, la vida a pleno pulmón, la manzana lanzada al aire.
Siguiendo los pasos de Handke y de Valero, nos damos cuenta de que la jaula de hierro de la que habló el sociólogo Max Weber ha vuelto para quedarse en nuestra sociedad pandémica. A los excesos de la burocracia en el desarrollo del Estado moderno, se suman ahora otros nuevos aislamientos, donde la tristeza cotidiana amenaza con ser una constante patológica sin remedio milagroso. Se ve en los ojos que se descubren sobre las mascarillas, en la actualidad de los perfiles de Facebook, hay una necesidad honda de contacto y de intercambio, a pesar del Covid la luz de las pantallas en el rostro de los internautas ya se está pareciendo en algo al espectro de luz matinal de la rendija de un calabozo del siglo XIX. Fuera del orden de la información y de los escaparates está la naturaleza o lo que queda de ella.
El propio Rilke, encontró en las pinturas de Cézanne el ideal de vida plena, en sus cartas de visita al Salon d'Automne vislumbró la extrañeza feliz de lo que crean al mirarlos, escribir los cuadros de Cézanne se convirtió en una plenitud, ya que “es como si hicieran algo por uno”. La promesa de un mundo mejor, de la libertad y la belleza, de ser un derecho se ha convertido en un imperativo al servicio de lo que está muerto, de las mercancías y de las cosas, de lo que tiene precio. Y tal vez, gracias a estos viajes de la ecocrítica literaria, en la excursión de Vicente Valero a Provenza, se nos advierte de la encrucijada y de la posibilidad del infinito.
Visto el escenario que se avecina para los recién llegados años 20, las formas de reclusión social que ha generado la crisis sanitaria no van a ser las únicas experiencias de fractura y de vaciedad. Respirar aire libre se ha convertido en un derecho fundamental pendiente de protocolos sociales. Y todo parece indicar que la normalidad venidera supondrá un retroceso en el ejercicio de las libertades, si es que ese derecho humano ha sido realmente practicado en algún momento de las democracias modernas. El cuaderno de Provenza de Vicente Valero, brillante y evocativo, audaz en la pertinencia de las fechas y de los lugares, nos seduce al tour, a sentir la misma sed de entonces. Y a la conciencia de la pérdida absoluta de sentido de un modelo humano de progreso que ha tocado a su fin. Las sucursales bancarias que han privatizado los cascos históricos de las ciudades europeas evidencian las tesis del filósofo alemán Walter Benjamin, donde el capitalismo se ha convertido en religión.
Publicado originalmente en Canarias 7 y Diario de Avisos
viernes, 10 de septiembre de 2021
"El valor de un libro de poemas sobre la pintura, se trata de romper el cerco de la mudez y de la indiferencia" Sobre el libro "Jardín seco" (Editorial Bala Perdida)
E l libro "Jardín seco" precisamente responde a una ética del paisaje y de la biodiversidad que se transparenta en un mosaico de imágenes que conjugan ríos, horizontes de luz, soles nocturnos. Todo un imaginario sobre el entorno natural de los paisajes de Castilla y la figura universal del artista Fernando Zóbel (1924-1984)
Hay un concierto para piano y orquesta del compositor español José Luis Turina que recomiendo mucho a la hora de profundizar en la pintura de Fernando Zóbel. Cuando escribí el libro "Jardín seco" tuve ocasión de escuchar esa música de fondo, a más de diez mil kilómetros del Museo de Arte abstracto, era un modo esencial de recuperar ese vértigo íntimo que proviene de la contemplación en vivo directo de las abstracciones del río Júcar, del ornitóptero y otros cuadros trascendentales del artista. Ya son multitud de generaciones de visitantes del Museo que han presenciado el hechizo de las Casas colgadas y las pinturas de Zóbel, de algún modo hay una eternidad visible en el vínculo del artista con la ciudad, ya no se entienden ambos por separado, es el encanto de las vanguardias y de las tradiciones en la cultura y el arte, al final la historia también se pinta y se escribe, las creaciones permanecen con mayor solidez que los vaivenes de la política y de las instituciones.
