lunes, 14 de junio de 2021

“Arte de la memoria” Reseña del libro “La carta de Cambridge” por Mariano Castro

 



Por Mariano Castro
Director de la Casa del poeta de Trasmoz

Escritura rota, fragmento, quiebra de la linealidad espacio temporal como manifestación de un aliento con residencia en la singularidad y proyectado hacia lo eterno universal.

Un fingido balbuceo rompe el orden de una sintaxis que desmiente el lenguaje prefijado y fijado para elevarse hacia la cima de un sentimiento pensado, de un pensamiento sentido, justo en el instante de la aparición del signo.

Habla la luz, claman los colores, las sinestesias bordan el mapa machadiano donde se inscriben los topónimos de una aventura fantástica y real. Una realidad –dolorosa realidad- cuyo rostro transformado exhibe las arrugas de los sueños –estamos hechos de la materia de los sueños, advirtió Shakespeare-, para mejor nombrar aquello que nos hace y nos deshace.

La escritura, nos dice Samir Delgado, en un sustancioso texto liminar, constituye una materialización del sueño y la esperanza habita el tiempo de las islas del exilio. Exilio, el de Antonio Machado como paradigma de la barbarie, pero exilio también el que todos vivimos por nuestra condición de extranjeros. Somos extranjeros incluso para nosotros mismos. Parece un chiste malo o una inoportuna y grosera broma esta última reflexión al contemplar la tragedia de Machado, mas tengo para mí que Samir prolonga la condición y extrañeza del ser humano desde una crítica social profunda y poco convencional hacia territorios ontológicos donde muy bien podría resonar la palabra de otro gran desubicado, el poeta egipcio francófono y ciudadano francés, Edmónd Jabès. En Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato, proclama: “Aquello que ve la luz es extranjero a la luz misma”.

Pedro Garfias, otro exiliado, escribe: “Qué cerca de tu tierra te has sabido quedar”, y Delgado nos lo recuerda en el epígrafe de Retourner, primera sección del libro La carta de Cambridge. Lo imposible que se vuelve inevitable, dice Juan Larrea en ese mismo epígrafe. La proximidad, tan sólo la cercanía –una cercanía indeterminada y fiada al albur que tropieza con fronteras y pasos clausurados- como único refugio y morada posibles. Las migajas como lecho para el descanso tras una búsqueda indesmayable.

Pero ¿qué tierra es esa que te ha expulsado a la vecindad?

La poeta portuguesa, Ana Luisa Amaral, recientemente galardonada con el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana –y que, por cierto, fue publicada por primera vez en español, por Olifante, la misma editorial que ahora da cobijo a esta luminosa en la oscuridad Carta de Cambridge- afirma, decía,  que “la misión de la poesía, si tuviera alguna, sería preservar memorias”. La escritura de Samir Delgado, no sólo preserva las memorias, sino que las aviva, las enciende y claman frente a los terribles muros de silencio, frente al oído ciego y el ojo sordo.

¿Qué tierra es esta –otra vez y mil veces más- que te ha expulsado? ¿Qué esperanza te queda? ¿Y qué esperanza queda para aquellos que no sufren el sufrimiento de los otros?

Arte de la memoria, Delgado abre también, no ya una memoria individual, un espacio inútil de recuperación de la experiencia solitaria de una subjetividad siempre precaria, sino que convoca a otras voces, una gran asamblea de ánimas, que conforman esa verdad que jamás puede alcanzarse de una vez por todas, como nos enseñó Esquilo en su Prometeo. Hasta sesenta y tres de aquéllas comparecen en el libro para dar cuenta, para presentar los distintos matices, planos y facetas de un espacio donde, cabe al pensamiento, se excita el movimiento emocional, la purga del olvido.

Corifeo en el centro de la Orchestra-escenario, Samir Delgado acuerda el registro de un contumaz desorden desde la conciencia clara de la magnitud del empeño que descansa en el ser del no ser, en la plenitud del vacío, en la locuacidad del silencio, en el salpicado de notas para una sinfonía que, desde siempre, se sabe incompleta, y, por eso mismo, tiende a la completitud. Esta es la inteligencia y la razón poética de quien, como Samir, puebla su universo con semejante generosidad. Otra paradoja más que nos atraviesa: la voz propia siempre se inscribe en lo común, en la expresión de lo colectivo. Sólo puede recibir quien sabe dar; sólo sabe dar quien puede recibir; sólo puede escribir quien se atreve a escuchar aun con el riesgo de ser tachado, borrado, diluido.

Portbou. Antonio Machado. Corpus Barga. Dos fotografías para la desolación. La imagen del sufrimiento callado, la vejez anticipada, el aniquilamiento. Ya no hay camino, piensa Concha Zardoya, para el poeta que hizo del camino existencia y metáfora universal.