Desde la primera presentación del libro en la Embajada mexicana de Madrid, en octubre de 2019, tuve la sensación de que el poemario iba a tener un largo recorrido, en 2024 se cumple el centenario de Fernando Zóbel y para entonces cada libro sobre el artista adquirirá un valor esencial. Hay varios libros descatalogados sobre la pintura de Zóbel que vale la pena rescatar también. En este caso, un libro de poemas se escribe en absoluta soledad, y en el diálogo con la pintura se produce una atmósfera de relaciones y confluencias, de sentimientos y percepciones que van más allá de la pura interpretación de los colores y de las formas. Creo que un libro de poemas sobre pintura evoca el derecho a la libre interpretación del arte y al infinito de posibilidades que hay en la experiencia del hecho artístico, es un reclamo de los imaginarios y de la riqueza del lenguaje. El valor patrimonial de los museos hoy también cuenta mucho, a la hora de asumir mi dedicación a la escritura poética sobre pintura, considero los museos como espacios de consagración al silencio de la belleza, al compromiso con un mundo mejor lleno de significados y de musicalidad. Y el libro "Jardín seco" precisamente responde a una ética del paisaje y de la biodiversidad que se transparenta en un mosaico de imágenes que conjugan ríos, horizontes de luz, soles nocturnos. Todo un imaginario sobre el entorno natural de los paisajes de Castilla y la figura universal del artista, a quien se rinde homenaje con la puesta en escena de una voz en off que se acerca al volumen del susurro y de la confidencia. Los poemas aspiran a la misma gravitación que las creaciones plásticas, el libro en sí mismo es un diálogo poético sin límites, en la orilla del río, frente a frente con la pintura.
Cuenca atesora como ninguna otra ciudad el imaginario crucial de toda una generación de artistas que marcaron un sello de identidad y un legado en el proceso de transición democrática. La fundación del museo fue el obsequio del artista a la posteridad y su pintura goza actualmente de un reconocimiento importante que se va a acentuar con la próxima aparición del Catálogo razonado de su obra, impulsado y promovido por instituciones como Fundación Juan March y Ayala Foundation, la Fundación Azcona y los herederos del artista. Y ha sido escrito por el crítico de arte Alfonso de la Torre, autor del prólogo de "Jardín seco".
La labor investigadora de Alfonso de la Torre en torno a la generación abstracta de Cuenca ha sido vital para la memoria y la preservación de una época que, a mi modo de ver, constituye la mejor forma de universalizar un lugar como Cuenca en el panorama contemporáneo. Fue un hito que se resiste a la extinción de sus mejores momentos, por eso cada visita al museo de arte abstracto es una garantía de futuro, para que las jóvenes generaciones conecten con el potencial irradiante de una pintura abstracta y del aura contemplativo que se genera en esos instantes. El impacto de las nuevas tecnologías y los excesos del consumo de información a través de las pantallas están dificultando la mirada y la experiencia del arte, las personas prefieren sacar fotos en lugar de ver las obras, de ahí el valor de un libro de poemas sobre la pintura, se trata de romper el cerco de la mudez y de la indiferencia que la sociedad de consumo expande en los modos de relación humana con la naturaleza, la vida o el arte.
Ahora que se cumple un nuevo aniversario natalicio del artista Fernando Zóbel, la proyección del libro de poemas sobre su pintura tendrá un ritmo natural y se espera que pronto pueda ser considerado en los institutos de bachillerato, para que pueda leerse en una asignatura y se pueda debatir en clase, hablar de arte y poesía en el ámbito académico seguirá siendo esencial para tener una educación de calidad, en valores y en sensibilidades, por eso los museos y los libros, la mirada poética y el conocimiento del arte me parecen cruciales para que la deshumanización de la sociedad no sea irreparable. Además del libro "Jardín seco" hay otras publicaciones dedicadas a artistas de la generación abstracta, como por ejemplo Manuel Millares, a quien dediqué un volumen editado por el Gobierno de Canarias en 2016. Espero que se pueda volver a publicar con el apoyo de la Diputación de Cuenca. Ahora realizo el bosquejo de nuevos libros sobre pintura, la obra de Antonio Saura tiene un poder de imantación sobre la realidad actual que me parece improrrogable, de hecho va a ser un periplo de toda una vida que ya he asumido para siempre, escribir sobre pintura y habitar los cuadros desde la creación poética. Es un modo de permanecer en Cuenca desde la residencia en América.
Como el concierto de piano
dedicado a Fernando Zóbel siempre habrá en un libro de poemas un momento
secreto para el recuerdo, para la evocación y el ensueño. Es la vida de un río
que podemos sentir como propia, así pintó el artista la belleza de la ciudad y
de su luz, desde la memoria.
Publicado originalmente en
Enciende Cuenca, 2021
viernes, 20 de agosto de 2021
Esta luz que arde. Sobre “Pintura número 100. César Manrique in memoriam” Por Lucía Rosa González
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| Portada del libro |
Reseña, XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales
Si en Celan las palabras transgredían la realidad para crearla, en el caso de “Pintura número 100. Manrique in memoriam”, el poeta atraviesa los lienzos del artista lanzaroteño, absorbe su esencia y traduce no el lienzo sino el impulso del instante contemplado. Los poemas de Samir Delgado dan testimonio de ese acto íntimo, profundo, como si viese los lienzos a través de un caleidoscopio. He aquí el enigma; cómo de hondo fue el encuentro con la obra de Manrique para que se proyecte en el poeta la necesidad vital de trascender poéticamente tal revelación existencial.
En “Pintura número 100 Manrique in memoriam”, Premio Internacional de Poesía Tomás Morales 2019, dividido en seis apartados muy significativos («el sueño», «la pintura», «los volcanes», «fósiles», «la isla» y «el artista»), el insaciable universo poético de Samir Delgado interpreta el arte de César Manrique que ahora es doblemente inmortal.
En las intensas páginas de esta celebración poética da la sensación de que la sensibilidad del autor se anticipa a lo que los sentidos perciben. Y esta mirada imaginativa explosiona y acontece en un trance verbal como si la palabra no hubiera existido antes: “En una sola letra cabe el destino/ de todos los blancos de la nieve / La soledad del artista se alimenta / del fuego nocturno de las sombras”.
Porque la isla tiene manos y ojos, pero también la escultura o el cuadro y quien pinta la isla, una fusión tridimensional de seres que se transfiguran en sonido, ese otro ser que emerge y fluye con vida propia en la voz indispensable del autor que llega al rescate de la isla mediante el arte. Y es una voz que anda y respira y, si le cortaras las piernas que despliega, no trastocaría el rumbo porque ya es raíz germinada y bebe la ebriedad de la llama en la matriz de la isla engendrada.
Tal celebración sonora del color da paso a la herida del color, como si Samir rasguñara la sustancia de la luz que desprenden los seres que pueblan la mente poderosa de Manrique y los engullera; ¡no!, como si los mordiera y nos los devolviera trascendidos por medio de la saliva de la memoria: “Las manos de César encienden el lenguaje secreto de la noche de un bosque en las estrellas”.
Esta luz que arde en los primeros apartados de “Pintura número 100” se condensa y oscurece en “Los volcanes”, pero no se cierra del todo para dar paso al silencio, y en este ambiente de indagación en la negrura, la potencia de la lava aparece sin nombrarla y sucede y se entrega desnuda al lenguaje. Hay un encontronazo vibrante del paisaje con las palabras; un ejercicio de mimetización recíproca del lienzo con el paisaje y del paisaje con el cuadro, procedimiento visible en los poemas “Quemadas”, “Soo”, “Tinecheide” o “Tobas”.
Con un lenguaje desgarrado irrumpe el clímax en el conjunto de poemas de “Fósiles”, animales ancestrales empotrados en la lava que recreó Manrique, quien afirmaba que “la muerte que es las huellas de la vida es vida también”. Conmueve el poema “Torso enterrado”, colores sobrios, duros en el cuadro de Manrique, que en las páginas habitadas por “El torso” en Samir se tornan abrupto silencio, silencio estrujado: “El sueño de un pergamino de la lluvia en la noche del espanto que maúlla al olivar este silencio cielo arriba”, sucesión de imágenes que se besan encadenadas, sin tregua, en las que se presiente el conflicto, el duelo del arte que se revuelve a trozos en el interior de la tierra.
Pero algo que es para siempre debería estar vivo, en lo oscuro; quebrado el aliento, brega el arte, se desprende de labios, pechos, mente, desenterrando al fin el alma que permanece sin los huesos en la voz tan personal y necesaria del poeta que va del drama del enterramiento a la percepción de la muerte, de la que extrae no el bramido sino el timbre del bramido, su eterna resonancia.
Y además erupciones, lava que se derrumba y entra en ti como el hambre; versos eléctricos lo mismo que chispazos para que te vires y vuelvas de nuevo a leer el texto. Esa es la poesía de Samir Delgado. Y el poeta en su interior como las venas: “Llévate contigo la naranja y el volcán porque después de ti toda la luz volverá a ser la lluvia”.