“El tiempo detenido de ayer en la frontera”, escribe Samir, y continúa: “volver a sentir el periplo vital / frente a su réplica en la pantalla //  bajo el impulso inmediato de la mirada / hacia el horizonte de aquel mismo cielo / que fue el tragaluz del último mar // es la terateia: la maravilla del encuentro de la voz / en el eco de cada palabra revivida”.

 Respira la palabra. Autarquía de la palabra. Autarquía del mar y del poema. “Y en cualquier instante puede llegar el poema / como un naufragio de Turner / / desde la autarquía del mar / anochece el hotel Bougnol”, nos advierte el autor de La carta de Cambridge.

Las palabras saben de nosotros lo que nosotros ignoramos de ellas, escribe René Char. El poeta francés sabe también que la poesía es palabra en el tiempo. ¿Un tiempo extinto o un tiempo no iniciado, o tal vez siempre reiniciado en el poema?

Todo está siempre abierto a los días azules. Respira la palabra, y Samir Delgado acompaña ese flujo lingüístico y, sencillamente, permite que se exprese. En la página, él es una tachadura. ¿Qué movimiento es éste que armoniza el caudal rítmico con la materia conceptual? Todo tiene en La carta de Cambridge una libérrima naturaleza musical y pictórica, que, afortunadamente, el poeta ha podido anotar. Y, sin embargo, en el libro conviven poesía, prosa, artículo y ensayo. Hasta la ficha artística de “Antonio Machado, 1966”, escultura del aragonés Pablo Serrano, se hace un hueco sin estridencia, en un libro inclasificable y absolutamente necesario.

Termino ya con la certeza de haber esbozado signos pobres e incompletos en la superficie de una mar inabarcable. Me disculpo por ello, mas diré en mi descargo, que en La carta de Cambridge, el final es el principio. Todo final auténtico es el comienzo de un tiempo no iniciado o siempre reiniciado como más arriba dije. Así es, alimentado con una extraordinaria estructura circular, en este libro.

Acepten, por favor, esta aventura, este viaje iniciático, exploren los límites de la palabra, del ser, de la existencia, gocen con la belleza de la mano de un poeta que honra, sin ninguna duda, la memoria de nuestro Antonio Machado más universal. Ojalá que los dioses concedan a Samir Delgado honra semejante.

Zaragoza, junio 2021


jueves, 25 de febrero de 2021

"Venecia in your eyes" por david guijosa

 

"Venecia. La última mirada" de Samir Delgado


"Venecia in your eyes" por david guijosa (Texto de sala de la exposición fotográfica "Venezia. La última mirada") Museo Palacio de los Gurza (Durango, México)


Después de las visitas que hacemos últimamente al planeta, ¿cómo volveremos a Venecia? ¿Cómo volveremos a cualquier lugar? Es una de las preguntas que surgen al ver las fotografías de la exposición “Venezia. La última mirada” de Samir Delgado. Un visitante de ojos preocupados y curiosos que retratan el espacio veneciano para convertirnos en espectadores de segunda mano de este cónclave turístico e histórico, ahora reinterpretado y ubicado en una colección de imágenes, configurando una ruta para comprender los nuevos símbolos del palimpsesto que es Venecia.

Esta exposición se desarrolla a mi parecer sobre tres ejes. El primero es la esencia de las máscaras. Como parte inextricable de la psique humana y su capacidad social, articuladas a la manera de Mitsuye Yamada en “Masks of Woman”, donde las personas, incluso hasta en lo íntimo, nos presentamos en una superposición de máscaras que dialogan unas con otras. En el caso de estas imágenes las máscaras venecianas cobran una dimensión poliédrica que va desde la máscara que define al turista o al mero paseante local, al activista o a cualquier persona sin más que debe calzar il suo viso rutinario, y de ahí hasta la máscara que define la identidad histórica del Carnaval de Venecia, pero que en la superposición de todas las caras encuentra un nuevo discurso.

El segundo son los reflejos. La proyección de la luz sobre la superficie en la que nuestros cerebros bosquejan imágenes y sensaciones que habitan en nuestro entramado conceptual. Reflejos sobre los escaparates, los cristales de una copa, el agua turbia de los canales o el mar. Pero que a la vez nos recuerda que Venecia es el reflejo de un espejismo, un simulacro, que diría Baudrillard, que nos aleja de la trascendencia y nos engulle en un parque temático que se hunde poco a poco bajo las olas que arrastran los cruceros.