Lucía Rosa González, poeta y dramaturga
Los Llanos de Aridane, La Palma, 2021
lunes, 14 de junio de 2021
“Arte de la memoria” Reseña del libro “La carta de Cambridge” por Mariano Castro
Escritura
rota, fragmento, quiebra de la linealidad espacio temporal como manifestación
de un aliento con residencia en la singularidad y proyectado hacia lo eterno
universal.
Un
fingido balbuceo rompe el orden de una sintaxis que desmiente el lenguaje
prefijado y fijado para elevarse hacia la cima de un sentimiento pensado, de un
pensamiento sentido, justo en el instante de la aparición del signo.
Habla la
luz, claman los colores, las sinestesias bordan el mapa machadiano donde se
inscriben los topónimos de una aventura fantástica y real. Una realidad
–dolorosa realidad- cuyo rostro transformado exhibe las arrugas de los sueños
–estamos hechos de la materia de los sueños, advirtió Shakespeare-, para mejor
nombrar aquello que nos hace y nos deshace.
La
escritura, nos dice Samir Delgado, en un sustancioso texto liminar, constituye
una materialización del sueño y la esperanza habita el tiempo de las islas del
exilio. Exilio, el de Antonio Machado como paradigma de la barbarie, pero
exilio también el que todos vivimos por nuestra condición de extranjeros. Somos
extranjeros incluso para nosotros mismos. Parece un chiste malo o una
inoportuna y grosera broma esta última reflexión al contemplar la tragedia de
Machado, mas tengo para mí que Samir prolonga la condición y extrañeza del ser
humano desde una crítica social profunda y poco convencional hacia territorios
ontológicos donde muy bien podría resonar la palabra de otro gran desubicado,
el poeta egipcio francófono y ciudadano francés, Edmónd Jabès. En Un extranjero con, bajo el brazo, un libro
de pequeño formato, proclama: “Aquello que ve la luz es extranjero a la luz
misma”.
Pedro
Garfias, otro exiliado, escribe: “Qué cerca de tu tierra te has sabido quedar”,
y Delgado nos lo recuerda en el epígrafe de Retourner,
primera sección del libro La carta de
Cambridge. Lo imposible que se vuelve inevitable, dice Juan Larrea en ese
mismo epígrafe. La proximidad, tan sólo la cercanía –una cercanía indeterminada
y fiada al albur que tropieza con fronteras y pasos clausurados- como único
refugio y morada posibles. Las migajas como lecho para el descanso tras una
búsqueda indesmayable.
Pero ¿qué
tierra es esa que te ha expulsado a la vecindad?
La poeta
portuguesa, Ana Luisa Amaral, recientemente galardonada con el Reina Sofía de
Poesía Iberoamericana –y que, por cierto, fue publicada por primera vez en
español, por Olifante, la misma editorial que ahora da cobijo a esta luminosa
en la oscuridad Carta de Cambridge- afirma, decía, que “la misión de la poesía, si tuviera
alguna, sería preservar memorias”. La escritura de Samir Delgado, no sólo
preserva las memorias, sino que las aviva, las enciende y claman frente a los
terribles muros de silencio, frente al oído ciego y el ojo sordo.
¿Qué
tierra es esta –otra vez y mil veces más- que te ha expulsado? ¿Qué esperanza
te queda? ¿Y qué esperanza queda para aquellos que no sufren el sufrimiento de
los otros?
Arte de
la memoria, Delgado abre también, no ya una memoria individual, un espacio inútil
de recuperación de la experiencia solitaria de una subjetividad siempre
precaria, sino que convoca a otras voces, una gran asamblea de ánimas, que
conforman esa verdad que jamás puede alcanzarse de una vez por todas, como nos
enseñó Esquilo en su Prometeo. Hasta
sesenta y tres de aquéllas comparecen en el libro para dar cuenta, para
presentar los distintos matices, planos y facetas de un espacio donde, cabe al
pensamiento, se excita el movimiento emocional, la purga del olvido.