El tercero es el poder del paseante. Pero ese caminar que existe en las fotografías del fotógrafo no es el de un flâneur sin más, sino que contiene la posibilidad de rehacer el espacio tal como lo propone Michel de Certeau, donde los pasos se reapropian del lugar y lo redibujan a través de la mirada crítica. El paseo se convierte en una táctica para descubrir virajes ocultos en las callejas de la ciudad o paredes con mensajes en grafitis, para guiar una nueva experiencia del viandante con un contra-lenguaje que se opone a la cartelería turística como única forma de leer Venecia.

En esta exposición se encuentran varias miradas, pero como en tantos otros lugares de la obra de Samir Delgado, también una clave más sobre el papel del turismo; que aparece aquí como capitalismo voraz y como discurso polivalente, frente al patrimonio cultural trascendente que es el arte y la historia común de una sociedad global. En esta exposición se nos interroga una vez más sobre el papel que jugamos en cada espacio y en cada tiempo al que ingresamos, reflexionando sobre los restos de la identidad de una ciudad sitiada.

 

david guijosa

Eskilstuna (Suecia) 2021

lunes, 15 de febrero de 2021

"Oda al volcán, César Manrique in memoriam" (Reseña del libro Pintura número 100) Por Felipe García Landín

 


Afirmaba Foucault que la  vida es una obra de arte en sí misma pero necesita que alguien le ponga color y poesía, forma e intensidad. El arte es la capacidad que tiene el ser humano de expresarse para así interpretar la realidad e imaginar otros mundos. Poesía y arte en general siempre han ido de la mano ya que poesía es una cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza y el arte nos ofrece diferentes formas de percibir el mundo -- real e imaginario-- y todo lo que lo conforma. Desde la Antigüedad escritores y pintores han tenido una relación estrecha, persistente y complementaria que se ha materializado en la poesía visual, los pictogramas y los caligramas. Pero también pintores y poetas han usado las dos formas de expresión indistintamente porque como bien sabía Pablo Picasso, poeta tardío, <<la pintura es poesía y siempre se escribe  en verso con rimas plásticas>>.  Muchos creadores se iniciaron en la pintura para acabar escribiendo  versos como Rafael Alberti que interpretaba las creaciones plásticas de Leonardo, El Greco, Goya y Picasso entre otros artistas. En Canarias Pino Ojeda y Juan Ismael constituyen claros ejemplos  de magníficos pintores que aprovecharon el lenguaje poético para enfatizar en sus versos el color, la forma y los sentimientos.  Luego están los poetas, solo poetas, que en algún momento se inspiraron en obras pictóricas para incorporarlas a su poética particular o simplemente – lo de sencillo es un decir-- hacer écfrasis, esto es, la descripción precisa y detallada de una obra artística con la finalidad de interpretarla y trascenderla. A esta tendencia pertenece Samir Delgado, Premio Internacional de Poesía Tomás Morales 2019 por su libro Pintura Número 100 (César Manrique in memoriam) que se suma así al homenaje del artista lanzaroteño por el centenario de su nacimiento.

La pintura número cien es para el poeta el cuadro inspirador de todo el poemario que va de la mano de César Manrique para encender <<el lenguaje secreto de la noche de un bosque de estrellas>>. La pintura número cien es el resultado de una búsqueda por parte de Manrique de un lenguaje pictórico personal insertado en la geografía volcánica de Lanzarote. <<El derrame volcánico>> de esta pintura áspera y rugosa como la lava se inflama de rojos anaranjados con <<efluvios candeales>> para germinar en un incendio de lavas y basalto al que nos lleva el poeta a través de este poemario lleno de musicalidad, pues el ritmo nos traslada al origen mismo de la isla antes de convertirse en el gánigo pintado << con la misma luz del reloj perdido de los volcanes>>. Esta oda a Lanzarote y a Manrique -- imposible disociarlos-- consta de 59 poemas que se distribuyen en seis secciones o cantos (El sueño, La pintura, Los volcanes, Los fósiles, La isla y El artista) que ensalzan la isla, su naturaleza y la mitología que la envuelve. Esta tierra retorcida y llena de soledades, varada en el océano, sueña con <<el agua de unos ojos>> que la fertilice y navegar de la mano del pintor (<< Un solo pincel para el conjuro del atlántico en el origen del hombre>>) hecha goleta o fragata para romper el << aparejo de los sueños varados en tierra de nadie>>.