Corifeo
en el centro de la Orchestra-escenario,
Samir Delgado acuerda el registro de un contumaz desorden desde la conciencia
clara de la magnitud del empeño que descansa en el ser del no ser, en la
plenitud del vacío, en la locuacidad del silencio, en el salpicado de notas para
una sinfonía que, desde siempre, se sabe incompleta, y, por eso mismo, tiende a
la completitud. Esta es la inteligencia y la razón poética de quien, como
Samir, puebla su universo con semejante generosidad. Otra paradoja más que nos
atraviesa: la voz propia siempre se inscribe en lo común, en la expresión de lo
colectivo. Sólo puede recibir quien sabe dar; sólo sabe dar quien puede
recibir; sólo puede escribir quien se atreve a escuchar aun con el riesgo de
ser tachado, borrado, diluido.
Portbou.
Antonio Machado. Corpus Barga. Dos fotografías para la desolación. La imagen
del sufrimiento callado, la vejez anticipada, el aniquilamiento. Ya no hay
camino, piensa Concha Zardoya, para el poeta que hizo del camino existencia y
metáfora universal.
“El
tiempo detenido de ayer en la frontera”, escribe Samir, y continúa: “volver a sentir
el periplo vital / frente a su réplica en la pantalla // bajo el impulso inmediato de la mirada / hacia
el horizonte de aquel mismo cielo / que fue el tragaluz del último mar // es la
terateia: la maravilla del encuentro de la voz / en el eco de cada palabra
revivida”.
Las
palabras saben de nosotros lo que nosotros ignoramos de ellas, escribe René
Char. El poeta francés sabe también que la poesía es palabra en el tiempo. ¿Un
tiempo extinto o un tiempo no iniciado, o tal vez siempre reiniciado en el
poema?
Todo está
siempre abierto a los días azules. Respira la palabra, y Samir Delgado acompaña
ese flujo lingüístico y, sencillamente, permite que se exprese. En la página,
él es una tachadura. ¿Qué movimiento es éste que armoniza el caudal rítmico con
la materia conceptual? Todo tiene en La
carta de Cambridge una libérrima naturaleza musical y pictórica, que,
afortunadamente, el poeta ha podido anotar. Y, sin embargo, en el libro
conviven poesía, prosa, artículo y ensayo. Hasta la ficha artística de “Antonio
Machado, 1966”, escultura del aragonés Pablo Serrano, se hace un hueco sin
estridencia, en un libro inclasificable y absolutamente necesario.
Termino
ya con la certeza de haber esbozado signos pobres e incompletos en la
superficie de una mar inabarcable. Me disculpo por ello, mas diré en mi
descargo, que en La carta de Cambridge, el
final es el principio. Todo final auténtico es el comienzo de un tiempo no
iniciado o siempre reiniciado como más arriba dije. Así es, alimentado con una
extraordinaria estructura circular, en este libro.
Acepten,
por favor, esta aventura, este viaje iniciático, exploren los límites de la
palabra, del ser, de la existencia, gocen con la belleza de la mano de un poeta
que honra, sin ninguna duda, la memoria de nuestro Antonio Machado más
universal. Ojalá que los dioses concedan a Samir Delgado honra semejante.
Zaragoza, junio 2021
jueves, 25 de febrero de 2021
"Venecia in your eyes" por david guijosa
"Venecia in your eyes" por david guijosa (Texto de sala de la exposición fotográfica "Venezia. La última mirada") Museo Palacio de los Gurza (Durango, México)
Después
de las visitas que hacemos últimamente al planeta, ¿cómo volveremos a Venecia?
¿Cómo volveremos a cualquier lugar? Es una de las preguntas que surgen al ver
las fotografías de la exposición “Venezia. La última mirada” de Samir Delgado.
Un visitante de ojos preocupados y curiosos que retratan el espacio veneciano
para convertirnos en espectadores de segunda mano de este cónclave turístico e
histórico, ahora reinterpretado y ubicado en una colección de imágenes,
configurando una ruta para comprender los nuevos símbolos del palimpsesto que
es Venecia.
Esta
exposición se desarrolla a mi parecer sobre tres ejes. El primero es la esencia
de las máscaras. Como parte inextricable de la psique humana y su capacidad
social, articuladas a la manera de Mitsuye Yamada en “Masks of Woman”, donde
las personas, incluso hasta en lo íntimo, nos presentamos en una superposición
de máscaras que dialogan unas con otras. En el caso de estas imágenes las
máscaras venecianas cobran una dimensión poliédrica que va desde la máscara que
define al turista o al mero paseante local, al activista o a cualquier persona
sin más que debe calzar il suo viso rutinario, y de ahí hasta la máscara
que define la identidad histórica del Carnaval de Venecia, pero que en la
superposición de todas las caras encuentra un nuevo discurso.
El
segundo son los reflejos. La proyección de la luz sobre la superficie en la que
nuestros cerebros bosquejan imágenes y sensaciones que habitan en nuestro
entramado conceptual. Reflejos sobre los escaparates, los cristales de una
copa, el agua turbia de los canales o el mar. Pero que a la vez nos recuerda
que Venecia es el reflejo de un espejismo, un simulacro, que diría Baudrillard,
que nos aleja de la trascendencia y nos engulle en un parque temático que se
hunde poco a poco bajo las olas que arrastran los cruceros.
El
tercero es el poder del paseante. Pero ese caminar que existe en las
fotografías del fotógrafo no es el de un flâneur sin más, sino que
contiene la posibilidad de rehacer el espacio tal como lo propone Michel de
Certeau, donde los pasos se reapropian del lugar y lo redibujan a través de la
mirada crítica. El paseo se convierte en una táctica para descubrir virajes
ocultos en las callejas de la ciudad o paredes con mensajes en grafitis, para
guiar una nueva experiencia del viandante con un contra-lenguaje que se opone a
la cartelería turística como única forma de leer Venecia.
En
esta exposición se encuentran varias miradas, pero como en tantos otros lugares
de la obra de Samir Delgado, también una clave más sobre el papel del turismo;
que aparece aquí como capitalismo voraz y como discurso polivalente, frente al
patrimonio cultural trascendente que es el arte y la historia común de una
sociedad global. En esta exposición se nos interroga una vez más sobre el papel
que jugamos en cada espacio y en cada tiempo al que ingresamos, reflexionando
sobre los restos de la identidad de una ciudad sitiada.
david guijosa
Eskilstuna (Suecia) 2021
lunes, 15 de febrero de 2021
"Oda al volcán, César Manrique in memoriam" (Reseña del libro Pintura número 100) Por Felipe García Landín
Afirmaba Foucault
que la vida es una obra de arte en sí
misma pero necesita que alguien le ponga color y poesía, forma e intensidad. El
arte es la capacidad que tiene el ser humano de expresarse para así interpretar
la realidad e imaginar otros mundos. Poesía y arte en general siempre han ido
de la mano ya que poesía es una cualidad que suscita un sentimiento hondo de
belleza y el arte nos ofrece diferentes formas de percibir el mundo -- real e
imaginario-- y todo lo que lo conforma. Desde la Antigüedad escritores y
pintores han tenido una relación estrecha, persistente y complementaria que se
ha materializado en la poesía visual, los pictogramas y los caligramas. Pero
también pintores y poetas han usado las dos formas de expresión indistintamente
porque como bien sabía Pablo Picasso, poeta tardío, <<la pintura es
poesía y siempre se escribe en verso con
rimas plásticas>>. Muchos
creadores se iniciaron en la pintura para acabar escribiendo versos como Rafael Alberti que interpretaba
las creaciones plásticas de Leonardo, El Greco, Goya y Picasso entre otros
artistas. En Canarias Pino Ojeda y Juan Ismael constituyen claros ejemplos de magníficos pintores que aprovecharon el
lenguaje poético para enfatizar en sus versos el color, la forma y los
sentimientos. Luego están los poetas,
solo poetas, que en algún momento se inspiraron en obras pictóricas para
incorporarlas a su poética particular o simplemente – lo de sencillo es un
decir-- hacer écfrasis, esto es, la descripción precisa y detallada de una obra
artística con la finalidad de interpretarla y trascenderla. A esta tendencia
pertenece Samir Delgado, Premio Internacional de Poesía Tomás Morales 2019 por
su libro Pintura Número 100 (César
Manrique in memoriam) que se suma así al homenaje del artista lanzaroteño
por el centenario de su nacimiento.