Lanzarote es volcán, es fuego y es ceniza. El poeta, como el artista, no puede desprenderse de esta identidad porque el volcán lo es todo para la isla. Como fuerza primaria de la naturaleza  provoca la fertilidad de las tierras y simboliza el fuego creador y destructor. Es << la verdad del fuego>>, <<el calor líquido>> que alimenta  Tinecheide. Forma las tobas y el picón que amenaza la fertilidad del jable. El volcán construye jameos y pozos en los que los elementos de la naturaleza (aire, fuego, agua, tierra) se relacionan y transforman para crear vida como la nécora abisal que sobrevive en la oscuridad de la cripta. Pintar lo ignoto -- lo desconocido, lo que está por descubrir- podría ser la tarea del artista que piensa en futuro al <<cerrar los ojos para ver la isla volviendo de nuevo a nacer en ti>>. El afán por descubrir la isla primigenia << surcando el paladar de los vientos africanos con su bolsillo roto de la calima>> lleva al poeta a dirigirse a  Manrique familiarmente y lo revive porque poeta e isla necesitan de sus juegos con los vientos y porque suya es <<la arquitectura del sueño del niño>> y la alegría de vivir y el color. La defensa de la isla y su naturaleza frente a la especulación y los traficantes del suelo es el sueño de la inmortalidad de la isla <<mientras el mundo mira a la cara del borde del risco>> y el creador se queda <<en la soledad de todas las noches de la brújula atlántica>>. Recordaba José Saramago que la idea de César no sólo era una idea de presente sino de futuro y Samir Delgado lo inmortaliza con estos versos: << Ser/ contemporáneo/ del futuro/ y de la piedra/ y de la nube>>.

Pintura Número 100 nos acerca a la obra e indirectamente a la trayectoria vital del artista lanzaroteño con una mirada poética muy personal. No es necesario que el lector tenga delante la obra pictórica de Manrique o el mapa de Lanzarote para seguir los latidos poéticos del volcán. Hay que dejarse llevar por los versos que intentan atrapar la esencia de una estética arraigada en la naturaleza que busca la belleza y la verdad. Samir Delgado explora un arte que se asienta en basaltos, lavas, cenizas, volcanes y en los colores de las islas. Lo hace desde la visión del crítico con técnica sofisticada, con la frialdad del observador que evita la emoción – ausencia del yo lírico--  y que inicia un viaje exploratorio para anotar los descubrimientos. De tal forma que dibuja con trazos imposibles una realidad que sabe única. Así es este poemario que se va humanizando a medida que se acerca al final cuando isla y artista son uno y se impone la energía telúrica de César Manrique. Para este la sabiduría consiste en rodear de la mayor belleza el entorno donde el hombre habita. Exaltación de la belleza y necesidad de conocimiento para encontrar la felicidad podrían definir al artista y su relación con el paisaje. Samir Delgado a través de la poesía busca ese conocimiento para  adentrarse en lo permanente e invariable de aquellos elementos que constituyen la esencia de un creador como César Manrique y su mejor obra, Lanzarote.

                                                                                                     Febrero 21

Publicado originalmente en el periódico Canarias 7


jueves, 28 de enero de 2021

"El primero en llegar a los muelles de Liverpool" Centenario de José María Millares Sall

 

Fotografía del poeta


Se cumple el centenario de José María Millares Sall, poeta nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1921, un año crucial en la geopolítica mundial y en la historia de las ideas. Fue el año en el que Wittgenstein publicó el Tractatus, Borges y Juan Ramón Jiménez fundaban manifiestos y revistas ese mismo año. Y en las islas mueren el modernista Tomás Morales y el romántico lagunero Tabares Bartlett como un signo de nuevos tiempos. 


Canarias abrió sus puertas a las vanguardias y tras la guerra civil implosionó un ambiente hostil para la vocación cosmopolita de nuestras letras. Sin duda, del siglo pasado para la literatura en español, el libro poético “Liverpool” del poeta canario ha representado un hito tardío, de la soledad universal de José María proviene ese talante del habitante insular que es capaz de reinventar el mundo a duras penas. Por suerte, la editorial Calambur en 2008 publicó nuevamente el texto y un ensayo de Jorge Rodríguez Padrón ha consolidado la atención de la crítica sobre la obra de uno más de los hermanos Millares. 


El libro que lleva por título la ciudad inglesa de Liverpool es un tesoro para la memoria colectiva, ahonda desde un verso libre innovador en el viaje imposible y la trascendencia de la voluntad. Justamente en Liverpool la huella de las islas por medio de la exportación del plátano fue decisiva. Incluso hay una escultura del artista japonés Taro Chiezo que se ha convertido en un símbolo llamado Super Lambanana, una figura mitad cordero y mitad banana que se parece a la presencia de las esculturas de los canes de la capital grancanaria. El arte conecta históricamente la relación de Liverpool y Canarias, a través de la compañía Fyffes que también daría nombre al campo de concentración franquista. Son los derroteros de la historia que establecen una sinergia emblemática entre las islas del mundo.


El poemario escrito por José María Millares Sall pertenece a una época de represión y desdicha, aunque como sucede en otras latitudes, la poesía es capaz de romper la barrera del sonido y abrir nuevos espacios de libertad inconmensurable. Este es el don y el presente de los poetas para las futuras generaciones, la palabra que se hace eternidad. Tras largas décadas de zozobra imperdonable, el texto inaugural de las míticas Planas de Poesía, fue el antecedente que vislumbró en la obra de José María Millares Sall una estela universal. Fue un exponente singular de la creación insular y formó parte de la Antología Cercada de 1947. Suyos son libros de una belleza total en décadas posteriores, desde Hago mía la luz de 1977 a Los espacios soñados y Las manos del aire de 1989, hasta llegar a títulos como Azotea Marina, Los pájaros de la playa o Sillas de finales de los 90, y Celdas o Cuartos de principios del nuevo siglo. Hoy en día se encuentran en librerías como auténticos vellocinos de oro libros suyos, los Cuadernos, Krak y No- Haiku. La presencia del poeta seguirá siendo decisiva en el panorama de la cultura.  


El azar providencial hizo aparición para serle concedido el Premio Canarias de Literatura en 2009 y a título póstumo el Premio Nacional de Poesía. Los hermanos Millares han personificado como nadie la fuerza creativa de una tierra privilegiada para las artes y las letras. Ahí quedan para la posteridad las arpilleras y los homúnculos de Manolo, los versos sociales de Agustín, la música de Totoyo y la pintura de Jane Millares. El propio José María aun sufriendo en carnes la represión franquista y el peso de la condición ultraperiférica, recibió en el último momento los laureles del reconocimiento en tierra isleña. Y no olvidemos a su compañera de viaje en la vida, Pino Betancor. Dedicó también su tiempo a la composición de letras para canciones y a la creación plástica, con la manufactura de libros artesanales. Nuestro poeta galardonado nunca fue garante de fastos institucionales y nos legó una imagen de hombre curtido por la madurez de la mejor letra impresa. Es un buen momento para que el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y otras instituciones de la cultura insular consideren el valor de su centenario, para continuar abriendo puertas a la poesía cada vez más necesaria en tiempos de incertidumbre social.


José María Millares Sall era un poeta transversal y fue un argonauta capitalino que vio la luz primera en las calles de la Vegueta colonial. Viajó a Madrid en la típica odisea atlántica de poetas en busca del destino y volvió a su isla para habitar entre los mortales como un hombre con atributos en la Kakania decadente del turismo masivo. Yo lo veo así, el hierofante de la inspiración que citó Shelley en 1821, un siglo antes en defensa de la poesía y antes de remontar su vuelo, el poeta que pudo llegar el primero a los muelles de la imaginación desde las sombras del tiempo: Oh Liverpool, Liverpool. 


Publicado originalmente en el periódico Canarias 7




domingo, 27 de diciembre de 2020

"El milagro de pintar versos de lava" Reseña del libro “Pintura número 100”


Reseña del libro “Pintura número 100” XXV Premio de Poesía Tomás Morales
Por María Jesús Alvarado


¿Qué fue primero? ¿La isla -volcán, viento, luz, memoria-, la pintura o la poesía? El milagro del arte ocurre cuando todo ello se confunde, cuando el poeta se convierte en materia y pinta el paisaje con sus versos. El orden no importa, tampoco la lógica ni el tiempo. César Manrique (1919-2019) fechó su Pintura nº100 en 1962, cuando ya había visto, sentido y respirado mucha isla. Samir Delgado la convierte en poesía cuando César cumple cien años, cuando es más pintura, más lienzo, más isla.  Porque el artista no muere nunca, crece con su obra cada día que pasa, y cualquiera que se acerque a ella, sea ahora o en cien años más, tendrá el privilegio de transitar por su paisaje como si fuera el momento en que la lava bullía desde las profundidades de la tierra para cubrir de negro y rojo la superficie de Lanzarote, y entenderá que los árboles puedan enraizar en el cielo y crecer hacia la tierra, buscando el fuego.

La contemplación emocional consciente del arte nos conecta con nuestra esencia más profunda y con la infinitud del universo. Conseguirlo a través de un recorrido de versos que nos la describen es también un arte. Y eso es lo que hace el poeta Samir Delgado, que practica la contemplación del arte con una mirada amplia, sencilla e íntima, consiguiendo que nuestra visión de las obras y artistas a los que nos convoca, aun siendo conocidos, se torne totalmente nueva y entusiasmada tras la lectura de sus versos.