La pintura número
cien es para el poeta el cuadro inspirador de todo el poemario que va de la
mano de César Manrique para encender <<el lenguaje secreto de la noche de
un bosque de estrellas>>. La pintura número cien es el resultado de una
búsqueda por parte de Manrique de un lenguaje pictórico personal insertado en
la geografía volcánica de Lanzarote. <<El derrame volcánico>> de
esta pintura áspera y rugosa como la lava se inflama de rojos anaranjados con
<<efluvios candeales>> para germinar en un incendio de lavas y
basalto al que nos lleva el poeta a través de este poemario lleno de
musicalidad, pues el ritmo nos traslada al origen mismo de la isla antes de
convertirse en el gánigo pintado << con la misma luz del reloj perdido de
los volcanes>>. Esta oda a Lanzarote y a Manrique -- imposible
disociarlos-- consta de 59 poemas que se distribuyen en seis secciones o cantos
(El sueño, La pintura, Los volcanes, Los
fósiles, La isla y El artista) que ensalzan la isla, su naturaleza y la
mitología que la envuelve. Esta tierra retorcida y llena de soledades, varada
en el océano, sueña con <<el agua de unos ojos>> que la fertilice y
navegar de la mano del pintor (<< Un solo pincel para el conjuro del
atlántico en el origen del hombre>>) hecha goleta o fragata para romper
el << aparejo de los sueños varados en tierra de nadie>>.
Lanzarote es
volcán, es fuego y es ceniza. El poeta, como el artista, no puede desprenderse
de esta identidad porque el volcán lo es todo para la isla. Como fuerza
primaria de la naturaleza provoca la
fertilidad de las tierras y simboliza el fuego creador y destructor. Es
<< la verdad del fuego>>, <<el calor líquido>> que
alimenta Tinecheide. Forma las tobas y
el picón que amenaza la fertilidad del jable. El volcán construye jameos y
pozos en los que los elementos de la naturaleza (aire, fuego, agua, tierra) se
relacionan y transforman para crear vida como la nécora abisal que sobrevive en
la oscuridad de la cripta. Pintar lo ignoto -- lo desconocido, lo que está por
descubrir- podría ser la tarea del artista que piensa en futuro al
<<cerrar los ojos para ver la isla volviendo de nuevo a nacer en
ti>>. El afán por descubrir la isla primigenia << surcando el
paladar de los vientos africanos con su bolsillo roto de la calima>>
lleva al poeta a dirigirse a Manrique
familiarmente y lo revive porque poeta e isla necesitan de sus juegos con los
vientos y porque suya es <<la arquitectura del sueño del niño>> y
la alegría de vivir y el color. La defensa de la isla y su naturaleza frente a
la especulación y los traficantes del suelo es el sueño de la inmortalidad de
la isla <<mientras el mundo mira a la cara del borde del risco>> y
el creador se queda <<en la soledad de todas las noches de la brújula
atlántica>>. Recordaba José Saramago que la idea de César no sólo era una
idea de presente sino de futuro y Samir Delgado lo inmortaliza con estos
versos: << Ser/ contemporáneo/ del futuro/ y de la piedra/ y de la
nube>>.
Pintura Número 100
nos acerca a la obra e indirectamente a la trayectoria vital del artista
lanzaroteño con una mirada poética muy personal. No es necesario que el lector
tenga delante la obra pictórica de Manrique o el mapa de Lanzarote para seguir
los latidos poéticos del volcán. Hay que dejarse llevar por los versos que
intentan atrapar la esencia de una estética arraigada en la naturaleza que
busca la belleza y la verdad. Samir Delgado explora un arte que se asienta en
basaltos, lavas, cenizas, volcanes y en los colores de las islas. Lo hace desde
la visión del crítico con técnica sofisticada, con la frialdad del observador
que evita la emoción – ausencia del yo lírico--
y que inicia un viaje exploratorio para anotar los descubrimientos. De
tal forma que dibuja con trazos imposibles una realidad que sabe única. Así es
este poemario que se va humanizando a medida que se acerca al final cuando isla
y artista son uno y se impone la energía telúrica de César Manrique. Para este la
sabiduría consiste en rodear de la mayor belleza el entorno donde el hombre
habita. Exaltación de la belleza y necesidad de conocimiento para encontrar la
felicidad podrían definir al artista y su relación con el paisaje. Samir
Delgado a través de la poesía busca ese conocimiento para adentrarse en lo permanente e invariable de
aquellos elementos que constituyen la esencia de un creador como César Manrique
y su mejor obra, Lanzarote.
Febrero 21
Publicado originalmente en el periódico Canarias 7
jueves, 28 de enero de 2021
"El primero en llegar a los muelles de Liverpool" Centenario de José María Millares Sall
Se cumple el centenario de José María Millares Sall, poeta nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1921, un año crucial en la geopolítica mundial y en la historia de las ideas. Fue el año en el que Wittgenstein publicó el Tractatus, Borges y Juan Ramón Jiménez fundaban manifiestos y revistas ese mismo año. Y en las islas mueren el modernista Tomás Morales y el romántico lagunero Tabares Bartlett como un signo de nuevos tiempos.