Con este poemario, Samir Delgado no se limita a acercarnos a la Pintura nº100 de Manrique, sino que nos hace caminar por toda su obra pictórica y a través de ella homenajea con asombro y admiración la naturaleza volcánica de Lanzarote y el sueño de un artista que consiguió contagiarnos y convertirlo en el sueño de todos para este archipiélago tan necesitado de realidades que lo salven de sí mismo.

Precisamente “El sueño” es el título de la primera parte de este libro, que sigue con “La pintura”, “Los volcanes”, ¨Fósiles”, “La isla” y “El artista”. A través de cada uno de estos apartados, los versos de Samir Delgado nos llevan a redescubrir los lugares de la isla: Femés, Soo, Timanfaya, Las salinas, Famara, como si fuésemos el propio Manrique cuando los recorrió y se impregnó de ellos por primera vez, y nos conecta a su vez con su espíritu universal y cosmopolita, llevándonos a lugares tan diversos y dispersos como Atenas, Altamira, El Támesis, Venecia, Laussane, África, Amazonas, La Gran Manzana, Central Park, Lexington Avenue o el cine Princesa. La isla de Lanzarote como epicentro de un movimiento que nos conecta con la vida que late en cualquier rincón del planeta, y con la muerte, que puede sorprendernos en cualquier momento, como sorprendió a César en su BMW735i. Solo por sorpresa podía irse ese hombre que se atrevía a jugar con el viento pero incapaz de representar la guerra. 

Pintura nº100 nos adentra, verso a verso, entre cenizas y asombro, en una isla que arde y que nace en cada nueva mirada que la cubre. Una isla que se ve a sí misma desde fuera y desde dentro. Atlántico bañando la memoria. Viento africano que acaricia el espanto del fuego. Luz convertida en tierra negra, en sal, en huella. Negro que arde para envolver la isla en silencio permanente. Eso y mucho más es el milagro de Lanzarote, lo que esta Pintura número 100 de Manrique y Delgado no quiere que olvidemos. 


Publicado originalmente en el periódico Canarias 7, Islas Canarias


 

lunes, 21 de diciembre de 2020

“De la naturaleza artística a la nebulosa lírica: una ruta bidireccional” Reseña de Noel Olivares

 



Reseña del libro “Pintura número 100” XXV Premio de Poesía Tomás Morales


La entrega literaria de Samir Delgado “Pintura número 100” (César Manrique in memoriam), obra ganadora del XXV Premio Internacional de Poesía Tomás Morales (2019) recorre el universo manriqueño con formidable aliento poético en correspondencia con la versatilidad de la obra del artista lanzaroteño. Dividido en seis secciones, el libro conforma una topografía y una cosmogonía entre arte y poesía, territorios colindantes y extensivos, concluyentes. La lectura de la isla que en César se vuelve epicentro de un mundo dentro de otro a través de materiales tangibles, Samir Delgado lo transforma por medio de la palabra en otros mundos dentro de este (Éluard) con la materia del verso, heraldo fidedigno del espíritu.

Pintar la isla para recobrarla, escribir la isla para habitarla, Samir Delgado inició un buen día su exilio voluntario del archipiélago canario en busca de su destino (easy rider). Y tras su etapa conquense, primera estación donde dejó su impronta de revolucionario de las artes, alcanzó suelo mexicano, el mítico horizonte que acogió a tantos refugiados de la tragedia española del siglo veinte. Desde México, Samir Delgado está más presente que nunca a través del continente de los sueños con el archipiélago que lleva en la sangre. Y la prueba de esto reside en su titánico quehacer literario de ejercicio poético y labor crítica de los últimos años con excelentes libros como la trilogía precedente sobre arte y artistas: Galaxia Westerdahl, Las geografías circundantes (Tributo a Manuel Millares) y Jardín Seco -publicado por la editorial madrileña Bala Perdida- en torno a la obra de Fernando Zóbel.

Este volumen dedicado a la nebulosa estelar del gran César Manrique en el centenario de su nacimiento es un virtuoso homenaje en verso que traduce el espíritu de un creador inigualable desde la intensidad de un poeta en plenitud de sus facultades. El resultado bien a la vista está y el lector revive a través de estos poemas un itinerario sembrado de elementos icónicos representativos de un singular mundo artístico. Versos de fuego grabados en los surcos de la piedra, en el alma del paisaje que borbotea el aliento de los volcanes como “las piedras que siempre dicen la verdad después de la lluvia”. La soledad del artista, la soledad del poeta “se alimenta del fuego nocturno de las sombras” pero hay mucha luz en los versos de Samir y en el universo de César, -y mucha sombra en el anverso-, reflejos pintados porque aún persiste “muy lejos todo el sol/para después de la muerte”.

Las manos del pintor y las manos del poeta “encienden el lenguaje secreto de la noche de un bosque en las estrellas” y así los universos duales se corresponden y superponen fusionándose en explosiones infinitas desde la noche de los tiempos hasta el día sin fin. En la serie “Fósiles” (sección cuarta del libro) encontramos poderosos ecos del pasado, el pasado que nos habla con un verbo aplastante, permutativo, versos que son versículos enroscados como enredaderas en llamas, vestigios de un mundo paleontológico, testamento y testimonio de la muerte en poemas como Torso enterrado, Pájaro aplastado, Toro calcinado, Fósil anfibio. En la sección quinta “La isla”, el ser errante, alegoría del destino humano, reconoce su soñado renacimiento, encarna la isla y cierra los ojos para verla nacer dentro de sí jugando con el viento, juguete y jugador, comodín atemporal del universo.

Y llegamos al epílogo, un mundo verdadero frente a un mundo de imitación, “el engranaje turístico global”, ante la hora de la verdad, la hora del despojamiento de las máscaras, de la velocidad de la luz y la velocidad terrestre más allá del aire muerto para el desaliento del pájaro y el estigma de la flor de volcán. El poema BMW735i, una obra emblemática de César que simboliza su destino de “ser contemporáneo del futuro” define ese momento a partir del cual el artista entra en la inmortalidad: “Toda/ la sangre/ de un solo/cuerpo/detenida/al margen/de la circulación/el único instante/ del ángel”.

Pintura y poesía, éxtasis y vértigo, satélites, cometas, semillas y frutos, contorsionismos de arte y espacio, letra y claroscuros, huellas en el camino “la huella de un diente de sol” rastrean el devenir de las raíces en el cielo, el itinerario del artista perdido en los caminos del bosque de la existencia. César Manrique, a través de su legado encontró a su poeta, el artista de los sueños que da la réplica, el filósofo que argumenta y el profeta que anuncia: todo orden será superado por su perfectibilidad. En el poema “Solo en arena negra” de la primera sección (El sueño) círculo perfecto, leemos: “Al pintar la isla otra voz dirá entonces el nombre del origen de la caldera y la cárcava y el primer fuego”. Y más allá de la simbiosis de los lenguajes el corazón planea como un pájaro camino de una desierta lejanía indescifrable.


Publicado originalmente en Diario de Avisos, Suplemento cultural "El Perseguidor"

lunes, 14 de diciembre de 2020

Canarias y la poesía hispanoamericana

 


El pasado mes de noviembre tuve el honor de participar en el Coloquio Iberoamericano de Poesía del mítico Claustro de Sor Juana en Ciudad de México, un espacio de encuentro de diversas nacionalidades que ha debido sortear esta coyuntura sanitaria global. Allí pude afirmar que una tradición poética como la de Canarias está construida a contracorriente respecto al centro y que aún siendo considerada como una región ultraperiférica hubo en las islas un renacimiento, modernismo, surrealistas y poesía civil. Canarias ha sabido reconstruir su propia tradición frente a las inercias del poder, por lo que hoy en día la creación poética insular, naturalmente plural y diversa, posibilita que un universo simbólico como el de los archipiélagos se reivindique como el de los otros que nunca fueron y no dejaron ser, ya que nosotros somos los otros en el revés del proceso de civilización. Pienso en Alonso Quesada o el Vizconde de Buen Paso quienes regresan de sus viajes a Madrid con un mismo pálpito desorbitado.  

La tradición poética de las islas bebe de la lengua española y sin embargo no debe arrastrar ninguna inferioridad en su relación con otras tradiciones del español o de otras lenguas. Las islas cuentan con un extenso patrimonio creativo en su devenir cultural, cada vez es más necesaria la crítica literaria y el diálogo entre generaciones, sin embargo de nada valen las exclusiones y los apartamientos de la rivalidad entre tendencias, todas las voces suman la riqueza de la polifonía, por ello seguir por la senda del desconocimiento de la amplia cartografía de la poesía canaria no debería ser la pauta en la afirmación de alternativas. En el reciente artículo del poeta Ernesto Suárez en los Cuadernos Hispanoamericanos, se ofrece una valiosa miscelánea de elecciones personales sobre voces poéticas que abarcan desde los años 80 hasta el 2020. A pesar de las habituales ausencias, sería muy positivo para el diálogo crítico tener en cuenta a autores prominentes ya fallecidos como José Carlos Cataño o Francisco Tarajano, distantes en la edad y en el registro, pero que confirman la pluralidad de nuestro paisaje poético. Desde la voz del poeta del desarraigo que habita la isla por la distancia y el poeta de la identidad ancestral que regresa de la emigración. Como ellos hay una multitud de poéticas múltiples que merecen ser consideradas sin el menosprecio del silencio y manifiestan la existencia de una diversidad necesaria en la literatura insular.