Canarias abrió sus puertas a las vanguardias y tras la guerra civil implosionó un ambiente hostil para la vocación cosmopolita de nuestras letras. Sin duda, del siglo pasado para la literatura en español, el libro poético “Liverpool” del poeta canario ha representado un hito tardío, de la soledad universal de José María proviene ese talante del habitante insular que es capaz de reinventar el mundo a duras penas. Por suerte, la editorial Calambur en 2008 publicó nuevamente el texto y un ensayo de Jorge Rodríguez Padrón ha consolidado la atención de la crítica sobre la obra de uno más de los hermanos Millares.
El libro que lleva por título la ciudad inglesa de Liverpool es un tesoro para la memoria colectiva, ahonda desde un verso libre innovador en el viaje imposible y la trascendencia de la voluntad. Justamente en Liverpool la huella de las islas por medio de la exportación del plátano fue decisiva. Incluso hay una escultura del artista japonés Taro Chiezo que se ha convertido en un símbolo llamado Super Lambanana, una figura mitad cordero y mitad banana que se parece a la presencia de las esculturas de los canes de la capital grancanaria. El arte conecta históricamente la relación de Liverpool y Canarias, a través de la compañía Fyffes que también daría nombre al campo de concentración franquista. Son los derroteros de la historia que establecen una sinergia emblemática entre las islas del mundo.
El poemario escrito por José María Millares Sall pertenece a una época de represión y desdicha, aunque como sucede en otras latitudes, la poesía es capaz de romper la barrera del sonido y abrir nuevos espacios de libertad inconmensurable. Este es el don y el presente de los poetas para las futuras generaciones, la palabra que se hace eternidad. Tras largas décadas de zozobra imperdonable, el texto inaugural de las míticas Planas de Poesía, fue el antecedente que vislumbró en la obra de José María Millares Sall una estela universal. Fue un exponente singular de la creación insular y formó parte de la Antología Cercada de 1947. Suyos son libros de una belleza total en décadas posteriores, desde Hago mía la luz de 1977 a Los espacios soñados y Las manos del aire de 1989, hasta llegar a títulos como Azotea Marina, Los pájaros de la playa o Sillas de finales de los 90, y Celdas o Cuartos de principios del nuevo siglo. Hoy en día se encuentran en librerías como auténticos vellocinos de oro libros suyos, los Cuadernos, Krak y No- Haiku. La presencia del poeta seguirá siendo decisiva en el panorama de la cultura.
El azar providencial hizo aparición para serle concedido el Premio Canarias de Literatura en 2009 y a título póstumo el Premio Nacional de Poesía. Los hermanos Millares han personificado como nadie la fuerza creativa de una tierra privilegiada para las artes y las letras. Ahí quedan para la posteridad las arpilleras y los homúnculos de Manolo, los versos sociales de Agustín, la música de Totoyo y la pintura de Jane Millares. El propio José María aun sufriendo en carnes la represión franquista y el peso de la condición ultraperiférica, recibió en el último momento los laureles del reconocimiento en tierra isleña. Y no olvidemos a su compañera de viaje en la vida, Pino Betancor. Dedicó también su tiempo a la composición de letras para canciones y a la creación plástica, con la manufactura de libros artesanales. Nuestro poeta galardonado nunca fue garante de fastos institucionales y nos legó una imagen de hombre curtido por la madurez de la mejor letra impresa. Es un buen momento para que el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y otras instituciones de la cultura insular consideren el valor de su centenario, para continuar abriendo puertas a la poesía cada vez más necesaria en tiempos de incertidumbre social.
José María Millares Sall era un poeta transversal y fue un argonauta capitalino que vio la luz primera en las calles de la Vegueta colonial. Viajó a Madrid en la típica odisea atlántica de poetas en busca del destino y volvió a su isla para habitar entre los mortales como un hombre con atributos en la Kakania decadente del turismo masivo. Yo lo veo así, el hierofante de la inspiración que citó Shelley en 1821, un siglo antes en defensa de la poesía y antes de remontar su vuelo, el poeta que pudo llegar el primero a los muelles de la imaginación desde las sombras del tiempo: Oh Liverpool, Liverpool.
Publicado originalmente en el periódico Canarias 7