A pesar de la desaparición crónica de revistas literarias con la llegada del milenio y de la inexplicable falta de publicación de las actas de los últimos congresos de poesía canaria en lo que llevamos de siglo, la tradición poética insular confluye en la transición democrática hasta la Autonomía de un modo intergeneracional. Las islas navegan desde el eco de las palabras hacia nuevas realidades y por eso las grandes carencias de estudios canarios en la universidad y del apoyo institucional al libro editado en las islas abona los terrenos del latifundio de nuestro propio desarraigo dentro y fuera de las islas. La escritura poética en Canarias es una gran aportación poco conocida aún en las literaturas hispanoamericanas, lo he presenciado en foros académicos de la diáspora caribeña en Nueva York y en festivales como el de Medellín.

Nuestras letras son un crisol de posibilidades aún inexploradas, lejos de abandonar la isla tal vez lo que precisamos es regresar nuevamente a ella, a la tierra inmemorial de los imaginarios, si bien toda frontera implica un límite, la identidad tricontinental de Canarias reúne las condiciones históricas de una personalidad atlántica que puede significarse en alternativa universalmente deseable, frente a los dogmas y elixires de la realidad dominante durante siglos. Ahí están las poéticas de las otras insularidades de la Macaronesia, todavía bajo el silencio de una distancia del idioma que pone a la luz la inacabada posibilidad de las teleologías de lo insular como proyecto universalista, libre del disfraz del falso exotismo y los jardines del bienestar superficial de los hoteles cinco estrellas que nunca vieron Galdós o Dulce María Loynaz.    

Puede resultar de interés un verso del poeta fluvial francés Jacques Darras cuando afirma que la poesía es una industria metafórica indígena, los seres vivos en tanto habitantes del planeta precisan del imaginario de lo poético, de ahí que a pesar de la encrucijada planetaria que cada vez se parece más a una segunda pérdida del paraíso en una fase irreversible, resulta que la poesía, la literatura y las múltiples disciplinas artísticas de la expresión humana son auténticos oasis en resistencia sobre la corporalidad de todo signo, mantienen el pulso del humanismo y de los acervos de la cultura que sostienen la utopía, lejos de la cortesanía oficial del sistema que ha llevado montañas de paraliteratura a las librerías en crisis.

En la Universidad del Claustro de Sor Juana de la Ciudad de México, un diálogo entre poetas de distintas procedencias y lugares muestra que son necesarios los espacios de diálogo en la universidad. Más allá de la gran tradición de la poesía existen las otras tradiciones de la diferencia enriquecedora, de la diversidad por descubrir, sin tener que rendirse más pleitesía a premios de poesía con nombres de la realeza. Por suerte, existen circuitos internacionales de literatura que alientan el descubrimiento de otras poéticas de la disidencia y del compromiso cívico, de la paz y de los valores de la solidaridad y el multilingüismo, la necesidad de nuevas alteridades que confluyan por medio del maravilloso vehículo de la palabra y de los imaginarios que sobreviven a pesar del simulacro y de la repetición de un espectáculo global que en Canarias se traduce en la visita de millones de turistas al año. El paisaje social del sur turístico ha encontrado nuevos filones de creación literaria en las generaciones de autores insulares nacidos en los 80 y como sucedió en otras épocas la realidad tiene en la creación literaria un espejo de proyección histórica.

Ante los desenlaces insospechados de esta nueva crisis universal, la poesía canaria y la literatura hispanoamericana pueden significarse como el lugar de la memoria y el salvoconducto para la propia condición de nuestra humanidad, una encrucijada que nos ofrece la posibilidad de reconceptualizar todo de nuevo, como sucedió en los tiempos de la II República española, donde tras el auge de la vanguardia literaria llegó el golpe de la dictadura de las derechas que todavía se atreven a retirar poemas de Miguel Hernández en Madrid. Volver a tomar la palabra es el futuro y el diálogo entre las poéticas de la insularidad nos conecta con la actualidad de la cultura planetaria, de camino al deseado arcoíris de la convivencia y de la pluralidad de voces, nativas y extranjeras, las narrativas del mestizaje y del ensueño fundacional de la literatura de Canarias que nos recuerdan esa búsqueda desde la perplejidad y la magua del existir en obras poéticas como la de José María Millares Sall, quien sin salir de la isla, fundó el horizonte de Liverpool.

Publicado originalmente en Canarias 7

14 de diciembre de 2020